Disclaimer: Los personajes de Naruto no me pertenecen. Evidentemente.
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Hola a todos, ¿cómo están? Espero que bien. Sepan disculpar mi brevedad del día de hoy (o quizá se estén alegrando de que esta pesada no se extienda demasiado con cosas sin sentido). Como siempre, ¡gracias! A todos, de todo corazón. Gracias a lectores, a aquellos que agregaron la historia a favoritos y a alertas y a aquellos que me dejaron y me dejan reviews. Me animan mucho. Y ojalá siga sabiendo de ustedes. De todas formas, y desde ya, gracias. Espero que este capítulo les guste... ¡Nos vemos y besitos!
El niño monstruo y la niña que no quería el mundo
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"En la oscuridad de la noche"
Entreabrió sus blancas orbes suavemente, lentamente, oscilando sus largas pestañas oscuras, acostumbrándose a la media luz del lugar en el que se encontraba. Su largo flequillo, lacio, lustroso y del color de la noche cayendo delicadamente sobre su pálida frente. No recordaba cómo había llegado allí, ni era conciente de dónde se encontraba. A decir verdad, se sentía ligeramente perdida y aún algo desorientada. Curvando sus largos dedos albos, se aferró a la superficie sobre la que se encontraba. Era suave, blanda y mullida, del mismo color que su piel. Notó entonces que la misma superficie se extendía toda bajo su cuerpo, el cual se encontraba acurrucado de costado contra ella. Cerrando los ojos un instante, sintió la misma suavidad contra su redondeada mejilla, para luego abrirlos nuevamente. ¿D-Donde... estoy...? Pensó, intentando discernir alguna forma de donde se encontraba pero todo estaba en la penumbra, sumido prácticamente en la absoluta soledad. A sus espaldas, podía suponer que había una ventana, pues la única fuente de iluminación provenía de allí y parecía no ser otra que la luna. ¿Y-Ya anocheció...? Parpadeando nuevamente, observó que podía vislumbrar la forma de una puerta cerrada, por la rendija de la cual se colaba algo de luz, y una pared blanca e insulsa. No era su cuarto, de eso estaba segura. ¿E-El hospital...? No sería la primera vez que terminara allí, inconsciente, a causa de su entrenamiento; pero aquel día no recordaba haber entrenado. Quizá lo había hecho, y se había esforzado demasiado, tanto que había perdido el conocimiento y olvidado parte de su día. Se preguntó, entonces, si alguien se habría preocupado por su ausencia. Si alguien la había notado al menos. K-Kiba-kun y Shino-kun no se olvidarían de m-mi... Pero, ahora que lo pensaba, Shino aún no había regresado de su misión y Kiba estaba enfadado con ella –o eso suponía Hinata, más aún con las palabras de Shikamaru- y quizá no se había percatado de que no había regresado ni ido a buscarlo. Lo cual la entristeció aún más. Hinata no tenía demasiadas personas en su vida, no como sus amigos y compañeros de equipo. Personas que creyeran en ella y que no la subestimaran y que se preocuparan por su bienestar. Personas que la apoyaran y que la hicieran sentir menos solitarias. Por eso, no quería perder a Kiba, no podía permitirse el lujo de hacerlo. Era importante para ella. K-Kiba-kun...
Una lágrima amenazó por caer de su orbe pálida. ¿Y si nadie notaba que había desaparecido? ¿Y si nadie se percataba que estaba perdida? ¿Y si nadie la extrañaba...? N-No... Se dijo. K-Kiba-kun no es a-así... él... él c-cree en m-mi... Si, el Inuzuka lo hacía, tanto como el Aburame. Por eso, notaría que estaba desaparecida e iría a buscarla. Por eso, regresaría por ella. Cerró una vez más los ojos, obligando a la lágrima a desaparecer en el interior de su orbe. Se había prometido que ya no lloraría. Llorar no solucionaba nada, no servía de nada, ella ya no era la niña pequeña que se rendía ante cualquier obstáculo. Yo... y-yo no lloraré... Se dijo, volviendo a abrir los ojos con algo más de determinación. Y, con sumo esfuerzo, se incorporó hasta quedar sentada con las piernas plegadas a ambos lados y las manos delante de ella ayudándola a mantenerse. Su largo cabello índigo caía ahora en cascada sobre sus hombros y su espalda, una pequeña brisa que ingresó entonces desde la ventana que se encontraba detrás suyo, meció sus largos mechones delicadamente. Desconcertada, se volteó con cuidado –notando finalmente que se encontraba, en efecto, sobre una cama-, y, entonces, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Junto a la cama, había una pequeña mesita de noche, y un espacio de un metro hasta la pared. Y, tal y como había pensado, una gran ventana de cristal –ligeramente entreabierta- ocupaba gran parte de esta. Además, por lo que podía ver a través de ella, ya era de noche, y aún se encontraba en Konoha. En su hogar. Pero eso no era lo que causó sorpresa en ella, sino la persona que se encontraba allí con ella, recostada contra la pared junto a la ventana, en la penumbra, cruzada de brazos y con la vista fija en el exterior. Aún cuando su cuerpo apuntaba a ella, su rostro se encontraba perfilado hacia la ventana y lo único que iluminaba sus facciones era la luz natural de la luna. Y le sorprendía no haberse percatado de aquella presencia antes.
El ojo aguamarina de él, que se encontraba fijo en algún punto distante del exterior, se deslizó con lentitud hasta el rabillo. Hasta detenerse en ella. Su semblante, como habitualmente, lucía completamente indiferente. Luego, con la misma lentitud, viró su cabeza hacia ella, pero no dijo nada. La oscuridad del cuarto menguaba ahora su expresión, haciéndolo lucir peligroso, algo siniestro inclusive; pues le recordaba a Hinata cómo había sido en el pasado. Tal y como lo había visto ella en la torre tras la segunda parte de su primer examen chuunin, tras haber presenciado cómo había matado a tres shinobi de la hierba sin el menor remordimiento.
Aún inmóvil, sintió un escalofrío descenderle por la columna vertebral, sacudiéndole completamente la estructura. Dubitativa, llevó una mano a su pecho y ocultó su mirada, de los ojos de él, bajo su largo flequillo. Había algo en la forma en que la miraba, algo en sus traslúcidos ojos, que la hacían sentirse nerviosa. Que la forzaban a desviar la mirada. Era cierto, en verdad, que por su timidez era proclive a desviar la vista cuando se sentía observada o cuando alguien mantenía un contacto visual demasiado intenso sobre ella. Se ponía incómoda y comenzaba buscar algún otro punto sobre el cual posar sus ojos, sin ser capaz de encontrarlo realmente, porque sabía que aún la estaban observando. Eso había sucedido con Neji en aquel mismo examen chuunin, y aún a pesar de los años encontraba difícil mantener la vista en los ojos de otros. Por alguna razón, se veía compelida a bajar la cabeza sumisamente o a mirar a un lado con tal de escapar de la mirada inquisitiva. Y con él era aún peor, por alguna razón, y no ayudaba que estuviera mirándola de aquella manera. Tan inmóvil, como si fuera una estatua. Sin siquiera parpadear.
—E-Esto... —susurró, sin animarse a alzar la mirada; pero la voz profunda y reservada de él la detuvo de continuar.
—Despertaste.
Sonrojada asintió. ¿Cuánto tiempo había permanecido de esa forma? ¿Cuándo tiempo hacía que estaba allí ella, y él? ¿Había permanecido él todo aquel tiempo observándola dormir?. Avergonzada, negó con la cabeza, sintiendo que se ruborizaba aún más que antes. N-No... Intentó convencerse, notando que solo estaba logrando sentirse aún más incómoda. ¿P-Por qué h-haría eso G-Gaara-kun...? No era como si allí pudiera haber algún peligro por el cual debiera él preocuparse, como aliado de la Hoja, y como Kazekage de la Arena. Pero... ¿qué hacía ella allí, de todas formas? Aún estaba algo aturdida, pero se sentía tonta preguntando.
Aún así, no veía otra forma de saberlo —E-Esto... yo m-me preguntaba... —comenzó, jugando nerviosamente con los dedos sobre la cama sobre la cual permanecía sentada—. Y-Yo...
Él volvió a cortarla, siempre flemático y colecto —Perdiste el conocimiento.
Hinata asintió. Si, había pensado que quizá era ese el caso y que era esa la razón por la que se encontraba allí; pero, ¿por qué? ¿Había estado entrenando duro? No lo recordaba, pero tenía la sensación de que no. Su cuerpo no se sentía cansado y fatigado como habitualmente lo hacía —P-Pero... P-Pero... yo n-no...
Detenme. Un pequeño temblor la sacudió nuevamente y al instante se silenció, mordiendo tímidamente su labio inferior. Sus mejillas, que acababan de tornarse de su color pálido habitual, comenzaban a encenderse nuevamente y a modo progrediente. Cohibida, bajó la mirada abochornada. Ahora recordaba algo pero, ¿acaso... había sido real? ¿Acaso él había...? N-No... Ella no era nadie especial. Pero lo recordaba cerca, muy cerca, peligrosamente cerca, tanto que si hubiera querido habría sido capaz de tocarlo con sus propios dedos. Recordaba también haber sentido que le faltaba el aire, y que sus palabras se atoraban en su garganta, así como perdía cualquiera fuerza para moverse o huir. También recordaba sus últimos pensamientos, aquellos que habían cruzado en el exacto momento en que él había acortado toda distancia restante entre ellos. G-Gaara-kun e-esta...él esta... ¿P-Por qué...? Yo n-no... yo no soy e-especial... yo no... pude h-hacer que Naruto-kun me v-viera... de ese modo...
El pelirrojo, aún inmóvil y contra la pared, la observó removerse incómoda, nerviosa, al menos aún más que con anterioridad. Había sido un cambio sutil al principio, pero uno que no había escapado a su vista. Hinata temblaba ligeramente, muy imperceptiblemente, y ocultaba sus ojos de los de él deliberadamente —Mi presencia te incomoda.
Al hablar, su voz sonó extrañamente pequeña, frágil —Y-Yo... lo s-siento...
Las palabras de ella la tomaron desprevenido, ¿por qué se disculpaba por todo? ¿Por qué se disculpaba con él, de todas las personas, que por las atrocidades de su pasado era incapaz de juzgarla? Él había sido un monstruo, ¿por qué se disculpaba con un monstruo?. Molesto, desvió la mirada a la ventana —Deja de hacer eso.
El temblor de su pequeña complexión, aumentó ligeramente. Gaara observó, de soslayo, como sus delicados dedos se aferraban al edredón de la cama y como dos pequeñas gotas cayeron para morir sobre la misma tela —Y-Yo... l-l-lo s-s-si-siento... —finalmente, su voz se quebró—. L-Lo s-siento... —y-yo... p-prometí n-no volver a ll-llorar... como u-una niña.. N-Naruto-kun... ¿q-que pensaría... N-Naruto-kun?—. G-Gaara-kun... d-debes pensar q-que soy u-una tonta... —otra lágrima cayó sobre el edredón.
Él volvió a posar sus ojos en algún punto distante del exterior. De alguna forma, las lágrimas de ella le incomodaban. En su vida no había llorado mucho, por lo que no podía empatizar demasiado con la situación. Aún si, en efecto, había llorado y comprendía el dolor, no derramaba lágrimas desde aquella vez. Desde aquel incidente, con Yashamaru. Y desde entonces no había vuelto a llorar, era como si sus ojos se hubieran secado, pero Gaara no pensaba demasiado en ello así como no lo hacía constantemente en su pasado. Pero ella borraba la delgada línea entre pasado y presente, la hacía desaparecer, y lo tenía cruzándola de un lado al otro. Yendo y viniendo, del dolor y sufrimiento de su pasado más lejano, a su momento de mayor oscuridad, a la actualidad. Y lo hacía en cuestión de segundos. Su mandíbula bien definida, previo a que hablara, se tensó —No estoy en posición alguna de juzgarte.
Por alguna razón que no comprendió, los ojos blancos, cristalinos, poblados de lágrimas sin derramar de ella se suavizaron y la humedad fue desapareciendo de ellos. Tímidamente, se limpió las mejillas húmedas con la manga de su chamarra lavanda y blanca —L-Lo siento... —repitió. Pero esta vez su voz no sonó quebrada, si bien sonó suave y gentil, a modo de un pequeño susurro.
Luego, en silencio, la observó enderezarse y con cuidado bajar de la cama del lado más próximo al que él se encontraba. Su rostro, como previamente, permanecía oculto por su largo flequillo índigo y sus manos descansaban modestamente delante de su cuerpo. Nerviosa, curvó los dedos alrededor del dobladillo de la chamarra y comenzó a juguetear con este, bajándolo y apretándolo en el interior de su palma sudada. Intentaba armarse de valor, decir algo o hacer algo, pero no sabía que. Y no encontraba palabras para decir nada. Se sentía tonta, pues creía haber dejado todo aquello atrás cuando le había confesado a Naruto qué sentía, pero al parecer no. Y era aún peor, el que se hubiera desmayado. Ese tipo de reacciones sí había pensado que había logrado superarlas, con ayuda de Shino y Kiba, y con mucho esfuerzo de su parte. De hecho, se había esforzado tanto como si se tratara de un entrenamiento; y al final había funcionado. No había sido fácil, nada lo era para ella, pero lo había logrado. Un día, había logrado armarse de valor y caminar hasta el rubio para decirle hola (aunque, por supuesto, había tartamudeado esa única palabra) sin lograr caer al suelo inerte y humillarse en el proceso.
Soltando el dobladillo para comenzar a jugar nerviosamente con sus dedos delante de su pecho, suspiró. No podía evitarlo, al parecer, el hacer aquello le ayudaba a juntar coraje, o eso similar a lo que ella lograba juntar, porque aunque se animara a decir siquiera algo sabía que no podría evitar tartamudear, por alguna razón u otra —E-Esto... —sus mejillas se sonrojaron, recordando el porque estaba allí en primer lugar. G-Gaara-kun... él... él me... f-fue mi primer...
El pelirrojo continuó inmóvil, manteniendo sus brazos cruzados firmemente contra su pecho, con los puños cerrados con fuerza también, como si quisiera marcar una distancia con ella y eso era exactamente lo que estaba haciendo. Sus ojos, aunque la observaba de soslayo, clavados en ella, de forma fija, penetrante, intensamente, aún cuando el resto de su semblante no acompañaba la mirada. Ante esto, Hinata se vio forzada a desviar la mirada a un lado –justo en el exacto instante en que se había atrevido a mirarlo a los ojos-, sonrojada —Y-Yo... ummm... —giró sus dedos uno alrededor del otro—. Yo s-solo...
—¿Por qué haces eso? —la interrumpió, bastante hoscamente. Aquella batalla con Sasuke retornando inoportunamente a su memoria. ¡¿Por qué...? ¡¿Por qué no huyes?
Alzando la mirada, volvió a bajarla y tras abrir y cerrar la boca un par de veces –en un intento de excusarse- finalmente dijo —E-Esto... n-no... —tomó aire— no p-puedo... —exhaló, cerrando los ojos—. P-Perdón... Gaara-kun... e-estoy... ummm... n-nerviosa... —c-como cuando N-Naruto-kun e-esta cerca...
Sin siquiera notarlo, y aún jugando tímida y nerviosamente con sus dedos, golpeando la punta del uno contra el otro, dio un pequeño –muy pequeño, ínfimo- paso hacia él. Sus mejillas coloreadas aún más que antes —Y-Yo... esto... u-uh...
Todos los músculos de su cuerpo, del primero al último, se agarrotaron al ver que ella tímidamente se había acercado a él. Su rostro, su semblante, su mandíbula, todo ello se tensó así como sus puños se cerraron duramente. Se irguió, inmóvil, y apretó los dientes. Sus ojos se abrieron ligeramente más —¡No te acerques! —profirió, con la voz estrangulada, apretando aún más sus brazos cruzados contra su torso. No quería que diera otro paso, que se acercara a él. Lo estaba perturbando. Lo estaba inestabilizando una vez más y si se acercaba Gaara no creía capaz de poder garantizar su bienestar, Shukaku o no, podría dañarla. Podría perder el control y romperla en dos con su arena. No sería difícil. Después de todo, ella lucía frágil, como una muñeca de porcelana. Como algo que podía quebrarse con tan solo un giro de su arena, y él no era quien para arriesgarse. No estaba en posición de hacerlo tampoco. Le debía a Naruto su vida, su sanidad mental y su lealtad, y estaba seguro que si dañaba a alguien preciado para él aquel vínculo se rompería. Y Gaara no podía permitirse el perder el primer lazo que había establecido, no por algo que no llegaba a comprender. Además, Sunagakure no podía costearse pagar el precio de una guerra que seguramente se iniciaría si –aún por error- dañaba o, peor, asesinaba a la heredera del clan más antiguo y prestigioso de Konoha. Él no podía costear el riesgo de perder todo por lo que había trabajado duro tampoco, no por algo como eso, fuera lo que fuera que era aquello que ella le causaba.
Avergonzada y, ¿herida?, bajó la cabeza. ¿Acaso había visto tristeza en sus ojos perlados? Seguro, había notado la constante desolación en su mirada, la forma en que sus ojos lucían tan similares a los de él. Ojos que saben que la soledad es el peor dolor del mundo. Ojos que conocen la verdadera soledad. Tan vacíos y distantes, aún cuando lograba adquirir determinación en ellos, Gaara podía verlo, allí en el fondo. Como ella, que siempre estaba en el fondo, nunca resaltando. Podía ver que eso la estaba rompiendo. Quebrando. Que era por eso que se esforzaba, por ser reconocida. Como él, que había optado por convertirse en Kazekage por las exactas mismas razones. Pero ella parecía estar fallando miserablemente en el intento. Y él había renegado de su existencia en ese exacto momento, él había sido el causante de su dolor y de su soledad —L-Lo siento... G-Gaara-kun... yo... y-yo no quise... —¿h-hice algo m-mal...? ¿O-Otra v-vez... me equivoqué...? Y-Yo solo intentaba... s-ser a-agradable...
Los ojos de él, ahora más sombríos que antes, adquirieron un aspecto de perturbación al volver a separar los labios. En ningún momento, su postura pareció relajarse, ni su voz sonó menos dura —No puedo garantizar tu bienestar si te acercas.
Con tan solo una pequeña y rápida mirada a los ojos del aguamarina de él pudo confirmar que estaba hablando en serio. No que nunca lo hubiera hecho, porque en realidad él era siempre serio, siempre grave y formal. Tanto que le recordaba –de alguna forma- a Neji, y eso la hacía sentirse más pequeña y tímida al respecto de él. Al respecto de su presencia. Y la forma en que había dicho aquellas palabras... como si estuviera conteniéndose de matarla, le hicieron sobresaltarse. Pero ella no quería creerlo, él era bueno, Naruto lo había dicho en una ocasión, que Gaara no era lo que había sido. Que era alguien preciado para él, un amigo, aunque su relación era compleja. Por eso, quería creer que no la dañaría. Que no sería capaz de causarle mal alguno. G-Gaara-kun... Gaara-kun e-es bueno... y-yo... yo lo sé... Naruto-kun... él... é-él lo dijo... Y-Yo creo las p-palabras de N-Naruto-kun... Suavemente, negó con la cabeza —Y-Yo no creo... yo no... —susurró— y-yo n-no c-c-creo e-eso...
Él permaneció inmóvil —Las piernas te tiemblan.
Avergonzada, miró hacia abajo. Era cierto, estaba temblando de pies a cabezas. Estaba siendo débil. Siendo tonta. Tartamudeando aún más que habitualmente. Pero quería atenerse a sus palabras, no quería retirarlas, ese era su camino ninja. Eso se había dicho, eso se había prometido, ¿qué credibilidad tendría si su cuerpo decía lo contrario? Nadie la tomaría en serio. Como, de hecho, nadie lo hacía. D-Debo... m-mover mis pies... Pensó, intentando controlar el temblor de sus piernas apretando sus rodillas, la una contra la otra —E-Eso no... —q-quiero s-ser f-fuerte, c-cambiar por m-mi cuenta, n-no acobardarme... n-no retirar mis p-palabras...
—Es inútil, puedo verlo —dictaminó, terminante. Finalmente había reaccionado como había creído que haría. Le había tomado más tiempo que a muchas otras personas, pero finalmente había comprendido que con el demonio o sin él en su interior, aún era peligroso –no por nada era el Kazekage- y que esa era la razón por la que nadie optaba por acercarse demasiado a él. Era por esa misma razón, que todos lo trataban con formalidad y displicencia o condescendencia, dependiendo de la persona y situación, porque así era más fácil. Gaara sabía que no era alguien fácil de lidiar, y no esperaba que ella lo entendiera. Naruto había sido el único, hasta el momento.
Pero ella solo negó delicadamente con la cabeza y dio un pequeño paso hacia él, sintiéndose ligeramente orgullosa de haber sido capaz de moverse. Y-Yo puedo... yo s-se que p-puedo hacerlo... Otro. Él, aún más tenso que antes, presionó su espalda contra la pared un poco más. Aquello era una mala idea. Las comisuras de sus ojos se endurecieron, así como su expresión. Una vez más, su voz sonó estrangulada —Detente.
Hinata se paró en seco, aún vacilante y aún con las rodillas ligeramente temblorosas —L-Lo siento... e-esto... N-No quiero s-ser una m-molestia... N-No quiero... —unas pequeñas lágrimas se acumularon al borde de sus ojos, pero ninguna cayó. Y-Yo no... yo p-prometí que no lloraría... m-más...—. S-Ser un estorbo... —¡no te entrometas en el camino de nadie! La voz rígida y cruda de su padre resonó en su cabeza.
Algo en él se sacudió al verla a los ojos y, por alguna razón, sintió una especie de quiebre. Un punto de inflexión en su mente, un clic, y se sintió forzado a –una vez más- alzar su mano a su cabeza. Soy el error de su pasado, el cual quieren borrar. Si es así, ¿cuál es mi razón para vivir? ¿Por qué sigo vivo?. Pero la sensación como vino, se fue. Descendiendo la mano lentamente, cerró los ojos. Estaba cometiendo un error, eso lo tenía claro. Ella era pequeña, frágil y fácilmente rompible; y él se había vuelto un experto en romper cosas. En dañarlas. Era todo lo que había sabido hacer en el pasado. Quebrar. Desgajar. Rasgar. Destrozar. Despedazar. Dañar. En todo ello, en el arte de estropear, él era el mejor. Al punto que, en algún lugar, se había estropeado a sí mismo en el proceso. Pero eso no parecía detenerla ella, así como no lo había detenido a Naruto en su momento.
—Puedo dañarte —le advirtió, como último recurso para hacer que se marchara, que se alejara y que lo dejara solo. Porque solo podía soportar, había estado demasiado solo como para no hacerlo, pero esa incertidumbre no. Entonces, si ella salía por la puerta, podría olvidarse de todo y retornar a su siempre estoico porte y comportamiento. Y retornar a sus asuntos como Kazekage de Sunagakure, que evidentemente eran más relevantes que sus propias cuestiones personales. Cuestiones que debería tener resueltas desde hacía tiempo ya. Y eso había creído, al menos.
Ella solo lo observó con sus inocentes ojos blancos y su siempre habitual aire tímido y sus mejillas enrojecidas. Ella era buena, creía en la bondad de las personas y era gentil con todos. Sin importar nada. Era gentil con él, amable, cálida. No formal –aunque tenía un cierto modo formal de manejarse-, no condescendiente ni displicente. No, no era nada de eso. Era... ridícula. Tanta bondad era ridícula, insensata. Terminaría matándola. Un día, confiaría en alguien –solo por su naturaleza bondadosa- y esa persona la traicionaría, la quebraría, dispondría de su vida a antojo. Él lo sabía, de niño lo había hecho –confiar, eso era-, ahora era más cauto, si bien había vuelto a abrirse parcialmente al mundo exterior. Pero ella, ella no parecía comprenderlo, o no quería hacerlo, no quería verlo, que prácticamente le estaba pidiendo que fuera ese capaz de dañarla, como lo hacía con todo el mundo. Porque ella portaba su corazón en el bolsillo, su triste y cansado –de ser rechazado-, y solitario corazón para entregárselo a quien lo quisiera. Ponía su corazón en todo. En todo lo que hacía, todo lo que pensaba y todo lo que decía. Lo hacía con todas las personas que conocía. Trataba a todos con igual ternura, igual calidez y sencillez, pero siempre parecía terminar ella fría por dentro. Sola. Y desgastada.
Gaara frunció el entrecejo —¿Por qué no te vas?
Tímidamente, mordió su labio inferior —Y-Yo... Y-Yo le dije a K-Kiba-kun q-que estaría b-bien... Q-Que tú n-no... n-no eras m-malo... y y-yo... yo creo e-eso G-Gaara-kun...
Él cerró los ojos lentamente para volver abrirlos tras un par de segundos y posarlos en las vendas alrededor de la muñeca de ella, una mueca de desagrado cruzó sus facciones —Tu muñeca...
Ella volvió a ocultarla retraídamente tras su espalda. Su piel ardía en llamas —E-Esto... en v-verdad Gaara-kun... n-no... n-no es nada... C-Curará rápido...
El chico negó secamente con la cabeza y dio un paso hacia ella, e inconscientemente Hinata trastabilló hacia atrás pero logró estabilizarse antes de caer tontamente contra el suelo —¿Por qué retrocedes? —la cuestionó, sin embargo su tono fue uno de acusación—. ¿No era que no me temías?
Rápidamente, Hinata negó con la cabeza, temiendo haberlo ofendido. En realidad, solo se había sentido sorprendida por el avance de él y se había puesto nerviosa. Más aún, recordando lo último que había hecho el pelirrojo al acercarse a ella —¡E-Esto... n-no! N-No... es eso... Y-Yo solo...
La voz de él, naturalmente rígida, pareció endurecerse aún más. Así como lo hizo toda su postura. Había algo de innatural en él y en la forma en que se movía, aunque podía colegir que ahora era más expresivo con su cuerpo en general, igual, en ocasiones, la incomodaba el que fuera capaz de permanecer tan quieto —¿No eras tú quien quería acercarse a mi?
Una vez más, un escalofrío recorrió su pobre complexión. Era exhaustivo realmente, un estado de tensión constante el estar frente a él. La intimidaba, sus ojos distantes pero llenos de algo que Hinata no podía precisar –eso era, además de la soledad que había dejado su imprenta- la hacían sentirse sumamente pequeña. Perdía el habla, cada vez que sentía la completa e indivisa atención de él en ella, y se sonrojaba como si volviera a tener doce años nuevamente. ¿No eras tú quien quería acercarse a mi? Cerró fuertemente los ojos y llevó ambas manos a su pecho, intentando no lucir tan incómoda como sabía que lo hacía. Pero no podía evitarlo —Y-Yo... e-esto... u-uh... —¿Qué podía contestar? Si, se había acercado a él pero no sabía porque realmente. Quizá porque había notado que era como ella, y como Naruto. Y que quizá, él la entendería. O quizá porque había notado la tristeza oculta en sus orbes aguamarina, o la forma en que lucía cansado todo el tiempo, como ella, que estaba cansada de tanto esforzarse y no lograr avanzar demasiado como esperaría. Como desearía. O, quizá, simplemente, quería que alguien más la aceptara. De hecho, como siempre, se había esforzado demasiado por ser aceptada y reconocida, y él había reaccionado a sus intentos. Quizá, solo había querido ayudar, y ser amable, como siempre.
—Y-Yo... —¿eran esas malas razones?
Abriendo desmesuradamente sus ojos pálidos, lo observó detenerse –como la vez previa- frente a ella e inclinar su cabeza hacia abajo. Su corazón comenzó a latir violentamente, tanto que la avergonzaba la idea de que él pudiera oírla. El rubor, como si de una enfermedad se tratara, se expandió por todo su rostro y hasta su cuello inclusive, tomando represalia de sus orejas también, provocándole la sensación de estarse prendiendo fuego. De un instante a otro, comenzó a sentirse ligera. No... n-no me d-desmayaré... esta v-vez... E-Estaré b-bien... Eso había dicho también aquella vez a Kiba cuando ingresaron a visitar a Naruto al hospital, y un infortunado incidente en que el rubio había aparecido boca abajo exactamente delante suyo, había arrojado toda determinación por la borda. Pero esta vez era diferente, o no –no realmente, era aún peor-, pero ella ya era mayor y había podido controlar sus desmayos una vez. Podría hacerlo de nuevo.
Gaara ladeó la cabeza, aún restringiéndose a sí mismo, aún dispuesto a retroceder si era necesario. Si sentía que podía llegar a dañarla —¿Perderás el conocimiento?
Abochornada, Hinata intentó negar con la cabeza, pero solo logró hacer un débil movimiento de esta de lado a lado. Estaba demasiado conciente de su cercanía, del hecho de que se trataba de él, y de que sus rodillas empezaban a ceder como si fueran a doblarse y forzarla a caer. Pero Hinata sabía que debía ser fuerte, y eso era exactamente lo que estaba intentando hacer. Si bien no le estaba saliendo particularmente bien, como muchas otras tantas cosas. Lo intentaba —¡N-N-No-No...! Y-Yo... n-no creo... Yo... no...
De reojo, lo observó alzar las manos, completamente crispadas, con los tendones de estas marcándose firmemente contra la piel, como intentando tomarla de los hombros. Y, a la altura de estos, se detuvo, con los dedos abiertos y curvados hacia ella, pero no parecía seguro. Sus ojos, fijos en los hombros de ella, lo delataban. Parecía estar en medio de una batalla mental consigo mismo y el resultado de ello era un leve y casi imperceptible temblor –como si estuviera conteniéndose- en las manos. Las cuales finalmente, rendido, cerró en puños y dejo caer a ambos lados de su cuerpo. Apretando los dientes, masculló algo que Hinata no llegó a oír. Un jadeo escapó, al instante de sus labios. Aquello le estaba requiriendo todo el autocontrol que podía reunir. Monstruo, muere. ¡No lo mires! Monstruo. Una amenaza. Tu existencia se estimaba como un peligro a la aldea... Un peligro... Solo. Solo... Comprendí entonces, que estoy solo.
Yo... no quiero estar solo nunca más. Yo... Y, tal y como la vez previa, todo control que pudiera estar ejerciendo sobre sí mismo, toda serenidad y todo estoicismo del que habitualmente pudiera jactarse, desapareció y fue como si –una vez más- el Shukaku se apoderara de su cuerpo y dispusiera de él a antojo. Como si finalmente sucumbiera y optara por abandonar toda reserva. Y, de hecho, eso fue lo que hizo. Renunció a todo control de sí mismo y de la situación que pudiera haber tenido. Fue brusco, áspero inclusive, contra los labios de ella. Esta vez no se estaba reteniendo, no se estaba restringiendo a sí mismo, y ella lo notó. Lo supo porque soltó un pequeño gañido de sorpresa frente a la fuerza con que impactó contra ella, la hosquedad con la que colisionó. Y su cuerpo flaqueó por un instante, como si fuera a desmoronarse. Quizá la había asustado.
Apartándose, jadeando, la observó fijo. Aquello en sus ojos nublados se arremolinaba tras el color aguamarina de sus iris. Sus ojeras, de cerca, parecían incluso más negras, más oscuras, como dos pozos sombríos que desembocaban en charcos de aguas opacas. Eso parecían sus ojos. Una metáfora perfecta del caer en la desesperación. De descender hacia abajo en ella —Te aterré —no era una pregunta, con él rara vez lo eran. Su voz profunda, una vez más, lo hizo sonar como una acusación pero en este caso no lo fue. Simplemente estaba estableciendo un hecho mientras intentaba volver a alzar sus barreras.
Ella tomó la parte delantera del dobladillo de su chamarra y comenzó a jugar con este mientras bajaba la cabeza para intentar disimular el violento sonrojo. E-Eso... Eso f-fue... Negó con la cabeza cohibida, y –avergonzada- ocultó su ruborizado rostro en el pecho de él, tratando aún de no perder el conocimiento. Nuevamente paralizado, Gaara la observó en silencio, aguardando que se apartara.
Su voz gruesa resonó en el silencio de la habitación —Hinata.
Vergonzosa, se apartó y, al instante, hizo una rápida reverencia —¡L-Lo siento G-Gaara-kun... n-no quise...!
El pelirrojo la observó en silencio. En efecto, era extraña —Hinata —repitió serio, recobrando su habitual mesura, y fue entonces que los ojos blancos e ingenuos de ella parpadearon contemplándolo—. ¿Qué?
La joven Hyuuga bajó su mirada con una pequeña –muy pequeña, diminuta- sutil sonrisa y comenzó a jugar nuevamente con sus dedos. El color que había finalmente comenzado a desvanecerse se extendió una vez más por sus mejillas —E-Esto... u-uh... d-dijiste m-mi nombre...
Él la contempló estoico, cruzándose de brazos —Estoy seguro que he pronunciado tu nombre en el pasado.
La chica asintió —E-Esto... si... e-eso creo... Umm... ¿G-Gaara-kun?
—¿Hmp?
—E-Esto... T-Tú... —negó con la cabeza—. N-Nada...
El pelirrojo, por un instante, cerró los ojos para luego volver a abrirlos y contemplar en algún punto afuera de la habitación, afuera de la ventana, y hacia la luna. En algún otro momento de su vida, el hacer tal simple acción habría despertado la sed de sangre del demonio en su interior. De hecho, aún se recordaba en el rincón de un cuarto de piso sucio, retraído y aguardando que aquella perturbadora voz decidiera finalmente carcomerle toda su existencia y toda su personalidad, todo lo que era y todo lo que podría ser, hasta hacerlo desaparecer por completo.
Hinata, al verlo silencioso y distante, se acercó pudorosamente a él y se detuvo a su lado, contemplando las estrellas —E-Esto...
Gaara la observó de reojo, percatándose de que se había dispersado por un instante y de que ella aún seguía allí, con él —Es tarde. Debes irte —su tono daba a entender que no discutiría al respecto. No que Hinata tuviera el valor para hacerlo tampoco. Aún ni siquiera estaba segura de que no fuera a desmayarse, otra vez.
Con paso apresurado se dirigió a la puerta del cuarto pero se detuvo al ver que ella no lo seguía. De soslayo, la miró removerse nerviosa en su lugar —¿Qué?
Hinata lució aún más abatida por el tono de él —E-Esto... T-Temari-san y K-Kankuro-s-san... e-estarán... y y-yo... n-no quiero..., e-es decir..., ¿q-qué pensará T-Temari-san... a-al verme a-aquí...? N-No quiero... —susurró la última parte. En ningún momento parecía ella capaz de recobrar la palidez de su complexión.
Gaara asintió en silencio. Personalmente, lo que a ella le preocupaba a él lo tenía sin cuidado. Sin embargo, podía notar que la sola idea de enfrentar a alguien, más aún a sus hermanos, en la situación en la que estaba –fuera lo que fuera aquello- la incomodaba y el chico no veía necesidad alguna de hacerla pasar por algo que no deseaba. Por esa razón, y sin replicarle, abrió la ventana y con una serie de sellos hizo fluir la arena de la calabaza que permanecía junto a él contra la pared. Hinata, temerosa, y con una mano en el pecho, observó preocupada las acciones de él. ¿A-Acaso Gaara-kun q-quiere que...?
—Sube —no era una petición.
Una gotita de sudor frío descendió por el cuello de ella —E-Esto... e-eso no parece s-seguro... Gaara-kun... y-yo... mejor... —murmuró, contemplando la puerta de reojo.
Él se cruzó de brazos y aguardó sin decir nada más. Hinata, vacilante, alternó la mirada entre el pelirrojo erguido de pie, la arena que se escabullía de la calabaza junto a la pared y la puerta. En efecto, hacer aquello lucía peligroso, pero era también cierto que no quería salir de allí y tener que enfrentar a alguien –la sola idea le causaba pánico y vergüenza-, pero parecía que fuera a ofenderlo si no aceptaba. Y no quería hacerlo impacientar. Después de todo, él era el Kazekage –aunque en ese preciso instante no importara nada de eso- y ella no era nadie para hacerlo esperar. Además, había viajado en el lomo de Akamaru, ¿cuánto más peligroso que cabalgar en el lomo del gran can podía ser aquello?
—U-Uh... e-esta bien... —susurró, dando un paso dubitativo. Sin embargo, antes de que pudiera dar el siguiente, la arena se había deslizado debajo de sus pies y se removía ahora atrayéndola a él. Torpemente, intentó mantener el equilibrio, en vano, pues cuando quiso acordar estaba cayendo hacia atrás. No obstante, otro monto considerable de arena la detuvo y la enderezó con cuidado nuevamente. Cuando quiso notarlo, estaba al lado de él; pero él solo observaba hacia fuera en silencio. Tímida, muy tímidamente, se aferró del costado de él cerrando su delicada y pequeña mano en puño sobre la tela de su túnica. Sonrojada, evitó mirarlo a los ojos, o a la cara en general, temiendo su reacción. Pero se sorprendió de ver que él no la apartaba, aunque no la sujetaba tampoco.
Antes de que se percatara siquiera, ya estaban en el suelo y la arena que los había deslizado hacia abajo y la que aún descendía de la ventana que habían atravesado, desaparecía en la espalda de él, adquiriendo la forma de la calabaza que minutos atrás había permanecido en el cuarto. Una vez hubo terminado, contempló al frente. Ella, en su pudor, lo observó eventualmente de reojo –desviando la mirada cuando él la veía por el rabillo del ojo mirarlo- mientras comenzaban a caminar en silencio. En varias ocasiones quiso decir algo, pero sin saber que cerró los labios nuevamente. Pasaron unos minutos más en mutismo y en la oscuridad de la noche antes de que viera a alguien acercarse corriendo a ella. Jadeando, dicha persona se detuvo —¡Hinata! —jadeó, detrás se detuvo un gran can blanco que acababa de llegar trotando.
—¿K-Kiba-kun...? —susurró, sorprendida de ver al castaño allí. Este aún luchaba por recobrar el aire.
—¡¿Dónde demonios estabas? Te estuve buscando por todos lados con Shino, que regresó de su misión, y...
Ella se sonrojó y desvió la mirada, luego se volteó a ver a Gaara en busca de ayuda, pero se sorprendió de ver que tras ella no había nadie. Solo unas pequeñas partículas imperceptibles de arena arremolinándose en el aire —¿O-Oh...?
Kiba frunció el entrecejo al ver el espacio vacío que su compañera de equipo contemplaba nostálgicamente —¿Huh? ¿Qué?
La joven Hyuuga, rápidamente, negó nerviosamente su cabeza de lado a lado —E-Esto... no e-es nada K-Kiba-kun... d-de verdad...
El miembro del clan Inuzuka rascó su nuca desconcertado —Eh... Seguro. En fin, ¿donde estabas? Te buscamos por todo lado... y en tu casa nos dijeron que no estabas así que...
—E-Esto... l-lo siento Kiba-kun... l-lamento haberlos p-preocupado... C-Creo... —susurró, sonrojada— q-que me d-distraje...
Los ojos negros de él se posaron en la muñeca vendada de ella —¿Qué te pasó ahí? —la cuestionó suspicaz. Akamaru, a su lado, soltó un ladrido también.
Tal y como había hecho dos veces aquella noche, ocultó su brazo delicadamente tras su espalda —O-Oh... e-esto... eso s-solo... ummm... m-me t-tropecé... e-entrenando, K-Kiba-kun... T-tendré m-más cuidado la próxima...
El chico enarcó una ceja, pero lo dejó pasar. Seguro, sabía que Hinata era propensa a salir herida. Ya fuera en entrenamientos o misiones, ella siempre regresaba con la piel dañada. Sin importar que fura por tanto esforzarse entrenando o de un combate que hubiera sostenido. Pero, Kiba sabía también, que Hinata era terrible mintiendo. Era demasiado bondadosa para hacerlo sin delatarse, y la forma nerviosa en que evitaba posar sus ojos en los de él, hacían exactamente eso. Delatarla.
—Como sea, te acompaño a tu casa.
Hinata, sonriendo ligeramente, asintió —E-Esto... ¡G-Gracias K-Kiba-kun...!
—Seguro —dijo él, colocando sus brazos tras su nuca—. Akamaru y yo no tenemos problemas, ¿verdad amigo? —sonrió y el perro soltó un ladrido—. ¿Ves? Akamaru esta de acuerdo.
La joven asintió, apresurándose para alcanzarle el paso —K-Kiba-kun... ¿E-Estás enfadado c-conmigo...?
Él parpadeó, luciendo desconcertado —¿Enfadado? Nah, ¡que va!
M-Me alegro... K-Kiba-kun... Pensó, sutilmente más feliz, mientras continuaba caminando a su lado. Sin embargo, no pudo evitar voltear a ver a medida que se alejaban más y más del lugar; pero por más que quisiera ver algo, aún con su vista privilegiada, no podía hacerlo. Gaara había desaparecido, se había esfumado en la oscuridad de la noche. B-Buenas noches... G-Gaara-kun...
