Disclaimer: Squaresoft es mío, sí. Si se os lo habéis creído, también soy propietario de Miscrosoft, la CNN y el rey del mundo.
N.T: Muchas gracias a los que seguías esta historia. Os recuerdo que sólo la traduzo. El original es de Altol, que ya está haciendo la segunda parte.
"Un viaje de mil millas comienza con un sólo paso"
Capítulo 4
Seifer alternaba la mirada entre el techo y los estudiantes que pasaban por el pasillo mientras Se apoyaba contra la pared, cruzado de brazos. Estaba claro que los mayores le reconocían, pero los más jóvenes debían de tener una sensación de muerte inmediata, como los lemures sienten la llegada de la tormenta. Se rió de ellos, que formaron un amplio arco en torno a él, susurrando. Alguno de los más valientes le sostuvo la mirada.
Podía escuchar a Trepe gritando dentro y casi le hizo sonreír. Fuera lo que fuera sobre lo que discutían, era obvio que no conseguían que ella estuviera de acuerdo.
De todas formas, y según su experiencia, Quistis nunca estaba de acuerdo en la mayoría de las cosas.
Era como si el Nene hubiera perdido su ascendencia sobre ella, como si ya no obedeciera sus órdenes con una reverencia. De estudiante, siempre le había molestado como Quistis corría a su rescate, jadeando tras él como una perra en celo.
Cada vez que se peleaban, Quistis siempre aparecía para meterse entre ellos, protegiendo a Squall y vendando sus cortes, mientras Seifer sangraba en la sala de detención. Visto en retrospectiva, Seifer tenía que admitir que la mayoría de las riñas las había iniciado él, pero recordaba muy bien como miraba las paredes del aula mientras sangraba sobre el pupitre por una pelea en la que, por una vez, no tenía nada que ver. Pero así eran las cosas.
Todo el mundo adoraba a los héroes, después de todo. Y Seifer Almasy nunca había sido un héroe.
Por fin, los gritos cesaron y, curioso, Seifer se esforzó por escuchar la nueva situación producida en la oficina de Cid. Menos de un minuto después, las puertas se abrieron y fue casi abatido por una furiosa mancha rubia.
Quistis le echó un vistazo por encima del hombro que hubiera transformado en polvo un bloque de mármol
-Vamos -murmuró.
Él entrecerró los ojos, mirando hacia ella.
-¿Dónde vamos? -preguntó con suspicacia y sin moverse. Había pronunciado el "vamos" cuidadosamente.
Quistis suspiró y se dio la vuelta, poniendo las manos en las caderas mientras anticipaba la primera de muchas discusiones.
-Voy a mostrarte tu habitación, hacer que te den un uniforme y a contestar cualquier pregunta que puedas tener.
Y a matarte si no cooperas, añadió para su interior.
-¿Por qué? - Había más sospechas en su pregunta de las que cualquier político podría recibir en toda su vida.
Quistis apretó los dientes.
Buena pregunta.
-¿Vas a cuestionarlo todo?-replicó. No llevaba ni siquiera cinco minutos y ya sentía su determinación quebrarse.
-¿Puedes dejar de portarte como una bruja durante un minuto y contestarme a una puta pregunta?
El familiar tono caustico. Justo como en los viejos tiempos.
Quistis suspiró de nuevo, se pasó la mano por la cara y rogó a Hyne un poco de paciencia. Había estado menos de cinco minutos con él y ya deseaba desentrollar el Save the Queen de su cinturón y estrangularle con él látigo.
-Tengo ordenes de ocuparme de tu bienestar mientras estés en el Jardín- dijo con un tono seco.
Seifer retrocedió visiblemente. Después, empezó a reírse a carcajadas ante las implicaciones de su declaración.
-¿Vas a vigilarme? ¡Jodido Hyne! ¿No ha sido bastante un fracaso en tu historial como instructora?
Ella resopló
-No soy tu instructora.
-¿Entonces qué coño eres? ¿Mi niñera? -gritó, exasperado, meneando a Hiperión a su alrededor como un juguete infantil y levantando los brazos. El corrillo del vestíbulo era ahora un visible arco, cerrando un ángulo de noventa grados entre el ex caballero y la Seed, en el que se oían murmullos.
Quistis decidió no contestar a esa pregunta en particular, sobre todo porque no tenía una palabra mejor para definirlo.
-¿Quieres dejar de girar esa cosa como un bate de plástico? -gritó, quitándose las manos de la cara. -¡Vas a cortarle la cabeza a alguien!
Los ojos esmeraldas de Seifer no se apartaron de ella.
-Claro, y eso sería una auténtica tragedia- dijo con naturalidad, mirando a los idiotas que susurraban ante su presencia y haciendo una inclinación brusca de cabeza. Putos corderos miedosos, asustados de sus propias sombras. Todos ellos.
Quitsis sólo giró los ojos.
-Vamos, tengo mejores cosas que hacer discutir contigo los méritos de la decapitación.
Con eso se dio la vuelta y comenzó a caminar por el vestíbulo. Irritado, la siguió.
No era como si tuviera muchas opciones.
Mierda, por eso estaba aquí, ¿no?
-Vamos, estoy seguro de que tienes el horario lleno de planes -comentó detrás de ella al tiempo que trataba de igual la velocidad de sus pasos -¿Tienes una sesión de autógrafos con los Trepis después, o qué?
Ella ignoró sus palabras, así que se centró en lo que tenía a su alrededor, reconociendo los familiares pasillos del Jardín, que volvían a su memoria a toda velocidad. El lugar no había cambiado mucho.
Miró a la figura delante de él, que caminaba airadamente con los libros apoyados en la cadera. Tampoco la gente de mierda había cambiado.
Quistis murmuró para sí misma mientras sacaba su tarjeta y la sala de intendencia se abría ante su vista. Pilas de pantalones, botas, rifles-pistola estándar, látigos, fusiles, cadenas, municiones y equipos de primeros auxilios estaban ordenados contra las paredes, con cada elemento perfectamente marcado y alineado.
El orden le daba nauseas.
-¡Hola! -dijo una chica alegremente detrás del mostrador. Su cola de caballo se balanceó cuando se inclinó sobre la superficie. -¿Puedo hacer algo por ustedes?
Quistis no hizo caso de la joven y se volvió de repente hacia él, con un rápido movimiento que le hizo dar un respingo. Él la miró mientras le recorría con la vista arriba y abajo, como si estuviera evaluándole.
-¿Qué? ¿Te gusta lo que ves?- se burló, levantando los brazos.
Sus ojos se encontraron y casi le sorprendió lo que vio en ellos. Estaban extrañamente vacíos de miedo, pero, en cambio, destilaban un enorme enfado, teñido de indignación, que no había visto en mucho tiempo. Era casi refrescante sentir el odio de alguien. Era algo previsible y familiar.
Su vida consistía en esa mierda de opciones, esos días: Ser odiado o temido, escupido o anhelado. Todo por un pasado del que deseaba poder deshacerse cada día y con el que estaba condenado a vivir y a respirar.
Observó con el ceño fruncido como arrebataba una cinta métrica de una estantería y dejaba sus libros en ella.
-Dame tu brazo.
-¿Por qué, para qué puedas arrancármelo?-le espetó.
-¿Con una cinta métrica? -se burló, estrechando los ojos de exasperación. -¡Dame tu brazo!
Él la miró y dejó a Hiperion balancearse en sus mano con los brazos cruzados. Quistis se mantuvo firme, echando humo.
La chica de la caja abrió mucho los ojos y se medio ocultó tras el mostrador, mientras observaba la discusión.
-Dame el brazo-susurró Quistis -o te lo cogeré yo misma a la fuerza.
Maldiciendo por lo bajo, Seifer levantó el brazo, con Hiperión brillando a su lado. No fue tanto porque pensara que ella realmente lo haría, sino porque creyó que si hacía caso, todo terminaría más rápido.
Quistis midió su brazo, su cintura y su pecho. Sus manos y la cinta se movían sobre él de una forma sorprendentemente cuidadosa. Cerró los ojos mientras sentía la cinta alrededor de su cintura, luchando contra la necesidad de empujarla para que se alejara. Era una reacción instintiva. Nadie había estado tan cerca de él durante meses. Nadie que no estuviera tratando matarle, al menos.
Aunque no era una opción que pudiera descartar aún con Quistis, pensó, abriendo un poco los ojos para mirar la cabeza rubia brillante inclinada sobre él.
Cuando se apartó, un instante después, su olor quedó flotando como una estela. Frambueesas, el cuero del látigo y otra cosa, algo familiar. ¿Se había enlazado magia? Probablemente. Mierda, era Trepe.
Apretó los dientes y miró al techo, sitiendo la tensión causada por su tacto desvancerse. Odiaba este maldito sitio.
Entonces, ¿por qué has vuelto?
Rechinando los dientes, reprimió la molesta voz. Ya sabía la respuesta, que era igual de molesta que la pregunta.
Los ojos de Quistis escanearon la sala, captando rápidamente el equipo estándar que se entregaba normalmente a cada estudiante nuevo cuando ingresaba en el Jardín.
-Un uniforme de estudiante, masculino, talla media. Camiseta y pantalones blancos, de la misma talla. Un par de botas, talla once, siete mudas de ropa interior, talla mediana. Un manual de conduca Seed.
-Como si fuera a leer esa puta cosa -intervino Seifer. Se sentía como un niño pequeño al que estuvieran pusiendo el condenado pijama. Mierda. Quistis Trepe estaba escogiendo ropa interior para él, por el amor de Hyne.
-Tal vez deberías hacerlo, esta vez -intervino Quistis fríamente, colocando el equipo en sus brazos antes de pedir más.
-Siete pares de calcetines blancos, un par negro, una cazadora, un peine y tengo autorización para recuperar la llave del dormitorio Seed 106d.
-¿No le vas a equipar con un arma básica? -pregunó la chica, haciendo una pausa en mitad del furioso intento de Quistis de evitar que todas las cosas del equipamiento se deslizaran hasta el sueño.
-Ya tiene una-replicó Quistis despectivamente, mientras tomaba el albarán y se colocaba las gafas.
Seifer sonrió y "complaciente" levantó su abrigo para mostrar el amenazante brillo de Hiperión, oculto bajo la tela.
-Bien. Una identificación, por favor -pidió la chica, que seguía mirando a Seifer.
Quistis mostró su identificación y esperó con impaciencia el recibo del equipo
-Seed Quistis Trepe, número 597514. Petición aprobada -emitió la máquina.
La joven cogió rápidamente el recibo y lo deslizó por el mostrador.
-Esto... necesito su firma, también.
Seifer soltó la pila de cosas que se tambaleaban entre sus brazos y caminó a zancadas hacia el mostrador, donde tomó con enfado el bolígrafo y trazó una S seguida de un garabato ininteligible sobre el papel, que volvió a deslizar por el mostrador, pero antes de que la observadora mirada de Quistis alcanzara a ver su mano. Una larga, rosada cicatriz cruzada todo el ancho de la palma. Se había curado hacía mcuho tiempo, pero en su momento debía de haberle hecho un daño terrible. Se preguntó vagamente cómo se habría hecho la marca. Los ojos de Seifer se posaron en ella en ese momento y se giró, arrojándole la tarjeta de la habitación.
-Vamos -murmuró, cogiendo las botas y sus libros antes de irrumpir junto a él.
-Sí, instructora -respondió él en su tono más sarcástico.
-Te he dicho que no me llames así -soltó ella mientras atravesaban la puerta, dejando tras ellos a una nerviosa y muy confusa Seed que, tras el mostrador, no estaba muy segura cómo asegurarse de lo que acababa de pasar ante sus narices.
No llamarla instructor, ¿eh?
Bueno, ahí tenía una forma de llegar bajo su piel.
Después de un incómodo y silencioso trayecto, Quistis se detuvo frente a un sencillo dormitorio Seed. Seifer apenas podía ver sobre el montón de basura que estaba apilado en sus brazos, pero el brillo de su prendedor y el trote de sus botas le daba una idea bastante clara de su posición. Además, todo el mundo les evitaba a su paso por el pasillo, debido a su fama y la expresión atronadora de Quistis.
-¿Qué? -le preguntó por último, después de un rato de espera.
-Abre la puerta -le espetó ella. -A no ser que quieras estar aquí todo el día.
Maldiciéndola, pasó la tarjeta, que reveló un dormitorio Seed normal y corriente, igual al que había abandonado. Menos todas sus cosas, claro.
Una cama, un escritorio, un pequeño cuarto de baño con lavabo y ducha primera y un armario diminuto. Habían arreglado la ducha, pero no mucho. Quistis entró, lanzando las botas sobre la cama y dejando caer sus propios libros por erros con un juramento.
-La primera semana se te traerán todas las comidas a la habitación. Esto os dará tiempo a ti y al cuerpo estudiantil para adaptaros a tu presencia aquí -dijo, mientras recogía sus libros. -A partir de mañana, te presentarás en el segundo piso cada mañana a la primera llamada. Allí, voy a evaluar tus conocimientos Seed y habilidades físicas para cumplir los requisitos básicos que debes cubrir antes de presentarte al examen para Seed.
Seifer pasó junto a ella, dejando el resto de su recién adquirido equipo junto al pequeño camastro.
-Esto es interesante. Aún no puedo creer que seas mi jodida niñera.
-¡Y realmente necesitas una! ¡No has cambiado nada! -gritó Quistis, alzando las manos en un gesto de desesperación. -¡Nunca piensas que las reglas también son para ti! ¡Nunca puedes aceptar ninguna ayuda de nadie!
-¿Ayuda? -se burló Seifer. -No necesito una mierda de ayuda para tirarme por un acantilado y estoy seguro de que para fracasar no necesito ninguna ayuda de una especialista en el fracaso.
De repente, Seifer se encontró a si mismo clavado contra la pared blanca del cuarto, con el brazo de Quistis contra su cuello y su pierna enganchada de bajo de él. Un movimiento estándar de neutralización. Un otro momento, se podría haber librado de él con facilidad. Pero era una sombra de su antiguo yo y ambos lo sabían.
El aliento de Quistis en su oreja era un recuerdo de su propia humillación corriendo por sus venas por enésima vez en el día. Su voz era un susurro furioso, uno que le transmitía cuanta mierda más le iba a tocar tragar.
-No sé por qué has vuelto, Almasy, pero no confío en ti, nunca lo he hecho.
El se removió contra ella y su otra pierna se elevó una pulgada, acercándose a su ingle. Sus ojos brillaban en los de ella, dos rendijas furiosas de color verde que indicaban que había llevado al hombre más alla de su límite.
-Y tu nunca me has gustado, Apártate de mí -respondió. Su aliento era cálido, un susurro furioso contra su mejilla.
-No, hasta que escuches lo que tengo que decir- insistió Quistis, clavando su brazo con más fuerza en su garganta, -Sólo voy a decírtelo una vez.
-Habla todo lo que quieras -escupió él, con voz ronca. -Como si fuera a escucharte una puta palabra.
-Me escucharás porque yo no tengo nada que perder. Quería esta tarea tanto como tú quieres que yo esté aquí. Pero me vas a escuchar. Estoy plenamente autorizada a hacer lo que sea para que obedezcas y no te tengo miedo. Recuérdalo. Irás al segundo piso mañana o te subiré a rastras yo misma. Que me maten si vas a hundirme una segunda vez -En ese momento, sus ojos se helaron ante el recuerdo y sintió como la sangre de Seifer se enfriaba ante su mirada. -Cuanto más rápido acabe esto, más felices seremos los dos. Así que haz lo que se te dice por una vez en tu miserable vida.
Le soltó tan rápidamente como le había aprisionado, como si se hubiera dado cuenta en el mismo momento que él de que la puerta había estado abierta todo el rato y de las miradas curiosas que llegaban del pasillo. Musitó algo inaudible y salió de la habitación. La puerta corredera se cerró detrás de ella.
Seifer tosió y carraspeó mientras su garganta volvía a dejar pasar el aire. Así que Trepe había desarrollado un maldito carácter en su ausencia. Siempre la había empujado, atormentado y molestado como un infierno, pero ella nunca le había devuelto el golpe de esa manera. Era refrescante, de la forma masoquista en la que él encontraba refrescante el odio de los demás.
Chasqueó la lengua y se rió con amargura. Tener a Trepe para supervisar sus progresos era como tener una mangosta vigilando a una serpiente... ¿o era una serpiente vigilando una mangosta? Lo que fuera. Toda la idea era una jodida equivocación y ya sabía como acabaría todo. Era una obligación política. Nunca sería un Seed.
Nunca sería nada.
Y ahora estaba atrapado allí, encerrado y cuidado como un niño de tres años con complejo de de dios.
-Joder, joder -juró, golpeando la pared con su puño con todas sus fuerzas. El dolor se extendió por su mano, pero fue una ocurrencia tardía. La sangre se derramaba en sus nuevamente destrozados nudillos, como una visión lejana, un dolor que ya no era suyo. Un insecto estampado en un parabrisas indiferente.
Aparte de la humillación y una constante, punzante amargura, él no sentía apenas nada. En algún momento, eso podría haberle alarmado, pero el alcohol siempre adormecía sus preocupaciones.
Y ahora, estaba demasiado borracho de fracaso para preocuparse.
… ...
Quistis recorrió enfadada el pasillo, completamente inconsciente de cómo el camino se aclaraba ante su furioso caminar.
Dos años y no había cambiado ni una maldita cosa. ¿Qué coño estaba pensando Cid cuando le había dado esa tarea? ¿Qué diablos estaban pensando todos al permitirle a un ex caballero de la bruja volver al Jardín, incluso a uno que había fallado tanto como Seifer?
¿Y qué demonios estaba pensando ella al aceptar la misión?
Introdujo su tarjeta en el cajetín de la puerta en una serie de golpetazos enojados, sin detener su asalto cuando ya se había encendido la luz verde de entrada. Cuando el insistente pitido de la puerta llamó su atención, irrumpió en su habitación sin molestarse en encender las luces. Se quedó en el centro de su inmaculado dormitorio, demasiado enfadada como para sentarte y demasiado perturbada como para ir a comer.
Por alguna razón (que probablemente vestía una andrajosa gabardina gris), había perdido el apetito.
Por mucho que pensara que le odiaba, una parte de ella se había desmoronado al verle de nuevo. Había pensado inconscientemente en él en los dos últimos añosy más a menudo de lo que admitiría ante cualquiera. Pero la imagen conservaba toda su vitalidad y confianza, y tal vez no todos sus terribles errores. Había asumido que se estaba dedicando a alguna otra cosa, y se había encontrado deseando que fuera una tarea más productiva que su anterior objetivo.
El Seifer que se había encontrado en la oficina de Cid nunca se lo hubiera imaginado. O, tal vez, nunca había querido hacerlo.
Sus ojos estaban cansados, perdidos, iluminados solo por el desprecio rancio que una vez le había alejado del Jardín y ahora le traía de vuelta. Su mandíbula estaba cubierta por una espesa barba, sus ojos verdes -antes brillantes como una botella de vidrio pulida por el mar- parecían débiles y apagados. Su cara estaba medio oculta por las greñas que le llegaban a la barbilla, con mechones rubios sucios y enredados como rastas por la falta de lavado.
Era un hombre roto, torcido como si nada pudiera mantener recta su columna vertebral, solo puros huesos. Cuando le había medido, había sentido sus costillas sobresalir en su pecho y los nudos circulares de sus caderas a través de sus pantalones caídos. ¿Qué instinto maternal seguía aferrado al cuerpo del soldado cuando sintió compasión, cuando había querido alimentarle, protegerle de lo que sabía que el Jardín iba a hacer con él, o lo que él iba a hacerse a si mismo?
Era el soldado el que le había estampado en la pared. Habían sido cada frustración y cada humillación sufridas como instructor y como estudiante las que habían llevado su brazo a su garganta, apretando su frágil yugular.
Pero era ella, solo ella, la que había sentido un hueco doloroso en su pecho, el eco de un dolor sordo, la comprensión ante la soledad.
Sus ojos se iluminaron con una ligera tristeza cuando recordó la sensación de sus músculos cediendo débilmente ante su agarrare, su furia y la humillación ardiendo en sus ojos cuando trató de mover la cabeza para mirar hacia abajo, hacia ella. Era un agarre sencillo, uno que el Seifer de antes habría roto con facilidad.
Había sido una criatura orgullosa, paralizada por ese mismo orgullo. Pero entonces, años atrás, el orgullo también le deformaba, en sus palabras y en su temperamento. Sólo que ahora se había corrompido tan miserablemente que el orgullo aparecía abiertamente en sus ojos, infectando su cuerpo hasta que no era más que una sombra de lo que había sido.
Quistis se dio cuenta entonces la desnudez de la derrota, la rabia vencida por dos años de lo que debía de hacer sido una agotadora y búsqueda sin éxito de algún tipo de conclusión. Ella la conocía, porque era la misma mancha que teñía sus ojos cuando se miraba ante el espejo cada día de su vida.
Se veía reflejada en un par de lagos de jade que se suponía que debía despreciar sobre todas las demás cosas. Por algún defecto en ella, no podía hacerlo. Su habilidad para irritarla, sin embargo, no había disminuido ni un poco
Ahora lo sabía. Iba a estrangularlo por pura desesperación y con él se iría cualquier oportunidad de volver a conseguir su licencia de instructor.
Nunca había reflexionado bien sobre Seifer cuando estaba a su caso, ni tampoco, en muchos aspecto, lo había hecho sobre Squall. Eran sus dos mejores estudiantes y ella podía declarar su fracaso con con ambos. Y ahora le devolvían a uno de ellos, uno que, muy probabelmente, la odiaba tanto como odiaba a su otro antiguo alumno estrella.
Se había entristecido al verle de esa manera, incluso con la furia de su continuo carácter retador. Pero esa siempre había sido la naturaleza de su relación. Siempre se había preocupado por él a través de su ira, no a pesar de ella.
¿Podía la mañana ser peor? ¿Podía empeorar su vida aún más?
Maldiciendo, lanzó los libros que tenía en la mano a la pared y vio impasible como el lomo de uno de ellos se partía por la mitad, para darse cuenta a continuación de qué libros eran.
Pasó la siguiente hora tratando de pegar de cinta adhesiva los libros que Xu le había prestado.
Genial, no llevaba ni un día y ya se estaba volviendo loca.
