Disclaimer: Ningún personaje de Naruto me pertenece... Buu...
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Penúltimo capítulo, ahora sí. Hola a todos, ¿cómo están? Espero realmente que bien. Bueno, dado que es el penúltimo capítulo (mañana estaré subiendo el Epílogo, como todas las noches) trataré de esforzarme en la nota de autor (si, ¡soy pesada! =D). Bueno, de verdad, a todos los que siguieron mi fic desde el principio les estoy sumamente agradecida. Y si llegaron hasta acá es porque tuvieron la paciencia y la bondad de darme una oportunidad. Por eso, no podría estar más agradecida. Sinceramente, mil gracias. A todos. A todos los lectores que desde el anonimato la siguieron hasta el final, a todos aquellos de los que pude saber por sus reviews (que me ayudaron mucho, realmente) y a quienes me agregaron a Favorites (algunos lo hicieron casi desde el principio, lo cual significa que tienen... ¿fe en mi...? Ojalá) y lo mismo para quienes me agregaron a Alerts. ¡Gracias! Muchas, muchas gracias. Y ojalá este capítulo les guste... hasta mañana... ¡Nos vemos y besitos!
El niño monstruo y la niña que no quería el mundo
XII
"Adiós"
Sentada sobre el porche de su casa, con las manos plegadas delicadamente sobre su regazo, observó el firmamento en silencio. Como los últimos días, aquel tampoco era la excepción. Era un día bonito, sin demasiado frío ni demasiado calor. En el cielo, prácticamente no parecía haber nubes, a excepción de un par que vagaban lentas y despreocupadas por el cielo. Y el sol radiaba en lo alto. Brillante y cálido. Un día soleado, de esos en los que parece que puedes hacer lo que deseas si te lo propones, su favorito. En efecto, un día bonito; pero, por alguna razón, Hinata no se sentía tan alegre o calma como habitualmente se sentía cuando un día como esos agraciaba la aldea. No, no se sentía bien. Se sentía ligeramente triste. Nostálgica, quizá, recordando su primer examen chuunin. Aquella vez, ella había sido capaz de cambiar (aunque fuera un poquito). Había sido capaz de mejorar y había sido capaz de hacerlo por sí misma. Hinata no había sido nunca una de progresos sorprendentes, nunca una de cambios drásticos, sino más bien una de pequeño pasitos y mejoras constantes y progresivas. Ella no era Naruto, y no era la número uno en sorprender. No dejaba a todos con las mandíbulas por el suelo cada vez que aparecía con una nueva técnica. Simplemente no era así, pero estaba bien. Porque ella también había mejorado –persiguiendo su sueño-, había recorrido un largo trecho desde el primer examen chuunin que había presentado y había logrado muchas cosas. Ya no era tan tímida, aunque no lo pareciera –pues aún tenía costumbres como el tartamudeo y el jugar con sus dedos-, y ya no huía de las situaciones que le causaban nerviosismo y angustia o ansiedad. Ya no lloraba ante el primer obstáculo y se rendía, como había hecho en el pasado, sino que se enfrentaba a ellos. Y ya no carecía de la determinación para defender y proteger lo que era importante para ella. No, ya no era la misma niña pequeña que se retraía del mundo porque lo encontraba hostil. Si, aún guardaba heridas abiertas, cerradas y cicatrices; aún las escondía, pero no por ello era débil. Por el contrario, ella se sentía fuerte, porque podía seguir aún a pesar de todo ello. Porque podía armarse de valor –aún cuando le costara todo tres veces más que a los demás- y ponerse sobre sus dos pies y defender sus creencias. Porque no podía abandonar su sueño por más que su frágil corazón hubiera llorado por tanto tiempo. Porque lo había intentado todo para no abandonar, también. Porque se había enfrentado muchas veces a su sueño y no se había rendido nunca. Quizá, Naruto había tenido razón aquella vez cuando lo había encontrado de camino a ver los exámenes principales. Ese día lucharía con Neji, y había dicho que solo era un fracasado orgulloso. Tal vez ella también lo fuera, a su manera; pero para Hinata eso era ser fuerte. Cometer errores y volver a pararse y seguir. Cambiar las cosas cuando no te gustan, por tu cuenta. Tomarlas entre tus dedos y transformarlas. Eso era ser fuerte. Como Gaara, él también era fuerte, o eso ella creía. Lo veía, en él, en sus ojos, que el camino hasta donde estaba no había sido fácil para él tampoco. Que no había sido indoloro (porque todo lo que vale la pena rara vez lo es) y que –como ella, y como todos- habían sido incapaces de rendirse a pesar del dolor y la soledad. En algún momento, probablemente, todos lo habían pensado –rendirse- y algunos habían cedido más que otros; pero ninguno lo había hecho, al final. Todos habían optado por el camino difícil. Por seguir luchando, por seguir esforzándose. Y, de alguna forma, como Naruto, Gaara le inspiraba esa admiración. A su forma, la hacía sentirse que debía esforzarse más. Que si lo deseaba, podía lograrlo, como él lo había hecho. Alcanzar su sueño, sus metas, alcanzar lo que se había propuesto.
No, Hinata no era una de progresos deslumbrantes y asombrosos, pero se esforzaba día a día. Y había mejorado, lo sabía. Sabía lo que quería y no lo dejaba ir por nada. Se aferraba, a ese sueño de mejorar y cambiar por su cuenta y de ser útil para alguien más, se asía con todas sus fuerzas y avanzaba hacia él. Con pasos chiquitos, tímidos, lentos quizá, pero lo hacía. Se acercaba más y más. Con esfuerzo, con sudor, con lágrimas y con sangre. La niña pequeña y débil no había desaparecido, estaba en algún rincón de ella –y siempre estaría- pero ya no lloraba. Ni se lamentaba. Ya no odiaba el mundo ni lagrimeaba su tristeza. Era fuerte, tímida y de voz suave y modos gentiles pero era fuerte. Como ella, era ella. Era fuerte.
—Hinata-sama.
Sonriendo muy suavemente, desvió la mirada a aquel recién llegado —Hola... Neji-nii-san...
Este, como siempre, lucía imperturbable, serio y solemne. Neji también era fuerte, y había crecido. Todos lo habían hecho, todos eran distintos, y a la vez eran iguales. Los mismos de siempre. Aún con 18 años, Naruto amaba el ramen y discutía con Sasuke por su eterna rivalidad. Aún Sakura hacía lo mismo con Ino. Aún Neji lucía serio y sonreía poco, pero lo hacía de vez en cuando, con aquellos cercanos a él, y aún entrenaba con Tenten. Esta aún sujetaba sus cabellos de aquella forma tan infantil y Lee aún lucía como Gai, o incluso aún más. Chouji aún comía mucho y compartía sus patatas con Shikamaru y este último aún se escapaba de Ino para contemplar las nubes. Kiba aún jugaba con Akamaru como si este todavía fuera un cachorro y Shino aún actuaba distante y misterioso pero secretamente seguía preocupándose por todos ellos y por la camaradería como lo había hecho siempre. Y ella era la misma Hinata, aún se sonrojaba como una tonta y aún amaba las pequeñas cosas como si fueran las más importantes. Y aún se sentía sola de vez en cuando, y no dudaba que los demás lo hicieran tampoco. Pero era perfectamente normal. Aquella sensación no se parecía en nada a lo que había sentido de niña, tampoco, y estaba agradecida por ello.
—N-Neji-nii-san... ¿Tú crees... q-que mejoré... aunque sea... u-un poquito...? —susurró, bajando la mirada a sus dedos tamborilear sobre su regazo.
Él la miró por un instante, para luego desviar la mirada a la entrada del patio delantero. Serio, como siempre. Neji lucía serio y colecto —Tu resistencia es pobre. Y deberías mejorar tu ofensiva, Hinata-sama.
No era lo que había preguntado, pero aún así sonrió sutilmente; porque sí era la respuesta a la pregunta que en verdad había formulado. Neji si le había respondido, y esa era su forma, orgullosa, disimulada, de decir que si. Que su percepción de ella había cambiado, solo que no lo diría de esa forma. No con esas obvias palabras. Y ella debería ser capaz de entenderlo. Y lo era, porque lo conocía. Y detrás de la fachada él se preocupaba. Lo disimulaba, y no era muy expresivo y afectivo al respecto, pero las personas a su alrededor le importaban.
Suavemente, asintió —G-Gracias... N-Neji-nii-san...
Él no pareció oírla. Y, si lo hizo, no dijo nada al respecto. En lugar de ello, dijo —Inuzuka Kiba esta aquí.
Alzando la vista, Hinata volvió a hacer un pequeño asentimiento con la cabeza, se puso de pie y despidiéndose de Neji con una cordial reverencia se marchó al encuentro del castaño. Este, al verla, sonrió alegremente. Como siempre —¡Oy, Hinata!
—B-Buenos días... Kiba-kun... —murmuró, con una gentil sonrisa; contemplando el camino delante de ellos—. E-Esto... Shino-kun, ¿no v-vendrá...?
El castaño fingió estar ofendido —¿Mi compañía no es suficiente? —bromeó.
Ella se sonrojó violentamente —¡E-Esto... no...! N-No... Kiba-kun... yo n-no quise... esto...
Kiba soltó una carcajada —Oy, Oy, no tienes que estresarte tanto Hinata. Solo bromeaba.
—O-Oh... L-Lo siento, Kiba-kun...
Él colocó ambas manos tras su cabeza —¡Pff! No debes disculparte por tonterías.
—L-Lo... —cubrió su boca tímidamente. El chico soltó otra carcajada.
—Como sea. Shino dijo que se reuniría con nosotros allá.
—O-Oh... esta bien... —murmuró, volviendo la vista al camino que estaban recorriendo. Finalmente, aquel día sería el día en que anunciarían los nuevos chuunin. Aquellos que lo habían logrado y que sería promovidos como recompensa a su esfuerzo. Durante el primer examen chuunin, a causa de la invasión a la Hoja por parte del Sonido y la Arena, el anuncio de los nuevos chuunin había sido improvisado y postergado hasta la llegada del quinto, que había resultado ser quinta Hokage. De todas formas, solo uno de ellos lo había logrado. Shikamaru. La siguiente vez, por otro lado, había sido en el estadio, y todos ellos habían permanecido en fila aguardando –deseando- ser llamados, pues eso significaba que eran chuunin. No lo negaría, se había sentido nerviosa, muy nerviosa, y había temblado prácticamente durante toda la ceremonia. Pero había valido la pena. Había estado feliz luego de aquello. Había sido un logro más hacia su sueño, un paso más, uno no tan pequeño, uno significativo.
—Oy, Hinata, ¿me estás prestando atención? —exclamó Kiba, pasando su mano delante de los ojos blancos de ella.
Parpadeando, Hinata observó a su amigo —¡L-Lo siento Kiba-kun...! C-Creo... que me distraje...
—Seguro. Me pregunto por que —disimuló tosiendo la siguiente palabra— quien.
Ella se sonrojó inconscientemente —E-Esto... no K-Kiba-kun... n-no... no es eso... yo n-no... es d-decir, N-Naruto-kun...
Una vez más, carcajeó sonoramente —Te tomas todo demasiado en serio, Hinata. Por cierto, hablando de Naruto...
La Hyuuga asintió —K-Kiba-kun... ¿tú crees que N-Naruto-kun... se c-convierta en c-chuunin...?
—¡Demonios que sí! Si no lo hace, yo personalmente le patearé el trasero. Ya es hora de que deje de ser Genin, si algún día será Hokage... —y él lo creía, que Naruto lo lograría. Si, él lo creía.
—S-Si... eso c-creo... —sonrió, ligeramente. Delante suyo, al final del camino, el estadio comenzaba a lucir más y más grande a medida que se aproximaban a este. En las puertas, las personas se amontonaban para ingresar expectantes. De la misma forma que la vez previa, ambos ingresaron y se acomodaron en dos asientos. Hinata, de reojo, observó –sin sorpresa alguna- que su padre y Neji ya se encontraban allí. Más arriba. Tsunade permanecía sentada en la silla correspondiente a la Hokage. Y, a su lado, se encontraba Gaara; sentado de la misma forma. Inmóvil y vestido con las túnicas propias a su posición. Su semblante, como habitualmente, permanecía ecuánime a la situación. Detrás de él, a ambos lados, se encontraban Kankuro –a su derecha- y Temari –a su izquierda-, ambos inmóviles. Aunque el marionetista portaba en su rostro aquella sonrisa burlona que tanto lo caracterizaba.
Sonrojada, y haciéndose aún más pequeña en su asiento, volvió la vista al frente. En medio del estadio, tal y como había sucedido con ellos una vez, se encontraban todos los participantes del torneo principal. De entre los cuales, Hinata solo reconocía a un par: Naruto, Sasuke, Konohamaru, Moegi (Udón, había perdido tristemente en las preliminares), Hanabi, Matsuri –aquella castaña de la arena- (quien no dejaba de mirar en la dirección de su Kazekage) Y otra muchacha más de la arena (que miraba en la misma dirección que Matsuri), un chico de la misma aldea. Además, había un shinobi de la hierba y otros dos de la niebla. En total, once participantes. Y, como siempre, la mayoría eran de Konoha, seguidos de Suna.
Kiba, a su lado, rascó su nuca incómodo ante lo que iba a preguntar —Tu crees... ¿qué tu hermana lo logre?
Hinata observó por un instante a Hanabi en silencio. Era cierto, en verdad, que no compartían la relación que Hinata habría deseado. No eran unidas como habría querido. Y, de alguna forma, su padre había logrado separarlas y compararlas la una a la otra hasta la actualidad. Por supuesto, su padre tenía más fe en Hanabi, y de ser otra persona Hinata la habría resentido por ello. Pero no lo hacía. No la envidiaba ni la odiaba por ocupar el lugar que por nacimiento le pertenecía. De hecho, en muchas cosas la admiraba. Hanabi era también de voz suave –como ella-, tímida y educada; pero había tenido el suficiente coraje, desde el inicio, para estar a la altura de las expectativas de su padre e incluso había sido capaz de detenerse frente a él cuando no creía en algo. En ese sentido, Hanabi era una precursora. Desde el inicio había tenido del valor que Hinata había carecido. No había sido fácil para ella, y tampoco lo era aún –el vivir y encajar en los altos estándares del líder del clan- pero ella lo intentaba, ambas lo hacían. Y por eso, no podía odiarla ni mucho menos. La apreciaba. Era importante para ella, y deseaba lo mejor, aún si eso volvía a colocarla en una posición secundaria. Hinata se superaría.
—S-Si... H-Hanabi-imouto-c-chan... se esforzó m-mucho... entrenó mucho. P-Por eso... yo quiero... yo quiero... q-que lo logré. Yo se... que lo l-logrará... —susurró, observando a su hermana menor removerse nerviosa en su lugar. En muchos aspectos, eran iguales. S-Suerte... Cerró los ojos y llevó ambas manos al pecho. Hanabi-imouto-c-chan...
El discurso de la Hokage no se extendió mucho, afortunadamente. Tsunade nunca había sido una de dar largos discursos. Quizá por tedio, o por algo más. No importaba. Sus palabras fueron breves, pero concisas –tal y como era ella-, y tuvieron el efecto necesario y requerido. Hinata notó, con una pequeña y casi imperceptible sonrisa, que mientras Hanabi se removía en su lugar nerviosa, Naruto lo hacía ansioso e hiperactivo. No podía oírlo, no desde allí, pero podía imaginarlo quejándose de que "la vieja Tsunade estaba perdiendo el tiempo con ellos y que dijeran los resultados ya que tenía que volver a entrenar para convertirse en Hokage". A su lado, como siempre, Sasuke lucía fastidiado de la situación. Y, desde la tribuna, Sakura sonreía al ver a sus dos compañeros como una vez habían sido. Ambos continuando con sus vidas, ambos manteniendo el lazo intacto, a pesar de que Naruto había estado dispuesto a matar al Uchiha para salvarlo si este no entraba en razón.
Al final, de los once participantes, solo seis habían logrado ser promovidos a Chuunin. Entre ellos se encontraban; Naruto, Sasuke, Konohamaru, Hanabi, Matsuri y uno de los shinobi de la Niebla. Por supuesto, Naruto había alzado su puño al aire y había demostrado, una vez más que podía lograr lo que se proponía. Aunque, a aquellas alturas, casi nadie dudaba ya de él. Lo que hacía feliz a Hinata. N-Naruto-kun... se l-lo merece...
Poco a poco, una vez terminada le ceremonia, todos comenzaron a marcharse. Por un instante, la joven Hyuuga miró hacia el palco de la Hokage solo para comprobar que allí ya no había nadie. Volviendo la vista a su compañero de equipo, ambos abandonaron el estadio. Una vez afuera, y tras Hinata felicitar a su pequeña hermana menor, ambos se escabulleron entre la multitud. Eso era, hasta que se toparon con Naruto, Konohamaru y Sasuke. Los dos primeros, sumidos en un intercambio verbal competitivo, mientras que el tercero contemplaba a ambos como si fueran idiotas.
—¡Ja! ¡Te alcancé Naruto-nii-chan! Yo seré Hokage antes que tú.
El rubio negó tozudamente con la cabeza —¡Claro que no! Yo seré el próximo Hokage, ¡de veras!
Kiba, al aproximarse, aclaró su garganta; atrayendo la atención de todos los presentes a ellos. Cohibida, Hinata bajó su cabeza intentando disimular el sonrojo —¡Oy, Naruto, Sasuke!
—B-B-Buenos días... N-Naruto-kun... S-Sasuke-kun...
El rubio sonrió alegremente —¡Kiba, Hinata! ¡¿Vieron mis combates? ¡Soy genial, de veras! —exclamó, mientras que el Uchiha masculló "Usuratonkachi" entre dientes mientras se cruzaba de brazos.
La Hyuuga, sonrojada, susurró —T-Te felicito... N-Naruto-kun...
—¡¿Ves Teme? Hinata reconoce mi poder, ¡a que si! ¿Verdad Hinata?
La mencionada, comenzando a hiperventilar, balbuceó —¡Y-Y-Yo... e-esto...!
Kiba simplemente rió —¡¿Tu poder? Tú no tienes nada que hacer contra mi nueva técnica.
Eso pareció encender la llama del rubio —¡Eso ya lo veremos! Te derrotaré, ¡de veras! Y tendrás que reconocer que soy el mejor.
El Inuzuka también pareció encenderse ante esto, dejando entrever sus colmillos orgulloso —¡Ja! Ven, nomás. Akamaru y yo te patearemos el trasero.
En silencio, y aún sonrojada, observó el intercambio de ambos en silencio. Kiba y Naruto siempre habían manifestado ese tipo de comportamiento competitivo. Aunque quizá se debía a que ambos eran demasiado similares en muchos aspectos. Hinata no lo sabía. Pero, por alguna razón, en algún momento, se dispersó y sus ojos miraron los alrededores. Cientos de personas caminaban alegres, comentando los resultados del examen. Otras, familias, elogiaban y felicitaban a los promocionados. Entre ellos, su padre, quien parecía satisfecho con los resultados de Hanabi. Y Neji, quien acompañaba a su padre. Más allá, Matsuri –la chica de la arena- parecía buscar a alguien entre la multitud, y Hinata creía saber a quien. Pero él no estaba allí, al menos ella no lo había visto. No que hubiera estado buscándolo con la mirada, no.
—¡Oy, Hinata! ¿Sucede algo? —exclamó el Inuzuka al verla distraída y ligeramente alicaída.
Ella negó con la cabeza —¡N-No... Kiba-kun...! E-Esto... Gracias... p-por acompañarme... h-hoy...
Él asintió. Hinata agradecía demasiado, en su opinión, pero le agradaba. Su forma de ser le agradaba y no se quejaba al respecto —Seguro. Oy, ¿quieres que vamos a comer algo? Tengo un hambre terrible...
—S-Si... esta bien K-Kiba-kun...
Kiba pareció sorprendido. Y más animado que de costumbre, lo cual era demasiado, aún para él —¡¿De verdad?
Hinata asintió delicadamente —S-Si... Pero s-si no quieres... d-digo... no tienes q-que... ummm...
Él soltó una risotada —¡¿De que hablas? Yo lo propuse, ¿no?
—U-Uh... si...
—Entonces no entiendo porque no querría.
—E-Eso creo... E-Esto... ¿Kiba-kun?
—¿Hm?
—¿Y S-Shino-kun...?
El castaño parpadeó. Se había olvidado completamente del tercer miembro del equipo ocho —Uh... No lo sé. Quizá se le hizo tarde. Ya sabes como es, su clan lo tiene siempre atareado.
—S-Si... p-pero... Shino-kun... nunca... llega tarde...
Kiba colocó ambas manos tras su cabeza —Supongo que tienes razón. ¡Bueno!, de todas formas no creo que debamos preocuparnos. ¿No crees? —la muchacha asintió—. ¿Vamos?
—E-Esta bien...
Sin embargo, durante el camino, Hinata no volvió a decir demasiado más. Simplemente asentía con la cabeza aquí y allá y murmuraba un monosílabo en respuesta cuando lo requería. Aún a pesar de que Kiba había intentado sacar temas aleatorios de conversación, no había logrado obtener de ella demasiado más. Parecía dispersa, distraída, y triste. Si, Hinata estaba triste, sus ojos la delataban. Aún cuando ella quería disimularlo, él podía verlo. Finalmente, cansado –y rendido- se detuvo. Hinata, al notarlo, se volvió a verlo —Umm... K-Kiba-kun, ¿sucede algo?
Él negó con la cabeza y miró a uno de los costados, en dirección al camino que ya habían recorrido. Sus manos, colgando a ambos lados de su cuerpo, se cerraron en puños —Nah. Hinata... vete.
Dolida, lo miró —¿U-Uh...? Esto... K-Kiba-kun... ¿h-hice... algo mal?
El castaño solo rió —¡¿De que hablas? No se de donde sacas esas cosas. Solo decía... que debería ir a buscarlo.
La piel pálida de ella se tiñó de rosado una vez más —¡E-Esto.. no K-Kiba-kun... no es... no e-es lo que p-piensas... N-Naruto-kun... él...!
—¡Pff! ¿Quién dijo algo del idiota? —sonrió.
Hinata parpadeó desconcertada —¿A q-que te refieres... Kiba-kun...?
—Personalmente, creo que el idiota nunca se habría entrado en razón de todas formas. Ya sabes, aún anda con eso de "¡Sakura-chan, Sakura-chan!"
—N-No... entiendo... —confesó.
Él chasqueó la lengua —Aunque, probablemente deberías apurarte. Escuché a Shikamaru decir que se irían inmediatamente después de la ceremonia. Es lógico, supongo. Debe estar ocupado... con cosas de Kazekage y todo eso...
La piel de ella se encendió aún más ante esto. Su semblante, antes ligeramente rosado, había adquirido ahora un casi exagerado tono carmesí. Y sentía su rostro en llamas —¡E-Esto... y-yo... no...! Es decir... é-él... G-Gaara-kun... él n-no... Él... —suspiró—. G-Gracias... Kiba-kun... —y, sin decir más, se marchó.
El Inuzuka, en silencio, la observó marcharse. Luego, cuando ya no pudo más verla, dio media vuelta y comenzó a encaminarse de regreso a su casa. Sin prisa alguna. No tenía nada mejor que hacer realmente, ni motivo alguno por el que regresar. Una voz, familiar y profunda lo detuvo de continuar al pasar junto a una columna —Eso fue muy maduro de tu parte.
Kiba sonrió de lado y observó de soslayo a su interlocutor apoyado contra la misma columna que acababa de pasar de largo, y con ambas manos en sus amplios bolsillos —¡Tsk! No se con quien te crees que hablas. ¿Sabes? Preguntó por ti, ¿no ibas a aparecer?
—Me retrasé —dijo, serio.
El castaño negó con la cabeza —No me vengas con eso, tú no llegas tarde. Falta a la camaradería, eso dijiste, ¿recuerdas?, cuando yo llegué tarde. No creo que se lo haya creído ella tampoco.
—No me preocuparía por eso.
Kiba soltó una única risa arrogante y continuó caminando —Seguro.
Pero la voz en el aire volvió a retenerlo, un instante —Ella estará bien.
Él asintió, hizo un gesto despreocupado con la mano y continuó caminando hacia su casa. Seh. Lo se. Pensó, con cierta amargura que jamás alcanzó su rostro. En efecto, lo sabía. Si, lo sabía. Y Shino sabía que él lo sabía, por lo que no tenía sentido perder tiempo alguno en responderle.
Caminaron por la aldea en silencio. Tenían prisa, pero no demasiada, por lo que no apresuraron demasiado el paso mientras transitaban las bulliciosas calles. Después de todo, tendrían que reservar sus energías para atravesar el desierto. Aún cuando ellos estaban familiarizados con el árido clima, y habían crecido en este, eso no significaba que no fueran a tener que superar las mismas dificultades que el resto. Tenían ventajas, de eso no había duda, pero subestimar al desierto era una tontería que ellos, como shinobi de la arena, no debían hacer ni harían. Era un hecho, que este era peligroso. Por ello, se tomaban su tiempo para abandonar la aldea. Para disfrutar de la ausencia de peligro para ellos. Por el momento, eran únicamente ellos tres y Nara Shikamaru, quien era su escolta asignado –aunque según Kankuro, este solo quería despedirse particularmente de su hermana-, y nadie más. Matsuri y Sari, quienes habían viajado con ellos, habían dicho que aguardarían directamente en la entrada.
El camino había sido, por su parte –al menos-, silencioso. Shikamaru y Temari habían estado enfrascados en una conversación sobre la falta de motivación de la parte masculina de la discusión, el cual parecía ser un tema recurrente para ambos, y él había optado por permanecer al margen de esta. No era asunto suyo, de todas formas, y debía preocuparse por asuntos más relevantes y urgentes referidos a su aldea. A su gente. Por ello, no había dicho siquiera una palabra. Pero Kankuro continuaba observándolo como si aquello fuera inusual en él. Cuando, de hecho, no lo era. Pero su hermano mayor lo conocía lo suficiente como para saber que, si había algo que debía ser confiado y esas eran sus intenciones, Gaara lo haría por su cuenta. Compartiría sus pensamientos con él, como cuando le había hablado de su ambición de ser Kazekage, y poder ser algún día como Naruto.
De reojo, notó a Kankuro detenerse, así como lo hicieron –junto a él, aunque del otro lado- Shikamaru y Temari. Los tres, mirando hacia atrás. Él también se había percatado de aquello, de los pasos apresurados hacia ellos, de la presencia que se dirigía hacia ellos y que había estado intentando alcanzarlos desde hacía varias cuadras. Lo había percibido, incluso antes que el resto, pero había optado por no detenerse hasta que dicha persona estuviera más cerca.
Aún de espaldas, oyó a alguien detenerse seguido de una serie de jadeos. Era evidente para el pelirrojo, aún cuando no podía verlo, que dicha persona intentaba recobrar el aliento —¡Gaara!
Lentamente, se volteó a recibir al recién llegado. Con una sonrisa radiante –propia de él- Naruto se enderezó y dio un paso hasta Gaara, quedando frente a frente. Esta vez sin decir nada, sin hacer acotación alguna sobre lo pobre de sus habilidades para despedirse, sin remitirse a ningún protocolo (porque no existía tal para el vínculo que ambos tenían) extendió su mano. Confiado, sonriente, agradecido y feliz de verlo. De poder despedirlo. El ex Jinchuuriki, por un momento, la observó en silencio y luego a Naruto. Y, con una sutil sonrisa –la misma que recordaba haber usado únicamente en dos ocasiones. Una de ellas, en una situación de despedida similar a esta con Naruto, tras haber vuelto a la vida; y la otra con Kankuro- extendió la suya y la estrechó. Con firmeza.
Gaara nunca había sido una persona particularmente afectuosa. Lo había intentado, si –de niño-, pero nunca había resultado. La cuestión de los vínculos aún le era inaprensible, al menos completamente. Él no era Naruto, no era como él, no aún. No era alegre y abierto y confiado. No tenía la energía del rubio tampoco. Él era más bien frío, reservado. Circunspecto. Simplemente no era así, pero estaba bien. Porque él también había mejorado –persiguiendo su sueño-, había recorrido un largo trecho desde el primer examen chuunin que había presentado y había logrado muchas cosas. Había cometido errores –como ella le había dicho- pero había logrado sobreponerse a ellos. Ya no se relacionaba mediante vínculos de odio y asesinato –aunque aún había quienes tenían su reserva hacia él-, ya no lo acechaban los demonios de su pasado –aún cuando este inevitablemente continuaba regresando, una y otra vez- y ya no dejaba que ese pasado lo condicionara. Para confiar en alguien, había desconfiado mucho. Había dejado de hacerlo por completo, en algún momento de su vida, pero había optado por volver a hacerlo (con o sin reservas propias, había vuelto a hacerlo). Y había cambiado su instinto asesino por un sueño que lo mantuviera en movimiento. Y había avanzado hacia aquel desde entonces. Había avanzado mucho, pero Gaara sabía que nunca era suficiente. Que debía seguir esforzándose en construir su propio camino, para evitar propagar el odio y el sufrimiento. Para escapar de la soledad.
No, Gaara no era uno de confianza plena y capacidad para cambiar el mundo (como sabía que lo haría Naruto), pero continuaba dedicándose a su meta día a día. Y había avanzado, lo sabía. Sabía lo que quería y no lo dejaba ir por nada. Se aferraba, a ese sueño de lograr ser como él, de comprender los vínculos y de ser necesitado por alguien más en el mundo, se asía con todas sus fuerzas y avanzaba hacia él. Con pasos amplios, bruscos, con rupturas radicales quizá, pero lo hacía. Se acercaba más y más. Con esfuerzo, con sudor y con sangre. El pequeño niño monstruo, inestable y necesitado no había desaparecido, estaba en algún rincón de él–y siempre estaría- pero ya no lloraba. Ni se lamentaba. Ya no odiaba el mundo y se amaba solo a sí mismo, ni grababa su tragedia en la carne de su frente una y otra vez. Era firme, silencioso y el Kazekage de la aldea oculta de la Arena y era fuerte. Como él, era él. Era fuerte. Y estaba vivo, más vivo que nunca.
—Yo me convertiré en Hokage pronto, ¡de veras!
Gaara solo asintió, porque lo sabía. No necesitaba palabras para decirlo. Confiaba en Naruto, en que cambiaría el mundo, el mundo shinobi podrido y lleno de guerras en que vivían. Lo haría, de eso estaba completamente seguro. Por ello, como Kazekage de Sunagakure había prestado su plena lealtad a él. Y aguardaría el día en que se convirtiera en Hokage. Hasta entonces, lo protegería con su vida, por el bien de su aldea y de todos aquellos que dependían de él. Lo haría, porque ese era su deber como Kazekage, y esa era su deuda como persona. Y lo hacía, porque quería. No porque debía, porque eso siempre lo había tenido sin cuidado.
—¡Oy, Naruto! —la voz de Shikamaru rompió el silencio—. Es problemático pero debo escoltarlos a la entrada... Y tú estás reteniéndonos.
El rubio sonrió y rascó su nuca, pero no se marchó. Optó por acompañarlos. Por ir con ellos hasta la entrada. Ya regresaría a entrenar, ya volvería a su entrenamiento y retomaría su dedicación. De momento, escoltaría a su amigo a la entrada de la aldea. Porque para Naruto, eso era Gaara. Aún cuando nunca había dicho la palabra en voz alta, aún cuando nunca lo había etiquetado. Gaara, más que nadie, lo comprendía y sabía que era mutuo. Que ambos lo sabían, lo comprendían, la soledad. Que allí donde fuera, los Jinchuuriki eran tratados como monstruos. Como amenazas. Que eran ignorados, rechazados. Pero ellos no eran monstruos. Eran simples humanos.
Finalmente, y tras caminar otros quince minutos por las alborotadas calles de Konoha, llegaron a la entrada, donde Matsuri y Sari aguardaban. Hacia delante, se extendía el camino de regreso a su hogar. Al desierto. Y a Sunagakure. Hacia atrás, Konoha. Allí, donde había encontrado más humanidad –cuando ni siquiera sabía, o más bien recordaba, qué era eso- que en su propio lugar de nacimiento. Mientras contemplaba el sol en lo alto, aguardó las despedidas correspondientes. Y una vez todos estuvieron listos, junto con Matsuri y Sari, se dispusieron a marcharse. Sin embargo, ni bien puso un pie por fuera del límite de la aldea, se detuvo. Detrás de él, una vez más, se oía un jadeo y unos pequeños pasos que se habían detenido. Aunque, esta vez, la voz que habló era más suave y pequeña, y claramente femenina.
—G-Gaa... —jadeó— G-Gaara-kun...
De soslayo, la observó intentar enderezarse. Sin embargo, su postura empequeñecida resultaba clara. Una vez más, ante la presencia de él, se sentía cohibida. Tímida. Avergonzada. Había ido hasta allí, como una tonta, y ni siquiera sabía qué era aquello que quería decirle. Qué era aquello que la había movido hasta ese lugar. Además, Naruto estaba allí, presente y observándola con curiosidad, y ello no ayudaba —Y-Yo... esto... —susurró, comenzando a jugar con sus dedos índice.
Dubitativa, alternó la mirada entre el rubio y el Kazekage. Ambos la observaban expectantes. Pero, ¿qué podía decir? No sabía siquiera cómo se sentía. Amaba a Naruto, de eso estaba segura, y siempre lo haría; pues la había salvado del infierno llamado soledad. La había hecho sentirse menos invisible, más útil. Le había permitido creer que podía cambiar si lo deseaba, que –si se esforzaba- podía lograr lo que deseara. Que no tenía que permitir que nadie la llamara perdedora, y que ella misma no tenía que creerse esas palabras. Le había dado un significado, un impulso, un sueño. Le había dado fuerzas –aún sin saberlo-, le había dado ánimos. Valor. Por años, lo había observado y había querido ser como él, fuerte, decidido; había querido tener siquiera una pizca del coraje que el rubio tenía. Había querido caminar junto a él también, ser esa persona importante para el Jinchuuriki. Secretamente, eso era todo lo que había deseado. Ser alguien importante, para él, para alguien. Ser necesitada por alguien. Había deseado ser necesitaba por Naruto, pero tal deseo –ingenuo quizá- no se había cumplido. Ella no era Sakura, no era bonita y fuerte y simplemente no era ella, y jamás podría serlo. Jamás podría llenar ese hueco, llenar ese deseo de él. Jamás, sin importar cuanto hiciera o se esforzara, podría ser ella. Y dolía, y había llorado nuevamente –aún cuando se había prometido no volver a hacerlo- por ello mucho tiempo. Pero ya no lo hacía. Y, si, aún amaba a Naruto y probablemente siempre lo haría –de una forma u otra- porque le debía la vida. Porque le debía el haberla ayudado a ponerse de pie cuando no parecía haber motivo alguno para hacerlo. Porque le había inspirado a desear más.
Y, por mucho tiempo se había sentido pequeña, ínfima, inútil. Había sentido que no valía nada, que no era suficiente. Que era patética –inclusive- y que por más que se esforzara nadie la reconocería jamás. Que era invisible. Pero él había llegado y la había visto. En el dibujo de su vida, ella siempre había estado en el fondo. Siempre el fondo de esa figura que era alguien más. Siempre a la sombra de alguien más, tantas veces a la sombra. Fuese su hermana Hanabi, Neji, sus compañeros de equipo o Sakura. En su vida, ella siempre había sido alguien secundario. Pero Gaara la había visto a ella, solitaria, dolida, perdida –como él-, en el fondo y había hecho de ella la figura, solo ella. No como la sombra de alguien más, o como ese intento de ser que nunca logró ser, sino como era ella. Nadie más. Había reconocido su existencia. No la había hecho sentirse menos invisible, a diferencia de Naruto, la había hecho visible, algo que nunca nadie antes había logrado. Y lo había hecho con solo muy poco.
—G-Gaara-kun... y-yo... u-ummm... —se removió incómoda. Sabía que todos la estaban mirando, y sabía que todos estaban pendientes de sus palabras. Pero no podía retractarse, no ahora. No cuando había ido hasta allí, no cuando se había armado de valor. Y-Yo... yo s-se que puedo... Por eso, y con el semblante ardiendo, cerró los ojos, tomó aire, y balbuceó en un tono muy bajito las siguientes palabras. Causando, por la pena y el apuro, que estas tropezaran entre sí—. Y-Yo creo... n-no... esto... y-yo quisiera... c-creo... que s-sería a-agradable... volver a v-verte... y... u-uh... —finalmente, hizo una reverencia— G-Gracias...
Él asintió, e ignorando las miradas de los demás en su persona volvió la vista al frente. Al horizonte. Hyuuga Hinata, ¿no?. En el interior de su pecho, la sensación punzante había retornado y ahora estaba seguro que era ella la causa. Aunque nunca lo hubiese dudado realmente. Que era ella, de lo que Yashamaru había estado hablando todo el tiempo. De lo que Naruto hablaba, cuando hablaba con tal devoción de la ninja médico que estaba en su equipo. Era ella, la definición que había estado buscando. La conexión faltante entre el entendimiento y la comprensión de los vínculos. De los lazos. Quiero trabajar duro para que los demás acepten mi existencia. Ella entendía eso, más que nadie, igual que Naruto. Ella lo entendía, lo había sentido en carne propia. La tristeza. El dolor. Sufrimiento, tristeza y alegría... Poder compartirlos con otra persona... Como Naruto, como Hinata. Todos ellos lo entendían. Ella, como él, le había enseñado y ahora comprendía más. Un día, quiero que alguien me necesite, también. Si, esas habían sido sus palabras.Y, quizá, ese día –que había creído kilométricamente lejano- estaba más cerca de lo que había creído. Más cerca de lo que esperaba.
Hinata sonrió gentilmente –muy gentilmente-, sonrojada, comprendiendo el gesto de él al instante. Si, ella también lo veía. Igual que él. Estaba cerca, muy cerca —A-Adiós G-Gaara-kun... —susurró. A-Adiós...
