Capítulo 15: El baile de invierno

El resto de la semana pasó muy rápidamente, especialmente para el tercer año, que estaba demasiado ocupado trabajando en los últimos detalles que debían estar listos para el baile. Finalmente, llegó el sábado, el gran día.

Sally se levantó temprano y se preparó un café con mucha azúcar en el hervidor de la sala común, aún no se había despertado la mayor parte del curso, suspiró y lavó su taza. Volvió a su dormitorio y se lavó los dientes y salió al pasillo, estirando los brazos para reactivar la circulación de sangre. Pese a que hacía un poco de frío afuera no llevaba sweater, no era muy sensible al frío y acababa de salir de la ducha calentita.

-¡Sally!- la voz de Jones la llamó desde el otro lado del pasillo. –Necesito ayuda para llevar el equipo de sonido al gimnasio, y parece que el resto de los desgraciados me abandonó. No aparecen por ningún lado el montón de idiotas. No los culpo, mi cama calentita también me parece una mejor opción que acarrear amplificadores y parlantes de un lado a otro, en pleno frío.

-Ok.- sonrió la muchacha y tomó uno de los amplificadores que estaban en el suelo, junto a Jones. Pesaba bastante más de lo que se había imaginado. Cargando con el peso del amplificador se dirigió al gimnasio que estaba con la puerta abierta, los del comité de decoración no eran tan flojos como los de música, al parecer. Entró rápidamente, seguida de Jones, que cargaba otro de los amplificadores gigantes. –Rosa, ¿Dónde dejo esto?

-Por ahí, junto a esa mesa del fondo.- Indicó la chica, estaba viendo el asunto de la ubicación de las mesas, si las ponían de cierta forma se comían la pista de baile, y de otra costaba iluminarlas y no era agradable para nadie tener que adivinar lo que estaba comiendo. Junto a la mesa del fondo que le había indicado Rosa, estaba Fred, ordenando las cajas de vasos. El chico sintió como algo pasaba rozándolo a sus espaldas e instintivamente se volteó. Ahí estaba Sally, llevando un amplificador, demasiado grande para ella. Aún tenía el pelo húmedo por la ducha y pese al frío sólo iba en polera de mangas cortas y un viejo par de jeans, gastados por el uso. ¿En qué minuto se había empezado a ver tan bien sin arreglarse?

-¿Necesitas ayuda Lockhart?- dijo, tomando el amplificador de las manos de la chica y dejándolo en el suelo.

-Eh… gracias… Garland.- dijo Sally, sonrojándose. Se maldijo internamente por eso. ¿Por qué su cuerpo tenía que estar siempre buscando una forma estúpida de avergonzarla?

-No hay de qué.- él le dirigió una sonrisa picara. Definitivamente esos viejos jeans le quedaban espectacularmente bien. Sonrió para sus adentros. Sally se dio media vuelta y se fue a buscar los otros amplificadores, el resto aún no aparecía. "Cobardes"se dijo para sus adentros, con una sonrisa maliciosa, ya se encargaría ella de que trabajaran después. Esta vez Jones no iba a hacer de DJ, el colegio había contratado uno para el baile. Cuando el gimnasio estuvo listo el tercer año se fue a almorzar, bastante tarde, por cierto, y después se dirigieron a los dormitorios a arreglarse. Sally decidió que era demasiado temprano para comenzar a arreglarse y se instaló en uno de los mullidos sillones de la sala común a leer, hasta que una histérica Adelaida bajó a buscarla.

-¡Sally! ¡Pedazo de idiota! Suelta ese libro en este instante. No estoy bromeando.- llevaba unos pantalones anchos y una polera con tiritas, su pelo estaba envuelto en una toalla y miraba a Sally con ganas de asesinarla. Sally soltó el libro a regañadientes, sin poder evitar una sonrisa irónica.

Subió a su dormitorio, seguida por Adelaida. Se metió al baño y se dio una ducha, que le pareció my corta por que Adelaida no paraba de entrar y salir del baño, diciéndole el tiempo que faltaba para la fiesta. Se secó el pelo rápidamente y se vistió, el vestido verde que había comprado en Howton y un par de medias. Adelaida insistió en peinarla y maquillarla, a lo que Sally finalmente accedió. Recogió su pelo en un moño sencillo en la nuca, le dejó unas mechas sueltas a los lados y le puso un par de aros. El maquillaje era sencillo, probablemente porque Sally le hubiera pegado si hubiera hecho algo más exagerado.

-¿Viste? Te ves preciosa.- dijo, poniendo a su amiga frente a un espejo, admirando su obra con una sonrisa. Sally rodó los ojos y se calzó los zapatos, tenían un poco de taco y ella no estaba acostumbrada a usarlos, pero Adelaida la había obligado a practicar y por lo menos, ya era capaz de pararse con ellos sin caer de cara en el suelo. Adelaida se había hecho rulos en todo su pelo negro y los había acomodado en un moño desordenado sobre la cabeza. Su vestido le quedaba perfecto, y acentuaba su bonito color de piel. Ambas bajaron a la sala común, donde estaban Margaret y Rosa. Margaret llevaba un vestido burdeos y amarrado al cuello con una falda corta de varias capas y la cintura ceñida, desde bajo el pecho hasta las caderas. Rosa había optado por un estilo más clásico, a lo Marilyn Monroe, que destacaba su figura curvilínea y esbelta, se había alisado los rulos cortos y el pelo le llegaba hasta la barbilla, en capas.

-¿¡Esa es Sally!?- gritó Rosa con los ojos desorbitados, al ver bajar a sus amigas por la escalera.- ¡Te ves preciosa! ¿Viste que no es necesario que siempre te vistas como un hombre?- Sally le devolvió una mirada asesina y se sentó en el sillón despreocupadamente.

A los pocos minutos aparecieron en la puerta Nick Bedwell y Robert. Rosa y Sally se pararon y se despidieron de sus amigas. Robert le ofreció el brazo a Sally, para que ésta se afirmara y así caminaron hasta el gimnasio.

-Te ves preciosa…Sally.- dijo y se quedó callado, mientras caminaban por los pasillos del colegio, levemente iluminados por las lámparas antiguas. Cuando llegaron al gimnasio, se separó de ella con un ademán.

-Nos vemos antes de entrar, espérame en la puerta, hay algo que tengo que hacer antes.- dijo y se fue, en la dirección por la que habían llegado. Sally empezó a bajar sola los escalones que llevaban a la entrada del gimnasio.

Fred estaba con sus amigos en la entrada del gimnasio, bromeando. Uno de ellos le preguntó en tono de broma a Fred por Sally.

-¿Lockhart? No creo que venga.- contestó Fred, riéndose. La idea de por sí era estúpida, Sally no era el tipo de chica que iba a bailes, menos con un vestido y zapatos de tacón, se sonrió para sus adentros al pensar en como se veía la chica con la blusa verde que había usado en la fiesta de bienvenida.

-¿Quién es esa?- dijo su amigo, que estaba de cara a la escalera, tenía la boca abierta, como si acabara de ver a una supermodelo bajando por las escaleras del gimnasio.

-¿Quién?- dijo Fred, dándose vuelta, si era tan increíble como parecía cree su amigo al verla, no iba a perderse el espectáculo. –No puedo creerlo, es… Lockhart.- murmuró, ligeramente sorprendido, al ver a la chica que iba bajando en ese minuto. Si hubiera estado distraído, no se habría atrevido a afirmar que esa chica tan guapa era Lockhart, aunque Sally no era fea en lo absoluto.

Cuando Sally llegó al suelo, Robert apareció junto a ella, casi de la nada, tendiéndole el brazo como todo un caballero. Sally se afirmó de nuevo en su brazo. Fred la miraba como alelado, sin escuchar siquiera los comentarios que estaban haciendo sus amigotes respecto a la chica, ese vestido le quedaba perfecto, casi mejor que los jeans de la mañana.

Sally le dirigió una mirada examinadora a su vez, a diferencia de Robert, no llevaba chaqueta, si no un chaleco de vestir sin mangas, sobre una camisa blanca, con el cuello abierto y fuera de los pantalones, una corbata roja, pantalones negros y un sombrero a lo Frank Sinatra inclinado sobre la frente. Le quedaba muy bien ese estilo, pensó para sus adentros, y esperó no haber dicho eso en voz alta. Robert le dijo algo al oído y asintió sin saber que le había dicho. Fred seguía mirándola fijamente, pero estaba tan abstraído de su alrededor que no se dio cuenta de que Francis había llegado a su lado y que le estaba hablando. Al parecer decía algo de su corbata, se había equivocado de color y era un rojo distinto al de su vestido. Francis lo zarandeó, aferrada a su brazo.

-¡Freddy! No me estás escuchando.- No era una pregunta, era una afirmación. -¿No tienes otra corbata que puedas ir a buscar ahora?

-No.- dijo él secamente, al ver la cara de la muchacha que parecía a punto de pegarle una cachetada o estallar en llanto, recompuso su expresión, le sonrió y le tendió el brazo, igual que lo había hecho el tal Lewis con Sally, para entrar al gimnasio.

El gimnasio parecía otro, estaba totalmente irreconocible, todas las paredes estaban tapadas con cortinas negras, que iban del techo al suelo, decoradas con brillos y luces, del techo colgaban guirnaldas y luces de colores, que daban un ambiente un poco carnavalesco al baile. Una bola de espejos ocupaba el lugar central del techo, y despedía luces que bailaban en las paredes al ritmo de la música. En vez de las cuatro grandes mesas que usaban habitualmente en el comedor había muchas mesas redondas, alrededor de la pista de baile, por suerte Rosa había logrado la distribución perfecta.

Rosa y Nick los saludaron desde una de las mesas y Sally y Robert se sentaron ahí, al poco rato aparecieron Adelaida y Jim, y más tarde se les unieron algunos amigos de Robert, con sus respectivas parejas. La comida era deliciosa, salmón con verduras salteadas y de postre Mouse de dulce de leche, el comité de comida había hecho bien su trabajo. Apenas se hubieron retirado los platos de las mesas empezó la música. Sally se encontró en los brazos de Robert, en plena pista de baile. No bailaba tan bien como Fred, pensó, pero no era mal bailarín, sin embargo carecía del talento burlón de Fred, y su forma de bailar, que demostraba que podía hacerlo seriamente, pero que prefería burlarse un poco de su pareja, especialmente si esta era Sally. Se sonrojó al darse cuenta de que estaba pensando en bailar con Fred, justo en el momento que bailaba en los brazos de Robert, por suerte para ella le tocaron piezas muy movidas, que no requerían mucho contacto con la pareja. Bailó un par de canciones más con Robert, hasta que alguien le preguntó a Robert.

-¿Me la prestas?- Sally levantó la vista. Era Fred, guapo y con su usual sonrisa burlona. Robert asintió con una sonrisa forzada y Sally pasó de sus brazos a los de Fred. La música comenzó, era un vals suave. Se sentía segura bailando en los brazos de Fred.

-¿Francis no te va a decir nada?- preguntó, levantando una ceja, inquisitivamente. ¿Por qué la habría sacado a bailar a ella y no a la chica a la que se pasaba medio día besando?

-Francis no es mi novia, ni salimos juntos.- le dijo él con una sonrisa torcida.

-¿No?- interrogó Sally con la mirada, Fred parecía estar siendo sincero, pero después de un par de meses de conocerlo, Sally había aprendido a no confiar de buenas a primeras en lo que decía.

-No, lo hablamos el otro día y decidimos que era mejor para los dos no salir juntos. Y a ti ¿Lewis no te va a decir nada?- le preguntó él, levantando una ceja con un gesto irónico.

-No creo, tampoco es mi novio.- sonrió la muchacha, desviando la mirada de los ojos verdes del joven.

Bailaron un poco más, en silencio, Sally estaba segura de que si decía algo más algo se iba a salir de sus manos. El vals terminó y Sally hizo un ademán para irse con Robert pero Fred la retuvo, agarrando su brazo.

-Baila conmigo Sally- Sally aceptó con las primeras notas de la canción, un tango. Fred deslizó su mano hasta la cintura de la chica y la acercó a su cuerpo. Sally apoyó su mano en el hombro de Fred y tomó la mano que el le tendía. Caminaron, él hacia delante y ella hacia atrás, ella se agachó mirándolo fijamente y trazó un círculo con la punta del pie. Él la hizo pararse de nuevo y volvieron a caminar siguiendo el ritmo de la canción, esta vez el hacia atrás y ella hacia delante, él se inclinó hacia adelante, haciendo que Sally se inclinara hacia atrás y sujetara su cuello con ambas manos, quedando colgada de él. Ambos se incorporaron de nuevo, volvieron a la posición base y caminaron de nuevo. Sally se sentía cómoda bailando con Fred, y él era tan distinto a Robert como era posible serlo. Esta vez se agacharon ambos, sólo Fred se incorporó y Sally quedó en el suelo. Alrededor de ellos se había formado un círculo de mirones. Fred se inclinó hacia Sally, ella le quitó el sombrero y se lo puso. Fred le tendió la mano y la ayudó a pararse. Caminaron de nuevo, la canción ya estaba acabando, en su fuero interno Sally admitía que no quería que terminase, no quería dejar de bailar con Fred. Él se detuvo y bajó sus manos hasta la cadera de la chica, ella subió su pierna y la enroscó en la de Fred. La música terminó. Sally se separó de Fred, éste le tomó la mano.

-Una más Sally, por los viejos tiempos.- Sally le sonrió, había reconocido la frase de Casablanca, su película favorita. Maldito Garland, había elegido la única frase del mundo que la podía dejar helada.

-¿Y Francis?- preguntó, en un vano intento por zafarse del compromiso.

-No creo que se preocupe mucho por mí.- dijo Fred, indicándole algo. Sally siguió su mano y vio a Francis besando apasionadamente a un tipo en la oscuridad, sin embargo a él no podía distinguirlo. Fred no parecía desilusionado por el hecho de que la chica que parecía estar pegada a él la mayor parte del día estuviera devorando los labios de otro. Buscó un poco más en la multitud, no se veía a Robert por ninguna parte.

-De acuerdo.- asintió, la música comenzó de nuevo. Un rock n'roll muy animado, a su pesar Sally se sintió aliviada, requería menos contacto que el tango anterior. Sally y Fred giraban al ritmo de la música, sonriendo, ella pasaba bajo las piernas del muchacho como en las películas de los 60, daba vueltas apoyada en Fred, giraba sobre si misma de la mano del chico. Él la levantó, afirmándola firmemente a su lado por la cintura, ella estiró una de sus piernas.

Ambos se miraban fijamente, los ojos castaños de ella, clavados en los ojos burlones y verdes de él. No quería dejar de mirarlo, no quería dejar de bailar con él y por sobre todas las cosas no quería dejar de estar en los brazos de Fred. Por unos segundos que se hicieron eternos, sólo estaban ellos dos en el gimnasio, el resto había desaparecido para ellos. Fred la bajó suavemente y se acercó a ella, ya no estaban bailando, ni siquiera se movían al ritmo de la música. Sally bajó la mirada, evitando los ojos verdes. Sentía como el chico se acercaba a ella y casi podía sentir su cálido aliento junto a su cara. No podía resistirse más, pero tenía que hacerlo. Salió corriendo del gimnasio, empujando a algunas personas que inocentemente se atravesaban en su camino, dejando a Fred solo en la mitad de la pista. Él la siguió y la alcanzó cuando la carrera ciega de la chica iba por la mitad del patio, éste estaba casi vacío, a excepción de algunas parejas que se paseaban abrazados bajos las estrellas, el cielo, que a esas alturas del año solía estar nublado se había despejado.

-¡¿Qué te pasa?!- exclamó al llegar a su lado y detenerla tomándola del brazo bruscamente, mucho más bruscamente de lo que hubiera querido.

-Nada, nada…- dijo la muchacha, susurrando, al intentando soltarse de su agarre. Fred se acercó a ella, igual que en la pista de baile. –Suéltame Garland o te juro que te vas a arrepentir.

-Sally…- susurró él, acariciándole la mejilla.

¿Sally? ¿En qué minuto había empezado a ser Sally y no Lockhart? Ese Garland era un tipo incomprensible, un día la odiaba y al otro…

-¿Y Robert? ¿Y Francis?- susurró ella, intentando hacer que el joven recapacitara, nadie podía ser tan bipolar, y hace unos días, el no dudaba en molestarla en cada ocasión que pudiera.

-Míralo tú misma.- dijo Fred, mostrándole con la mano un punto a lo lejos, eran Francis y Robert, paseaban tomados de la mano, como si se hubieran olvidado de todo el mundo.

-No entiendo.- susurró, no estaba acostumbrada a no entender las cosas.

-Ellos salían juntos y terminaron poco antes de entrar a clases, nosotros fuimos sus "relaciones de rebote". Pero creo que fueron más para sacarle celos al otro. Francis me lo dijo el otro día.- dijo él, acercándose más y más. –Por otra parte es una suerte que a Robert no le importe, si no yo no podría hacer esto.- agregó, tomando la barbilla de la chica con una mano. Sally no sabía que hacer, su instinto le indicaba que lo mejor era darle una patada en las partes bajas y poner la mayor distancia posible entre ellos, pero sus pies estaban pegados al suelo. Fred acercó su rostro al suyo y la besó suavemente en los labios, Sally respondió el beso, acompasando el movimiento de sus labios a los del muchacho, cuyas manos tenía a ambos lados de la cabeza, puso sus manos en los hombros del chico. Tenía la mente embotada, estaba totalmente atontada, hasta que su sentido común la despertó del ensueño dulce y algodonoso donde se encontraba y se separó de Fred, pegándole una cachetada que sonó como un latigazo en el aire frío de la noche.

-¡Frederick Garland! ¡Eres un cerdo!- gritó, furiosa con él, por haberla besado tan descaradamente, y con ella misma, por haberle devuelto el beso sin pensarlo dos veces.

-Habría jurado que no te molestaba ni un poco.- dijo Fred, con una sonrisa arrogante en la cara. –Admítelo, hasta te gustó.

-¡Eres un maldito arrogante!- la chica se separó más del muchacho.

-¡Y tú, una idiota orgullosa!- respondió el muchacho, picado. –Al menos yo puedo admitir mis sentimientos, no tengo ningún reparo en admitir que me gustas. En cambio tú, un beso y te acobardas.

-¡Pues a mi no me gustas para nada! Por eso no se me habría pasado por la cabeza plantarte un beso en plena cara…

Fred le dirigió una sonrisa socarrona y se acercó de nuevo a la chica, la tomó por la cintura y la besó de nuevo, esta vez más rápido que la vez anterior. Sally le devolvió el beso con igual intensidad, sus labios estaban perfectamente sincronizados y se amoldaban perfectamente. Sally se separó de él, lamentándolo a su pesar, y apoyó la cabeza en el pecho del muchacho. Él la rodeó con los brazos, oliendo el maravilloso olor a limpio del pelo de Sally.

-Fred…- susurró. Se sorprendió a si misma al decirlo. Nunca había lo había llamado por su nombre en su cara. Nunca se había estado tan segura como lo estaba entre los brazos de Fred. ¿Qué hacía él para tenerla tan alterada? Bruscamente se separó del chico y se fue corriendo en dirección a su dormitorio. Esta vez Fred no la siguió, sino que se quedó ahí, sin hacer nada, maldiciéndose a sí mismo por haber dejado que ella se escapara.