Disclamer: La misma obviedad de siempre. Naruto ni sus personajes me pertenecen.

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Hola a todos. ¿Cómo están? Espero que bien. La verdad, debo admitir, que no esperaba tan cálida acogida para esta historia. Sepan que me hicieron muy feliz, y espero no decepcionarlos. Y, ojalá, encuentren la historia lo suficientemente entretenida como para seguirla hasta el final. Por lo demás, quiero agradecerles a todos por tomarse la molestia de leer mi historia. Gracias, de verdad, a todos los lectores. Y, aún más, gracias a quienes desperdiciaron de su tiempo para hacerme llegar su opinión, y ojalá no dejen de hacerlo. Todo es bienvenido, incluso las críticas y las correcciones (aún más las críticas y las correcciones) Espero disfruten el capítulo. ¡Nos vemos y besitos!


El niño monstruo y la niña que no quería el mundo


I

"El niño monstruo"


Desde un principio, las circunstancias en que había advenido al mundo habían sido un misterio. Su origen había sido un enigma. Lo único que había sabido, de todo aquello, era que desde el inicio su vida había estado indudablemente sujeta a la muerte, ligada a ella. Desde el instante en que había nacido, alguien más había muerto. La llama de su vida apagaba las demás, eso era un hecho. Uno que Gaara no había comprendido bien –no a tan corta edad-, pero que sí había notado. Allí donde él pasara, la gente moría. Por esa razón, la gente había dejado de frecuentarlo. Desde lejos, lo miraban con terror y desprecio, inclusive su propio padre, sus hermanos, todos ellos habían optado por no acercársele (aún cuando su padre en un principio había optado por mimarlo y permitirle hacer lo que quisiera). Por lo que, entristecido, se había recluido en el único cuarto de la casa que le pertenecía. No era un cuarto, porque no había cuna ni cama para él –ya que no dormía ni podía hacerlo-, pero allí nadie lo molestaba. Nadie lo miraba con repulsión y ojos fríos. Nadie lo miraba. Y eso estaba bien, pues sabía que cosas malas sucedían cuando las personas lo miraban. Morían, todos aquellos que lo miraban morían, aunque Gaara rara vez recordaba el episodio tras lo sucedido. Por eso, estaba bien allí, recluido. Porque él no quería hacer daño, realmente no quería, pero la voz, esa voz en su cabeza, aparecía cada vez que cerraba los ojos –si bien por un efímero instante-, y le decía que lo soltara. Que lo liberara, que si lo hacía todo desaparecería. Pero él no quería, aquello, esa cosa en su cabeza le daba miedo. Le hablaba con voz rasposa y tenía ojos siniestros, ojos oscuros cargados de algo que Gaara aún era demasiado joven para entender, pero que lo aterraba de todas formas. Esa voz, esa entidad en su cabeza, le decía que hiciera todo por lo que era temido.

Por eso, se había encerrado en aquel oscuro cuarto pequeño cuya única fuente de iluminación era una ventana redonda –por la que observaba en las noches la luna para no enloquecer a causa del insomnio-, en el rincón más recóndito y oscuro, con sus brazos abrazando sus pequeñas piernas contra su pecho. Estaba solo, pero quería creer que no lo estaba realmente. A su lado, en su mano derecha, siempre permanecía aferrado un viejo y rasgado osito de felpa (el único que quedaba de todos los que una vez había tenido). Era feo, y no era nada especial –pues había visto en otros niños juguetes infinitamente mejores-, pero para él lo era. En cierta forma, aquel objeto dañado y feo era la metáfora perfecta de él. Debería reflejar inocencia, pero no lo hacía, solo se descosía en las costuras –como él- y lucía un semblante triste. Distante. Solitario.

Por mucho tiempo, aquel oso sucio no había tenido nombre.

Hasta aquel día, aquella noche, en que la puerta de su cuarto se había abierto sin él realmente desearlo. Lo recordaba perfectamente, porque había sido una noche difícil. Antes del incidente, había estado cabeceando en su rincón –con el osito aferrado contra él-, intentando no dormirse. Repitiendo en su cabeza que no debía ceder, que no debía cerrar los ojos y dejarse arrastrar a la oscuridad porque el monstruo en su interior terminaría devorándolo a él y a todo lo que él significaba. Terminaría carcomiéndole su humanidad, y convirtiéndolo en el monstruo que aquella voz en su interior era. Había oído, en muchos lugares, que monstruos eran criaturas extrañas y feas que habitaban bajo las camas o en los armarios y que salían por las noches a asustar niños. Pero él no hacía nada de eso, no vivía bajo una cama –pues ni siquiera tenía una- ni en roperos y no quería asustar a ningún niño. Pero, hiciera lo que hiciera, todos ellos parecían huir de él. Aún así, se había visto en el espejo y no había visto nada extraño en él y tampoco parecía feo. Seguro, las aureolas negras alrededor de sus ojos (causadas por el constante insomnio), no eran nada bonitas y tampoco eran exactamente habituales, pero tampoco eran nada del otro mundo. Eran simplemente ojeras, y todos los humanos podían tenerlas, en menor o mayor medida. Aún así, era aborrecido, mirado como una abominación. Un monstruo, eso lo llamaban, pero él no había elegido serlo. Aquella noche particular, la cuestión había sido aún más difícil. Al parecer, los días de luna llena se le dificultaba el controlar aquella cosa en su interior. Y, desde que había anochecido, no había dejado de susurrarle cosas en su cabeza. Déjame salir... Y te cederé mi poder... Déjame matar.

Con los ojos cerrados, había apoyado su pequeña frente sobre sus rodillas —No quiero. Vete.

Se que también lo deseas... matarlos a todos... matarlos... a aquellos que te miran de esa forma... Gaara, dificultosamente, había negado con la cabeza aferrada entre sus manos. Sus pequeños dedos enterrados en su alborotada cabellera carmesí. El osito, abandonado en el suelo, había sido olvidado por completo. ¡Crack!... la puerta crujió.

Apretando sus ojos aún más, gritó —¡Vete! —y la arena se arremolinó violentamente y salió disparada a toda velocidad, cargada de instinto asesino, hacia el reciente ingresado en la habitación. Este, rápidamente, se defendió cruzando ambos antebrazos frente a su rostro. Una vez que la arena cayó al suelo, y comenzó a retraerse de regreso a su manipulador, se oyó una voz —Gaara-sama.

Parpadeando, alzó sus ojos aguamarina a quien había roto el silencio y lo contempló con desconcierto. Era un hombre, uno que se asemejaba dolorosa y terriblemente a su madre fallecida, pero que no lo era. Aún así, el parecido era casi perturbador. Ocultando su rostro, musitó —Y-Yashamaru...

La expresión del mencionado se suavizó y, con sumo cuidado y caución, dio un paso hacia el pequeño niño de tres años. Gaara no se movió —Gaara-sama, por favor. Venga conmigo.

Aterrado, cerró los ojos. No quería, no quería que siguiera mirándolo. Si lo hacía, moriría, Yashamaru moriría, y él no quería dañarlo. Realmente no quería. Por mucho tiempo, era el único que se había acercado a su cuarto y no lo miraba de manera fría, y por eso, Gaara quería preservarlo.

—Yashamaru... te haré daño...

El hombre miró sus antebrazos, cuya piel permanecía rasgada violentamente y de esta emanaban largos hilillos de sangre. Luego, dando otro paso, negó con la cabeza —Gaara-sama, su padre me pidió que lo cuidara.

Sorprendido, una vez más, alzó la mirada y lo contempló con desconcierto. Su padre no lo amaba, lo aborrecía –como todos- y lo miraba de esa forma cruel, ¿por qué querría cuidarlo, preservarlo? —Yashamaru... entonces... ¿tú estás aquí porque mi padre te lo pidió?

El hombre parpadeó, para luego sonreír gentilmente —No. Eres el hijo de mi hermana. Por eso, eres una persona importante y cercana para mi...

—¿Cercana?

Yashamaru asintió —Si, Gaara-sama.

El niño, tentativamente, se puso de pie, tomó el osito de uno de sus brazos de sucia felpa, y lo arrastró consigo hasta quedar cerca del adulto que acababa de ingresar a su habitación. Esa vez, fue la primera vez, que no se sintió como el monstruo que era.

Aún así, a pesar de que dos años y medio, casi tres, habían transcurrido –y él había hecho su mejor esfuerzo por mejorar-, todos seguían observándolo de esa forma. No importaba qué hiciera, o dejara de hacer, cada vez que se acercaba a un niño este lo miraba aterrado y salía huyendo. Lo mismo sucedía con los adultos, ninguno se le acercaba. Ninguno le hablaba. Ninguno parecía desear su presencia. De hecho, parecía todo lo contrario. Lo hacían sentirse diferente, no en un buen sentido, y Gaara había empezado a creer que quizá lo era. Quizás no era como los demás. Pero los aldeanos no toleraban lo diferente, y por ello parecían desear hacerlo desaparecer, erradicarlo, eliminarlo. Parecían desear borrar su existencia. Por esa razón, a sus seis años, Gaara aún seguía solo. Solo una persona no parecía temerle, ni querer huirle, ni desear eliminarlo, y ese era Yashamaru. Y por él, Gaara se había esforzado –y aún lo hacía- para ser aceptado. Pero nada funcionaba, nada parecía lograrlo. Por eso, por esa exacta razón, se encontraba en aquel momento meciéndose en soledad en un viejo columpio oxidado sobre la arena. Su osito: Yashamaru, se encontraba con él, siempre estaba con él. Como el Yashamaru de verdad.

Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Adelante. Atrás. Adelante. Atrás. Arriba. Abajo. Adelante. Atrás... A lo lejos, un grupo de niños y niñas jugaban con una pelota. Desde la distancia, él los observaba, oyendo atentamente el sonido del crujir de la unión metálica que mantenía el columpio en su lugar. Ñiiick, Ñiiick, Ñiiick... Ñiiick... Sin apartar la mirada, continuó contemplándolos jugar, pateando la pelota de cuero y corriendo tras ella luego. Gaara no entendía porque hacían aquello realmente, pero por alguna razón quería hacerlo también. Esos niños, todos ellos, parecían alegres. No estaban solos, ninguno de ellos lo estaba, y él tampoco quería estarlo. Por eso, cuando el balón fue a parar a una roca alta, Gaara se acercó lentamente y con la ayuda de su arena la descendió hasta depositarla suavemente en sus pequeñas manitos. Contemplando el objeto esférico, se volvió al resto de los niños y caminó un par de pasos. En ese instante, el caos se desató frente a sus ojos.

Todos retrocedieron un paso, alejándose de él. Todos ellos, todos y cada uno, lo miraban con repugnancia y asco —Tú eres...

¿Qué? ¿Qué era? ¿Por qué todos seguían mirándolo de esa forma? ¿Por qué todos lo odiaban y le temían y lo rechazaban como si su existencia perturbara la de ellos? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué cada vez que aquello sucedía su interior se retorcía como si fuese a lacerarse, como si algo de él fuera a desprenderse?

Bajando la mirada un instante, para volver a alzarla luego, extendió sus cortos brazos a todos ellos —Toma...

Los ojos de todos se abrieron desmesuradamente —Es Gaara...

—Gaara de la arena.

—¡Corran!

¡Corran!. ¡Corran!. ¡Corran!. En su mente, todo parecía resonar tres veces más, tres veces más fuerte, tres veces más violento, tres veces más turbulento. Y con la sensación de opresión en su interior sucedía lo mismo. Cada vez que lo miraban de esa forma, cada vez que se marchaban de su camino, esta regresaba. Cada vez con más fuerza, cada vez más insistente.

¿Por qué? ¿Por qué se iban? ¿Por qué lo dejaban? ¿Por qué nadie quería estar cerca suyo? —¡Esperen!. ¡No me dejen solo! —solo, solo, solo.

Viéndolos aferrarse con todas sus fuerzas al suelo, clavando sus sucias uñas contra la arena, los arrastró hacia sí con su arena. Acercándolos a él, más y más. ¿En qué momento esta se había liberado para sujetarlos? No tenía idea. Simplemente lo había hecho. Quizá, en algún lugar de su cabeza, él mismo lo había comandado. No sabía —¡Ayúdame! —Yo... no quiero estar solo nunca más. Yo...—. ¡No!

La arena se alzó a su alrededor, desde debajo de sus pies, y se dirigió a toda velocidad hacia la persona que aún yacía atrapada por el tobillo en el suelo. Él había hecho eso, no lo había pensado ni lo había planeado, pero no había podido detenerlo tampoco. Había sido un impulso, obra de la voz rasposa en su cabeza, lo que lo había llevado a hacerlo. Y no podía detenerlo, en algún punto desconocía si quería hacerlo también. No, quería lastimarla, quería hacerla llorar por haberlo tratado de esa forma. Quería que se quedara con él, que no volviera a salir corriendo. Que nunca más pudiera salir corriendo. Y si debía quebrarle las piernas para ello, entonces lo haría. Hazlo. Hazlo. Hazlo.

El impacto de la arena contra algo más detuvo todo pensamiento nocivo. Yashamaru... —Gaara-sama, por favor, cálmate.

Y lo hizo, en un instante cualquier deseo de dañar desapareció. Cualquier impulso que lo hubiera llevado a destruir, se desvaneció completamente en el aire, con la voz de Yashamaru. Él era la única persona, la única persona, que no lo miraba con esos ojos. Ni siquiera en aquel momento, cuando se había interpuesto entre el objetivo de él y su arena. Ni siquiera cuando lo había dañado accidentalmente, lo había hecho —Yashamaru... —entristecido, bajó la mirada. El osito y el balón yacían olvidados en el suelo. ¿Por qué...?

—Es imposible... —musitó, observando el movimiento de los granos de arena amortiguar y detener la punta del cuchillo a medida que intentaba acercarlo a su mano. Hacía ya una hora que estaba en ello, intentando e intentando enterrar el filo en su carne, pero no tenía sentido— La arena se interpone.

—Gaara-sama.

Sobresaltado, miró hacia la puerta, alejando inmediatamente el cuchillo —Yashamaru...

—El Kazekage me pidió que me encargase de cuidarte. Debo estar atento a tu salud y protegerte. Por favor, no hagas cosas así delante de mí —sonriendo ligeramente, rascó su nuca—. Pero bueno, aún así, la arena te protegerá.

Todo lo que sus ojos podían registrar era las vendas alrededor de las muñecas de su tío. Él había hecho eso, él lo había dañado, aún sin quererlo —Yashamaru, lo siento.

Aún así, la sonrisa serena y los ojos gentiles jamás abandonaron su rostro —Ah, ¿esto? —alzando la mano, tocó su igualmente frente vendada—. Sólo son unos rasguños.

Se preguntó entonces si aquello dolería, y qué se sentiría tal cosa, pues él nunca había conocido el dolor. Nadie se había atrevido a dañarlo, y la arena lo había protegido en todo momento, aún cuando él no lo había deseado —¿Las heridas duelen?

—Solo un poco. Curarán rápido.

—Oye, Yashamaru...

—Dime.

Bajando la mirada, observó su pequeña mano con los dedos curvados hacia arriba —¿Cómo es el dolor? Nunca me han herido, y me preguntaba cómo se siente...

Perdiendo la sonrisa finalmente, Yashamaru observó a un lado —¿Cómo explicarlo...? Es doloroso e inaguantable... Como cuando a alguien le disparan o lo cortan, y se pone muy malo y no puede pensar con claridad —pensar con claridad, eso era lo que sucedía con él a veces. Luego no podía recordarlo, había lagunas en su cabeza, lagunas que no podía llenar por más que lo intentara. Como aquella tarde, cuando había deseado dañar a todos aquellos que habían huido de él—. No se explicarlo, pero es así en pocas palabras, no es un buen estado en el que encontrarse.

Con la sensación de opresión en su pecho, observó nuevamente los vendajes de la muñeca de su tío. Por culpa de él, por culpa suya, Yashamaru estaba en ese estado. Quizá, nunca debería haber abandonado su cuarto en primer lugar. En su rincón oscuro, sobre tablas de madera humedecidas, no podía dañar a nadie. Si nunca hubiera salido, Yashamaru no estaría herido. Era su culpa, todo su culpa, por haber salido de su jaula —Yashamaru.

—¿Si?

—Entonces, ¿me odias, Yashamaru? —había decidido que, si ese era el caso, regresaría a su pequeño cuarto. Regresaría a donde, sin importar lo que la voz dijera, no podría dañar a nadie más. Nunca más.

Su semblante se suavizó — Todos hacemos daño, y nos lo hacen, en nuestras vidas. Pero es difícil odiar a otro.

Por primera vez en mucho tiempo, sonrió. Ahora lo veía, lo comprendía. Si, quizá ahora lo veía perfectamente —¡Gracias, Yashamaru! Creo que ya entiendo lo que es hacer daño.

—¿Si?

—Quizá yo también estoy herido, como el resto. Siempre duele aquí... —susurró, alzando su mano y aferrando la parte de su pecho donde sentía aquella opresión—. No sangro, pero siempre mi pecho duele aquí.

Acercándose unos pasos, para sorpresa de él, Yashamaru de acuclilló delante suyo y le quitó con delicadeza el cuchillo de la mano. Luego, sin siquiera parpadear, trazó cuidadosamente un corte de manera horizontal en una de las yemas de sus dedos. Una delgada línea roja llenó el lugar del pequeño tajo —Las heridas físicas sangran, y pueden parecer dolorosas... pero, con el tiempo, el dolor va desapareciendo. Y si usas medicinas, curan incluso antes. Pero las heridas malas de verdad son las del corazón. Esas cuesta que curen.

—¿Heridas del corazón? —no entendía, ¿cuál era la diferencia? ¿Acaso no eran las heridas todas iguales?

—Una herida del corazón es distinta de una herida física. A diferencia de una herida física, no hay ungüento que la cure, y a veces nunca sanan. Pero hay algo que puede curar una herida del corazón. Es una medicina difícil, y solo puedes recibirla de otra persona.

Esperanzado, se apresuró a preguntar. Quería repararse, si estaba roto, quería arreglar lo que estaba mal en él. Lo que hacía que se sintiera en la forma en que lo hacía.

—Lo que puede curar una herida del corazón es... Amor.

—¿Amor?

—Si.

—¿Y de donde puedo sacarlo? ¿Qué debería hacer para librarme de este dolor?

Siempre con una gentil sonrisa, Yashamaru había contestado —Gaara-sama, ya lo has recibido. Amor es la devoción y dedicación que le das a alguien cercano e importante a ti... Se expresa cuidando y protegiendo a esa persona. Como mi hermana. Sé que mi hermana siempre te quiso, Gaara-sama. El Shukaku de la Arena es un alma viviente que normalmente se usa para el combate. La arena automáticamente te protege por amor. Sé que la voluntad de tu madre esta dentro de la arena. Mi hermana probablemente quería protegerte, incluso tras su muerte.

—Yashamaru.

—¿Si?

—Gracias por lo de antes... Por pararme.

—De nada. Después de todo eres una persona cercana e importante para mi, Gaara-sama.

Una persona cercana e importante para mi. Si, ahora creía que lo entendía. Tímidamente, había dado dos pasos adelante y, con sumo cuidado, había tomado la mano de él y había cubierto la pequeña herida con sus diminutos labios, intentando hacer desaparecer el dolor de su tío. Succionando la sangre lentamente hasta que no quedara nada. Sabe... sabe como metálico.

Monstruo. Monstruo. Monstruo. Eso era, eso seguían llamándolo. Desde su nacimiento, ese era el designio que había recibido. Vete a tu casa... monstruo... Lo había intentado. Había hecho todo lo posible por ser aceptado. Eso era todo lo que quería, todo lo que siempre había querido, pero sin importar cuanto se esforzara nada sucedía. Nada cambiaba. Nunca. Y ahora que el velo había caído, todo parecía más claro. Había estado en lo cierto, cuando había estado en aquel pequeño e inmundo cuarto solo. Solo... Siempre había estado solo. Desde el inicio, nadie lo había amado. Ni su madre, ni su padre, ni sus hermanos, ni Yashamaru. Mentira. Mentira. Mentira. Todo había sido una asquerosa mentira, una hipocresía. Y él se había aferrado a ello pensando que lo salvaría, que alguien –en algún lugar del mundo- lo aceptaría. Se había aferrado con todas sus fuerzas. Había depositado en la mentira, en la persona que era y había sido Yashamaru, todos sus sueños y miedos y deseos. Había depositado en él su voluntad y su sanidad mental. Lo había arriesgado todo, pensando que –tal vez y solo tal vez- alguien lo amaba. Alguien era capaz de verlo como otra cosa. Pero la realidad era una, no había otra cosa. No había nadie más que él. El MONSTRUO, el niño monstruo que había nacido con un único propósito. Odiar al mundo, amarse a sí mismo. Matarlos a todos. Su madre lo había pensado así, lo había querido así. No había deseado un hijo, sino un monstruo que destruyera todo lo que ella había llegado a odiar. Su padre también había querido un monstruo, pues hijos tenía dos y no necesitaba ninguno más. No, no lo necesitaba, no a él. Necesitaba el monstruo, el arma, aquello que solo existiría con un propósito utilitarista. Necesitaba la aberración natural que podría controlar a su antojo. Y ahora ni siquiera lo necesitaba más, ni siquiera lo deseaba, nadie lo hacía, pues habían intentado matarlo. Yashamaru, había intentado matarlo, porque él también lo odiaba.

Esa noche, había desgarrado su garganta en gritos de agonía. Esa noche, había llorado por última vez, porque los monstruos no derraman lágrimas, solo los humanos lo hacen. Y él no era humano, era un monstruo. Por eso, mataría al humano que quedaba en su interior, lo eliminaría por completo y lo grabaría en su carne para que todos pudieran verlo. Ámate a ti mismo. Y lucha solo por ti mismo.
Esa noche, cuando había regresado a su habitación; finalmente entumecido a todo lo demás y con solo odio en su interior, había liberado la arena lentamente... muy lentamente... por el suelo del cuarto y con un simple movimiento de esta, uno rápido y seco, había arrancado sin parpadear la cabeza de aquel mugroso y andrajoso osito, arrojando el cuerpo a un lado. Y lo había contemplado en silencio, con el relleno esparcido por doquier y aquello ojos muertos, por el resto de la noche, hasta el salir del sol.

Eso es Gaara... Yo. Por fin lo entiendo. Estoy solo. No confiaré en nadie ni amaré a nadie. Estoy solo. Si, estoy solo.


Ya no era un niño, aún a la temprana edad de 18 años no lo era. Era joven, de eso no cabía duda alguna. El Kazekage más joven de la historia, pero eso no lo hacía un niño. Y no lo era. Sus prioridades, sus obligaciones, no eran las de una criatura inmadura que aún deambulaba perdida por el mundo, sino las de alguien que había decidido cargar el mundo a sus hombros. Su mundo, y el de las personas cercanas a él. Aún era el niño, y aún era el monstruo, porque uno no deja de ser lo que fue. Los errores y dolores del pasado no desaparecen, por más que se lo desee fervientemente y se los intente hacer desaparecer. Y Dios sabía que él lo había intentado, que lo había hecho con todas sus fuerzas. Ese día, ese funesto día en que su mente se había quebrado finalmente, había decidido esconder los pedazos inútiles de su fracturada cabeza. Su memoria, sus emociones, todo ello lo había enterrado. Lo había empujado al rincón más lejano y oscuro de su cabeza. El monstruo había devorado al niño dolido, perdido y herido, y solo había quedado el monstruo. Pero en el interior este aún existía. Y hoy en día aún coexistía con él, en lo profundo de él, junto con el monstruo que también había sido devorado por aquello en lo que se había convertido. ¿En qué se había convertido? No lo sabía. Solo sabía una cosa, el porque. Naruto Uzumaki. Y contemplando ahora, desde aquel risco en el linde del bosque, la aldea de la Hoja extenderse delante de sus ojos, no pudo evitar considerar que aquel lugar –quizá- había sido más un hogar para él que la misma aldea de la Arena. Allí, en Konoha, había encontrado más humanidad –cuando ni siquiera sabía, o más bien recordaba, qué era eso- que en su propio lugar de nacimiento. Había encontrado irónicamente, al niño monstruo –como él- más humano que jamás había concebido. Lo había encontrado a él. A aquel que había extendido una mano hacia su oscuridad, sin temor de perder la mano o la vida, y lo había sacado a golpes de ella –literalmente- y no se arrepentía por ello. Aquella había sido la derrota más provechosa que jamás había tenido. La única derrota provechosa que había tenido, de hecho, hasta aquel entonces.

—Gaara, ¿qué sucede? —de reojo, observó a un hombre un año mayor que él, de rostro pintado y vestimentas oscuras, acercarse a él. Detrás, próximo a este, lo seguía una mujer de 21 años, con su habitual cabello rubio sujetado en cuatro colas tras su cabeza. Sus hermanos.

Negando con la cabeza, volvió la vista a la aldea. Aquel lugar era tan distinto al lugar del que él provenía, del que ellos provenían y, sin embargo, era tan igual en muchos aspectos que era increíble. El que hubiera dos personas tan idénticas y tan distintas, era increíble. Seguro, era un hecho que Gaara había moldeado sus métodos y sus ideales a los de Naruto. De alguna forma, había deseado ser como él –y aún lo hacía, pues sabía que le quedaba demasiado por recorrer-, porque en el pasado ambos habían sido iguales. Naruto, Gaara; ellos, más que nadie lo comprendían. El dolor, la soledad. Pero, en definitiva, no eran más que niños dañados tratando de encontrar su lugar en el mundo. Su valor, su utilidad, para aquellos que eran cercanos e importantes en sus vidas. Para encontrar un significado, una razón para su existencia.

—Nada. Continuemos.