Disclaimer: Los personajes que aparecen en esta historia, así como el universo donde se desarrolla la trama no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Hajime Isayama.

Capítulo 13

En las profundidades del bosque

Jean despertó de un sueño que se desvaneció antes de que pudiera retenerlo. No recordaba más que el pánico. Algo relacionado con el Retumbar. Mikasa enferma.

Se sentó en la cama y miró el reloj. Las nueve y media de la mañana. La noche pasada había vuelto a la cama y pasó algunas horas acostado en la oscuridad, mirando al techo sin ver, repasando las palabras de Armin una y otra vez.

Arlert siempre le había dado la impresión de que tenía alguna forma de saberlo todo. Era de esperarse que hubiese atado algunos cabos sueltos con la cantidad de información revelada competente a su relación con Mikasa. Incluso si ahora mismo ambos necesitaban perspectiva, Armin no estaba del todo contento con los resultados de los últimos meses. Probablemente, en cuanto su amiga recuperara las fuerzas regresaría a Mitras con él.

Se deslizó fuera del lecho y se quedó de pie en medio de la habitación. Necesitaba hablar con Mikasa, exponer la complejidad de sus sentimientos. Ella era la única que desataba ese tipo de sensaciones en él, esa extraña disociación, como si se estuviese ahogando y al mismo tiempo ya no existiese como tal.

Jean sabía que si estaban a solas no podría evitar una conversación con ella, y no veía claro si quería tenerla ni adónde podía conducirlos. Si hubiera sido otra persona, no habría titubeado. Habría exigido respuestas, le habría suplicado.

Sin embargo, la pregunta seguía estando ahí, y cuando menos se lo esperaba se abría paso en su conciencia y se posicionaba con obstinación al frente de él, tan inamovible como un titan colosal dentro de la muralla.

Se sorprendió deteniéndose delante de la puerta de Mikasa con una mano alzada, listo para llamar. No obstante, el sonido de las voces provenientes de la planta baja bastó para indicarle que el objetivo de su búsqueda no se encontraba dentro de la habitación, un hecho que lo alarmó.

Caminó hasta el rellano de la escalera y permaneció allí escuchando, hundiendo los pies en la moqueta de pared a pared a pared, mientras intentaba decidir si estaba preparado para unirse a sus amigos. Ambos se seguían en la sala, ajenos a sus dudas. Abordaban un tema importante, quizás debía darles privacidad y no inmiscuirse en asuntos donde no era requerido.

—Agradezco tu preocupación, Armin, pero nada malo va a sucederme— escuchó decir a Mikasa con voz firme y ardiente, sin inflexiones, casi monótona.

—Sigues repitiendo eso una y otra vez, cada vez que lo haces suenas más nerviosa— acusó el aludido.

—No tengo miedo de lo que pueda pasar.

—¿Eso es todo?— preguntó Armin—. ¿Estás dándote por vencida?

—No— aseguró Mikasa—. Simplemente estoy aceptando la situación como es. Si el General Dreher quiere asesinarme, bien, puede venir por mí.

Se le estrujó la garganta al escucharla decir eso. En ocasiones, Mikasa sonaba igual que Eren en los últimos días de su vida sin siquiera percatarse de ello.

—Perdiste la cabeza— suspiró Armin, alarmado—. Seamos sinceros, desde hace tres años no enfundas un arma, no eres la misma Mikasa de la Legión de Reconocimiento. Dreher podría acabar contigo en un dos por tres si se lo propone.

—Entonces qué pretendes que haga, ¿Qué me oculte todo el tiempo? ¿Qué huya?

—Si eso es lo que necesito para mantenerte con vida, sí— murmuró Armin con un palpable deje de condescendencia.

Alterado, Jean se acercó con el corazón desbocado al darse cuenta de lo que estaba pasando. No lo dudó. Recorrió el pasillo y entró en la sala: Armin se encontraba cerca de la ventana, con los brazos cruzados y la mirada clavada en el paisaje enmarcado por el cristal, si él notó su presencia, no se lo hizo saber. La cara de Mikasa era como una florecilla blanca. Se veía muy pálida y delgada, con el camisón de algodón cubriendo su cuerpo y una holgada bata sobre sus hombros. Parecía frágil. Los estragos de la enfermedad eran visibles en su semblante.

—Mikasa— la llamó sin saber muy bien qué decir o que hacer. El ambiente era tenso y por el semblante de ambos podía deducir que había intervenido en el momento adecuado—. Estás fuera de la cama, eso es…— quiso abofetearse de inmediato.

Ella levantó la mirada y lo vio.

—Sí, quería bajar a desayunar— contestó.

—Insistí en llevarle el desayuno a la cama, pero se rehusó— interrumpió Armin.

Jean intercaló la mirada avellana entre Armin y Mikasa: primero en el semblante endurecido del rubio y después en el rostro tenso de su compañera.

Durante sus años como cadete había aprendido a dejar de lado cosas que el instinto decía que no se debían pasar por alto y dar un rodeo a las sospechas. Por un tiempo comprendió que la prueba de su amistad con ella residía en guardar las distancias, en aceptar lo que decía, y darse la vuelta e irse cuando cerraba la puerta, en lugar de intentar abrirla por la fuerza. Las discusiones acaloradas que habían tenido sobre sus amigos —sobre Connie, cuando les pareció que la chica que conoció en Liberio solo intentaba engañarlo y no sabían cómo decírselo, o sobre, al enterarse que Niccolo sentía algo por ella— nunca habrían tenido eso con Mikasa. Ella lo consideraría una traición y eso no ayudaría.

—Estoy bien— profirió, tratando de no traslucir su molestia.

Durante un minuto, tal vez dos, imperó un trágico e incómodo silencio. Por primera vez, Armin reparó en el aspecto andrajoso de Jean. Con el pantalón arrugado, el holgado jersey de poliéster azul aparentaba ser varios araños mayor de lo que en realidad era. Llevaba el cabello despeinado y marcas cerúleas alrededor de las bolsas bajo los ojos delataban la falta de descanso. Estaba, determinó Armin tras un rápido escrutinio, derruido. El rubio achicó los ojos con amonestación hasta convertirlos en un par de suspicaces rendijas.

—¿Te sientes bien?, tienes un mal aspecto, ¿Necesitas que llame al doctor?— inquirió Armin.

—Estoy bien, solo un poco cansado— respondió—. Creo que soy yo quien debe preguntar si sucede algo entre ustedes dos.

Ofuscada, Mikasa frunció el entrecejo con ahincó y desvió la mirada al suelo. Jean conocía ese gesto, solía hacerlo cuando prefería no abordar un tema que le disgustara o incomodara. Lo había visto con frecuencia durante sus tres años de estadía forzada en Marley, en cada reunión para averiguar el paradero de Eren, en las cenas con los Azumabito y en la presencia de personas a las que detestaba.

Armin dejó escapar un suspiro.

—Dreher está presionando. Los Jaegeristas quieren un culpable— una nueva pausa se anidó en él—.Nosotros estamos fuera de su alcance, mas no exentos.

Jean quiso relajar la espalda, pero sus músculos estaban contraídos en una oleada de agitación que lo obligaba a mantenerse estático en medio de la sala. El suelo se movía bajo sus pies.

—Historia dio un ultimátum— le recordó.

—Uno muy débil.

Jean sintió como el despreció se apoderaba de cada célula de su cuerpo.

—Mierda, estamos jodidos. ¿Qué haremos ahora? ¿Simplemente vamos a ignorar ese hecho y esperar a que vengan por nosotros?— dijo un paso al frente y bajó la voz hasta convertirla en un rugido entre dientes.

—No, todavía hay una opción— la mirada cerúlea de Armin recayó con todo su peso sobre Mikasa.

—Pensé que mi respuesta era clara, no voy a huir a Hizuru— Mikasa resopló como si buscara un poco de paz.

—Puedes considerarlo— apremió Armin—. Eres como una princesa para ellos, vivirás bien, tranquila, en paz.

El corazón dio un vuelco doloroso en los confines de su pecho. Jean notó que le ardían las mejillas, la garganta. «De lo contrario, permítele ser feliz con alguien más. No intentes privarla de ello». Las palabras de Armin resonaron en su mente como un doloroso eco. La idea de imaginar a Mikasa con otro hombre era desgarradora, inconcebible.

—Estás siendo injusto, Armin— surgió Mikasa extrayéndolo desde su pensamiento—. Nunca te pediría que te casaras con otra persona considerando lo que sientes por Annie.

Jean quedó con la boca entreabierta para luego formar una línea recta con los labios.

—¿Le mencionaste lo del compromiso?— quiso saber.

—¿Tú estabas al tanto de esto, Jean?— preguntó Mikasa con los labios entre abiertos por la incredulidad.

Ninguno de los dos le devolvió la mirada, ninguno fue lo suficientemente valiente para hacerlo.

—No es como lo imaginas, Mikasa— la detuvo Jean rápidamente. Ella arrugó el entrecejo con rudeza—. Nunca actuamos a tus espaldas. Hasta hace unos días solo era un rumor. No queríamos precipitarnos y sacar conclusiones erróneas.

Una vez más, la afonía imperó en la sala. Dubitativa, Mikasa cruzó los brazos y miró el suelo, como si estuviese contemplando una serie de opciones. Cerró los ojos y al abrirlos, dirigió la mirada argéntea hacia Armin, contemplándolo con severidad.

—Puede que no sea una líder nata como ustedes dos. Lo único que se hacer es luchar y matar, para eso me entrenaron— contraatacó—. Sin embargo, me han subestimado. Puedo cuidarme por mi cuenta, salve sus vidas en incontables ocasiones. No pueden pedirme que me siente y observe sin hacer nada.

Armin desvió su atención hacia el suelo junto a un pequeño temblor de exasperación en su mandíbula.

Cansada, intentó ponerse de pie. Aun se encontraba débil, Jean podía apreciarlo en la liguera tiritona de sus dedos. Mikasa tenía la sensación de que le atravesaban las piernas, los pies y la espalda con pernos de hierro, pero se obligó a ponerse de pie.

El Teniente advirtió como las fuerzas le fallaban; sus piernas se volvieron enclenques y Jean no pudo contener el pulso de sostenerla; temió que al soltarla ella no fuera capaz de mantenerse de pie.

—Iré a mi habitación, necesito un momento a solas para pensar— susurró al piso vacío.

—Te acompaño— sugirió Jean.

—No— se negó rotundamente—. Puedo hacerlo yo sola.

Lejos de insistir, Jean la liberó.

Ambos hombres la miraron caminar a paso lento por la habitación hasta cruzar el umbral de la puerta y dirigirse hacia el pasillo.

Jean relajó por primera vez el ceño, pero su espalda continuaba igual de tensa.

Como si fuese capaz de leer sus pensamientos, Armin le dedicó una mirada contemplativa y espetó:

—Solamente dilo— ordenó.

Ambos sabían que estaban a punto de comenzar una discusión respecto a Mikasa. Si bien, Jean raramente cuestionaba las decisiones de Armin, cuando lo hacía se encargaba de remarcarlo de forma diplomática. Sin embargo, al tratarse de la mujer que amaba, encontraba imposible hablar de forma coherente.

—No debes presionarla, Mikasa tomó una decisión.

—Una decisión que va a llevarla a la muerte— explicó Armin tomando aire.

—Eso no lo sabemos.

Las largas pestañas de Armin danzaron varias veces hasta dirigir su mirada al techo, tratando de poner sus pensamientos y sentimientos en orden.

—Estoy preocupado por ella— masajeó los músculos de su nuca con pesadez—.Hemos pasado tanto tiempo juntos que no puedo evitar hacerlo.

Jean apreció el dolor de su amigo como suyo. Bajó la mirada hacia el suelo.

Desde la muerte de Eren, de una u otra forma, Armin sentía que era responsable de Mikasa en cierto sentido.

—Es normal, son familia— bramó Jean—. Pero deberías tratar de confiar en ella, darle más crédito. Puede que no sea la misma Mikasa de hace tres años, ambos la conocemos, es una mujer fuerte. El hecho de que se esté permitiendo vivir un duelo no quiere decir que sea débil o vulnerable.

Armin contempló las palabras de Jean en silencio, cabizbajo y con las manos en los bolsillos. Por un momento pareció un adolescente que hablara (o no hablara) con sus padres. Ese encogimiento de hombros que venía a decir Por favor, déjame en paz. No te metas en mis asuntos. A Jean le causó cierta gracia, era la primera vez que su antiguo comandante se permitía actuar como un joven normal, arrepentido.

—¿Puedo utilizar tu despacho para trabajar un rato?— solicitó con timidez.

—Adelante— dijo con una sonrisa discreta.


La casa se encontraba en absoluto silencio. Bajó las escaleras, cruzó el vestíbulo y salió a la luz cegadora de la tarde.

Lo primero que oteó, una vez que sus ojos se adaptaron a la ruda intromisión de la luminiscencia fue a Jean, sentado en el porche con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, dejando ver la forma en que los músculos de sus antebrazos se expandían y desplazaban en complejos reajustes por debajo de la piel; el aroma del tabaco alcanzó su nariz, tenía aprisionado un cigarrillo a medio consumir entre sus labios.

Ante esta imagen, Mikasa no pudo evitar tragar grueso. Jean Kirstein era el hombre más guapo que ella había visto en años. Aunque para ser justos, no había estado prestando intención antes de todo eso.

Dubitativa, dio un paso al frente, sopesando si debería o no hablar con él.

—Jean— su voz fue como el susurro de las hojas de los árboles; tenue y a duras penas audible.

Sin embargo, el antedicho respondió de inmediato volviéndose a ella, visiblemente impresionado al verla de pie bajo el umbral de la puerta. Apartó el cigarrillo de su boca y lo lanzó al suelo, estrujándolo con la suela del zapato.

—Mierda, lo siento. De verdad debo parar de fumar— respondió.

Una sonrisa trémula se asomó en la comisura de los labios de Mikasa.

—¿Qué estás haciendo?— quiso saber, echando un vistazo por encima de su hombro al cuaderno que descansaba en su regazo.

La fascinación y talento de Jean por el arte no era un secreto para Mikasa. En alguna ocasión, durante sus años como cadete, Sasha la había arrastrado por todo el pueblo en busca de materiales de dibujo para su amigo.

—¿Esto?— señaló los trazos a lápiz—. Solo es un boceto— dijo, nervioso.

Para sorpresa de Mikasa, Jean le extendió el cuaderno. Sin dudarlo, sus ojos bebieron con avidez los esquicios de paisajes, edificios y otros escenarios perfectamente detallados.

—Es hermoso— dijo sin pensarlo.

A medida que avanzaba por las páginas, los paisajes quedaban atrás para abrir paso a una serie de retratos sin finalizar. Todos eran iguales, la estructura de la cara era visible, pero no tenían ojos ni boca. Una sensación desagradable y dolorosa recorrió su garganta a medida que la realización se apoderaba de ella.

—Jean, lo lamento, no era mi intención— se disculpó, titubeante. Tenía la impresión de que acababa de vislumbrar algo que no estaba destinado a salir a luz.

—Oh, está bien, no pasa nada— dijo.

Percibió que algo cambio en el rostro de Jean, o se endurecía, no sabía decir qué era exactamente.

—¿No puedes recordarlo?— preguntó luego de un segundo o dos absortos en el silencio.

Él no la miraba. Parecía estar más interesado en lo que sucedía frente al bosque, sin embargo, estaba lo suficientemente consiente para reconocer la presencia de Mikasa, y por alguna razón, el ambiente que los rodeaba no era tan pesado como ella lo imaginaba.

—No, ni un poco—la voz de Jean tardó en pronunciar aquellas palabras, pero cuando lo hizo fue en un tono suave y apaciguado.

Mikasa lo entendía a la perfección. Ella tampoco podía recordar el rostro de sus padres, ni siquiera los de Grisha y Carla. En ocasiones, le aterraba pensar que la imagen de Sasha y Eren comenzaría a desvanecerse en las profundidades de mente.

—La memoria es algo extraño— dijo él sin elevar la voz más de lo necesario—. Me toma tiempo evocar el rostro de Marco. Conforme van pasando los años, el efecto se extiende— hizo una pausa en donde Mikasa solo pudo admirar como sus hombros subían y bajaban en respiraciones profundas—. Al principio era capaz de recordarlo en cinco segundos, luego se convirtieron en diez, treinta, un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se encuentra Marco.

No solo fueron palabras lo que sus sentidos pudieron apreciar. De una forme inexplicable y casi física, Mikasa reconoció la manera que el desconsuelo se apoderaba de él, la forma en que esa horrible realización brotaba como la sangre de una herida, lánguida y mortal.

Colocó una mano sobre la de Jean, buscando transmitirle algo de consuelo a través del tacto. Por un instante temió que él la rechazara tal como lo había hecho la noche del beso. Sin embargo, sus miedos se disiparon cuando entrelazó los dedos con los de ella, estrujando delicadamente.

Ella apartó rápidamente la mirada y se sonrojó. El tacto la hizo estremecerse.

—Sé lo que quieres decir— susurró.

Más que asentir, parecía estar temblando presa de una insoportable tensión. Aquello hizo que Jean sonriera, y de repente se dio cuenta de que su sonrisa no tenía otro motivo más que el gesto mismo.

—Eres la primera persona a la que le cuento esto— suspiró.

Esa franqueza, tan profunda y tan inesperada, la hizo ruborizarse.

—¿A qué debo el honor?— preguntó ella en tono juguetón, tratando de no dejar al descubierto su nerviosismo.

Jean volvió a apretar su mano.

—Confió en ti— contestó—. No me juzgarías.

—Nunca haría eso— le aseguró.

Los minutos transcurrieron. En ningún momento Mikasa soltó la mano de Jean. Aquel gesto simple resultaba significativo en cierta manera.

Les había llegado la hora de mostrarse vulnerables y hablar sobre el elefante en la habitación.

Esa tarde, Jean estaba de un ánimo casi despreocupado. Mikasa experimentaba una previsible melancolía al miedo de echar a perder un momento perfecto.

—Mikasa, creo que debemos hablar— musitó el joven.

—Lo sé— accedió ella.

—¿Te gustaría dar un paseo?

Ella asintió con más efusividad de la pretendida. Probablemente el campo le ayudaría a aclarar sus ideas e imponer un orden a sus pensamientos.

Jean se puso de pie, dejó el cuaderno en la silla y caminó en dirección al jardín.

La sombra alta y fresca del bosque era un alivio, y un hechizo las convulsiones esculpidas de los troncos de los árboles. Después de traspasar la verja, dejando atrás los rododendros debajo de la cerca, cruzaron el parque descubierto y llegaron al campo abierto.

Hacía un día esplendido. El cielo era de un penetrante rosa con matices anaranjados y amarillos y unas nubes blancas que se difuminaban en lo alto del cielo como brochazos.

Durante un rato caminaron por una cuesta que parecía interminable, pero ninguno de los dos aflojaba el paso lo más mínimo.

De vez en cuando, la mirada de Mikasa se desprendía del paisaje para recaer en el rostro de Jean; era en instantes como esos que reparaba en el paso del tiempo y se percataba de los años transcurridos. Era increíble darse cuenta que él ya no era un niño, había madurado para convertirse en un líder competente y un hombre decente.

No supo porque, pero en ese momento solo podía pensar en lo endemoniadamente guapo que era. Si, lo sabía, un absurdo pensamiento pero no podía negar lo evidente.

—Sobre el argumento con Armin esta mañana…— comenzó a decir, dejando la frase inconclusa.

—Oh— Mikasa se mordió el labio inferior y se cruzó de brazos—. No puedo culparlo. Ambos compartimos esa relación de lealtad, de alguna forma creo que disfrutaba esa intensidad. Tal vez hasta me he alimentado de ella.

—¿Crees que Armin me considere una amenaza para su relación?— respondió tras reflexionar unos instantes.

—Por supuesto que no. El miedo y la rabia son sentimientos que compartimos. Nuestro lazo es un sufrimiento mutuo— replicó Mikasa.

—A pesar de eso, eres lo más cercano a una familia que le queda— en un gesto casual, resguardó las manos en los bolsillos de su pantalón.

—Eren, yo, el pasado, son nubes grises que no quiere enfrentar— se encogió de hombros, resignada.

—No puedo culparlo, creo que todos nosotros luchamos contra los fantasmas del pasado a diario. Desprenderse de todo lo que vivimos… es más complejo de lo que imaginé.

Mikasa asintió.

Anduvieron un rato en silencio. El camino se separaba de la empalizada de los pastos y desembocaba en un prado con forma circular rodeado de árboles, parecido a un pequeño lago.

—Eso me lleva al tema del que quería hablar— carraspeó un poco para disipar la incomodidad—.Yo tampoco quería enfrentarte. Durante el tiempo que estuve en Marley hice lo imposible por no pensar en ti. Creí que, de cierta forma, al mantener alejada de mi vista bastaría para mantenerte alejada de mi mente y corazón.

Al escuchar la confesión de Jean, notó como se formaba un nudo en su garganta.

No pretendía que Jean aguardara por ella todo ese tiempo. A final de cuentas, el día de su partida, los dos se despidieron como los amigos que eran.

—Tu…

—Estuve comprometido— soltó a bocajarro.

—Oh…— Mikasa enmudeció y clavó la vista en la punta de sus pies—. ¿La amabas?— consiguió preguntar, sacando la voz a duras penas.

—Sí, pero no de la forma en que ella quería o merecía.

El corazón de Mikasa se estrujaba a medida que avanzaba por la hierba. Ahora todo tenía sentido, las cosas empezaban a encajar como las piezas de un rompecabezas. La reticencia de Jean no se infundada en el odio, sino en el amor que sentía hacia otra persona. En sus veintidós años de vida, Mikasa nunca imaginó que esa sensación podía ser tan cruel y abrumadora.

—Esa es la razón por la que tu… conmigo— Mikasa comenzó a juguetear con las puntas de su cabello. Buscaba desesperadamente dirigir su atención hacia otro punto, porque sabía que si miraba a Jean, rompería en llanto.

Antes de saber que estaba sucediendo, él se aferró con garras de acero a su muñeca, detuvo su caminar y la atrajo hasta colocar ambas manos sobre sus hombros. Nada de lo que hizo fue brusco o con la intención de lastimarla. Ni siquiera el agarre se sentía doloroso, sino más bien posesivo y meditado.

—Claro que no. Estoy dando demasiadas vueltas al asunto— balbuceó.

Su voz, su rostro, su gesto, toda ella tenían la expresión desgarradora de un náufrago que lanza la señal de socorro a un alegre navío que navega a lo lejos, por el horizonte, entre rayos de sol.

Jean cerró los ojos y, cuando sus parpados se elevaron para desvelar la belleza de sus ojos dorados, Mikasa fue capaz de percibir la congoja en ellos.

—La primera vez que te vi, experimenté una especie de enamoramiento instantáneo— comenzó a decir con voz apresurada—. A medida que crecía, intente convencerme de que era eso, un enamoramiento, en algún punto de mi vida desaparecería. Cada noche antes de irme a dormir, imploraba a cualquier ente divino que al despertar mis sentimientos por ti desaparecieran, que al encontrarnos en el pasillo sería capaz de mirarte a los ojos y no sentir nada— Jean suspiró—. Sin embargo, solo intentaba engañarme a mí mismo porque quería protegerme. Porque soy un cobarde, sabía lo que sentías por Eren y esa realización me llevo a darme cuenta que nunca podrías quererme de la misma forma.

Mikasa no decía nada. No expresaba nada. E u interior miles de flamas hacían arder su cuerpo hasta hervirle la sangre, su rostro permanecía firme. En cambio, en los ojos de Jean, algo cambió.

—Fue más sencillo para mi ignorar mis sentimientos, dejarlos en segundo plano— continuó Jean—. Jamás tuve miedo de romperte el corazón, pero me aterraba que tu hicieras lo mismo.

Ella vio como los magros músculos de los brazos de Jean se contraían sin razón alguna, como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano para tener un movimiento involuntario del que terminaría arrepintiéndose después.

—Aun así lo hice, yo sé que te decepcione en más de una ocasión— dijo ella, respirando profundo.

—Sí, pero no es como que no lo mereciera. Al final, yo y todos los demás te obligamos a renunciar a Eren, a llevar un peso que no te correspondía cargar. Mierda.

Jean se alejó de ella. Frustrado, pasó una mano por su cabello y después por su rostro cansado.

Hubo un breve silencio entre ellos.

—Lo siento tanto— se disculpó—. Fui un idiota y creo que lo sigo siendo. No sé cómo evitarlo, en ocasiones actuó así sin querer. No quiero poner excusas. Me comporté de una forma tan jodida la noche del beso y la noche después de eso. Creo que solo estoy asustado. Aun me parece irreal que una mujer como tu pueda amarme.

Mikasa se quedó tiesa, analizando las circunstancias. Gracias a la tenue luz del atardecer, Jean detectó el imperceptible ceño en su frente cuando arrugó la nariz.

—No soy una santa y tampoco soy una diosa— rebatió.

En su juventud había luchado hasta el cansancio contra los estigmas que sus habilidades y fuerza le arraigaron. Ella sabía que no era inocente, estaba lejos de ser una mujer candorosa. Tenía las manos manchadas de sangre. Sobre sus hombros recaía el peso de todos los muertos.

Jean negó con la cabeza.

Presa del impulso, se acercó a ella; con una manó peinó su cabellera desordenada mientras con la otra la atraía hacia su cuerpo con más fuerza de la necesaria.

—Para mí, Ackerman, eres más que eso— susurró.

Las manos de Mikasa tocaron el pecho de Jean, buscando algo en lo que aferrarse cuando sus ojos vidriosos se elevaron llenos de esperanza.

—No quiero engañarte. Creo… creo que piensas que soy una persona que no soy.

Jean enarcó una ceja, confundido.

—¿Qué clase de personas creo que eres?— quiso saber. Aquel juego de palabras era confuso.

—Una buena persona. Una mujer decente.

—Bueno, tienes razón. Lo creo.

Mikasa sacudió la cabeza a manera de negación.

—No, no lo soy. Pensé que deberías saberlo. He hecho cosas terribles, cosas de las que me avergüenzo, y si tú te enteraras, te avergonzarías de conocerme y no digamos de estar conmigo.

Ahora fue el turno de Jean para lucir verdaderamente confundido, ofuscado.

—No se me ocurre que es lo que podrías haber hecho para cambiar lo que siento por ti— murmuró con una sonrisa suave—. No me importa lo que has hecho. Mejor dicho, si me importa, me encantaría que me contaras tu vida antes de ingresar a la Legión. Pero siempre he tenido la impresión de que no quieres hablar de eso. ¿Quieres hacerlo ahora?— preguntó.

Mikasa asintió de nuevo.

Una sonrisa infeliz ladeó sus labios cuando ella volvió a hablar.

—Está bien.


Cruzaron el prado, el bosque y el otro prado. Mientras andaban, Mikasa le habló de sus padres. No lo había comentado con nadie más hasta ese día, salvó a Eren y Armin en algún punto de su vida.

—Vivíamos a las afueras de Shinganshina, en el campo, ocultos en el bosque— explicó Mikasa—. Mi padre era cazador y mi madre cuidaba y administraba el pequeño jardín de la casa.

»Crecí sola, pero nunca lo sentí de esa forma. Pasaba la mayor parte del tiempo con mi madre, una mujer brillante, increíble. Pocas veces hablaba de su pasado. Después comprendería que se debía a que no había nada de qué hablar, salvo de la cacería y el exterminio al que fueron sometidos. Sabía tanto acerca de las plantas y narraba historias magnificas. Papá tenía un sentido del humor maravilloso, siempre conseguía sacarme una sonrisa, aun si estaba molesta.

Era la primera vez que Jean la escuchaba mencionar a sus padres de ese modo en una conversación.

»Como veras, mi vida era muy distinta a la de los niños en otro distritos, incluso era diferente a la de Armin y Eren— hizo girar una espiga de susuki entre los dedos—. Por azares del destino, mi padre conoció al doctor Jaeger, el padre de Eren. Ambos entablaron una amistas y, de vez en cuando, Grisha acudía a la casa solo para tomar té o comer. Con el tiempo, las visitas para revisiones médicas se centraron en mi madre.

Su voz sonaba extrañamente fría y distante, como una grabación que reprodujeran cuando ella ya no estuviese o se hubiera marchado a otra parte.

—La última vez que vi al doctor Jaeger antes del incidente, prometió presentarme a Eren. Hablaba de él con cariño, era su único hijo y teníamos la misma edad. Grisha tenía el presentimiento de que ambos nos llevaríamos bien. Esa noche me fui a la cama emocionada, con la ilusión de tener un amigo, conocer alguien ajeno a mis padres.

Ajena a lo que sucedía en la mente de Jean, Mikasa le miró de soslayo y volvió únicamente su cabeza hacia las colinas, manteniendo los brazos cruzados bajo su pecho.

—Al día siguiente, por la tarde, un grupo de hombres extraños llamaron a la puerta. Mi padre fue el primero en morir— el susurró llegó hasta el joven como el revoloteo de un pájaro pequeño, frágil pero constante. Volvió a enmudecer unos instantes—.Mi madre luchó, pero terminaron asesinándola. Vi todo, contemplé la escena con lujo de detalle y no pude hacer nada al respecto. Simplemente me quedé de pie, temblando.

Mientras hablaba, sin darse cuenta, Mikasa desmochó con la punta de los dedos la espiga, que se dispersó en el viento.

—Lo vi todo, hasta el último detalle. También le vi la cara a mi madre. No pude evitarlo— prosiguió—.Pensé que tenía que huir, buscar ayuda, pensé que tenía que gritar. Pero el cuerpo no me respondía. Había cobrado una identidad propia, separada de mi conciencia. Me decía que tenía que salir por la puerta trasera y correr, pero mi cuerpo se movió a su antojo y se dispuso a temblar

»Por supuesto, aquello no era algo que pudiera hacer una niña, y me limité a quedarme allí dos o tres minutos de pie, atónita, con la mente en blanco. Sin comprender nada. Algo murió en mi interior. Hasta que uno de ellos comenzó a atarme.

Los dedos de Mikasa se aferraron a sus propios brazos, estrechándose a sí misma en un abrazo que intentaba mantenerla caliente y reconfortarla.

En esa misma voz extraña y átona, continuó diciendo:

—Recuerdo muy poco de lo que sucedió horas después. Cuando recobre la conciencia me percaté que me encontraba en una cabaña desconocida con tres hombres. Uno de ellos estaba molesto. Decía que debido a mis rasgos podrían obtener un buen dinero en el mercado negro. Yo no sabía a qué se refería, pero más adelante, durante nuestro entrenamiento, escuche hablar a algunos soldados sobre las casas de placer y el tipo de chicas que había en ese lugar. Los tres estaban aterrados, mi madre era completamente Azumabito, pero yo… yo era mestiza.

Volvió su mirada hacia Jean.

—Esa noche conocí a Eren. Él me salvó.

Jean sostuvo su mirada con la de ella. Ahora comprendía la razón por la que Mikasa amaba a Eren. Él le había entregado la libertad. Sentía ese deber de protegerlo de cualquier peligro, ya que era la única familia que le quedaba.

—Asesinó a dos de mis captores, yo maté a uno de ellos en un intento por salvarlo. En ese momento, él me permitió descubrir un valor renovado de nuevo, como el primer vistazo de un ave recién nacida a un adulto.

Jean tensó los músculos de la espalda, irguiéndose aún más recto. Estiró la mandíbula. Notaba el pulso palpitarle en el cuello. Intentó visualizar la escena, dos niños pequeños acabando con la vida de tres hombres adultos, pero le costaba imaginar a Mikasa comportándose como ella se lo había explicado.

—El doctor Jaeger nos encontró horas después. Amonestó a Eren por actuar imprudentemente. Lo único que recuerdo es el frio y después, la calidez de una bufanda envuelta alrededor de mi cuello.

Despacio, Jean exhaló por la nariz y dejó escapar el aire entre los labios. Sentía que si hablaba en ese instante rompería en llanto.

—Durante tres días no dije una sola palabra. Pasé mañanas y noches enteras como muerta en vida, con los ojos abiertos y la mirada fija en un punto específico, sin entender nada de lo que estaba sucediendo a mi alrededor— tragó grueso, las manos temblándole casi imperceptibles—. Gracias a Karla, el doctor Jaeger, Armin y Eren fui capaz de salir de esa situación.

Mikasa vaciló un momento, obstaculizada por la aparición de recuerdos que siempre había mantenido reprimidos en los rincones más oscuros de su mente.

—Vi cosas… hice cosas que ningún niño debería experimentar a tan corta edad. Los primeros años de mi vida estuvieron plagados de batallas constantes, sangre y cadáveres. Todos a mi alrededor estaban muriendo: mis padres, mi familia adoptiva, conocidos, civiles en el lugar y momento equivocado. Una vez que terminó el ataque a la Muralla María, había visto más violencia y muerte. No quería unirme a la milicia y ser parte de ese ciclo, pero se adaptaba a las ambiciones de Eren y Armin lo seguiría ciegamente. Éramos niños tratando de sobrevivir en un mundo cruel, hambrientos y desamparados.

Jean restregó las palamas de las manos en la tela de su pantalón. Todavía podía escuchar los gritos de pánico y sentir el calor estremecedor del fuego, aún podía ver a los indefensos civiles sangrando y muriendo a su alrededor en las calles destruidas. Respiró lenta y profundamente.

El mundo era cruel. Mientras él se había uno al ejército en un intento por vivir cómodamente dentro de la Muralla Sina, Mikasa lo había hecho porque no tenía otra opción. Era eso o morir de hambre. Violencia o explotar su cuerpo de otra manera.

Hizo una pausa, dejando a Jean en suspenso mientras su expresión se oscurecía.

—Intenté dejar los malos recuerdos atrás. Me obligue a enterrar las imágenes en las profundidades de mi mente— finalmente continuó, hablando lentamente mientras el incidente se repetía en su memoria—. Nunca creí en esa frase que decía que el pasado siempre nos alcanzaba, hasta que sucedió un año después de recuperar la Muralla María.

Una vez más su declaración, que para la mayoría habría sido dicha con orgullo, sonó a maldición. Después de hablar por unos cuantos minutos, Jean ya quería que se detuviera. Para entenderla de verdad y cómo había llegado a ser la persona que era, necesitaba saberlo, así que permaneció en silencio. Él había pedido eso.

—¿Recuerdas a Saunders?

Jean la contempló confundido, sin saber muy bien a qué venia el nombre de aquel hombre a su conversación.

—¿El tipo que iba a todos lados con Floch?— inquirió.

Lo cierto era que jamás había entablado conversación con él. Seguía a Forster como un perro faldero. Le costaba evocar su rostro o cualquier atributo que lo hiciera resaltar entre los demás.

—El mismo— dijo Mikasa.

—¿Qué hay con él?— la pregunta salió de Jean casi por Inercia. Era la primera vez que hablaba después de haber escuchado la historia. Su voz sonó áspera, casi ajena a él.

—La última vez que corté mi cabello no fue porque me impidiera utilizar el equipo de maniobras, sino por un incidente.

»En aquel entonces, el Capitán Levi me confirió la tarea de limpiar y acomodar las armas después de los entrenamientos. Mientras iba de camino a las barracas, vislumbre a un grupo de cadetes reunidos al exterior fuera del toque de queda.

»Uno de ellos dijo mi nombre, intentó hablar conmigo, más hice caso omiso— su expresión se oscureció aún más, casi frunciendo el ceño—. Dijo que era una perra frígida. Otro de ellos agregó que esa no era la razón por la cual lo ignoraba, mi indiferencia se debía a que era la puta de Eren y, al ser considerada una de las mejores soldados de la Legión, creía que ellos eran inferiores a mí.

Sus siguientes palabras fueron tranquilas y cansadas, casi dolorosas, sus ojos argénteos fijos sin ver nada en realidad, solo el doloroso recuerdo.

—Naturalmente los ignoré, pase de largo y continue con mi camino. Estaba habituada a que se refirieran a mí de esa forma— ella ladeó la cabeza, perdiéndose un instante en su pasado—. Saunders consiguió alcanzarme. Me tomó del brazo y después del cabello. Forcejeamos un rato, pero, por alguna extraña razón, el pánico me invadió cuando quise reaccionar, me encontraba en un lugar oscuro, similar al de la cabaña.

»Comenzó a tocarme y, mientras lo hacía, me sobrevino la misma sensación que experimente cuando asesinaron a mis padres… la sensación de que mi cuerpo no me pertenecía, que cada uno de mis gestos estaba predeterminado, reflejo tras reflejo, y no podía hacer nada más que sucumbir a lo que sucedería a continuación. Cuando intentó ir más allá, tome fuerzas y lo golpee.

Mikasa finalmente giró sobre sus talones, mirándole cara a cara.

Los ojos de Jean se abrieron más de lo que pretendía.

—Escuché que fue emboscado por un grupo de ladrones mientras patrullaban— dijo él en un vago intento por disminuir los débiles espasmos que acompañaban las respiraciones de Mikasa.

—Eso fue lo que dijo él para proteger su ego y no afrontar la humillación de haber sido molido a golpes. También fue la versión que le dieron a Eren para que no intentara matarlo— espetó, con la voz cuidadosamente medida—. Al final, recibí un pequeño castigo. Hange y el capitán intercedieron por mí.

La forma en que lo describió, como si estuviera grabado a fuego en su mente para siempre… Jean casi podía imaginarse allí. Todo era tan trágico que no sabía qué decir. Ella no tuvo la culpa de lo que pasó, sin embargo, tampoco estaba libre de ella. Todo lo que sabía era que, al igual que Eren y Armin, Mikasa sufría infinitamente por eso, y le dolía porque se preocupaba mucho por ella.

Llevó una mano a su frente. Tenía la piel sudada. Mikasa no finalizo la frase para explicar qué impresión debía de dar.

—¿Por qué no me lo habías contado?— ella no dijo nada al respecto—. Mikasa… En todo el tiempo que estuvimos juntos, ¿Por qué no me contaste nada de esto?

—No lo sé— se encogió de hombros—. Supongo que no quería que pensaras que era una psicópata o algo. Supongo que tenía miedo de que luego me rechazaras.

Su expresión lo confundió; se veía preocupada, desconcertada, incluso un poco perdida.

—¿Mikasa…?

La aludida parpadeó ante el suave sonido de su voz y sacudió la cabeza levemente.

—Nunca antes había sido tan abierta con nadie… sobre nada— murmuró. Estaba sorprendida de sí misma y de lo aliviada que se sentía al compartir sus cargas con otra alma. Una vez que comenzó, no pudo parar. Ahora Jean lo sabía todo… y extrañamente, no se arrepentía de habérselo dicho.

Jean se cubrió la cara con las manos. Notó los dedos fríos y sudados sobre sus párpados, tenía lágrimas en los ojos. Cuanto más fuerte apretaba con los dedos, más rápido se escapaban las lágrimas, húmedas, hacia su piel.

—¿Jean…?— ahora fue el turno de ella para llamarlo, confundida. De forma intempestiva, le rozó las mejillas, dibujando caricias trémulas con sus fríos dedos—. No llores por mi— dijo, atrapando la humedad que emanaba de sus ojos llorosos.

El Teniente se enderezó abruptamente, frunciendo el ceño:

—¡Alguien debería!— suspiró—. Tú no puedes, y Eren no puede, y los muertos no pueden. Así que yo lo hare. Alguien debería enfurecerse, gritar y llorar por ti.

Los rastros de sus lágrimas humedecieron sus manos, ella había sido sincera al decir que no podía llorar. Las reacciones físicas del dolor y la pena se habían perdido para Mikasa hace mucho tiempo, pero la incómoda opresión en su pecho y la garganta dejaba claro que el tiempo y la represión no le arrebataron su capacidad para sentirlos. Hablando de eso, revivir esos momentos en su mente, las lágrimas de tristeza y compasión de Jean por su bien… habían desenterrado lo que ocultó por mucho tiempo, exponiendo las heridas crudas y sin sanar que escondió cuidadosamente incluso de si misma.

—¿Ahora lo entiendes?— susurró ella con la voz entrecortada—. Las raíces son mucho más profundas. Lo último que deseo es convertirte en mi compañero de viaje y que arrastres una pesada carga— Mikasa apartó las manos de su rostro y exhaló un suspiro lento y deliberado, tratando de controlar el confuso y atormentador torrente que corría en su interior. Dejó caer la cabeza hacia delante, apoyó la frente en su pecho y cerró los ojos—. Por esa razón debes seguir con tu vida. No tienes que corresponder mis sentimientos solo porque te sientas obligado a hacerlo. Me rehusó a interferir en tu vida.

Jean envolvió suavemente sus brazos alrededor de ella, profundamente conmovido por la confianza y por lo que parecía una acción de aceptación y liberación. Lamentó haberle causado dolor al mencionarlo, obligándola a enfrentar los demonios de su pasado… pero, aunque el pasado no podía cambiarse, traer esos sentimientos a la luz abierta del presente, allí, juntos, le permitía seguir adelante.

—Es no es lo que yo deseó— masculló.

—A mi lado estarás desperdiciando tu vida.

—No estoy desperdiciando nada, Ackerman— su voz era pastosa—. Por Ymir, ven aquí.

Mikasa se aferró a él al mismo tiempo que Jean la besaba en la frente.

—Tienes demasiados miedos. Cualquier cosa que hayas hecho, nunca será motivo para arrepentirme de estar a tu lado— cerró fuertemente los ojos con culpabilidad. Sus caras estaban calientes y sudadas. Su boca tan cerca que notó la humedad de su aliento en los labios—. Yo… yo te amo, de verdad te amo y quiero estar contigo.

No le dio más tiempo para seguir martirizándose con inquisiciones de ese tipo; la besó en los labios. Fue un roce leve; pero lo suficientemente duradero como para turbarla. Lo bastante real para marcarle el alma.

Ese contacto con su boca creó un estallido dentro del pecho de Mikasa, obligándola a cerrar los ojos y contener el aliento. Ese bizantino gesto era una forma de reivindicarla. Era la manera de entregarse sin reservas.

—¿Estás seguro?— susurró contra sus labios.

Cuando se separaron, Jean la miró a los ojos y le dijo:

—Nunca estuve tan seguro de algo en mi vida.

Ella dejó escapar una risa, con la cara ruborizada. Jean decidió redimirla, y ella se había redimido.


Regresaron a casa con las manos entrelazadas, uno al lado del otro, a paso lento.

Era tan insólito comportarse de ese modo en público, Jean debía estar haciéndolo a propósito, para complacerla.

A Mikasa le resultaba extraño sentirse tan completamente bajo el control de otra persona, y al mismo tiempo concluyó que era normal. Nadie podía ser absolutamente independiente de los demás, así que por qué no desistir en el intento, por qué no correr en dirección opuesta, apoyarse en la gente para todo y dejar que ellos se apoyaran en ella, por qué no. Sabía que Jean la quería, ya no tenía dudas al respecto.

Sin embargo, también se sentía un tanto abrumada. Era una completa ignorante en las cuestiones del amor y el romanticismo. Había leído lo suficiente como para no hacerse una idea vaga y sustancialmente correcta del significado de estar con otra persona, pero aún no comprendía la naturaleza precisa del acto de unión.

Aquella situación resultaba completamente desconocida para ella, ajena a su propia realidad. En su corta vida, Mikasa Ackerman nunca imaginó que los hombres la considerarían igual de hermosa que Historia o carismática que Sasha. Solamente evocaba dos tipos de sentimientos: era admirada u odiada, respetada o temida. Shadis solía referirse a ella como una Diosa de la Guerra y ella lo detestaba.

El hecho de que Jean estuviera dispuesto a compartir su tiempo con ella y la vislumbrara tal como era, la conmovió tanto que no pudo evitar que él se diera cuenta.

—¿Sucede algo malo?— preguntó él, con la cara ceñuda e inexpresiva.

Durante años, Mikasa había contemplado el mundo a través de los oscuros y distantes ojos de Eren, pero hoy se hallaba cautivada por el intenso brillo de esos enigmáticos ojos dorados que la observaban como si ella fuera la única mujer que existiera en el mundo.

—No— susurró—. Es solo que, todo esto es nuevo para mi— admitió, apenada.

Jean se llevó una mano a los labios y le besó los fríos dedos.

—Bueno, podemos ir despacio o rápido, como tú lo desees, Ackerman— sonrió.

Mikasa batió sus largas pestañas oscuras, que contrastaban con la palidez su rostro. Abrió los ojos.

Kirstein alzó la vista y la miró, a los ojos, con total atención. Mikasa sabía que iba a besarla, y así fue. Tenía los labios suaves, marcando un contraste con la aspereza de su barbilla a causa de la barba recién afeitada.

De repente, el beso había terminado y él ya se estaba apartando.

Mikasa asintió, tragó saliva, volvió a clavar los ojos en sus manos entrelazadas. Tenía una actitud tan avergonzada, que Jean se echó a reír. Ella, entonces, pasó a parecer confundida.

—¿De qué te ríes?

—Actúas como si nunca le hubieses dado un beso a nadie— masculló. Aunque ambos sabían que aquello era mentira. La noche del primer beso, Mikasa dio el primer paso.

—Bueno— suspiró ella. Se tapó la cara con la mano. Jean rió de nuevo, no se pudo contener, y Mikasa terminó riendo también. Tenía las orejas coloradas y negaba con la cabeza.

Realizaron el resto del camino en silencio. De vez en cuando, Mikasa lo tomaba de la mano o entrelazaba su brazo con el de él.

En los últimos meses, la pelinegra había dedicado gran parte de su tiempo a examinar a Jean con detenimiento; la camisa blanca y la incipiente barba lo habían transformado en un hombre, un hombre tan imponente y robusto que la hacía sentir como una niña pequeña a su lado, a pesar del esplendor que le confería su estatura. Meses de tensión, gestos y miradas intimas los unían; sin embargo, entre ellos se interponía la barrera física de la carne, demasiado consciente, demasiado sensible.

Empezaba a anochecer, los alrededores estaban en penumbra. Veinte minutos después, la casa apareció ante ellos de repente, como si saliera del suelo.

—¿Jean…?— vociferó Mikasa.

El aludido solo atinó a detenerse en seco.

—¿Ocurre algo?— preguntó al mismo tiempo que le rodeaba los hombros con un brazo y la atraía hacia él.

—Respecto a la charla que tuvimos y el beso…— nerviosa, mordió su labio inferior a la par que jugaba con las puntas de algunos mechones sueltos—. Eso ¿en qué nos convierte?— quiso saber.

El teniente parpadeó.

Pasó una mano por su cabello y dejo escapar un suspiro.

—No creo que podamos ser amigos después de todo lo que hemos pasado juntos ¿o sí?— balbuceó con parsimonia.

—¿No?— respondió con cierta decepción.

—Tampoco somos colegas, ya no trabajamos en el mismo lugar— dijo Jean, deteniéndose mientras trataba de buscar las palabras correctas—. Solo me lleva a pensar que somos pareja.

Mikasa sintió el brazo de Jean en la cintura. Le parecía irreal, como si formara parte de un sueño donde nada tenia sentido.

—Nunca me lo pediste— señaló enarcando una ceja.

—¿No? pensé que si lo había hecho— replicó en tonó juguetón.

Mikasa puso los ojos en blanco. Jean echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa breve.

—Creo que no fui lo suficientemente claro. Pero no te preocupes, corregiré ese error.

Jean volvió a acercarla a su cuerpo. Agachó la cabeza y la besó en los labios. Ella sintió la piel caliente y algo áspera contra la suya.

Mikasa respiró hondo, dividida entre la algarabía, la incredulidad y las ganas de llorar. Sin embargo, el roce de los labios de Jean hizo que cerrara los ojos y convirtiese la fantasía de tantos meses pasado en realidad. Ese era Jean, el único hombre que la había tocado de ese modo, el único que había conseguido que Mikasa Ackerman deseara ser tocada de ese modo. El pasado comenzaba a convertirse en una ensoñación: peligrosa, oculta en un rincón profundo y secreto de su mente, como si lo hubiera imaginado.

Ahora, sin embargo, era muy real. Muy masculino, con ese olor a humo de leña y tabaco dulce. Y más aún… el aroma particular y característico del propio Jean, diferente al de cualquier otro hombre, que había permanecido intacto en su recuerdo aunque ella no lo supiera hasta que lo reconoció de nuevo.

Jean profundizó el beso y Mikasa experimentó de nuevo esa sensación que tan solo él provocaba en ella: como si se deslizara hacia la inconsciencia en una dulce y a la vez dolorosa caída mientras él la sujetaba de ese modo. Jean emitió un grave ronquido, un eco de intenso placer. Resultaba tan inverosímil, tan difícil de creer que él sintiera lo mismo que ella. Aún así, la besó con intensidad, estrechándola contra su cuerpo. Mikasa sintió la suavidad de la tela de su camisa, una extraña realidad de algodón almidonado en la penumbra de lo que parecía una ensoñación.

Él apoyó los hombros en el muro más cercano y atrajo a Mikasa hacia si mientras le besaba el cuello, las sienes, el cabello. A través del cárdigan y del ligero tejido de su falda, Mikasa sintió cómo su cuerpo entraba en contacto con el de él. Presa del desenfreno, se dio cuenta de que había traspasado los límites del decoro y la vergüenza. Todas sus fantasías prohibidas se concentraban en Jean, en ese amor y deseo que se hallaba, esperando al otro lado de cerca de su vida cotidiana. Mikasa levantó los brazos y le tomó la cara entre las manos. No habían sido más que ensoñaciones; nunca esperó o pensó que pudieran hacerse realidad. Pero en ese momento era real: estaba allí, a oscuras, con un hombre dispuesto a amarla a pesar de sus defectos.

—Tu, Ackerman, serás mi condena de muerte— dijo Jean junto a la comisura de sus labios—.Debí hacer algo muy bueno en mi vida pasada para merecer esto.

Él le rozó la oreja con los dientes y Mikasa soltó un breve gemido. Lo agarró con fuerza por la solapa de la camisa y lo acercó más a su cuerpo.

La boca de Jean se cernía sobre la suya.

—Llegare hasta donde tú lo permitas, tanto en lo emocional, sentimental…— susurró él, arrastrando las palabras—; y en la intimidad.

—¿Hasta donde yo quiera?— Mikasa deslizó las manos por su cuerpo y se agarró con más fuerza a la tela de su camisa.

—Cualquier cosa que tu quieras, Mikasa— repuso Jean.

Ella se obligó a apartarse un poco, intentando mantener la calma.

—¿De verdad tenemos que entrar?

Jean suspiró y le pasó los dedos por el cabello.

—Ojalá no. Pero debemos hablar con Armin, no pueden continuar así.

—Sí— convino Mikasa, mordiéndose el labio—. No sé por dónde comenzar.

—Diciéndole lo que sientes— sugirió.

—Es más fácil decirlo que hacerlo.

Jean bajó las manos hasta su cintura, recorriendo la forma de su cuerpo.

—Estaré contigo todo el tiempo ¿sí?

Mikasa accedió con un ligero movimiento de cabeza. Tenía la sensación de que todo su cuerpo resplandecía cuando él la tocaba.

De repente, Jean tiró de ella con fuerza y posó los labios sobre los de Mikasa en una brusca invasión. Durante un instante, la joven notó una vez más su delicioso sabor a humo y a sándalo. Se sentía de nuevo morir, con esa inmersión infinita en su beso y la cercanía de sus cuerpos, tan familiar y tan desconocida a la vez.

Jean se apartó de manera tan repentina como la había besado.

—Suficiente— murmuró—. Regresemos antes de que Armin salga a buscarnos.

Subieron por el camino que parecía no tener fin. Al llegar al porche, Jean se detuvo delante y le tomó la mano un momento.

—¿Lista?

—Lista.

Ingresaron al vestíbulo cautelosamente.

Mikasa fue la primera en dirigirse a la sala. Armin se encontraba sentado en el sofá, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y un libro abierto en su regazo.

Un suave carraspeó de Jean bastó para abstraerlo del mundo de los sueños y regresarlo a la realidad.

—Están aquí— dijo, sobresaltado. Restregó una mano contra su rostro para disipar las migajas de cansancio.

—Disculpa la tardanza— espetó Jean.

Armin intercaló la mirada entre los recién llegados: primero Jean y después Mikasa. Frunció el ceño al percibir el nerviosismo de su mejor amiga.

—¿Sucede algo entre ustedes dos?— preguntó.

Mikasa deseó salir huyendo. Como si fuese capaz de leer sus pensamientos, Jean ofuscó cualquier intentó de fuga al colocar una mano en su espalda baja. Buscaba infundirle el valor que tanto necesitaba.

—Creo que todos debemos hablar— sugirió Jean en tono conciliador.

Sin escapatoria y, resignada, tomó asiento en una de las sillas frente a él, clavando la mirada en sus manos entrelazadas encima de su regazo.

Armin se incorporó en el sofá. Se quitó el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca y lo puso cuidadosamente sobre la mesa delante de sí. Apartó a un lado el libro.

—De acuerdo— dijo, sabedor de que era un asunto grave el que estaban a punto de abordar.

Mikasa carraspeó.

—Respecto a lo que hablamos esta mañana— comenzó a decir. Tragó saliva y notó la garganta tan tensa que le dolía—.Mi postura sigue siendo la misma— concluyó, está vez procurando sonar más firme, sin titubeos.

—Entiendo.

Sufría una de esas pesadillas de verse desnuda mientras se veía obligada a caminar por una concurrida calle, mientras todo el mundo contemplaba su vergonzosa y sorprendente desnudez. Ya no había vuelta atrás. Tenía que pasar el trago. Se lo había dicho, muy deprisa, sin fijar del todo la mirada en Armin, pero haciendo como que lo miraba directamente.

Había hablado en voz baja y neutra, como si estuviera contado al médico un síntoma repelente.

—Estos tres años, me empeñé en afrontar las dificultades por mi cuenta. Lo último que quería era hacerlos participes de mi dolor. Pero, una vez que regresaron, me di cuenta de lo sola que me sentía y de lo mal que estaba.— Descruzo y cruzó las piernas, alisándose la tela de la falda—. Y después estaba Jean… él me hizo ver que no todo estaba perdido y que, a pesar de mi pasado, tengo derecho a empezar desde cero y disfrutar del presente— subrayó sus últimas palabras con una media sonrisa.

—Así que eso es lo que pretendo hacer de ahora en adelante— concluyó.

Los tres guardaron silencio durante unos cuantos minutos.

—Jean, ¿podrías darnos un momento a solas, por favor?— solicitó ella.

La petición lo tomó por sorpresa, pero lejos de protestar, Jean le dedicó una pequeña sonrisa, se incorporó y salió de la habitación.

Ambos se contemplaron en silencio, hasta que Armin decidió hablar:

—Jean me contó que ambos discutieron.

—Sí, lo hicimos— Mikasa luchó por mantener la frustración y el desconcierto alejados de su grácil rostro. Se mordió el labio inferior, nerviosa—. Pero no es lo que tú crees— balbuceó.

Armin arqueó una ceja, confundido.

—¿Qué es lo que yo creo, Mikasa?

—Qué él me hizo daño— suspiró con voz rígida.

—Fue Jean quien lo admitió.

Mikasa sacudió la cabeza para desechar los argumentos, a su juicio, irracionales de Armin.

—No, jamás lo hizo— se hizo otro silencio—. Cuando Eren murió, creí que no había manera que yo fuese feliz. No lo merecía. No después de todo lo que había hecho— se removió en su asiento incómoda, buscando las palabras adecuadas para explicarse—. Para compensar mi culpa estaba la soledad. Eso me ayudaría a borrar la vergüenza. Aquello era una forma de castigarme, me permitía drenar lo toxico y mancillado que había en mí, impedía que me tomara de manera irracional, contenía las ganas de gritar, era como si mi cuerpo, mi vida, todo le pertenecía a él. Pero Jean… Jean…

Armin esbozó una mueca, esta vez menos descifrable, ya fuera por la pobre iluminación o por la ambivalencia del sentimiento que pretendía expresar.

—¿Cuál es tu objeción?— preguntó ella, genuinamente interesada en su respuesta.

—De mi parte, ninguna— contestó Armin.

Mikasa frunció el entrecejo.

—Mientes— señaló de inmediato. Tantos años de amistad le habían conferido la habilidad de detectar cuando Armin fingía—. Tu única objeción es que crees que Jean me es indiferente.

Armin acarició los músculos de su cuello, cansado.

—¿Te gusta?— preguntó.

Mikasa negó con la cabeza.

—Creo que es algo más elaborado, Armin— una sonrisa trémula se asomó en las comisuras de sus labios—. Lo quiero— admitió.

Era extraño decir aquello en voz alta. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Ese momento le parecía estar dotado de una intensidad insoportable. Jamás creyó que fuese digna de ser amada. Pero de pronto tenía una vida nueva, y ese era el primer momento de ella.

—Fui injusta con él. Estaba equivocada, totalmente equivocada con respecto a Jean— murmuró: una lagrima solitaria rodó por su mejilla.

Armin la miró con una sonrisa afable y jovial, incluso, lucía igual o más conmovido que ella.

—Realmente lo amas.

Mikasa asintió.

A Armin se le humedecieron los ojos, tuvo que frotárselos para impedir que cayeran las lágrimas.

—Nunca creí que alguien más pudiera merecerte, ni siquiera Eren— retomó Armin, tratando a duras penas de controlar el llanto mientras se limpiaba el rostro torpemente—. Parece que estaba equivocado.

Mikasa se colocó de cuclillas frente a él. A la mejilla de Armin llegó la suave mano de su compañera, haciendo que levantara el rostro.

—Quiero que seas parte de mi felicidad, Armin. Tu eres mi familia y nada ni nadie puede cambiar eso— le susurró en un tono que sonó casi angelical.

—Gracias por ser sincera conmigo, Mikasa.

Y sin más, los malentendidos entre los dos se disiparon al darse un abrazo.

Mikasa sabía que a partir de ese día, el dolor de la soledad no seria para nada comparado con el dolo que sentía antes, el de creer que no merecía nada.

—Iré a buscar a Jean— dijo ella al mismo tiempo que se ponía de pie—. Querrá escuchar esto.

Continuará


N/A: ¡Y con eso llegamos al final del capítulo!

¡Hola, hola, gente bonita! Espero se encuentren muy bien. Una vez más estoy de regreso con ustedes y qué mejor que con una actualización.

Esta vez me tomé la libertad de ahondar en el pasado de Mikasa y añadir un aspecto en particular que habla sobre el abuso sexual. Fue complicado plasmarlo, en realidad, toda la conversación entre Jean y Mikasa fue compleja, pero estoy contenta con el resultado.

Como siempre, gracias infinitas por su apoyo: por tomar parte de su tiempo para leer esta historia, por añadirla a sus favoritos y darle follow, por dejarme un bonito review. Se que se los he dicho en incontables ocasiones, pero su opinión es importante para mí, la apreció muchísimo 3

Sin nada más que agregar, esto es todo de mi parte por hoy. Espero que el capítulo les haya gustado tanto como a mí. Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.

¡Cuídense mucho! ¡Nos leemos pronto!

¡Hasta la próxima!