Aquí está el capítulo semanal de Fire and Ice. Como sabéis, queridos lectores, los personajes pertenecen a Squaresoft y el original a Altol, yo sólo lo traduzco. Aún así, no puedo dejar de agradecer los reviews que habéis escrito, son todo un estímulo para seguir adelante con esta tarea. Espero que os guste.
Everybody loves stars
Everyone fell
Into her world she made here
Where everybody rates love
But I don't care
Cause it's her world, she made me
You think you're half as good as me
The only thing you'll ever be
Is just a way for me to bleed
On this stage
Everybody loves stars
Everyone fell
Into her world she made here
Where innocence is taken
But I don't care
Cause it's her world, she made me
Now she's old
She's been blessed
Take a bow
And confess
She threw it all away
My angel died that day
No one came
No one cared
Cold, Confession
Chapter 5
Seifer se quedó mirando el pálido techo del dormitorio Seed, contemplando la borrosa luz que brillaba bajo la puerta, opacada por el pasos que eran como parpadeos. ¿Cuánto tiempo había estado tumbado en la cama? ¿Era ya de día?
Comprobó el reloj despertador estándar junto a la cama. Aún no. En realidad, ni siquiera estaba cerca.
Desde que la luz cegadora de la Compresión del Tiempo se había desvanecido de su mente, el propio tiempo parecía arrastrarse tras él como una carcasa vacía. Una que, cada mañana, sentía sospechosamente parecida a él mismo.
Parpadeó y fijo su vista en la pared. Se estaba convirtiendo en un experto en techos.
Con un suspiro, sacó los pies de la cama, se arrastró al baño y encendió la luz. Se inclinó hacia delante mientras colocaba la encimera brillante del lavabo. Había cuatro pastillas de jabón barato apiladas cuidadosamente a un lado, dos toallas de mano diminutas en el cajón superior y dos grandes, casi tan finas como el papel, en la parte inferior. Abrió el botiquín, que tenía un espejo pegado en la puerta, y encontró una bote de aspirinas aún envueltas en el precinto.
Ni siquiera eran suficientes como para una sobredosis. Malditos tacaños.
Sus ojos escanearon el segundo estante y localizaron un paquete completo de cuchillas de afeitar baratas, pero con un seguro metálico. También encontró cinco vasos de plástico. Cogió la cuchilla y una pastilla de jabón y las colocó en la plataforma de la ducha, donde encontró una botella de champú que olía a trementina.
Bueno, él no podía oler aún peor en ese momento.
Dejó caer la chaqueta y el resto de su ropa sucia siguió rápidamente el mismo camino, arremolinándose en sus pies. Desnudo, sintió el cosquilleo del aire frío en la piel antes de mirarse al espejo por primera vez en casi dos años. Todos los espejos del hotel estaban rotos, por su culpa o del anterior inquilino, no lo recordaba.
Su pecho huesudo se marcaba en la piel tensa, estrechándose en la elipse de sus costillas y hacia sus costados, llenos de cicatrices. Su estómago, hundido como un globo pinchado, colgaba como una tienda de campaña destensada sobre los dos largos y protuberantes huesos de sus costillas flotantes. Dos bolsas oscuras enmarcaban sus ojos y sus pómulos parecían incluso más angulosos de lo normal en su rostro consumido.
Casi se apartó la vista de la desagradable imagen frente a él. Pero quizá era el reflejo de lo que siempre había sido.
Años atrás, había estado frente a un espejo como ese. Entonces, sus músculos estaban fuertemente esculpidos contra sus huesos, con un pecho ancho, brazos fuertes y una hilera de músculos que se ondulaban en su abdomen. Era el resultado de años de esfuerzo, entrenamiento, y vitalidad enlazada con magia. Solía estudiarse cada mañana en el espejo de su dormitorio, evaluando la perfección de sus músculos, repitiendo el mantra de sus deseos con cada movimiento de las pesas mientras miraba su reflejo con tonta vanidad.
Que era lo suficientemente fuerte, nadie podría negárselo.
Fue un idiota.
Su mente era tan débil como su cuerpo lo era ahora, y le había convertido en la jodida marioneta de Artemisa. Un perro bailando con una correa, un montón de músculos sin cerebro. Lo bastante fuerte como para seguirla, pero muy débil como para ser un líder.
Se giró, disgustado, y abrió el grifo de la ducha a toda potencia. Sus músculos se contrajeron mientras apretaba los dientes bajo el fogonazo de inicial del agua, bastante menos que tibia.
Desenvolvió el jabón y lo frotó a través de los valles óseos de su cuerpo, haciendo una mueca ligera cuando pasó por heridas aún sin curar. Espuma gris saturada de suciedad, mugre y Hyne sabía qué más se escurrió por el desagüe mientras se restregaba la piel, tratando desesperadamente de desprenderse del olor que parecía haberle infectado desde ella le tocó por primera vez.
Se enjabonó el cabello con poca suavidad, entrecerrando los ojos para evitar el escozor de la espuma sobre sus ojos cansados.
Pensó distraídamente en Rinoa, en una época más feliz en Timber que parecía tan lejana como su niñez. ¿La había echado de menos? No. ¿La había amado? Probablemente, de una estúpida forma juvenil. Era tan dependiente, tan frágil... y había sido su sueño proteger a quien lo necesitara. Había querido una princesa que encajase con sus sueños de caballero andante y ella había querido joder a su padre, a sabiendas de que un mocoso mercenario le molestaría. Irónicamente, al final ni siquiera pudo protegerla de sí misma y ahora se colgaba del brazo de Squall. Era de su fuerza de la que dependía
Tuvo un recuerdo lejano de su espada en su cuello, el aroma de jazmín de su piel cuando le dijo que se callara y se moviera hacia las expectantes fauces de Adel.
Las cosas funcionaban de una forma divertida. O se iban a la mierda de esa forma. Daba igual.
Ahora salían a la superficie recuerdos borrosos, gritos y llantos girando en espiral como el jabón que se iba por el desagüe.
Gesticulando, giró el grifo del agua caliente hacia la izquierda.
Quemaría toda la basura.
… ...
Quistis pinchó su ensalada, retorciendo las hojas de lechuga alrededor de los trozos de pollo recubiertos antes por picatostes del mismo tamaño, como acostumbraba. Normalmente, sin embargo, la tradición implicaba comer.
Había estado jugueteando una hora con la ensalada durante una hora mientras el agua de la botella se condensaba. Su mente vagaba lejos de la cafetería, mientras trataba de evitar la mirada de Squall, quien, por suerte, parecía estar evitando la suya a toda cosa. Rinoa parecía inusitadamente deprimida, con sus ojos castaños llenos de irritación y aferrada al brazo de Squall. Si duda, tener de vuelta al Jardín a un ex-novio loco que había intentado sacrificarla ante una bruja aún más demente pesaba sobre su mente. La joven morena miró hacia ella y le lanzó una miraba de condolencia.
Así que ella también lo sabía.
Quistis devolvió su vista a la ensalada. Nunca había odiado a Rinoa. No exactamente. Pensaba en la chica como en una hermana lejana y la había protegido como tal, como todos lo hicieron. De alguna manera, la admiraba, como se admira una inmaculada figura de cristal. Sentía cierto rencor variable, quizá. ¿Le gustaría cambiarse por ella de vez en cuando?
.... Tal vez.
Después de todo, era todo lo que ella no era y había deseado ser. Enamoraba a la gente sólo por respirar. Era la princesa del cuento de hadas que vivía con su aguerrido caballero en el castillo de Balamb, dejando pasar años felices como el buen vino. Se le permitía meter la pata y tener la guardia baja. Después de todo, siempre se podía contar con Squall para salvarla. Quistis nunca se había permitido el lujo de bajar la guardia porque, ¿quién estaba esperando para atraparla?
-¡No puedo creer que le dejen volver! -exclamó Selphie, con sus bonitos ojos verdes destilando ira. Pinchó el tenedor en su pollo, retorciendo el metal en el bocado suave y carnoso. La ira parecía fuera de lugar en ella, casi cómica incluso, pero estaba justificada. Después de todo, Seifer había atacado su antiguo hogar.
Irvine se encogió de hombros con aspecto aburrido y apoyó sus largas piernas sobre la mesa, echándolo su sombrero hacia atrás para ver mejor a los comensales. Y, con toda probabilidad, para ver mejor a las dos chicas que coqueteaban con él desde la barra de las ensaladas.
"Déjalo Irvine", pensó Quistis.
Aunque él y Selphie fueran como uno sólo, él no parecía querer evitar que diversas partes de su anatomía vagaran por su cuenta de vez en cuando, dando marcha atrás en una relación a la que todos estaban empezando a acostumbrarse. En los periodos, los espectáculos públicos a la hora del almuerzo eran un verdadero infierno.
Zell dio un mordisco a su sándwich.
-El no me importa mucho. Parece más un esqueleto viviente que una amenaza.
-Enhorabuena, Zell -replicó Irvine, empujando el ala del sombrero sobre sus ojos cuando el "dúo risitas" salió de la cafetería. Selphie le lanzó una mirada penetrante.
-Bueno, así es- replicó el especialista en artes marciales, derribando un vaso de leche. -¿O te has olvidado de lo capullo que era?
-De todos modos, tratándose de Seifer, la amenaza nunca estuvo del todo en su forma física-dijo Squall en voz baja. -Es su actitud lo que ahora puede ser o no una amenaza.
Quistis apuñaló un picatoste con la mitad de entusiasmo que antes.
-Bueno, a mí me preocupa -continuó Selphie, apretando el tenedor en su mano y convirtiendo su pechuga de pollo en una masa casi irreconocible.
Quistis casi se compadeció del plato de Selphie.
-¡Por supuesto! -dijo Zell con vehemencia. -No deberían dejar una bomba de relojería recorriendo los pasillos. No entiendo por qué hacen una excepción por ese gilipollas.
Rinoa se levantó de la mesa.
-No lo sé. Honestamente, no parece la misma persona que antes.
Ja, pensó Quistis, destrozando la mitad del pan tostado. Supervísalo tú, entonces.
Selphie contempló a Rinoa.
-¿Cómo puedes estar tan segura?
-La brujería... bueno, se mete en tu mente- La joven bruja se encogió de hombros. -No estoy segura, sólo es que no siento la misma aura a su alrededor. Quizá la gente cambia. Tal vez, incluso Seifer cambie.
Quistis se resistió a resoplar. Era fácil darle el beneficio de la duda a una distancia segura, especialmente, desde la distancia que proporcionaba el brazo protector de Squall.
¿Celosa, Quistis?
Rechinando los dientes, ignoró la pequeña voz de su interior y se atacó otro picatoste indefenso, que voló por encima de la mesa del comedor y golpeó a un alumno de primer año en la parte posterior de la cabeza. Quistis miró rápidamente hacia otro lado cuando el cadete echó un vistazo a su alrededor, con expresión perpleja y sujetándose el cuello.
Mientras tanto, Selphie observaba a su novio, cuya falta de conversación le estaba, a todas luces, molestando.
-Irvy, ¿qué opinas tú? -preguntó, pinchándolo con su nueva arma de tres puntas.
-No sé, Selph. Si lo que dicen de mamá Ede es cierto, parece bastante injusto juzgar a Seifer con otra vara de medir -dijo, bajando sus piernas de la mesa. -Creo que deberíamos dejarle tranquilo. Por su aspecto, creo que ya se ha hecho lo suficiente a sí mismo en estos momentos.
El ceño fruncido de Selphie era un gesto casi encantador cuando golpeó la mesa con el tenedor.
-Bueno, ¡pues yo no lo haré! -resopló, obviamente disgustada por la opinión divergente de su pareja.
Quistis sin embargo, levantó la vista de la ensalada, inclinando su cabeza. La profundidad de Irvine le sorprendía de vez en cuando.
¿Significaba que estaba de acuerdo con él? Parpadeó, alejando la idea de su mente. Seifer Almasy era una tarea asignada, una misión. No iba a invitar a su fiesta privada de culpabilidad.
Squall susurró, hablando por segunda vez en todo el almuerzo.
-Por alguna razón, Cid ha decidido darle una segunda oportunidad. Creo que deberíamos intentar estar junto al director en esto. De todos modos, pienso que Seifer no durará mucho.
Molesta, Quistis alzó la mirada, deteniendo momentáneamente su ataque a la ensalada mientras lanzaba a Squall la segunda mirada agria del día.
De acuerdo. Aprueba la agenda política de Cid, Leonhart. Dale al tipo una segunda oportunidad. Sólo que tú no tienes que encargarte de dársela, ¿verdad?
Squall le devolvió la mirada. Su expresión era ilegible.
Como siempre.
A veces, ella juraría que, en una caverna de alguna isla desierta, Squall había encontrado y enlazado una magia "Ambigua" extremadamente rara, que le daba la habilidad de ser más inescrutable que nadie en el planeta. Frustrada, volvió a la mutilación de su ensalada.
Sutilmente, Irvine dirigió la conversación hacia el cambio de estación, lo que llevo instantáneamente a Selphie a soltar un discurso sobre un posible Festival de Invierno. Planear fiestas era para la burbujeante mujer como respirar y a Selphie nunca le faltaba el aliento.
Quistis agradeció el cambio de tema. La mención de Seifer le provocaba una sensación incómoda en el estómago. Una parecida a la bilis.
Su mente demandaba orden: trazar un plan básico y estructurado para una tarea complicada. Con Seifer, sin embargo, nunca había existido nada parecido a organización. Evitaba cada una de las estrategias que había intentado poner en marcha como su instructor. Y, a menudo, devolvía sus tentativas en forma de varios episodios humillantes que aún estaba intentado olvidar. Rechazaba las órdenes, se negaba a recibir ayuda y se reía abiertamente de sus intentos de llegar a un entendimiento con él o, aún peor, de conseguir alguna autoridad como instructor.
Seifer era imposible.
Algo llamó su atención.
-Tierra a Quistis. ¡Hola! ¿Hay alguien en casa?
Pestañeó, encontrándose la mirada preocupada de Zell, que pasaba su mano delante de su línea de visión.
-Estoy aquí -murmuró, renovando su perpetuo ensañamiento con la ensalada.
Los ojos verdes de Selphie lucían preocupados.
-¿Por qué no comes, Quistis? Hoy estás horriblemente silenciosa.
Quistis soltó el tenedor al tiempo que apartaba su silla de la mesa. Esbozó una leve sonrisa.
-Sólo es que no tengo hambre, supongo. Os veré después.
La mesa entera vio -todos confusos, excepto dos- a su amiga caminar de vuelta a la cola. Tomó una bandeja y cogió una manzana, un bocadillo, dos perritos calientes y dos vasos de agua antes de salir de la cafetería.
Selphie frunció el ceño.
-Vaaaale, esto no tiene ningúuuun sentido.
Zell se giró, molesto.
-¡No me digas! ¡Esos tíos me acababan de decir que se habían acabado los perritos calientes!
… ...
Manteniendo la bandeja en equilibrio sobre las manos, Quistis golpeó suavemente la puerta corredera con la punta de su bota por segunda vez en cinco minutos. Había tenido que espantar a un grupo de curiosos cuando llegó, básicamente un grupo de chicas que se reían. Todo el Jardín había recibido un memorándum sobre la llegada de Seifer y, aunque algunos se habían molestado, la mayoría estaban, simplemente, intrigados. En el pasado, él los habría apartado de la puerta a patadas.
Era sorprendente lo que dos años podían hacer.
Era un bueno augurio para Seifer que también hubiera división en el cuerpo estudiantil sobre si era o no culpable. Los Seed estaba mayoritariamente en su contra, mientras que los rangos inferiores pensaban en él como una víctima. Los estudiantes más jóvenes, que habían entrado al Jardín después de su fracaso, tenían más curiosidad que otra cosa.
Si no contestaba a la puerta en cinco minutos, le dejaría morirse de hambre. Estaba sorprendida de haber esperado tanto. Aunque, realmente, tenía que admitir que no tenía otra cosa que hacer en todo el día. Todo su papeleo estaba acabado, no había informes de misión en curso y los libros que Xu le había prestado habían perdido repentinamente todo su atractivo.
En la actualidad, el bienestar de Seifer era su asunto más importante y no estaba muy segura de como sentirse acerca de eso.
Le dio una buena patada a la puerta y cambió el equilibrio de la bandeja para apoyarla en su brazo derecho mientras se apartaba un mechón de pelo de los ojos.
La puerta se abrió y, de la sorpresa, casi deja caer la bandeja. El agua se derramó hacia los lados, salpicando su blusa antes de que pudiera ponerla recta.
-Oh, mierda.
Unos ojos verdes bajaron la mirada hacia ella, entrecerrándose al reconocerla.
-¿Qué coño quieres? -soltó, mirando el pasillo mientras intentaba evitar fijarse en como el agua calaba la tela de su blusa.
Putas hormonas. Era Trepe, por el amor de Hyne, la jodida la máquina de hielo humana.
Quistis apretó la boca al mirar a Seifer. Estaba vestido con los pantalones negros y una camiseta blanca de uniforme que hacía poco para esconder su estómago hundido. Era casi doloroso mirarle, pero sabía que Seifer despreciaba la piedad y ni siquiera estaba completamente convencida de que mereciera ninguna. Despejó su mente rápidamente y volvió a su pregunta de la manera más frívola que pudo.
-Un millón de gils -replicó Quistis con sarcasmo. -¿Piensas que esta comida lo vale?
Seifer la miró, pasándose la lengua sobre el surco reseco de su labio inferior. Quistis no tenía ni la más mínima idea.
Se hizo el silencio entre ellos y Quistis cambió su peso de un pie al otro. Echó un vistazo al pasillo antes de mirarle directamente.
-¿Vas a dejarme entrar?
Su actitud se relajó una fracción cuando vio como daba un paso atrás para permitirle el paso.
-¿Por qué? ¿Qué vas a hacer? ¿Hacérmelo tragar?
Lo había pensado. Quistis entornó los ojos mientras dejaba la bandeja en la mesita de noche.
-¿Está la palabra "gracias" en tu vocabulario?
-No estás haciendo esto por la bondad de tu corazón, Trepe, y ambos lo sabemos -replicó Seifer, recogiendo su toalla del suelo y arrojándola a la mesa del escritorio en el otro lado de la habitación. Por el camino, derribó un bote de lápices, que cayó al suelo y se hizo astillas. Él lo ignoró.
-Soy una obligación para ti, igual que para todos en este maldito sitio.
Tras colocar la bandeja, se volvió hacia él con las manos en las caderas.
-¿Quieres la comida, o no?
Se le hacía la boca agua, pero fingió desinterés.
-¿Está envenenado? -bromeó.
-A menos que el personal de la cafetería haya empezado a odiar al cuerpo estudiantil en general, creo que estás bastante seguro -contestó, poniendo los ojos en blanco.
Seifer se sentó en la silla, estirando las piernas lánguidamente sobre la cama.
-No es la fabricación lo que me preocupa -murmuró. -Es el transporte.
Quistis elevó los brazos, desesperada.
-Seifer, tienes que confiar en alguien.
-Me he perdido por qué deberías ser tú -murmuró.
Quistis resistió el enorme deseo de volcar el contenido de la bandeja en su cabeza y dar un portazo.
-No sé por qué sientes la necesidad de estar sólo, incluso ahora. ¿Tu experiencia no...
-Oh, aquí viene. Consejos. Apostaría que es la misma agotadora mierda con la que tratabas de alimentarnos cuando éramos niños, jugando a ser nuestra mamá -se río.
El sonido se desvaneció cuando sus ojos se helaron. Saltó sobre sus pies, imitando su postura altiva con una sorprendente y pomposa precisión. Había una rabia repentina en él que ella no lograba identificar.
-¿Piensas que sabes algo de mi experiencia? Eres como el resto, ¿sabes? ¡No sabes nada sobre mí! ¡Nunca lo has sabido! Y, que estés haciendo tu trabajo de caridad tipo "salvemos al caído", no nos hace nada salvo una obligación. Esta mierda no nos hace amigos y nunca lo hará.
Algo brillo en los ojos de Quistis, pero se fue tan rápido como había llegado. Se parecía sospechosamente al dolor, pero eso era imposible.
La mujer no se hería. Maldición, algunas veces se preguntaba si sentía algo en absoluto.
-¿Como se consigue ser un imbécil como tú? ¿Crees que te llevará a algún lado? -espetó Quistis, enfadada.
Él inclinó la cabeza hacia un lado, con una mirada aterradoramente lejana en su cara.
-Obviamente a ningún lado. Estoy aquí contigo, ¿no?
Vuelta al viejo juego.
Tú aprietas mis tuercas.
Yo aprieto las tuyas.
Avanzó hacia ella, más indignado aún porque no tenía la sensatez de retroceder. Se supone que tenía miedo de él, maldición.
-¿Qué demonios te importa quien está a cargo de ti? Eso nunca supuesto ninguna diferencia antes, ¿no?-susurró con furia.
-¡No!- gritó Seifer, agitando los brazos. -No me importa una mierda así que, ¡deja de pretender que te preocupas por mí, cuando la única cosa que te importa una mierda eres tú!
Vislumbró esa mirada otra vez, un destello de... algo, justo antes de que su escudo de hielo volviera a su sitio. Igual que la vieja Trepe, vulnerable e impenetrable a la vez.
-Vamos a aclarar eso. No quiero esta obligación más de lo que tú me quieres a mí aquí. Lo único que me importa es tu asistencia mañana. Sólo aparece por una vez en tu maldita vida.
Vete, vete, vete... se fue.
Los pasos de su retirada sonaban extrañamente huecos para él.
Eso es, Trepe. Vete. Ahora has pillado la idea.
Aparentemente, era una idea fácil de captar. Todos los demás lo habían hecho.
Pelearse con ella, incluso de niños, siempre había despertado algo en él, una chispa lejana que disfrutaba de su fiereza, si no de su inexperiencia. Bromeaba, aliviado al saber que había alguien tan terco como él, tanto como por ver que alguien le estaba prestando atención. Sin embargo, algo en ella estaba ahora derrotado, cansado, marchito de una forma que no entendía. Nunca la había visto tan vulnerable, tan triste, ¿por él?
Ja, imposible.
Observó su retirada con desprecio. Al diablo. No tenía tiempo ni energía para gastar en los problemas de otra gente, especialmente en los suyos. La mujer daba un nuevo significado al término "reprimida":
Dirigió su atención a la bandeja de comida tan cuidadosamente estrellada en la mesita de noche.
Cerrando los ojos, tomó un largo trago de agua con el que se llevó la mitad del vaso. Humedeció sus labios y paró para respirar antes de acabárselo. El segundo vaso se terminó en los mismos sorbos. Los perritos calientes fueron los siguientes y casi se atragantó con el bocadillo que tomó a continuación. La comida era algo raro, casi como un alien, en su lengua. Tenía olvidado el sabor de los alimentos no diluidos en ginebra.
Su lengua hormigueó ante el despertar de sus pupilas gustativas por primera vez en meses. Era extraño era tener comida sólida deslizándose por el esófago camino de su estómago, que se estremeció con la llegada de los alimentos.
Se sujetó la tripa. La comida no iba permanecer demasiado tiempo dentro. Era demasiada para un organismo acostumbrado a gin-tonic para desayunar, chupitos de lo que fuera para almorzar y una razonable cena de una botella de brandy.
La Dieta del Alcohol estaba resultando contraproducente.
Su estómago rugió.
-Mierda – dijo. Le costaba tomar aliento.
Pasó las siguientes tres horas en el baño, vomitando su almuerzo como si fuera veneno. Era una sensación diferente, pensó, apoyado sobre el brillante borde planco de la taza del baño, la de vomitar alimentos por una vez.
Después, cansado y tembloroso, se desplomó en la cama, demasiado cansado como para preocuparse de los muelles sueltos del colchón, que se incrustaron en su brazo.
- - - - -
Estaba arrodillado sobre una silla de madera en una cocina soleada, alineando una fila de soldados plateados a lo largo del alfeizar de la ventana. Las armas de su ejercito apuntaban hacia el sol, con los ojos de peltre entrenados para aguantar la luz del atardecer. Preparado, esperando. Irrompible e invencible. Supuestamente. Por error (más o menos), ya había roto la cabeza de su general.
La cocina olía a las flores silvestres de un jarrón colocado sobre la mesa y al aroma caliente de gachas de avena. Y a ella. La sentía en su espalda, sentía las manos sobre sus hombros y el perfume de lilas que calmaba su joven y anti-naturalmente preocupada mente.
-¿Qué estás haciendo, pequeño Seifer?
-Un ejército. Para protegerte.
El sintió su sonrisa detrás de él y las manos apretando sus hombros hasta que las uñas se clavaron en su carne. La luz del exterior cedió paso a la oscuridad. Sus ojos se agrandaron.
La voz se quebró, como electricidad estática entrando y saliendo de la espiral de su pequeña oreja.
-Buen chico. Ahora, destrúyelos a todos.
Cerró los ojos, tratando de aclarar la imagen, pero cuando los consiguió abrir, estaba casi ciego.
Sujetaba a Hiperión y el sol brillaba tan intensamente sobre la hoja que era bastante difícil verla. De repente, un hilo sangre corrió por la punta plateada y el calor, como fuego llegó hasta su brazo mientras la hoja refulgía, de nuevo limpia. Colores carmesí, blanco, dorado y plateado se deslizaban y desenredaban sus propias voces en su cerebro, desentrañando un collage de locura.
Una locura que se había metido detrás de la parte blanca de sus ojos.
-Seifer, para de subir a esos árboles. Vas a romperte algo.
Edea, sonriente, le limpiaba una mancha de la cara y le pedía que tuviera más cuidado Siempre le había preocupado su obsesión por escalar que le hacía desentenderse de las ramas cada vez más delgadas de las copas de los árboles, sólo para subir más alto que los demás.
Edea, presionando un paño húmedo en su mejilla, limpiando una raspadura.
-Mi niñito -sonreía, sosteniendo suavemente su cabeza con sus manos.
La imagen se difuminó, los colores giraron violentamente frente a sus ojos. Ahora era Artemisa quien recorría con sus uñas sus mejillas, con los ojos brillando de malicia y los labios curvados triunfalmente.
-Mi pequeña marioneta....
El pestañeó, con el corazón batiendo fuertemente en su pecho mientras miraba a su alrededor.
Balamb. El verde esmeralda corría junto al océano, creando remolinos. Los colores de su paisaje cada vez más etéreos, como la hoja de acuarela de Hiperión.
Nunca sería un Seed.
Se echó hacia atrás como si una fuerza invisible tirase de los tendones de sus brazos. Algo arrebató a Hiperión de su mano. La espada voló haciendo una espiral hasta clavarse en la hierba. De la grieta surgió el carmesí, de un rojo espeso y viscoso que comenzó a a oscurecer la hierba.
Negro, negro, negro ...
Parpadeo.
Dorado. Una ola de lino le deslumbraba, como dardos que surgieran de los campos, derramando esporas, como si unas manos extendieran el espeso polen de las flores del campo. Una carcajada brotó de su garganta, reverberando en el azul del cielo sin nubes sobre él.
¿Cuando había reído así, como un niño? ¿Se había reído así de niño?
¿Alguna vez?
Extendió la mano, tratando de abarcar el camino de seda dorada frente a él y fue súbitamente empujado hacia atrás, con sus dedos agarrados a la nada.
Estaba solo.
Observó aterrado como las nubes crecían y la luz del sol se escapaba de la hierba verde esmeralda, como un foco que se desvanecía. El dorado se había ido. Los colores del campo se volvieron de nuevo borrosos y sus manos estaban ahora cubiertas de sangre.
Sacudido.
Débil.
Levantó sus dedos manchados de sangre hasta sus orejas, intentando borrar el sonido de su propio grito, pero sentía una extraña resistencia en sus extremidades. Con horror, miró hacia abajo mientras se daba cuenta de que su cuerpo no obedecía sus movimientos. Unos cables plateadas salieron de sus brazos, sus piernas, su cuello, elevándose como las cuerdas de una cometa hacia el cielo, que oscurecía rápidamente. Una risa caía como la lluvia, clavándole en los ojos el terrible aguijón de la burla. Todo lo que nunca sería apareció ante él, invisible, imposible. Y la voz.
Su voz.
-Mi pequeña marioneta. Baila para mí. Esa misma voz melodiosa, llamándole desde la oscuridad. Las cuerdas tiraban de su cuerpo, elevándolo, y el dolor era hermoso y terrible.
Tan terrible como cuando había fallado en complacer a su ama, tan bello como cuando había sonreído con esa sonrisa oscura de satisfacción, dándole la bienvenida a sus brazos y su cuerpo, que no era su cuerpo.
Gritó cuando el suelo se balanceó a sus pies, con los brazos y piernas estirados, los músculos desgarrándose por la fuerza del agarre. Sus tendones se estiraban como tiras de regaliz bajo el empuje, los huesos se rompían como ramas, la piel se rasgaba, sangrando...
Se retorció contra las cuerdas que le sostenían, localizando a Hiperión, que se bamboleaba, como una oportunidad de salvación perdida. Se estiró, tratando de llegar a la espada con todas las fuerzas que aún quedaban en él.
Demasiado jodidamente débil.
Recordó esas palabras. Las había dicho años atrás, en el cuarto de detención, mientras miraba las luces jugar con su reflejo en el espejo de observación. Sus ojos verdes eran dos estrechas rendijas que evaluaban la imagen de su futura grandeza, a sabiendas de que la gente que estaba al otro lado del espejo sólo veían un fracaso. La sangre corría por sus labios y sus ojos estaban amoratados por la lucha. Ahora no podría decir por qué había roto el espejo con la silla más cercana, ganándose otra semana de castigo.
O con quién había estado hablando. Con los gilipollas del otro lado del espejo o con el idiota débil frente a él.
Trató de alcanzarla de nuevo y vio asombrado como la hoja de Hiperión se desprendía sola del campo sangriento para elevarse como una pluma en un remolino hacia su mano extendida. Los colores se volvieron borrosos de nuevo y tuvo que luchar para mantener sus ojos en la espada que pendía frente a él y parecía burlarse. Aún estaba demasiado lejos.
Cerró los ojos, mordiéndose con fuerza el interior de sus mejillas mientras otra ola de agonía se derramaba sobre él.
Demasiado débil.
Nunca seré un Seed.
Soy un desgraciado.
Cuando abrió sus ojos, parpadeando, la espada estaba en su mano, con su empuñadura brillante, como el primer día que la había empuñado. Lleno de promesas. Lleno de propósitos.
-¿Quieres esto?- se burló la voz, desde arriba, cuando tomó la espada por el frío mango.
Miró hacia el abismo. La risa sonó lejana.
-Adelante. No sobrevivirías a la caída.
Lleno de furia, cortó las cuerdas, gritando mientras su sangre se derramaba, empapando las cuerdas cortadas.
Era como si estuviera cortando su propia alma.
-Duele, ¿no?
¿Era su propia voz o la de ella?
Miró hacia el último cable que le sujetaba. El grueso hilo de plata serpenteaba hacia el cielo infernal sobre él.
-¿Por qué detenerse ahora? -susurró la voz. -Estas tan cerca de la cima. Puedo llevarte incluso más arriba.
Vio de nuevo un destello de ojos envenenado de poder y labios de rosa soñados, como la red de una viuda negra negra alrededor de su pecho. Unas uñas como garras garabatearon su torso desnudo, mientras susurraba promesas al oído. Cada hermosa ceguera: sueños, poder gloria, una oportunidad para mostrárselo a ellos, a ella...
¿Mostrar a quién?
A madre.
Pestañeó y la visión se fue. El legado que le dejó no era más que un campo roto y quemado, una llanura estéril marcada por un arado torcido con su propia mano. Era el verdadero sueño de la bruja, la misión que había traído tan bellamente empaquetada. Como un tonto, como un niño, había arrancado el paquete y no había encontrado nada, excepto destrucción.
La suya.
Cerrando los ojos, corto la última cuerda. Era libre. Tan libre como asustado.
Y ahora estaba cayendo en picado con un grito atrapado en la garganta.
Vio aterrado como el mundo se levantaba como una ola oscura y los sangrientos colmillos de fuego se abrían para tragárselo por completo.
- - - - -
Se despertó bañado en sudor, con un grito de muerte en sus labios al levantarse de la cama. Se golpeó contra el tablero de madera al incorporarse. Las sábanas estaba retorcidas alrededor de su cuerpo como vino blanco, ahogándolo.
Saltó fuera de la cama, cayendo sobre sus manos y rodillas. Perlado de sudor y respirando con dificultad, escupió la bilis alojada en su garganta. Sus músculos temblaban sobre el suelo, ahora resbaladizo por su propio sudor. Miró fijamente hacia abajo, tratando de pensar en algo, en cualquier cosa.
Observó el brillo distante del alicatado, la superficie lo bastante pulida para reflejar las esmeraldas rotas de sus ojos y la boca torcida de dolor. El brillo se retorcía, etéreo, y la habitación estaba lo bastante silenciosa como para magnificar el sonido de su respiración y el atronador temblor de su corazón. Un calor salado llenó sus mejillas y, volviendo la cabeza, escupió la sangre que masticaba.
Era real.
Su estómago se movió de vuelta a la vida, la materia prima. Sintió la quemazón de la bilis en su órgano recién despertado y supo que iba a vomitar de nuevo.
Se puso en pie, medio arrastrándose hacia el baño mientras dejaba salir el vómito hacia la taza, medio esperando tener algún objeto horrendo que había hecho metástasis en su estómago mientras dormía.
Cuando las contracciones cesaron, se deslizó torpemente hacia el suelo hasta caer sin aliento contra las frías baldosas de linóleo.
Silenciosamente, maldijo y agradeció a Hyne.
Agradeció que nadie le había visto caer.
Maldijo que no hubiera presentes unos brazos para sujetarle.
