Capítulo 12: El hombre-máquina
El resto del mes pasó rápidamente. Fred seguía saliendo con Francis, y se pasaban todo el tiempo que podían, besándose descaradamente en la sala común. Bueno, ella lo besaba, pero él intentaba quitársela de encima, especialmente si Sally estaba cerca. Sally, por su parte, había salido un par de veces más con Robert.
No sabía que pensar acerca de él. Le gustaba, era simpático, divertido y todo un caballero, y además de que le gustaban las mismas cosas que a ella. Una vez, incluso, había llevado su saxofón y le había dedicado una canción. Pero había algo en él que no terminaba de convencerla, muchas veces lo notaba distraído mientras hablaba con él, ni la miraba a los ojos cuando hablaban, ni parecía escucharla. Era como si ella no le interesara de verdad, pero a pesar de eso seguía invitándola a tomar cafés o a ver películas en el pueblo. Un día, mientras Sally buscaba un libro en la biblioteca, Robert se acercó a ella.
-Sally, te estaba buscando. Te quería preguntar algo. Algo importante.- dijo, apoyándose en una estantería.
-¿Sí?- Preguntó la joven, buscando la mirada del muchacho, que, como era usual en él, la rehuía.
-¿Querrías ir al baile conmigo?- dijo, rápidamente y mirando al suelo.
Sally sólo se lo pensó un segundo, balanceando el libro que tenía entre las manos, mirando al muchacho, que parecía estar examinando la alfombra atentamente.
-Sí, claro que sí.- Contestó con una sonrisa. Robert levantó la cabeza y le dirigió una sonrisa radiante.
-Perfecto, yo te paso a buscar…- dijo él, sonriendo aún, pero sin mirarla a los ojos. –A tu sala común. ¿Te parece a las ocho?
-Ok.- Sonrió Sally. –Siento no poder quedarme a hablar, tengo que ir a hacer un trabajo con Adelaida.- se puso de puntillas y lo besó en la mejilla, como despedida. Robert se quedó mirando como se iba, caminando con su paso alegre, suspiró y se pasó una mano por la frente. Sally pasó a pedir el libro que llevaba y se despidió de nuevo con una sonrisa y un gesto de la mano.
Se encontró con Adelaida en la sala común, su amiga estaba sentada en el sillón, viendo televisión, junto con varios chicos más. Cuando vio entrar a Sally, se paró de un salto y la abrazó efusivamente. Sally se quedó helada al sentir los brazos de su amiga rodeándola.
-¡Sally! Robert te estaba buscando. ¿Ya lo viste? ¿Verdad?- dijo la muchacha, soltándola y empezando a saltar alrededor de Sally, que la miraba dubitativa.
-Si…- contestó Sally, dudando y extrañada por la actitud de su amiga, que parecía estar demasiado feliz por algo en particular. Algo que Sally no sabía que era.
-¿Y te preguntó si querías ir al baile con él?
-Si…- contestó Sally, con el mismo tono de antes.
-¡Tenemos que ir mañana a comprarnos los vestidos! Por que me imagino que no tienes ninguno.
-¿Y con quién vas tú?- Preguntó Sally, sarcástica. De pronto todo encajaba en su mente, las risitas y la alegría.
-…con Jim…- Dijo Adelaida, poniéndose roja súbitamente. –Me lo pidió hace un rato…
-Ya, hemos perdido mucho tiempo.- dijo Sally, cambiando el tema antes de que su amiga tuviera tiempo de recuperarse de sus mejillas rojas y seguir atacándola sin piedad. –Mejor, vamos a trabajar. Ya hemos perdido mucho tiempo con conversaciones idiotas y esto es para el lunes.- dijo, e ignorando las quejas de su amiga, se sentó en una de las mesas y abrió su libro. Adelaida la imitó y un rato más tarde ambas estaban absortas en su trabajo.
Al otro día, en la ciudad, Adelaida arrastró a Sally por muchas tiendas de ropa, en busca del dichoso vestido para el baile. A ella no le había costado nada encontrar el suyo, en la primera tienda a la que entraron, era rojo, de tirantes y una falda muy amplia, era elegante y sencillo y a Adelaida le quedaba perfectamente. Sally, en cambio, era otra cosa, todos los vestidos le parecían demasiado cortos, muy escotados o muy delgados.
Si había una cosa en el planeta que odiaba, era ir de compras, y comprar en compañía de Adelaida era peor de lo que jamás habría imaginado. Cuando ella salía a comprar, lo hacía sola, y sólo compraba lo que fuera estrictamente necesario. Nunca en su vida había tenido que comprar un vestido de fiesta. En la última tienda a la que fueron Sally se sentó en un sillón, mientras Adelaida revisaba los percheros llenos de vestidos, analizando cada uno con una paciencia y un cuidado que no dejaban de asombrar a Sally.
-¡Sally! ¡Encontré el vestido perfecto para ti!- gritó, de repente, levantando un genero de color verde esmeralda. -Por favor, pruébatelo.- rogó.
Sally se levantó del sillón con aspecto resignado, cogió el vestido que le tendía su amiga y se metió al probador. A los pocos minutos salió con el vestido puesto. Tenía un solo hombro el cual tenía un adorno muy sencillo, del cual caía un trozo de género más liviano hacia atrás, una cinta verde más oscuro le ceñía el pecho, y la parte de la falda era asimétrica hasta las rodillas.
Adelaida la hizo caminar y dar un par de vueltas, mientras la miraba críticamente. Sally se sentía completamente ridícula, paseándose por la tienda como una modelo torpe, ante la vista de las otras compradoras, unas chicas de su colegio, que la miraban divertidas por el espectáculo que estaba dando la chica.
-Sally, te queda perfecto, y no es caro.- Dijo Adelaida, caminando a su alrededor. Sally aún no estaba completamente convencida y se le notaba en la cara. -¿Tienes zapatos?- siguió hablando Adelaida, Sally negó con la cabeza. –Aquí hay uno perfectos para ese vestido.- Adelaida observó la cara horrorizada de su amiga. –Sally, por favor, mírate en el espejo, te ves preciosa. Aunque no lo creas.
Sally se miró al espejo, no vio nada diferente, pero de todas formas era un lindo vestido, le quedaba bien, y era mejor que nada, por no mencionar el hecho de que ya no quería entrar a una tienda más en toda su vida. –Sácatelo y vamos a pagar. Después vamos por un café. Jim me llamó para decirme que nos juntábamos en el café de la tía Bessie.
En unos minutos Sally salió de nuevo del probador, con el vestido en la mano. Pagó y junto con Adelaida se dirigieron al café que les había indicado Jim, por suerte para Sally, que ya estaba agotada de recorrer tiendas, estaba muy cerca de la tienda donde estaban. Era una de las cafeterías más populares entre los alumnos del Howton College, y como muchas tardes de sábado, estaba abarrotada. Cuando entraron al local una voz las llamó entre la masa de chicos, que conversaban entre tazas humeantes de café.
-¡Sally! ¡Adelaida! ¡Por aquí!- La voz de Jim fue la que atrajo su atención, y las chicas se fueron a sentar con él, que estaba acompañado de Margaret, Charles, Rosa y Nick.
-¿Ya compraron sus vestidos?- preguntó Margaret, echándole una mirada a las bolsas, que traían en las manos.
-Sí, me imagino que tú ya lo compraste.- contestó Adelaida. Era sabido por todos que Margaret era una chica muy organizada, y seguramente habría comprado su vestido con semanas de anticipación.
-Sí, lo compré la semana antepasada.- contestó Margaret, con un además. –Me gusta tener todo listo a tiempo.
-Me imagino que ya tienes pareja.- ironizó Adelaida, mirando de reojo a Charles, que se ahogó con el trago de café que estaba tomando, y al igual que Margaret, se puso rojo. Jim y Sally estallaron en carcajadas.
Luego de un rato, Sally se paró a buscar un café para ella y otro para Adelaida, los pidió en la barra, ya que no parecía que ninguno de los mozos pudiera tomar sus órdenes desde la mesa, y cuando iba volviendo por el lugar lleno de alumnos del Howton, con ambos cafés haciendo equilibrio en las manos, algo llamó su atención en el ventanal de la cafetería. Una figura de hombre, enfundada en un abrigo acababa de pasar por afuera del café. Sin dejar de seguirla con la mirada, dejó los cafés en la mesa y se disculpó con sus amigos.
-Tengo que salir a ver algo afuera.- murmuró y salió del café, lo más rápidamente que pudo, seguida de Jim, quien no sabía que esperar de su amiga.
-¿Sally, qué demonios pasa ahora?- dijo, sin preocuparse por bajar la voz.
Sally se dio vuelta y se llevó un dedo a los labios, para indicarle que se callara. Se acercó a la boca del callejón que estaba junto al local. Había visto a un hombre alto, muy parecido al que habían visto la otra vez, a las afueras del teatro, entrando al callejón. Si su vista no la engañaba era el mismísimo Bellman, y no pensaba perder la oportunidad de averiguar algo más. Si un mafioso muy conocido entraba a un callejón oscuro, una tarde de invierno, seguramente era por que tenía algo entre manos, y quizás tuviera algo que ver con ese misterioso túnel.
Ella y Jim entraron al callejón y se detuvieron en la esquina que formaba éste con la parte de atrás del café, por donde habían visto doblar a Bellman. Sally y Jim se asomaron en la esquina. El hombre alto se quitó el sombrero, y su pelo amarillo metálico brillaba a la luz de una ampolleta sobre la puerta trasera del café. Estaba acompañado por una mujer, o al menos eso parecía. La otra figura era más pequeña, y llevaba pantalones y una chaqueta gruesa.
-¿La chica? ¿La encontraste?- decía la voz gruesa del hombre.
-Sí, está en el colegio…- la otra voz era definitivamente femenina. –No será difícil sacarla de ahí. Ayer revisé el túnel y está en perfectas condiciones, para la huida. Y ya tengo planeada una excelente coartada. Todo está listo, Axel, confía en mí.
-¿Cuándo me tendrás listo el negocio?- se escuchó la voz del hombre. –Siempre me dices que está listo y todo eso, pero aún no veo nada concreto.
-Mediados de enero…- dijo le mujer. –En el Howton nadie lo notará, diré que la llamaron muy tarde por un problema familiar, y no que quise despertar a nadie. Será demasiado fácil.
-Espero que no te descubran, linda.
Sally y Jim se miraron en la oscuridad, que a ratos crecía más y más. Esos tipos querían secuestrar a una chica del colegio. La voz gruesa del hombre dijo algo más que no se entendió y los pasos se empezaron a escuchar, mientras se acercaban a donde estaban ambos chicos agazapados. Se movieron rápidamente y consiguieron llegar a la calle antes que la misteriosa pareja, que pasó a su lado sin notarlos.
Se separaron en la esquina, con un leve gesto de despedida. Sally apoyó su espalda en la pared y se sentó en el suelo, jadeando, mientras intentaba recuperar la respiración que la corta carrera le había arrebatado. Jim apoyó las manos en la pared, su respiración era tan agitada como la de Sally. Cuando sus corazones recuperaron su ritmo normal Jim le tendió una mano a Sally para ayudarla a pararse.
-Entremos Sally, hace mucho frío aquí y si ese tipo vuelve, no me apetece quedarme.
Sally tomó su mano y se incorporó, siguiéndolo al interior del café. Sally vio que a su mesa se habían incorporado Fred con Francis sentada en sus rodillas, como siempre, al menos esa vez no estaban besándose. Jim y ella se acercaron a la mesa y acercaron un nuevo par de sillas.
-¿A dónde fueron ustedes dos?- preguntó Adelaida, mirando suspicazmente a su amiga, que había tomado su taza y comenzaba a tomarse el café frío como estaba.
-No, nada…- dijo Sally. –Pensé que había visto a una amiga de mi otro colegio afuera… y Jim quiso acompañarme.- inventó Sally en el minuto. Fred la miró con incredulidad y levantó una ceja. Esa chica no sabía mentir, pensó, ¿Qué está ocultando?.
La mente de Sally funcionaba a mil por hora mientras revolvía su café, a esas alturas, helado, mecánicamente; Bellman quería secuestrar a una chica del colegio… en enero, suponía que para eso era el túnel… lo primero y más importante era averiguar quien iba a ser la victima del asunto, seguramente sería la hija de alguien importante, político o empresario, y luego de eso... evitarlo, claro. Pero, ¿Cómo podría averiguarlo?
Su mente divagaba mientras revolvía su café, sin notar que la mirada de cierto joven la observaba atentamente, preguntándose que habría pasado, e intentando adivinar sus pensamientos. Estaba tan distraído que no se dio cuenta que Francis le estaba hablando, pegada insistentemente a su oído. Ya empezaba a cansarse de esa chica, no era su tipo, ni nunca le había gustado. Ni si quiera tenía muy claros los motivos para estar con ella, pero no había forma de quitársela de encima.
-… ¿Freddy? ¿Me estás escuchando?- la voz insistente y aguda de Francis interrumpió el flujo de sus pensamientos, que casualmente estaban concentrados en la forma en que se fruncía el entrecejo de Sally cuando se concentraba. –Te estaba diciendo que quería que fueras al baile con una corbata que combine con mi vestido, rojo, pero fíjate bien, rojo vino, no bermellón ni escarlata. Es muy importante, Freddy lindo.
-Ya, claro.- dijo Fred, distraído con el entrecejo de Sally.
-¿Estás distraído Freddy lindo?- preguntó Francis y lo besó de lleno en los labios, Fred le devolvió el beso, intentando apartar de su mente la imagen de una rubia de ojos oscuros que fruncía el ceño de pura concentración, y parecía ausente de todo cuanto la rodeaba.
La rubia de ojos oscuros vio la escena que estaba montando la parejita por el rabillo del ojo, con un gruñido de exasperación, ¿Por qué no controlaban sus muestras de afecto en público?, se dio la vuelta hacia Jim, quien le decía algo.
-Y… ¿Vas al baile con Lewis? ¿O me equivoco?
-Sí.- respondió Sally, lanzándole una mirada asesina a Adelaida, quien se encogió de hombros y puso cara de inocencia, al tiempo que daba un sorbo al café de Jim, que estaba mirando hacia otro lado.
-¿Cómo? ¿Conseguiste pareja para el baile, Lockhart?- dijo Fred, que había escuchado lo que dijo Jim, separándose se Francis y mirando burlonamente a Sally. -¿Quién lo hubiera dicho? La verdad, estoy más que sorprendido… estoy atónito. ¿Quién es el cabeza hueca que te invitó? Apostaría a que es ciego…
-No es asunto tuyo, Garland.- dijo Sally, furiosa. Se paró y se puso su chaqueta, sacó algo de dinero de su bolsillo y se lo entregó a Jim. –Paga por mí, por favor. Quería ir a ver algo en la librería a la vuelta de la esquina, y la compañía aquí no es tan entretenida como siempre.- agregó, lanzándole una mirada asesina a Fred, que no pareció verse afectado por ella. -Nos vemos en el colegio.- añadió con un gesto de despedida a sus amigos y dicho esto, salió del café, a grandes pasos.
Sally salió pateando el suelo y cualquier cosa que se atravesara en su camino, mirándose los zapatos y maldiciendo entre dientes al imbécil de Garland. Estaba hasta la coronilla de que ese idiota se dedicara a insultarla cada vez que podía. Mientras mascullaba todo tipo de maldiciones dirigidas a cierto idiota, chocó con una figura alta y fornida y cayó al suelo sentada.
-Lo siento, señorita…- dijo una voz gruesa que a Sally le pareció familiar, ella estiró su mano para agarrar su bolso, que había caído a unos pasos de ella. El desconocido contra el cual había chocado le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Sally levantó la cabeza y se encontró cara a cara con Axel Bellman. Se quedó helada por unos segundos, mirando a los ojos azul hielo del hombre. Nunca se habría imaginado una mirada más helada.
-Lockhart.- dijo la joven, al darse cuenta de lo que estaba diciendo el tipo, mientras tomaba la mano que él le tendía y se levantaba. –Ehh…Muchas gracias señor. No se preocupe, fue culpa mía, estaba distraída.- agregó atropelladamente, siendo consciente de la presencia del mafioso más peligroso del país, frente a ella.
El hombre era más joven de lo que ella esperaba, no representaba más de veinticinco años, era robusto y de espaladas anchas, su pelo rubio despedía destellos mecánicos y tenía unos ojos azul hielo. Todo él despedía un aura calmada y sistemática, un hombre frío y metódico, se notaba que planificaba hasta sus más mínimos movimientos.
-No señorita Lockhart, fue culpa mía. Por favor acepte mis disculpas.- le tendió la mano a la chica, Sally le dio la mano y el hombre se la llevó a los labios y le plantó un beso. Sally pensó que el hombre tenía una personalidad magnética, incluso ese beso estaba cargado de electricidad. Retiró la mano, nerviosa y turbada, con las mejillas encendidas. Sentía una corriente eléctrica que provenía del sujeto.
-Disculpas aceptadas, señor…- tartamudeó, muy nerviosa.
-Bellman, Axel Bellman.- contestó el hombro con una sonrisa, una sonrisa encantadora, tanto que Sally tuvo que esforzarse por recordar que ese tipo era un mafioso cruel y despiadado.
-Adiós señor Bellman.- replicó Sally y siguió su camino. Un escalofrío recorrió su espalda. No sabía por qué, pero se le había erizado el pelo en el cuello. Intentó recordar todo lo que sabía acerca del tal Bellman, era mafioso, tenía una fábrica de bicicletas que usaba como tapadera para sus negocios ilegales, quería secuestrar a una de sus compañeras y era un narcotraficante… Resultaba frustrante no tener más información, no poder deducir algo más… Narcotraficante… ésa fue la palabra que la hizo darse cuenta. A Nicholas lo ponía nervioso el nombre de Bellman, cuando le contaron lo que había sucedido en el teatro y la participación de Bellman en el asunto se había puesto blanco. Su hermano, Matthew, un joven y talentoso boxeador, había muerto años atrás en un hospital de tratamiento de drogadicción, de una sobredosis de cocaína. Nadie sabía como había llegado la droga a su poder, pero se sospechaba de que la red de Bellman había tenido algo que ver, y que no había sido una muerte accidental, si no un ajuste de cuentas. Un ajuste de cuentas particularmente cruel y malvado. Un nuevo escalofrío la recorrió.
