Esto va dedicado a todas esas personitas que me leyeron y sufrieron por estos dos durante el tiempo que duró el fic. ¡Gracias mil! Un poco de amor para terminar =)
Lazos oscuros
epílogo.
Naruto despertó cuando escuchó el timbre del porterillo resonar. Bostezando, se quedó sentado un momento en la calma para recuperar el sentido del mundo y salir del mundo del sueño.
—¿Han llamado?
Asintió con otro bostezo más y decidió que era mejor dejar caer los pies al suelo para espabilarse. Pero se olvidó de que, desde que Hinata vivía con él, la calefacción siempre estaba encendida y el suelo irradiaba calor.
Miró por encima de su hombro hacia la mujer en cuestión. Se le había contagiado los bostezos, tallándose un ojo y apoyada en el codo de espaldas a él, con el corto cabello cayendo hacia su hombro, intentaba espabilarse igual que él.
—Será mi madre —dijo finalmente.
Naruto gruñó al recordar. Ahora entendía por qué se le habían pegado algo las sábanas. Boruto estuvo tan hiperactivo durante la noche que los mantuvo a ambos despiertos más horas de las necesarias.
—Se habrá quedado dormido —supuso levantándose.
La sábana resbaló por sus caderas hasta caer al costado de la cama. Caminó hasta su sillón y atrapó el pantalón de pijama para colocárselo. ¿Desde cuando dormía de esa forma? Bueno, desde que ella aceptó ocupar su cama.
Hinata se levantó tras él y aferró su camisón arrugado para pasarlo por encima de su cuerpo desnudo y caminó hacia él aún con los ojos algo pegados. Se inclinó para besarla.
—Buenos días —saludó.
—Humenos —dijo ella como respuesta.
—¿Qué diablos es eso? —cuestionó sonriendo.
Ella movió una mano para restarle importancia a la par que se volvía hacia la puerta. Naruto, con cierta diversión, se percató de que se había dejado parte del camisón levantado gracias a las braguitas.
—Bonito trasero.
Ella dio un respingo, parpadeando y tanteándose las nalgas y caderas hasta comprender. Inflando los mofletes, le miró acusador.
—Ey, que no he hecho nada. Sólo admirar las vistas.
Se puso la camiseta rápidamente y volvió en nada hasta su altura, besándole la frente.
—Despierta a Boruto. Iré a abrir a tu madre.
—Ya sabes que no quiero que suba —le advirtió—. No. No me mires así —protestó—. No es no.
Naruto suspiró y cedió.
Hinata debía de tomar su tiempo para perdonar. Aunque fueran años.
—Cada año que se acerca la fecha del cumpleaños de Boruto decide llevárselo al parque de atracciones. A veces pienso que lo hace aposta.
—No, de eso nada —descartó él—. Tu madre se toma muy en serio esto.
—Si tan en serio se lo toma: ¿por qué no se ha disculpado?
Naruto apretó los labios sin tener una respuesta clara. O, al menos, desvelar del todo palabras que deberían de salir de Hana y no de él.
—A veces me alegro de que mi madre no esté aquí.
—No digas eso —corrigió Hinata acariciándole la mejilla—. Mi madre tiene suerte de que tú sí seas tolerable con ella y no al revés como le gusta creer.
—Sólo intento ser un buen Yerno. El día de nuestra boda se presentó y te enfadaste.
—No envié una invitación. ¿Recuerdas? —dijo dándole la espalda.
—Yo sí.
—Y por eso sigues siendo un traidor —acusó.
Claro que, Naruto, sabía que no lo decía en serio. Al menos, no tan en serio. Hinata había sufrido mucho durante toda su vida como para perdonar de la noche a la mañana. Y aunque solía ser un trozo de cielo y fácil de engañar, había aprendido a levantar una pared entre su madre y ella y no aceptaba ninguna crítica a cuenta de sus decisiones.
No era mala, eso lo aseguraba él.
Porque parte de que esa rencilla no se solucionara después de cuatro años, era de Hana también.
Mientras que Hinata aprendió a amar a su hermano y valorar sus esfuerzos, con Hana necesitaba mucho más. A veces, Naruto sopesaba que una disculpa no sería suficiente. Aunque su esposa podría echarse a llorar con simplemente escuchar un lo siento de su parte y perdonarla, estaba seguro.
Se conformaba con que ella estuviera feliz con muchas otras cosas y, si esa espina no le afectaba, estaba bien con ello. Pero había aprendido a ver que Boruto necesitaba a su abuela en su vida tanto como a su madre. El niño sí que pudo perdonarla y sacaba provecho de tener una abuela consentidora. Porque no eran sólo salidas al parque de atracciones cuando se acercaba la fecha de cumpleaños de Boruto.
Hana se había esforzado por comprar a su nieto. No con cosas materiales, sino con tiempo.
Algo que, claramente, debió de hacer con Hinata en su momento.
Pero ya se sabe que los abuelos tienden a cambiar con los nietos más que con los hijos. Pues no tienen que ser padres ya.
Y Boruto era un varón.
—Buenos días —saludó Hana nada más verle—. Siento venir tan temprano, pero el itinerario que quiere hacer Boruto con sus amigos es más largo este año. Así que es mejor irnos más temprano.
—Gracias por esto —agradeció sinceramente.
Ella lo descartó con un gesto.
—Lo hago con gusto. Me gusta mi nieto.
Naruto no podía evitar sonreír ante eso. A veces, tenía que morderse la lengua y no tirarle en cara que años atrás ese mismo gusto que sentía ahora por Boruto estuvo a punto de perderlo.
—¿Qué tal está mi hija? —cuestionó Hana.
—Está sana —respondió—. Le gusta ser madre y vivir su independencia de la casa. Como todos los años.
—¿Sigue educándote con qué decir? —cuestionó cruzando las manos—. Eres un yerno inteligente, Naruto Uzumaki, no te dejes doblegar por el amor.
Naruto se miró las manos, sonriendo, volviendo a mirarla.
—Esta es la primera vez desde hace mucho tiempo en que no me importa perder lo que sea por ella. Menos mi hijo —recalcó—. Eso sigue sin cambiar.
Hana asintió con entendimiento.
—Gracias por cuidar de ella, hijo.
Naruto sintió que el pecho se le hinchaba de orgullo.
—Lo hago con gusto.
—¿El qué? ¿Comerte los tazones de ramen?
Se volvió hacia su hijo completamente avergonzado.
—¡Claro que no es eso! —protestó observándole de arriba abajo mientras corría para dar un beso a su abuela—. ¿Llevas todo? ¿móvil cargado?
—Todo. Ya mamá me ha echado una revisión completa —explicó con una sonrisa de oreja a oreja—. Haber cuándo hacéis otro bebé para que se relaje un poco.
Naruto enrojeció y con una palmada suave en la nuca, empujó a su hijo dentro del coche.
—¡Pórtate bien o le diré a Sarada dónde escondes ciertas cosas!
Esa vez, su hijo se puso colorado suplicando con que no hiciera eso. Hana suspiró, callando a ambos varones.
—De tal palo tal astilla —dijo esbozando una sonrisa cariñosa.
Naruto le devolvió el gesto y esperó a que el coche se marchara. Sintió una mano en su espalda buscar su mano y la apretó, rodeando con el otro brazo los hombros femeninos.
—Esta vez has bajado.
—Dame tiempo. ¿Vale? —suplicó ella, aunque sabía que él lo decía más como un logro que como un esfuerzo—. Lo haré. Un día podré mirarla a la cara sin tener ganas de mandarla al diablo.
—Lo sé que lo harás. —Le besó los cabellos, luego los labios—. ¿Qué te apetece hacer? ¿Salimos?
—No —negó—. Quiero terminar de arreglar el álbum de fotos y vas a ayudarme.
Puso los ojos en blanco.
—¿Sigues con ello? —cuestionó—. Creí que habrías terminado.
—¿Cómo voy a terminar si te lías a hacer millones de fotos a Boruto y luego me cuesta escoger cuáles poner o no?
—En las que salga más mono —atajó.
Ella se echó a reír.
—¿Tan fácil?
—La verdad: no —aceptó subiendo junto a ella al piso.
Dejó que Hinata empezara a sacarlas mientras él preparaba algo de desayuno para ambos. Cuando volvió al salón, su esposa tenía un montón de fotos extendidas por todas partes, pero mantenía una entre sus dedos. Notó que se esforzaba por no reírse.
—¿Qué miras?
—La del día que me pediste matrimonio.
—Oh.
Sintió un estremecimiento de vergüenza. Dejó la taza de café delante de ella y suspiró.
—No pensé que alguien tomara una foto del desastre.
—Ey, para mí no fue un desastre —protestó ella tomando su taza y fingiendo dar un sorbo.
—¡Si te estas escondiendo para no reírte!
—¡No es verdad! —exclamó. Él retiró la taza de su boca—. ¡Ah, no!
Finalmente, comenzó a reírse con ganas. Naruto ladeó la cabeza repetidas veces y se apoyó con el brazo en la mesita, mientras su cabeza la mantenía sobre la mano. De verdad que le gustaba verla reír. Aún a costa de su sufrimiento.
—Te juro que me esforcé en pedírtelo bien.
Ella se limpió las lágrimas y asintió.
—Dije que sí. ¿Verdad?
—Para mi suerte, sí —concedió. Ella le tomó el rostro con las manos—. Te amo.
Le besó, con fuerza, pasional dentro de su timidez.
—Te amo —repitió acariciando su espalda—. ¿No te arrepientes de casarte con este desastre?
—No —negó segura—. ¿Y tú?
—¿Cómo voy a arrepentirme de casarme con la mujer que ha descubierto el secreto del cajón oscuro?
De nuevo, la risa femenina inundó el salón.
—¡Sólo estaba roto! —exclamó.
Eso podía concedérselo. Desde que Hinata viviera a vivir con ellos, muchas cosas volvieron a cambiar. Especialmente, los muebles. Incluso Gaara, cuando vino de visita para anunciar su boda con Lee, concedió halagos a Hinata y le dio el pésame por tener que cargar con él.
De alguna forma, una extraña y profunda amistad nació entre Hinata y él y no era raro verlos quedar para tomar un café y ponerse al día. Aunque a veces, Naruto sentía que le pitaban los oídos.
Tomó la foto de pedida entre los dedos.
¿Quién era tan estúpido como para enviar una langosta con un anillo entre las pinzas? Él. La langosta aún estaba viva y tiró el anillo dentro de la pecera por la inercia. Los camareros intentaron sacar el anillo sin éxito y a cambio, le dieron una anilla de calamar.
Fue espantoso.
Y eso que Hinata le dejó claro que no quería anillas de latas ni mierdas de esas. Su mala suerte hizo que terminara comprando otro anillo y que en esa noche especial fuera una anilla de calamar.
Pero Hinata dijo que sí.
Y eso valía oro.
—Nuestra boda —dijo ella poniendo otra foto sobre la que miraba.
La aceptó y sonrió al verse como un pingüino y a Hinata como una princesa. Esa vez, su vestido fue escogido por ella. Todas las decisiones para que se sintiera más cómoda. Menos, debía de admitir, la de invitar a Hana a la boda.
—¿Quieres agrandarla y ponerlo en un cuadro grande?
—No. Eso siempre me ha parecido ridículo e innecesario —descartó—. La pondré pequeña como esta. ¡Ah, por cierto! ¡Bebé!
Naruto palideció.
—¿Bebé? ¿Hay un bebé? —cuestionó bajando la mirada hacia su vientre.
Hinata tardó en comprender, poniéndose colorada.
—¡No, no! Yo no —descartó sonriente—. ¡Mi hermana! Se me olvidó decírtelo anoche entre unas cosas y otras.
—Unas cosas y otras —recalcó elevando las cejas sugestivo y logrando que su rojez aumentara—. Ahora lo llamaremos así.
—¡Claro que no! ¡Qué vergüenza! —descartó—. A lo que iba. Está de tres meses. ¡Finalmente! Ambos han encontrado un momento y ha resultado que sí. ¡Diana!
Naruto sonrió, escuchándola hablar de ello emocionada. De futuros eventos, de alegrías, ropa, regalos…
Y por un momento se le encogió el corazón.
Llevó un dedo hasta la punta de sus cabellos y ella se calló, preocupada.
—¿Hablo demasiado?
—No —negó amable—. Es sólo que pensaba que todas esas cosas me habrían gustado que las tuvieras tú también.
—¡Oh! —exclamó al comprender. Su gesto cambio a uno más triste—. Es cierto que no las tuve. Ya me hice a la idea de antes, no es algo nuevo. Pero ahora tengo mucho más —añadió con el rostro iluminado—. Os tengo a vosotros. Y Boruto da mucha guerra que me encanta. Le quiero muchísimo. Y tengo más cumpleaños por celebrar. ¡Y eventos escolares!
Su rostro volvió a iluminarse mientras hablaba y hablaba. Él no se cansaba de escucharla y asentía cuando le miraba en busca de confirmación.
—Tengo mi familia.
Le tomó de las manos, sonriente y él no pudo evitar besarla, quererla, besarla, quererla más.
—¿Eres feliz?
—Sí. Más de lo que he sido jamás. De verdad. Gracias por darme a Boruto. Una y otra vez —recalcó—. Gracias por permitirme quererte. Por hacer que me quiera cada día más. Gracias por existir.
Esa vez, él se sonrojó, demasiado halagado, demasiado conocedor de que esas palabras debía de decirlas él hacia ella.
Más enamorado. Más.
Esos lazos oscuros que los enlazaron una vez, ahora, finalmente, eran brillantes como el sol.
FIN
8 de Marzo del 2023
