LA DESPEDIDA… ¿QUÉ TE SUCEDE, HERMIONE? (II parte)

Por fin logró alcanzarla y la agarró del brazo girándola y colocándose frente a ella.

- Lo siento, Hermione. Solo es que estoy molesto porque me hubiera gustado que me lo contaras, yo siempre te cuento todo, ¿sabes? No fuiste demasiado justa.

- Ya lo sé, Harry, pero tenía miedo de que te enfadaras y dejaras de hablarme… no sé. – contestó la muchacha apenada.

- ¿Tanto te importaba convertirte en animaga? ¿Por qué no esperar hasta que tuvieras la edad? Lo que estás haciendo es ilegal. – le recordó el moreno.

- Sí… pero eso no importa. – dijo resuelta. – Lo hecho, hecho está.

Hermione supo que nadie la comprendería. Todos sus amigos eran sangres limpia. ¿Cómo iban a entender lo que significaba levantarse cada mañana y soportar la mirada de aquellos que se creen superiores a ti tan solo por haber nacido hijos de magos?

Suspiró cansada. Pronto tendrían clase, se habían demorado demasiado con la conversación.

Se disponían a dirigirse a la aburrida clase del profesor Binns cuando algo sucedió cerca de ellos, algo que ninguno de los dos supo exactamente como sucedió.

- Mira Nadia, ahí están esos dos… - dijo Pansy señalando a Harry y a Hermione, quienes todavía seguían hablando.

- Ya sé Pansy – replicó su compañera con voz aburrida.

- Ahora vendrá el estúpido Weasley por la otra esquina y ¡bingo! Ja, ja, ja… - se rió malévolamente la Slytherin.

- ¿Estás segura que sabes hacer bien el hechizo? – preguntó ahora ya algo más interesada Nadia.

- Por supuesto. – respondió Pansy con suficiencia.

- Pues ten cuidado, sabes que este tipo de hechizos están prohibidos dentro del castillo. – le recordó Nadia.

- Lo sé. Pero nadie me verá. No sabes la alegría que me da ser la causante de destrozar una bonita amistad Gryffindor, y más viniendo de la sangre sucia.

- No sé porque la odias tanto. – opinó Nadia. - ¿Qué te hizo?

- ¿Bromeas? Existir y creerse superior. Cada uno debería saber cual es el lugar que le corresponde. Los sangre sucia deberían ser criados al igual que los elfos domésticos. – contestó Pansy.

- ¡Viene Weasley! – advirtió Nadia mientras las dos se pegaban más contra la estatua que las escondía.

- Casi sería mejor que nos fuésemos para clase, vamos a llegar tarde. – avisó Hermione.

- Tienes razón. – convino Harry.

El certero embrujo de Pansy le dio a Harry en plena espalda. El moreno sintió una sensación muy extraña, indescriptible, al mismo tiempo que un calorcillo agradable se extendía por todo su cuerpo. Enfrente suya estaba todavía Hermione, que lo miraba con preocupación debido a la cara que estaba poniendo. En ese momento le pareció que no existía nada más en el mundo que no fueran él y la chica.

- ¿Te pasa algo, Harry? – preguntó ella.

- No, solo que no me había dado cuenta hasta ahora. – dijo con una sonrisa en la cara.

- ¿Darte cuenta? ¿Darte cuenta de qué? – dijo inquisidora Hermione.

- De lo preciosa y guapa que eres. – respondió Harry al instante acercándose más a ella.

Hermione lo miró completamente desconcertada, mientras el chico se iba aproximando más y más a ella. Hubo un momento en que sus rostros estuvieron muy juntos, sus miradas chocándose. Harry tenía reflejado en sus ojos verdes la adoración absoluta y Hermione estaba demasiado perpleja como para reaccionar.

Los labios de Harry rozaron los suyos con suavidad, como la tierna brisa otoñal, a la vez que Hermione temblaba. La mano del chico se posó en su rostro en una caricia cargada de amor que hizo que Hermione despertase del sueño en que el repentino deseo de Harry la había sumido.

Hermione se alejó de él sintiéndose realmente confusa, pero con una clara y nítida imagen en su mente. Ron. Y su imaginación haciéndose realidad. Ron, a tan solo unos pasos de ellos, lo había visto todo. Tenía la mirada triste y unas pocas lágrimas intentaban escaparse a su tez pero el las retenía apretando los labios furioso. Sintiéndose de nuevo traicionado, traicionado por su mejor amigo.

- ¡Ron! Ron yo…

Las piernas del pelirrojo se accionaron como dos resortes, volviendo la vista hacia delante echó a correr en la dirección contraria en la que había encontrado a sus amigos, mejor dicho, a sus ex-amigos.

Hermione, separada a unos pasos de Harry en su desesperado intento por explicarle de nuevo a Ron los motivos, volvió la vista hacia el moreno.

¡Demonios! ¡Pero qué motivos! ¿Realmente existía algún motivo para que Harry la hubiera besado? Y lo peor, ¿para que ella lo dejara besarla?

- ¡Por qué lo hiciste! – protestó ella ahora mirando a Harry con angustia.

Harry, librado ya del efecto del maleficio de Pansy, miró a Hermione con una expresión de incertidumbre tan grande como la de la chica.

- No sé… de repente, me entraron unos deseos enormes de… besarte. – se excusó Harry más ruborizado de lo que nunca había estado en la vida.

- ¿Qué te entraron ganas de qué? – dijo Hermione a voz en grito. - ¡Pero en que estabas pensando!

- ¡Y tú qué! ¡Quien te mandaba dejarte! ¡Ron no me va hablar por el resto de su vida! Y lo peor es que tengo que irme.

- Quizás no sea mala idea que te vayas. – opinó Hermione. – A lo mejor aprendes y todo a pensar las cosas antes de hacerlas.

- Debería decir lo mismo. – contestó Harry mordaz, pero luego se arrepintió.

Hermione se sentía fatal consigo misma y con todo lo que la rodeaba.

- Voy a marcharme, y nada me sabe más mal que irme sabiendo que estoy perdiendo vuestra amistad. – dijo con sinceridad el moreno.

- No quería que te fueras, pero creo que tal vez ahora sea mejor así. – dijo Hermione.

- Si eso es lo que piensas me marcharé ya mismo. – contestó Harry. – Me iba a quedar hasta la tarde porque le supliqué a Dumbledore que me dejara despedirme de vosotros. Ahora…

- Siento que antes de marcharte haya tenido que pasar esto. – musitó Hermione.

- Yo también. ¡Adiós Hermione! – se despidió Harry.

- ¡Adiós! – contestó Hermione apenada.

Luego, ambos amigos, tomaron rumbos completamente distintos. Hermione se dirigía a clases, con la cabeza en otra parte, ni siquiera tomaría apuntes, y Harry se dirigía con pasos decididos al despacho del director.

- ¿Viste? – dijo Pansy después de ahogar las risas en la manga de su túnica verde botella, tenía los ojos humedecidos de tanto reír. – Ya no son amigos.

- ¡Qué lista! – dijo con ironía Nadia.

- No me tomes el pelo. Draco estará muy contento. – proclamó Pansy.

- ¿Fue Draco el que te lo pidió? – inquirió Nadia.

- ¡Qué va! ¡Él no sabe nada! Está muy ocupado pasándole información al Señor Tenebroso. – contestó Pansy. - ¡Ya verás que contento se pone!

- ¡Vaya! ¡Puede que hasta te pida de salir! – agregó emocionada su amiga.

- Sí, pero esta vez le responderé que no.

- ¿Lo vas a rechazar? ¿Tú estás loca? – dijo Nadia atónita.

- No… sé lo que me hago.

El despacho de Dumbledore había aumentado considerablemente su número de cachivaches inservibles. Harry observaba todo con detenimiento esperando ver salir de un momento a otro la larga y plateada barba de su profesor preferido. No se hizo esperar demasiado.

- Harry, no te esperaba tan pronto. – dijo el director.

- Ya lo sé, pero he cambiado de idea, quizás tenga razón y sería mejor que nos marcháramos lo antes posible. – dijo Harry intentando que el profesor no se percatara de los propósitos ocultos que lo llevaban a ese despacho.

- ¿Por qué ese cambio? – inquirió Dumbledore con astucia, clavando sus ojos cristalinos en el muchacho.

- No sé… solo me di cuenta de que sería muy injusto por mi parte poner a todo el mundo en peligro por un mero capricho mío. – respondió Harry intentando llenar de convicción sus palabras.

- Eso es muy maduro por tu parte, Harry. Pero me temo que no es la única causa de que quieras apresurar tu partida. ¿Pasó algo que quieras contarme? – preguntó mirando al chico directamente a los ojos, lo conocía perfectamente, y sabía decir cuando le estaba mintiendo. Ahora mismo no estaba siendo del todo sincero con él.

- No me apetece hablar, se lo contaré en el viaje, será largo, ¿no? – dijo Harry intentando desviar la conversación.

- Como quieras, Harry, cuando estés preparado quiero que sepas que puedes contarme todo aquello que desees. – le contestó el director.

- Gracias. – respondió Harry.

- Ahora debemos irnos. – dijo entonces el anciano.

Harry asintió en silencio y junto con Dumbledore abandonó el despacho. Harry caminaba por los pasillos con la cabeza gacha, sumergido por completo en sus pensamientos.

¿Por qué había besado a Hermione? No lo entendía. Él nunca había sentido nada por ella. ¿Por qué de repente esa debilidad? Pensaba en que muy a su pesar el beso le había gustado, pero no creía estar enamorado de ella.

Los alumnos que se encontraban fuera de clases miraban para ellos dos con cara de curiosidad. No entendían que podía estar haciendo Harry con Dumbledore, dirigiéndose a claras luces a la salida.

Por el camino se topó con los gemelos Weasley y, disculpándose, le pidió permiso a Dumbledore para hablar un segundo con ellos.

- Voy a irme. – les dijo sin más preámbulos Harry mientras se alejaba un poco del director para asegurarse de que la conversación era privada.

- ¿Irte? ¿A dónde? – preguntaron sin entender.

- No lo sé, pero Dumbledore sí lo sabe. – dijo Harry hablando apresuradamente.

- ¡Pudiste avisar! ¡Podríamos haber montado una fiesta de despedida! – dijeron desilusionados.

- Creo que con la fiesta de ayer ya hubo suficiente, además, no me gustan las despedidas a lo grande. – replicó el moreno.

- Ni a lo grande ni a lo pequeño, sino te llegamos a encontrar ya te habrías marchado. – juzgó Fred.

- Si, bueno… necesito que me hagáis un favor.

- Somos todo oídos. – dijeron los gemelos al unísono.

- Decidle a Ron que lo siento mucho, que no se que me pasó, que no era yo, que cuando vuelva se lo explicaré todo y que me gustaría que me perdonase. Y a Hermione decidle que también lo siento, pero que investigue, porque estoy seguro que algo pasó en ese pasillo de lo que no nos dimos cuenta. – dijo Harry aliviado por poder marcharse dejando al menos algún mensaje.

- ¿Eh? ¿Pero qué has hecho para que tengas que pedir tanto perdón? – preguntó George completamente perdido.

- Eso no importa ahora, solo limitaos a decirle eso a Ron y a Hermione, ¿lo haréis? – dijo en tono de súplica.

- Está bien, pero ya contarás, amigo. Sabes que somos muy curiosos. – contestó Fred.

Harry sonrió mientras le daba a Fred y George un abrazo de despedida. No sabía cuando volvería, y en Hogwarts, los gemelos eran los únicos amigos de verdad que le quedaban.

- ¿Algo más? – preguntó George socarrón.

- Pues ahora que lo dices sí… - respondió Harry acordándose al momento. – Alguien tendrá que sustituirme como capitán, podríais ser uno de los dos. Y hacedme un favor también, poned a Ginny en mi posición, es muy buena buscadora, ya buscaréis otra cazadora o cazador.

- ¡A sus órdenes capitán! – bromeó George.

- Hasta la vista. – se despidió finalmente Harry.

Aunque se sentía mucho más aliviado, todavía tenía una sensación de pesadumbre en el estómago por lo ocurrido. Cuando se disponía a volver junto a Dumbledore para marcharse de una vez por todas, una cabellera pelirroja bajó revoloteando por las escaleras hasta situarse a la altura de los gemelos.

Harry se quedó mirando unos instantes y alcanzó a ver como Fred señalaba para él. Parecía que Ginny estaba preguntado por él. Ginny dirigió la vista hacia donde su hermano le indicaba y su mirada se topó con la de Harry, que todavía tenía los ojos clavados en ella.

Los ojos de la pelirroja chispeaban de furia. Harry se extrañó al encontrarse con esa mirada tan dura por parte de la chica. Nunca la había visto tan furiosa. Con una velocidad tan solo igualable a la de un rayo, se dirigió hacia donde se encontraba él.

- Quería felicitarte por lo que has hecho. Ron está destrozado. Enhorabuena, Harry. – dijo rápidamente Ginny mirándolo dolida.

- Ginny, voy a irme… - dijo Harry sin saber que más decir, sabía que sus suposiciones nadie las creería, y sin embargo, él estaba seguro de que algo le había pasado para que besara a Hermione de aquella forma, cuando él no estaba enamorado de ella.

- ¿Vas a irte? – preguntó la pelirroja sin entender.

- Me voy de Hogwarts. – aclaró Harry. – No sé cuando voy a volver. Perdóname. – suplicó.

No sabía explicar por qué le dolía tanto que la pequeña de los Weasley se enfureciera con él. Adoraba su dulce mirada y ahora, en esos ojos acusadores, encontraba un doloroso aliciente que le incitaba a quedarse. No quería marcharse de Hogwarts así. No quería que todos sus amigos lo odiaran. ¿Qué estaba sucediendo ese día para que unos mejores amigos como ellos comenzaran a despreciarse?

Deseó no haberse levantado de la cama ese día. Deseó no haber besado nunca a Hermione. Pero el tiempo nunca vuelve hacia atrás, y no se pueden cambiar los hechos ni corregir los errores pasados. Harry empezaba a aprender una sabia lección, hay que saber enmendar los fallos propios y en caso de no poder resarcirlos, aprender a vivir con ellos.

Pero le estaba costando un mundo. Porque sus amigos eran lo único que le quedaba tras la muerte de su padrino…

- Yo no tengo nada que perdonarte. – respondió Ginny secamente. – Ese es Ron.

Harry miró hacia el cielo desesperado, pidiendo ayuda. Pero estaba solo. La mirada incesante de la chica dolía, dolía…

- Y tú también. Porque yo no quiero a Hermione yo… - las palabras se atragantaron en la garganta de Harry.

- ¿Por qué la besaste entonces? – preguntó Ginny airada.

Silencio. Harry no sabía que responder. Ginny esperaba en pie una contestación que no llegaba. Los ojos de la pelirroja, antes llenos de cólera inusitada, ahora comenzaban a inundarse de lágrimas. Dolor. Dolor compartido.

Ginny se giró y comenzó a irse. Harry, paralizado, la veía marcharse. Se arrepintió de pronto. Podía ser que estuviera dando un espectáculo, pero el no veía nada más que la chica sollozante yéndose de su vida para siempre, y lo demás no le importaba.

Corrió tras Ginny colocándose delante de ella.

- No sé por qué lo hice, pero yo no estoy enamorado de ella. – repitió Harry.

- Esa respuesta ya me la dijiste y no me vale. – contestó ella limpiándose las lágrimas de un manotazo, con el dorso de la mano.

No quería que la viera llorar. No quería llorar. Se había propuesto no derramar una sola lágrima delante de él, y había fallado a su propia promesa. ¡Por qué no podía ser fuerte! ¡Ojalá supiera esconder sus sentimientos! No podía sentirse peor.

- Ginny… yo… no quiero que te enfades conmigo. No soportaría que tú también me odiases.

- No te odio. Simplemente es que ya no siento nada por ti. – contestó sintiendo sus propias palabras como dagas en su cuerpo.

Ya no creía nada de lo que ella misma estaba diciendo.

- ¿Entonces por qué lloras? – preguntó Harry bajando el tono de voz casi sin percatarse.

- ¿Y por qué a ti te preocupa tanto lo que me pase o deje de pasar? – respondió ella con otra pregunta.

- Vale… - dijo Harry dubitativo. – Entonces la pregunta es: ¿por qué nos preocupamos tanto el uno por el otro? – formuló dificultosamente, esperando una contestación por parte de la muchacha.

- Yo sé el por qué. ¿Lo sabes tú? – dijo Ginny.

Luego se dio la vuelta y se alejó de él. Harry la miraba luchando con las numerosas respuestas que acudían a su mente.

- ¡Por la misma razón que tú! – gritó a espaldas de la chica haciendo que ésta se girara a verlo.

Sonreía. No podía asegurarlo pero juraría que le había sonreído. Un rayo de sol hizo relumbrar la larga e hipnótica cabellera de Ginny, la sonrisa se esfumó de su rostro.

Harry se giró también siguiendo su propio camino. No quería irse pero tenía que hacerlo. No sabía que era lo que Ginny estaría pensando de él en estos momentos, pero lo hubiera dado todo por saberlo.

Yo voy por un camino, ella por otro;

No olvidaría jamás ese momento. No habían dicho nada revelador, y sin embargo, entre ambos sobraban las palabras. La frase de Harry, la sonrisa de Ginny, dos sucesos que se complementan. Pensamientos que se cruzan.

pero al pensar en nuestro mutuo amor,

Amor. Sintiéndolo toda una vida, engañando al corazón, intentando no sufrir. Así lo había sentido Ginny.

yo digo aún: "¿Por qué callé aquel día?"

Debería habérselo dicho. ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué callaba? ¿Es más fuerte la vergüenza que el amor? ¿Es mayor el orgullo? ¿O quizás es miedo?

Y ella dirá: "¿por qué no lloré yo?

Sabía por qué no lloraba. Demasiadas lágrimas derramadas. Demasiado dolor para nada. No pensaba ser débil. Nunca más sería débil.

Harry atravesó el umbral del enorme portón del castillo en compañía del anciano profesor. Podía ser la última vez que volviera a cruzarlo.