Disclaimer: Los personajes de Naruto no me pertenecen.

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¡Hola a todo! ¿Cómo están? Espero que bien. En fin, como todas las noches acá esta el capítulo 6, que ojalá les guste. Y, como siempre, quería decirles a todos ¡gracias!. De verdad, gracias a todos, tanto lectores como aquellos que me agregaron a Alerts y a Favorites, como -aún más- a quienes se toman el tiempo y la molestia de dejarme un review con lo que piensan. Ojalá sigan corrigiéndome, criticándome o dándome u opinión, para así poder mejorar. Espero les guste. ¡Nos vemos y besitos!


El niño monstruo y la niña que no quería el mundo


VI

"Mirada"


En silencio, abstraído, observó desde el alfeizar de la ventana del lugar en que se hospedaban, el sol comenzar a ascender lentamente; dejando atrás la oscuridad de la noche a causa de los delgados hilillos de luz que de este se filtraban. Los amaneceres y los anocheceres, eran lo único que se asemejaba a Sunagakure, lo único que lucía igual tanto allí como en su aldea natal, quizá por los tonos que oscilaban entre el dorado y el carmesí. Seguro, la noche también lucía igual allí donde se la viera, pero Konoha era distinta. Era distinta en varios aspectos a Suna. En primera lugar, era una aldea considerablemente más grande, tanto en tamaño como en población, pues las condiciones climáticas eran mayormente óptimas allí. Por ende, era también más activa. Fuera la hora que fuera, siempre había gente transitando las calles. No que él se quejara, pero prefería más la calma que las muchedumbres y, de regreso en su aldea, tales cosas no sucedían a menudo. Principalmente, porque en particulares momentos del día resultaba insoportable –debido a las altas temperaturas- desplazarse demasiado. Pero, en general, eso no era lo que más había llamado su atención. Todo era muy obvio y de esperarse. No, lo que resultaba considerablemente diferente era el panorama. Konoha era viva, colorida, con techos azules y verdes y de todos los colores desperdigados por doquier. Sunagakure, por otro lado, era bastante monocromática. Tanto en sus paisajes como en las vestimentas de los habitantes, que la mayor parte del tiempo vestían túnicas y vestiduras diversas –especialmente ideadas para protegerlos de las adversidades del clima- de color blanco o negro. En cuanto a la arquitectura, era sencilla –también por las mismas razones- y de color arenisco. De hecho, todo en el desierto y en sus alrededores era de ese color. La arena, las rocas, todo. De tonalidades doradas y anaranjadas. Pero él no se quejaba, quizá no fuera el lugar más óptimo para vivir o el más alegre –pues en general la aldea y sus habitantes eran gente sobria- pero era el lugar en el que había nacido. Y había optado vivir unido a él, y protegerlo, aún cuando en el pasado lo hubiese odiado. Pero, en efecto, eso era pasado. Pasado que últimamente parecía regresar a su cabeza, esporádicamente.

La primera vez que había visto a Naruto Uzumaki, no le había dedicado siquiera una segunda mirada. Por lo que había visto, era un niño y un perdedor que era incapaz de coaccionar a Kankuro para que dejara de fastidiar al niño que había estado bravuconeando. Le había gritado y había querido arremeter contra él sin prudencia, ni plan alguno, ni instinto asesino. Sin embargo, una piedrita de Sasuke había bastado para solucionar el asunto. Y entonces sus ojos se fijaron en una nueva presa. El Uchiha parecía fuerte, y tenía sus mismos ojos, y había decidido allí mismo que se apoderaría de su vida. Le arrebataría su existencia y disfrutaría cada segundo de ello. Desgraciadamente, alguien se había interpuesto en su camino. Y NADIE, nunca, se había interpuesto en su camino. De hecho, con el solo pronunciar dos palabras, y Temari y Kankuro estarían temblando y rogando que se calmara. Y esa persona que se había atravesado, definitivamente no era superior a sus hermanos. De hecho, era un perdedor. Un nadie. Una existencia nimia que debería haber sido incapaz de siquiera soportar un ataque suyo. Oh, pero había estado equivocado. Increíblemente equivocado. Y, al parecer, lo había estado desde que tenía memoria, y desde que era como era, y desde que había optado por cerrarse al resto del mundo.

Porque ese nadie, ese que parecía un bufón y demasiado estúpido como para saltar frente a él, ese de ridículamente brillante cabello rubio y ojos azules demasiado fulgurantes y llenos de vida. Ese que parecía no conocer los modos del mundo, los había conocido más que cualquier otra persona que hubiera intentado desafiarlo –o escapar de él- en el pasado. Más que cualquier idiota de su aldea natal que hubiera intentado asesinarlo de niño. Más que nadie, él lo había conocido. Y su interior se pudría en remolinos de oscuridad; porque él también era un monstruo, y tenía uno creciendo en su interior. Pero en su alma no había un ápice de maldad. Un ápice de frialdad. Tanto que era frustrante, y había querido matarlo por ello. Había querido eliminarlo por ello, pero no había podido. Porque ese nadie había derribado su defensa absoluta, y no en un sentido plenamente literal.

Ella también era una nadie. Con tan solo dos vistazos había podido discernirlo. Que era despreciada, que era desechada como algo inútil sin valor ni sentido, que era invisible. Sus ojos, blancos e infinitamente vacíos, gritaban "veme" porque su voz pequeña no podía hacerlo. Porque nunca había podido hacerlo y quizá nunca lo hiciera. Y por más que lo intentara no parecía lograrlo, porque sino no continuaría perdiendo el conocimiento en algún rincón olvidado de un bosque oscuro con la piel de sus manos rasgadas. Pero, aún, así; continuaba moviéndose. Continuaba levantándose una y otra vez sin importar cuantas veces fuera arrojada hacia abajo. Y era frágil, y patética, y tan extrañamente pura que era desconcertante. Como Naruto, aquella persona fulguraba para aquellos que tenían los ojos adecuados para verla. Aún cuando sus solitarios ojos de lágrimas sin derramar quisieran disimular con una gentil sonrisa, a él no lo engañaban. Ella no lo engañaba. Algo estaba mal.

—¿Qué sucede con Gaara? —preguntó Temari, observándolo innaturalmente inmóvil, sentado sobre el alfeizar de la ventana con una pierna plegada contra él –sobre la rodilla de la cual descansaba su codo y la otra colgando. A su lado, permanecía apoyada cuidadosamente su calabaza.

Kankuro se encogió de hombros, acomodando cuidadosamente sus pergaminos en su espalda, sin darle demasiada importancia —Ha estado así desde que me levanté —después de todo, aún cuando Gaara había cambiado y había optado por crear vínculos con ellos en vez de verlos como un estorbo que debía ser eliminado, no significaba que fuera a confiarles cada pensamiento que poseía –sino que lo hacía solo cuando era relevante. Y ellos no podían culparlo, ninguno era de esa forma. Ni siquiera Temari optaba por compartir sus sentimientos con ellos, sino que los materializaba solo cuando era necesario. Y en la medida justa. Si, ella se preocupaba por ellos; y él también lo hacía; y estaba seguro que Gaara también, pero ninguno lo diría porque no parecía relevante. Además, Kankuro era demasiado orgulloso para hacer algo de esa naturaleza. Con que velara por el bienestar de su hermano, aún cuando Gaara no lo necesitara –y de hecho no lo hacía, no necesitaba ningún guardaespaldas- era más que suficiente.

Algo estaba mal. Con ella, algo estaba mal con ella. Debía estarlo, porque ninguna persona que conociera el dolor que ellos conocían podía ser de esa forma. Tan pura, tan inquietantemente pura e inocente. Actuando por el mundo como si no hubiera maldad, como si confiara –plenamente confiara- en la bondad de las personas. Como Naruto. Seguro, Gaara confiaba en Naruto –y en sus ideales y modos-, pero no compartía la confianza ciega que el rubio predicaba. Quizá allí radicaba la diferencia entre ellos, y era por eso que era Naruto quien algún día cambiaría el mundo y no él. Pero Gaara haría su parte, protegería al rubio, porque le debía su vida. Y quizá mucho más que ello. Su sanidad. Su humanidad. Pero esa era otra historia. Aún así, no podía evitar cotejar las similitudes entre ambos. La forma en que ambos carecían de oscuridad, y la forma en que ambos arrojaban –desde su propia desesperación, y desde su propio dolor y sufrimiento- un rayo de luz (si bien de magnitudes considerablemente diferentes) sobre el mundo. Sobre el resto, como si el mundo –ese mundo que los había dañado- mereciera tal trato. Como si nadie los hubiera dañado, a pesar de que resultaba obvio cuan rotos estaban. Todos ellos, eso era.

—Gaara, debemos asistir a los exámenes —de reojo observando a Kankuro, el pelirrojo asintió.

Lenta, muy lentamente, se puso de pie; tomando su túnica, y se la colocó con parsimonia. Luego, tomó su calabaza –a la cual permanecía amarrado su sombrero tradicional de Kazekage y se la fue echar al hombro. Sin embargo, antes de hacerlo, algo captó particularmente su atención, algo pequeño y rectangular de color lavanda. Negando con la cabeza, dejó el objeto sobre la ventana y abandonó la habitación, seguido de sus dos hermanos.


En silencio, observó distraída el cielo, sintiendo la suave brisa en su larga cabellera índigo. Tal y como el día previo, aquel era un bonito día. El sol, en lo alto, destellaba y bañaba de calidez la pálida piel de la chica, así como caía uniformemente sobre la tierra bajo sus pies. Sentada allí, sola, en el pórtico de la entrada de su casa, podía oír el sonido de pasos desde el interior. El día había llegado, el examen chuunin sobre el que su padre tenía tantas expectativas depositadas. Así como los ancianos del consejo. Por su parte, Hinata creía que a Hanabi le iría bien. Ella, más que nadie, sabía cuan duro había entrenado y cuanto esfuerzo había puesto en ello. Complacer a su padre no era fácil, nunca lo había sido. Y, de hecho, ella aún no había descubierto como lograrlo. Pero sabía que su pequeña hermana menor se esforzaba tanto como ella. Ambas lo hacían. En silencio, y desde sus diferencias, lo hacían y sabía que si alguien sería la primera en lograrlo, esa sería Hanabi. Pero estaba bien, Hinata estaba feliz por ella. Y estaría alentando por su hermana aquel día, aún cuando no fuera a hacerlo sentada junto a su padre. No porque no pudiera, porque sabía que si quería podría hacerlo, pero tras esperar que él se lo pidiera, sin éxito alguno, había decidido asistir con Kiba. Neji podría acompañar al líder del clan. Seguramente luciría mejor junto a su padre, frente a la aldea, que ella.

Una voz profunda y seria la sacó de sus cavilaciones —Hinata-sama.

Parpadeando, la chica se volvió al recién llegado. No necesitando ver de quien se trataba para saber quien era —O-Oh... Buenos días, N-Neji-nii-san...

El chico permaneció erguido. Su semblante, como siempre, reflejaba perfecto control sobre sí mismo y completa disciplina —Su compañero de equipo ha llegado.

Asintiendo delicadamente, la chica se puso de pie e hizo una leve reverencia —Esto... Gracias Neji-nii-san... Ummm... p-por favor... dile a H-Hanabi-imouto-chan que l-le deseo suerte, ¿s-si? —susurró, sus mejillas ligeramente coloreadas. Y, sin aguardar respuesta alguna, se dispuso a marcharse; solo para ser detenida, una vez más, por la voz de él.

—Naruto también competirá.

Aún de espaldas a él, y con el rostro más ruborizado que antes, asintió; ocultando sus ojos detrás de su largo flequillo —S-Si... —y sin decir más, se marchó en dirección a la entrada del complejo. Al ver a su compañero de equipo allí, sonrió ligeramente—. B-Buenos días... Kiba-kun.

El mencionado, que permanecía con los brazos tras su cabeza y recostado contra la pared, sonrió y se enderezó —Oy, buenos días Hinata.

Observando los alrededores, la chica cuestionó con timidez —E-Esto... Kiba-kun... ¿y A-Akamaru?

—Tuve que dejarlo en casa —admitió con pesar. Hinata sabía perfectamente cuanto odiaba su amigo separarse del gran can blanco. De hecho, la mayor parte del tiempo permanecían juntos. Y Kiba siempre velaba profundamente por su bienestar –lo cual ella encontraba adorable-, aún más en misiones. Por eso, sabía cuanto debía odiar haber tenido que dejarlo.

—O-Oh. Lo siento Kiba-kun... yo...

Este sonrió despreocupado, exponiendo sus largos caninos —¡Pff! No te preocupes. Le dejé suficiente alimento para que pueda estar feliz. Mucha comida, corazón contento. ¿Verdad?

Hinata sonrió tímidamente, sus mejillas adquiriendo el más tenue tono rosado —E-Esto... c-creo que es p-panza llena... K-Kiba-kun...

El castaño arrojó su cabeza hacia atrás y soltó una carcajada —Heh, heh. Supongo que suena mejor. Como sea... estará bien.

Ella asintió. En verdad admiraba a su amigo. Aún cuando se equivocaba, aún cuando metía la pata o cuando hacía algo vergonzoso, no sentía vergüenza alguna. No se sonrojaba, ni tropezaba sobre sus propias palabras. Simplemente reía alegre y despreocupadamente como si no le importara nada, y ella sabía que no lo hacía. Al menos no le importaba lo que otros pensaran de él, y eso estaba bien. Ella desearía poder ser así también.

Lentamente, comenzaron a caminar en dirección al gran estadio. Hinata siempre con las manos delante de su cuerpo delicadamente y la cabeza gacha —Kiba-kun... ¿Y S-Shino-kun? E-Es decir… ¿N-No vendrá?

El castaño la observó de reojo —Ya lo conoces, tiene una misión relacionada a su clan.

Hinata asintió. Era cierto, habitualmente su otro compañero de equipo solía salir en misiones particulares con su padre —El clan de S-Shino-kun es un c-clan ocupado, ¿v-verdad...?

Él asintió, diciendo lo siguiente sin siquiera pensar —Como el tuyo —pero luego pensó que quizá habría sido mejor morderse la lengua hasta hacerla sangrar que haber dicho aquello, pues la mirada de Hinata entristeció ligeramente ante la mención. ¡Genial! Yo y mi estúpida bocota. Quizá Hana tenía razón y carecía completamente del tacto necesario para tratar a una chica pues con Hinata continuaba metiendo la pata una y otra vez, aún cuando solo quería ayudar. Y luego, ni siquiera era capaz de decir nada, porque no sabía realmente que decir. No era bueno en eso de confortar a las personas. De hecho, apestaba en el asunto.

—Eso c-creo... —susurró tras unos segundos, pero algo llamó su atención, un destello de amarillo y anaranjado. Sonrojada, contempló en silencio a Naruto aparecer y caminar en dirección a ambos con una gran y amplia sonrisa perlada. N-Naruto-kun... viene h-hacia aquí... Pensó, removiéndose nerviosa en su lugar. Kiba la observó de soslayo.

Pero antes de que pudiera llegar a tranquilizarse, él se detuvo exactamente delante de ellos. Como siempre, sonriendo alegremente —¡Oy, Kiba, Hinata!

El Inuzuka rió —Pareces de buen humor.

—¡Claro que sí! Hoy me convertiré en chuunin, ¡de veras! Y luego, ¡me convertiré en Hokage! —Kiba soltó una carcajada, cruzándose de brazos

—Eso habrá que verlo —Hinata, por su parte, observó a ambos en silencio. Intentando armarse de valor para decirle algo al rubio. Algo. A-Algo. Cualquier cosa.

—¡Claro que sí! ¡Yo les demostraré a todos! Ya lo verán —Kiba volvió a reír, prolongando la conversación para que Hinata terminara de recoger su coraje y decidiera hablar.

—No vaya a ser que Sasuke te patee el trasero.

—Ese Teme tendrá que admitir que soy el mejor una vez que lo derrote.

Kiba sonrió, aguardando la intromisión de la Hyuuga. Pero esta continuaba jugando nerviosa con sus dedos y con la vista clavada en el suelo, intentando armarse de valor para decirle algo, cualquier cosa. Quería hacerlo, Kiba sabía que era importante para ella –aún cuando Naruto había rechazado sus sentimientos-, y por eso retenía el momento, pero no podría hacerlo para siempre. De hecho, sabía que el rubio pronto se marcharía. Y si Hinata no decía nada él no podría hacer nada al respecto tampoco. Finalmente, con una sonrisa, la observó alzar la cabeza.

Hinata lucía tímida, y estaba completamente sonrojada, pero sus ojos mostraban esa determinación que en ocasiones dejaba salir. Aún así, los viejos hábitos rara vez mueren y no pudo evitar girar sus dedos nerviosa —E-Esto... B-Buena suerte Naruto-kun...

Este sonrió aún más —Pues, ¡gracias Hinata! Ya verás, me convertiré en chuunin. ¡De veras!

Algo más tranquila, Hinata asintió con una ligera sonrisa y ambas mejillas rosadas. Si, lo sabía. Él lo lograría. Yo... confío en t-ti, Naruto-kun... —S-Si...

—Bueno... —exclamó, colocando ambos brazos tras su cabeza—. Debo irme o llegaré tarde y Sakura-chan...

Kiba enarcó una ceja —Naruto, ya estás llegando tarde.

Los ojos azules del rubio se abrieron desmesuradamente —¡¿Quéeee? Maldición, no puedo dejar que el idiota del Teme me gane por llegar tarde —y sin decir más comenzó a correr en dirección al estadio, agitando la mano en el aire y despidiéndose de ambos por encima de su hombro—. ¡Nos vemos!

El Inuzuka cerró los ojos, cruzándose de brazos, y negó con la cabeza —¡Bah! Ese idiota no tiene remedio. ¿Verdad Hinata? —pero ella solo continuaba observándolo con expresión serena y ojos relajados. Sonrojada y con una pequeña sonrisa tímida. Kiba puso los ojos en blanco, honestamente, ¿qué demonios le ve?—. Bueno... será mejor que continuemos, ¿no crees? No querrás perderte el combate de tu hermana. Y el del idiota.

Lenta pero suavemente, ella negó con la cabeza —N-No... Tienes r-razón Kiba-kun...

Él sonrió fanfarronamente mientras retomaban su camino al estadio —Lo se. Lo se.

El resto del camino, transcurrió en absoluto silencio, para fastidio de Kiba. Honestamente, debía admitir que odiaba el silencio. Odiaba esa sensación de vacío que creaba, pero aún cuando había estado observando a su amiga de reojo –por largo tiempo-, aguardando que volviera en sí y conversara con él o dijera algo al menos, esta no se había percatado de nada. Simplemente continuaba sumida en sus pensamientos. Incluso cuando se adentraron en la multitud que se dirigía a la entrada del estadio, seguía sumergida. Tanto, tan distraída había estado, que no había notado cuando Kiba se había separado de ella a causa del gentío. De hecho, solo se había percatado de que estaba sola cuando alguien la chocó –o ella chocó a alguien, pues no podía estar segura- y la hizo trastabillar un par de pasos hacia atrás —¡Oye, cuidado!

Avergonzada, y parpadeando desconcertada, la chica intentó disculparse. Bajando la cabeza, Hinata susurró una rápida disculpa, pero antes de que pudiera terminar alguien más la había chocado desde atrás. Tratando de mantenerse en pie, se volteó e intentó hacer una rápida reverencia, pero dicha persona la ignoró —¡Cuida donde caminas!

—Yo... lo-

Desesperanzada, bajó la mirada y suspiró. Kiba no parecía estar por ninguna parte y la ausencia del gran can a su lado hacía aún más difícil la búsqueda. Además, nadie allí parecía querer ayudarla. De hecho, todos se amontonaban y se desplazaban apresurados a la entrada ignorando el hecho de que ella estaba perdida y siendo empujada por la multitud como si se tratara de una gran ola. Y, siendo honesta consigo misma, empezaba a sentirse sola allí. Quizá, si hubiera caminado más rápido, si no se hubiera distraído, aún permanecería con Kiba. Aún estaría a su lado. Me pregunto... d-donde se e-encuentra Kiba-kun... Evitando tropezar, continuó caminando, negando para sí misma con la cabeza. En ocasiones, las personas a su alrededor la chocaban, haciéndola trastabillarse, y esto parecía suceder cada vez más y más.

—¡Mira por donde vas!

—¡L-Lo... siento...! Yo... —¡BAM! Alguien más había colisionado contra ella. Volteándose, comenzó a disculparse a toda velocidad. Su voz haciéndose más y más pequeña con cada disculpa. K-Kiba-kun... ¿dónde e-estás? Pensó entristecida, mientras el mar de personas seguía llevándola de un lado al otro sin poder ella controlarlo. Cuando se percató de donde estaba, comprendió que en vez de acercarse a su destino había estado alejándose. Intentando retomar su camino hacia el estadio, volvió a chocar contra unas cuantas personas más. La última de estas, un hombre grande, la hizo trastabillarse y caer hacia atrás. Cerrando los ojos, aguardó el impacto, pero el cuerpo de otro ser humano la había detenido de caer. Enderezándose rápidamente, se volteó con los ojos cerrados y ya realizando una acostumbrada reverencia.

—¡L-Lo siento...! Y-Yo... lo siento... esto... no quise... —balbuceó, rogando poder terminar su disculpa antes de que alguien más la empujara y cayera al suelo.

Sin embargo, una risa sardónica la detuvo de continuar con su disculpa —Oye, no exageres —abriendo los ojos, contempló sonrojada a la persona que había hablado. No era muy alto, y algo robusto, y llevaba su rostro pintado en forma extraña. Su tono sonaba además burlón. Sin embargo, no parecía estar realmente burlándose de ella, sino simplemente estableciendo un hecho. Y esa era su forma de hacerlo, lo cual la hizo sentirse aún más pequeña.

Sin poder controlarlo, y aún más enrojecida, Hinata se disculpó de nuevo —L-Lo siento...

Kankuro, entretenido, volvió a soltar una carcajada; notando divertido como la chica se removía incómoda en su lugar y enrojecía aún más –y continuaba disculpándose excesivamente- ante la risa de él. Luego de unos segundos de observarla, se convenció que era extraña; pues desde que lo había chocado no había levantado la cabeza más de una vez, y solo para verlo a él. Mientras tanto, Temari, a su lado, observaba a la chica con una sonrisa confiada y torcida. Como siempre, por supuesto, llevaba el gran abanico en su espalda y vestía su habitual kimono negro. El tercero de ellos, Gaara, sin embargo, observaba impasible la situación. De brazos cruzados y en silencio. Tomando nota mental del hecho de que, cada vez que la había visto, la había oído disculparse al menos un par de veces de la misma manera. Nerviosa y sonrojada, y actuando como si todo lo que ocurriera a su alrededor fuera su culpa. Como si alguien como ella pudiera causar daño alguno...

—Y-Yo... no quise... —se sonrojó, aún ante la risa del chico de la arena. Kankuro negó con la cabeza y señaló a su hermano menor con una sonrisa.

—Estás perdiendo tu tiempo, fue a él a quien chocaste.

Los níveos ojos de ella se abrieron ligeramente más al ver de quien se trataba. Y no ayudaba la constante intensidad que emanaba de la mirada de él. Era contradictorio, y por eso la desconcertaba aún más, el hecho de que su semblante no revelara nada y estuviera siempre inexpresivo, con todos los músculos del rostro relajados, mientras que sus ojos contuvieran tal fuerza. Ni siquiera los ojos de Neji, quien de por sí era intimidante, la empequeñecían y la incomodaban tanto como la mirada del pelirrojo. Además, el hecho de que fuera el Kazekage no ayudaba tampoco. No demasiado, porque ella tendía a ponerse nerviosa –aún más- frente a personas como la Hokage, pues no quería quedar como una tonta delante de ellos y tendía a pensar demasiado las cosas.

Volviéndose al pelirrojo, aún más abochornada y sonrojada que antes, si tal cosa era remotamente posible, se dispuso a disculparse. Bajando la cabeza cortésmente. En parte, porque de esa forma ocultaba el rubor de su rostro que la haría verse como una tonta, y también porque verlo a los ojos le incomodaba demasiado. Aún así, no pudo evitar sentir el peso de la mirada de él recaer pesadamente sobre su nuca, como perforándole hoyos a través de ella, e inmediatamente sus orejas le empezaron a arder cuando el bochorno las alcanzó —L-Lo siento... G-Gaara-kun... —se silenció, mordiendo tímidamente su labio inferior. Había cometido un error, estaba segura, pues lo había llamado de esa forma. Cierto, él le había prácticamente comandado que no lo llamara Kazekage, pero lo había hecho en un contexto completamente distinto. Y, ahora que veía las miradas de sorpresa de sus dos hermanos, estaba más segura que se había equivocado (para variar). Quizá... n-no debí... Pero, en un intento de tranquilizarse, cerró los ojos y tomó con manos ligeramente temblorosas el dobladillo de su chaqueta, y armándose de valor, continuó —Yo... esto... l-lo siento... no q-quise... yo... m-me separé de Kiba-kun y... ummm...

Rendida, suspiró. Había hecho el ridículo. No importaba cuanto lo intentara, o cuanto se convenciera a sí misma de que podía lograrlo, siempre terminaba tartamudeando y tropezando sobre sus palabras y sonrojándose exageradamente. Era una tontería, una que había creído superar con el tiempo, pero tristemente regresaba de vez en vez, y siempre lo hacía en los momentos más inoportunos. Era al menos una ventaja que hubiera dejado de desmayarse por el bochorno, o habría caído inmóvil allí mismo, en ese mismo instante; pues estaba segura que no podría haberse avergonzado más. O quizá si, y ni siquiera quería pensar en ello.

Entristecida, susurró —Yo solo... yo solo q-quería llegar a-al estadio... pero Kiba-kun... él... —negó con la cabeza. Ojalá Kiba-kun e-estuviera aquí... De esa forma, quizá se habría sentido más confiada. Y habría evitado hacer el ridículo frente al Kazekage de la arena y frente a sus hermanos. Además, no ayudaba –en absoluto- que Gaara continuara en silencio, observándola y de brazos cruzados. Ella solo quería que dijera algo, cualquier cosa, que la hiciera sentirse menos tonta y menos culpable por haberlo chocado.

Temari, viendo exactamente esto, sonrió y decidió decir algo, dado que no veía intenciones en su hermano menor de hacerlo y si alguien no la interrumpía, la chica parecía dispuesta a disculparse y explicarse por el resto de la eternidad. Y, personalmente, ellos no tenían demasiado tiempo. Además, la paciencia no era su don particular —No te preocupes. ¿No es cierto Gaara?

Agradecida, alzó sus ojos blancos a la rubia y luego, observó al pelirrojo esperanzada, y aún sonrojada. Sin embargo, este no dijo nada, simplemente continuó observándola con la misma fijeza, sin siquiera parpadear. Comenzando a sentirse aún más nerviosa por esto, la joven Hyuuga bajó la mirada una vez más —E-Esto...

La rubia volvió a negar con la cabeza, enderezando el abanico sujeto a su espalda —No te preocupes. ¿Dijiste que ibas hacia el estadio?

Hizo una pequeña reverencia, nerviosa. Cierto era, que aquel día era el día en que Hanabi –si pasaba el examen, y ella creía que su hermana menor lo haría- se convertiría oficialmente en chuunin de la aldea. El día en que finalmente su padre se convencería de que Hanabi era mejor para el puesto de heredera y para el clan en general, y el día en que demostraría a su padre que podía lograr lo que deseara si se esforzaba como Hinata sabía que lo había hecho, y lo hacía por ambas. Por ello, Hinata estaba también feliz, pero algo nerviosa. El evento en general transpiraba un ambiente similar. Sin mencionar que Naruto también aspiraría a convertirse en chuunin —S-Si...

Kankuro sonrió jocosamente y quizá algo jactanciosamente también —Por lo que vi, será más seguro que vengas con nosotros, o terminarás debajo de todas estas personas.

Avergonzada, Hinata asintió, cerrando suavemente los ojos y enderezándose —N-No quiero s-ser una molestia... —no q-quiero siempre ser una m-molestia para los demás...

Esta vez, sin embargo, se sorprendió de ver que era Gaara quien hablaba y no sus hermanos. Aunque su voz, a diferencia de la de ellos, sonaba distinta. Calma, colecta y neutral; en contraposición con las de Kankuro y Temari que sonaban más cargadas de emoción, fuera esta de regodeo o de alegría más calma y llena de confianza —Los camaradas de Naruto son aliados nuestros.

Sonrojada, asintió —E-Esto... Gracias...

No hacía falta decir que de allí en más no tuvo más dificultades para avanzar. De hecho, la gente parecía abrirse exageradamente a medida que los tres imponentes hermanos de la arena se deslizaban entre la multitud, atravesándola completamente. Y ella, tímidamente, los siguió de cerca. Si hacía eso, quizá, podría reencontrarse con Kiba o, al menos, podría llegar más cerca del estadio, que era todo lo que deseaba. De reojo, observó cohibida al más joven de los tres. De alguna forma, le recordaba a Naruto, con sus cabellos alborotados –aunque de color carmesí- y ojos inundados de eso que ella podía identificar perfectamente: Soledad. Además, Hinata había oído de los labios de Naruto una vez la historia de Gaara, y siempre que el rubio lo mencionaba lo hacía con claro afecto y marcada admiración, y aunque de la voz de Gaara no había escapado nada, Hinata podía inferir por sus palabras, que la estima era mutua. Ella, por otro lado, había sentido tristeza de oír dicha historia. Nadie merecía haber sido tratado de esa forma. Nadie merecía ser tratado como habían sido tratados ellos. Como si no fueran nada, como si no tuvieran valor alguno, como si su existencia fuera una mera molestia y un desagradable obstáculo que venía a estorbar la vida de los demás. Hinata lo sabía, porque lo había sentido en carne propia. Porque lo había vivido a lo largo de los años y aún lo vivía, en ocasiones, con su padre. Y ellos, por ser Jinchuuriki, jamás deberían haber sufrido de esa forma. Ya de por sí la carga de llevar un demonio en su interior era suficientemente pesada como para añadir otra a los hombros de niños, porque eso era lo que ambos habían sido, niños. Niños marginados y rechazados e ignorados, tal y como había sido ella. Si, Hinata lo comprendía, porque ella era igual, y porque había visto a Naruto sufrir de la misma manera.

Alzando la mirada, finalmente, se sorprendió de ver que Gaara la miraba igual de intensamente que lo había hecho previamente. Avergonzada, bajó la mirada, comenzando a jugar con sus dedos de forma nerviosa, evitando los ojos de él a toda costa. Por alguna razón, la hacían sentirse incómoda. ¿P-Por que... G-Gaara-kun me mira de e-esa forma...?

Sin embargo, los ojos de él se apartaron de ella en el instante en que una voz llamó su nombre en la distancia y por encima de la multitud. Haciendo un alto, los tres hermanos –junto con Hinata-, aguardaron la llegada de dicha persona. La cual, con júbilo, saludó al pelirrojo —Gaara-sama —para luego posar sus negros ojos, cargados de evidente sorpresa, en ella. Tragando saliva, Hinata alzó la mirada. Había algo en esa forma de mirar, algo que la inquietaba. Algo que la hacía sentirse nerviosa. Entonces lo comprendió. Si, lo hizo perfectamente, porque había visto esa mirada antes. Esa mirada invasiva. Pero nunca dirigida a ella. Al menos, nunca antes.