Disclaimer: Los personajes son de Stephenie Meyer, la historia es de Kat097, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora.
Disclaimer: Twilight belongs to Stephenie Meyer, this story is from Kat097, I'm just translating with the permission of the author.
Capítulo beteado por Yanina Barboza
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Capítulo 29
Vi a James solo una vez después de que apareció fuera de mi apartamento. Edward y yo asistimos a su sentencia. Ninguno de nosotros estaba seguro de si queríamos ir, pero cuando llegó el momento, este podría ser el cierre que necesitábamos de toda ese debacle de James.
Victoria estaba sentada cerca del fondo de la sala, mirando fijamente a su exmarido. Jasper y Alice vinieron con nosotros y nos sentamos en la pequeña habitación cuando entró James, con las muñecas esposadas. Se detuvo al vernos y sus ojos encontraron los míos. Parecía un poco confundido y casi sonrió antes de darse cuenta de dónde estaba. Una mirada de incertidumbre se apoderó de él mientras sus ojos iban de Edward y de regreso a mí. Giré mi cabeza, descansando mi frente contra el hombro de Edward. La sensación de los ojos de James sobre mí me hizo sentir como si necesitara pararme bajo la ducha.
Los dedos de Edward se apretaron alrededor de los míos. El juez entró y todos se pusieron de pie, Edward se apoyó ligeramente en mí. Su pierna todavía estaba débil y estar sentado demasiado tiempo le dolía. Puse mi brazo alrededor de su cintura.
El abogado de James solicitó que el juez considerara la sentencia mínima ya que James no tenía antecedentes penales y se había declarado culpable. No me moví, concentrándome en la mano de Edward contra la mía. Él estaba aquí. Estaba vivo.
Observé la nuca de James, luchando contra el impulso de gritarle, de vociferar, de exigir qué derecho tenía él para tratar de quitarme a Edward, para tratar de romper una impronta que no tenía derecho a romper.
El juez se aclaró la garganta. Era un hombre con aspecto escabroso, un gran bigote tupido que ocupaba la mayor parte de su rostro. Fijó su mirada en James.
—Usted ha admitido su culpabilidad por este acto. Tengo poco que considerar en este caso. Atropelló a un hombre sin provocación. Se engañó a sí mismo pensando que tenía algún tipo de relación con la señorita Swan y tomó el rechazo de una manera que casi causa la pérdida de una vida humana. Intentó matar a la impronta de la señorita Swan.
Aunque no era un punto de vista legal técnico, a los ojos de la sociedad intentar romper la impronta de otra persona estaba más allá del desprecio. Este caso, para cualquier persona en la calle, sería sencillo. Moralmente, James cometió uno de los mayores crímenes posibles.
El juez no parpadeó y cerré los ojos mientras sentenciaba a James.
Veinte años sin libertad condicional concedida.
Abrí los ojos para ver a James mirándome mientras todos se ponían de pie. Su boca estaba ligeramente abierta como si quisiera hablar, pero me di la vuelta. No quería escucharlo, no quería volver a verlo nunca más. Enterré mi cara en la camisa de Edward hasta que el clamor se desvaneció.
—Solo somos nosotros ahora —aseveró en voz baja—, nadie más se interpondrá en el camino. Solo somos nosotros.
No volví a ver a Victoria. Angela me visitó una noche y me dijo que Victoria se mudó a Nueva York después de recibir una oferta de una editorial allí.
Me sentí un poco aliviada. ¿Quién quería encontrarse con su ex jefa, cuyo esposo ayudé a encarcelar? Ese sería un encuentro incómodo en Starbucks.
Después del juicio, empezaron a pasar cosas.
Mi vida cambió tan rápidamente en los meses siguientes que apenas lo noté.
Era editora de tiempo completo. Tenía más amigos de los que había tenido en mi vida.
Charlie y Sue se mudaron juntos. Le di permiso a Seth para redecorar mi habitación en Forks.
Angela y Ben se fugaron a Las Vegas. Nunca lo vi venir.
De repente, Emmett y Rosalie se deshicieron de su apartamento y compraron una casa. No necesitaba preguntarme por qué. Cada vez que iba a su casa, notaba que rechazaba el vino en favor de la soda y que su apetito por el sushi había disminuido.
—¿Qué tan avanzada estás? —le pregunté cuando fuimos a almorzar una tarde. No pareció sorprendida de que lo hubiera resuelto.
—Diez semanas. ¿Estoy empezando a verme gorda? Emmett sigue diciéndome que no, pero estos vaqueros solían quedarme sueltos. —Estiró la cintura con disgusto.
—No, te ves bien.
—Podría ser la comida extra. Realmente espero que sean gemelos, porque definitivamente estoy comiendo por más de dos —se quejó.
Un sábado por la tarde, estaba acostada sobre la alfombra en la sala de nuestro departamento. Estaba de espaldas, mirando un manuscrito y preguntándome si me molestaría en ir y hacer otra taza de café cuando Edward se dejó caer en la alfombra a mi lado.
—¿Está bueno?
—Está bien —dije mientras se acurrucaba contra mí. Sí, a Edward le gustaba acurrucarse. Eso no me sorprendió.
—Oye, Bella.
—¿Sí?
—¿Cómo llamas a una oveja sin piernas?
—No sé.
—Una nube.
No pude evitar sonreír ante su horrible chiste, dejando caer mi mano sobre mis ojos. Edward la apartó con una sonrisa, besando mis labios.
—¿Crees que todavía podría triunfar como comediante?
—No renuncies a tu trabajo diario —mascullé secamente y me reí mientras quitaba el manuscrito de mis manos, rodando para quedar encima de mí. Deslicé mis brazos alrededor de él, besando su cuello. Él sonrió y me besó con fuerza, enviando una emoción a través de mí cuando nuestros cuerpos se conectaron a través de capas de ropa.
—¿Hay alguna razón por la que me estás distrayendo de mi trabajo?
—Eres bonita.
—No es la mejor razón que has dado.
—Sigue siendo cierto —murmuró contra mi boca—. También podría ser que hoy hace un año ayudé a una chica a recoger sus cosas en una plataforma de la estación de tren.
—¿En serio? ¿Al menos dijo gracias? —Empecé a desabotonar su camisa.
—No. Simplemente se escapó.
—Qué perra.
—No, ella solo subestimó el poder de mis habilidades para la comedia.
Me eché a reír y Edward se sentó, jalándome con él y quitando mi camisa por encima de mi cabeza.
—Te amo, Bella —dijo—, incluso sin un sentido del humor tan increíble como el mío.
—Y te amo, incluso con tus chistes horribles.
—Te amo porque me elegiste —murmuró contra mi cuello mientras nos despojábamos de lo último de nuestra ropa. Cerré los ojos cuando entró en mí.
—Te amo porque no te rendiste conmigo.
Estaba sentada en un restaurante un domingo por la mañana, esperando a Edward cuando lo vi suceder. Iba una mujer caminando por la calle. Acababa de salir de una librería y la vi leyendo la contraportada del libro que acababa de comprar.
Iba un hombre con traje caminando por la calle. Tenía un periódico en una mano y una correa de perro en la otra, un cocker spaniel saltando al final de ella.
El perro corrió hacia las piernas de la mujer y ella levantó la vista sorprendida. El hombre abrió la boca para disculparse y sucedió.
Fue casi como si una chispa se encendiera entre ellos. Estaban de pie en medio de la calle, mirándose el uno al otro. El perro saltó alrededor de sus pies y el hombre tragó, parpadeando a la mujer antes de sonreír nerviosamente. Ella le devolvió la sonrisa y él le tendió la mano, diciéndole su nombre. Ella respondió y él hizo un gesto hacia el parque al que se dirigía. Ella asintió y se alejaron, con las manos todavía unidas. Mientras caminaban, sus ojos se buscaban.
Así era como se suponía que debía funcionar la impronta.
—¿Qué estás mirando? —Edward se deslizó en la silla de enfrente y sonreí.
—No mucho. —Él sonrió, entrelazando nuestros dedos mientras miraba el menú y lo contemplé—. ¿Desearías que yo hubiera cedido a la imprimación de inmediato?
Edward levantó la vista con sorpresa. Lo observé de vuelta. Su cabello había vuelto a crecer, desordenado e inmanejable, tal como me gustaba. Tenía una pequeña cicatriz en su sien y más en sus costillas que no podía ver en ese momento.
—No lo sé. Hubiera sido más fácil. Me habría gustado no estar vomitando tres días justo al principio —reflexionó y me mordí el labio—, pero todo salió bien. Es posible que no fuéramos las personas que somos si no hubiéramos trabajado duro para que la imprimación funcionara. Nuestra relación podría ser completamente diferente.
Volví a mirar por la ventana con una sonrisa.
Lo que Edward y yo teníamos no se sentía forzado o falso. No me sentí presionada para estar con él. ¿Cómo podría estar segura de que nadie más sentía un escalofrío en el pecho cuando estaba con la persona que amaba? ¿O sentía dolor cuando esa persona se iba? ¿Quién sabía con certeza cuánto sabía la impronta y cuánto sabíamos nosotros y no nos dábamos cuenta en ese momento?
Rosalie y Emmett vinieron a cenar unas semanas después. El vientre de Rosalie estaba hermosamente redondo y me agarró la mano antes de quitarse el abrigo.
—¡Siente eso!
Me quedé quieta y luego salté cuando algo golpeó contra mi mano. Mi palma me hizo cosquillas, recordando la sensación. Fue extraño y casi me estremecí.
—Eso es raro.
—Deberías sentirlo desde adentro. —Rosalie sonrió y Emmett se rio, frotándole el estómago.
—Mi pequeño va a ser futbolista.
—¿Ya saben si será niño? —preguntó Edward, entregándole una cerveza a Emmett.
—No, pero estoy bastante seguro. Y si no es así, seguiremos teniendo más hasta que venga uno —dijo Emmett alegremente, ignorando el gruñido de Rosalie.
Mientras Emmett y Edward preparaban la cena, Rosalie y yo nos sentamos a la mesa.
—No puedo creer que vayas a ser mamá —musité y Rosalie sonrió, su mano descansando sobre su estómago. Me pregunté si era consciente de la frecuencia con la que acariciaba su vientre, casi acunando al bebé que aún no podía tocar.
—Lo sé, ¿verdad? Me hubiera gustado casarme primero, pero tenemos la casa. Tal vez nos casemos en un año más o menos, no lo sé. No parece que importe en este momento.
Realmente no importaba. Nunca vi a Rosalie tan feliz mientras me sonreía.
—Te ves feliz —observó y yo me reí.
—Estaba pensando lo mismo de ti.
—Míranos, ¿eh? Sentando cabeza. ¿Edward y tú han hablado sobre el matrimonio, hijos, ese tipo de cosas? —preguntó mientras le servía agua y yo hacía una mueca.
—Realmente no. No sé... Supongo que no veo el matrimonio como una necesidad ni nada. Quiero decir, estamos imprimados, ese es probablemente el mayor compromiso que vamos a tener. Y realmente no sé sobre los hijos.
Nunca consideré tener hijos, sobre todo porque no quería transmitir el gen de la impronta. Cualquier hijo mío y de Edward definitivamente lo tendría, y sentenciar a otro ser humano a una vida esperando la imprimación parecía pesar mucho en mi conciencia.
Esa noche, cuando estábamos en la cama, me di la vuelta sobre la almohada y apoyé la mejilla en los brazos cruzados. Edward estaba leyendo un libro, pero me miró cuando sintió mis ojos sobre él. Sonrió y le devolví la expresión antes de que su atención volviera a su libro.
—¿Edward?
—¿Mmm?
—¿Quieres casarte y tener hijos?
—Para ser honesto, todo lo que tenía planeado para la noche era terminar este libro. ¿Qué te parece mañana?
—No eres gracioso. —Empujé su pie con el mío.
—Eso es mentira y lo sabes.
Dejó su libro y se puso de lado para mirarme, su expresión curiosa.
—¿Qué te tiene pensando en esto, Bella? ¿Es porque Rosalie está embarazada?
—No sé. Rosalie dijo algo y… bueno, en realidad nunca hemos hablado de eso —observé y Edward inclinó la cabeza en consideración.
—Me imaginaba que nos casaríamos. Quiero decir, no tengo una propuesta planeada o un anillo de compromiso escondido en mi cajón de ropa interior, pero... quiero pasar el resto de mi vida contigo —reconoció y yo sonreí.
—Siento lo mismo. Quiero decir... el matrimonio no es un factor decisivo para mí, no estoy muy preocupada por eso. Pero si quieres, definitivamente es algo que podemos hacer.
—¿Y con los hijos?
Me quedé en silencio. ¿Quería tener hijos? ¿Quería hincharme de vida, como Rosalie? ¿Llevar un bebé y ver los ojos verdes de Edward mirándome desde un rostro diminuto?
Una parte de mí lo hacía.
La mano de Edward en mi mejilla me sacó de mis pensamientos y lo observé.
—No quiero transmitir el gen de la impronta. Sé que funcionó para nosotros y lo hace para mucha gente, pero…
—Está bien. —Me besó y puse mi brazo alrededor de él, acercándome más—. Está bien, Bella. Lo entiendo.
Tal vez él se sentía de la misma manera.
—Me encantaría ver a nuestros hijos. Tendríamos niños increíbles. Serían inteligentes y hermosos. Ojalá heredaran mi sentido del humor. —Edward sonrió al ver mis ojos en blanco—. Pero entiendo tu punto de vista. No me avergüenzo de ser imprimador, pero sé a lo que te refieres... no es una elección, en realidad no. Elegimos enamorarnos, pero la impronta nos unió de todos modos.
—Podría cambiar de opinión —le advertí y Edward asintió.
—Entonces nos reservamos el derecho de cambiar de opinión. No es un problema. Pero hay otras maneras. Otros niños que necesitan hogares y familias.
Sabía que había una razón por la que lo amaba.
