Capítulo 7: Paseo Nocturno

Así pasó un mes. De un minuto a otro Fred se hizo parte fija del grupo, y aunque él y Sally aún saltaban a la menor provocación, se llevaba muy bien con el resto. Sally no estaba lo que se dice contenta por la nueva adición al grupo, pero lo soportaba lo mejor que podía. Por lo demás, el colegio le gustaba, los profesores eran de primera calidad, los salones también y siempre había algo que hacer. Sally odiaba no tener nada que hacer, pero en el colegio siempre había debates, paseos, concursos y competencias, por lo que nunca estaba ociosa. Ya en la tercera semana la habían invitado a participar en un debate sobre el rol de la mujer, y su equipo, el a favor, había ganado, dejando a todo el colegio sorprendido con la "nueva", que parecía prometer mucho. Además esa victoria había tenido algo especial para ella, Garland era el capitán del equipo contrario y ganarle había sido no sólo cosa de superación personal, sino también, y más importante aún, por su orgullo. Los profesores trataban de organizar muchas actividades de ese tipo, para que sus alumnos aplicaran lo que aprendían en sus clases y éstas no se hicieran tan monótonas. El señor Goldberg, en particular, hacía clases muy dinámicas y dirigía el taller de periodismo, el que nunca antes había estado tan concurrido, y a Sally le caía muy bien, sus ideas de igualdad y paz se parecían mucho a las suyas y estaba de acuerdo con él en muchas cosas. De hecho, había sido él el que había organizado el debate y el que les había pedido a Sally y a Fred que capitanearan los equipos, a pesar de la rivalidad que tenían ellos dos, y que ya era tema en todo el colegio.

Un jueves en la noche, Sally se había quedado (sin permiso) después de comida a terminar un reportaje que tenía que entregar al día siguiente, en la sala de redacción del periódico, cuando un ruido llamó su atención, por un segundo pensó que era el señor Goldberg, que había visto la luz de la sala de redacción prendida y se preparó para excusarse, pero la persona que cruzó la puerta fue nada más, ni nada menos que Fred Garland, la última persona que le hubiera apetecido ver en ese momento, o en cualquier otro, si tenía que ser sincera.

-¿Qué haces aquí Garland?- preguntó, disgustada de verse interrumpida por ese idiota, sin esperar la respuesta del muchacho, volvió la mirada al computador en el cual trabajaba.

-Venía a dejarle unas fotos al señor Goldberg, pero veo que no está.- contestó este, dejando un paquete color café sobre la mesa, y sentándose en una silla al otro lado de la mesa en la que trabajaba Sally, levantó los pies, apoyándolos en la mesa. Sally lo miró con el entrecejo fruncido, apartando de nuevo la vista de su reportaje.

-Ya lo hiciste, ¿Por qué no te vas ahora y me dejas en paz?- le peguntó secamente, desviando la vista del computador por unos segundos, para clavarla sobre el muchacho. La mirada fulminante de Sally no pareció tener efecto sobre Fred.

-No se me da la gana. Hay mejor vista desde acá.- dijo, mirándola fijamente. –Aunque claro, en la sala común hay mejor compañía.- añadió, sólo por las ganas de molestarla y ver como sus mejillas se ponían rojas. -¿El señor Goldberg sabe que su alumna estrella está haciendo esto?- volvió a preguntar, con la voz teñida de sarcasmo, sólo para molestar a la chica.

Sally no le contestó, se limitó a fruncir el ceño, apretar los labios y continuar con su trabajo, bajo la atenta mirada de Fred. Pese a que se sentía incomoda por tener al chico mirándola fijamente y estar haciendo algo que sabía que no debía hacer. Fred, además de mirarla, jugaba con una pelotita de goma, a la que daba botes en el suelo, haciendo un ruido que distraía continuamente a Sally, la cual intentaba reprimir sus impulsos de gritarle todos los insultos que se sabía en ese momento, pero, pese a las distracciones del chico, no se demoró mucho en terminar, guardó el archivo, apagó el computador y salió en dirección a su dormitorio, seguida de Fred, que había salido tras ella. Eran las once de la noche, hacía rato que debía estar en su pieza, pensó. Intentó caminar lo más apresuradamente que pudo, pero la desgracia la perseguía (además de Fred), y ésta se personificó en la figura de la señorita Bones, con quien se encontraron al doblar una esquina.

-¡Garland! ¡Lockhart! ¿Qué hacen aquí, merodeando tan tarde?- les preguntó, con los ojos echando chispas de furia. "Mierda" pensó Sally y estaba casi segura de que Fred no estaba pensando en algo muy diferente.

-Eh… señorita… yo…- balbuceó Sally, se había puesto blanca, Fred la miró, un poco nervioso, en parte por que sabía que había roto las normas y en parte por que nunca había visto a Sally Lockhart tan nerviosa. En un segundo pasó por su mente la ridícula idea de que se veía extrañamente bonita así, nerviosa y asustada, pero se la sacudió en un momento. ¿Sally Lockhart, bonita?

-No quiero explicaciones aquí.- la cortó la profesora.- Síganme.- Los llevó a su oficina y los hizo sentarse.-Ahora, explíquenme por qué estaban dando vueltas por los pasillos a esta hora.

Sally y Fred se miraron, no servía de nada mentirle a la profesora de literatura, y tampoco iban a sacar nada bueno de eso.

-Yo estaba terminando un reportaje para el periódico.- dijo Sally, sabiendo que no tenía sentido esconder la verdad.- y se me fue el tiempo. No me di cuenta de la hora…

-Yo estaba entregando las fotos del campeonato de volleyball…- dijo Fred, diciendo la verdad a su vez. –Tuve problemas con la cámara y tuve que imprimirlas para poderlas escanear después.

-¿El señor Goldberg sabía de esto?- la profesora estaba tan furiosa como desilusionada, mientras se paseaba entre las sillas donde estaban sentados los dos jóvenes.

-No.- dijeron ambos alumnos al unísono. La profesora se quedó mirándolos exasperada, ese par de alumnos, que siempre estaban peleando en su clase, y otras clases, y que nunca parecían estar dispuestos a llevarse bien entre ellos. Si odiaba algo más que a los mentirosos, era que dos alumnos se empeñaran en pelear todo el día, sin razones de peso. Esos dos tenían que aprender a colaborar y trabajar juntos.

-Estoy desilusionada de ustedes dos, esperaba algo más de sentido común de su parte, señorita Lockhart, y estaba segura de que usted, señor Garland tendría ya claro lo que pasa al romper las normas, después de tres años en el colegio. Tendré que castigarlos, pero debe ser un castigo ejemplar, que les enseñe a colaborar y a trabajar en equipo, así por lo menos dejarán de pelear… y será por todo el resto del año…mmm ¿Qué puede ser?…- meditó por unos instantes, mirando fijamente a las caras de sus alumnos. -¡Ya lo sé! Tomarán clases de baile de salón. Así tendrán que aprender a trabajar juntos sin masacrarse.

-¡¿Qué?!- exclamaron los dos al mismo tiempo.

-Profesora, es a la misma hora que el taller de periodismo… no podemos retirarnos del taller apenas empezado el año…- dijo Sally, sin poder creer lo que oía.

-Señorita Lockhart, ¿Cuándo dije que iba a ser en horas de clases?- dijo la profesora, irónica. –Será extraprogramática, la tomarán todas las semanas en horas de la tarde que tengan libres. Este jueves a las siete será su primera sesión. No falten o me encargaré de que lo pasen mal en serio. Ahora, váyanse a sus dormitorios, y pobres de ustedes si llego a saber que interrumpieron otra clase con sus peleas, muchos profesores se han quejado de eso.

Sally estaba furiosa, si ese idiota de Fred no hubiera aparecido en la sala de redacción y la hubiera desconcentrado, hubiera terminado antes y no estaría en este enredo. Fred a su lado, sonreía burlonamente, adivinando el estado de ánimo de la chica, de nuevo se cruzó por su mente el pensamiento de que la chica no era del todo fea y se sonrió. Al ver la sonrisa bobalicona del joven, Sally sintió impulsos casi irresistibles de gritarle, de insultarlo, de pegarle, cualquier cosa que le borrara a ese idiota la sonrisa de la cara. Maldito imbécil arrogante, pensó. Iba tan ocupada insultando mentalmente a Fred que no vio algo que había en el suelo y tropezó, Fred se las arregló para detener su caída, tomándola de la mano. Sin poder resistirse la ayudó a levantarse, dejándola de espalda a la pared, parecía tan aturdida, y tan enojada, se acercó un poco más a ella, pero su mente lo devolvió a la realidad. Si intentaba besarla lo más probable era que no lo contara después o terminara en la enfermería. Esa chica era de armas tomar. Sally, por su parte pensaba "¿Qué está haciendo este idiota? ¿Me va a besar?", en su fuero interno no le habría molestado, el pensamiento afloró a su mente, pero su razón fue más fuerte y lo desechó sin dudar, no obstante, si el chico intentaba algo, ella no iba a impedírselo. Fred se apartó de ella.

-Eh… lo siento Lockhart… ¿Estás bien?

-Si, claro… pero ¿por qué te disculpas? Yo me tropecé, tú no tuviste nada que ver.

Fred se dio cuenta de lo que había dicho y recompuso su expresión en una sonrisa burlona.

-Te distraje con mi maravillosa presencia. ¿Crees que no me había dado cuenta?- Sally lo miró con desprecio y tras pegarle un empujón con todas sus fuerzas, se separó del joven, mascullando para sus adentros lo idiota y arrogante que era ese chico. Volvió a dirigir sus pasos hacia el ala de tercer año, refunfuñando y maldiciendo su mala suerte. Fred se quedó parado, mirando como se iba y cuando la chica estuvo a una distancia prudente reanudó su camino tras ella.

En la mañana se descargó con Adelaida, contándole toda la historia, excepto la parte del tropezón en el pasillo, recuerdo que, por su propia salud mental, debía ser olvidado y borrado de su mente, y arrepintiéndose de todo lo que debería haberle dicho a Fred y no le había dicho, estuvo quejándose por un buen rato hasta que Adelaida la cortó, muerta de la risa.

-Al menos es guapo.- contestó con una sonrisa burlona, mientras enterraba la cara en uno de los cojines para contener las risas que empezaban a salir de ella.

Sally suspiró, era completamente inútil tratar de explicarle algo a Adelaida, que normalmente salía con comentarios tan acertados como ese. "¿Quién me manda a hablar de esto con ella ?, pensó, pegándole un puñetazo a su almohada, mientras hacía su cama.

El jueves siguiente Sally y Fred de dirigieron a la sala de baile puntualmente, cómo les había indicado la profesora, sin hablarse, naturalmente. No se hablaban a menos de que pudieran evitarlo. Más de una vez Fred había intentado decirle algo, lo que había pasado en el pasillo seguía grabado a fuego en su mente, pero la mirada asesina que le dirigía Sally le quitaba de un puñetazo las ganas de hablarle, y en vez de eso, se burlaba de ella. La profesora de baile los esperaba ahí, vestida con unas mallas y una falda de tul. La mujer les dirigió una mirada crítica a ambos jóvenes, que habían optado por ponerse ropa de deporte, que a ambos y especialmente a Sally, les quedaba gigante. Evidentemente la profesora pensaba que deberían haber traído mallas, pensó Fred, pensando en decirle la idea que se le acababa de ocurrir a Sally, pero recapacitó al darse cuenta de que probablemente la muchacha no pensaría que era divertido y lo miraría con esa cara seria, que sólo hacía que le dieran más ganas de molestarla y burlarse de ella, hasta que se riera de una vez por todas.

-¿Ustedes son los castigados? Bien, pónganse al centro.- Sally y Fred obedecieron de mala gana, arrastrando los pies. La profesora se acercó a ellos y vendó los ojos de Sally con un pañuelo.- Las vendas son para que aprendan a confiar en ustedes. Tú, señorita, debes poder confiar ciegamente en tu compañero, y tú, caballero, debes poder guiarla con firmeza, delicadeza y fuerza. El baile es un viaje, y usted debe guiar a su pareja, por este maravilloso viaje.

Sally no reprimió un gesto de disgusto, que idea más ridícula.

-Si él guía, ¿Va a creer que puede mandar?

-No señorita.- contestó la profesora calmadamente. Al parecer la mujer no se alteraba con nada. –Como ya les dije el baile es un viaje, y si bien, de él depende proponer el paso, tu puedes decidir si aceptarlo o no. Ahora, señor, tómale la cintura a tu compañera, delicadamente, como si fuera una pieza del más delicado cristal, ahora coge su mano. Así, suavemente. Señorita, usted apoye su mano en el hombro de su pareja, tan ligera como un ave. Cuando empiece la música quiero que la sigan. Así, un, dos, tres, un, dos, tres. No es difícil.- se dio vuelta, Fred apretó a Sally contra él. Sonrió burlonamente ante el gesto de rabia de la muchacha, en parte porque ella no lo podía ver sonreír.

-¿Ves Lockhart?, el hombre guía.- le dijo él, aferrando la cintura de la joven.

-No te creas tanto, Garland, vas a dejar de caber en tu piel y vas a estallar.- le contestó la chica, estirando para acentuar la separación entre sus cuerpos.

La música comenzó a sonar, era un vals suave. Del tipo que todo el mundo sabe bailar. Fred guiaba a Sally, mientras caminaban y giraban alrededor de la sala, y no habría sido un completo desastre si ella no intentara guiarlo a su vez. Su personalidad dominante no le permitía aceptar esas cosas fácilmente y se rebelaba frente a la autoridad de Fred, además, la venda le incomodaba, especialmente por que Fred podía verla, pero ella no a él. Se separó de él todo lo que sus brazos le permitieron. Fred se sonrió. Él volvió a atraerla hacia sí, y ella volvió a separarse sin delicadezas de ningún tipo. En eso estaban, él intentado atraerla hacia si y ella alejándose todo lo que podía, cuando Sally tropezó hacia delante. Fred, como podía ver, logró agarrarla antes de que golpeara el suelo, estirando una mano caballerosamente. La venda se cayó de los ojos de Sally y por un segundo se miraron a los ojos. Fred le dirigió una sonrisa, pero no era su habitual y típica sonrisa de superioridad, sino algo… distinto. Sally apartó la cara primero y se separó bruscamente del joven.

-Lo siento.- murmuró. –Gracias, de todas formas.

-Ay, vamos. Reconócelo, mi persona te hizo caer de nuevo.- respondió él, burlón, mientras volvía a asirla de la cintura. –No puedes mantenerte sobre tus dos pies cuando yo estoy cerca.

-Suéltame Garland.- masculló Sally, irritada, intentando alejarse del muchacho, que a pesar de sus pataleos la afirmaba firmemente. ¿Por qué tenía que ser tan fuerte?

-¿Por qué? Tenemos que bailar.- dijo él, con una sonrisa, diametralmente distinta a la de momentos antes, y volvió a bailar con ella en brazos. Sally decidió que lo más prudente era no mirarlo a los ojos, y bajó la mirada al suelo, intentando concentrarse en las rayas de la madera que pasaban bajo sus pies, mientras seguían dando vueltas por sobre el pulido piso de madera de la sala de baile. Daban vueltas y giraban con fuerza, uno intentando dominar al otro, que el otro se rindiera y dejara que lo guiara. La música se acabó, y ambos se detuvieron en plena pista de baile, sin soltarse, pero sin decir nada, tampoco se miraban a los ojos, la chica desviaba la mirada hacia el suelo, y el joven tenía la mirada clavada en la nuca de la muchacha. La profesora volvió a acercarse a ellos.

-He visto perores parejas, pero me parece que por hoy ya estamos listos. Los espero el próximo jueves a las siete. No pueden faltar, es su castigo hasta fin de año. La próxima semana trabajaremos en el tango. Ahora pueden retirarse.- dijo y se fue, sin fijarse en si los alumnos seguían o no sus instrucciones.

Sally intentó separarse del chico, pero Fred la tenía firmemente asida por la cintura y no parecía tener intenciones de soltarla. Sally lo miró furiosa. ¿Qué se creía ese idiota para agarrarla tan posesivamente? ¿Por qué no podía deshacerse de esa sonrisa de idiota que siempre tenía en la cara? ¿Cuál era el problema de Frederick Garland?

-¡Suéltame Garland!- gritó, despejando su mente de todas las dudas que la asaltaban, y pegándole en el pecho para que la soltara. Sus puñetazos no parecían afectar en lo más mínimo al muchacho, que no dejaba de mirarla con esa sonrisa estúpida en los labios.

-Con una condición Lockhart. Algo simple y pequeño: un beso.- sonrió el chico, apretando aún más la cintura de Sally.

Sally se mordió la lengua para no contestarle con algún insulto (que por lo demás era probable que el muy idiota se mereciera), pero lo pensó mejor y una sonrisa malvada le iluminó la cara.

-Está bien Garland.- dijo, acercando su cara a la del muchacho, como si fuera a besarlo, pero en vez de un beso, le pegó una cachetada de película. El sonido seco del golpe rebotó en toda la sala, y la mejilla del chico se puso roja. Fred, con la impresión, la soltó. No se esperaba eso.- ¡Óyeme bien Garland! Nunca, nunca ¡jamás en la vida te daría un beso! ¡Eres el cretino más grande y arrogante que he tenido la desagracia de conocer!- agregó, mientras salía, dando grandes zancadas, furiosa. Fred no la siguió, ni le devolvió los insultos, sólo se quedó ahí parado, mirando como se iba. "Maldito imbécil creído", murmuró para si la muchacha, mientras se dirigía a su pieza, y decidió saltarse la comida, no tenía hambre.