HARRY TIENE QUE IRSE.

La Sala Común de Gryffindor estaba llena de bullicio. El largo día había terminado y con él se habían acabado los exámenes. Los alumnos estaban de celebración y, pese a que la noche parecía hacerse dueña del día, no por eso el ánimo exaltado de los jóvenes decaía.

- Creo que he suspendido adivinación. – dijo Harry, aunque preocupado, todavía con una sonrisa en su rostro.

- Pues en mi caso es más fácil. Yo estoy seguro de que suspendí. – confesó Ron animado.

Unos cuantos compañeros se rieron de los dos amigos. Pero a términos generales, todos estaban demasiado ocupados con las bromas de los gemelos Weasley. George se acercó a Harry y a Ron con una bandeja repleta de suculentos manjares, que ofreció con rostro afable.

- ¿De dónde habéis sacado todo esto? – preguntó Harry con curiosidad.

- Los elfos… ya sabes como son. Fred y yo contábamos con esta fiesta y nos encargamos de que no faltase de nada. – dijo con una amplia sonrisa en su rostro pecoso.

Harry rio removiéndose en el sofá. Ron, por el contrario, a pesar de sentirse sumamente alegre por el fin de las interminables tardes de estudio, echaba en falta la presencia de alguien en aquella fiesta. Aunque por otro lado, de estar ella presente, la fiesta se clausuraría. Sus pensamientos eran contradictorios, quería que la fiesta no acabara nunca, sentirse pleno rodeado de sus amigos, y sin embargo le faltaba ella, pero eran dos mundos distintos, ella y la diversión, la diversión y ella. Mundos aparte. Sin percatarse, Ron sonrió.

- ¿En qué piensas? – preguntó Harry divertido ante la sonrisa bobalicona de su amigo.

- Ese tipo de pensamientos no son apropiados para un prefecto como tú. – bromeó George.

- Qué importa – respondió Ron que seguía ensimismado en sus pensamientos.

George y Harry se rieron, devolviendo a Ron a la realidad. Estaba pensando en el reflejo del sol en su cabello, pensando en sus ojos siempre fijos en los libros, en sus muecas de superioridad exasperante. Pero ante todo, pensaba en ella.

- ¡Solo pensaba! – se defendió Ron más ruborizado que el color de su cabello.

- Y eso es una gran noticia, no sabía que supieras hacerlo. – dijo Fred mordaz, que se había acercado hasta ellos.

- Dejadlo en paz. – intervino Ginny poniendo paz de por medio.

Harry fijó sus ojos en ella, no la había oído entrar en la Sala Común. Traía la cara enrojecida por el frío, ya que afuera nevaba, anunciando la proximidad de la Navidad. Dos trenzas bailaban juguetonas a cada lado de su redonda cara y sus pecas achispaban sus rasgos. Harry se sorprendió observando el cuerpo de la pelirroja en su completo y haciendo un compendio de pros y contras. Desvió la mirada de Ginny cuando se percató de que estaba siendo un poco indiscreto, Ginny no parecía haberlo notado, pero un descuido como este y sería descubierto en su detallado examen de la chica.

Ginny, por su parte, sí notó los ojos verdes de Harry clavados en ella, explorando minuciosamente cada detalle de su bien formado cuerpo. No pudo por menos sorprenderse pero al mismo tiempo se sintió nerviosa. No era estúpida y era consciente de los cambios que en su cuerpo se habían obrado durante este último año, pero no por ello la reacción del mejor amigo de su hermano, por el que siempre se había sentido atraída, la había pillado prevenida.

Los ojos de Harry en su cuerpo eran fuego, y en realidad era fuego lo que ella sentía. Sentía como se ardía en deseos por dentro, en deseos de besarle, en deseos de hacer realidad sus sueños. Sueños ocultos, sueños infantiles, sueños ya demasiado soñados, pero no por ello gastados, sueños de entre sueños… su amor platónico haciéndose realidad.

La disputa por el súbito enrojecimiento sin razón aparente se apagó en seguida, pues el interés de los chicos y chicas se desviaba hacia otras cosas más interesantes. La música comenzaba a sonar en la Sala Común. No demasiado alta, pues tenían miedo de que los profesores la oyeran y detuvieran la fiesta, pero si se oía. Los sofás y la mesa habían sido apartados, y ahora, en el centro, bailaban divertidos los alumnos más atrevidos. Otros lo hacían en pareja. Mientras algunos se dedicaban a ocupar las esquinas charlando sobre temas banales, sobre el futuro…

Un ruido más alto que la música de la fiesta, más alto que el murmullo de las conversaciones, más fuera de lugar que toda la diversión que en la sala se encerraba, puso a alerta a los gryffindors. La puerta de la Sala Común crujió, abriéndose de pronto, sin dar tiempo, apenas, a organizar un poco el caos que reinaba en el lugar. Tan solo los gemelos reaccionaron a tiempo para silenciar la música y esconder la comida, todo ello antes de que la presencia autoritaria de la profesora McGonagall irrumpiera en la sala.

- ¿Qué es esto? – exigió saber con su voz potente.

Silencio. El anterior jolgorio fue sustituido por un mutismo de culpabilidad.

- ¿Dónde están los prefectos? – preguntó impasible ante la mudez de los chicos.

Ron emergió de entre las sombras, haciéndose cargo de la situación como buenamente podía.

- ¿Y la señorita Granger? – inquirió molesta.

- Ella no sabe nada de la fiesta. – argumentó Ron en defensa de su amiga. – Se encontraba mal y no vino a la Sala Común. – mintió, en realidad no tenía ni la menor idea de donde se encontraba Hermione, y eso que no pocas veces se lo había preguntado en la noche.

McGonagall frunció los labios en un mohín muy típico de ella, denotando su disgusto.

- Encuéntrela. – Ordenó, y luego se giró mirando a todos de mal talante y añadió.

- ¡Recojan todo este desorden y limpien la sala! ¡Quiero verlo todo tal y como estaba antes! ¡Y seguidamente váyanse a sus habitaciones!

Los leones se dispusieron a acatar las órdenes de la jefa de su casa a la mayor velocidad posible, con una sonrisa triste; sonrisa, puesto que no les había bajado puntos y triste, porque la diversión ya se había terminado.

- Potter, usted venga conmigo. – ordenó.

Harry la siguió entre encantado y desorientado. No tenía ni idea de porque tenía que irse con McGonagall, que él recordara no había hecho nada malo. Pero agradecía el hecho de librarse de limpiar la Sala Común con sus compañeros.

Harry observó la cara de su profesora mientras ambos recorrían los pasillos a pasos largos, intentando adivinar por su expresión a donde se dirigían, puesto que por la cara que ella traía, no sería de su agrado que le preguntara.

Su curiosidad se satisfizo cuando la profesora se detuvo delante de la gárgola que daba paso al despacho de Dumbledore. La profesora McGonagall musitó en bajo la contraseña para que Harry no la oyera y la gárgola se movió mostrando la entrada al despacho del director de Hogwarts.

Minerva McGonagall empujó al gryffindor al interior del despacho, se despidió de él y se marchó por el pasillo a grandes zancadas, tal y como había venido.

Dumbledore esperaba a Harry de pie, situado justo enfrente de la jaula de Fawkes, el preciado ave fénix.

- Harry, pasa sin miedo. – dijo Dumbledore con voz paternal.

Harry se acercó al anciano. Automáticamente acarició a Fawkes, recordando de lo mucho que le había servido el simpático pájaro, le debía la vida. Sus ojos esmeralda se toparon con la mirada celeste del director, y ante ese contacto, supo que lo que Dumbledore tenía que decirle, era importante.

- Te lo voy a decir sin más preámbulos: tienes que irte de Hogwarts. – dijo Dumbledore por fin. Había estado batallando con el modo de transmitirle la noticia a Harry y, pese a que tenía una idea formada en la mente, al encontrarse frente a la mirada del gryffindor, todas sus ideas se habían ido al traste.

- ¿Irme? ¿Irme a dónde? ¿Por qué? – las preguntas empezaron a dispararse de labios de Harry.

- Corres peligro y tienes que prepararte.

- ¿Prepararme? ¿Prepararme para qué? – preguntó Harry inútilmente.

Harry conocía las respuestas de antemano, y sin embargo formulaba igualmente las inservibles preguntas. No esperaba encontrarse con la realidad tan pronto. Hacía todavía muy poco tiempo que se había recuperado de la muerte de su padrino, y esperaba que la tregua fuera aún mayor, tanto se había convencido con esa idea que había llegado a pensar que había soñado con haber escuchado la profecía al completo, guiado por los recuerdos de Dumbledore.

Los ojos del amable director se empañaron de tristeza.

- La segunda parte de la profecía está a punto de cumplirse, Harry, y tienes que descubrir cuales son tus poderes ocultos, cual es tu fuerza oculta.

- ¡Yo no tengo ningún poder oculto! – protestó Harry al igual que la primera vez que había recibido la noticia. - ¡No lo tenía entonces y tampoco lo tengo ahora!

- Si lo tienes y tienes que descubrirlo ya. Por eso debemos irnos. Sé de alguien que te ayudará a sacar a la luz tu talento oculto, pero no está en Hogwarts, ni tampoco en Londres, por eso nos vamos. – dijo el anciano.

- Entonces, ¿usted se viene conmigo? – inquirió Harry esperanzado.

- Por supuesto.

- ¿Y quien se hará cargo de la escuela? – preguntó Harry sorprendido.

- Minerva McGonagall y Severus Snape, se harán cargo de ella en conjunto. – respondió Dumbledore.

- ¿Y a dónde vamos? – preguntó Harry, que, de una vez por todas, sentía que ya nada podía hacer para luchar contra su destino ya escrito.

- Dudo que el nombre te sirviera de mucho y, para ti, es mucho más fácil que lo desconozcas. – contestó el director.

- Está bien. – respondió abatido a su vez.

Ron corría por los pasillos a toda velocidad preguntándose una y otra vez donde estaría Hermione. Desde que habían tenido el examen de Historia de la Magia, a última hora lectiva de la tarde, no la había vuelto a ver.

Hacía tiempo que Hermione se encontraba muy extraña, no se la veía ni por la biblioteca, algo le estaba sucediendo. Y lo peor de todo. Ni confiaba en él ni en Harry para que la apoyasen, porque a pesar de la insistencia de ambos, Hermione se encerraba en sí misma, e incluso evitaba ahora encontrarse a solas con ellos por miedo a que la acosasen a preguntas que ella no pensaba responder.

Ron pensaba en sus múltiples reacciones ante la situación de Hermione. Primero se había enfadado, porque Hermione no confiaba en su criterio, y ella también se había enfadado con él, claro. Después había empezado a elucubrar sobre las posibles causas de su extraño comportamiento y, a base de nombrarle unas cuantas, había conseguido que Hermione se pusiera a llorar.

¿Por qué nunca Hermione lo veía como lo que en realidad era? Un amigo, alguien en quien confiar, y si cabe… algo más.

Ron suspiró intentando meterse en la piel de la chica, para poder encontrarla, deseaba de veras volver a verla, y eso que hacía pocas horas que había estado con ella, pero aún así la añoraba. Además, McGonagall la estaba buscando.

Acudió a los baños de las chicas de los diferentes pisos, incluidos a los de las prefectas y al de Mirtle la Llorona, pero no la halló allí. Luego visitó el lago, la cabaña de Hagrid… empezaba a anochecer y todavía sin rastro de Hermione, la preocupación de Ron por la chica empezaba a llegar a límites inimaginables.

Finalmente acudió a su hermana menor, Ginny, comprendiendo que si alguien en el mundo podía desentrañar los complejos mecanismos de la mente de la castaña, desde luego esa era Ginny. Para poder entrar a su cuarto, Ron tuvo que saltarse unas cuantas normas escolares, pero el hecho de ser prefecto y su noble causa, le favorecían, aún en el caso de tener que entrar en la habitación de unas chicas que estaban en sus camas y que eran de un grado menor que él.

Ginny se despertó sintiendo como unas manos zarandeaban su cuerpo con suavidad, intentando arrancarla de los brazos de morfeo.

"Ahora que soñaba con Harry – pensó con fastidio."

Abrió los ojos lentamente y vio la imagen desenfocada del rostro pecoso de su hermano Ron.

- ¿Qué quieres? – preguntó mientras se restregaba los ojos somnolienta.

- Shhhh – silenció Ron – Sal un momento, tengo que hablar contigo y yo no debería estar aquí.

Ginny asintió mientras salía de su cama con desgana, se calzaba sus zapatillas y se envolvía en una bata.

- ¿Qué me querías? – preguntó de nuevo cuando salió al pasillo donde su hermano la había estado esperando.

- ¿Sabes dónde está Hermione? – preguntó directamente Ron.

Ginny, que no se esperaba eso, se inquietó visiblemente.

- Entonces tú lo sabes, ¿no? – dijo más a modo de afirmación que de pregunta. - McGonagall la está buscando.

- Yo… - Ginny dudaba. – En realidad no lo sé con seguridad.

- No mientas, nunca se te ha dado bien, gracias a merlín no has aprendido de Hermione.

Ginny suspiró.

- Va a matarme por esto pero…