Disclaimer: Final Fantasy VIII es propiedad de Squaresoft. Esta historia pertencea Altol. Lo único que hago es traducirla como puedo.

Nota del Traductor: Trato de mantener un ritmo de actualización semanal, pero el próximo capítulo estará en quince días, ya que me voy de vacaciones y no creo que tenga tiempo para la traducción. Aprovecho para agradecer los reviews y a quienes han decidido seguir esta historia. Es gratificante ver tus esfuerzos recompensados. Un saludo.


One day, one night, one moment

My dreams could be tomorrow

One step, one fall, one falter

East or west

Over earth or by ocean

One way to be my journey

This way could be my Book of Days

No day, no night, no moment

Can hold me back from trying

I'll flag, I'll fall, I'll falter

I'll find my day may be Far and Away

Far and Away

Enya, Book of Days

Capítulo 6

Quistis abrió los ojos justo cuando el despertador marcaba las seis en punto en números color verde. Desviando la vista, golpeó el pequeño interruptor con la palma de su mano antes de que comenzara a emitir su desagradable pitido.

Estaba tan acostumbrada a levantarse a las seis que, en realidad, ya no necesitaba un reloj despertador. Su cuerpo estaba perfectamente sincronizado a su horario, lo había estado desde que llegó al Jardín. Sin embargo, le gustaba estar preparada. Selphie decía que era una obsesa del control.

Bostezó mientras se ponía en pie, pasando una mano ausente por su pelo mientras buscaba sus gafas en la mesilla de noche.

Sábado... Nada urgente que hacer... Podría visitar Balamb con Selphie para hacer algunas compras pendientes... Tal vez almorzar en el muelle ... Una sopa de almejas en el lujuso café de Cristina...

Su sonrisa desapareció al darse cuenta de lo tenía que hacer durante el día. Era sábado y era como si en dos años nada hubiera cambiado en absoluto. Ahí estaba ella de nuevo, temiendo un nuevo enfrentamiento con su alumno más problemático.

Rápidamente, volvió a su rutina de la mañana, que consistía en cincuenta flexiones y cincuenta abdominales, seguidos de una botella de agua y una ducha rápida. Revisó su correo electrónico mientras planchaba la blusa y falda. Después, con la pinza entre los dientes, peerainó y retorció su pelo hasta somteterlo. Era la rutina que había desarrollado desde su admisión en el Jardín, la disciplina que la había convertido en una Seed. La mayor parte de los días, también la mantenía cuerda.

Sopesando con cuidado el material que había seleccionado para aquel día, se colocó un bolígrafo detrás de la oreja y salió apresuradamente por la puerta, rogando a todos los dioses que le concedieran paciencia.

La iba a necesitar.

Diez minutos después, llegó al segundo piso un poco nerviosa, y un poco tarde. Había chocado contra un grupo de gente que taponaba el vestíbulo, la mayoría antiguos estudiantes (y quizá, también, antiguos Trepies) y, literalmente, había sido arrollada por Zell, que corría hacia la cafetería después de escuchar un rumor sobre tortitas con arándanos.

El choque la había hecho caer al suelo de culo mientras los papeles volaban por todas partes. Ya en el suelo, distinguió entre los mechones aún humedos de su pelo el rostro preocupado de Zell.

Él se disculpó profusamente y empezó a recoger los papeles esparcidos como un mono de feria recogiendo calderilla. Era la energía personificada. Estaba segura de que si Zell y Selphie estuvieran juntos, Hyne no lo quiera, sus hijos nunca dormirían.

Aún medio dormida, Quistis había aceptados sus frenéticas disculpas y continuado su camino, un poco desaliñada y con retraso. Antes se detuvo a la altura de la sala de los instructores para deslizarse silenciosamente y robar una taza de café. El lodo diario no debía ser olvidado.

Frunció el ceño al llegar al aula. La puerta estaba entornada y la habitación aún estaba a oscuras. Así que Seifer ni siquiera había llegado aún, lo que significaba que iba a llegar todavía más tarde que ella. Ligeramente enfadada, empujó la puerta y cruzó a zancadas la sala para colocar sus papeles en el gran escritorio del frente. Cid le había autorizado a usar su vieja aula para acelerar la rehabilitación de Seifer... la ironía no se le escapó.

La luz matinal se filtraba hasta la mitad de la habitación desde la pequeña ventana de la izquierda, derramándose sobre la mesa barnizada y deslizándose entre los surcos de las baldosas recién fregadas como un reguero de agua clara. Quistis se quedó en el umbral, disfrutando del silencio de la mañana, como solía hacer cuando era instructora.

Se soltó el pelo y lo peinó con los dedos antes de volver a sujetarlo pulcramente, mientras miraba con añoranza las lineas oscuras de los pupitres que antes eran suyos. Si entrecerrada los ojos, podía ver su clase de nuevo y las caras de sus estudiantes observándola con entusiasmo. Sonrió para sí. Tal vez se sentía un poco melancólica... entusiasmo era un poco exagerado.

Aun así, algunos tenía ganas de aprender -mentes jóvenes e impresionables que anhelaban dejar una huella en el mundo, su huella-. Se cruzó de brazos, sonriendo al recordarse junto a la pizarra.

Clasificar papeles, programar unidades didácticas la noche anterior...

Ayudar a los estudiantes, la sensación de euforia al captar sus miradas de entendimiento.

Hacer repetídamente de niñera del par sentado al fondo de la clase.

Frunció el ceño. No había un día en el que no tuviera que tratar con algún problema disciplinario de uno de los dos. La mayoría habían venido de los ojos verdes sentados en el fondo de la sala, de aquella implacable sonrisa de satisfacción y aquellas piernas sobre la mesa, como si fuera el dueño del aula.

En realidad, lo que le molestaba es que la mitad de las veces parecía tener más control sobre la situación del que ella tenía.

Apartando esos pensamientos de su memoria, agarró una carpeta del ahora desordenado montón de papeles que había organizado por la mañana. Había solicitado su expediente, y aunque aún estaba en trámites legales, Xu había ordenado que se lo hicieran llegar. Lo tenía en sus manos y sus ojos recorrían las páginas, buscando entre lineas la receta biológica que había hecho a Seifer Almasy.

Nombre: Almasy, Seifer.

Edad de admisión: 11.

Fecha de nacimiento: 24 de enero.

Padres: Jacon y Arista Almasy: situación, fallecidos

Hermanos: Ninguno.

Tipo de sangre: O positivo.

Alergias: ninguna conocida.

Alergias a medicamentos: ninguna conocida.

Problemas médicos: ninguno.

Arma: Sable pistola estándar, número de artículo 016784934, diseño modificado.

Historia Médica: tratamiendo por femur roto a los trece años, fractura sanada por completo. Tratamiento Lyr3: 3 de septiembre, por desgarro de cinco pulgadas de largo en la frente. Tratamiento denegado. La historia clínica anterior a los siete años no consta, propiedad de Edea Kramer.

Notas: Almasy es individuo con talento, pero enteramente desmotivado, con capacidad para ser Seed, pero no determinación, ni disciplina. Tiene un problema innato de autoridad y desconoce o ignora las convenciones sociales básicas y la educación.

Quistis cerró de golpe el expediente. No había nada, excepto un montón de procedimientos contra él por los crímenes cometidos durante la guerra, y de la mayoría ella había sido testigo de primera. El resto del informe lo había escrito ella misma. Incluso entonces, se había equivocado. Seifer Almasy no estaba desmotivado, justo lo contrario. Bastante entusiasmo... en una dirección completamente equivocada.

Había sido un estudiante problemático desde el primer día. Nunca entregaba sus deberes, raramente era voluntario en clase y, en su lugar, gastaba todo su tiempo en intentar atormentar al chico moreno sentado junto a él. O a otros, si le convenía. Sentía una especie de desprecio perezoso por los demás y, excepto Viento y Trueno, no interactuaba con la mayoría de sus compañeros de clase. Vagamente, recordó sus propias interacciones con su antiguo alumno.

-Seifer, siéntate.

-Seifer, ¿dónde está tu trabajo?

-Seifer, por favor, tranquilo.

-Seifer, deja a Squall en paz.

Suspiró. Nunca había reflexionado bien sobre Seifer. Era su mayor fracaso, no sólo como su instructor, sino como Seed.

Después de un tiempo, había dejado de buscar lo bueno de él.

Todos habían dejado de hacerlo.

Y quizá, un tiempo después, él también lo había hecho.

Se apoyó contra el frente de la mesa de caoba, cruzando sus piernas a la altura de los tobillos mientras probaba la temperatura del café en los labios.

-Buenos días, instructora.

Con una sacudida, escupió el café por todas partes. Una carcajada contenida le respondió desde la oscuridad.

Sus mejillas ardían. Se sintió como un adolescente culpable atrapado con una de las novelas románticas de su madre, allí sentada y bailando con fantasmas.

Y por él, nada menos.

-Seifer -musitó, sombría. -Creo que es la primera vez que llegas temprano a mi clase.

-Siempre hay una primera vez -respondió. Hizo una pausa antes de continuar. -Trae viejos recuedos, ¿no?

Sintió su garganta inexplicablemente seca.

-¿Disculpa?

-He dicho "trae viejos recuerdos" -repitió.

Se aclaró la garganta.

-En realidad, no -mintió.

Otra pausa. El silencio entre ellos nunca había sido cómodo, o prosaico. Era como una libélula sobre agua turbia, con los peces acechando debajo, impredecibles.

-¿Vas a encender las luces, instructora, o es un entrenamiento nocturno?

Encendió el interruptor de mala gana. Ambos cerraron los ojos cuando la luz fluorescente invadió la habitación, como el olor de una cebolla invade la nariz, con una sensación hormigueante y aguda.

Él estaba de nuevo sentado en el pupitre más alejado, con las piernas encima de la mesa en su forma habitual, pero su movimiento negaba su antigua elegancia arrogante debido a su espalda ligerramente encorvada.

Sorprendentemente, vestía el uniforme, que le quedaba un poco suelto en los hombros. Tenía el pelo hacia atrás, dándole a su rostro óseo un matiz casi salvaje. De nuevo, sus ojos mostraban más inquietud que otra cosa.

-Aquí estamos -comentó a decir. Su tono se mantenía entre la impaciencia y el malestar.

-Aquí estamos- repitió ella, buscando a tientas su cobertura.

Ambos tenían problemas para recordar cómo eran las cosas.

Era como una antigua danza que habían bailado, el vals del instructor y el estudiante problemático. Pero las cosas eran diferentes ahora y ninguno se sabía los pasos nuevos. Ella había cambiado, se había vuelto una mujer amargada y sin un proyecto de vida, y él estaba cansado de ser un rebelde sin causa. Los bailarines habían cambiado, incluso aunque la música no lo había hecho.

Se sentó en la mesa, tratando de dar un aspecto ordenado a sus papeles arrugados. Sacó un pequeño libro rojo, un gran manual envuelto en alambre y un libro de encuadernación barata color negro aún mayor.

-"G.F, Pros y Contras". "Procedimientos básico Seed", este es nuevo. El libro negro grande es un manual de procedimiento de campo y trata sobre procedimientos médicos para principiantes y operativos de comunicación. Quiero que te los leas para el final de esta semana.

Una mirada amarga cruzó el rostro de Seifer cuando se cruzó de brazos.

-¿Por qué razón? Ya me tuve que aprender esta mierda antes.

Demasiado para ser civilizada.

Sus ojos se entrecerraron en respuesta.

-No, no lo hiciste. Yo era tu instructora, ¿recuerdas?

Resopló.

-¿Cómo podría olvidarlo? "Seifer, no toques a Squall", "Seifer, ¿dónde están tus deberes sobre enlaces?", "Seifer, estás respirando muy fuerte"

Había hecho una imitación admirable y Quistis se hubiera echado a reír si no hubiera sido ella la imitada.

-Aprendí mucho -gruñó. -Joder, pasé más tiempo en la sala de detención que en tu mierda de clase.

Quistis se cruzó de brazos.

-No es culpa mía que pasaras más tiempo alimentando a tu ego que estudiando.

-Como instructor, ¿no es tu deber inspirar a tus estudiantes para que aprendan? -bromeó. -Hiciste un pobre trabajo conmigo.

-No te podría haber inspirando ni con una vara de marcar- devolvió Quistis. -Desde el primer día de clases, considerabas que estabas por encima de la matería.

-Estaba.

Su desprecio disminuyó una fracción.

-¿Dónde demonios está tu clase, de todos modos? El Jardín está en una situación lamentale si soy el único estudiante nuevo.

Ella le lanzó una mirada inquebrantable.

-No tengo clase. Ya no soy instructora.

Sus palabras eran automáticas, embotadas por la práctica, aunque él no dejó pasar el brillo en sus ojos, el tono frío de su voz.

-Y eso ¿por qué?

-No quiero hablar de eso contigo -respondió, irritada.

"Especialmente contigo", añadió para sí.

-Como quieras, no me importa una mierda -Seifer levantó la mano. -Aún no entiendo todo esto -dijo, haciendo un gesto hacia ella, -va a ayudarme a ser un Seed.

-Te faltan los conocimiento básicos de procedimientos estándar -respondión. Por no hablar de respeto hacia ella, se dijo. -Es una cualificación necesaria y, en primer lugar, la razón por la que nunca te convertiste en Seed.

-Ajá -fue su oscura respuesta. -Y yo que pensaba que fue porque era el imbécil que no le gustaba a nadie.

-Bueno, es cierto que tu actitud no te hizo ningún favor -respondió Quistis, monocorde.

Él la miró.

-Parte de convertirse en Seed requiere plegarse a las normas. No sólo se trata de acción. El procedimiento es lo que hace una misión, no es sólo una inspiración política para trabajar -continuó. -Requiere disciplina, algo que siempre has despreciado. Por eso no eres un Seed.

Seifer bufó.

-Sólo dame los condenados libros.

Se los alcanzó y cruzó sus manos. Una pequeña victoria. Se contenría con eso, por ahora.

-Supongo que es todo por hoy -dijo, revisando sus notas. -Sólo lee los libros y empezaremos a discutirlos mañana. Contestaré cualquier pregunta que puedas tener.

Seifer puso los ojos en blanco.

-Excelente. Me siento como si estuviera en un puto club de lectura. ¿Vamos a discutir nuestros sentimientos, también? ¿Traemos además unas pastitas o algo?

Quistis esbozó una sonrisa irónica ante la idea de tomar el té como Seifer Almasy. Probablemente acabaría incrustándole la tetera en el cerebro.

-Es probable que no te hiciera daño hablar de las cosas que te han pasado, Seifer -dijo con un tono sorprendentemente serio. -Te podría recomendar a Sara, la consejera del Jardín.

La mandíbula del ex-caballero se tensó y ella sintió al instante que había dado un paso en falso.

-No me ha pasado nada -le espetó.

-Seifer...

Su mirada la detuvo. Quistis suspiró, dejando el resto de su sentencia escapar con un fuerte chorro de aire.

¿Por qué siempre llegaban a esto?

Cambió de tema rápidamente.

-Enlaza algo de magia básica para mañana. Nos encontraremos en la sala privada 1A del centro de entrenamiento. Tendrás autorización para retirar al menos 25 dosis de hechizos.

Se quedó pensativa durante un momento.

-Y quiero que cubras tu arma para un combate amistoso.

-Sí, amistoso, mis huevos -mumuró Seifer, girando los ojos mientras caminaba junto a ella y dando un portazo a la salida.

Quistis se llevó las manos a las sienes. Quien dijo que progresar era lento nunca había conocido Seifer Almasy.


Los Guardianes de la Fuerza han existido desde siempre y aparecen en los primeros vestigios de expresión artística del hombre. Pinturas míticas hechas con restos de bayas y arcilla machacada representan muchos espíritus surgiendo de una forma humana, reflejo de la participación de los GF en la vida espiritual y diaria de la humanidad. La primera prueba documentada de parece haberse encontrado en el lejano sur, en las pequeñas y compactas cuevas cercanas a la base del Monte Paliciar, en forma de una fiera bestia cornuda conocida hoy como Ifrit.

Seifer bostezó mientras se balanceaba en la silla, tratando de aliviar las punzadas de su columna vertebral. Era sólo el segundo capítulo de "GF, pros y contras" y el maldito libro constaba al menos de dieciocho largos capítulos. Ahogando un bostezo, volvió a la última página y empezó a leer de nuevo.

La sociedad moderna utiliza hoy la fuerza de los GF tanto por sus sorprendentes habilidades como por la mejora física que parece surgir de la simbiosis entre los organismos. Sin embargo, la exposición prolongada al uso de GF causa substanciales pérdidas de memoria y, en casos graves, se han demostrado daños permanentes también en el hipotálamo. Estos descubrimientos científicos recientes plantean una cuestión ¿es la relación una auténtica simbiosis?

El doctor Thurid Glasser, representante del centro de desarrollo biotecnológico de Timber sostiente que...

Seifer cerró el libro, tachándolo de "aburrimiento mortal" mientras se apartaba el pelo de los ojos. Maldito pelo, era peor que el de una niña. Recordaba vagamente haber visto un par de tijeras en el cajón de su escritorio, junto a un par de lápices con el extremo masticado por el anterior ocupante de la habitación.

Se levantó, estirándose y sacó un par de tijeras algo oxidades del cajón. Pasó el pulgar por la hoja para probar el filo y recibió a cambio la versión tijera de un corte hecho con el canto de una hoja de papel.

-Hijo de puta -acusó a las tijeras.

Escuchó un golpe la puerta.

-Hijo de puta- repitió, aunque esta vez no tenía idea de a qué estaba insultando.

El rostro de Quistis apareció. Estaba menos que sorprendido de verlo.

-¿Sí? -preguntó. Ella se acercó a él, sosteniendo una tarjeta.

-Es tu autorización para retirar los hechizos necesarios y la cinta de seguridad para Hiperión. Si quieres, podrías equipar unas pocas Curas.

Puso la tarjeta en el escritorio, probablemente buscando notas de suicidio o antes.

-Nos vemos en el centro de entrenamiento al segundo timbre.

-Vale, como quieras.

Se tiró sobre la cama, todavía aferrado a las tijeras. Quistis decidió no recordarle su parecido con Squall en ese momento.

-Ve a la sala de equipamiento mañana, tan pronto como suene el primer timbre. Debería estar abierto y te dará tiempo a equiparlo todo y calentar un poco.

Le miró frunciendo el ceño, mientras Seifer sujetaba lo que parecían ser unas tijeras oxidadas y aflojaba la tira que le sujetaba el cabello.

-Sí, vale -gruñó.

Quistis suspiró al observar a Seifer agarrar un mechón de pelo y comenzar a cortarlo a tijeretazos, resistiendo la necesidad de quitarle las tijeras antes de que se cortara su propio cuero cabelludo.

-¿Qué tal los libros?

-Un puto aburrimiento -contestó, cercenando un largo mechón en un ángulo torcido y mirando con indiferencia como caía al suelo. -¿Son parte de un programa de fomento de suicidio? Porque siento más ganas de matarme con cada página.

-Dame eso -ordenó Quistis, tratando de arrebatarle las tijeras.

-¿Qué te importa si tengo unas pintas de mierda? -fue su respuesta caustica, mientras hacia un gesto con la mano.

-Me importa. Dame eso antes de que te despellejes.

-¿Por qué? ¿Para qué puedas hacerlo tú? -preguntó y, si ella no estaba equivocada, había casi un tono melodioso en su voz.

Ella le miró en silencio, extendiendo la mano.

Refunfuñando, le entregó las tijeras. Ella se agachó para coger una camiseta sucia con la que cubrirle los hombros. Se puso en pie frente a él, entre sus rodillas abiertas.

-Para con esas manos y extiéndelas.

Para su sorpresa, hizo silenciosamente lo que le había pedido. Ella alineó su cabello con los dedos y comenzó a cortar largos mechones de forma simétrica hacia los lados, tan recto como podía.

-Esta sería una gran venganza, sabes -murmuró. -Dejarme hecho una mierda.

Escupió unos cabellos que habían aterrizado en sus labios mientras hablaba.

Ella sólo se rió.

-Si quisiera vengarme, Seifer, no me molestaría en cortarte el pelo. Ya pareces un perro callejero. Además, tengo que verte todos los días, no me gustaría que tu aspecto fuera aún peor, incluso si eso fuera posible.

-Coño, gracias.

Zip, zip.

Ella volvió a reir y él encontró el sonido extrañamente agradable. Le recordó a un carrillón que pendía sobre la puerta del orfanato cuando eran pequeños. A menudo lanzaba piedras sólo para oir el tintineo de las campanas huecas, unas contra otras, hasta que mama Ede salía y le reprendía. Miró a Quistis, que se mordía los labios, inclinando la cabeza hacia un lado mientras observaba un mechón de pelo.

La última mujer a la que había permitido acercarse tanto con un objeto metálico había sido un error. Terminó con una cuchillada que casi le hace perder un riñón.

Sin embargo, el sonido de las tijeras era casi relajante. Le recordaba a su infancia, sentado en la cocina sobre un taburante tambaleante mientras Edea le cortaba el pelo. Después del corte de pelo mensual siempre había un plato de galletas de chocolate calientes esperándole.

Tantos recuerdos... todos se deslizaban entre sus dedos como arena hasta quedarse con el presente de mierda.

Zip, zip.

Seifer suspiró y observó a través de los párpados entrecerrados como otro pedazo de cabello húmedo caía en sus manos. Esos tiempos eran cosa del paso y estaban muy lejos de los niños inocentes.

Ya sentía más ligera su cabeza y la masa de pelo en sus manos se había vuelto un buen montón. El ruido de las tijeras se detuvo y escuchó un chirrido desde la esquina de la habitación.

-¿Qué haces?

-Aquí, vacía tus manos.

Podía ver vagamente un cesto de basura bajo ellas. Le obedeció.

Zip, zip.

-¿Como te sientes al estar de vuelta? -preguntó ella, sin duda tratando de mantener una conversación trivial, como hacia la mayoría de la gente allí.

¿De quién diablos estaba hablando? Nadie más le había hablado allí.

Resopló.

-Vamos a ver. Soy un problema andante, por no decir lo de la obligación política de Cid para igualar circunstancias. Sólo hay unos pocos, entre miles, a los que no les importa que esté aquí y la mayoría de los otros quieren verme muerto, o desaparecido, o ambos en cualquier orden. A primera vista, yo diría que me siento de puta madre por estar de vuelta.

Las tijeras se detuvieron.

-Lo siento, era una pregunta estúpida.

-No me digas.

Zip, zip.

Escuchó un suspiro por encima de él.

-Sabes, no todo el mundo quiere que fracases.

-Dime a una persona.

Una larga pausa.

-Yo no quiero, Seifer.

No tenía idea de cómo responder a eso, pero las palabras aceleraron su corazón, sólo un poco, elevándolo desde la boca de su estómago, incluso mientras la miraba con recelo, incluso con ira, por su amabilidad.

¿Y qué demonios era ese sentimiento? ¿Qué bien haría eso a nadie?

De repente, Quistis dio un paso atrás, con las comisuras de su boca dibujando lo que podría haber sido una sonrisa mientras hacía una especie de marco con los dedos.

-Ya está, terminado. ¿No ha ido tan mal? ¿Verdad?

-Bueno, no fue una cuchillada en el riñón.

-¿Qué?

-No importa-dijo, caminando hacia el cuarto de baño y sacudiéndose la camisa, mientras se pasaba los dedos por el pelo. Parpadeó cuando unas hebras perdidas flotaron frente a su cara.

El mismo corte de siempre, sólo con unos mechones cayéndose hacia sus ojos. Un poco más largo en la nuca de lo que le gustaba, pero ella no lo había jodido del todo.

-Oye, gracias-empzó a decir, volviendo a la habitación, pero no había nadie.

Las tijeras estaban sobre la mesa y lo único que quedaba de ella era un leve aroma a frambuesas.

Se pasó la otra mano por el pelo.

-¿Qué diablos fue eso?

La sala vacía no tuvo respuesta.

N/T. No quiero acostumbrarme a llenar esto de comentarios propios, porque me parece quitarle protagonismo al autor real, pero no puedo resistirme a comentar este capítulo porque me encanta la escena del corte de pelo y porque, por fin, se empieza a vislumbrar una luz en la marisma de dolor y autocompasión en el que se revuelcan nuestros protagonistas. Pienso que Altol tiene una forma bastante descriptiva de escribir y no me cuesta nada imaginarme la escena, con el ruidillo de las tijeras y todo.

Nos vemos en el próximo capítulo.