Amor
Peter gimió, frustrado. Desde que habían comenzado el sexto curso, varias semanas atrás, no era capaz de quitárselo de la cabeza. Ni un solo segundo, realmente.
No era la primera vez que aquello le sucedía; recordaba, aunque vagamente, que, cuando tenía seis años, se fijó en una compañera suya, una muggle llamada Rose, y no pudo dejar de soñar con ella todas las noches hasta un año después, a los siete. Le había vuelto a suceder a las nueve, con una vecina suya, que por aquel entonces rondaba los trece. Aunque Peter había hecho muchos intentos de hacer amistad con ella, apenas había conseguido que la chica le saludara con un leve movimiento de cabeza al cruzárselo por la calle.
Y, ahora, sucedía otra vez.
Se había enamorado. Si, así, como suena. Y estaba jodido, como las dos últimas veces. No podía parar de suspirar cuando pasaba a su lado, soñaba con que estaban juntos cuando era de noche, y tartamudeaba ligeramente cuando le hablaba; y se ponía a sudar cuando estaban juntos, en la biblioteca, y le ayudaba con los deberes.
En definitiva, que no podía dejar de pensar en él. Porque, sí, era él. Y no era cualquier "él", si no que se trataba de uno de los cazadores del equipo de Gryffindor; se tratada de uno de los estudiantes más brillantes de su curso. Sí, exacto, aquel chico que no podía apartar de sus pensamientos era, nada más y nada menos, que el mismísimo James Potter.
"¿Quién puede resistirse a sus encantos?" solía pensar, en clase, cuando sus ojos vagaban hacia James, sin poder evitarlo. "Es demasiado simpático; demasiado amable, demasiado…" Pero siempre trataba de alejar aquellos pensamientos; lo hacía en cuanto era consciente de lo que estos significaban. Luego, normalmente, apartaba la vista y mordía la pluma con la que escribía.
Vale, la había fastidiado. La había jodido, maldición. Sólo a él se le ocurría hacer algo semejante; enamorarse de su mejor amigo. ¡Já!
—Hola, Colagusano.
Peter se dio la vuelta, viendo como Remus y Sirius entraban en la habitación cogidos de la mano.
Llevaban juntos unos pocos meses, desde que Sirius estuvo a punto de matar a Severus Snape al enviarlo al sauce boxeador un día de luna llena. Entonces, Remus había dejado de hablarle a su amigo durante semanas, hasta que, un día, James y Peter no sabían por qué y tampoco les apetecía saberlo, habían aparecido en su habitación cogidos de la mano y habían anunciado que ¡sorpresa!, estaban juntos.
Cuando los vio entrar en la habitación, Peter levantó una ceja y sonrió, burlón, al ver las ropas de los chicos, ligera y sospechosamente revueltas, pero no dijo nada — su expresión lo decía todo, en realidad — y se limitó a saludar a sus amigos con un leve gesto de cabeza.
Observó la forma en la que Remus se tumbaba en su cama y alcazaba el libro que escondía debajo de ésta. Observó la cara concentrada en las letras del libro, y la manera en la que aceptaba que Sirius se acercara y le pusiera una mano en el estómago, acurrucándose junto a él.
Peter se mordió los labios mientras los observaba. Por Merlín, Morgana y todos los brujos habidos y por haber, cómo deseaba estar así, algún día, con James.
En el fondo, aunque no quería reconocerlo, todavía conservaba la ligera esperanza de que se diese cuenta que la chica a la que perseguía desde hacía años, Lily, no le haría nunca caso. Que se diese cuenta que las chicas no eran para él; que lo único que hacían era generar problemas. Peter todavía se quedaba despierto muchísimas de las noches que pasaba durmiendo en el castillo, hasta bien entrada la madrugada. Con la esperanza de que James se levantara, abriera los doseles de su cama, y le confesase lo que sentía por él.
En definitiva, Peter todavía se atrevía a soñar despierto con cosas que su lado razonable le decía, no sucederían ni en un millón de años; ni aunque todas los humanos de la tierra desaparecieran un día, súbitamente, y sólo quedaran ellos dos.
Les dio la espalda a Sirius y Remus y cerró los ojos, tratando de dormir. Pero pronto suspiró, abatido, con nostalgia del primer año pasado en Hogwarts, cuando las chicas no existían, no, al menos, como lo hacían ahora y, simplemente, eran ellos.
Aunque su mente era un torbellino de pensamientos y sentimientos entremezclados, logró dormir, y no le costó mucho, ciertamente, porque por la noche no había conseguido pegar ojo.
Despertó una hora después, tal vez dos, no estaba seguro. Y lo hizo con la voz de James, que hablaba animadamente, prácticamente, gritando, con los otros dos Merodeadores, que estaban muy contentos — aunque no tanto como el mismo James, evidentemente — y le daban la enhorabuena.
—¿Qué sucede, Cornamenta? –le preguntó Peter, restregándose los ojos. James se libró del agarre de Sirius que, en esos momentos, le revolvía el cabello con fuerza mientras decía "¡Ese es mi chico!".Giró hacia él con una sonrisa de oreja a oreja. Peter pensó, antes de que su amigo hablara, que nunca había visto tanta felicidad en una sonrisa de James.
—¡No te lo vas a creer, Peter! ¡Lily me ha dicho que sí! ¡Saldremos juntos!
Peter palideció y le entraron ganas de llorar en cuanto se dio cuenta del significado de aquellas terribles, atroces, palabras, pero se contuvo. Sonrió a James, le dio la enhorabuena, y luego le marchó de la habitación.
Lloró en un pasillo solitario durante muchísimo rato. El rostro se le enrojeció, los diminutos ojillos de rata se hincharon. Los dientes de roedor mordieron los labios hasta hacerse sangre, en un intento desesperado por acallar el desgarrador sonido de sus sollozos.
Y, al final, se descubrió pensando en lo mucho que ahora odiaba a James Potter. Lo odiaba por haberle roto el corazón; por haberle enamorado con aquella sonrisa encantado.
Decidió que desde ese día odiaba a James Potter. Aunque en el fondo, muy, muy en el fondo, debía de reconocer que también, quizá, lo amaba. Y mucho.
