Se nos viene una capitulo extra largo disfrutenlo!

Hay momentos que deberian eternos

No pasan ni treinta segundos cuando la puerta de su casa se abre.

Por favorrrrr..., ¡qué guapo está con esa camiseta blanca y ese vaquero!

Aunque... está más delgado y tiene ojeras.

El gesto desconcertado de Edward me hace saber que no me esperaba. ¡Está sorprendido! Y yo, que soy una tía muy echada para adelante, sin medir mis palabras, ni saludar ni nada, suelto al verlo algo más delgado y con ojeras:

—¿Qué te ocurre?

Él levanta una ceja, está visto que no entiende mi pregunta, e insisto:

—¿Qué te ocurre?

Edward no se mueve, yo tampoco, y Olimpia, que es un amor, sale entonces feliz y contenta a saludarme. Con gusto, me agacho para tocar a la perrilla, que más graciosa no puede ser, y una vez que ella se da por satisfecha y se va, Edward dice:

—¿Qué haces aquí?

Sin moverme ni responder, me siento tonta, pero él finalmente añade:

—¿Quieres entrar?

Asiento sin dudarlo y lo hago.

Cuando cierra la puerta, pregunta mirándome:

—¿Quieres algo de beber?

Estoy sedienta, tengo la lengua como una alpargata, y viendo que él lleva un vaso en las manos, digo:

—¿Qué bebes tú?

—Zumo de piña.

Vaya, ¡qué sanote!, y afirmo:

—Me apunto al zumo de piña.

Sin cambiar su gesto serio, se dirige a la cocina y yo, nerviosa porque todavía no he procesado qué narices hago aquí, salgo a la pequeña terraza con Olimpia. Durante unos minutos juego con la perra hasta que aparece Edward. Deja su vaso y el mío sobre la mesita redonda y, mirándome, repite:

—¿Qué haces aquí?

Suspiro. La verdad..., ¡no lo sé ni yo! Pero, omitiendo la visita de Alec para no meterlo en un marrón, pregunto directamente:

—Me he enterado de que te pasa algo y, aunque no acabamos bien, me gustaría saber qué te sucede.

Oír eso lo desconcierta, y pregunta:

—¿Quién te ha dicho que estoy enfermo?

Vale. Confirmado. Alec tenía razón.

Dudo si mencionar mi fuente o no. No quiero meter a su hermano en problemas, por lo que al final decido contestar:

—Eso es lo de menos.

Edward asiente. Conociéndolo como lo conozco, lo veo muy serio, no sonríe, y finalmente musita:

—Agradezco tu preocupación, pero...

Lo agarro de la mano. ¡Uf, qué chispazo he notado! Y, sin dejarlo terminar, susurro:

—Edward, por favor, ¿qué te pasa?

Él se sienta. A continuación suelta mi mano, da un trago a su bebida y, mirándome, declara:

—Tengo cáncer.

Según oigo esa palabra tan temida por toda la humanidad, me quedo en blanco. ¡¿Cáncer?! No..., no puede ser. No lo habré entendido bien. Edward no puede tener esa maldita enfermedad. Edward lucha contra él..., ¿cómo va a tener cáncer?

Y, notando que o me siento o me desmayaré, hago lo primero.

Nos quedamos unos segundos en silencio y luego doy un trago al zumo que ha preparado para mí. Es imposible creer lo que dice.

Edward es un tío sano. No fuma. No bebe. Hace deporte. Se cuida.

Vamos, que hace todo lo contrario que yo, y cuando voy a hablar siento que comienzo a encontrarme mal.

Uf..., se me nubla la vista y un zumbido parece taladrarme la cabeza mientras noto que me tiembla todo el cuerpo sin que pueda controlarlo.

—Bella, ¿estás bien?

Niego con la cabeza. No, no estoy bien. Y, mirándolo, murmuro:

—Creo... creo que me estoy mareando.

Rápidamente Edward me levanta de la silla, me lleva hasta el sofá, me tumba, pone mis pies sobre algo y musita dándome aire con una revista:

—Estás muy pálida.

Si él lo dice, será verdad, y como puedo balbuceo:

—Edward..., no puede ser. No puede ser...

Sé que sabe que hablo de su cáncer, pero ignorando lo que digo, indica:

—Toma aire por la nariz y expúlsalo lentamente por la boca.

Hago lo que me pide.

Se arrodilla junto a mí, y ambos tomamos aire al mismo tiempo y luego lo expulsamos. Nos miramos a los ojos mientras lo hacemos en varias ocasiones y poco a poco comienzo a encontrarme mejor.

Aun así, joder, me siento fatal. Me acaba de decir que tiene cáncer y yo, en vez de estar fuerte para darle ánimos, estoy aquí montando el numerito. Estoy pensando en ello cuando lo oigo susurrar:

—Parece que estemos en una clase de preparto.

Sonrío. ¡Si él supiera...!

Cuando minutos después le juro y perjuro que me siento mejor, permite que me incorpore en el sofá. Estoy avergonzada. Joder, qué inoportuna soy, aunque creo que ha sido a causa de la impresión.

Repuesta del todo, me pongo en pie y volvemos a salir a su terraza. En silencio nos sentamos, bebemos de nuestros vasos de zumo y luego pregunto tomando aire:

—¿Cómo estás?

Edward se encoge de hombros.

—De momento, bien. Pero cuando comience con la quimio posiblemente todo cambiará.

—¿Cuándo empiezas?

—Dentro de diez días.

Suspiro. Cojo aire por la nariz y, mirándolo, pregunto:

—¿Puedo preguntarte qué tipo de cáncer es?

—Linfoma de Hodgkin.

Vale, no tengo ni idea de qué es eso. Lo miraré en Google al llegar a casa, pero entonces oigo que añade:

—Cáncer de ganglios. Es la segunda vez que lo tengo.

—¡¿La segunda vez?!

Edward asiente y luego musita tocándose su corto cabello:

—Una vez me preguntaste por qué llevo el pelo tan corto.

Parpadeo sin entender.

—La primera vez —continúa—, se me cayó todo con la quimioterapia. Recuerdo que me impresionó tanto verlo que, cuando me recuperé, decidí dejármelo corto, así, si me volvía a pasar, no notaría un cambio tan drástico.

Como una tonta, asiento, y entonces pienso en lo que Alec me dijo. ¿Será cierto que Edward me mintió para alejarme de él a causa de su enfermedad?

Brevemente me cuenta cómo antes ya luchó contra ese tipo de cáncer, y yo pregunto incapaz de callar:

—¿Me alejaste de ti a causa de tu enfermedad?

Edward me mira y yo insisto:

—¿Me mentiste diciéndome que te marchabas de viaje para alejarme de ti?

Según digo eso, él se levanta y, con gesto incómodo, murmura:

—Lo voy a matar.

Vale. Sin necesidad de que ninguno de los dos mencione su nombre, ambos sabemos que estamos hablando de Alec.

Y, levantándome yo también, me acerco a él e insisto:

—¿Por qué?

—Bella...

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque no sería justo para ti. ¡Odias los hospitales!

Oír eso me deja sin habla. Lo que Alec decía era cierto. Me mintió aposta.

—¡Pero ¿tú eres tonto?! —siseo enfadada—. ¿Cómo se te ocurre hacer una cosa así?

Edward cierra los ojos, toma aire y, cuando los abre, dice:

—Mi padre murió a causa de un linfoma de Hodgkin.

—¿Es hereditario? —pregunto alarmada al pensar en mi Caramelito.

Edward se encoge de hombros.

—Hay expertos que ven cierta predisposición, pero en los estudios realizados solo un uno por ciento de los familiares directos hereda la enfermedad.

—¿Me estás diciendo que en ese uno por ciento has entrado tú por tenerlo tu padre?

—A la vista está. Mi hermano, por suerte, y espero que siga así, nunca lo ha padecido, y en la familia de mi padre él fue el único que tuvo la enfermedad, aparte de mí.

Asiento. Saber eso me deja un poco más tranquila, pero entonces susurro dejándome llevar:

—Edward..., mírame.

Sus ojos se clavan en mí. Desde que he llegado no ha sonreído ni una sola vez, y tras suspirar musita:

—Mi relación con Irina, mi exnovia, duró cuatro años. Al tercero me diagnosticaron linfoma de Hodgkin. Fue un palo recibir la noticia, y más después de lo que le había ocurrido a mi padre, pero ella decidió estar a mi lado. Sin embargo, ser el acompañante de un enfermo no es fácil, y ser la novia menos aún. Durante el tiempo que luchas contra el bicho se presentan complicaciones, infinidad de momentos duros, y Irinano lo soportó. Me dejó a través de un mensaje de WhatsApp. Eso me hundió y lo pasé muy mal.

Acto seguido coge su teléfono. Busca algo en él y me lo tiende.

Sin entender nada, lo cojo y leo:

"Cuando esa enfermedad apareció en nuestras vidas, creí que sería capaz de estar a tu lado sujetándote la cabeza mientras vomitabas y que podría ayudarte durante tus sudores nocturnos o las fiebres, pero no... He visto que no soy capaz. Tu enfermedad, los hospitales y todo lo que te rodea me supera. Ayer hablamos largo y tendido y, cuando dijiste que de las muchas secuelas que podrían quedarte por tu tratamiento una de ellas podría ser no tener hijos, supe que nuestras vidas tenían que separarse. Soy cruel. Lo sé. Sé que me odiarás por lo que estás leyendo. Pero siempre hemos sido sinceros el uno con el otro, y desde hace tiempo, cuando te miro, no veo al Edward fuerte y poderoso del que me enamoré porque ahora solo veo en ti a un hombre débil y enfermo por el que no siento nada excepto pena.

Edward, tengo que decirte adiós. Por favor, hagámoslo fácil y no te pongas en contacto conmigo. Respeta mi decisión. Espero que te recuperes, que la vida te vaya bien y que algún día me puedas perdonar."

El mensaje hace que mi sangre se revolucione, e, incapaz de callar lo que siento, mascullo mirándolo:

—Esta tía es una cerda, por no decir algo peor... Pero ¿cómo te pudo escribir esto cuando más la podías necesitar y quedarse tan ancha?

Veo que mi comentario le hace gracia.

Y, cuando va a hablar, suena el teléfono fijo de la casa. Edward me hace una señal con la mano pidiéndome un segundo y yo asiento.

Mientras atiende la llamada, vuelvo a leer el mensaje de la tal Irina. ¡Pero qué mala persona! ¿Cómo puede alguien hacer algo así sin pensar en el dolor tan inmenso que va a ocasionar? Joder, ¡que era su novia!

Llama mi atención el motivo por el que aquella decidió acabar su relación con él y suspiro al pensar en mi Caramelito. Estoy embarazada de Edward. Él no lo sabe y, lo peor, con lo que le está pasando, ¿será una buena noticia para él o lo asfixiará más aún?

Instantes después, cuando regresa a la terraza, le pregunto:

—¿Por qué guardas este mensaje?

Edward se pone a mi lado, apoya la cadera en la barandilla de la terraza e indica:

—Porque los seres humanos somos así de masoquistas.

Asiento, lo entiendo. Yo también miraba las fotos que tenía con Jacob durante meses, hasta que un día mis hermanos Emmet y James se las llevaron todas y las quemaron. Recuerdo el enfado que me pillé con ellos. ¡Casi los mato! Pero reconozco que dejar de verlas me hizo mucho bien.

Nos miramos en un extraño silencio y luego pregunto:

—¿Físicamente me parezco a Irina?

—No.

—¿Y mentalmente?

—Menos aún.

—¿Entonces...?

—Entonces ¿qué? —dice.

Le devuelvo el teléfono e insisto:

—Entonces ¿por qué crees que yo habría reaccionado como esa cerda?

Edward sonríe, ¡por fin!, y musita:

—No la llames así.

—Puedo llamarla «hija de puta» si te parece mejor, aunque su madre sea una santa.

Él vuelve a sonreír.

—Echaba de menos tu irreverente sinceridad —señala.

Ahora la que sonríe soy yo, e insisto:

—Pues si hablamos de sinceridad, dime por qué me comparaste con ella. Quiero saberlo.

—Llevábamos poco más de tres meses —contesta—. Sé el pánico que te dan los hospitales y las enfermedades.

—Pero, Edward...

—No quería que dejaras de ver al hombre que soy para ver a un enfermo que da pena.

Oír eso me parte el corazón. Cuánto daño tuvo que hacerle la imbécil de su ex con ese comentario. Qué mal debió de sentirse Edward para que haya reaccionado así ante lo que le está ocurriendo.

Y sin dejar de mirarlo susurro:

—Ese «no» al inicio de la frase lo convierte todo en negatividad.

—Sé de lo que hablo, Bella—me corta—. Soy cirujano oncólogo y padezco un cáncer. Tengo la capacidad de ver la enfermedad desde los dos lados y sé a lo que me enfrento y, sobre todo, se enfrentan las personas que están junto a mí. Simplemente no querría que la historia volviera a repetirse.

Me emocionan sus palabras. Deseo abrazarlo, decirle cuánto lo quiero, cuánto lo he echado de menos, pero entonces añade:

—Ahora vienen tiempos difíciles para mí y para quienes estén a mi lado. Me esperan meses de sesiones de quimioterapia, radioterapia, y aunque en ocasiones los efectos secundarios son leves, otras no, y..., bueno, es complicado. —En su gesto veo el dolor, la pena, la tristeza. Y tomando aire musita—: Sé que odias la mentira por lo que te hizo tu ex, y sabía que si te mentía no me lo perdonarías y eso te alejaría de mí. Y..., bueno, aquel día te seguí.

No podía seguir mintiéndote y necesitaba destapar la farsa. Por eso aparecí en la terraza en la que estabas con Nina.

Ahora puedo entender la increíble coincidencia con lo grande que es New York...

—Créeme que no fue fácil para mí ver la decepción en tu rostro —añade—. Yo estaba loco por ti. Eras lo mejor que me había pasado en la vida y nada me habría gustado más que haber proseguido la relación contigo.

¡Ay..., que lloro!

¡Ay..., que me emociono!

¡Ay..., cuánto lo quiero!

—Incluso se me pasó por la cabeza la loca idea de pedirte que te casaras conmigo en esa iglesia de Ibiza que te gusta. Desde que me contaste que se combatía a los piratas.

Mi corazón se acelera. Ay... Ay... Ay...

Saber eso me hace querer llorar como un orco, y murmuro al borde del berrinche:

—¿San Antonio?

Edward asiente.

Noto que me falta el aire, y susurro:

—¿Te habrías casado conmigo?

—Con los ojos cerrados —afirma con convicción.

¡Me quiero morir!

Yo lo amo, lo adoro. No he podido dejar de quererlo, y ahora que sé la verdad de por qué hizo lo que hizo, creo que, a pesar de las ganas que siento de matarlo, ¡lo quiero más aún! E, incapaz de callar, pregunto:

—¿«Estabas»? ¿«Era»?

En cuanto lo digo, veo que me entiende, de tonto no tiene un pelo, y sin dudarlo afirma:

— Estoy loco por ti y eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Y aunque te alejé de mí, no ha habido un segundo de cada día que no me arrepintiera. Sin embargo, quiero tu felicidad y a mi lado no la vas a tener.

—Edward, pero ¿qué dices?... —musito en un hilo de voz.

Veo que asiente y toma aire para proseguir, y yo digo sin dar crédito:

—Me quieres pero, por tu enfermedad, todo se acabó.

Edward asiente y yo, incapaz de callar, suelto:

—¡Vete a la mierda!

Él sonríe y, mirándome, cuchichea:

—No sabes cuánto he añorado oírte decir eso.

Le doy... Juro que le doy. Me está volviendo loca. Me quiere pero no desea que esté a su lado. Añora que le diga cosas pero no me llama. Y replico:

—¿En serio no piensas en esos besos, en esas caricias, esas sonrisas y esos momentos preciosos, entre ellos mandarte a la mierda, que nos vamos a perder porque tú crees que...?

—Bella —me interrumpe—. No lo hagas más difícil.

Suspiro. No sé qué decir ni qué pensar.

—Es contradictorio lo que hago y lo que digo, lo sé —agrega—. Pero el miedo a decepcionarte me hace reaccionar así y...

—¿A decepcionarme? Por Dios, Edward, que tú no has elegido tener cáncer, como mañana no lo elegiría yo y...

—Cielo —me corta—, no puedo soportar que dejes de verme a mí para ver tan solo a un hombre enfermo.

Joder... Joder... Joder...

A Dios pongo por testigo que, si me encuentro con la maldita Irina, ¡le parto la cara por el daño que le hizo a Edward!

Y estoy a punto de abrazarlo cuando dice en voz baja:

—Si algo me enseñó la enfermedad es que tengo que disfrutar cada segundo de mi vida todo lo que pueda y más. Por eso no me gusta discutir. Por eso nunca hago planes, sino que improviso. Por eso te dije que un día sin sonreír era un día perdido.

Los ojos me rebosan de lágrimas. Ahora lo entiendo todo. Ahora entiendo a Edward.

Desde el día que lo conocí, con su manera de ser, de hablarme, de decirme las cosas, Edward me hacía ver que la vida era hoy, no mañana, pero yo no lo entendía.

En cambio, ahora sí. Ahora lo entiendo todo. Ahora comprendo su maravillosa manera de ser, de querer, de disfrutar... Intento no llorar, pero es imposible. Las compuertas de mis ojos se desbordan y, ea, ¡a berrear!

Conmovido por mis lágrimas, Edward se dispone a abrazarme, pero, consciente de que aún quedan cosas por decir, yo me echo atrás.

Ese gesto mío veo que le duele y, volviendo a su posición inicial, susurra:

—Entiendo que tus sentimientos hacia mí hayan cambiado.

Nos quedamos unos segundos en silencio sin rozarnos, sin tocarnos, hasta que consigo dejar de llorar y murmuro mirándolo:

—Por lo que he intuido del mensaje, para Irina era importante tener hijos y por eso te dejó, ¿verdad? —Edward asiente y yo pregunto—: ¿Y para ti es importante?

Noto que la pregunta lo incomoda, me lo dicen sus movimientos, y al final responde:

—Sinceramente, es algo en lo que no suelo pensar.

—¿Nunca has pensado en tener hijos? —pregunto sonriendo.

Edward menea la cabeza.

—A ver, claro que lo he pensado y por supuesto que me habría gustado. Pero cuando tuve pareja el tema se complicó a causa de mi tratamiento, y ahora soy consciente de que con el nuevo tratamiento se volverá a complicar, por lo que dudo que los tenga.

Asiento. Se lo tengo que contar. Tiene que saber que va a ser padre, pero entonces me dice:

—Bella, tengo cáncer y, aunque voy a tratarme, también cabe la posibilidad de...

Le tapo la boca con la mano y, consciente de lo que iba a decir, siseo:

—Ni se te ocurra decirlo.

Edward se desespera, se quita la mano de la boca y replica:

—Sé que no es agradable oírlo, pero se pueden presentar complicaciones y hay que estar preparado para todo. Créeme, soy médico, sé de lo que hablo.

Me niego. No quiero pensar que pueda morir, y suelto enfadada:

—Eres un idiota, un imbécil, ¡un atontado!

—Vaya..., gracias —se mofa.

Y, señalándolo con el dedo, añado:

—Ni te imaginas cuánto te echo de menos y cuánto te necesito. Por lo que ni se te ocurra pensar por un momento que voy a permitir que te alejes de mí, ¿te has enterado?

Ea, ¡a llorar otra vez!

Edward me mira.

Debe de pensar que soy una veleta. Río, lloro, lo insulto... Pero lo quiero, y recordando algo cojo mi bolso. Rebusco en él hasta encontrar mi cartera, saco un objeto de ella y se lo muestro.

—Bella, no sigas —murmura.

Pero, sí, voy a seguir. A mí ya no me para nadie. Y, dejando la piedrecita en el suelo ante él, suelto:

—Con esto creo que te lo digo todo.

Edward mira la piedra, pero no responde.

—¿No la vas a coger? —insisto.

Él continúa sin responder, sin moverse. Creo que lo he dejado sin palabras.

—Vale —añado nerviosa—. Ya sé que es el pingüino macho el que la pone ante la hembra, pero mira, Edward, ¡los tiempos han cambiado! Estamos en el siglo XXI. Y como la pingüina reivindicativa que soy, yo te elijo a ti.

Veo cómo sus ojos se llenan de lágrimas. Oír eso lo emociona. E insisto:

—Te quiero.

Woooo, ¡madre mía, lo que he dicho!

Le acabo de decir «Te quiero» mirándolo a los ojos.

Edward casi no respira. Es la primera vez que empleo esas palabras, y hasta yo me sorprendo.

—Bella —balbucea—, creo que...

—Te quiero. Te quiero y te quiero y tienes que saberlo. Quiero besos. Quiero caricias. Quiero nuestros instantes y te quiero a ti.

—No es buen momento y...

—Que me da igual que sea buen momento o no —lo corto—. ¡Te quiero!

—Bella..., estoy enfermo.

—¡¿Y...?!

—Que el futuro hoy por hoy es incierto. Habrá momentos tan malos que puede que no te compense estar a mi lado. Que lo último que querré será hacerte el amor porque no voy a tener fuerzas ni para levantarme de la cama y, joder, Bella..., puedo morir —susurra conmovido.

Vale, la realidad es complicada, pero indico mirándolo:

—Mientras estés a mi lado, el sexo y cualquier otra cosa son secundarios para mí.

—Bella, no sabes lo que dices.

—Perdona, guapo, pero el que no sabe lo que dice eres tú —afirmo convencida.

—Bella...

—No me importa lo que digas.

Piensa qué contestar, sabe que no me valdrá cualquier argumento y, sin darle tiempo a pensar, pregunto:

—Has dicho que me quieres... ¿Por qué nos haces esto?

—Claro que te quiero. Te quiero como nunca he querido a nadie. Pero...

No lo dejo acabar. Saber que me quiere es todo lo que necesito y, poniendo mi mano sobre su boca para acallarlo, siseo:

—Pues si me quieres tanto como yo te quiero a ti, coge la maldita piedrecita y deja de poner tu enfermedad como un obstáculo entre tú y yo. Me importa una mierda el sexo. Me importa una mierda todo. Te quiero, me quieres, y no pienso renunciar a ti.

Suspira.

Resopla.

Su negatividad me sorprende, pues él es el tío más positivo que conozco.

—Yo no soy Irina —insisto—. ¡Soy Bella! No soy ni una reina ni una princesa. ¡Soy una bruja! ¡Tu bruja y tu pingüina! Y voy a luchar por ti y junto a ti, te guste o no, ¿me has entendido?

Edward asiente, sus ojos se llenan de lágrimas y, cuando se agacha y coge la piedrecita, musito emocionada:

—Cariño, no vuelvas a echarme de tu vida porque, cuando yo quiero, quiero de verdad, y a ti, doctor Cullen, te quiero con toda el alma y dudo que me vaya a desenamorar de ti por muy enfermo que te vea, como sé que tú no te desenamorarías de mí si fuera al revés.

Emocionado, Edward asiente, y exijo:

—Necesito que me abraces.

Las lágrimas se concentran en sus ojos, intenta no llorar, y lo oigo murmurar:

—Cariño, no va a ser fácil. Será muy complicado.

Afirmo con la cabeza. Imagino que luchar contra una enfermedad tan terrible como el cáncer no es fácil, pero, consciente de que yo voy a estar a su lado sí o sí, digo:

—Lo que no es fácil es vivir sin ti.

Edward finalmente se derrumba.

Cae sobre la silla y las lágrimas de sus ojos se desbordan. Llora.

Que llore no lo hace menos hombre.

Que llore me hace sentir que es tan humano como yo.

Que llore me hace quererlo mucho... mucho más.

Ver esa parte suya que no conocía y que muchos hombres se empeñan en ocultar por esa gilipollez de «los hombres no lloran» me enternece. Se limpia las lágrimas y susurra con la piedrecita en las manos:

—La enfermedad me hará tener días malos. Mi carácter cambiará y...

—Tranquilo —lo corto, y para infundir humor añado—: Te mandaré a la mierda si veo que te pasas en exceso. ¡Ya me conoces y sabes que no tengo pelos en la lengua!

Edward ríe y llora.

Ver las lágrimas resbalándole por el rostro me conmueve y me emociona.

En el tiempo que llevamos juntos, cuando me ha hablado de sus pacientes y sus tratamientos, las palabras que siempre utilizaba eran motivación, cariño, complicidad y positividad. Él ahora necesita eso y yo se lo voy a dar. Por ello, mirándolo, voy a decir algo cuando él murmura levantándose de nuevo:

—Soy un llorón.

—¡Ya somos dos! —me mofo.

Como atraídos por un imán, finalmente nos abrazamos.

Permanecemos así, en silencio, durante un rato y, cuando nos separamos, nos miramos a los ojos. Sobran las palabras. Acto seguido, tras un dulce beso en los labios que me sabe a vida, afirmo:

—Tú y yo vamos a vivir el hoy, ¿me has oído? —Edward asiente—. Te voy a dar todo el cariño del mundo. Te voy a motivar hasta agotarte. Voy a ser tu cómplice en tus peores y en tus mejores momentos. Y cuando tu humor se vuelva oscuro, tranquilo, que además de mandarte a la mierda, también prometo estar ahí para intentar que vuelva a aclararse. Y en cuanto a la positividad, tú de eso tienes a raudales, pero si se te agota, no te preocupes: ahí voy a estar yo para recargarte de ella.

—Ya me la estás recargando.

—¡Esa es la intención! Y ahora, negatividad fuera, ¿vale? A partir de ahora solo necesitamos y queremos ¡positividad!

Edward por fin se ríe. Sabe que si digo esas palabras es por la cantidad de veces que se las he oído decir a él.

—Eres el hombre más increíble que he conocido —añado—. Eres el tipo más bueno y de mejor corazón que hay sobre la faz de la Tierra. Eres el hombre del que estoy enamorada como una chiquilla, pero también eres el ser más tonto del mundo por enamorarte de mí. —Ambos sonreímos y luego continúo—: Una vez me dijiste que la felicidad no se buscaba..., se creaba. Y tú, cariño mío, eres mi felicidad y tienes que saber que juntos hemos creado algo muy especial sin planearlo ni imaginarlo.

Según explico eso, Edward, que sonríe, ladea la cabeza sin entender lo que acabo de decir. Entonces, cogiendo su mano, la poso sobre mi tripa y, sin dejar de mirarlo a los ojos, declaro:

—Debes saber que la vida te va a sorprender alrededor del día 21 de diciembre.

Él parpadea. Su mirada va de mi tripa a mis ojos y viceversa.

—No te entiendo —susurra despacio.

Aisss, ¡hombre tenía que ser! Pero, comprendiendo su estado de shock, exclamo:

—¡Vas a ser papá!

Parpadea. ¡Flipa!

—¿Estás embarazada?

—Sí —afirmo con total convencimiento.

—¿De mí?

¡Joder!, la duda ofende. Pero, entendiéndolo, bromeo:

—No..., del Pato Donald.

Noto que se le acelera la respiración.

—¿Vamos a tener un bebé? —pregunta.

—Sí, cariño. Contra todo pronóstico, vamos a tener un bebé. ¡Estoy de cuatro meses y medio! Creo que me quedé embarazada la noche que nos conocimos, cuando, dejándonos llevar por la pasión del momento, no te pusiste preservativo —digo de buen humor.

Él asiente con la cabeza. La noticia lo ha pillado del mismo modo que me pilló a mí el día que me enteré. Y, de pronto, da un traspié y murmura mirándome:

—Creo... creo que me estoy mareando.

Me apresuro a sujetarlo. Está pálido.

¡Ay, Dios!

Sin dudarlo, lo llevo al interior de la casa y hago que se tumbe en el sofá. Veo que deja la piedra sobre la mesita y le levanto los pies en el aire.

Edward cierra los ojos. Inspira por la nariz y exhala por la boca. Me entra la risa. Esto es surrealista... Él mareado y yo partiéndome de la risa.

¡Si es que soy lo peor!

Corro a la cocina y lleno un vaso con agua, mientras Olimpia corretea entre mis piernas sin entender lo que ocurre, y de pronto me siento culpable.

¡Joder, Edward está enfermo y yo dándole esta noticia!

Regreso al comedor con el agua. Y, cuando por fin el color vuelve a su rostro y abre los ojos, se sienta y le doy el vaso.

—Ay, Dios, lo siento. Lo siento..., lo siento. Quizá no era el momento más apropiado para decírtelo.

Edward bebe el agua sentado en el sofá. Se termina el vaso y luego, mirándome, dice en un hilo de voz:

—¿Tú y yo vamos a ser padres?

—Sí, cariño —asiento.

Entonces me abraza. Me besa. Se levanta. Comienza a dar saltos y gritos de alegría por la casa.

¡Ay, Dios, que se va a marear otra vez!

Le grita a Olimpia que va a tener un hermanito y yo lo miro sorprendida por su completa felicidad. Su gesto vuelve a ser el del Edward que yo conocía. Positivo. Alegre. Su sonrisa vuelve a ser ¡amplia, luminosa! Y cuando, segundos después, se sienta de nuevo a mi lado, susurra:

—Cariño, ¡me acabas de dar la vida!

Asiento desconcertada, y murmuro:

—Por un momento, pensé que te la estaba quitando.

Me abraza de nuevo. Me besa. Se vuelve loco, y cuando por fin para, pregunta:

—¿Estás bien?

—Sí, ¡aunque mi viaje a Groenlandia se fue al garete!

—¿Cómo te encuentras?

—Bien, pero lloro hasta leyendo la etiqueta de la mayonesa.

—¿Has ido al médico?

—Sí.

—¿Qué pruebas te han hecho?

—Todas las del mundo.

Sonriendo por lo acelerado que lo veo ante la noticia que le acabo de dar, antes de que me haga otra pregunta, afirmo:

—El Caramelito y yo estamos perfectos.

—¿«Caramelito»?

Asiento y él ríe. Su sonrisa vuelve a ser igual de impresionante que siempre, y yo me enamoro de él otra vez.

Por favor, ¿cómo se puede querer tanto?

¿Cómo pretendía vivir lejos del hombre que llena mi vida completamente?

Y, como soy una loca que funciona por impulsos, como dice la imbécil de mi hermana, le cojo la mano y pido mirándolo a los ojos:

—Edward, ¡cásate conmigo!

Boquiabierto, él me mira a su vez y pregunta en un hilo de voz:

—¿Qué dices?

—¡Eres mi pingüino! ¡Cásate conmigo! —insisto.

Joder, ¡no gana para sustos conmigo!

Por Dios, pero ¿qué acabo de hacer?

¿Acaso pretendo que se maree otra vez?

Pero, acelerada por la vergüenza que estoy pasando por lo que acabo de proponerle, añado:

—La vida te vuelve a sorprender, ¿eh?

Edward asiente. No sé hasta qué punto tanta sorpresa le va a venir bien. Pero entonces pregunta:

—¿En San Patricio?

—¡Ni de coña! —Me río divertida y añado—: Vivamos el hoy; el mañana ya se verá.

Él no dice nada, solo me mira, e insisto:

—Oriol, el párroco de la iglesia de San Antonio, es mi amigo. Me casaría hoy mismo contigo.

Edward sigue plático, y de pronto susurra:

—¿Lo dices en serio?

—Nunca he hablado tan en serio —afirmo.

—Estás loca...

—Acéptalo..., es parte de mi encanto —me mofo divertida.

Él asiente, me parece que no cree lo que está oyendo, y musita:

—Será imposible hacer viaje de novios. Dentro de unos días comienzo la quimioterapia y...

—Ya lo haremos —lo corto, y luego afirmo—: No hay prisa.

Nos miramos en silencio hasta que, con los nervios a flor de piel, indico:

Escucha, cielo, te lo estoy pidiendo por mí, no por el bebé. Te cases o no te cases conmigo, tú eres el padre del Caramelito.

Edward sonríe abiertamente. Por Dios, ¡vuelve a sonreír!

De pronto me pide un segundo con la mano y desaparece.

¿En serio huye?

¿Se va?

Cuando vuelve, me enseña algo y dice:

—Este anillo lo compré para ti.

¡Ostras!

¿En serio?

Boquiabierta, miro el delicado anillo de oro blanco y él añade:

—Pensaba pedirte matrimonio con él antes de saber los resultados de…

—Sí, quiero —declaro sin dejarlo terminar.

—Esto es una locura —murmura emocionado a media voz.

—¡Vivan las locuras! —afirmo.

Y, sin más, me pone el anillo. Se me ajusta perfectamente al dedo, y nos besamos mientras Olimpia nos observa subida al sofá.

Tras el romántico y esperado beso, Edward sonríe y yo murmuro:

—Aún espero tu respuesta.

Él pasea su nariz por encima de la mía. Su mirada lo dice todo.

—Sí, quiero —susurra entonces.

Nos volvemos a besar y, con complicidad, reímos. Pero ¿qué locura vamos a hacer?

Hemos amanecido el día por separado. Cada uno por su lado.

Cada uno viviendo su propia vida y, de pronto, ¿nos casamos?

No me digas..., no me digas... ¡que este tipo de cosas no son las que le pasan a Bridget Jones!

Estamos felices. Nos hemos reencontrado. Y entonces él, mirándome a los ojos, anuncia:

—Nos casaremos en la iglesia de San Antonio ¡mañana mismo!

Me entra la risa floja.

—Bueno, mañana..., mañana... —murmuro.

—Bruja, ¿ya te estás rajando? —se mofa.

Divertida, niego con la cabeza.

—Mañana es precipitado, pero conociendo a Oriol, en cuanto lo llame por teléfono, seguro que me da fecha para la semana que viene.

—Perfecto.

—¿Algún día en especial?

Edward sonríe y, sin soltarme, cuchichea:

—A mí me da igual, pero si queremos que venga la familia, mejor que sea el viernes o el sábado, así les damos unos días para organizarse. ¿Qué te parece?

Tiene razón. Yo quiero que venga mi familia, como imagino que él quiere que venga la suya, y afirmo:

—¡De acuerdo!

Y, sacándome el móvil del bolsillo del pantalón, se lo enseño y pregunto:

—¿Lo llamo?

—Ya estás tardando.

Divertida por el momento, busco en mi agenda el número de Oriol mientras Edward se sienta en el sofá y me sienta sobre él. Después de dos timbrazos, mi amigo me saluda y, tras explicarle el motivo de mi llamada, se alegra y, sin problema, me da fecha.

Una vez que cuelgo, miro a Edward y musito:

—El viernes a las cinco de la tarde.

—Excelente día y hora.

Creo que la locura se ha apoderado por completo de nosotros, pero soy feliz, muy feliz. Y, mirándolo a los ojos, susurro:

—Le estoy cogiendo el gustillo a esto de que la vida me sorprenda.

Edward se ríe. Yo también. Amo a este hombre con locura y..., joder, ¡que nos vamos a casar!

¡Habemus Boda!