Disclaimer: La saga de Final Fantasy es propiedad de Squaresoft. Este fic es un original de Altol. Yo sólo lo traduzco... como puedo.
Gracias a todos los que han leído esta historia, han dejado reviews y la han incluido entre sus alertas. Trataré de llevar un ritmo de actualización semanal, pero no prometo nada. Os ruego que si véis cualquier error achacable a la traducción, me lo digáis.
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Cuando ya no haya soñadores,
si el mundo siguiera sin luz
y las estrellas existieran sin noche
y el campo pudiera cantar sin viento
¿Empezaría el final o terminaría el principio?
Cuando las luces se apagan,
cuando las guerras se terminan
¿Se ha perdido la aventura,
o se ha ganado un comienzo?
Así que, si el engaño sólo puede comenzar con engañadores
y las creencias tienen que terminar con los creyentes
Me hace pensar, aunque sólo sea un momento
en el sueño...
¿Acaba cuando el soñador despierta?
Altol
"Con ningún fuego se consume un hombre más velozmente que con el resentimiento"
Friedrich Nietzche
Capítulo 3
Seifer miraba fijamente el brillo pulimentado del escritorio de Cid, como había hecho durante la última hora. Tenía un nudo en el estómago y arcadas subiendo por su cuello. Un espasmo le hizo estremecerse, mientras su cuerpo amenazaba con expulsar la tostada y el café rancio del desayuno, cuyos ácidos se aferraban a la parte posterior de su boca.
Meneó la pierna izquierda, echando un nuevo vistazo a la salida.
Sus ojos inspeccionaban de vez en cuando la habitación, a la espera de que algún francotirador renegado, o incluso Squall, reventara la puerta para cortarle la cabeza. Sin embargo, lo que atraía su atención por encima de todas las cosas era el pisapapeles de la mesa de Cid.
Quería esa maldita cosa.
Sólo era un pisapapeles de cristal tallado en forma de rosa. Los pétalos, que parecían líquidos, atrapaban la luz y la reflejaban sobre la valiosa madera pulida, creando un arco iris sobre los documentos de la mesa.
Ojalá su propia vida fuera tan jodidamente simple.
No quería el pisapapeles, en realidad. En si mismo, era algo casi de mal gusto. Más bien, quería lo que ese objeto representaba.
Durante la última hora, ese estúpido pisapapeles había llegado a simbolizar todo lo que era sencillo y aburrido en el mundo. Un pisapapeles, un objeto estético que se usaba para que los papeles no volaran ante un chorro de aire acondicionando o por un golpe de aire proveniente de una ventana abierta. Dos cosas que habían estado decididamente ausentes de su vida en los últimos dos años. Era un regalo para una persona que tenía todas las camisas y las corbatas de clip que un hombre podía necesitar y que ahora no tenía nada de qué preocuparse, salvo de documentos extraviados.
Sólo por un día, le hubiera gustado tener esa vida.
Sentado en la silla, tenía consigo la suma de sus posesiones: una gabardina desgarrada, una camiseta manchada de sangre (le habían arrancado el collar de plata en su primera noche en los callejones), unos gastados pantalones de cuero y unas aún más desgastadas botas, cuyas lengüetas también habían desaparecido. La suela de la bota derecha había renunciado hacía tiempo a su parte inferior y su abrigo parecía más un fantasma pegado a su espalda que una prenda de abrigo. La única cosa de auténtico valor que tenía yacía en su regazo, absorbiendo la luz como un gato plateado.
Hiperión.
Se sorprendió de que no se la hubieran confiscado en la entrada, aunque había discutido violentamente para evitarlo. Tenía los moretones y un bonito corte como prueba de un desacuerdo con el portero. Pero, por alguna razón, no le habían quitado el sable-pistola. Al parecer, él no parecía una amenaza. Eso no le sorprendió. Había tan poca grasa y músico en su cuerpo que sólo estar sentado ya era incómodo.
Casi se echó a reir. El gran Seifer Almasy, el gran revolucionario, el rebelde, sentado en la oficina de Cid, a la espera de su castigo.
¿A qué sabe la servidumbre, Almasy?
Descubrió que la servidumbre tenía un sabor de tostadas rancias y café amargo que pesaba como un ancla de plomo en sus entrañas.
La puerta se abrió de repente, haciéndole sacudir la cabeza y ponerse en pie de un salto, con los ojos entornados y sus músculos tensos hasta los huesos, listo para recibir un nuevo ataque. Hiperión cayó al suelo, pero el ruido no llegó a sus oídos.
-Relájate, Almasy.
Algo en esa voz provocó que cada vello de su cuerpo se erizase, y su cuerpo se encontrase lejos de responder a la orden emitida.
-Leonhart.
No se volvió. Sabía quién era antes de que las palabras salieran de su boca.
Tanto Squall como Cid se colocaron tras el escritorio del director. Cid se sentó y Squall se colocó a su lado, con la misma mirada neurótica de siempre. Había oído que Leonhart era el nuevo comandante y que había aceptado el puesto un poco a regañadientes.
Seifer sonrió para sus adentros.
¿Quién era el perro faldero ahora, Squall?
-Cid me ha informado de que deseas volver a tu antiguo puesto en el Jardín- dijo Squall. Su voz era la de siempre, el mismo tono ilegible que tenía dos años antes.
Seifer clavó en él su mirada.
-Es cierto.
-Dime entonces por qué te mereces volver- replicó su antiguo adversario, cruzándose de brazos.
En un instante, Seifer sintió hervir la ira en su interior, caldeada ya por la vergüenza que le invadía desde que el alcohol había desaparecido de su cuerpo. Al menos con el alcohol no tenía ganas de arrancarle la cabeza a todo el mundo a dentelladas.
Aunque la de Squall habría sido una excepción.
Sus labios se curvaron y sus ojos se iluminaron ante un viejo reto.
-Sí, claro, en cuanto me digas por qué coño tengo que justificarme ante ti.
Cid hizo un gesto de calma.
-Seifer, Squall es ahora el comandante de este Jardín. Da por seguro que su prioridad es el bienestar del Jardín.
Los ojos de Squall se estrecharon.
-Esto es ridículo. Es la misma persona de hace dos años. No ha aprendido nada.
-Mira, si crees que voy a besarte el culo para volver al Jardín... -empezó a decir, y por un momento, los dos hombres que tenía enfrente vieron una semblanza del antiguo Seifer Almasy: a la defensiva, enfadado y peligroso por la exclusiva unión de esos dos factores.
La puerta se abrió.
-Lo siento, llegó tarde.
Un perfume dulce acompañado de una voz de acero
-Trepe -gruño.
¿Podía pasar algo peor ese día?
Los ojos de Quistis se abrieron cuando se dio cuenta de quién era esa aparición hecha jirones frente al escritorio de Cid. Le había pasado por alto al princio, pero ahora se quedó mirando, horrorizada, el esqueleto que tenía ante sí. El abrigo gris, desgarrado y con las cruces rojas desteñidas; el cabello rubio, despeinado, largo hasta la barbilla; los vigilantes ojos jade, impregnados de una burla apenas contenida.
-¿Seifer Almasy? -preguntó, incrédula, mientras el asombro daba paso a la ira.
El le echó un vistazo. Su pelo estaba tan rubio y largo como siempre, recogido de su forma habitual. Su postura de palo-en-el-culo tampoco había cambiado mucho.
Su cabeza se volvió para fijarse en Cid y Squall.
-¿Qué demonios es esto? ¿Por qué no se me informó?
Ciertamente, no había cambiado mucho, pensó Seifer, resistiendo el deseo de poner los ojos en blanco.
-¿Qué pasa, Trepe? ¿No me das un cálido abrazo? ¿Ni la bienvenida? -se mofó.
Los ojos azul cobalto se clavaron en él, y, a diferencia de antes, no vio temor ante su presencia. Sólo una mezcla de sorpresa y una incrédula furia.
-Tú -murmuró ella, con la voz ahogada en rabia.
-Basta- ordenó Cid, con un tono que apenas solía emplear y que hacía que sus órdenes se cumplieran de inmediato.
Los dos giraron la cabeza para atenderle
Un poco más de tensión y el despacho explotaría. Seifer se divirtió imaginando trozos de la bonita cara del Nene estampándose contra la pared más lejana antes de concentrarse en lo que Cid estaba diciendo.
-...Ha estado en suspenso durante un tiempo, desde la decisión del Consejo. Seifer ha aceptado nuestra oferta de amnistía aquí, en Balamb, de acuerdo con dicha decisión-respondió con calma Cid, respondiendo a la pregunta de Quistis.
La joven Seed estaba tan tiesa como una flecha.
-Discúlpeme, señor, pero no entiendo qué espera éste lograr esta vez -Ahora su voz translucía una mal conseguida ilusión de calma y, por alguna razón, eso molestó profundamente al rubio.
-Tal vez me gustaría graduarme- espestó Seifer. -Con un instructor capaz, esta vez.
A menos que estuviera equivocado sobre la antigua Quistis, estaba vez estaba goleando donde dolía de verdad.
Una punzada, rápida y caliente, oprimió el pecho de la joven antes de que pudiera evitarlo. Y, por su mirada, estaba segura de que él se había dado cuenta. Maldita sea. Era otra vez el mismo juego de siempre, el gato y el ratón. Mientras fue instructora, le había irritado sin límites quedar siempre como el ratón en sus disputas. Aparentemente, la dinámica no había cambiado en dos años.
Maldita sea.
Entornó los ojos ante él, con sus labios apretados en una mezcla de ira, dolor y asco.
-¿Qué es lo que pasa? ¿Te has quedado sin agujeros en los que arrastrarte?
Seifer emitió un sonido burlón.
-En realidad...
-¡Basta! -gritó Cid.
Quistis se volvió rápidamente hacia el director, apretando los puños.
-Discúlpeme, Cid, pero ¿es necesaria mi presencia aquí?
-Sí, Quistis, lo es -replicó Cid. -La idea es que..
-Discúlpeme, señor -interrumpió Squall. -Pero todavía no he escuchado por qué deberíamos permitirle estar aquí.
Seifer se tensó, resistiendo el impulso de saltar y retorcer el cuello del comandante. Captó la mirada de Quistis sobre él, sus ojos fijos como si pudiera leerle el pensamiento.
Suspiró, liberando ligeramente sus puños apretados.
-Quiero hacer algo ... con mi vida- Decir esas palabras era como escupir clavos, en especial delante de sus dos ex compañeros.
¿Por qué diablos he venido aquí?
Porque no tenías ningún otro sitio donde ir, imbécil.
Cid asintió.
-El Jardín ha decidido darte una segunda oportunidad, Seifer. Edea recibió el mismo perdón y no hay razón para que a ti se te deniegue. Te daremos tu propio dormitorio, un uniforme nuevo y una oportunidad. Una. Estarás bajo vigilancia veinticuatro horas, al menos hasta que los integrantes del consejo consideren que te has convertido en un miembro productivo del Jardín y que las restricciones pueden ser levantadas. Tendrás a alguien asignado para vigilarte.
Cid continuó hablando, pero Seifer ya no escuchada. Una segunda oportunidad, sobre la mesa y bajo la mirada fría y vigilante de Squall. Y, en ese instante, Seifer supo exactamente por qué. Tenía sentido.
Después de la absolución de Edea, hubiera parecido hipócrita por parte del Jardín no ofrecer también su absolución a su "ayudante". Reflejarían una gran inconsistencia de la institución, en especial porque Edea era la esposa del director. El sería observado... una mascota obediente a sus órdenes. Casi se sonrió, aunque sus tripas se estremecían como si se estuvieran abrasando.
Casi hubiera preferido una verdadera bofetada en la cara, en lugar de una tan sutil.
-Ah, perdón en interés de la política -gruñó. -Nada de que realmente creáis que soy realmente inocente.
-Deberías estar agradecido -escupió Squall. -Después de todas las cosas que has hecho.
-Que te jodan, Nene.
Ah, ahí estaba. La misma rivalidad, la misma amargura que quemaba como ácido en el ombligo.
Squall entornó los ojos.
-Puedo echarte de aquí cuando quiera. La primera persona a la que amenaces, la primera pista de que eres el mismo traidor que se largó de aquí hace dos años y estás fuera -respondió Squall en el mismo tono.
-¿Ahora te escondes tras un despacho? -se mofó Seifer, dando un paso adelante. -Te queda bien, comandante -dijo Seifer, poniendo énfasis en la última palabra.
En un instante, las manos de Squall estaba sobre su sable-pistola.
-Insúltame de nuevo.
Seifer abrió la boca, pero otra voz fue más rápida.
-Basta ya.
Era Quistis, a punto de estallar de exasperación y frustración.
-Cid, por favor, dígame por qué estoy aquí para que pueda irme.
Si alguno de los hombres de la habitación estaban sorprendidos por su brusquedad, ninguno demostró.
-Seifer -dijo Cid. -Estas excusado por el momento. Por favor, espera fuera mientras hablo con Quistis.
-Como quieras -murmuró, rompiendo a regañadientes la mirada de hielo de su antigua enemiga. Tomó a Hiperión y, tras lanzar una mirada significativa a Squall, salió de la habitación con toda su vieja furia, deseando tener una puerta para dar un portazo tras él.
Quistis se volvió para observar a Cid y a Squall con una expresión que sugería una acción violenta si no le informaban de lo que ocurría.
Cid aclaró su garganta, lo que nunca era buena señal. Por lo general, era el preludio de algo que no Quistis no quería oir. Como: "Quistis, siento decírtelo, pero la junta ha cancelado tu licencia de instructor" o "Quistis necesitamos una secretaria temporal hasta que podamos sustituir a Amy".
-Quistis, Squall y yo estamos de acuerdo en que la responsable de evaluar a la capacidad y la evolución de Seifer deberías ser tú.
Quistis escuchó las palabras vagamente, como si pertenecieran a una lejana pesadilla.
-¿Qué?
-Has sido designada para estar a cargo de la vigilancia de Seifer.
Quiso pellizcarse, pero sabía, horrorizada, que ninguna pesadilla podía ser tan cruel.
Se sintío envuelta por el frío y el temor a la idea. Cruzo los brazos.
-Respetuosamente, me niego a hacerlo.
Squall decidió intervenir.
-Quistis, has sido su instructora antes. Le conoces mejor que la mayoría de nosotros, sabes como predecirle y puedes...
-Evidentemente, no sé y no puedo-espetó Quistis. -Como ambos sabéis, ya no soy instructora de este Jardín, en parte por esa deficiencia. Encargádselo a Xu.
Al menos, Xu le daría una paliza.
Cid arqueó una ceja.
-Ningún otro instructor quiere el trabajo y, francamente, no creo que ninguno esté cualificado.
-Bueno... eso es malo para él, ¿no? -Quistis hervía más allá del punto de cocción y sentía que se estaba ninguneando su rango. -No podéis asignarme cada tarea indeseada que llega a la oficina. Soy un seed de rango A, no una trabajadora temporal -Se cruzó de brazos, tratando de controlar su temblor. -Me niego a ocuparme de él de nuevo. Es mordaz, no sigue las órdenes y su actitud hacia mí o hacia cualquier figura de autoridad que se ha encontrado en su vida es intolerable. Sólo porque se ha vuelto a dejar caer por aquí con la pinta de un vagabundo, no quiere decir que de repente se haya arrepentido. Solamente significa que...
-Quistis, por favor...
Una figura se movió desde la esquina, surgiendo de una puerta lateral recién abierta. Era una sombra esbelta que emanaba un perfume como de lilas.
Quistis frunció el ceño. Por lo visto, tanto Squall como Cid habían supuesto que rechazaría la misión. Así que habían mandado su arma más potente.
Mamá Ede
Quistis se preparó para repeler el tono suave y suplicante, a sabiendas de que era inútil. Unos ojos suaves y oscuros se posaron sobre ella. Estaba tan bonita como siempre, como el invariable enigma de su infancia, con su cabellera larga y un oscuro vestido de andar por casa.
-Quistis, sé que no eres insensible a la difícil situación de Seifer. Ha sido difícil para él... como lo ha sido para mí. ¿Tú no me negarías tu ayuda? ¿Verdad?
Quistis miró como la luz del despacho refulgía en sus botas.
-Sabe que no lo haría, mamá Ede -dijo en voz baja. -Pero es diferente.
Una mano rozó su hombro, tan delicada como la caricia de un pétalo de rosa, pero mil veces más insistente
-Quistis, sabes que no lo es.
Su voz era suave, siempre lo era, pero tenía un matiz de tranquila certidumbre que hubiera resultado arrogante y fuera de lugar en cualquier otra persona.
Pero ella era mamá Ede, la sabiduría se ajustaba a ella como un manto de silencio envuelto en belleza y gentileza, que les había conducido a todos ellos por una marea de suavidad cuando eran niños.
Ahora miraba a Quistis con una sonrisa más frágil de lo habitual.
-A veces el pasado de los demás nos dificulta creer en su futuro. Es la forma en que los tratamos lo que allana su camino hacia la redención o hacia el fracaso. Por favor, Quistis, te lo ruego. Haz por él lo que harías por mí.
La joven Seed miró a regañadientes a los ojos de la única verdadera madre que había conocido. Ambas sabían que ella no podía negarse a lo que ella le pidiera. Por un instante, separó la vista de ella para lanzar una dura mirada a Cid y a Squall para hacerles saber lo que pensaba de sus tácticas y de su encargo.
Era lo que le faltaba. Había bastante confusión en su vida sin tener que vigilar a alguien como Seifer Almasy. Él la atacaría en cada ocasión que tuviera, y probablemente, la volvería completamente loca.
Hizo una mueca.
-Lo haré.
