aclaraciones:

los personajes aqui mensionados no me pertenecen... solo los utilizo a mi antojo para proporcionar una lectura y entretenimiento para ustedes ^^' y la historia original tampoco me pertenece.

narración en tercera persona... mayoritariamente desde el punto de vista de Sora :D

como siempre y sin mas preámbulo... espero que disfruten la lectura :D


oscuridad

.

.

-¿Sora? -preguntó Tai, extendiendo la mano instintivamente-. ¿Sora? -repitió, al no poder encontrarla.

-Estoy bien.

-¿Estás segura?

-Por supuesto. Probablemente se trata sólo de un apagón. Este calor seguramente ha provocado que todos los aparatos de aire acondicionado de la ciudad estén a pleno rendimiento.

-Probablemente tienes razón.

La cabeza de Tai le sugería que debía entrar en la casa y empezar a buscar velas o linternas. Sin embargo, parecía incapaz de transmitirle las órdenes a sus extremidades. Parecía estar pegado al suelo. No hacía más que darle vueltas a la pregunta que le rondaba en la cabeza. ¿Acaso había estado Sora a punto de besarlo?

Ni hablar.

Era imposible. Totalmente impensable. No había precedentes. Era mentira. Sin embargo...

Le había parecido ver algo en sus ojos. Una chispa de interés. La promesa de la pasión. Sólo una pequeña indicación de que ella anhelaba de él lo mismo que él de ella.

Debía de estar equivocado. La pasión que había visto en aquellos ojos debía de haber sido sólo el reflejo de sus propios calenturientos pensamientos.

En el momento en el que ella lo había tocado, había sido como si estuviera viendo una película. Había visto las manos de ella sobre sus hombros. Luego, había cerrado los ojos mientras le masajeaba la carne con las manos con una expresión de éxtasis en el rostro. Tai sintió una erección ante el recuerdo de aquella fantasía.

A continuación, ella le había deslizado las manos por el torso y se había acercado a él para que las caderas encajaran con las suyas. Después, había centrado su atención en los botones de la camisa. Después de la fascinación de los hombros, pareció centrar su atención en el torso. No dejaba de acariciarlo ni de torturarlo, por lo que la erección de Tai se iba haciendo cada vez más potente. El cuerpo de él se fue llenando de un desesperado anhelo, una lujuria y una necesidad tan urgentes que creyó que explotaría allí mismo si no podía poseerla en aquel instante.

La había dado la vuelta y, de repente, la fantasía se había hecho milagrosamente real. Al menos un poco. Las manos de Sora no le habían estado acariciando el torso, y las caderas de ella estaban muy lejos de las suyas. Sin embargo, el rostro de ella lo había hecho rendirse. La expresión de necesidad, deseo y anhelo. Deseo por él. Además, estaba seguro de que había existido la promesa de un beso.

«Estás loco», se dijo. Sabía muy bien que se estaba engañando si creía que Sora deseaba que aquella fantasía se convirtiera en realidad. Como abogado, sabía que fantasía y realidad no eran lo mismo. Se enfrentaba con los hechos y con pruebas empleando la persuasión. Antes de que la noche terminara, tenía la intención de exponerle el caso. Tai aún no se había ocupado de ningún caso que creyera que podía perder.

-Tai, ¿me has oído?

La dulce voz de Sora lo sacó de su ensoñación.

-¿Cómo? Lo siento. ¿Qué decías?

-¿Qué es lo que crees que ha ocurrido? Sólo ha sido un apagón, ¿verdad?

-Eso es lo que me parece a mí. Probablemente una sobrecarga del sistema, tal y como has dicho.

Con cierta sorpresa, se dio cuenta de que podía ver el rostro de Sora. En realidad, ver era una exageración. Más bien, era capaz de distinguir las sutiles líneas y los contornos de su rostro para discernir una expresión de preocupación. La noche estaba muy nublada y no había luna, por lo que no comprendía de dónde provenía la luz. De repente, lo comprendió todo. Cientos de velas relucían en las ventanas de los apartamentos que rodeaban el de Sora.

-Mira...

-Bueno, por lo menos es bonito -dijo ella.

-Vamos dentro para encender la radio.

Se acercó a ella con la intención de tomarle el brazo para conducirlos a ambos al interior del apartamento. Sin embargo, ella se giró y consiguió evitar el contacto.

-Ve tú primero -sugirió te seguiré.

La miró durante un momento, tratando de leer la expresión de su rostro, pero la luz era demasiado pobre. ¿Se habría dado cuenta de lo que le estaba ocurriendo o simplemente era que prefería caminar sin ayuda?

Con mucho cuidado, fueron avanzando hacia la ventana. Tai entró primero y le agarró a ella la mano para ayudarla a entrar. Sora le dedicó una sonrisa.

Él dejó la ventana abierta, dado que sin el aire acondicionado iba a empezar a hacer mucho calor en el apartamento, y la siguió hacia el sofá.

-Allí -dijo ella, indicándole una cómoda que habían restaurado juntos-. En el cajón de abajo está mi kit de emergencia.

Mientras Sora iba apagando las luces y desenchufando el ordenador por si regresaba la luz, Tai tomó la vela de la mesa y abrió el cajón. Vio que éste contenía todo lo que necesitaban. Linternas, pilas, velas, cerillas, un pequeño radiocassete, e incluso latas de gas por si necesitaban calentar comida.

Sacó la radio y un paquete de pilas. A continuación, extrajo un par de linternas mientras sopesaba sus opciones. El apagón había sido algo inesperado, pero no podía evitar pensar que sólo podía beneficiarlo. Las linternas, por el contrario, no lo ayudarían. Con un rápido movimiento, las metió debajo de la cómoda y sacó sólo las velas y las cerillas. Cerró el cajón, lo reunió todo y se dirigió hacia la mesa.

-¿Lo has encontrado todo? -le preguntó Sora.

-Claro. ¿Y tú?

-He desenchufado todo y he apagado todas las luces. Parece que aún tenemos agua, por lo que algo es algo.

-Por supuesto.

Tai encendió unas velas. Colocó unas cuantas sobre la mesa y puso las demás sobre lugares estratégicos del apartamento. Después, se fue a sentar al lado de Sora en el pequeño futón. Ella había colocado la radio sobre la mesa y estaba tratando de encontrar una emisora.

-Yo nunca escucho la radio -dijo-. ¿Qué emisora de noticias pongo?

-Creo que, en realidad, no necesitamos una emisora de noticias. Todo el mundo va a interrumpir la programación para hablar de esto. Es mejor que pongamos una que ponga también buena música. ¿De acuerdo?

-Claro, pero, como te he dicho, yo no escucho la radio nunca así que...

-No hay problema.

Tai tomó la radio y empezó a buscar una emisora. Detuvo el dial en la que él escuchaba todas las mañanas.

-La música aquí es muy buena. Al menos, lo es cuando yo me visto por las mañanas.

En aquellos momentos, la emisora no estaba emitiendo música. La voz del presentador mostraba una tranquilidad forzada mientras leía un escrito que, sin duda, le habían preparado precipitadamente.

-...así que parece que se trata de un de nuestros clásicos apagones que ha sido ocasionado por la demanda de electricidad para que los aparatos de aire acondicionado proporcionen alivio a las temperaturas que estamos alcanzando. Desgraciadamente, esto ha producido que se produzca un apagón en todo el estado. Las autoridades dicen que no están seguros de cuándo se reanudará el suministro. Parece que va a ser una noche muy calurosa, así que poneros cómodos donde estéis y permaneced tranquilos. En honor al apagón, vamos a abrir las líneas para que nuestros oyentes puedan realizar peticiones y dedicatorias. Y supongo que, dentro de nueve meses, tendremos un buen puñado de recién nacidos. Hay que pasar el tiempo de algún modo...

Tai bajó el volumen y se volvió para mirar a Sora.

-Parece que teníamos razón.

-Me alegro de saberlo -dijo ella, con voz distraída. Estaba recorriendo el apartamento con la mirada, con el ceño fruncido.

-¿Qué pasa?

-Nada. Yo... Nada. Es un apartamento tan pequeño... -añadió, después de un está empezando a hacer mucho calor. Probablemente va a llover y, entonces, esto será como una sauna y los dos tendremos mucho calor y empezaremos a sudar y...

Se aclaró la garganta tras pronunciar las palabras «calor» y «sudar». Tai sintió la abrumadora necesidad de tocarla. De hecho, pensó que moriría si no lo hacía. A su lado, Sora sacudió la cabeza.

-No importa -susurró ella-. Bueno... Deberías quedarte a pasar la noche. El metro seguramente no funciona y las calles serán muy peligrosas. Espero que el apagón no estropee tus planes...

-Estoy seguro de que la electricidad regresará mucho antes del lunes -comentó él. No hacía más que pensar que iba a pasar allí la noche. Le había parecido notar algo en la voz de Sora. Como abogado, estaba acostumbrado a analizar los rostros y las voces de los testigos. Además, conocía a Sora.

Estaba ocurriendo algo, aunque no estaba seguro de qué se trataba. ¿Incomodidad? Imposible. Se había quedado a dormir cientos de veces. A él le había resultado algo incómodo en las últimas ocasiones, dado que tenían que compartir la cama, pero nunca le había parecido que a ella. ¿Qué podría ser? A menos...

Se levantó y se dirigió a la cocina, utilizando el movimiento para ocultar la expresión esperanzada que estaba seguro tenía reflejada en el rostro. Tal vez no se había equivocado al creer que había visto el deseo reflejado en los ojos de Sora. Si ella se sentía así, entonces ya tenía el caso a medio ganar.

-Maldita sea... -dijo, sabiendo que había llegado el momento de abordar el tema.

-¿Cómo dices?

Se sobresaltó al darse cuenta no sólo de que Sora estaba a su lado, sino también que había hablado en voz alta.

-Me he quemado -mintió, señalando la cacerola que había estado a punto de agarrar.

-¿Quieres que te busque la pomada?

-No. Estoy bien -respondió. Entonces, respiró profundamente y se dispuso a dar el salto-. Oye, ¿te ocurre algo?

-Por supuesto que no -contestó ella. Tai no pudo calibrar su reacción porque ella se volvió inmediatamente y empezó a abrir las cajas de comida-. ¿Por qué? ¿Acaso parece que me ocurre algo?

Él no contestó inmediatamente porque el deseo se había apoderado de él. Sora estaba abriendo los armarios para sacar platos. Era un movimiento muy sencillo, que la había visto hacer en cientos de ocasiones. Sin embargo, aquella noche, le parecía tan sensual como la danza de los siete velos. Le parecía que la suave curva del trasero de ella suplicaba sus caricias.

Ella se había recogido el cabello con una coleta. Le caían algunos mechones sobre el cuello, que estaba empezando a estar húmedo por el sudor. Tai ansiaba estirar la mano y acariciárselos, pero no lo hizo. Aún no. En vez de eso, apoyó la cadera contra la encimera y trató de adoptar una postura casual.

-No parece que te apetezca mucho que yo me quede a pasar la noche. ¿Prefieres que me vaya a casa?

-¿Estás loco? Hay un apagón. Todos los locos de la ciudad están andando por las calles. Por supuesto que no te vas a marchar a tu casa.

-Está bien. Tan sólo es que...

Sora le impidió que siguiera hablando con un gesto de la mano. Entonces, recogió los platos y se dirigió a la mesa.

-Lo siento. Me alegro mucho de que te vayas a quedar. Es tu último fin de semana. Debería haberte invitado a que te quedaras de todas formas. Así, podemos charlar y eso...

Lo de «eso» le parecía muy bien a Tai. Además, le daba tiempo para poner en práctica su plan. Ocultó una sonrisa. No lo preocupaban los riesgos que podría haber. Tenía que hacerlo. Tenía que explicarle sus sentimientos y esperar que ella sintiera lo mismo. Persuadirla para que así fuera si ella no sentía nada. De un modo u otro, cuando terminara aquella noche, todo sería diferente entre ellos. Mientras tanto, tenía la intención de hacer todo lo que pudiera para que todo se pusiera a su favor.

.

.

.

Mientras Tai retiraba los platos de la ensalada, Sora ponía platos limpios. Trataba de comportarse de un modo casual, a pesar de que estaba muy nerviosa. Si lograba sobrevivir a aquella noche, sería un milagro. Tai ya sabía que había algo que la preocupaba. ¿Cómo no iba a ser así? La conocía tan bien...

A pesar de todo, tenía la intención de hacer todo lo que pudiera para asegurarse de que Tai no se enteraba nunca de su lapsus en el sentido común.

Eso había sido. Una pequeña alteración en la libido. Nada permanente y, sobre todo, nada de lo que tuviera que preocuparse. Por supuesto, tenía que tratar de descubrir cómo mantener las apariencias, lo que no resultaba fácil teniendo en cuenta lo bonito que estaba el apartamento a la luz de las velas y cómo brillaban los ojos y la bronceada piel de Tai bajo aquella luminosidad. Además, tenía que admitir que estaba muy guapo...

No obstante, podía ser fuerte. Sólo era una pequeña alteración en la libido. Tenía que repetírselo como si fuera una oración. Una pequeña alteración en la libido.

-¿Estás segura de que te encuentras bien, Sora? No haces más que ignorarme.

-Claro que estoy bien -dijo ella, con una alegre sonrisa-. Estoy genial. Esto -añadió, señalando la mesa- es fantástico.

-La ensalada ha sido sólo para abrir boca. Con el resto de la cena te quedarás sin palabras.

-Ya me he quedado sin palabras con sólo mirar la mesa. Parece que tengo estilo -bromeó. De hecho, si supiera que no era así, habría dicho que Tai había decorado su apartamento para recibir a una mujer-. Considerando el estado de mis platos, sé que no han salido de mis armarios. ¿Cómo...?

-Non, non, non -dijo Tai, con acento francés-. Le chef nunca revela sus secretos. La presentación es tan importante como la cena, ¿no crees? Vamos, ma cherie. No desilusiones al chef Tai. Estás muy impresionada, non?

-Sí -admitió ella-. La mesa está muy bonita. La ensalada era deliciosa. Estoy muy impresionada.

-Entonces, pasaremos al plato principal. Esto es para celebrar los nuevos armarios, la cena de despedida para mí y la de tu cumpleaños para ti. Creo que deberíamos hacerlo con clase.

-No seré yo quien se queje -comentó, a pesar de que sentía que Tai se lo estaba poniendo muy difícil para poder recuperarse de las fantasías que había tenido en la biblioteca. Entonces, cuando él empezó a frotarle los hombros, estuvo a punto de perder el control.

-Estás tensa.

-Mmm, sí, supongo que un poco -respondió ella. Trató de apartarse de él antes de que el calor que generaban sus dedos le friera el cerebro.

-Espera. ¿Qué prisa tienes? -le preguntó Tai, sujetándola con firmeza.

-Nada. No tengo ninguna prisa. Simplemente iba a levantarme para ayudarte con la cena.

-De eso ya me puedo ocupar yo.

Hablaba muy suavemente, con la cabeza tan cerca de la oreja de Sora que el aliento le hacía cosquillas en la nuca. El corazón de ella le latía con fuerza en el pecho y estaba segura de que el rubor le había cubierto las mejillas. Afortunadamente, la luz era tenue y él estaba a sus espaldas, donde no podía verle el rostro. En aquel momento, ella estaba segura de que el deseo que sentía en cada centímetro de su cuerpo se le reflejaba en el rostro.

Muy lentamente, él siguió masajeándole los hombros. Sin poder evitarlo, Sora dejó escapar un gemido de éxtasis.

-Qué bien -susurró, esperando sonar como una mujer a la que le dolían los músculos y no como una cuya piel vibraba con el contacto de las manos de Tai.

-Si tus clases te ponen tan tensa, tal vez deberías tomártelo todo con más calma.

-No puedo hacer eso. Además, no es eso lo que me pone tan tensa.

-¿No? -murmuró él-. ¿Qué es?

Una parte de Sora quería confesarle que era él. Quería que supiera que, aquella noche, la estaba volviendo completamente loca.

-Todo. El hecho de que tú te vayas a marchar. El final del semestre. El calor...

-Hmm...

Sora se giró para mirarlo, pero él se lo impidió.

-¿Y qué se supone que significa eso de «hmm»?

-Nada. Es sólo un ruido.

Sora no lo creyó, pero en realidad no importaba. Su cuerpo se estaba convirtiendo en calor líquido y el catalizador eran las manos de Tai. Sentía los pechos muy pesados y los pezones se apretaban con fuerza contra el suave algodón de su camiseta. Cerró los ojos y, durante un segundo, se dejó vagar por la fantasía que le palpitaba en la cabeza. Una fantasía que tenía que ver con las hábiles manos de Tai y sus senos. Las palmas los cubrían mientras pulgar e índice amasaban el pezón hasta que las sensaciones le prendían en la entrepierna y se la encendían, empujándola a un abismo de placer absoluto.

-¿Quieres más? -le preguntó Tai. Sora abrió la boca, perdida en un brumoso sueño. Estuvo a punto de suplicarle que siguiera. Se detuvo a tiempo.

-¿Más qué?

-Champán -respondió él, mostrándole su copa de champán.

-Oh. Claro.

-Bien. Te vendrá muy bien un poco más. Te ayudará a relajarte un poco.

Ese hecho la preocupaba, pero no iba a admitirlo delante de Tai. En aquel momento, emborracharse parecía un plan magnífico. Él le llenó la copa y se la entregó. Ella tomó un sorbo. Como la botella se había terminado, él se dirigió a la cocina. Cuando regresó, tenía una nueva botella.

-Tai...

Él la miró, interrogándola con los ojos. La luz de las velas bailaba sobre su cabello castaño oscuro. Sora tuvo que hacer un esfuerzo para no extender una mano y ver si era tan suave como parecía. Se lo había tocado antes, pero, de repente, era como si nunca lo hubiera hecho. Taichi era un hombre completamente nuevo para ella y tenía la premonición de que aquel no iba a dejar de insistir hasta que descubriera sus secretos.

-¿Sora?

Ella se dio cuenta de que no había terminado la frase.

-Oh. Te iba a decir que tengo que estudiar mañana. Una botella sea probablemente más que suficiente.

-Claro -dijo él, pero empezó a retirar el corcho-, pero, si no te importa, creo que me podría apetecer un poquito más.

-Por supuesto -repuso ella, justo en el instante en el que corcho se soltaba de la botella y Tai lo atrapaba hábilmente entre los dedos.

Se llenó su copa y regresó a la cocina para ir a por el resto de la comida. Cuando hubo terminado de llenar los platos, se sentó enfrente de Sora y, durante un momento, se limitó a observarla. La luz le brillaba en los ojos. Justo cuando ella estaba empezando a ponerse nerviosa, él levantó la copa para proponer un brindis.

-Por los mejores amigos -dijo. Entonces, sonrió ligeramente y la miró con una intensidad con la que jamás lo había hecho antes-. Esta noche estás realmente hermosa.

-Yo... -susurró ella, sonrojándose-. ¿A qué viene eso?

-Simplemente estoy afirmando un hecho. No es ningún secreto que eres una mujer muy hermosa. La luz de las velas resalta el color de tus ojos.

-Gracias -dijo ella, pero empezó a sentirse de nuevo muy nerviosa-.Tú... también lo eres.

En cuanto pronunció aquellas palabras, sintió miedo. No era la clase de comentario que debería haber hecho, al menos no en aquella ocasión. Completamente arrebolada, se refugió en la comida. Tuvo que reprimir un gemido de éxtasis cuando el tierno bocado prácticamente se le disolvió en la boca.

-Fabuloso...

-Me alegro de que te guste.

No había nada de especial en el tono de la voz de Tai o en sus palabras, pero Sora sintió una pequeña oleada de placer. Lo había hecho por ella. Por supuesto como su mejor amigo. Nada más. No obstante, resultaba una sensación muy… agradable.

La conversación se redujo a cero, incapaz de competir con aquella deliciosa comida. Durante la cena, Sora se dio cuenta de que su copa, que había estado casi vacía, volvía a estar completamente llena. Consideró protestar, pero luego decidió no hacerlo. Después de todo, estaban en medio de un apagón. Las reglas normales no se aplicaban.

No hablaron mucho mientras terminaban la comida, a pesar de que ella no dejaba de decir lo fabulosa que era y lo sorprendida que se sentía. Lo que no confesó fue lo especial que la hacía sentirse el hecho de que Tai se hubiera tomado tantas molestias. Matt jamás habría hecho algo así por ella. Como amigo, Tai era el mejor. Se sentía algo culpable de que, mientras él había estado tomándose tantas molestias para prepararle aquella sorpresa, ella había estado en la biblioteca pensando en sus pectorales.

Recogieron los platos juntos. En la pequeña cocina, el aire era espeso y pesado por el calor, lleno del aroma de la colonia de Tai, que, a pesar de sus esfuerzos, la estaba volviendo loca.

Cuando él extendió un brazo para meter un plato en el fregadero, le rozó el hombro con él. Fue un contacto casi imperceptible, nada que Sora hubiera notado antes. Sin embargo, aquel día, todos los nervios de su cuerpo parecieron concentrarse en aquel punto.

Si con un contacto casual podía causarle tanto daño, no quería ni pensar en el daño que él podría causarle si la tocaba deliberadamente con la intención de seducirla.

Tragó saliva. Aquella posibilidad era mucho más que lo que podría soportar en aquel momento. Miró hacia el fogón de la cocina.

-Es imposible hacer té o café. Iba a calentar un poco de agua y me acabo de dar cuenta de...

-Esto del apagón limita bastante nuestras opciones, ¿no te parece? Sin embargo, tenemos el postre, así que resultaría muy agradable tomar algo con... -comentó. Entonces, miró hacia el pequeño armario en el que Sora guardaba las bebidas alcohólicas-. ¿Te queda Frangelico?

-Sí, pero habría que calentarlo para que estuviera bueno -respondió. Inmediatamente se arrepintió. Debería haber respondido que no quería tomar más alcohol, pero con lo que había dicho le había dejado una puerta abierta.

-Tenemos las latas de gas que he visto en el cajón donde guardas todos los objetos para emergencias. Y sé que tienes dos copas de brandy con el soporte para calentar el alcohol. No deberíamos tardar mucho en calentar dos copas.

-No estoy segura de que debiéramos...

-Venga, Sora. Es sólo un apagón. Además, por lo que he visto, has comprado todas las latas de gas de ese tipo que habría en las tiendas. ¿Estabas pensando en monopolizar el mercado?

-Aunque tenga muchas, sigue siendo para situaciones de emergencia, Tai.

-Confía en mí. La posibilidad de beber Frangelico a temperatura ambiente es una verdadera emergencia. Además, necesitamos algo para tomar con el postre.

«Tú serías un postre de lo más agradable».

Mortificada por sus pensamientos, apartó la mirada. Tenía que haber sido producto del champán. Las burbujas le habían provocado gas en el cerebro. Se obligó a pensar en cosas más mundanas.

-¿Con el postre? ¿Me puedes decir qué has comprado?

-Es de chocolate muy espeso. Eso es lo único que sé.

-¿De verdad? -preguntó ella. El chocolate era su debilidad y Tai lo sabía demasiado bien-. Entonces, yo me quedo con el trozo más grande, ¿de acuerdo?

-Sólo hay uno... Sólo hay una condición -añadió.

-¿Cuál?

Tai sonrió y el modo en el que se le curvó la boca provocó que la entrepierna se le humedeciera un poco más a Sora.

-No importa. Ya te lo diré más tarde.

-Estás tramando algo.

-Yo nunca tramo nada. Simplemente planeo.

-¿Sí? Bueno, pues yo pienso comer chocolate -dijo ella, dirigiéndose al cajón con una vela-. Por cierto, ¿por qué no sacaste las linternas?

-Yo no vi ninguna.

-Creo que tengo siete.

-Pues no había ninguna en el cajón.

-Ya verás como las encuentro -afirmó mientras avanzaba por la habitación.

Al ver la expresión que Tai tenía en el rostro, se detuvo en seco.

–¿Qué?

-Saca las linternas si quieres, pero se supone que estamos cerrando en un restaurante de categoría. Yo creo que las velas van mejor que las linternas, ¿no te parece?

-Claro. Por supuesto. Simplemente... No importa -concluyó. Decidió que no merecía la pena seguir hablando. Le daba la sensación de que cada vez se iba enredando más en la tela de araña.

Se dirigió hacia la última caja de comida que quedaba y, tras levantar la tapa, vio una porción del pastel de chocolate más delicioso que había visto en su vida.

-Vaya... Tiene un aspecto delicioso. ¿Y qué vas a comer tú?

-¿Qué quieres decir?

-Sólo hay una porción. Es muy grande, pero no es más que una.

-Bueno, no me parece que sea una crisis - dijo Tai, dirigiéndose hacia el sofá con el Frangelico en la aquí. Y trae dos tenedores.

-¿Dos tenedores? Pensé que el trozo más grande era para mí y, evidentemente, éste es el trozo más grande.

-Lo de «más grande» es un término muy relativo. Tiene que haber algo con lo que compararlo. Como sólo hay un trozo, tienes que compartirlo.

-No sé, Yagami. A mí me parece que te quieres quedar con mi chocolate por la cara. Si quieres que te dé, tendrás que esforzarte un poco más.

-Muy bien -replicó él. Dejó las dos copas en la mesa y se frotó las manos-. Pelearemos por él.

-¿Cómo dices?

-Ya sabes. Decidiremos quién se queda con el pastel de chocolate de la misma manera que los boxeadores, los expertos en artes marciales y las naciones superpoderosas. Nos pelearemos.

-Si hablamos de naciones superpoderosas, creo que sería mejor llamar a las Naciones Unidas.

-Soy un país algo truhán. Quiero el pastel - afirmó él. Estaba empezando a rodearla con los brazos con una expresión juguetona en el rostro. Sora levantó el plato por encima de su cabeza y se dio la vuelta para tratar de evitar que él se lo quitara.

-Ten cuidado. Si se cae al suelo, no nos lo comeremos ninguno.

-Ése es un riesgo que tendrás que correr. Simplemente podrías ceder y compartirlo conmigo. Así, te asegurarías de poder comer un poco de pastel.

-Jamás -replicó Sora. Echó a correr alrededor del sofá y se colocó al otro lado, dejando el sofá en medio.

Arrojó uno de los tenedores encima del sofá y, con el otro, se tomó un trozo de delicioso pastel. Mientras Tai la observaba, cerró los ojos y suspiró llena de satisfacción.

-Delicioso -susurró.

La palabra pareció morírsele en la lengua cuando abrió los ojos. Tai la estaba mirando fijamente, con un hambre reflejada en los ojos que no parecía tener nada que ver con el postre.

-Muy bien -dijo é lo has conseguido.

Se subió encima del futón y trató de agarrarla. Ella dio un salto hacia atrás y estuvo a punto de perder el pastel con el movimiento. Consiguió evitar que cayera, pero, antes de que pudiera reaccionar, Tai saltó sobre el futón y le rodeó la cintura con un brazo.

Sora gritó y levantó el plato con ambas manos. Inmediatamente, se dio cuenta de la equivocación que había cometido. Sin los brazos que la protegieran, sus senos se apretaron contra el torso de él. Los pezones se le endurecieron y la respiración se le aceleró. Los labios se le hinchieron y todo su cuerpo pareció llenarse de una calidez que sólo podía estar provocada por el deseo.

-¿Sora? -dijo él, con la voz tan suave como una caricia-. ¿Te encuentras bien?

Ella se giró y escapó de él. Una vez más, se colocó el plato delante, interponiéndolo así entre ambos.

-Yo... desde luego. Sí, claro que sí. ¿Por qué me lo preguntas?

Tai inclinó la cabeza hacia un lado y empezó a mirarla. Sora estaba completamente segura de que podía leerle los pensamientos y, de hecho, quería que lo hiciera. Contra todo buen juicio, quería dejarse llevar y perderse en...

«American Pie».

Confusa, parpadeó al escuchar la estridente melodía de Don McLean.

-¡Oh! -exclamó. De repente, se había dado cuenta de lo que era-. Es mi móvil. Es Matt - añadió. Había asignado diferentes tonos a sus amigos y aquél era el que le había puesto a Matt.

En silencio, dio las gracias al santo patrón de los teléfonos móviles y se alejó de Tai. Se sentó en el suelo al lado del futón y, tras dejar el pastel en el suelo, rebuscó en el bolso para sacar su teléfono.

-¡Hola, Matt! ¡Estoy aquí!

-¿Sora?

-¡Matt! ¡Hola! Temía que fuera a saltar el buzón de voz. ¡Qué alegría hablar contigo! Te echo de menos -dijo. Las palabras fluían mucho más rápidamente de lo habitual. Sólo podía esperar que Matt atribuyera tanta verborrea a la alegría de hablar con él en vez de a la verdadera causa: la culpabilidad.

-Yo también te echo de menos -dijo él-. Parece que estás bien. ¿Vas a estar bien esta noche?

-¿Por qué me preguntas eso? -replicó, atónita.

-Por el apagón. Acabo de ver las noticias. Me preguntaba si...

-¡Oh! Claro. Estoy bien. Estoy segura de que mañana volverá a haber electricidad.

-Hmm... No me gusta que tengas que pasar por todo esto tú sola.

-No pasa nada. De verdad. Tai ha estado aquí...

-¿Tai?

Sora cerró los ojos y contuvo el aliento. La culpabilidad volvió a apoderarse de ella.

-Estaba aquí cuando se fue la luz. Ha terminado de pintarme los armarios de la cocina mientras yo estaba en la biblioteca. Están preciosos.

-Qué bien, pero ya te dije que lo remodelaríamos todo más tarde...

-Lo sé, pero... Bueno, fue idea suya. Un regalo de despedida.

-¿Sigue ahí? ¿Se va a quedar a pasar la noche contigo?

-No -mintió Sora-. Por supuesto que no -añadió, sin volverse para mirar a Tai. Temía que él se hubiera dado cuenta de que estaba mintiendo.

-¿Se marchó después del apagón?

-Sí.

-Qué desconsiderado. ¿No se le ocurrió pensar que tú podrías necesitar compañía? Es decir, no hay luz. Podría haber saqueadores. Podría haber...

-Matt -lo interrumpió ella-. Estoy bien. Y tú necesitas volver a tu trabajo, ¿no es verdad?

-Sí, en realidad, sí. Es que acabo de ver las noticias y quería llamarte.

-Estupendo -dijo Sora. En aquel momento, su teléfono empezó a pitar. Ella se lo apartó lo suficiente como para poder mirar la pantalla-. Mira, me estoy quedando sin batería y no puedo recargarla sin luz. Es mejor que colguemos. ¿Vienes el miércoles?

-Sí. ¿Quieres que vaya a tu casa directamente desde el aeropuerto?

Sora se acordó de su plan para seducir a Matt con la ropa interior que él le había regalado. Sin embargo, aquel plan tendría que esperar dado que ella ya tenía otros planes para el miércoles.

-De acuerdo. Así podemos tomar un taxi desde aquí para ir al Solio.

-¿Por qué vamos a ir al Solio?

-Le prometí a Inoue que iríamos con ella a una inauguración. TK también va a ir -añadió, refiriéndose al hermano de Matt-. Tal vez hasta tu padre vaya.

-Vaya, toda la familia -replicó Matt, aunque sin el entusiasmo que ella sentía.

-Sí, bueno. Podemos volver a mi casa después.

-De acuerdo, pero prométeme que no nos quedaremos mucho tiempo. Por cierto, ¿has salido con Inoue desde que me he marchado?

-¿Estás controlándome? -preguntó ella, incapaz de controlar el nerviosismo que se le coló en la voz.

-No, claro que no. Sólo sentía curiosidad.

-Bien... -dijo Sora. Estuvo a punto de empezar una discusión, pero, dado que se estaba quedando sin batería, decidió no hacerlo-. Dado que me lo preguntas, te diré que no. No he salido con Inoue desde hace unos días.

-Estupendo. Bueno, tengo que dejarte. Te quiero.

-Yo también te quiero a ti -replicó ella.

En aquella ocasión, se dio la vuelta y le dedicó a Tai una radiante sonrisa. En cierto modo, sentía que había conseguido ganar una pequeña batalla. Desgraciadamente, no estaba segura de haber ganado la guerra.

.

.


just thanks! I love u!

.

.

.

me regalan un review?