Disclaimer: Ningún personaje de Naruto me pertenece.
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Hola a todos. ¿Cómo están? Espero que bien. Como todas las noches, acá está el capítulo prometido, que ojalá sea de su agrado. En verdad, me hizo muy feliz saber que el anterior les gustó. Y espero que este también les guste. Como siempre, quería decirles a todos, ¡gracias!, porque el simple hecho de que se tomen la molestia de leer mi historia me alegra el día. Además, quiero agradecerles particularmente a quienes me dejaron reviews. ¡Gracias! Y, si ven algún error, si creen que deben corregirme, si quieren aconsejarme, o simplemente darme su opinión del capítulo, o de la historia en general, no duden en hacérmelo saber. Sea para ayudarme a mejorar, o animarme. De una forma u otra, se los agradezco. Como dije, espero que este capítulo también les guste... ¡Nos vemos y besitos!
El niño monstruo y la niña que no quería el mundo
II
"La niña que no quería el mundo"
Desde que había nacido, desde que había advenido al mundo, había sido una decepción. Para muchos, para todos en el clan lo había sido. Su padre nunca lo había dicho, así como tampoco lo habían hecho los ancianos del consejo, o su madre, pero lo era. Una completa y total decepción. Por años, Hiashi –líder del clan más prestigioso y poderoso de Konoha- había esperado un heredero, un primogénito que llevara el apellido y sucediera la familia con el mismo prestigio y honor. Dadas sus habilidades, y que era miembro de la rama principal, se esperaba un gran heredero, de asombrosas cualidades y gratificante poder que viniera a compensar las faltas y carencias del clan. Un varón, un hijo, uno que llevara con orgullo el peso que su familia le otorgaría a futuro. Pero, en vez de eso, y tras muchos años de espera, había nacido ella. No era varón, ni mucho menos, no era fuerte ni hábil, sino frágil y delicada, con redondeadas mejillas rosadas, rasgos puramente femeninos y pestañas largas. Hinata era una niña, todo lo que ellos no deseaban, la perfecta imagen de la decepción. De la desilusión y del desengaño. Y la situación había empeorado cuando el destinado y prometido heredero del clan, aquel que todos esperaban, anhelaban e idealizaban, había nacido de un miembro de la rama secundaria. De un miembro del Bunke, y nada menos que de el hermano menor de su propio padre, Hizashi Hyuuga. Por su puesto, eso había hecho replantear a los ancianos si habían sellado al hermano correcto, lo cual había aumentado el desprecio de su padre hacia ella, y la humillación que por su culpa sentía. Si Hinata no hubiera nacido, si no lo hubiera hecho, tales cosas no pasarían. Pero habían pasado, y con eso tendrían que vivir todos ellos. Ella sería la vergüenza del clan Hyuuga.
Aún así, más allá de la decepción, a la temprana edad de tres años, su padre había comenzado a entrenarla. Era el mismo día en que había conocido por primera vez a su pequeño primo mayor. En un principio, le había tenido vergüenza y temerosa se había ocultado tras su padre. Sin embargo, al sonreír, él también le había devuelto la sonrisa, y eso la había hecho feliz. Su primo le agradaba y, al parecer, era mutuo. Quizá entonces tendría a alguien con quien jugar, porque nadie lo hacía con ella. Pero había estado equivocada. Mucho más de lo que jamás había pensado que lo estaría.
Jadeando, y asustada, había retrocedido torpemente con sus pequeños bracitos extendidos y sus palmas hacia delante tal y como le habían enseñado. Su padre, con ambas manos escondidas en sus largas mangas, se acercaba a ella e intentaba golpearla con la tela de sus ropas, una y otra vez, pero lo hacía con demasiada fuerza. Hinata sabía que no quería dañarla, o eso quería creer, pero aún así se sentía temerosa. Él tenía la mirada, esa mirada fría y estricta capaz de congelarlo todo a su paso. Esa que decía indirectamente que ella no era lo que él había esperado, deseado, ni lo que él creía que merecía. Y que la mirara de esa forma la aterraba aún más que el hecho de que estuviera atacándola como parte del entrenamiento —Tu juego de piernas no es bueno.
Enderezando sus pequeñas rodillas como pudo, e intentando recobrar el poco aire que tenía, exclamó, con voz demasiado suave y pequeña —Sí.
E inmediatamente recobró su postura y corrió hacia él a toda velocidad. No le costó demasiado esfuerzo a su padre evadirla unas cuantas veces hasta decidir que finalmente, por ese día, habían terminado pues no parecía encontrar sentido alguno a continuar entrenando. Esa noche, en la cena, Hinata había oído a su padre comentar a su madre que Neji ya había logrado golpear a su padre, Hizashi, como ella no había logrado en ningún entrenamiento hasta entonces. Lo cual acrecentó su tristeza. Luego había sucedido aquello, y Neji no le había vuelto a hablar, o a mirarla siquiera.
Nadie miraba en su dirección. Y con el paso del tiempo, se había vuelto más y más invisible. Y, ya fuera con recelo y/o admiración, todas las miradas blancas de los Hyuuga se habían posado en Neji. Más aún tras la muerte de Hizashi, pues el joven hijo del fallecido hermano del líder parecía mejorar a velocidades alarmantes. Razón por la cual los ancianos del consejo habían comenzado a preocuparse. Eso había sucedido cuando Hinata había cumplido cinco, pero nadie le había dicho feliz cumpleaños aquella noche. En vez de eso, durante la cena, su padre había anunciado que tendrían un nuevo hijo. Y un posible heredero. Ante lo cual Hinata había entristecido, pues había pensado que la estaban reemplazando. Que ya no la querían. Y, quizá, no había estado tan lejos de la verdad. Aunque, solo quizá.
Como familia esencialmente tradicionalistas que eran, efectivamente, eligieron que el nacimiento del nuevo Hyuuga fuera en el complejo. Algunos de los mejores ninjas médicos de Konoha asistieron el parto. Sin embargo, ella no podía estar cerca. Fuera de la habitación, aguardó sentada en un rincón con las piernitas plegadas contra su cuerpo y los brazos rodeándole las rodillas rasguñadas por días de entrenamiento. Nadie la miraba o le prestaba atención alguna a ella. Todos se movían de un lado al otro. Por alguna razón, Hinata había oído a los adultos decir que aquello estaba tomando demasiado, pero no entendía porque. Aún así, aguardó encogida en su rinconcito; pues ya le habían dicho en varias ocasiones que evitara ser una molestia para los demás. Que evitara meterse en medio. Por eso, se había encogido contra las paredes, como queriendo desparecer en ellas. Últimamente, Hinata había empezado a sentir que deseaba desaparecer. Después de todo, nadie la veía. Nadie parecía notarla. Para todos ellos era invisible. Para el mundo, Hinata era invisible.
Alzando la cabeza con pequeñas lágrimas en los ojos, observó la puerta al oír el llanto de un bebé. Limpiándose el rostro con la manga del kimono, se puso de pie y tímidamente se acercó a su padre, al cual se aferró de igual forma que solía hacerlo. Tomándole con su pequeña manito la tela del kimono de él. Hiashi aguardó serio y solemne la aparición de un médico que pudiera anunciarles la noticia y proveerles detalles de lo sucedido. En cuestión de segundos, la puerta se deslizó a un lado, haciendo un gesto al hombre y a su hija de que entraran al cuarto. Sin embargo, cuando lo hicieron, Hinata notó que su mamá no estaba allí. De hecho, no parecía estar por ningún lado en la habitación. Y, cerca de allí, habían unas telas blancas con grandes manchas, de tamaños alarmantes, de color carmesí. Alzando la mirada, contempló la expresión de su padre mientras una médica le explicaba lo sucedido a la par que negaba con la cabeza.
—Lo siento, no pudimos salvarla. Perdió demasiada sangre —el hombre luchó por mantener su semblante formal, o eso creyó ver Hinata –quizá aquella hubiera sido la vez en que mayor emoción lo vio manifestar-, para luego voltearse a la pequeña cuna que había en un rincón. Caminando hasta ella, se inclinó para ver el interior con ambas manos detrás de la espalda. La ninja médica lo observó y susurró, para no despertar al bebé—. Es una niña.
Una vez más, Hinata observó la expresión de decepción al ver a aquella criatura recién nacida. Con tristeza, bajó la cabeza, preguntándose qué era aquello que hacía que su padre se decepcionara tanto.
—Hanabi se llamará —dijo, circunspecto. Y sin decir más abandonó el cuarto. Su padre se había marchado y su mamá había desaparecido y no regresaría, o eso había entendido ella en aquel entonces.
Tímidamente, Hinata se acercó al borde de la cuna e intentó ojear el interior. Sin embargo, era demasiado pequeña para llegar al borde siquiera. Avergonzada, dio un par de pequeños saltitos. Pero eso tampoco era suficiente. Alicaída, permaneció contemplando la cuna en silencio, hasta que la misma médica que había estado hablando hasta recién con su padre, se acercó y se inclinó a su lado —¿Quieres verla?
Sonrojada, Hinata asintió, y sin más ni más la mujer la alzó y la ayudó a asomarse. Los ojos blancos de la niña de cinco años se abrieron desmesuradamente. Era pequeña, muy pequeña, y tenía su piel enrojecida ligeramente. Aún no había abierto los ojos, pero Hinata suponía que tendría los mismos que todos ellos. Blancos, sumamente blancos —H-Hanabi-imouto-chan... —susurró, y sin saberlo una pequeña y débil sonrisa se dibujó en sus labios, a la par de que la mujer volvía a colocarla cuidadosamente en el suelo. Ahora no estaría sola. Nunca más estaría sola.
Corriendo con una pequeña flor en la mano, Hinata se dirigió al cuarto de su hermana —¡H-Hanabi-imouto-chan...! —solo para encontrar la habitación vacía. Con tristeza, observó la pequeña flor blanca en el interior de sus manos y se volvió a buscarla en lo que restaba de la casa. Ese día, Hanabi cumpliría tres años, y ella había buscado aquello solo para ella. Pero si no podía encontrarla, ¿qué sentido tenía haber buscado por aquella flor por horas? Un ruido de pasos no muy grandes sobre el piso de madera la alertó de que alguien más recorría aquel corredor. Al voltearse, se encontró con su primo mayor. Los ojos fríos de él se clavaron en ella y Hinata pudo sentir el odio de Neji escurrirse y arremolinarse en su interior. Temblando, bajó la cabeza. Pequeñas lágrimas frías cayendo al suelo. ¿Por qué la miraba de esa forma? ¿Por qué Neji la odiaba tanto? ¿Qué había hecho ella para ser tan despreciada por todos? ¿Acaso había algo mal con ella? No lo sabía pero, si mal no recordaba, esa había sido la primera vez que había adquirido el tonto hábito de tartamudear compulsivamente.
—N-Ne-Neji-n-nii-san... —susurró, apretando sus pequeños ojos fuertemente, derramando aún más lágrimas en el proceso—. ¿S-Sabes... d-don-donde esta... H-Hanabi-imouto-chan?
Él solo continuo mirándola con desdén—Hmp. Mi lealtad no pertenece al Souke —y sin decir más, el niño de nueve años se marchó del lugar, dejándola sola y helada en su lugar. Sollozando una y otra vez hasta que sus deditos se aflojaron y la flor cayó al suelo. Por largos minutos, permaneció olvidada, hasta que la niña finalmente se sobrepuso y tomándola nuevamente entre sus dedos, con la delicadeza que tanto la caracterizaba, retomó su camino en busca de su hermana. Solo para llegar hasta el cuarto de entrenamiento, el último de la casa. En la entrada, había un miembro del clan asestado en la puerta, impidiendo el paso.
Hinata, tímidamente, comenzó a girar la flor en sus manos —E-Esto... ummm... ¿están Otou-san y H-Hanabi-imouto-chan...?
El hombre asintió secamente —En efecto, pero tengo órdenes de no dejar a nadie pasar.
—¡P-Pero...! —exclamó, negando con la cabeza para luego volver su vista a la flor entre sus dedos nerviosos—. P-Pero... h-hoy e-es el cumpleaños de H-Hanabi-imouto-chan y y-yo...
—Lo siento Hinata-sama, no puedo permitirle pasar.
Alicaída, asintió —S-Si... —y, sin decir más, se alejó arrastrando sus pequeños pies y con la flor colgando en una de sus manitos. En algún punto de su camino de regreso a la habitación, la flor se perdió, pero no importaba. No realmente. Desde ese día, había visto a Hanabi cada vez menos y menos... solo en pocas ocasiones, y en todas ellas su padre se había asegurado de recordarle que Hanabi era más hábil que ella cuando tenía aquella edad. Que era mejor. Y poco a poco se había vuelto a olvidar de ella, todos se habían olvidado de ella. Una vez más, estaba sola. Sola. Sola. Sola... No importaba cuanto se esforzara, cuanto intentara ser notada, nadie lo hacía. Nada cambiaba. Nadie la veía. ¿Qué sentido tenía intentar si solo seguiría sin lograr nada? Lo único que podía hacer era llorar. Llorar y llorar hasta que sus lágrimas y ojos se secaran para siempre, si tal cosa era posible.
—Levántate, Hanabi —oyó desde afuera del cuarto de entrenamiento. Adentro, se encontraban –como siempre- su padre y su pequeña hermana –de ahora cinco años- entrenando. Hinata, por su parte, ya asistía a la academia pero eso era algo que en su casa todos ignoraban, lo sabían, pero lo ignoraban, porque nadie había preguntado. Nadie preguntaba, como le iba en el día a día. Nadie sabía. A nadie le importaba. Entristecida, pegó la espalda contra la pared y oyó a Kurenai ingresar a la misma habitación.
—Yo cuidaré de Hinata a partir de ahora... —cerrando los ojos, Hinata suspiró. Para todos, para todos ellos era una carga. Una molestia, un impedimento. Uno que querían ignorar—. Pero, ¿seguro que quieres eso? ¿No pertenece acaso Hinata al clan Hyuuga? Las misiones de los Genins siempre los ponen en peligro de muerte.
Una lágrima escapó de las orbes blancas de ella con las siguientes palabras impasibles de su padre —¡Haz lo que quieras! Una perdedora como esa que es inferior a Hanabi que tiene solo cinco años... ¡no es lo que necesita el clan Hyuuga! —¿acaso su padre estaba pensando en renegarla como parte de la familia? ¿Acaso no le importaba si ella salía herida? ¿Si moría? ¿Por qué? ¿Qué había hecho de malo para que su padre no la quisiera? Ella se había esforzado, seguro, los resultados no habían sido siempre buenos, pero lo había hecho. Se había esforzado al máximo. ¿Por qué?
Perdedora. Perdedora. Perdedora. Finalmente lo sabía, lo había oído. Finalmente su padre lo había dicho. La razón de porque no era importante para el clan, ni para nadie. Hinata no era útil, no era lo suficientemente buena, nunca lo había sido... Nunca lo sería... Para ellos, para todos ellos, Hinata era invisible. Para el mundo entero lo era.
Y-Yo... soy invisible...
Hinata ya no era una niña, aún cuando tenía tan solo 18 años, no lo era. Era joven, por supuesto, pero en el mundo en que vivían eso no significaba demasiado. No cuando en cualquier instante, cualquier misión, cualquier día, podía perder su vida. No cuando 18 podía ser el último número de años que cumpliría. Aún así, ella no se daba por vencida. En el pasado, lo había hecho, incontables veces. Se había rendido, le había fallado a los demás –en misiones incluso- cuando más la necesitaban, y había optado por derramar más lágrimas. Pero, al contrario de lo que había creído, estas nunca habían cesado. Hinata había creído que, si lloraba todo su dolor, si lo sangraba en forma de lágrimas, algún día ambos desaparecerían. El dolor y el llanto. Pero sus ojos aún no se habían secado, para su desgracia. Y por más que había intentado olvidar el pasado, y Dios sabía que había casi muerto en el intento por hacerlo, no lo había logrado. Ni siquiera se había acercado a algo similar al olvido. Pero había decidido, entonces, que no quería olvidar. Que no lo quería borrar, porque era parte de ella y de lo que era y era el dolor que la había moldeado como era. Con sus defectos y virtudes, si es que tenía de estas últimas. Pero, sin importar que, no cedería. Eso había aprendido, en eso se había convertido. Hinata podía ser débil y frágil, y podía lucir demasiado gentil para ser un ninja –e inclusive podía serlo también- pero no se rendía. Su voluntad, por rompible que su cuerpo pudiera ser, no se quebraba con facilidad. Era cierto, que en su caso particular todo costaría el doble o el triple de esfuerzo para lograr lo que tanto deseaba, pero no veía otra opción a ello. En su vida, había llorado y se había escondido, y se había retraído del mundo por hacerla invisible, por no haberla querido. Aún entonces, muchas de sus heridas permanecían abiertas y sangrando, pero ella las ocultaba perfectamente. Sus lágrimas, las mantenía con todas sus fuerzas en sus ojos, mientras entrenaba todos los días hasta el anochecer, hasta perder el conocimiento. Aún así, la mayor parte de las veces, se sentía invisible. Aún cuando era una Hyuuga, las personas miraban en su dirección pero no la veían a ella. Veían más allá, veían a través, pero nunca a ella. Su padre mismo, aún no la veía. No la oía. No la tomaba demasiado en consideración. Y eso era algo que Hinata no podía dejar ir, aún cuando le dolía, y aún cuando sabía que no podría seguir con aquello demasiado más, no podía. Simplemente le era imposible. Porque en eso se había convertido ella, no en la niña llorona, sino en aquella persona que se aferraba con todas sus fuerzas y se rehusaba a soltar lo que creía que valía la pena luchar. Y lo había hecho por él. Naruto Uzumaki. A él había moldeado sus ideales y sus métodos, y había elegido seguir su mismo camino ninja. Aún cuando ya no pudiera recorrerlo junto a él. Eso había hecho.
Pero, en definitiva, Hinata no era más que una niña dañada. Una como Naruto y el mismo Neji, quien deseaba encontrar su lugar en el mundo, el mismo que la había roto en primer lugar. Su propósito. Su razón de ser y de existir. Todo eso anhelaba. Ser importante para alguien, y ser vista. Y no, ella no quería poder o riqueza, porque todo eso lo había tenido desde el inicio, con su apellido, y nada le había resultado de valor alguno. Desde el principio, Hinata había recibido todo, todo por lo que muchos morirían –y matarían-, pero nada de lo que necesitaba. Amor, respeto. Las únicas cosas que sí valían la pena en el mundo. Las únicas que no se podían comprar ni arrebatar por la fuerza.
Sintiendo la brisa acariciar su larga cabellera índigo, cerró los ojos. Permitiéndose sentir el placer de la sensación en su pálido rostro de porcelana. Cuando se sentía triste, o simplemente solitaria, escapaba allí, a los terrenos de entrenamiento de su equipo. No era un escondite secreto, porque ya no era una niña que necesitaba uno, pero era un lugar en el que estar. Un espacio calmo y tranquilo donde podía encontrar, si bien por meros instantes, paz. Pues en el mundo la paz era un bien escaso, uno que ella valoraba por encima de todo. Por eso, cuando no soportaba estar en su casa o en ningún otro lado, cuando el movimiento violento del mundo la mareaba, Hinata se escabullía allí, y disfrutaba de la naturaleza unos instantes, y otros entrenaba hasta que sus nudillos sangraran y su frente sudara. Y lo hacía con todas sus fuerzas y poniendo todo su corazón en ello, tal y como era ella. En esta ocasión, sin embargo, Hinata había optado por lo primero, disfrutar la calma de la naturaleza y los sonidos relajantes del bosque. Eran tonterías, Hinata sabía, contemplar flores y mariposas pero eran nimiedades que le alegraban el día, así lo hicieran por tan solo un pequeño instante. Allí nadie la juzgaba.
Una voz familiar, masculina, la alertó de la presencia de alguien más en el claro —Hinata, ¿qué haces aquí?
Abriendo suavemente los ojos, se volteó a ver con una pequeña y casi imperceptible sonrisa a sus dos compañeros de equipo. Shino y Kiba, el segundo con Akamaru a su lado. Ambos de pie, aguardándola. De pronto recordó, avergonzada por su olvido, que había quedado el día anterior –tras terminar el entrenamiento en conjunto- con su equipo para ir a visitar a Kurenai y a su pequeño hijo —O-Oh... H-Hola Kiba-kun... Shino-kun... lo s-siento... creo q-que me retrasé —se disculpó abochornada, sus mejillas adquiriendo un muy leve matiz rosado—. E-Es solo... que es un d-día muy bonito... ¿N-No creen?
Shino asintió serio, contemplando el cielo de forma enigmática, como habitualmente solía hacer. Kiba, por su parte, se limitó a observar a su amigo con una ceja enarcada, para luego volverse a Hinata rascando su nuca ligeramente —Eso creo...
La joven Hyuuga simplemente asintió con gentileza en respuesta. Cierto era, que Kiba no era del tipo que gozaba admirar de la naturaleza desde el exterior, no, él era parte de ella. Se fusionaba con ella. Hinata lo había visto, gozar y disfrutar corriendo con Akamaru salvajemente por el bosque como si ese fuera su hogar y no la civilización humana en la que vivían. Él no se fijaba en el cielo, como lo hacían ella y Shino, sino que se concentraba en la sensación del suelo –suelo húmedo- contra el que sus garras chocaban al correr. En cierta forma, se podía decir que el Inuzuka era más bien un brusco realista, con los pies siempre en la tierra, mientras que ella era una soñadora. Con la cabeza siempre en las nubes. Shino, por otro lado, era algo intermedio entre ambos. Un realista, pero uno que idealizaba las cosas, tales como la camaradería y el trabajo en equipo. Por eso, funcionaban tan bien. Por eso, quizá, los habían puesto juntos.
Kiba, de brazos cruzados, volvió a observar impaciente a sus dos compañeros de equipo. No, él no era paciente como Shino y Hinata, y a aquellas alturas ambos deberían saberlo —¡Ejem! ¿No teníamos prisa?
Recordándolo repentinamente, Hinata se puso de pie —¡O-Oh...! T-Tienes razón Kiba-kun... creo que... l-lo olvidé por completo —confesó sonrojada. Sacudiéndose rápidamente, aunque agraciadamente, sus ropas.
El castaño negó con la cabeza, sonriendo despreocupadamente y exponiendo sus largos caninos en el progreso —¡Bah! No te preocupes.
Shino asintió con la misma serenidad que tanto lo caracterizaba —En efecto, no es necesario. Kiba simplemente desea apresurarse porque tiene hambre, para variar.
Ofendido, el castaño frunció el entrecejo e inmediatamente empezó a sacudir su puño en el aire y a alzar la voz. ¡¿Quién se creía Shino para hablar así de él? —¡Oy, eso no es cierto! —sin embargo, el sonido de su estómago rugiendo lo traicionó—. Heh, heh...
Hinata sonrió muy suavemente —E-Esto... esta bien... Gracias Shino-kun, K-Kiba-kun...
—¡Aún así, en mi defensa-
Shino lo interrumpió, negando con la cabeza —Shhh.
Por supuesto, esto no complació en absoluto a Kiba. Nadie, y cuando decía nadie se refería exactamente a eso, lo callaba. Compañero de equipo o no, se aseguraría de recordárselo a Shino por las buenas o por las malas. Pero eso era algo que podía hacer luego. Si, podía esperar. De momento, debía admitir que tenía algo de curiosidad por el comportamiento "sorpresivo" –porque en Shino nada era realmente sorpresivo. De hecho, hacía todo tan calma y mesuradamente que la palabra sorpresa perdía todo significado- de su compañero de equipo.
Aún así, no pudo evitar abrir su boca —¡¿Qué-
Pero se silenció inmediatamente al oír el sonido de pasos, tres distintos, en dirección hacia donde se encontraban ellos. El ruido de la hierba aplastándose debajo de tres pares de pies fue lo que lo alertó en un primer momento. Luego, su olfato captó un aroma familiar. Era uno que no percibía en mucho tiempo, y uno que había percibido tan solo una o dos veces en el pasado, pero que había quedado grabado en su cabeza. De hecho, cada olor que Kiba percibía quedaba almacenado inmediatamente en su cabeza, pues esa era su forma de diferenciar a las personas particularmente. Este aroma particular, era el olor de la arena. Lo recordaba perfectamente. De hecho, aún recordaba a Akamaru temblando como nunca antes lo había hecho, oculto bajo su chaqueta. ...Además, esa arena tiene un olor muy penetrante. Huele a sangre... Aunque debía admitir que, esta vez, el olor no lo sentía con tanta intensidad, y que el tinte a sangre había disminuido considerablemente hasta el punto de prácticamente desaparecer. Aún así, podía oler la fortaleza de aquella persona. La magnitud de sus poderes, aún si sabía –por Naruto- que el demonio en su interior había sido removido. Akamaru, mecánicamente, se había puesto a la defensiva. Hinata lo observó confundida.
—Ummm... Kiba-kun, ¿qué l-le sucede a A-Akamaru? —susurró, agachándose y acariciando con delicadeza la cabeza del gran animal. Kiba, aún de pie, observó el sendero que bordeaba el claro en que se encontraban. Para los animales, a diferencia de los humanos, era difícil sacudirse una primera impresión y aquella había sido una endemoniada primera impresión para el gran can.
—Es ese sujeto... —Shino aguardó en silencio.
La joven Hyuuga parpadeó desconcertada —¿U-Uh? —observando en la misma dirección que sus dos amigos, en el preciso instante en que tres personas pasaban por allí. La escena se le hizo demasiado familiar. Era como aquella vez, aquella vez en que habían hecho el examen chunin y acababan de terminar la prueba de supervivencia en el bosque de la muerte. Y, tal y como aquella vez, el chico pelirrojo de la arena iba adelante, caminando erguido y serio, seguido de sus dos hermanos mayores. Ambos con una sonrisa jactanciosa en los labios.
Aquella vez, en el bosque, Hinata había sentido que su vida llegaría a su fin. Si aquella persona los hubiera encontrado, y hubiera descubierto que habían contemplado todo desde detrás de unos arbustos, los hubiera asesinado al instante, sin siquiera dudarlo. De hecho, él mismo lo había dicho, que mataría a todo aquel que se cruzara en su camino. Y ella había visto como hacía exactamente eso con tres shinobi de la lluvia, aún cuando no había sido necesario matar a los dos restantes tras haber asesinado al líder de ellos y obtenido el pergamino. Así que una lluvia de agujas, ¿no? Entonces yo voy a hacer que caiga una lluvia de sangre. Aún Kiba se había sentido perturbado frente a él, y Kiba rara vez se mostraba de tal forma. De hecho, habitualmente tendía a saltar a una situación sin siquiera pensarlo dos veces y sin siquiera vacilar. Pero esa vez, esa vez había sido distinto. En tan solo un parpadear, y con un sencillo movimiento de mano, había enroscado la arena alrededor del cuerpo de su enemigo para luego tomar con la misma frialdad una de las sombrillas que habían caído tras fallar la técnica del ninja de la lluvia. Puedo cubrir tu bocota y matarte... Pero eso sería una pena para ti. El aire, de repente, se había llenado de pequeños granos de arena, pequeñas partículas, flotando en el aire y el shinobi de la lluvia, aún atrapado en la técnica del pelirrojo de Sunagakure, se había elevado hasta quedar a unos cuantos metros de altura. Allí, sin siquiera pestañar, había cerrado sus dedos curvándolos hacia su palma y había presionado aún más el agarre alrededor del cuerpo de aquel sujeto.
Hinata, igual de aterrada que el resto de su equipo, había oído como todos y cada uno de los huesos de aquel sujeto se quebraban y había visto como, literalmente, había hecho llover la sangre de aquella persona sobre todo el terreno, y sobre sus mismos camaradas inclusive. Lo cuales, despavoridos, habían gritado y suplicado por sus vidas. No hubo dolor. Porque ni siquiera hubo tiempo de sentirlo. La amarga sangre de los cuerpos fluye y se mezcla con la interminable arena, llenando el caos en mi interior, haciéndome más fuerte. Anticipándose a lo que vendría, Hinata había bajado la cabeza, cerrado los ojos y cubierto sus orejas con sus temblorosas manos. Sin embargo, los crujidos de los cuerpos quebrados habían alcanzado sus oídos de todas formas. Esto no es bueno, ¡corran! Nos matará si nos encuentra. Había gritado Kiba, y todos habían obedecido. Aunque aún podían oír las voces de aquellos tres shinobi. Es el pergamino del cielo. Que bien. Muy bien, ahora vayámonos a la torre. La voz había sido del otro hombre que lo acompañaba. Luego, había vuelto a hablar él. Cállate. Aún no estoy satisfecho.
Por un instante, había creído que los había descubierto. Que era el fin para ellos. Temblando, se había agachado aún más y había cerrado los ojos, pensando en Naruto, y en que nunca le había dicho lo que sentía por él. Sin embargo, él había vuelto la vista a sus hermanos y había amenazado con asesinarlos a ellos. Con la mayor frialdad que Hinata jamás había oído. Jamás pensé en ustedes como familia. Si te metes en mi camino, te mataré... Afortunadamente –si es que la palabra se aplicaba a tal situación-, la hermana mayor y única mujer del equipo había logrado persuadirlo de detenerse, dándoles a ellos la posibilidad de escapar. Nunca lo admitiría pero, aquella vez, ella misma había temblado todo el camino de regreso a la torre como Akamaru, o aún más que el mismo cachorro.
Y tal y como aquella vez, al pasar por allí, las miradas curiosas de los dos hermanos mayores se habían vuelto a ellos mientras que, el más joven, había permanecido con su semblante en alto y al frente. Sin embargo, por un instante, los había observado a los tres de reojo. Y, tal y como aquella vez, la mirada fija de él la había puesto nerviosa.
