Licántropo
—¿Cómo que eres…? –Remus bajó la cabeza, avergonzado, y, por alguna razón, atemorizado también y se acurrucó en su cama, enterrando el rostro entre las manos, sollozando.
Los años se les habían pasado rápidamente a los cuatro. Tras primero, vino segundo, y luego tercero. La sensación de unidad se había acentuado en ese tiempo, y la amistad que habían iniciado el primer día de curso se hizo mucho más profunda; Peter estaba seguro de que, en ese momento, al menos, nada ni nadie sería capaz de separarlos. Tenían a veces sus peleas, cierto, pero éstas nunca eran serias y siempre acababan solucionándose pocas horas después de ser iniciadas.
Pero ahora aquello. Ahora, Remus les decía aquello. Y Peter no estaba seguro de poder asimilarlo.
Remus era un licántropo. Un hombre lobo… una bestia inmunda que podría matarlos a todos. O al menos eso era lo que Peter creía haber oído, porque la confesión había sido un shock para él. Era cierto que esa excusa de que su madre estaba enferma hacía mucho que no se la creía; sabía que Remus ocultaba algo. Se había imaginado mil situaciones, a cual más improbable, para tratar de justificar los arañazos que presentaba Remus cuando volvía.
Pero nunca, nunca, se le había ocurrido pensar en que pudiera ser eso.
Peter sacudió la cabeza. Respiró profundamente, tratando de tranquilizarse, y miró a sus amigos.
James se había sentado junto a Remus, y ahora le abrazaba fuertemente, mientras susurraba palabras de aliento, que, poco a poco, lograron parar los sollozos del chico.
Sirius, por su parte, de pie, ante la cama de Remus, se limitó a componer una sonrisa torcida y a decir:
Hacía mucho tiempo que tus excusas no se mantenían, Remus. Pero no importa.
Y Lupin se separó suavemente de James y sonrió. Sabía que su amigo no solía demostrar su cariño con gestos o palabras bonitas, no era de aquellos, así que esa simple frase le bastó para saber que tenía su apoyo. Que, al igual que James, lo aceptaba tal y como era.
Entonces, Peter se dio cuenta de que sus tres amigos lo miraban, interrogándolo.
—L-lo si-siento — tartamudeó —. Ten… tengo que ir-irme.
Después, se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación. Llegó a oír el grito de Sirius, que lo llamaba, pero ninguno de sus amigos fue a buscarlo. Antes de cerrar la puerta, Peter fue capaz de sentir las tres miradas decepcionadas clavadas en su espalda.
Remus lloró al verlo irse; Peter era, como James y Sirius, su mejor amigo. Dolía demasiado verlo rechazarlo de esa manera.
Peter corrió hasta llegar a los jardines, y se sentó bajo el árbol que solían ocupar él y el resto del grupo en las tardes de verano y primavera. Claro que, ahora, estaban en pleno otoño, y aunque era por la tarde, hacía ya tanto frío que poca gente pasaba la tarde en los jardines.
No se encontraba bien; no se encontraba nada bien, en realidad. No sabía cuánto tiempo hacía que había huido, como el cobarde que era, justo cuando Remus más necesitaba su apoyo. Se sentía indigno de pertenecer a la casa de Gryffindor, el hogar de los valientes. Incluso, sentía que ni siquiera merecía ser mago.
Quería mucho a Remus. Era su mejor amigo dentro del grupo. James y Sirius también eran lo eran; ambos lo protegían cuando se metían con él; no le tenían miedo ni a los mayores. Pero Remus era el que le ayudaba con los deberes, al que le contaba cualquier problema, por mínimo que fuera, porque sabía que él lo comprendería. Remus era el que le daba chocolate y al que no le importaba ser despertado por las noches, cuando Peter tenía pesadillas y necesitaba que alguien lo calmase.
Sabía que no podía permitir que el hecho de que su amigo fuera un licántropo rompiera ese vínculo tan especial. Suspiró. Trató de imaginarse qué podría decirle a los demás para justificar su huída. Luego, se levantó y caminó con paso firme hacia la torre de Gryffindor.
Pensó en decirles que el miedo lo había invadido, cosa que era verdad, pero que nunca sería capaz de dejar a Remus, ni a ninguno de los otros de lado; sí, eso sería lo que diría. Seguro que ellos lo comprendían.
Pero cuando llegó, y abrió la puerta de la habitación que compartía con James, Sirius y Remus, vio como este último leía, ausente del resto del mundo, sobre su cama. Ya no lloraba, pero los ojos de iris amarillentos seguían enrojecidos.
Peter dio un paso hacia él, dispuesto a disculparse. Abrió la boca para atraer la atención del licántropo, pero no llegó a emitir ningún sonido, porque un puño impactó contra su mandíbula, tirándolo al suelo.
—¿Se puede saber que haces? –le preguntó al autor del golpe cuando se repuso, mientras se ponía, a duras penas, en pie.
—¿Cómo que qué me pasa? Te tenías más que merecido el golpe… — le gritó entonces el autor del puñetazo, Sirius, con la voz teñida de desprecio y rabia, mientras volvía levantar el puño.
—Basta, Sirius — dijo, entonces, Remus, con la voz inexpresiva, incorporándose. — Por favor, ¿podéis dejarnos a solas?
Miró severamente a Peter. Sirius se apartó, y salió de la habitación, llevando a rastras a James, que había observado toda la escena desde su propia cama, y que, ahora, se negaba a marcharse.
—Peter… ¿Qué ocurre…? — Remus bajó la cabeza. Parecía muy afligido — No aceptas mi condición o… — y no pudo continuar la frase, porque su amigo se acercó a él y lo abrazó fuertemente.
A Peter le daba totalmente igual lo que fuera Remus, le dijo él al licántropo poco después, cuando Sirius y James estaban también en la habitación, Black mucho más clamado y sin rastro de resentimiento.
Remus era su amigo y punto ; y ya tendrían tiempo para encontrar una forma de que Remus no sufriera tanto durante las noches de luna llena.
En ese momento, supo que jamás se separaría de sus amigos; supo que nunca los traicionaría. Ni por todo el oro del mundo.
Jamás.
