Llegó el horario de cantar en el coro y las muchachas se acomodaron en filas sobre las tarimas en la iglesia. Un brillo inundaba cada una de sus sotanas, el intenso blanco Spica, mientras cantaban los himnos del día. Sus suaves y dulces voces se hacían oír junto a un brillo inexplicable de pureza. Hikari se había desempeñado satisfactoriamente a pesar del poco tiempo libre a base de sus obligaciones, solo había obtenido unos errores menores. Tsubomi la compadecía un poco, ya que el ser la compañera de Amane la había hecho muy popular entre las estudiantes. Incluso algunas le dirigían maridas poco más que lujuriosas mientras cantaba al compas de Yaya y su grupo.
En un momento la profesora que dirigía el coro le preguntó a Hikari si se había planteado dejar el coro, ya que, a pesar de manejarse perfectamente, las ocupaciones de Etoile hacían difícil que Hikari pudiera practicar y no podía permitir que su desempeño mermara el de las demás. Hikari se había negado rotundamente, ya que el coro la hacía sentir que aún era compañera de las muchachas. Detestaba sentirse en un escalón superior a ellas en ningún sentido. Pero, a pesar de lo que Hikari dijera, los efectos de ser Etoile repercutían ya sea para bien o para mal. Las compañeras del coro también se negaron a que Hikari abandonase, la presencia de una representante le daba encanto a las prácticas. Sin duda, no todas tenían el privilegio de cantar lado a lado con una Etoile del colegio, además, todas le habían tomado cierto cariño a la hermosa rubia. Para las muchachas, una Etoile era como una estrella de cine, perfecta.
"Seguramente, Hikari - Sama podrá manejarlo."," ¡Su voz es una de las mejores del coro!, "¡Sii!"
La profesora, encontrándose ente la espada y la pared, no tuvo más remedio que pedirle a la Etoile que no tendría quejas si seguía con su buen desempeño, a lo que Hikari aceptó apenada.
—No te preocupes, Hikari - sempai. Estoy segura de que no tendrás problemas— dijo Tsubomi una vez terminadas las practicas—. Yo te ayudaré si es necesario… Ya sabés, si no te ayudara no podría sentirme bien.
— Es verdad, te ayudaré a practicar en los ratos libres para ponerte al día—aventuró Yaya—. Verás que no es nada de qué preocuparse.
Los ojos de Tsubomi buscaron los de Yaya mientras hablaba.
—No es necesario— soltó—. Yo podría ayudarla, tengo más ratos libres que vos.
—Les agradezco todo, chicas— contestó Hikari aún apenada—. No es necesario que se tomen la molestia por mis caprichos.
Yaya negó con la cabeza.
—Etoile o no, sigues siendo la misma de siempre. No ganarás a tus compañeras por perfección, como Shizuma o Amane, pero si por ternura.
Hikari soltó una risita.
—No digas eso. No quiero sentirme superior a ellas.
—Tal vez el problema no está en el hecho de que quieras, o no, sentirte superior, sino el de que ellas quieran verse inferiores a ti. Parecen disfrutar buscando a alguien a quien admirar.
Hikari rezongó. Yaya desvió la mirada a las chicas que dirigían miradas furtivas hacia ellas. Apenas y lo disimulan, pensó. De pronto Yaya notó como las miradas se hicieron cada vez más marcadas hasta que todas miraron en dirección a la puerta.
—Amane…— susurró Hikari y todas las miradas la siguieron.
Amane había entrado a la iglesia y, si Hikari exhalaba dosis de popularidad, Amane era una droga de efecto concentrado. Los susurros y la lujuria aumentaron mientras admiraban la presencia de su realeza, vestido del blanco puro de su uniforme escolar. Lentamente, las integrantes del coro iban agrupándose mientras miraban hacia el príncipe de Spica.
"¡Miren es Amane – sama!", "¡Oh, Amane – Sama ha aparecido!", "¡Es el príncipe!"
Amane hizo oídos sordos a las exclamaciones, intentó fingir que nos las oía, el solo hecho de que lo hicieran frente a Hikari la avergonzaba mucho más que cuando estaba sola.
Dios, solo es este año…, pensó.
—Hola, chicas— dijo mientras les dirigía una rápida mirada a Tsubomi y Yaya, hasta centrar su atención en la rubia—. Hikari, discúlpame pero tenemos que irnos. Hay una reunión en la tarde con los representantes de los tres colegios.
El príncipe de Spica tomó la mano de Hikari entre sus dedos. Casi mecánicamente, las exclamaciones subieron de tono en el fondo y, por otro lado, Tsubomi clavó la mirada en el rostro de Yaya, como si esperase que pasara algo en él, algo revelador. En efecto, Yaya estaba mirando aquellas manos de dedos gentilmente entrelazados.
Hikari, miró a las chicas, sintiéndose culpable de dejarlas tan bruscamente.
—No te preocupes, Hikari—dijo Yaya leyendo la mente de su amiga, luego dirigió la mirada hacia Amane. Tsubomi aún estudiaba aquellos movimientos—. Solo no te olvides de decirle a Amane lo del coro, tal vez puedan arreglar algo.
Amane alzó las cejas.
— ¿Pasó algo con el coro?
—Ah, sí… muchísimas gracias, Yaya. Lo hablaré con ella después de la reunión—. Soltó Hikari mientras sus mejillas se enrojecían.
Amane la miró por un momento pero no dijo nada.
—Bueno… si no es muy urgente, entonces vámonos, Hikari. Nos vemos, chicas.
Las chicas se despidieron y tan solo quedaron Tsubomi y Yaya. Los susurros de admiración también se fueron junto con las dos Etoiles.
"Ahí van…", "Adiós, Amane - Sama, Hikari- Sama".
—Nunca cambiará, estoy segura que no quería decírselo por miedo a parecer caprichosa…—comentó Yaya mientras seguía mirando a la pareja irse por el jardín, con aquellos ojos que Tsubomi intentaba descifrar. La pequeña movió la mano levemente hasta que rozó la de su sempai, como si inconscientemente quisiera recordarle que ella estaba allí. Yaya levantó aquella mano tan bruscamente que Tsubomi pensó que la iba a golpear y, acto seguido, le arrebató su sobrero blanco, que componía el uniforme del coro.
— ¡Ah! ¡Dámelo!— exclamó la peli rosa, poniendo las manos en su cabeza—. Sé más madura, Yaya- sempai.
—Que falta de respeto a tus superiores— dijo con una mueca maliciosa—. Creo que debería quedarme con esto de castigo y dejar que vengas sin el uniforme a la práctica siguiente.
Tsubomi inhaló y levantó los hombros a modo de sorpresa. Estiró el brazo para tomarlo pero Yaya fue más rápida.
—Veo que lo querés de vuelta.
— ¡Sí, lo quiero, dámelo de una vez!
—Entonces vení por él.
El intenso verde del pasto brillaba bajo los rayos del sol. Yaya echó a corría por el jardín del campus a grandes carcajadas mientras Tsubomi la perseguía intentando arrebatarle lo que era suyo. Parecían dos ángeles jugueteando.
—Vamos, vamos. Necesitas más deporte, Tsubomi.
Yaya trotaba, corría, caminaba a medida que Tsubomi intentaba alcanzarla, parecía feliz. Tsubomi notó aquel rostro a medida que corría tras él, sintió por un momento que lo que realmente quería era alcanzarla a ella. Estos días realmente habían sido como un juego, en el que Yaya se acercaba y se alejaba una y otra vez. De pronto no se sintió tan bien… la idea de un reemplazo volvió a la pelirosa.
La morocha dio la vuelta hacia atrás de la iglesia y se perdió de la vista de Tsubomi. Ella intentó aumentar la velocidad pero en el momento que cruzó aquella esquina de la estructura vislumbró una amplia zona despejada, cubierta de verde. La parte trasera de la iglesia era una de aquellas zonas a las que nadie concurría ya que no quedaban cerca de ningún lado ni llamaban la atención de nadie. Yaya se encontraba en el medio, bajo el sol, su blanca sotana lo hacían ver como un ángel de cabello negro, esperándola. La estudiante de primero caminó hacia ella con aire ofendido.
— ¡Basta de bromas!— exclamó—Basta…Yaya sempai.
—Veo que te falta mucho ejercicio— dijo mientras ocultaba las manos detrás de su espalda.
La muchacha extendió la mano.
—Vamos… entrégamelo…
Yaya no respondió y la mano de la peli rosa se impacientó. Intentó pasar sus manos detrás de ella pero la estaba abrazando casi involuntariamente, cuando se dio cuenta de lo cerca que estaba de su rostro, se echó hacia atrás.
—Como quieras…no caeré en tu juego. Quédatelo si querés…— Tsubomi estuvo a punto de marcharse pero la mano de Yaya se sujetó a su brazo y la tiró hacia ella con fuerza, la mejilla de la pequeña estudiante chocó contra su pecho. Tsubomi sintió como su rostro se encendía de rubor.
—No… no tienes suficiente ¿No es así?— Tsubomi acercó más su cuerpo, sintiéndose tentada a sentir la calidez de Yaya, el latido de su corazón—. Suéltame. No soy tu juguete.
— ¿Ah, no?…— los brazos de Yaya se ciñeron un poco más en aquel cuerpo caliente por aquella maratón—. ¿Eso te enfada?
Hubo unos segundos de silencio.
— Lo haré si no me sueltas…
— ¿Por qué deberían intimidarme las amenazas de una chica de primero?
La mano de Yaya se deslizó bajo el cabello de Tsubomi y acarició sus suaves mejillas. Tsubomi comenzó a temblar.
¿Esto te hace feliz ¿Verdad?
Tsubomi empujó a Yaya cada vez más fuerte.
¿Por qué tengo que soportarlo? No lo quiero… No así.
— ¡Basta!—Tsubomi se apartó bruscamente, jadeando, sentía como aquello sensación le recorría el rostro hasta sus ojos e hizo todo para detenerlo. — ¡Aléjate de mí!
— ¡Tsubomi!— Exclamó Yaya asustada por aquella reacción tan brusca.
—No quiero que me toques…
— ¿Tsubomi, que te pasa?
—Lo siento, Sempai. No puedo ser eso que querés que sea…— dijo, apretando sus dientes mientras luchaba por contener esa sensación en sus mejillas y su garganta. Bruscamente le dio la espalda a su sempai.
Podía sentir como Yaya se acercaba lentamente.
— ¿Crees que soy tan estúpida como para no darme cuenta?— continuó mientras sentía como su voz se quebraba poco a poco e intento disimularlo pero mientras más intentaba, más sucumbía a aquellas lágrimas que intentaban salir. —. No es que me afecte demasiado… Es solo que me molesta… ser el juguete de alguien. Pero….pero…no pasa nada… no estoy enfadada, en realidad no me importa…es solo que…que no voy a seguir asiéndolo…
Hubo un silencio incomodo. Yaya intentaba comprender.
—Tsubomi yo…
— ¿Me oíste Yaya- sempai?— Tsubomi sintió la mano de Yaya posarse en su hombro. La apartó de un manotazo— ¡No seré el reemplazo de Hikari- sempai!
Tsubomi se echó a correr, corrió todo lo que pudo como si algo le pisará los talones. No importaba en qué dirección, quería estar lo más lejos posible de ahí, en un lugar donde la viera en ese estado, hacia los arboles, a lo más profundo del campus, solo quería estar sola antes de que todas sus palabras la alcanzasen, "el reemplazo de Hikari - sempai" eso era, solo un estúpido reemplazo, un muñeco artificial intentando suplantar a una persona de carne y hueso, un juguete. Se había negado tanto a pensarlo, incluso había intentado aceptarlo, pero no, no podía seguir así, no soportaba ver a Yaya posar sus ojos en Hikari y luego en ella, ese orden la destrozaba, sentía que aquello le echaba en cara su lugar secundario en el corazón de Yaya. Sintió que las piernas comenzaban a fallarle del cansancio y se arrodilló frente a un árbol apartado de los demás.
Maldita Yaya… no… Yaya no tiene la culpa, pensó
— La culpa es mía…mía por dejarme involucrar…Se terminó…todo se terminó…—asentó su espalda en aquel árbol y abrazó sus piernas lo más fuerte que pudo, quería sentirse lo más pequeña posible, quería desaparecer. La imagen de aquellas caricias, de aquel abrazo llegó a su mente. No quería borrarlas, quería recordar aquella sensación lo más vívidamente que pudiera. Como si aún se encontrara entre aquellos abrazos, en otra situación, no se hubiera negado—.Soy tan estúpida… se supone que no me importaba…
Los minutos pasaron y solo podía sentir el viento pasar entre los arbustos. Unas cuantas aves cantaban a lo lejos y sin embargo se sentía tan distante a todo. No importaba cuanto se escondiera, tendría que volver tarde o temprano. ¿Cómo enfrentaría todo aquello? Mirarle a la cara sería imposible.
El sonido de unos pasos se mezcló con el susurrar del viento.
— ¡Tsubomi!—Una voz se escuchó no muy lejos—. Tsubomi, por favor, quiero hablar contigo.
—Yaya…— susurraron los labios de la peli rosa.
—Tsubomi, por favor… Solo déjame hablar contigo…
¿Qué debería hacer? No puedo ignorarla para siempre…
—Te tengo… —dijo Yaya al aparecer detrás del árbol. Estaba agitada y sin aliento. La muchacha solo escondió su rostro entre las rodillas, se maldijo en su cabeza por no haber podido correr más, ¿quien la entendía después de todo?—Te olvidaste esto…— Yaya colocó el sombrero sobre la cabeza de Tsubomi y luego se sentó a su lado a unos milímetros de cada hombro.
Un silencio incomodo las embargó a ambos. Yaya abrazó sus piernas también, la blanca sotana las cubría a ambas, dos ángeles bajó la sombra de aquel árbol tupido.
—Escucha…yo… Te pido perdo…
—No hay nada que perdonar… ¡Te dije que no importaba!— dijo Tsubomi como si eso de alguna forma pudiera borrar lo que había dicho antes.
—Yo… solo escúchame… jamás quise hacerte sentir así… Jamás pensé en vos como un reemplazo. Jamás quise que te sintieras así, Tsubomi.
—Quisiera creerte…—susurró fríamente.
—Es la verdad… no sabía que así te sentías… Si lo hubiera sabido…
—Entonces ¿por qué? Dímelo… ¿Por qué solo me molestás cuando ella te deja sola? ¿Por qué me usás como un muñeco con el que alguien se desquita?— Tsubomi se dio cuenta de que se estaba exaltando de nuevo, volvió a bajar su mirada.
Yaya negó con la cabeza.
—No… — Yaya suspiró como si una vieja herida hubiese vuelto a doler—. Es cierto, amaba a Hikari, la amaba…y no voy a mentirte, todo aquello me dolió pero, por favor, créeme. Jamás pensaría en vos como un juguete. Es que contigo me sentía mejor… simplemente… me costaba decirte lo mucho que me gustaba tu compañía.
Tsubomi escuchó en silencio.
—Al principio, me sentía confundida. Quería que Hikari y yo siguiésemos siendo tan intimas como antes, quería que pudieras seguir tan amigas como lo hemos sido siempre. Pero me dolía el darme cuenta de que era imposible. Aquel día, luego de la fiesta del té, me di cuenta. Estar con vos me hacía olvidar todo eso…
— ¿Y por eso me usabas?
—Sí, en eso tenés razón… te usaba. Pero no de la manera en que pensás. No lo hacía porque deseara a Hikari. Lo hacía porque estar contigo me tranquilizaba. No podía controlarme, quería decírtelo pero… supongo, que me falta madurar.
Tsubomi miró el rostro de Yaya. Estaba demacrado, como si hubiera llorado tanto como ella en toda aquella trayectoria y estaba a punto de hacerlo de nuevo. Tan solo a unos centímetros, tan cerca. No vio mentira en sus ojos, solo una profunda tristeza. De pronto se sintió peor, pero por la razón de hacer sentir mal a su sempai. Después de todo, era culpa suya en parte, por jamás haber preguntado de qué venía todo aquello.
—Ya…ya veo… —dijo mientras volvía a apartar su mirada con expresión soberbia —. Bueno, entonces… en ese caso, no me dejás otra alternativa que perdonarte.
La sonrisa de Yaya irradió un brillo de alegría incontenible, se acercó tímidamente a Tsubomi y le besó la mejilla expuesta. En ese momento, Tsubomi podía sentir como su corazón sonreía. Soy tan tonta, pensó.
— Es tan difícil para ti… hablar sin tocar…—susurró mientras dejaba que el cabello cubriera sus ojos un poco más, sus labios hicieron un gesto similar a una sonrisa.
—Lo lamento…
—Tengo frio…—dijo Tsubomi secamente. Yaya sonrió. Pasó su mano sobre sus hombros y la atrajo hacia sí, Tsubomi correspondió acercando su cabeza hacia el pecho de la morocha—. Lo permitiré... solo por hoy.
— ¿Es tan difícil para ti, ser sincera?— Susurró su Sempai burlonamente.
Tsubomi miró a Yaya con enfado quedando a unos centímetros de su rostro.
—No seas hipócrita…
Yaya la calló con un beso repentino. Los ojos de Tsubomi se dilataron, como si su mente hubiese perdido toda capacidad de pensar. Sintió los labios suaves y cálidos de su Sempai tocar los suyos. Se rindió, lo había deseado durante tanto tiempo. Cerró los ojos entregándose tímidamente a aquel sabor, a los latidos de su corazón, a las caricias de aquellos labios, al aliento húmedo mezclándose con el suyo. Un sabor suave y delicioso las embriagó a ambas. Yaya deslizó la mano por el cuello de la pequeña y, entre carisias, llegó hasta la nuca en donde profundizó el beso, de una forma apasionada. Sus cuerpos cayeron al suelo, Yaya tomó las muñecas de su pequeña amante y las inmovilizó en el verde césped. Tsubomi forcejeó levemente solo para buscar de nuevo los labios de su sempai. Yaya se apartó de modo que la boca de Tsubomi no pudo alcanzarla. Ella abrió los ojos.
— ¿Qué pasa? ¿Querés más?—preguntó Yaya maliciosamente.
La pequeña desvió su mirada hacia un lado con las mejillas impregnadas de un rosa suave. Parecía dudar si responder o forcejear, pero necesitaba ser sincera. Asintió tímidamente. Yaya acercó sus labios hacia su cuello, recorriéndolo besándolo como si Tsubomi fuera una presa indefensa, ella podía sentir el húmedo y cálido aliento tocar su piel y produciéndole un cosquilleo en su vientre. Un gemido escapó de su boca.
—No… esperá.
Yaya se detuvo lentamente, como si le costase poner el freno a sus impulsos.
— ¿Me sobrepasé?
—No… es que… aquí no…
Un murmullo de muchachas se escuchó no muy lejos, Yaya no se había percatado de ello antes. Alguien más había decidido recorrer aquella arboleda. Liberó las muñecas de Tsubomi, parecía que la magia se había perdido. Pero no del todo… La morocha acarició la mejilla de su pequeña amante y ella correspondió cerrando sus ojos, era similar a una cachorrita entregada a su ama. Tan hermosa e inocente. Sus labios tocaron la frente de Tsubomi.
—Mmm... Te quiero…—susurró la cachorrita en un leve suspiro. Decirlo siempre había sido tan difícil, ya no más…
—Entonces… —dijo Yaya con una voz dulce—acompañame.
Yaya y Tsubomi caminaron de la mano hacia el instituto Spica. Al pasar por el vestíbulo, la peli rosa podía sentir como si todas las alumnas la mirasen, incluso sus compañeras. Sentía que su mente era un libro abierto para toda aquella que posara sus ojos en su rostro pero, respondió a aquel dejo de timidez aferrándose con fuerza a la mano de su amada y bajando la mirada. Yaya lo percibió.
—Puedo soltarte si quieres— Propuso Yaya.
—No... No lo hagas.
Sabía a dónde Yaya la estaba llevando y no quería negarse, pero una pequeña sensación de nervios se mezclaba con el golpeteo de su corazón mientras subían las escaleras. Por más que intentase no se atrevía a mirar el rostro de Yaya. Se detuvieron en el pasillo frente a aquella puerta donde todo siempre comenzaba, en aquél caoba oscuro. Abrió la puerta, y, como esperaban, la habitación se encontró vacía, Hikari todavía no había vuelto de su reunión. Yaya tomó el mentón de la muchacha y levantó su rostro hasta estrechar sus labios con los suyos. Las dudas de la pequeña se disiparon en al ambiente como el vapor, aquel beso era razón suficiente para entregarse a ella, una y otra vez. Estaba segura, quería ser suya.
— ¿Aún quieres seguir?— preguntó.
Tsubomi miró a los ojos de Yaya. Tan ruborizada como nunca.
—Más que segura…
La luz que se filtraba a través de los cristales comenzaba a tomar el tono anaranjado de la tarde, acariciando la piel de las dos amantes. Los suaves jadeos se intensificaban apasionadamente mientras las dos eran envueltas con el calor de la otra y el de las sabanas. Yaya había tomado el control. Desde que sus labios se tocaron por primera vez, Tsubomi había sido suya. La había acorralado bajo su cuerpo mientras, exponiéndola a sus caricias y besos que recorrían quemaban la piel desnuda de la pequeña estudiante. Los labios de Yaya la recorrían desde su vientre plano hasta sus pechos, protegidos por la tela blanca de su sostén.
La morocha lo miró por un momento y acercó las manos a su centro con la intención de desprenderlo pero la mano de Tsubomi aferró la suya.
—No, esperá un poco…
Se miraron a los ojos por un momento, como si ella necesitase reunir fuerzas para seguir. Se besaron hasta que la mano de Tsubomi se rindió ante la de Yaya.
—Yaya sempai…
Los gemidos de Tsubomi se combinaban con su agitada respiración mientras las manos de su sempai la rosaban, cálidas y suaves, sus pezones rosados sintieron la lengua de Yaya humedeciéndolos, entibiándolos. La cabeza de Tsubomi se arqueó hacia atrás como poseída por un impulso cálido.
—Eres hermosa cuando te sonrojas, adoro aquel rubor en tus blancas mejillas— dijo con una leve risita.
—N-no… Lo detesto…— La muchacha tapó sus ojos con el antebrazo en un dejo de vergüenza— Me hace sentir tan predecible…
—Lo sé… solo dice: "No te detengas"
Tsubomi apartó el brazo y miró a los ojos de Yaya, intentando mostrarse ofendida pero realmente no podía. Aquel rostro solo mostraba ternura y un inocente temor.
—Te odio, Yaya sempai…
Yaya levantó su mano solo para rozar los labios que habían pronunciado esas palabras.
—Mentirosa…
La lengua de Yaya volvió a probar la piel blanca y pura. Tsubomi sentía como si todo su cuerpo fuera a consumirse por la intensidad de aquellas caricias. Ella era todo lo que se encontraba en su mente, su calor, su mirada y sus manos descubriéndola poco a poco, recorriéndola agradablemente, subiendo por sus muslos hasta llegar a su húmedo secreto. Los labios de la peli rosa se esforzaron para no gemir, apretaron el dorso de su dedo índice como una mordaza. Sus muslos se tensaron, rosándolos mientras aquella mano se movía entre ellos lentamente, estudiándola con una determinación perversa. Tsubomi no pudo contenerse más.
— ¿Lista?
Tsubomi adivinó lo que venía y se abrazó a su amante con fuerza tapando su mirada entre aquellos suaves cabellos.
—Te amo...
A la mañana siguiente, los pasos de Tsubomi resonaron una vez más por el pasillo de Ichigo - Sha. La hora de ir a la cafetería se avecinaba y como siempre pasaba desde la ceremonia de Etoile, aquella muchacha estaría ahí, esperando en su habitación. Se detuvo frente a la puerta color caoba oscuro y, luego de acomodar su cabello y aclararse la garganta, decidió tocar.
— ¿Quién es?— preguntó la voz de Yaya en el interior.
—Soy yo, Tsubomi.
—Déjame adivinar… pasabas de casualidad.
—No… Vine porque olvidé algo importante en esta habitación.
La puerta se abrió y Tsubomi pasó hacia la habitación, iluminada por un sol radiante. Yaya inmediatamente pasó un brazo por la cintura de la peli rosa, estrechándola a ella, las dos se hundían en la mirada de la otra.
— ¿Qué dijimos sobre la sinceridad?– recordó Yaya mientras Tsubomi sentía como esos ojos negros se clavaban en los de ella. Las mejillas de Tsubomi tomaron el color de su cabello.
—No estoy mintiendo…—bufó ofendida.
—Entonces dime que es y tal vez no te castigue…
De pronto, la pequeña estudiante se paró de puntitas y acercó su rostro al de la Sempai.
—Esto…— los labios de Tsubomi alcanzaron los de Yaya.
Fin.
