No soy dueña de nada, ni siquiera de la historia. Los personajes, ya sabéis, son de Squaresoft, y la historia, de Altol. Mientras el mundo se para por el Madrid-Barça, allá vamos.

Nota: en vista del lenguaje utilizado, voy a cambiar la categoría del fic a M. Aprovecho para avisar de que no podré actualizar semanalmente, como estaba haciendo hasta ahora. Mis compromisos universitarios no me dejan tiempo para una traducción a la semana, así que la frecuencia será quincenal. Un saludo a los (pocos) lectores que aún siguen esta traducción.

All my work and endless measures

Never seem to get me very far

Walk a mile just to move an inch

Now even though I'm trying so damn hard

This world can turn me down but I

Won't turn away

And I won't duck and run

Cause I'm not built that way

When everything is gone

There is nothing there to fear

This world cannot bring me down

Cause I'm already here

Three Doors Down

Capítulo 7

Quistis se levantó y terminó el último estiramiento previo a su carrera diaria. Giró sus hombros mientras escuchaba los crujidos de los tendones en su cuello. Miró el reloj. Faltaban cincuenta minutos antes del segundo timbre, tiempo de sobra para correr, vestirse y preparar su arma antes de la sesión con Seifer.

Miró al cielo, entrecerrando los ojos mientras el frío se calaba hasta sus huesos cuando empezó a correr. El sonido de sus pisadas resonaba en el patio desierto y sobre los escalones de piedra. Nubes grises se reunían a lo lejos, trayendo el invierno con ellas. Nieve. Podía sentirla y siempre hacía que sintiera un poquito de ansiedad. No entendía por qué, la razón pertenecía a los recuerdos enterrados hacía tiempo bajo el hielo de Shiva.

Enlazar GF mantenía por un tiempo los recuerdos a flote, convirtiéndolos por igual en pesadillas y en sueños, como si fueran esponjas, mientras su mente maduraba y se centraba en el entrenamiento . Cada invocación, especialmente la primera, había sido una liberación, una droga tan dulce y embotadora que hubiera querido estar enlazada para siempre. Después de un tiempo, hasta se había olvidado de por qué.

Pero esa era la idea, ¿no?

Maravillosa, la amnesia fría que se propagaba por los rincones de su mente mientras el hielo de Shiva se extendía a su mandato por el campo de batalla; sentir el estimulante flujo de la fuerza de Ifrit a través de sus venas, mirar a través de los ojos de fuego de Bahamut y desatar el infierno, olvidarse de sí misma, olvidarse de todo, excepto de los dioses que corrían por sus venas, mientras entregaba su control al fuego y el hielo. Cada una de sus células cantaba, cada una de sus células ardía.

En realidad, había tenido la vaga e ilógica suposición de que los humanos se convertían a si mismos en esclavos de los GF, en lugar de sus amos -como se creía-, pero la había ignorado. La amnesia procurada por el poder mágico disipaba las debilidades de los Seeds hasta que no podían recordar nada de su pasado, ni de sus flaquezas, ni de su fuerza. Los soldados olvidaban sus miedos e inseguridades, sí pero también olvidaban como ser fuertes por si mismos.

Desde la Guerra, había leído varias obras de autores que propugnaban los beneficios de entrenar sin GF y citaban como una clara ventaja la recuperación de la memoria, así como la renovación de sus propios sentidos. Habían sido su fuente de inspiración para, finalmente, desenlazar a Shiva. De todos modos, era lo bastante fuerte sin GF, gracias a su Magia Azul, con su capacidad altamente destructiva.

Aunque Quistis albergaba un cierto temor sobre los detalles de su pasado, escuchar a Irvine hablar de su infancia juntos le había despertado el deseo de saber como fueron las cosas en realidad y si habían sido tan felices como Irvine parecía pensar. Tenía recuerdos vagos, retazos de Squall, Selphie, Ellone, Zell, Irvine... memorias de risas, imágenes suyas entre Seifer y Squall, tratando de separarles, e imágenes de una vida antes del Jardín que salía a flote desde el fondo de su amnesia mágica como los peces de la profundidad del mar.

Un mar que probablemente era más profundo de lo que ella quería recordar. Sin embargo, Quistis nunca se había apuntado a la victimización. Las personas superaban su pasado y sus fallos. Incluso creaban una vida por si mismos, aunque no tuvieran a nadie. Podía enfrentarse a eso. Se había enfrentado al infierno de una bruja todopoderosa empeñada en destruir el mundo mediante una paradoja temporal. ¿Qué podía ser peor?

Con esa idea en su mente, se había abstenido de usar GF desde entonces. Todavía tenía la invocación de Shiva guardada en un cajón de su mesita de noche, cerrado con una llave que había escondido bajo el somier de la cama. De todos modos, no había nadie con la misma compatibilidad con la princesa de hielo que ella y tampoco había misiones que necesitaran equipar GF.

Recordaba el vago e inexplicable temor a recuperar sus recuerdos al desenlazar a Shiva. Un sentimiento que había reprimido y arrinconado en el mismo rincón de siempre.
A decir verdad, empieza a faltar espacio para más sentimientos reprimidos.

Desde entonces, sus recuerdos habían vuelto hacia atrás, hacia su hogar: píldoras de tardes nadando con la pandilla del orfanato, horneando galletas con Selphie, Eleone y mamá Ede y echando a los chicos con bolas de masa pegajosa. Visiones de intentos para que Squall y Zell jugaran a disfrazarse, con resultados variables, y para que lo hiciera Seifer, sin resultado alguna.

Seifer, sin duda, era el peor marido cuando jugaban a papás y mamás, lo que solía terminar en una pelea de gritos en la que Quistis era una esposa "muy mandona" y Seifer se negaba a "ir a trabajar". Irvine, sin embargo, había participado voluntariamente en la mayoría de sus juegos. Era, con mucho, el más tranquilo de los chicos. Se había reído en voz alta al recordar a Irvine haciendo aspavientos con uno de los viejos vestidos de andar por casa de mamá Ede, ordenando a Squall limpiar su habitación; a Seifer, sentarse en un rincón; a Quistis y a Selphie, que hicieran su cena... Y luego corriendo y revolcándose con el vestido en el barro, mientras todo el grupo se le echaba encima.

También había malos recuerdos. Recuerdos de Squall y Seifer peleándose en el suelo e imágenes de Squall apartándose de ella. Per los buenos momentos compensaba los desagradables. Su memoria resucitaba con sucesos aleatorios. La fiesta de disfraces regresó a su mente al ver unos collares de cuentas azul chillón en el tocador de mamá Ede y los días jugando bajo el escritorio de Cid, al contemplar un viejo abrecartas, que era una de las armas prohibidas favoritas en sus juegos de guerra.

Sonrió ante la ironía mientras corría, con su larga cola de caballo rubia balanceándose tras ella y golpeando sus orejas. Tras un par de vueltas, se paró en el borde del patio para recuperar el aliento limpiarse la frente, mirando fijamente al cielo mientras agitaba las piernas. Mientras miraba, el primero de los pequeños copos de nieve cayó, un tapete en miniatura que destellaba como una capa de diamantes. Sonrió un poco, extendiendo la mano para sentir como el aguijón en miniatura se derretía en la palma.

Nieve.

Sus ojos se abrieron de repente, y su sonrisa desapareció. Su expresión se tornó lentamente en una de horror.

La nieve caía y entonces todo podría empezar. Una escalera color rojo apareció ante ella, girando en espiral, primero hacia abajo, hasta marearla, y luego hacia arriba. Quistis cerró los ojos con fuerza. El horror que había sentido se fue tan rápido como había venido. Miró hacia abajo y se dio cuenta de que había dejado de correr y agarraba la barandilla de hierro hasta dejar sus nudillos blancos. Sacudió la cabeza, tratando de devolver sus pensamientos al presente.

-¿Qué ha pasado? -murmuró. Afortunadamente, tal vez, no hubo respuesta, sin contar la fugaz idea de que quizá se estaba volviendo loca.

Miró la hora. Diez minutos para estar lista. Suspirando, corrió hacia el interior, lejos del frío y lejos del despertar de su consciencia, que amenazaba con aparecer.


Seifer frunció el ceño mientras entraba a la sala de equipamiento estudiando la sencilla tarjeta de plástico con lo que iba conseguir lo que necesitaba.

-Hola- Llegó de una voz suave y adormecida.

Sus ojos se abrieron para encontrarse con un par iris oscuros, ligeramente entrecerrados bajos unas pestañas muy espesadas. Un par de labios revestidos de una generosa capa de brillo se curvaron a modo de saludo.

No conocía a la chica que tenía enfrente, pero, en realidad, no recordaba a un montón de gente del Jardín, quizá a propósito. Su cabello oscuro le caía más abajo de los hombros en atractivas ondas y Seifer se encontró a si mismo enderezándose y curvando los labios en una respuesta automática que no tenía nada que ver con su cerebro, con el de arriba, al menos.

Ella sonrió.

-Debes de ser nuevo. O, espera, ¿no fuimos juntos a clase el año pasado?

La miró boquiabierto mientras le pasaba la tarjeta. ¿Ella no sabía quién era él?

-No-contestó secamente mientras la veía alejarse, notando como se inclinaba de una forma obviamente exagerada mientras miraba la pantalla de los suministros recomendados.
-¡Hyne! Es taaaaan aburrido estar aquí. Me siento sóla, no sé si me entiendes -dijo ella, guiñándole un ojo.
-Sí.

No tienes ni idea, se dijo a si mismo.

-Hmmm... así que estás a cargo de la ex instructora Trepe -dijo -Pobrecito, recuerdo que sus clases eran taaaaan duras. Era una auténtica negrera.
Enredó un mechón de cabello alrededor de su índice mientras tomaba notas rápidas de la pantalla. Después comenzó a caminar por la habitación, sacando cosas de los estantes.

Él se encogió de hombros. La chica no era precisamente la bombilla más brillante de... dónde fuera. Estaba demasiado agotado como para ser ingenioso en ese momento. Estaba jodidamente cansado y todavía no había sido capaz de digerir ninguna clase de alimentos. Ya había sido un mal día y, técnicamente, ni siquiera había empezado.

-Aquí está. Terminado.

La chica se inclinó sobre el mostrador, fingiendo una mirada pensativa al colocar la tarjeta entre sus dientes, mordiéndola ligeramente. Seifer supuso que se trataba de algo atractivo, pero, en realidad, creía que la tarjeta no estaba del todo limpia, ya que se le había caído dos veces por el camino.
-Soy Darshe -dijo. -Y ahora que lo pienso, creo que no te he visto antes por aquí...

-No, no lo has hecho -

No se lo podía creer. No tenía ni puta idea de quién era él. Era estúpida, nueva, o las dos cosas.

-No creo que nos conozcamos -añadió.

Estudió su mirada vacía. Probablemente, las dos cosas.

Ella sonrió, inclinándose sobre el mostrador de una manera difícil de malinterpretar.

-Mmm... ¿te gustaría?


Quistis se sentó en el borde del banco en el vestuario femenino del Centro de Entrenamiento, rasgando una tira de cinta negra con los dientes antes de enrollarla alrededor de un trozo de material espeso y esponjoso, el mismo que había hecho que Seifer equipara para su arma. Apretó el pulgar con fuerza contra las afiladas puntas del Save the Queen, asegurándose de que los bordes más afilados estaban cubiertos para que cualquier contacto de su arma con la piel de Seifer le dejara sólo un pinchazo, aunque de tamaño considerable.

Con su arma satisfactoriamente neutralizada, se puso un protector ligero de piel bajo su camiseta negra y tiró de los bordes de sus guantes de batalla. Sintió el suave cuerno negro sobre sus brazos desnudos como un confort familiar. Sacó un par de pantalones Seed estándar, cómodos y elásticos, que se ajustaron muy bien dentro de sus botas.

El flash rojo de una alfombra hecha jirones...

Entrecerró los ojos y se mordió las mejillas por dentro, un hábito que alejaba rápidamente sus pensamientos.

Ya iba cinco minutos tarde. Rápidamente entró en la sala de entrenamiento que había reservado, armándose de valor para otra inevitable discusión.
No había nadie.

Se escogió de hombros, sorprendida(y, aunque no lo admitiera, un poco aliviada) y decidió no enfadarse por su retraso. Mejor él que ella. Ella tenía que dar ejemplo, después de todo.

Sacó el látigo de su cinturón y desenrolló la gruesa para dar algunos latigazos de práctica, moviendo los pies mientras trabajaba. Le gustaba el látigo, la corriente de aire, el satisfactorio chasquido de la correa de cuerdo al golpear al aire.

Atrás. Snap.
Lateral. Snap.

Treinta y cuatro "snaps" hacia atrás y treinta y tres "snap" hacia el latera más tarde, la sala de entrenamiento seguía vacía. Enrollando su látigo, miró su reloj de pulsera y se apoyó contra el muro, clavando la vista en el minutero de la pared contraria.

Seifer llevaba 23 minutos de retraso.


Seifer soltó un juramento en voz alta tras atarse la bota izquierda. Su hombro chocó contra el armario mientras se ponía violentamente la derecha, casi perdiendo el equilibrio.

Estaba furioso. Veinte minutos más tarde, y para nada. .

¿Qué diablos le pasaba?

Decenas de mujeres sin significado, carne, gemidos, calor y sudor. Y ahora, ni siquiera podía tener una.

Ni una.

Darla, o como coño se llamara, le había empujado contra las estanterías de la sala haciéndole tragar su jodida lengua. Gruñendo, había agarrado su pelo y fruncido el ceño al enredarse en sus rizos de espuma antes de continuar hacia la curva de su espalda. Ella le arañaba el cuello con sus uñas, haciendo que botiquines y cajas de zapatos se cayeran al suelo mientras le agarraba con más fuerza, aplastando su pelvis contra el estante inferior. Su delantera se había apretado contra su pecho su mecho mientras gemía algo ininteligible, riéndose en sus labios.
Sabía a cuero viejo, un sabor rancio que se parecía a comer una bota. Una bota con dientes muy afilados, como había comprobado segundos más tarde, mientras los labios se movían para morder su cuello.

¿Por qué demonios no sentía nada más que molestias?

Sí, mi caballero, cabalga para mí...

Se giró y la empujó contra la estantería, aliviando la presión de su columna vertebral por un momento y dejando su mano viajar hacia abajo, recorriendo el borde inferior de su falda.

¿Por qué coño no se sentía excitado?

Sólo follar, con ella.

Sus uñas le rasparon el cuello, ganándose un bufido. Ella rió de nuevo y pasó su lengua rápidamente por el interior de su cuello. Intentó no hacer una mueca. ¿Qué era, un perro de aguas?

Curvas y una franja de seda negra sobre sus manos, su pecho, sus caderas... y ella mirándole, con sus ojos insondables y su sonrisa sardónica, y sus uñas clavándose en él.

Sus manos viajaron hacia abajo, con las palmas suaves sobre su estómago antes de que se engancharan en la hebilla de su cinturón. El agudo sonido de la cremallera en el silencio.

Los ojos que lo atrajeron, los ojos que se lo comieron, lo absorbieron en las gotitas rojas que iluminaban su iris, los labios de vino tiendo que se entreabrían para mostrar sus dientes.

¿Por qué coño no sentía nada?

Y ahí estaba, ese sentimiento, ese oscuro malestar. Y allí estaban en la oscuridad y ella era la oscuridad. Y él se la estaba tirando, sudando, hirviéndo. Ella se reía y ella estaba follándose, clavándose con sus ojos y sus uñas y su cuerpo hasta su médula espinal, arrancándosela. Su risa en sus dientes serrados. Y sus dientes estaban por todas partes.

Sus uñas arañaron la parte frontar de su cadera desnuda y él tomó su mano, apartándola y alejándose de ella en un movimiento que la había llevado quince minutos conjurar.

-¿Qué pasa? -preguntó ella, que, claramente, no estaba acostumbrada a que la detuvieran.
-Me tengo que ir -murmuró. -Se me hace tarde.

Bueno, al menos no era una mentira, aunque sí una excusa. No le importaba una mierda si Trepe tenía que esperar. Sólo quería largarse de allí, lejos de ese estado de ánimo entre el vacío y un infierno en vida.

-Oh, vamos -ronroneó, sonriendo al apretarse contra él. -No eras tan reacio hace un minuto.

Uñas, persistentes, clavándose en su ingle, clavándose en el estómago y la cabeza y llevándole de nuevo a esa hambrienta oscuridad.

-¡Aléjate de mí! -gruñó, ganándose una mirada herida y confusa de la chica que tenía enfrente. -Mira, me tengo que ir.

Trató de sonar más tranquilo, luchando contra el pánico en su interior.

-¿Cuál es tu puto problema? -dijo entre dientes.

Le recordó a una vieja y desagradable gata callejera a la que había cometido el error de pisarle la cola.

La miró con los ojos entrecerrados.

-No te preocupes. Estoy seguro de que entrará otro cliente con una pollo en cinco minutos.

Smack. El golpe de su mano apenas había hecho impacto.

-Sí, hazme saber si alguna vez te crece uno.

Se alejó ajustándose la falda y dio un portazo tras ella.

El parpadeó. ¿Qué coño le pasaba?

Se había quedado allí durante sus buenos cinco minutos, pensando en esa pregunta antes de coger un rollo de cinta y todos los hechizos de nivel bajo que la cabían en la mando y echar a correr al centro de entrenamientos, consciente de que Trepe iba a retorcerle el cuello.

Seifer miró sus manos temblorosas mientras terminaba de cubrir la reluciente hoja de Hiperión con la cinta protectora, asegurando la espuma. Se sentía vacío, como si un solo toque pudiera romperle en pedazos.

Estaba lleno de ecos, células cantando con la esencia misma de la nada. Bebida, cómida, sexo... nada importaba.

Ya nada le llenaba.


Quistis miró el reloj atornillado al techo colocado sobre ella mientras acariciaba el cuero suave de su látigo, imaginando como lo sentiría Seifer alrededor de su cuello. Cuando se presentara, le pegaría un reloj en la frente. No, no un reloj. Un crono-satélite.
No estaba segura de qué le enfadaba más, haberlo esperado o no tener nada mejor que hacer, en realidad.

Esperó cinco minutos más antes de suspirar, disgustada, y enrollar su látigo en la mano para salir.

Como si lo hubiera decidido el destino, la puerta escogió ese momento para abrirse y mostrar a un apresurado Seifer Almasi, con el pelo desordenado, la espada recubierta de mala manera y una arruga de amargura (casi permanente) grabada en su frente marcada.

Dio un paso atrás, tropezando en su retirada, ya que él casi se le había caído encima. Se enderezó a tiempo y retrocedió lo suficiente como para lanzarle una mirada fulminante.

Estaba vestido con un uniforme de combate similar, una camiseta ceñida y un par de pantalones de chándal negros, todo material estándar del Jardín. Su pelo claro hacía un fuerte contraste con el traje negro, haciendole parecer como un acosado ángel oscuro, con la cicatriz arrugada en su ceño fruncido.
-Llegas tarde -señaló, cruanzdo los brazos.

Él esbozó una pequeña sonrisa que intentaba ser inocente (y fracasaba estrepitosamente) y pasó los dedos por su cabello de forma infantil, aunque sus ojos no se encontraron son los suyos.

"Al menos se presentó", pensó para sí misma. "Supongo que debo tomar lo que hay".

Miró hacia arriba, preparándose para darle un ligero castigo por su lentitud y luego seguir con el ejercicio, cuando notó por primera vez la razón.

Había una mancha roja en la comisura de su boca, demasiado rosada y luminosa para ser sangre y demasiado prominente para no ser nada, y una línea de marcas frescas en su cuello, cuatro en rápida sucesión. Se acercó un paso, frunciendo el ceño, y él se tensó, claramente inseguro de qué hacer ante su proximidad. Ella suspiró. Olía a dulce y pegajoso, un aroma a almizcle húmerdo que era, sin duda, de un perfume barato. Perfume de mujer.

Seifer hizo una mueca cuando la expresión de Quistis pasó de aplacada a furiosa. Mierda. Ahora venían los fuegos artificiales.

En lugar de eso, ella explotó internamente. Una rabia fría heló sus venas y se asomó a sus ojos antes de que ella se diera la vuelta y se colocara en el centro de la habitación.

Seifer la siguió a regañadientes, sorprendido de que el Monte Quistis no hubiera entrado en erupción sobre él. Casi lo hubiera preferido. Su silencio era desconcertante.

Por no hablar de cien veces más imprevisible.

Cuando desenrolló su látigo, notó con cierto grado de alivio que ella también había cubierto su arma. Al menos no era una especie de hipócrita sádica.

Aún.

-Espero que hayas enlazado tu magia.

Lo dijo de una forma lo bastante fría como para encogerle las pelotas. Aunque ese conjunto era todo menos helador... Seifer casi se abofetea.

-Sí -respondió.

Quistis se enderezó ante él, chasqueó su látigo una vez y colocó una tonificada pierna atrás en posición de combate. Él había visto esa postura antes. Su látigo no estaba cubierto esa vez y, a pesar de todas sus burlas pasadas a su armas, se alegró de ver las púas puntiagudas del Save the Queen enfundadas. Esa maldita cosa hería como una perra, como la perra que la manejaba.

-Bien. Entonces ven hacia mí -le ordenó.

Sí, ven a mí, Seifer.... ven aquí. Se dijo a si misma. Déjame premiar tu tardanza.

El balanceó a Hiperión un par de veces, en un movimiento que mezclaba a partes iguales la rudeza y la gracia. Quistis sabía que todavía tenía talento, sólo necesitaba ser engrasado. Sus músculos no tardarían en volver a aprender los pasos, no tratándose de Seifer. Ahora, sin embargo, estaba más interesada en freír esos músculos que en hacerles una prueba.

Seifer echó a correr hacia ella. No había avanzado ni cinco metros cuando sus pies fueron barridos desde el suelo. Cayó con un sonoro golpe e Hiperión repiqueteó ruidosamente contra el suelo. Con un movimiento de muñeca, Quistis desenganchó su látigo de su tobillo y dio un paso atrás. Quistis era buena y, mientras el estaba ahogando sus penas en alcohol, había mejorado.

-Un enfoque equivodado -anunció. -El látigo es muy eficaz como arma de largo alcance. Debes contrarrestar la habilidad de su poseedor para atacarte a distancia usando ataques de corto alcance. Ya deberías saberlo.

Gruñendo, se puso en pie mientras agarraba a Hiperión. Quistis estaba murmurando algo y, de repente, levantó la mano. La sala se inundo de rayos de luz, forzándole a soltar su espada de nuevo y poner cuerpo a tierra justo cuando el primero de los rayos alcanzaba su arma. Hiperión era el perfecto pararrayos. La espada voló de su mano mientras giraba sobre sus pies.

El procedimiento estándar de cuerpo a tierra ante un ataque de magia electro. Se sorprendió de recordarlo.

Se deslizo en el suelo bien encerado mientras cobraba impulso para cargar de nuevo, murmuando mientras corría hacia a ella.

-Piro-dijo entre dientes, sintiendo la familiar quemazón en su mano cuando una llama salió de ella para alcanzar a la mujer frente a él como una lengua vacilante. Quistis levantó la mano y un findo velo blanco brotó de las puntas de sus dedos, disipando el débil hechizo de fuego. Maldito escudo mágico.

Sin embargo, el presionó su ataque, sólo que esta vez las puntas enfundadas del látigo se enlazaron en su cuello. Juró entre dientes y se tambaleó hacia atrás, sorprendido de que ella pudiera conjurar magia y atacar con tanta eficiencia. Se dio la vuelta y la hoja de su espada zumbó para encontrar su estómago, pero ella aprovechó la oportunidad para saltar hacia atrás, tirando del látigo y haciéndole rodar por el suelo.

-Una chapuza- El mismo tono de instructora, cortante, mientras bajaba su mano, recuperando el látigo con un grácil giro de su brazo.

-Gracias-respondió friamente.

Idiota.

Quistis entornó los ojos.

-No voy a consentirte, Almay -respondió ella con un tono de voz igual de frío. -Si apestas, te lo diré.

Zorra.

Extendió una mano.

-¡Electro!

Destellos de luz se esparcieron por la habitación. Se lanzó hacia delante, el arco de Hiperión brillando en el rabillo del ojo cuando atacó, sólo para quedarse mirando al cielo otra vez.

-Joder-murmuró, tumbado boca arriba, mientras su columna vertebral se estremecía bajo él, con un sentimiento de humillación ardiendo como ácido en los músculos de su brazo, desentrenados. Una bota presionó con fuerza su cuelle y el siguió la delgada línea de la pierna para encontrarse con el rostro furioso de Quistis.

-Me estás haciendo perder el tiempo -le espetó. -Llegas más de media hora tarde y ya exhausto por una actividadni remotamente relacionada con entrenar. Eres patético -Su mirada se endureció aún más. -Aparentemente, has aprendido tanto con tu presencia aquí como mientras estabas fuera.

Sus ojos se estrecharon y la agarró del tobillo, haciéndola tambalearse mientras él se ponía en pie.

-¿Qué coño sabes de lo que he aprendido?

-¿Crees que no sé donde estabas, gilipollas? ¿Hacerme espera aquí mientras estabas enrollándote con una?-gritó -¿Es mi tiempo tan poco valioso que tienes que hacerme perderlo tanto como puedas?

-¡No sabes una mierda! -le devolvió él..

¿A qué vino eso?

-¡Sé que tienes la oportunidad de cambiar tu vida y en lugar de aprovecharla, estás desperdiciándola otra vez!

-Oh. ¿Y tú, qué? Un puto pilar de sabiduría y madurez. Un ejemplo para todos -Le asestó un golpe bajo, fruto de la ira que le invadía.

-Bueno, al menos yo no estoy tirando mis oportunidades por el desagüe -escupió.

-Si, ciertamente no lo estás haciendo -Sus labios se curvaron en una mueva burla, pero su mirada destilaba ira. -No necesito que una puritana frígida me diga como tengo que vivir mi vida.

Ay. Su puño se estrelló contra su cabeza con fuerza. La chica de la sala de suministros no tenía ni punto de comparación con trepe.

Levantó la cabeza despacio, tocando sus labios. Sintió la sangre caliente derramarse por sus dedos. El golpe no le había sorprendido. Quistis Trepe no pegaba como una niña.

Después de todo, se lo había enseñado él.

En el instante siguiente, se lanzó contra ella, empotrándola entre su cuerpo y la fría pared encalada. Ella le miró, furiosa, y empujó su pecho con los brazos, pero esta vez él llevaba ventaja. Quistis no había esperado que él le devolviera el golpe.

...De hecho, les había sorprendido a ambos.

-Ten cuidado, Quistis, ten mucho cuidado -susurró en su oído. -O un día vas a recibir más de lo que puedes aguantar.

Sus ojos encontraron su mirada vacía.

-No te hagas ilusiones, Almasy -siseó. -No eres más que un bocazas.

Ambos cerraron los ojos, tratando de recuperar el aliento y el raciocinio, ambos aparentemente ausentes.

Seifer miró hacia ella y entrecerró los ojos al ser repentinamente consciente de sus caderas contras las suyas y sus manos extendidas sobre su pecho, que ya no le empujaban, y su ira hacia ella estaba retorciéndose de una forma extraña en su estómago...

Los dos se separaron al escuchar como la puerta corredera se abría.

-Eh, es esta sala. ¡Oh! Supongo que, ejem, está ocupada.

Dos jóvenes cadetes se paralizaron en la entrada, con los ojos muy abiertos por la escena que tenían delante.
Quistis se enderezó, asumiendo rápidamente su postura de instructor.

-Acabamos de terminar, en realidad -dijo con frialdad, dirigiéndose a Seifer.

Sus ojos se entornaron.

-Eso es todo, cadete -le dijo fríamente.

El entrecerró los ojos a su vez e hizo una larga y burlona reverencia al tiempo que extendía su brazo en señal de ofrecimiento.

-Por favor, las damas primero -arrastró las palabras con los ojos llenos de burla.

-Bueno, en ese caso -contestó ella, extendiendo a su vez su mano con un movimiento despectivo -tal vez deberías pasar delante, vista tu actuación de hoy.

El cadete de la izquierda parecía no saber si echarse a reir o a correr. El de la derecha, simplemente estaba aterrorizado.
Una oleada de calor le envolvió ante su ocurrencia.

-Por favor, insisto, mi dama -persistió, con un tono todo lo sensual que pudo reunir.

Ella le lanzó una mirada asesina.

Seifer inclinó la cabeza ante ella, llevándose una mano al corazón, todo elegancia y modestia en ese momento.

-No podría soportar abandonar la sala a sabiendas de que dejo tras de mí al mayor tesoro de Balamb, sola y en tal estado de desolación.
Quistis alzó las manos, exasperada.

-¡Por el amor de Hyne!-juró, saliendo de la sala a grandes zancadas, evidentemente furiosa.

Seifer se quedó observándola, burlón. Permaneció firme en el lugar hasta que los dos cadetes de la puerta compartieron una mirada y salieron rápidamente de la habitación segundos después.

Una sonrisa se estiró en sus labios mientras miraba su avance hacia la puerta. Se había olvidado de lo divertido que era el rifi-rafe verbal con Quistis Trepe. Por no hablar de observar como se iba.