Traición
Peter se acercó al ser que tenía delante, tratando de disimular el temblor de sus piernas, que apenas lograban sostenerle.
Sí, la palabra para denominar a su señor era "ser", porque aquello no podía ser humano. No lo era ni mental ni físicamente.
La figura que tenía ante sí era pálida, delgada, muy delgada, escuálida, tanto que la piel parecía directamente pegada a los huesos, sin ninguna otra cosa por en medio. Los dedos eran innaturalmente largos. Peter odiaba aquellos dedos, porque sabía que habían hecho cosas atroces, cosas inmencionables.
El rostro del Señor estaba desfigurado; guardaba un parecido extremo, aterrador, con el de una serpiente. Los ojos, rojizos y inexpresivos, vacíos, aterradores; el cráneo, totalmente calvo, y del mismo color blanquecino y muerto que el resto del cuerpo; la nariz, aplastada, como la hubiera tenido una serpiente de tamaño monstruoso. Definitivamente, nadie en su sano juicio hubiera sido capaz de creer que aquella cosa en la que costaba identificar a un ser humano había sido, hacía no tantos años, hacía tan pocos que aterraba, un hombre increíblemente atractivo, por el que las chicas hubieran podido suspirar de no ser, claro, por la cruel y sombría personalidad, vacía de cualquier sentimiento, salvo, quizás la ira. Aquello era lo único que no había variado con los años, para desgracia del mundo.
—Acércate más, Colagusano… — le dijo el ser. Su voz era susurrante, espeluznante. Parecida al siseo que emiten las serpientes.
Peter obedeció al instante. Estaba tan asustado que no reparó en lo mucho que odiaba oír aquel apodo cariñoso en labios de su Señor. Comenzó a temblar con más fuerza, tanta que creyó que se caería al suelo, incapaz ya de sostenerse.
—Me dijiste que podías proporcionarme una información muy valiosa, Colagusano. Cuéntame.
—Sí, mi Señor… — contestó él, la voz temblando.
Pero sintió que aquellas palabras no eran ciertas. Es decir, sí tenía la información, aquella información tan valiosa por la que Voldemort había sido capaz de segar tantas vidas, pero ahora que Peter estaba ante él, se había dado cuenta de que realmente no quería dársela. No, no quería.
Cerró los ojos un momento. Tragó saliva. Pensó en lo que sucedería con James, su querido James, cuando rebelase su paradero. Seguramente, moriría. Lo mismo que Lily y el bebé, su hijo. Iban a morir y sería Peter el responsable de todo.
La imagen de la pequeña familia muerta, tendida en el suelo de su casa, apareció durante un breve instante en su mente, lo que le hizo estremecerse, y sentirse más culpable. Pero ya no había vuelta atrás. No tenía elección, porque, si vacilaba ahora, aunque sólo fuera una milésima de segundo, el Señor lo mataría con un movimiento de varita. Qué muerte más triste.
—Y, dime, Colagusano, ¿En qué consiste la información? –Peter percibió un leve deje de impaciencia en la voz del ser. Miró a los lados nerviosamente, esquivando los ojos rojizos. Tragó saliva de nuevo y murmuró.
—Sé dónde se ocultan… los tres — y el ser pareció alegrarse, aunque Peter no estaba seguro de si realmente el Señor Oscuro era capaz de sentir alegría. En caso de que no fuera así, debió de haber sentido algo muy parecido a ella.
—¿Cómo sabes que la información no es falsa?
—S-Soy su guar-guardián se-secreto, mi S-Señor — dijo Peter, tartamudeando. A veces, cuando estaba a punto de entrar en un ataque de nervios, como en ese momento, tartamudeaba.
—Dime, ¿dónde se ocultan?
Y Peter pronunció aquellas palabras, las que condenarían a lo que un día habían sido sus mejores amigos — los únicos que había tenido, en realidad—. Lo hizo con una lentitud exasperante, lamentándose de su voz temblorosa y tartamuda.
Pudría haber jurado que realmente sentía cómo la vida de aquellas tres personas, de aquella familia inocente, se evaporaba por su culpa, con cada letra, con cada palabra pronunciada.
Al final, el Señor Oscuro hizo una mueca, lo más parecido que podía componer a una sonrisa, y que hizo que Peter se estremeciera; era la sonrisa más escalofriante y más llena de maldad que había visto jamás. Luego, el Señor se levantó, y Peter se sintió muy, muy pequeño respecto a él, respecto a todo lo que aquel casi-hombre representaba. Le dijo a Peter que "le esperase allí" y que "recibiría grandes recompensas en un futuro próximo" y se marchó de la oscura sala, dejándolo a él allí, solo.
En cuanto supo que ya no había nadie en la salita que pudiera observarle, el bajito y regordete muchacho, con ojillos pequeños, de roedor, cayó de rodillas. De sus minúsculos ojos oscuros brotaron algunas lágrimas, que ardieron por encima de la piel y también debajo de ella.
Y se preguntó por qué. Por qué había sido tan cobarde, tan absolutamente cobarde, como para traicionar a sus amigos. A los únicos que lo habían aceptado y tratado de ayudarle a superar sus inseguridades. Los amigos que habrían dado su vida por él, y que habían sido tan confiados como para creer que Peter haría lo mismo con ellos. Qué ruin había sido. Qué cobarde.
Pero, aunque no lo quería reconocer, en el fondo, muy en el fondo, sabía por qué lo había hecho. Sabía cuál había sido el estúpido motivo que lo había llevado a unirse a ese lado; y era el temor. La inseguridad. La misma inseguridad que le había llevado a pensar que él era menos que sus amigos.
Y a que Lily ocupara su lugar. A que Sirius y Remus dejaran de ir a su casa porque preferían estar juntos. A que lo olvidaran. A que lo traicionaran, a que los mortífagos lo atraparan, como a otros tantos, y a morir entre los sufrimientos más atroces. Por encima de todo, tenía miedo a estar solo.
No fue hasta ese momento, en ese preciso instante en el que ya nada podía deshacerse, en el que había condenado a aquellas tres personas, cuando se dio cuenta de que todo aquello nunca hubiera podido suceder.
No hubiera podido pasar, porque nunca había estado solo.
No hasta ese momento.
No pudo evitar pensar, con el llanto más amargo de su vida: Eres una auténtica mierda, Peter. Un cobarde. Pero ya no hay vuelta atrás. Si quieres sobrevivir, esto es lo que te toca. Te quedas con los malos, aunque no te guste. Te jodes. No haberlos traicionado. Y si te mata Dumbledore, o Remus o Sirius, sabrás que te lo tienes merecido. Es tu castigo.
