Disclaimer: Los personajes de Naruto no me pertenecen.

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Hola a todos. ¿Cómo están? Espero que bien. Como siempre, quería decirles que sus reviews me alegraron el día, mas aún porque mañana tengo que rendir un parcial. De verdad. Quería agradecerles, a todos, desde aquellos lectores que le dieron una oportunidad a esta historia, pasando por aquellos que me agregaron a Favorites y a Alerts, y más aún a aquellos que se toman la molestia de hacerme saber lo que piensan. Ojalá, y sigan comentándome su opinión (o corrigiéndome y criticándome si lo creen pertinente), así mejoro aunque sea un poquito. En fin, espero que este capítulo les guste... ¡Nos vemos y besitos!


El niño monstruo y la niña que no quería el mundo


IV

"Plenilunio"


Inmóvil, erguido, elevó su vista al cielo. Por encima de su cabeza, se alzaba la bóveda celeste, oscura y completamente negra a causa de la caída inevitable de la noche. En Suna, las noches eran extremadamente frías en contraposición con los días de temperaturas altas y rayos de sol abrasantes. Aquí en Konoha, sin embargo, el clima era distinto. Durante el día, el sol caía con aplomo sobre las casas y edificios y las áreas boscosas que rodeaban la aldea pero que permanecían dentro de las murallas de la misma. Había una brisa, leve y refrescante, pero que en nada se comparaba con el viento constante que azotaba eventualmente el desierto. Y en el cielo había nubes, algo que no era realmente habitual en Sunagakure. De noche, extrañamente, la temperatura no cambiaba demasiado tampoco. Descendía unos grados, seguro, pero no era fría y desoladora como en su tierra natal. Sin embargo, el panorama era siempre el mismo. Allí donde fuera lo era, y Gaara encontraba cierto placer contemplando el firmamento durante las noches, pues era algo que había hecho siempre. Con una diferencia. En el pasado, cuando se deslizaba en la noche, era para saciar su hambre siniestra, aquella que lo llevaba a arrebatar la existencia de otros para alimentarse con ellas y mantenerse vivo, pulsando y existiendo. Y en las noches de luna llena había sido peor. Desde niño, desde que había permanecido encerrado y confinado en aquella mugrienta habitación desolada, hasta que había asesinado al que una vez hubiera sido su tío, hasta los primeros exámenes chuunin en Konoha –en los que él mismo había participado- había tenido problemas para contener al Shukaku durante el plenilunio. E incluso durante años después, hasta la remoción definitiva de este de su interior, también lo había sentido. La sed de sangre, los susurros perturbadores, las órdenes siniestras y las demandas desesperadas. Todo lo había oído en el interior de su cabeza pero, tras conocer a Naruto, no había vuelto a ceder siquiera una vez. Aún así, cuando era esa época particular del mes, había elegido mantenerse alejado y en soledad durante el transcurso de la noche. Ahora, sin el demonio en su interior, por otro lado, era más bien una rutina y una razón para despejar su cabeza de asuntos de su aldea y permanecer algún tiempo en soledad. Seguro, Gaara había renunciado al aislamiento completo de la raza humana a la que él mismo pertenecía –a pesar de que muchos habían renegado de él, llamándolo monstruo-, pero eso no significaba que dejara de gozar de instantes de paz por su cuenta. Porque, de hecho, lo hacía. En su mundo, y más aún con el puesto que ocupaba, la paz era un bien escaso, tal como lo era el silencio. No se quejaba, no, porque había sido su elección convertirse en Kazekage y lo había hecho para cambiar la percepción que los demás tenían de él, pero resultaba un esfuerzo constante que no era fácil de mantener. Aún para alguien que había sido un Jinchuuriki. De todas formas, era una razón más el que no pudiera dormir. Aún si habían dicho que la necesidad retornaría, aún no lo había hecho. Y él no sabía si eso era necesariamente bueno o malo, nunca había conocido lo que era el dormir. De hecho, parecía ser que eran varias las cosas que no había conocido de las que los demás humanos daban por sentado, como el dormir y el amar, entre otras. Pero, poco a poco, intentaba comprender, al menos en parte, la segunda, pues no podía forzarse a dormir, aún cuando lo quisiera.

Bajando la mirada, clavó sus ojos en una dirección determinada. Más allá, tras unos árboles y unos arbustos, se oían sonidos. Eran tenues, pero parecían golpes, acompañados con el sonido de pies aplastando la hierba. En otra época, si hubiera encontrado a alguien en la noche, vagando solo y por su cuenta, lo habría asesinado sin miramiento alguno. Y aún ahora, si aquella persona resultaba una amenaza para él o para su alianza con la Hoja, también lo haría. No por el placer sádico, porque esa necesidad había sido atenuada desde la partida del demonio de su espectro de necesidades, pero si por obligación. En lo referente a proteger a su aldea, y a lo que era valioso para Uzumaki Naruto, Gaara no vacilaba, y hacía lo que fuera necesario sin detenerse a pensar demasiado en los métodos. Una vez más, no por necesidad de satisfacer una necesidad sombría, sino por el bien del mundo shinobi. Porque Gaara sabía que era tan solo cuestión de tiempo para que el rubio ocupara el legítimo lugar que venía reclamando desde que lo había conocido a los doce. Si, Naruto sería Hokage y de eso no cabía duda. Sería también, una pieza importante para el cambio de rumbo del mundo. Y él, como Kazekage de la aldea de la Arena, tenía la obligación para con sus aliados de cumplir su rol como tal.

Asegurando la calabaza cuidadosamente en su espalda, caminó con sigilo a través del bosque y en la dirección en que había oído los ruidos. Podría haber usado su tercer ojo, suponía, pero encontraba el gasto de chakra sumamente innecesario para una ocasión como aquella. Aunque ahora, acercándose más y más al lugar, estaba completamente seguro de que se trataba de un ser humano, pues podía percibir su presencia en el aire. Con desconfianza, se preparó para atacar si era necesario. En el interior del contenedor la arena había comenzado a removerse inquieta. Si aún hubiera tenido el Shukaku en su interior, Gaara estaba seguro que no habría tenido aquel momento previo al ataque. El demonio, así como la arena, habrían actuado por su cuenta y aquella persona que se encontrara allí ya estaría muerta, enemigo o aliado. Era indiferente. Ya lo habría matado. Sin embargo, se detuvo en seco al observar que dicha persona en cuestión no estaba haciendo otra cosa que entrenar. Dando media vuelta, se dispuso a retomar su camino, solo para ver por el rabillo del ojo como el cuerpo de quien había estado golpeando insistentemente un poste de entrenamiento, caía inerme al suelo. En un acto reflejo, su arena se deslizó a toda velocidad para detener la caída antes de que impactara contra el suelo. Lenta, muy lentamente –aún sin moverse-, Gaara descendió a la persona hasta depositarla contra la hierba. Luego, se agachó y tomó el tapón de corcho que había salido despedido de su calabaza, depositándolo para cubrir la abertura redondeada. Observando un instante el cielo, se dispuso a caminar hacia el pequeño claro. Al poner un pie en este, notó como la luna iluminaba allí como no lo hacía en otros tantos lugares. Si debía ser honesto consigo mismo, Gaara prefería la comodidad de la oscuridad y permanecer calma y serenamente en esta. Allí, nadie podía perturbar sus pensamientos.

Deteniéndose en seco, junto al cuerpo inmóvil, se cruzó de brazos, observando con el semblante inexpresivo a aquella persona. Era del sexo femenino, indudablemente, y –para su sorpresa- poseía un protector de Konoha amarrado al cuello. Por un instante, había creído que sería de otra aldea, alguien que estuviera preparándose para los exámenes chuunin o alguien moviéndose en la clandestinidad de la noche para planear un ataque a la aldea, o algo similar. No era una teoría descabellada, por supuesto, pues él mismo había sido parte de un plan de esa naturaleza la primera vez que había asistido a un examen allí y no era algo poco común en la inestabilidad que presentaba actualmente el mundo en que vivían. Era esa, de hecho, la razón que lo había movilizado a asegurarse de que no se tratara de aquello. Sin embargo, se había encontrado con una kunoichi de la aldea de la Hoja. Desmayada, sin más ni más. Y consideró, si bien por un instante, marcharse de allí y dejar el asunto en paz, pero pensó que quizá sería una negligencia de su parte para con su alianza si dejaba abandonada a aquella muchacha y resultaba sucediéndole algo. Más aún, si aquella muchacha conocía a Uzumaki Naruto –y Gaara pensaba, por alguna razón u otra que no podía precisar, que de hecho ese era el caso. Además, volviendo a la línea de pensamiento previa que había estado siguiendo, razonaba que no sería lo más seguro dejarla allí. Como había considerado previamente, era posible que alguna otra aldea aprovechara los exámenes para sus propios beneficios. Y aún si no se trataba de eso, siempre cabía la posibilidad de que un competidor quisiera deshacerse de la competencia, y no sería la primera vez en la historia del mundo shinobi que tal cosa sucediera. Aunque Gaara no estaba seguro que aquella chica participara de los exámenes. De hecho, le parecía haberla visto previamente.

Descolgando su calabaza, la depositó apoyada contra una roca. Habitualmente, llevaría el sombrero característico de Kage sujeto a la parte más estrecha de esta, más aún en una ocasión como los exámenes chuunin, donde evidentemente debería utilizarlo. Pero aquella noche había decidido dejarlo en el lugar donde se estaban hospedando, junto con la túnica tradicional que lo acompañaba. Dando una última mirada a la chica para comprobar que aún no había despertado, se sentó sobre la roca contra la que había depositado su calabaza, con las piernas abiertas despreocupadamente y los codos apoyados de igual forma sobre sus rodillas, haciendo mecánicamente que su torso se inclinara ligeramente hacia delante. Sus ojos aguamarina vagaron por el claro y hacia la persona inconsciente en el suelo. Si mal no recordaba, aquel era el camino que habían tomado para llegar a la aldea aquel mismo día. Temari, que había arribado un mes y medio antes –para la organización en conjunto de los exámenes y para hacer de examinadora en la etapa escrita- había ido a recibirlos a la entrada y los había guiado hacia su hospedaje. Y, si su memoria no le fallaba, se habían cruzado con tres personas en el camino que, al verlo, se habían paralizado en su lugar y solo con la mirada lo habían seguido. Un grupo de tres, todos chuunin suponía, de los cuales uno solo era de sexo femenino. Quizá se tratara de la misma persona. Ojeando en la dirección de ella, continuó en silencio, con el semblante impávido, analizando el rostro de la joven. Era redondeado, y aún con la edad tenía un aspecto de inocencia que difícilmente alguien podía pasar por alto. Su piel, era completamente blanca y pulida, a excepción de sus mejillas que presentaban una ligera tonalidad rosada casi imperceptible. Por lo demás, tenía largas pestañas oscuras de la misma tonalidad que sus largos cabellos del color de la noche, los cuales permanecían ahora esparcidos alrededor de su rostro. Su flequillo, caía delicadamente sobre su frente y nariz, cubriendo parte de su fisonomía pero no sus párpados cerrados.

Se preguntó cuanto tiempo más permanecería inconsciente, pues debería regresar en algún momento a donde él y sus hermanos se hospedaban. No que considerara que sus hermanos fueran a preocuparse por su ausencia, pues ambos sabían que él no necesitaba guardaespaldas ni alguien que velara por su seguridad –aún cuando ellos constantemente se ofrecían a escoltarlo a todos lados-, pero suponía que temprano debería retomar sus deberes como Kage. Aún cuando estaba lejos de su aldea, Gaara sabía que había demasiado por hacer. Empezando por la reunión con la Hokage –la cual había retomado su puesto al despertar del coma en que había caído tras la invasión del líder de Akatsuki, Pain-, que tendría al día siguiente. Tirando su cabeza hacia atrás, volvió a alzar su vista al cielo y más particularmente a la luna. No podía decir que sintiera nostalgia, ni que se arrepintiera de haber perdido el demonio en su interior. Definitivamente se reprochaba el haberlo perdido ante una organización tan peligrosa como lo era Akatsuki, quienes habían sido capaz de derrotarlo y arrebatarle la vida posteriormente, pero ese era su único lamento. No el que el Shukaku se hubiera desvanecido de su interior. Mantener el control de uno mismo era infinitamente más fácil cuando no tenía a esa voz susurrándole que aniquilara todo a su paso y que cediera sus poderes a él para poder lograr lo que deseaba, como lo había hecho en su pasado.

—Mmm...

Alertado por el suave gemido, volvió sus ojos a aquella persona que aún permanecía desvanecida en el suelo. En silencio y sin siquiera moverse, observó las largas pestañas de esta oscilar lenta y suavemente. Una y otra vez. Hasta que los párpados se alzaron con la misma lentitud descubriendo un par de orbes sumamente blancas con pupilas exactamente del mismo color que se perdían en el interior del descolorido iris. Parpadeando desconcertada, la chica permaneció aún en el suelo. Gaara, por su parte, no supo si anunciar su presencia sería correcto o simplemente debía aguardar a que ella lo notara. Por otro lado, también podría deslizarse en la oscuridad de la noche y desaparecer sabiendo que había cumplido con lo que había decidido hacer. Finalmente, optó por la primera de todas las opciones; ya que no quería asustarla, aún cuando estuviera acostumbrado a que las personas reaccionaran de esa forma ante él, al menos así lo habían hecho incontables veces en el pasado.

En tono neutral, soltó al silencio de la noche, observando cautamente las reacciones de ella —Despertaste.

Hinata, descubriendo que no estaba sola, abrió sus ojos desmesuradamente y se incorporó apresurada hasta quedar sentada con sus piernas plegadas bajo el peso de su cuerpo. Tímidamente, alzó la mirada y observó la persona cuya voz había oído segundos atrás. Era un shinobi, de aproximadamente su edad, pero no era cualquier ninja. Era el Kazekage de la aldea de la arena y aquel mismo que habían visto aquella misma mañana transitando aquellos terrenos. Sin quererlo, recordó las palabras de Kiba y aquel suceso transcurrido tantos años atrás en el bosque de la muerte. Nerviosa, volvió a bajar la mirada inmediatamente —Yo... e-esto... —¿qué debía decir? ¿Qué podía decir, que había sido tan tonta como para perder el conocimiento mientras entrenaba?

Los ojos de él, con lentitud, se deslizaron hasta las palmas de la chica. Estaban dañadas, la piel rasgada y cubierta de hematomas y cortes que evidentemente eran recientes. A modo de establecer un hecho, dijo —Perdiste el conocimiento. Tus manos...

Avergonzada, la joven Hyuuga apretó los ojos y cerró sus manos volteándolas con la palma hacia abajo sobre su regazo, aún en puños. Negó delicadamente con la cabeza —Yo... e-estoy bien... solo...

Gaara se puso de pie y tomando su calabaza se la echó al hombro, asegurándose de acomodarla correctamente en su espalda. Luego, se volvió a la joven para anunciar su partida —Debo retirarme.

Hinata, que hasta el momento había permanecido aún sentada en el húmedo suelo del bosque, se puso de pie. Sacudiendo tímidamente sus ropas —E-Esto... Kazekage-sama...

Él se detuvo un instante y la observó de reojo, aún dándole la espalda —¿Hmp?

La chica tenía costumbres extrañas. De repente, había bajado la cabeza y había comenzado a hacer algo extraño con sus dedos. Priorizando ambos dedos índices de cada mano, los cuales chocaba uno contra otro y giraba nerviosamente de igual manera, uno alrededor del otro —Yo... ummm... ¿P-Por qué... se quedó...?

El pelirrojo volvió la vista al frente, sin manifestar la menor turbación por la pregunta de ella. De hecho, como siempre, su rostro tanto como su postura corporal no revelaban demasiado. Simplemente que era un hombre reservado y colecto, de semblante inexpresivo y que estaba siempre en perfecto control de sí mismo y sus emociones. Aunque eso era reciente, y no constantemente, aún cuando aparentaba ser siempre colecto —Uzumaki Naruto. Por él, debo mi lealtad a esta aldea y, por extensión, a sus habitantes.

Sonrojada, la chica asintió lentamente. Era únicamente lógico que aquella fuera su respuesta. Breve pero concreta, y completamente verdadera —S-Si... Naruto-kun... —susurró, recordando de repente –y con suma tristeza- la situación del día anterior, pues ya había pasado de medianoche, y las razones generales por las que se encontraba allí y no en su casa.

Gaara hizo un gesto seco con la cabeza. Efectivamente, tal y como había supuesto, aquella chica conocía a Naruto. De hecho, era probable que hubiera sido uno de los tantos posibles contrincantes durante su primer examen chuunin. Ahora que lo recordaba, aunque no particularmente pues su memoria de aquella época era vasto lagunosa, había contemplado un combate entre dos personas que poseían ojos similares a los de ella, ojos blancos. Y, si no se equivocaba, aquel combate había sido exactamente el anterior al suyo. Lo recordaba, porque a causa de la ferocidad de este había empezado a despertar su demonio interno, agitándolo y violentándolo, para su propio combate por venir. ¿Podría ser ella uno de aquellos dos combatientes? Era posible, de hecho, parecía bastante factible. Según comprendía, aquel rasgo característico de los ojos era un kekkei genkai y no un simple fenotipo de un genotipo hereditario más, por lo que no creía que pudiera confundirlos fácilmente. De hecho, era conocido que aquel rasgo era propio y particular del clan Hyuuga.

—Deberías regresar a tu casa, Hyuuga —señaló, no despectivamente realmente. Sino de forma seria y a modo de advertencia, aunque supuso que ella lo tomaría como una amenaza. Evaluándola, una vez más, de reojo, notó que no manifestaba miedo u ofensa, sino tristeza. Sus ojos, eternamente blancos y vacíos, lucían alicaídos mirando el suelo. ¿Había sido él el causante de ello o algo más había gatillado tal reacción? No lo sabía, pero –por alguna razón- aquella forma de mirar le resultaba demasiado familiar. Perturbadoramente familiar. Pero quizá estaba equivocado, ella no lucía del tipo de persona que fuera a ser rechazada y temida. De hecho, y a simple vista, lucía puramente inofensiva y sin instinto asesino alguno. Pero decidió no ahondar más en la cuestión. En definitiva, no era asunto suyo. Él ya había cumplido allí.

—Y-Yo... si... —susurró, deseando permanecer allí aunque fuera unos segundos más, aún con él –aún cuando no lo conocía en absoluto y podría ser un riesgo para su integridad física-, no importaba. Simplemente aún no quería regresar. No, quería retener el instante y prolongarlo unos segundos más. No quería regresar a su casa pero no quería estar sola tampoco. De hecho, esa era la razón por la que no quería regresar aún. Porque allí, era donde más sola se sentía. Donde más invisible se sentía. Más aún en aquel particular momento—. Esto... —negó con la cabeza.

El pelirrojo, al ver que finalmente no diría nada más, se acomodó nuevamente la gran calabaza al hombro y –tras observarla por un instante de reojo-, se volvió al frente y se marchó, desapareciendo lenta y progresivamente en la oscuridad y la penumbra hasta que Hinata no pudo verlo más, al menos no sin necesitar el uso de su Byakugan. Una vez que desapareció, suspiró suavemente y cerró los ojos con fuerza intentando reprimir las lágrimas que amenazaban por escapar de sus ojos. Desde Naruto, había decidido no volver a llorar. Sin importar lo que sucediera, pues había comprobado que no había forma de secar sus ojos y que el llanto no traía nada bueno. No, era rendirse, dejarse vencer, y Hinata era conciente de que había hecho eso por demasiado tiempo en su infancia, pero ya no lo haría. Ya no lo hacía. Alzando la vista al cielo, contempló por última vez la luna antes de marcharse de allí. Era una noche bonita, pero una que en un par de horas culminaría. Lo mejor sería apresurarse y llegar a casa.

En silencio, corrió por las desiertas calles de la aldea y hasta el complejo Hyuuga. Una vez atravesó las puertas corredizas de la pared que rodeaba el patio delantero, descendió la velocidad hasta quedar frente a la puerta principal en absoluto silencio. Bajando la cabeza, vaciló un instante con la mano alzada hacia la hendidura en la madera. Luego, suspirando apesadumbradamente, introdujo sus delgados y blancos dedos y con estos deslizó la puerta de papel cuidadosamente a un lado, para luego cerrarla tras de sí. Con el mismo sigilo, se trasladó por los pasillos de la gran casa hasta llegar a la entrada de su habitación. Tras ingresar, cerró la puerta y se dejó caer sentada en el suelo, donde aferró sus piernas contra su pecho. De vez en cuando, observaba sus delicadas manos dañadas. Pero no importaba, no si con ello mejoraba. No si con ello lograba ser reconocida. Si ese era el precio para dejar de ser invisible, entonces ella estaba dispuesta a pagarlo. Porque, tal y como había dicho Naruto, no había atajos para lograr lo que uno deseaba. En su caso, ser Hokage. En el caso de ella, ser reconocida por su padre y por su familia.

Exhausta, se recostó en su cama y se quedó inmediatamente dormida; sin siquiera cambiarse a sus ropas de noche.

Al despertar, al día siguiente, notó nuevamente el movimiento de muchas personas yendo y viniendo por los corredores de la casa. Tras darse una rápida ducha y cambiarse de ropas, nuevamente a sus habituales ropajes de entrenamiento que llevaba todos los días, abandonó su habitación lentamente. Solo para encontrarse con su padre, que escoltaba a Hanabi, hacia el patio delantero. Donde Hinata suponía estaría Neji aguardándola para asesorarla en su entrenamiento. Más aún ahora que los combates finales de los exámenes chuunin estaban cada vez más cerca. Al percatarse de la presencia de su hija mayor, se detuvo por un instante —Trata de no meterte en el camino de todos.

Afligida, Hinata asintió, observando a su padre marcharse y a su hermana menor dedicarle una tímida mirada de tristeza —S-Si...

Y, en el instante en que pudo, se deslizó fuera de la casa y lo más lejos del complejo Hyuuga posible. Observando de reojo a Neji mientras cruzaba el patio delantero, el cual le devolvió la mirada en silencio. Su primo era estoico y serio, la mayor parte del tiempo, calmo y colecto; pero Hinata sabía que le importaba. A su forma, a su manera, Neji se preocupaba por ella y velaba por su bienestar, aún cuando lo hiciera en silencio y desde las sombras. Cuando él no pudo verla más, Hinata se permitió sonreír muy ligeramente. Aquello era lo máximo que había visto de él en las últimas semanas y era el único tipo de reconocimiento que había recibido también. Cuando estuvo fuera finalmente, se sintió capaz de volver a respirar; pero el complejo Hyuuga no era el único ajetreado. La aldea misma, las calles de estas, estaban pobladas de shinobi de todas las naciones que habían acudido a presentar el examen chuunin. Personas de todas las alturas y todos los tamaños y todos los colores se desplazaban por Konoha acompañados o en soledad. Aún los terrenos de entrenamiento habían perdido la calma que habitualmente solían tener. Aunque, de vez en cuando, podía encontrar algún rincón del bosque despoblado para sentarse a descansar y disfrutar de las pequeñeces de la naturaleza que lograban –si bien tan solo por un instante- alegrarla y hacerla olvidarse de todas las demás tristezas. Alzando la mirada, observó a un grupo de tres personas pasar en dirección a la torre de la Hokage. Tímidamente, observó al más bajo de los tres; un chico de alborotados cabellos rojos y traslúcidos ojos aguamarina. En el desconcierto de la noche anterior, y lo extraño de la situación, se había olvidado completamente de agradecerle. Aún si él lo consideraba un mero deber para con sus aliados, ella se sentía agradecida por el gesto. Sin embargo, tras dar un paso en su dirección, se detuvo en seco, comenzando a jugar nerviosamente –una vez más- con el dobladillo de su chamarra. Por un lado, debía admitir que le daba vergüenza acercarse a él. Después de todo, era el Kazekage de Sunagakure. Además, había algo en él que lo hacía intimidante. Si no fuera porque había sido él quien se había encontrado allí la noche anterior, cuando ella había despertado, Hinata jamás se hubiera aproximado al chico. No solo porque carecía de razones para hacerlo, sino porque la forma en que solía mirar la ponía nerviosa –tal y como aquella mañana anterior a esta en el bosque. Sus ojos, a pesar de su semblante serio, parecían tener una intensidad inhabitual. Y Hinata debía admitir que se sentía cohibida por ello. Además, sus dos hermanos también estaban con él y la Hyuuga no quería estorbar. Asimismo, ¿qué pensarían ellos si una completa extraña se acercaba a agradecerle por algo que desconocían a su hermano menor? No, negó con la cabeza, no se acercaría. Sonrojada, se limitó simplemente a verlos pasar, arrepentida de no tener el valor para acercarse y hablarle. D-Debo... yo... Dio un paso, y luego retrocedió y negó con la cabeza, ocultando su bochorno con su largo flequillo. Supuso que cualquiera que estuviera viéndola pensaría que era una tonta, y quizá lo era. Por un instante, juró ver el ojo de él detenerse un segundo en ella –tal y como la vez anterior- para luego volver indiferentemente al frente. Sin embargo, probablemente lo había imaginado; y, si tal no era el caso, rogaba que así fuera porque de haberla visto él también habría creído que Hinata era una tonta. Ella misma se sentía abochornada por su tímido y cobarde comportamiento.

—¡Oy, Hinata!

Sobresaltada, la chica se volteó con una mano delicadamente sobre su pecho. Su corazón, a causa del factor sorpresa, latía errático y en sus mejillas el tono rosado se había asentado —¡K-Kiba-kun...!

Éste observó los alrededores suspicaz, colocando una mano sobre su frente para cubrir el sol de sus ojos —¿Qué, está el idiota de Naruto por aquí?

Hinata negó con la cabeza —N-No Kiba-kun... e-esto... ¿p-por qué lo dices?

El castaño rascó su nuca —No lo se. Estabas distraída y te sobresaltaste cuando aparecí —Akamaru soltó un ladrido de asentimiento. Volviéndose al gran can, la joven lo acarició con delicadeza su cabeza.

—No... s-solo estaba... pensando... —susurró, alzando sus ojos blancos a Kiba. Este asintió y decidió resignar el tema, o al menos posponerlo para más tarde.

—Oye, Akamaru y yo íbamos a entrenar, ¿quieres venir? Será mas divertido así, ¿verdad amigo? —el perro ladró asintiendo a las palabras de su amo. Con una gentil sonrisa, Hinata observó a ambos.

—E-Esto... claro, K-Kiba-kun...

—¡Genial! —sonrió, descubriendo sus largos colmillos—. Vamos.

Y, sin decir más, el joven miembro del clan Inuzuka se dirigió al bosque seguido de Akamaru y, un poquito más atrás, de Hinata. Quien, antes de abandonar la calle, sin embargo, no pudo evitar mirar hacia atrás. Pero ya no quedaba nadie en la calle, nadie que ella conociera o pudiera identificar.

—¡Oy, Hinata apresúrate!

Volviendo la vista a su compañero, asintió suavemente y apresuró el paso hacia él —E-Esto... lo siento Kiba-kun —alcanzándolo a último momento. Con una ceja enarcada, el castaño la observó, pero no dijo nada. Después de todo, era habitual en Hinata aquel tipo de conducta.