aclaraciones:

los personajes aqui mensionados no me pertenecen... solo los utilizo a mi antojo para proporcionar una lectura y entretenimiento para ustedes ^^' y la historia original tampoco me pertenece.

narración en tercera persona... mayoritariamente desde el punto de vista de Sora :D

como siempre y sin mas preámbulo... espero que disfruten la lectura :D


plan macabro: fase I

.

.

En lo que se refería a los sábados, aquél era sumamente improductivo. Para empeorar aún más las cosas, Sora no podía volver rápidamente a casa para tomarse un baño caliente y esconderse de sus problemas viendo cinco o seis episodios de Sexo on the City en DVD.

No. Irse a casa significaba encontrarse con Tai y, en el estado en el que se encontraba, se temía que podía abalanzarse sobre él, babearle encima o hacer algo tan estúpido como contarle la fantasía que había tenido con él en la biblioteca. Deseaba desesperadamente pasar más tiempo con él antes de que se marchara, pero aquél no era el momento adecuado.

Por lo tanto, hizo lo que cualquier mujer moderna e inteligente con poco tiempo en las manos haría: irse de compras.

Eso era lo que más le gustaba de vivir en Tokio. Podía pasarse todo el día entero de compras sin gastarse más de lo que le costaba comprarse un pretzel y una coca-cola light en un puesto callejero.

Tomó el metro para dirigirse a su calle favorita de tiendas, donde examinó todos los escaparates con bolsos y zapatos fabulosos, objetos que ni siquiera se compraría, si tuviera dinero pero que, a pesar de todo, le gustaba mirar.

A las tres, su teléfono móvil empezó a sonar. Vio que era Tai. Entonces, los nervios se le apoderaron del estómago. Genial. No sólo deseaba a su mejor amigo, sino que también la ponía nerviosa su presencia, aunque fuera en forma de llamada de móvil.

-¡Hola! -exclamó, contestando la llamada. Trató de sonar alegre y contenta y que no se le notara el deseo en la voz.

-Hola. Ya te he lijado y pintado los armarios de la cocina. Se están secando en la escalera de incendios. Creo que deberías dejarlos allí toda la noche.

-Eres un santo. Ya lo sabes, ¿verdad?

-Así es. San Tai. Bueno; ¿a qué hora vas a llegar a casa? Podríamos pintar juntos el cuarto de baño. Ya lo tengo todo preparado.

-Oh...

Recordó la ropa que se había puesto cuando pintaron tres de las paredes hacía dos noches: un par de pantalones vaqueros recortados, tan minúsculos que jamás se ponía en público, y una fina camiseta masculina también con las mangas recortadas. En el pequeño cuarto de baño, la camiseta se le pegaría a la piel en cuestión de segundos y los pantalones cortos le frotarían por todas partes de un modo muy provocativo. Tai estaría allí, a su lado, sin camisa y con una película de sudor cubriéndole la piel. Sólo llevaría unos pantalones vaqueros llenos de salpicaduras de pintura que le ceñían el trasero de una manera...

-No.

-¿Cómo dices?

-Lo siento. Estoy un poco estrenada. El ensayo no me está saliendo bien. Estaba pensando que me voy a quedar en la biblioteca hasta muy tarde. ¿Podríamos... podríamos dejarlo para otra ocasión?

-Por supuesto, Sora... Oye... -añadió, tras una pequeña pausa.

-¿Sí?

-No me estarás evitando, ¿verdad?

Dios santo. ¿Tan transparente era?

-Por supuesto que no. ¿Por qué diablos dices eso? ¡Es ridículo! -exclamó, segura de que él se había dado cuenta de que estaba mintiendo.

-Lo siento. Simplemente pensé... Bueno, sé que estás enfadada conmigo por marcharme y…

-¿Eso es todo? -preguntó, aliviada y contenta-. Sí. Estaba muy enfadada, pero más que nada triste. Sin embargo, eso no significa que yo sería capaz de dejar que te marcharas sin verte. Eso sería un castigo para ambos. No obstante, tengo que terminar este proyecto. De verdad.

-Por supuesto. En ese caso, me marcharé a mi casa y empezaré a hacer las maletas. ¿Qué te parece si quedamos mañana para desayunar juntos y así lo terminamos?

Al día siguiente. Estaba segura de que, para el día siguiente, ya tendría controlada su libido.

-Por supuesto. Eso sería genial.

-Buena suerte con el ensayo -dijo Tai, sonando como el buen amigo que era.

-Gracias. Estoy segura de que conseguiré meterlo en cintura.

En cuanto los dos colgaron, Sora miró a su alrededor.

A veces, irse de escaparates no la ayudaba. Por eso, tuvo que entrar para empezar la terapia con su tarjeta de crédito.

.

.

.

Tai se quedó mirando el teléfono, más desilusionado de lo que quería admitir. No era culpa de Sora que tuviera que entregar su ensayo más o menos cuando él tenía que hacer las maletas para marcharse, pero eso no cambiaba el hecho de que guardaba celosamente todos los minutos que tenían juntos. En secreto, se había alegrado de que Matt estuviera en Los Ángeles en viaje de negocios aquella semana, dado que eso significaba que podría compartir más minutos con ella. Sin embargo, cuando no podían disfrutar de unos momentos que él creía que les pertenecían... se enfadaba un poco.

Quería poner en práctica su plan. No deseaba esperar hasta la mañana.

«Haz algo al respecto».

Frunció el ceño. ¿Qué era lo que tenía que hacer? Sora tenía que trabajar y él tenía que hacer la maleta.

Sin embargo, después de eso...

Se acercó al frigorífico y sacó un refresco. Ella no le había sugerido hacer nada después, probablemente porque planeaba trabajar hasta muy tarde y esperaba estar muy cansada. No importaba. Tai podía con el cansancio y las horas intempestivas. Podían tomar algo. Tal vez incluso cenar. Una botella de champán y ver una película en DVD.

Una velada muy relajante por cortesía de su mejor amigo. Un amigo que, si jugaba bien sus cartas, terminaría la velada en la cama. Con Sora.

Al menos, eso era lo que esperaba.

.

.

.

«Acostarse con Tai». La idea no hacía más que pasársele a Sora por la cabeza. «¡No! ¡No! ¡No! ¡No!»

No tenía que dejarse llevar por sus impulsos. Eso era precisamente lo que separaba a los humanos de los animales, ¿no?

Durante las cuatro horas que estuvo de compras, consiguió gastarse tan sólo un dólar y sesenta y tres céntimos, la suma total de la barra de chocolate y de la botella de agua que compró en una pequeña tiendecita. Sus compras, dos flautas para champán pintadas a mano para añadir a su colección, no contaban dado que las había comprado con la tarjeta de crédito.

Mientras se dirigía a su casa con la bolsa de las compras en una mano y la que contenía sus libros en la otra, tuvo que contenerse para no ceder a la necesidad casi física de seguir comprando. La guía de la mujer cobarde para evitar una relación...

Con un frustrado movimiento de cabeza, se dirigió al metro, deteniéndose brevemente mientras consideraba cruzar la calle y tomar el tren que podía llevarla al apartamento que Tai, pero no lo hizo. Con un gesto de desafío, se dirigió al tren que la llevaría al pequeño estudio al que llamaba su hogar.

Por mucho que deseara verlo, era probablemente mejor evitarlo hasta el día siguiente. Entonces, ya habría logrado controlar su imaginación y habría logrado superar el ridículo deseo que sentía por Tai.

El tren estaba casi vacío, por lo que se sentó al lado de la ventana, mirando sin ver nada en la negrura de los túneles.

Llegó a la conclusión de que, aunque echaría de menos a su amigo cuando él se marchara, tal vez su marcha sería lo mejor. Podría conseguir disimular una mañana, pero no un diario.

Eso era. No tenía que entristecerse porque Tai se fuera a marchar. Era lo mejor. Lo único que podía superarlo era que uno de los dos se casara. Pensó en Matt y sonrió. Tal vez muy pronto ella sería una mujer casada. Su deseo sexual se centraría únicamente en un solo hombre. Matt.

En cuanto tuviera un anillo en el dedo, ya no volvería a cuestionarse los parámetros de su relación con Tai. Serían sólo amigos.

Nada más.

. . .

Veinte minutos más tarde, cuando llegó a la puerta de su casa, el plan de ser sólo amigos había tomado sólidamente cuerpo en su cabeza. Cuando abrió la puerta y lo vio, no pudo creer lo que le decían sus ojos. Tai no debía estar allí. Tenía que ser sólo una ilusión producida por su calenturiento cerebro.

Sin embargo, claro que era él. Taichi Yagami, ataviado con una elegante camisa blanca y una corbata que ella le había regalado para su cumpleaños hacía dos años. Llevaba un par de vaqueros muy ceñidos que resaltaban su perfecto trasero. Cuando la vio, él levantó una rosa roja. Sólo durante un instante, el fuego que le brilló en los ojos igualó el fiero color rojo de los pétalos de la flor.

No podía ser. Tenía que estar imaginándoselo. Cuando parpadeó y volvió a mirar, volvió a verlo, aunque aquella vez con una expresión agradable en el rostro, pero sin mirada tórrida en los ojos.

¿Era desilusión lo que sentía? No. No podía ser. Tal vez curiosidad. Sí. Eso era todo. Dio un paso hacia el interior del apartamento.

-¿Qué estás haciendo aquí?

-Entra y lo verás.

Sora lo miró y avanzó un poco más. Sus pasos la llevaron más allá del biombo junto al cual había estado Tai. A él lo había visto, pero la pequeña mesa había quedado oculta por completo.

Aquella mañana, había estado cubierta de libros de literatura erótica y de historia del arte. Habían desaparecido. En su lugar, había un mantel de lino blanco, con dos servicios de una porcelana que Sora no reconoció. Tai colocó la rosa en un estrecho jarrón que había en el centro de la mesa, al lado de la cual había una botella de champán refrescándose en una cubitera. El champán era el vicio secreto de Sora.

-¿A qué se debe todo esto?

-Creía que te vendría bien una velada relajante. Además, quería invitarte a cenar antes de marcharme.

-¿Cómo dices?

Tai señaló la pequeña cocina y Sora vio que sobre la encimera había cajas y contenedores de papel de aluminio.

-Es de Craft -dijo él. Se refería al restaurante favorito de ella y uno de los más de moda de la ciudad-. Mi jefe conoce a uno de los cocineros. Yo le pedí el favor y él me dijo que lo considerara mi regalo por dejarlo tirado y marcharme.

-Estoy segura de que todos sienten que te marches... y están algo celosos al mismo tiempo.

-Sí, la verdad es que hay un poco de envidia -admitió Tai-. Además, marcharse tiene sus inconvenientes, aunque sea la mayor oportunidad de mi vida. Tú sabes que no podía dejarla escapar. Como me marcho el lunes, pensé que podríamos ponernos hasta arriba de comida y luego tumbarnos en el sofá para ver...

Le mostró la caja de un DVD y se la entregó. Cuando Sora tomó la caja, los dedos de ambos se rozaron. Cualquier esperanza que ella hubiera podido tener de controlar sus emociones, se esfumó bajo la fuerza de las chispas que saltaron de aquel contacto. Maldita fuera Inoue. Esos libros estaban convirtiendo a Sora en una desquiciada.

Miró la caja, segura de que tenía las mejillas cubiertas de rubor. La abrió y, al ver el disco, su incomodidad desapareció para verse reemplazada por las carcajadas. Monty Python y el Santo Grial. Era una de sus películas favoritas. Sora y ella la habían visto una y otra vez.

-¿Cómo lo sabías?

-Soy un tipo muy observador -bromeó él.

-Supongo que sí.

Sin embargo, Sora no pensaba en sus palabras. Se acercó a él, aunque lo último que tenía en mente era la película. El aroma de la colonia de Tai le llenó los sentidos. Kouros, la fragancia que se ponía desde hacía casi una década. La esencia le resultaba tan familiar como el propio Tai. Entonces, ¿por qué los dos parecían dos personas completamente diferentes?

El aspecto que él tenía... Aquella mañana, cuando Sora se marchó de su apartamento, él estaba vestido con unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta que acentuaba su aspecto rudo, no muy propio de un abogado. Si le hubiera hecho una foto antes de marcharse, ésta sin duda habría sido la portada de un calendario de hombres sexys. Aquella imagen de virilidad había desatado sus sentidos en la biblioteca. Cualquier sugerencia de que Tai habría estado más seductor completamente vestido habría parecido algo descabellado. En aquellos momentos, no lo era en absoluto.

Estaba recién afeitado, con su espeso cabello peinado con sólo un poco de gel a excepción de un mechón rebelde que le caía por la frente. La mandíbula resultaba tan masculina y apuesta que casi parecía gritar que ella tendiera la mano para acariciársela.

Incluso la corbata resultaba sensual, sobre todo porque Sora sabía el ancho torso que ocultaba y el musculoso abdomen que podría dejar al descubierto si se la aflojara para empezar a desabrocharle los botones.

El trasero... Oh, Dios. Debería ser un delito que fuera capaz de llenar de aquel modo el estrecho vaquero.

-Sora. ¡Sora!

Él la estaba mirando con un gesto lleno de diversión.

-¿Qué? ¡Estoy aquí! ¿Que quieres?

La mirada que él le dedicó estaba llena de sorna.

-Me marcho un momento a la cocina para comprobar cómo va lo que se está calentando en el horno y tú te quedas en estado de coma. ¿En qué estás pensando?

-En nada. De verdad. Sólo en cosas de la universidad. Supongo que aún tengo que relajarme.

-Bueno, pues date prisa. No nos queda mucho tiempo antes de que yo me marche de aquí. Esta noche, no quiero compartirte con Inoue ni con ninguno de tus profesores.

-Claro.

-Afortunadamente, Matt no está en la ciudad esta semana o te juro que me habría peleado con él por tener la oportunidad de estar a solas contigo antes de marcharme.

Sora sonrió y se encogió de hombros. Matt y Tai se llevaban bien en apariencia, pero a ninguno de ellos le habría hecho mucha gracia la idea de que salieran los tres juntos. En realidad, existía entre ellos una cierta tensión.

-¿Quieres cambiarte? La cena está casi a punto.

Sora asintió y se dirigió hacia el armario que hacía las veces de guardarropa y de soporte para la televisión. Sacó unos pantalones de yoga y una camiseta de algodón y se dirigió al pequeño cuarto de baño.

¿Acostarse con Tai?

El pensamiento que antes había considerado bastante objetivamente desde una perspectiva psicológica tenía en aquellos momentos un atractivo sólido y real. En realidad, el atractivo resultaba aterrador, tanto que no pudo evitar preguntarse si...

«Basta, Sora. No pienses en eso».

Además, no había peligro alguno de que aquel deseo fuera recíproco. Sora había sido sincera cuando le dijo a Inoue que Tai jamás se le había insinuado. De hecho, lo más parecido a una insinuación era aquella noche. El calor que le había visto en los ojos...

Mientras se cambiaba de ropa, se dijo que probablemente se lo había imaginado todo.

«No hay lujuria ni atracción. Sólo vas a cenar con tu mejor amigo, igual que lo has hecho un millón de veces antes», se dijo.

En el instituto había tomado unas clases de interpretación. A la, profesora le había gustado mucho su improvisación. Sora no había participado con mucho entusiasmo en el curso, dado que no tenía interés alguno por ser actriz. Sin embargo, en aquellos momentos, le habría gustado prestar más atención a las técnicas de interpretación.

«Recuerda, Sora, que debes ocultarlo todo. Cerrar todas tus emociones menos las que deseas que vea tu público», pensó, recordando la voz de la señorita McNally.

Con aquel pensamiento en mente, abrió la puerta del cuarto de baño para no tener más tiempo de pensar. Tai la miró con una cerilla en la mano.

-Bueno, ¿qué te parece?

¿Velas? ¿Tai esperaba que cenaran a la luz de las velas? Las velas daban alas al deseo. Él no estaba jugando limpio. No...

Sora frunció el ceño. En realidad, no estaba jugando. Tai no tenía idea alguna de los pensamientos que ella tenía en la cabeza. Si quería poner la mesa, muy bien, estupendo. Maravilloso. ¡Qué genial!

-Está preciosa -respondió ella, enorgulleciéndose de que la voz no le temblara.

-Quería que fuera muy especial, sobre todo porque tu cumpleaños es dentro de unas pocas semanas. Creo que ésta será la primera vez que me lo pierda desde hace... desde hace mucho tiempo.

-Oh...

Sora se había dado cuenta de que una pequeña parte de su ser había esperado que Tai estuviera haciendo un gesto romántico. Sin embargo, el hecho de que él mencionara la cena de cumpleaños aplastó esa esperanza como si fuera un gusano.

Desde que los dos se mudaron juntos a Tokio, se habían turnado a la hora de invitar al otro a unas sorprendentes cenas de cumpleaños. Si uno tenía una cita en la noche en cuestión, la trasladaban a otra, pero jamás dejaban de juntarse.

-Entonces, si ésta es mi cena de cumpleaños -comentó ella-, ¿significa eso que también tengo un regalo?

Tai se echó a reír y le apartó la silla para que pudiera sentarse.

-Lo siento, pequeña. No estoy tan organizado -dijo, mientras se dirigía al otro lado de la mesa y tomaba asiento-, pero puedes decirme si hay algo en particular que quieras.

¿Era imaginación de Sora o acaso no era la voz de Tai prácticamente un ronroneo? Trató de tranquilizarse, pero no lo consiguió al imaginarse los muchos regalos que él podía hacerle.

Contuvo el aliento y se esforzó para ceder ante las ganas de gritar.

«Sí, sí... Te deseo. Quiero una aventura salvaje y estúpida...». Por supuesto, no era eso lo que quería. Imposible.

Estaba hecha un lío. Aquella noche, con su inesperada fantasía tan fresca en la mente, era la peor para pasarla en compañía de Tai.

-Tengo un par de cosas en mente -dijo, armándose de un férreo autocontrol. A pesar de todo, se escandalizó al escuchar el matiz de pasión que se le colaba en la entonación.

-¿Vas a decirme de qué se trata?

-Creo que no.

-¿No? -replicó él, extrañado-. Hmm... Tendré que adivinarlo. No importa. Adivinar se me da bien. Además, en estos momentos, sé exactamente lo que deseas.

-¿De verdad? -preguntó ella con voz temblorosa.

-Por supuesto. Y te lo voy a dar.

-¿Sí?

Sora sintió que una gota de sudor le caía entre los pechos. Tragó saliva, tratando de conminar a su cuerpo a retirarse a un lugar de paz y tranquilidad.

No pudo hacerlo.

TAi abrió la botella de champán.

-Es tu fiesta de cumpleaños, ¿te acuerdas? Supongo que nos podemos desmelenar un poco.

Ella apretó los puños y trató de ahogar un suspiro de alivio.

-Eso es. Champán. Genial.

-¿Qué creías que iba a decir?

-Nada. Lo siento. Simplemente estoy muy nerviosa por ese ensayo. Y también muy triste de que vayas a marcharte.

-¿Sólo triste?

-Sí. Ya he dejado de estar enfadada. Es decir, es tu carrera. Eso es lo único que entiendo de verdad... -dijo. Por primera vez, se fijó en la mesa y en cómo él la había puesto-. ¡Vaya! Veo que te has esforzado mucho -añadió. Entonces, vio la etiqueta de la botella de champán, que él había colocado sobre la mesa sin servirla-. ¿Y ese champán es Cristal? ¡Vaya! Has tirado la casa por la ventana.

-Por ti cualquier cosa.

-Especialmente porque tú compartes la botella.

-En realidad, hay tres. Te he comprado un par extras -comentó, con una sonrisa-. Podemos terminarlas esta noche o te las puedes quedar tú para recordarme.

-Sólo pensarlo me deprime.

-En ese caso, es mejor que te sirva una copa.

-A eso no me puedo oponer -susurró ella. Había empezado a levantar la copa cuando recordó sus compras de aquella tarde. Fue corriendo a la bolsa y las sacó con un ademán exagerado-. ¡Cha-chán!

Tal y como esperaba, Tai se echó a reír.

-Nunca se puede ser demasiado rico...

-... ni demasiado delgado ni tener demasiadas flautas para el champán -añadió ella, terminando la frase que le había dicho en tantas ocasiones, cada vez que se gastaba un dineral en copas de champán para su colección.

-Eso me habían dicho -replicó Tai-. ¡Qué coincidencia! Es decir, tú te compras otro par de copas de champán y yo traigo champán. Somos como el champán y el caviar. Vamos juntos.

Sora consiguió esbozar una sonrisa y extendió la copa.

-Llénamela hasta el borde. Me vendrá bien.

Tai se inclinó para hacerlo y, entonces, Sora notó que él hacía un gesto de dolor. La agonía se le reflejó en los ojos. Cuando volvió a colocar la botella sobre la mesa, el rostro se le relajó y ella casi pudo escuchar un suspiro de alivio.

-¿Vas a decirme a qué ha venido eso? -le preguntó.

-A nada -contestó, mientras giraba el hombro y hacía más gestos de dolor.

-Por supuesto que es algo.

Recordó que, cuando estaban en el instituto, Tai se había marchado una noche con su hermana menor Kari. Era una noche de tormenta y él conducía demasiado rápido. Perdió el control en una curva y estrelló el coche. Murió en el acto. Tai sufrió muchas heridas, de las cuales la única que resistía en el tiempo era un hombro que tenía tendencia a descoyuntársele con demasiada frecuencia.

Las heridas emocionales también habían sido muy importantes y habían provocado que ellos se apoyaran más aún el uno en el otro. Dado que ninguno de los dos tenía una familia en la que apoyarse, se habían convertido en los familiares del otro.

Sora recordó la primera vez que había permitido que Tai vislumbrara el horror de su vida. Vivían en una zona de la ciudad muy rica. Aunque sus padres estaban divorciados, los dos eran personas muy importantes. No habían sido buenos padres. El padre de Sora la había ignorado por completo. Ella lo había visto dos veces desde el divorcio. Dado que su madre tenía la excusa de tener que trabajar, dejó a Sora con la doncella, todo ello a pesar de que tenía suficiente dinero como para no volver a trabajar ni un solo día de toda su vida.

En una ocasión, Sora había ido a una fiesta benéfica en la que su madre había estado trabajando. Se celebró en verano, en la mansión de uno de los miembros de la sociedad. Akiyama Ryo, la estrella del equipo de futbol del instituto estaba allí. Ryo empezó a flirtear con ella, aunque Sora había sido demasiado tímida como para devolverle sus atenciones. Sin embargo, cuando ella trató de escapar, él la llevó a la caseta de la piscina y empezó a tocarla. Estuvo a punto de violarla. Casi lo consiguió, por lo que Sora tuvo que soportar las pruebas forenses.

A pesar de todo, consiguió escapar. Aún recordaba las miradas de escándalo que le dedicó todo el mundo cuando dijo el nombre del chico que le había hecho aquello. En Hisoshima, el futbol era magia y poder y, además de ser una estrella local, Tommy tenía unos padres muy importantes.

Los padres de Sora se negaron a permitir que ella lo denunciara, temiendo que sus propias carreras sufrirían por ello. Sin testigos, la policía no había tenido más remedio que cerrar el caso.

Sora había odiado profundamente a sus padres por aquello. Por primera vez en su vida, se dio cuenta de que ella no era su prioridad. Al final, había terminado por odiar la ciudad. Demasiados recuerdos malos y muy pocos buenos. De hecho, Tai prácticamente había marcado los parámetros de lo que había sido positivo en su vida.

Sabía que él sentía lo mismo. Su familia era muy pobre. Su madre era alcohólica y su padre lo insultaba constantemente. Ninguno de los dos tenía un trabajo fijo, por lo que resultaba increíble que Tai tuviera una sonrisa tan bonita cuando ni siquiera había ido al dentista cuando llegó al instituto.

Con un suspiro, Sora se deshizo de sus recuerdos. Estaba en Tokio y la vida la trataba bien. Aunque Tai regresara a Hisoshima, todo sería diferente para él. Volvía con sus propias condiciones. Tenía su vida. Sora no tenía que preocuparse por él, pero sí por su hombro. Se levantó y rodeó de la mesa para colocarse detrás de él.

-¿Te lo has vuelto a sacar?

-Sí, pero no está tan mal. Sólo me duele un poco.

-¡Maldita sea, Tai! Te ha pasado porque me estabas pintando el apartamento. Te dije que no quería que hicieras nada que pudiera lesionarte el hombro.

-Te repito que está bien.

-No está bien. Veo que no está bien.

-Muy bien -admitió él, con una sonrisa-. Tienes razón. Me duele mucho, pero ha sido un precio muy pequeño.

-¿Por qué? -preguntó ella, incrédula.

-Por eso -contestó Tai, señalando hacia la escalera de incendios.

Llena de curiosidad, ella se levantó y se acercó a la ventana. La abrió y sacó la cabeza al exterior. Allí, sobre la escalera, estaban sus armarios de cocina.

- ¡Vaya!

-No están mal, ¿eh? -comentó él, acercándose a ella.

-En absoluto.

Efectivamente, Tai había realizado un trabajo excelente. Los armarios, que antes habían tenido capas y capas de pintura acumuladas a lo largo de los años, habían sido lijados hasta la madera. Ésta había resultado ser una hermosa madera con un sorprendente dibujo grabado. Tai había pintado cada uno de los muebles con un tinte que había resaltado su belleza natural.

Sora salió al exterior para poder admirar mejor el trabajo. Bajo la tenue luz de la bombilla que había instalado en la escalera, avanzó hacia el lugar en el que estaban los armarios y extendió un dedo. La belleza de la madera parecía llamarla. Deseaba acariciarla, pero no quería estropear el trabajo de su amigo.

Tai. Se sobresaltó al darse cuenta de que él había salido detrás de ella. Estaba detrás de ella. Sora notaba su aliento en la nuca. A pesar de que no había contacto físico, su presencia era innegable. Sólo tenía que dar un paso atrás para que su trasero quedara en contacto con...

«Dios Santo, ¿qué demonios le ocurría?».

-Adelante -dijo él-.Tócalo.

-¿Cómo dices?

-El armario -respondió él.

A Sora le pareció notar una cierta nota de sorna en su voz. No podía ser. Era imposible que él supiera lo que estaba pensando.

-El armario -repitió ella.

-Si sigues con el dedo extendido así, se te va a posar un pájaro encima.

-Oh... Claro.

Rápidamente, Sora bajó la mano.

-Tócalo -insistió él-. Sé que quieres hacerlo.

-No quiero estropear tu trabajo.

-Ya está seco.

-¿De verdad?

Con mucho cuidado, Sora tocó la suave superficie. Tal y como él le había dicho, estaba seco. Tai se echó a reír. Su aliento hizo que el cabello de la nuca de Sora aleteara suavemente. Jamás había sido tan consciente de la presencia de Tai.

-Te lo dije.

-Has hecho un trabajo excelente -dijo ella-. Están preciosos.

-Gracias -comentó él, colocándose a su lado-. Quería terminarlos antes de marcharme.

-Creía que eras tú el que debía recibir un regalo por tu marcha, no yo que me quedo aquí.

-Ya me conoces. Me gusta ser diferente.

-Bueno, gracias otra vez

Sora se sintió incómoda. Sabía que, en cualquier otra ocasión, le habría dado un beso en la mejilla. Sin embargo, en aquel momento, no fue capaz de hacerlo. Temía adónde podía llevarlos aquel beso. O que no los llevara a ninguna parte. Si Tai se dio cuenta de la situación, no lo demostró.

-¿Quieres que los llevemos dentro?

-¿Podemos?

-Claro -respondió él.

Sin embargo, en cuanto levantó uno, Sora vio que hacía un gesto de dolor.

-Eh, déjalo en el suelo -le ordenó. Tai la miró con el ceño fruncido-. He dicho que lo dejes.

-Sora...

A pesar de todo, no protestó. Cuando volvió a dejar el armario, ella le indicó con un movimiento del dedo que se diera la vuelta.

-¿En qué estabas pensando? -le preguntó dije que no hicieras nada que pudiera lesionarte otra vez el hombro.

-Yo no...

-Ni lo intentes...

Le colocó las manos sobre los hombros, algo que había hecho cientos, miles, de veces. Sin embargo, en aquella ocasión, el contacto produjo electricidad. Sora sintió un millón de voltios recorriéndole todo el cuerpo. Con un grito, apartó las manos. De repente, fue consciente de que tenía los pezones erectos y la entrepierna húmeda.

-¿Sora?

-Lo siento. Supongo que ha sido la electricidad estática. Estoy bien.

Sora tragó saliva, respiró profundamente y volvió a intentarlo. Aquella vez consiguió tocarlo sin sentir las chispas de sus pensamientos lascivos. Contuvo el aliento y empezó a masajearle la carne, prestando una atención especial al nudo que sentía justo debajo de la clavícula.

-Oh, sí... Gracias. Estupendo...

Ella apretó los ojos con fuerza para no verle el rostro. Aquello había sido una idea muy, muy mala. Debería haber llamado a su casa para asegurarse de que Tai no estaba allí. Jamás debería haber entrado por la puerta para enfrentarse con él a las pocas horas de haber estado conjurando imágenes de ambos en una gran variedad de escenas eróticas. Tal vez había cometido un error, pero tenía intención de rectificarlo inmediatamente. Le diría que tenía un terrible dolor de cabeza y que necesitaba tumbarse para echarse una siesta. Le sugeriría que se reunieran para desayunar. Así, él se marcharía, ella podría darse una ducha fría y, a la mañana siguiente, tendría el cuerpo, la cabeza y la libido bajo control.

-Ya basta, gracias -dijo Tai, justo entonces. Empezó a darse la vuelta entre los brazos de Sora.

-Yo...

Estaba muy cerca, entre sus brazos. Su rostro estaba muy cerca del de ella y tenía los labios ligeramente entreabiertos. Sus ojos castaños relucían cálidamente y parecían atraerla hacia su interior. Sora quería dejarse ir. Anhelaba perderse en aquellos ojos. Los ojos de un amante y de un amigo.

Antes de que pudiera pensarlo, dio un paso hacia delante. La boca le vibraba ante la mera posibilidad de conseguir un simple beso prohibido.

¡Zas!

De repente, todas las luces de la ciudad se apagaron, como si Dios hubiera apagado una vela. Sora permaneció allí un segundo, desorientada por la espera oscuridad. Entonces, en silencio,- dio las gracias a los poderes que, divinos o humanos, habían evitado que se pusiera en evidencia gracias a uno de los famosos apagones de Tokio. Le pareció que el destino estaba cuidando de ella.

.

.


FELIZ DIA DE MUERTOS!

puentecito de dia de muertos... aprovecho estos dias para actualizar porque dudo que pueda actualizar pronto, mucha tarea T.T

y hoy es dia de panteón! a comer mucho, rezar 8) y ver a la familia xD! y como el vicio no me deja, aqui estoy con nuevo cap antes de irme

soy buena y hago cap largo 8)... cosa rara de mi jajaja... les agradeceria de todo corazon que si encuentran fallas me avicen ^^'

por que en el cap pasado tuve ciertas fallas... tan despistada yo xD

gracias a:

Miriam H., pikiu, oscar, zulema y E...

me gusta que les guste :D..

.

.

.

me regalan un review? solo les tomara unos minutos mas de su tiempo y me haran muy muy MUY feliz ^^

cooperen con la causa :D