LINK

Decidí llevarle el desayuno al día siguiente. Me moví por la ciudad con sigilo. Todavía era muy temprano, por lo que apenas me crucé con nadie. Regresé a la posada con comida. Sabía que lo necesitaría después de todo lo que había sucedido. La noche anterior había estado tan agotada que se había dormido nada más llegar al interior de la habitación que ella misma había elegido. De modo que no habíamos tenido oportunidad de hablar sobre lo ocurrido.

Zelda estaba despierta cuando crucé el umbral de la puerta. Ni siquiera había amanecido del todo y ya estaba garabateando cosas en su cuaderno.

—¿Dónde estabas? —me preguntó al verme llegar—. Llevas un rato fuera.

—Lo siento. —Dejé la comida sobre la mesita—. Tengo hambre.

Puso los ojos en blanco.

—¿Por qué no me dijiste nada? Pensaba que habías decidido desaparecer durante la noche.

—No quería molestarte. —Ella se acercó y echó un vistazo a lo que había traído.

—¿Qué es todo esto?

—Una sorpresa. Tenía hambre. ¿Está mal?

—Claro que no. No seas tonto.

Se acercó y me dio un beso. Se separó muy rápido, quizá demasiado. Sabía que lo que quería era no arriesgarse a que nos vieran. Aunque solo a ella parecía importarle; a mí me importaba muy poco.

Estaba seguro de que, cuando visitásemos a los orni o a los goron, ni siquiera haría falta esconderse. A ellos les daría igual lo que Zelda y yo hiciéramos en nuestro tiempo libre. Y además, tampoco sería conveniente arriesgar la reputación de Zelda justo cuando las cosas empezaban a mejorar para ella por fin. Provocar un escándalo era lo último que deseaba.

—Estuviste muy bien anoche —le dije mientras comíamos, porque ella había insistido en compartir su desayuno conmigo.

—Ya —suspiró—. Podría haber estado mejor. Supongo que tendré que esforzarme.

—No se te da nada mal. Para ser la primera vez que haces algo así, claro.

—Ni siquiera hice nada.

—Convenciste a un rey para que se uniera a tu causa.

—El rey Sidon es muy fácil de convencer —repuso ella.

Suspiré, porque tenía razón en eso.

—Bueno —murmuré—, al menos has conseguido que se deshaga de esos vejestorios.

Su sonrisa se hizo más amplia, aunque no dijo nada. Estuvimos en silencio un rato.

—Lo de pedir voluntarios para reconstruir... —dije—. ¿Karud lo sabe?

Desvió la mirada y asintió despacio. Aquello me sorprendió. No la había visto hablar con Karud.

—¿Cuándo has hablado con él?

—Cuando nos marchamos de Hatelia. Justo esa mañana.

Recordaba haberme quedado solo en casa mientras terminaba de guardarlo todo. Y luego ella me había dicho que estaba en el establo.

—¿Por qué me lo has ocultado? —le pregunté, aunque ni siquiera estaba molesto.

Ella se encogió de hombros.

—No lo sé. Entonces no me parecía algo importante. Y sé que no te gusta ese hombre.

Se me escapó una carcajada.

—No es que no me guste. Solo creo que le gusta demasiado el dinero. Nada más.

—Yo... No lo sé. Te prometo que pensaba que no era importante. Que no llegaría a nada.

—Podría haberte ayudado. No tienes que contarme todas tus decisiones políticas, pero sabes que puedo escuchar.

—Está bien —rio—. A partir de ahora tendrás que oírme hablar de leyes y movimientos estratégicos.

—No me importa —musité—. Aunque no esperes que lo entienda.

—Deberías intentar entenderlo —dijo ella con una sonrisa.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Me observó por un instante. De pronto parecía avergonzada. Incluso apartó la vista y se ruborizó. Repasé mis palabras, en busca de algo vergonzoso que hubiera dicho. Siempre solía ser yo. Pero no había dicho nada raro. Quizá no lo veía.

—Bueno —empezó, jugueteando con sus dedos—, si recupero el trono y me caso contigo, tendrías que...

—¿C-casarte? —Ni siquiera me había atrevido a pensarlo. Nunca—. ¿Conmigo?

Me miró con el ceño fruncido, y ya no quedaba ni rastro de vergüenza en su rostro.

—¿Con quién iba a casarme? ¿Con algún viejo campesino que dice tener orígenes nobles?

Abrí la boca para replicar, pero las palabras me evadieron. No podía estar hablando en serio. ¿Ella pensaba en esas cosas? Yo jamás había llegado a considerarlo. Aunque, por otro lado, sí me dedicaba a fantasear con niños rubios y salvajes correteando por praderas. No tenía derecho a culparla por pensar en nuestra boda.

—No creas que... que estoy obsesionada con esas cosas ya —dijo muy deprisa—. Solo quiero que sepas lo que conllevaría..., ya sabes, casarte conmigo.

—Ah. —Guardé silencio durante un rato. Había algo... Esperaba que no fuera una pregunta muy tonta—. Si nos... casáramos, ¿qué sería yo? ¿Rey?

Sería un escándalo. Un caballero que ni siquiera era de alta cuna o venía de una casa menor, rey de Hyrule. Se escribirían canciones sobre mí. Más de las que ya se habían escrito, incluso.

Pero entonces Zelda empezó a reírse a carcajadas, y supe que estaba equivocado.

—¿Rey? —repitió, como si fuera lo más divertido del mundo—. No. Diosas, claro que no. Claro que no serías rey.

—¿Qué sería?

—Mi consorte. Como mucho, serías príncipe consorte. ¿Qué te parece?

Lo pensé un momento.

—Príncipe consorte. —No sonaba tan bien, pero supuse que serviría—. No está mal. Sigue siendo importante. ¿Me llamarían majestad?

—No. No eres noble. Yo sería majestad. A ti te llamarían alteza.

La miré, confuso, y ella continuó riéndose. Esperaba que no se hiciera reina. Aquellas cosas no eran lo mío. Jamás comprendería la política. No del todo. Sería un completo desastre como rey. O príncipe consorte. O lo que fuera.

Aquel día, Zelda quiso ir de visita a la Bestia Divina. No habíamos oído nada de ella durante nuestros días en la ciudad, y eso me parecía extraño. No se encontraba en la misma posición en la que yo la había dejado, en un punto estratégico para atacar al Cataclismo cuando la hora llegara, pero eso no era muy raro. Era de esperar que se moviese.

Cruzamos la ciudad a paso rápido. Zelda iba delante. La gente susurraba a nuestro alrededor. No se trataba de nada nuevo, aunque ahora se detenían a señalar. Quizá se habían enterado de lo del Consejo Zora.

En el palacio, el rey todavía estaba en su hora de audiencias. Había pocos zora. Incluso vi a tres ancianos del Consejo. Bueno, del antiguo Consejo. Sidon les dijo algo y luego llamó a los guardias. Se los llevaron con cuidado al exterior. Vi que el rey suspiraba y se inclinaba para susurrarle algo a Muzun.

Zelda carraspeó de pronto, y ambos alzaron la vista.

—¡Los salvadores de Hyrule! —exclamó el rey mientras se ponía en pie, sonriente. Ya se parecía menos al rey implacable que acababa de ver—. ¡Sois una maravillosa visión esta mañana! ¡Lo que cualquiera necesitaría para comenzar con energía!

—Espero que la cena de anoche os agradase, alteza —intervino Muzun.

Zelda sonrió.

—Claro que sí —dijo—. Me alegra que os gustaran mis ideas.

—Por supuesto —dijo Sidon—. Todo sea por arreglar las cosas. Estas tierras son nuestro hogar, al fin y al cabo. Mi padre sería el primer interesado si estuviera aquí.

—¿De dónde sacaréis el dinero, alteza? Las arcas de la antigua Corona hyliana quedaron destruidas después del Cataclismo.

Ella apartó la vista.

—No me gusta pedir este tipo de cosas —empezó. Recordé cuando se molestaba porque le había comprado vestidos con mi dinero—, pero si cada raza pudiera aportar... algo, la más mínima cantidad de rupias, estaría muy agradecida. Todo irá destinado a la reconstrucción. No vamos mal de rupias porque está al mando una compañía de construcciones muy... importante. He oído que les ha ido bien estos últimos años, pero cualquier aportación ayudaría.

Sidon miró a Muzun y asintió.

—Lo consultaré en cuanto pueda. Tenéis nuestro apoyo, alteza.

Zelda asintió y se inclinó. Me apresuré a hacer lo mismo.

—Majestad —dijo ella—, me gustaría tratar un último asunto con vos, si no es mucho pedir.

—Oh, claro que sí. ¡Todo sea por los salvadores de Hyrule!

—Nos gustaría visitar la Bestia Divina —soltó de golpe—. He estado pensando, y creo que lo mejor sería comprobar que todo esté bien. Solo por seguridad.

Sidon guardó silencio por un instante.

—El último que entró ahí fue Link. Después de la derrota del Cataclismo, Vah Ruta volvió al embalse oriental. Mis guardias dicen que ya no se mueve. Ni siquiera brilla. Creemos que está inactiva por ahora.

—¿Inactiva? —repitió Zelda con sorpresa—. Pero eso es...

—A lo mejor ya ha cumplido con su propósito —intervine—. Puede que por eso esté inactiva ahora.

Zelda me contempló, pensativa. Luego se giró de nuevo hacia Sidon.

—Permitidme ir a investigar, majestad. Tendremos cuidado. Será solamente por hoy, y volveremos con un informe sobre la situación.

El rey rio.

—No hace falta que prometáis tantas cosas. Tenéis mi permiso. Os acompañaría yo mismo, pero...

—El rey tiene muchos asuntos que atender —terminó Muzun—. ¿A que sí, majestad?

Él resopló.

—Me temo que sí. Enviaré un grupo de guardias con vosotros.

—No será necesario. Link irá conmigo.

—A veces un solo hombre no es suficiente, aunque sea el guerrero más diestro del reino. ¿Verdad, amigo mío?

Me limité a asentir, aunque me veía perfectamente capaz de protegerla en una Bestia Divina vacía e inactiva.

—Consideradlo mi disculpa por no haberos acompañado. Buena suerte.

Un pequeño grupo de guardias nos escoltó hasta el embalse oriental. Íbamos en completo silencio. Era extraño. No estaba acostumbrado a ser escoltado por nadie. Solía ser al revés. A Zelda no parecía importarle, pero eso era de esperar. Adondequiera que fuera, alguien iba tras ella para protegerla, como una sombra. Y, normalmente, yo era esa sombra. O al menos lo había sido antes.

La Bestia Divina se encontraba medio sumergido en las aguas oscuras del embalse, tal y como la había descubierto antes de la derrota del Cataclismo. Estaba muy quieta, y no desprendía ninguna luz. Zelda la examinó con ojo crítico y luego se volvió hacia los soldados.

—¿Nos ayudaréis a llegar hasta allí?

Los guardias parecieron dudar por un momento. Me miraron a mí, pero yo no dije nada. Al final, accedieron a llevarnos hasta la Bestia Divina. Los dos zora más rápidos en el agua se ofrecieron a ayudarnos a nadar hasta allí.

Zelda se aferró a las escamas de un zora, y yo hice lo mismo con el segundo. Él se sumergió en el agua y, aunque el contacto fue leve, sentí que estaba fría como el hielo. El zora aumentó la velocidad, y sujeté sus escamas con más fuerza.

No tardamos mucho en llegar. Por suerte, la entrada de la Bestia Divina estaba abierta, como si el artefacto hubiera sabido que íbamos a visitar pronto el interior. Los zora nos dejaron sobre la plataforma.

—Dejadnos acompañaros, princesa —dijo uno.

—No —dijo Zelda—. Link vendrá conmigo. Su protección será suficiente. No ocurrirá nada, no os preocupéis.

Ellos se miraron, indecisos.

—Pero el rey ha ordenado que...

—Que nos acompañarais hasta aquí —finalizó Zelda—. Y eso habéis hecho. No tardaremos más de una hora en volver.

Acabó convenciéndoles, y se perdieron bajo las aguas oscuras, aunque más tarde los vi reaparecer al otro lado del embalse, junto a sus compañeros.

—Nunca había tocado la espalda de un zora —dijo Zelda de pronto.

La miré y vi que sonreía. Fruncí el ceño.

—¿Qué tiene de especial?

—Son fuertes —replicó con una risita—. Muy fuertes.

Mi ceño se frunció todavía más.

—Yo también soy fuerte —mascullé.

Ella rio. Se acercó y me dio un rápido beso en los labios.

—Ninguno es tan estúpidamente atractivo como tú —dijo, y luego cogió mi mano y se adentró en la Bestia Divina, sin darme oportunidad de replicar.

Todo estaba muy oscuro. Zelda sacó la piedra sheikah, y el brillo azulado del artefacto iluminó unos pocos pasos a nuestro alrededor aunque, obviamente, eso no sería suficiente para avanzar.

—¿Tienes una antorcha? —me preguntó en un susurro, como si alguien pudiera oírnos.

—No. ¿Y tú?

—Claro que no.

Lo habíamos dejado todo en la ciudad. No había pensado que lo necesitaríamos. Cogí la piedra sheikah y me guié por el brillo azul, sin soltar la mano de Zelda para no separarnos. No quería que ninguno se perdiera.

Todo estaba en silencio. Ni siquiera se oía el rumor del agua en el exterior; las paredes debían ser demasiado gruesas. Solo se oía el susurro de nuestros pasos, y el silencio era tan pesado que alcanzaba a oír la respiración de Zelda, acompañada del latido de mi propio corazón.

Me llevé una mano a la empuñadura de la espada, solo porque así me sentía siempre un poco más seguro. Pese a que nunca dejaba de percibir su peso, saber que la tenía cerca me recordaba que no estaba del todo indefenso.

Sin embargo, sentí que el poder de la espada se removía otra vez. Tal y como había sucedido en la posta, varios días atrás.

Aparté la mano e intenté ignorarlo. Pero a medida que seguía a Zelda a través de la oscuridad, sus ruegos se hacían más y más audibles. Me pedía que desenvainara o... o que matara. No estaba seguro. Su voz no era del todo clara. Y no era un experto en espíritus que residían dentro de armas, ni tampoco era un erudito capaz de comprender el lenguaje de las deidades ancestrales.

Acompañé a Zelda hasta la Unidad Central de Control. A medida que avanzábamos, los ruegos del espíritu se iban haciendo más y más difíciles de ignorar. Llegó un punto en que quise deshacerme de la espada; dejarla en cualquier parte, muy lejos. Así no sentiría como si me fuera a explotar la cabeza.

—Link, mira —dijo Zelda. Me acerqué hasta el enorme artefacto que controlaba toda la Bestia Divina—. Está apagado. Todo.

Contemplé el artefacto con el ceño fruncido. Se trataba de un complejo entramado de mecanismos. Traté de comprender algo, pero no conocía ninguno de los símbolos que aparecían esculpidos en la piedra.

—¿Y no puedes... ponerla en marcha? —pregunté. Esperaba que mi pregunta no fuera muy estúpida.

Y no debió serlo, porque Zelda no se rio. Guardó silencio, pensativa, y luego pulsó varios mecanismos. Esperé a que algo sucediera, conteniendo el aliento, pero la Bestia Divina no se movió. Zelda negó con la cabeza.

—Ni siquiera puede moverse ya. —Se puso en pie para mirarme—. ¿Crees que esto ha pasado con las demás Bestias Divinas?

Contemplé la enorme sala a oscuras.

—Supongo que sí.

Zelda suspiró. Cogió la piedra sheikah y miró a su alrededor.

—Puede que tengas razón y estén apagándose porque ya han cumplido con su propósito.

—¿Y la piedra sheikah?

—¿Qué pasa con ella?

—Sigue funcionando, ¿no?

Ella examinó la piedra. Todavía brillaba, así que asumí que seguía activa.

—No lo entiendo —murmuró—. ¿Por qué no desaparece todo al mismo tiempo?

No era un investigador como ella, así que no tenía ninguna respuesta lógica para su pregunta. No obstante, entonces se me ocurrió algo.

—Tal vez podríamos visitar a Rotver —propuse—. Seguro que él sabe algo.

A Zelda se le iluminó el rostro.

—Diosas, Rotver... Casi me había olvidado de él. ¡Tenemos que visitarlo, Link! Seguro que quiere vernos.

—Se sentirá ofendido porque no has ido antes a su laboratorio —mascullé.

—Tiene derecho a enfadarse —repuso ella—. Llevamos mucho tiempo aquí. En Hyrule. Juntos. Tendríamos que haberlo visitado antes.

—Yo creo que cuanto más tarde, mejor.

Zelda puso los brazos en jarras.

—¿Qué demonios te ha hecho? Aparte de ayudarte, claro está.

—Siempre está de malhumor. No lo soporto.

—Es un anciano, Link. ¿Cómo iba a estar?

—Bueno, Impa...

—Impa es diferente.

Alcé una ceja y fui a replicar, pero Zelda se me adelantó.

—Podríamos visitarlo después de salir de Lanayru. Akkala no está muy lejos, ¿verdad?

—No —respondí de mala gana.

Ella sonrió.

—Entonces no habrá ningún problema.

Resoplé, pero ella ya se había adelantado unos pocos pasos, así que me apresuré a seguirla.

Recorrimos estrechos pasillos y amplias estancias. Recordaba haber vagado por allí cuando visité Vah Ruta por primera vez y hacía tan poco tiempo que había despertado que no estaba seguro de mi nombre siquiera. Y ahora, un año después, estaba allí otra vez. Con Zelda. Sin ningún peso sobre los hombros. Si alguien me hubiera dicho que terminaría así por aquel entonces, no me lo habría creído.

Me preguntaba si Mipha seguiría allí. Si podría vernos. Tendría que visitar su efigie pronto. Decirle que la echaba de menos. Todavía había detalles que empezaba a recordar, como lo mucho que le gustaban las joyas y piedras preciosas o las ganas que tenía de ser reina.

Sin embargo, no la vi por ninguna parte. Me dije que era algo bueno; que había encontrado la paz después de aquel tormento. Tal vez estuviera con su padre o con los demás elegidos.

El espíritu de la Espada Maestra gritó de nuevo, con tanta brusquedad que retumbó en mi cabeza con fuerza y tuve que agarrarme a la pared para mantener el equilibrio.

Zelda se detuvo de golpe.

—¿Link? ¿Qué...?

—No es nada.

Ignoré el dolor y me obligué a mirarla. Esperaba que mi mentira fuera convincente.

—Sí te pasa algo. —Me agarró del brazo, porque la Espada Maestra gritó de nuevo y la fuerza hizo que me tambaleara—. ¿Oyes voces?

—No.

—¿Es... es la princesa Mipha?

—No.

Guardó silencio, pensativa. Mientras tanto, no sabía si sacar la espada de su vaina y lanzarla bien lejos, al embalse oriental, para que se perdiera en las profundidades y no tuviera que escuchar sus chillidos.

—Es la espada, ¿verdad?

Hice una mueca y Zelda suspiró.

—Desenvaina.

—¿Qué? ¿Por qué quieres que...?

—Hazme caso. Tengo una sospecha.

La contemplé, indeciso, pero al final decidí obedecer. Dejé parte de la hoja al descubierto, y al instante supe que algo iba muy mal.

La espada brillaba.

Miré a Zelda, y ella me devolvió la mirada. Tenía los ojos muy abiertos. Vacilé un momento, dudando. Si había algo en la Bestia Divina, quería que Zelda estuviera a salvo. Eso era lo primero. Yo no podía huir, porque no iba a dejar que un monstruo siguiera perturbando la paz de aquel lugar.

—Tienes que irte.

Zelda frunció el ceño de pronto.

—No. Ni en sueños. No pienso dejarte solo.

Suspiré y cerré los ojos por un breve instante. Hice acopio de paciencia.

—No quiero que te pase nada, Zelda.

—No me va a pasar nada. No estoy tan indefensa como crees.

—Ya lo sé.

—Entonces déjame ir contigo.

Maldije su testarudez una vez más.

—Prométeme que, si las cosas se ponen feas, te marcharás.

—Te lo prometo —dijo, y sonó a mentira.

—Quédate detrás de mí —le dije pese a todo.

Al menos me hizo caso en eso. Cogí su mano y desenvainé la espada con la mano que tenía libre. Zelda dejó escapar una exclamación ahogada. La luz que desprendía la hoja iluminaba diez veces más que la piedra sheikah. Sujeté la empuñadura con firmeza y eché a andar, intentando hacer el menor ruido posible.

El espíritu todavía agonizaba dentro. Di gracias por que la mano de Zelda estuviera entre la mía.

Era imposible que quedara algún monstruo —alguna parte de Ganon— custodiando las Bestias Divinas. El Cataclismo había sido derrotado. Y Zelda había dicho que no volvería hasta dentro de mucho, mucho tiempo. Tanto que ninguno de los dos estaría vivo para verlo. Pero la Espada Maestra estaba brillando. Y dudaba que un arma sagrada se equivocara alguna vez.

Zelda y yo nos adentramos por un pasillo estrecho, guiados por el brillo plateado de la espada. Había decido seguir la dirección en que nos guiaba la voz de la espada, de modo que cada vez era más difícil de soportar. Sus gritos y sus súplicas incomprensibles retumbaban en mi cabeza, y apenas podía oír algo más. Y dolía.

El espíritu gritó de nuevo, y tuve que detenerme para recuperar el aliento. Era casi tan doloroso como el golpe que me había dado en la cabeza durante la lucha contra el Cataclismo, y entonces había llegado a sangrar.

Sentí las manos de Zelda sobre mi hombro.

—¿Quieres volver? —me preguntó—. Podemos venir otro día.

Apreté los dientes, con la vista clavada en la oscuridad.

—No —dije simplemente.

—¿Estás seguro? Déjame llevar la espada durante un rato, al menos.

Me giré para mirarla.

—No puedo, Zelda. —El peso era mío. Y no quería que ella sufriera—. Ya falta poco.

Y eso era mentira, por supuesto. No tenía ni idea de cuánto faltaba. Pero había sobrevivido a cosas mucho peores que un dolor de cabeza, así que pensaba aguantar.

Zelda asintió a regañadientes, pero permaneció todavía más cerca. Se lo agradecí en silencio.

Avanzamos un poco más, y luego el espíritu gritó una última vez. La luz de la espada iluminó lo que teníamos delante, y aparté a Zelda, manteniéndola detrás de mí.

—¿Qué es? —preguntó—. ¿Qué hay, Link?

Moví la hoja de la espada para que ella también pudiera verlo. No dijo nada. No emitió ningún sonido. Pero no me atrevía a apartar la vista y mirar a mi espalda, así que no veía la expresión de su rostro.

La malicia se extendía por el suelo. Impedía el paso, y también brillaba, como la Espada Maestra. Era espesa, como tentáculos oscuros que hubieran salido de la tierra.

—Link —murmuró ella, cogiendo mi mano. Di un respingo, porque sus dedos ardían contra los míos—, ¿qué hacemos?

Me di la vuelta y la examiné con los ojos muy abiertos. Su mano escapó de la mía. Zelda me contempló, confusa, y tuve que hacer verdaderos esfuerzos por hablar otra vez.

—Tú —empecé—. Tú... estás... e-estás b-brillando, Zelda.

Ella retrocedió y miró sus manos. Cuando alzó la vista de nuevo, sus ojos ya ni siquiera parecían verdes. Quizá solo fuera la oscuridad o la luz de la Espada Maestra, pero me miró a mí, y parecían vacíos, incluso. Me miraba, pero era como si no estuviera allí.

—¿Zelda? —susurré. No obtuve respuesta.

Avanzó unos pasos, y mi primer instinto fue apartarme. No estaba acostumbrado a verla en aquel... estado. Y debía reconocer que estaba ligeramente asustado. Cosas como aquella me recordaban quién era Zelda en realidad. Una diosa. La misma a la que yo llevaba varias lunas besando como si fuera el fin del mundo.

Acercó su mano, que brillaba con un resplandor dorado, a la malicia. Olvidé el miedo e intenté apartarla de ahí. La malicia era peligrosa. Quemaba a todo el que la tocaba, y ella seguía siendo de carne y hueso. No quería que se hiciera daño. Sin embargo, no le hizo falta zafarse de mí. Con solo rozarla, la calidez que desprendía su piel abrasó la mía, y me alejé al instante.

Observé con horror como ella ponía sus manos, que siempre habían sido tan perfectas y suaves, sobre la malicia del Cataclismo. Esperé a que algo ocurriera, a que ella comenzara a gritar de dolor. Pero nada de eso ocurrió. Solo se oyó un siseo, uno parecido al de la Espada Maestra en la posta, cuando quemó la mano de aquel hombre. Y luego de la malicia comenzó a salir humo, y contemplé en silencio como aquella sustancia se quemaba, mientras que Zelda permanecía intacta, en calma, con sus manos sobre la malicia.

Gran parte se había derretido ya cuando Zelda apartó las manos. Su brillo parpadeó varias veces y empezó a apagarse poco a poco. Entonces ella se dio la vuelta y me miró. Sus ojos parecieron dorados por un instante, hasta que su brillo parpadeó una última vez y volvieron al verde que tan bien conocía.

La luz se apagó por completo, y ella se tambaleó y estuvo a punto de desplomarse en el suelo. Llegué justo a tiempo para prevenir daños graves, por fortuna.

Estaba fría otra vez. Y la luz de la Espada Maestra me dejó ver que también estaba pálida. La zarandeé para que abriera los ojos. Seguían siendo verdes.

—¿Link? —murmuró—. ¿Por qué está tan... oscuro? —Hizo una pausa y añadió—: ¿Y por qué tienes esa cara? Parece que hayas visto un fantasma.

Luego soltó una risita y cerró los ojos. La observé por un momento, incrédulo. La zarandeé otra vez. Ella protestó.

—No puedes dormirte, ¿me oyes? Todavía no.

—Pero estoy cansada. —Bostezó—. Y está oscuro. Seguro que es de noche.

Fruncí el ceño.

—¿Tienes fiebre?

—Yo qué sé.

Rocé su frente con una mano. No estaba tan fría como antes, aunque tampoco ardía. Pero estaba delirando.

Supuse que aquel sería uno de los efectos secundarios de haber usado su poder. En Kakariko, mientras se recuperaba, había despertado varias veces sin saber dónde estaba, y había dicho cosas muy raras. Había pasado así varios días. Esperaba que no se extendiera por un periodo tan largo en esa ocasión.

—¿Link? —dijo ella—. ¿Estás muerto?

—¿Cómo voy a estar muerto?

—No sé. A veces te callas de repente. Estamos hablando y luego cierras la boca. Me pone de malhumor que hagas eso, ¿lo sabías?

Cogí la Espada Maestra y miré la malicia que quedaba. No había tanta como había creído. Acerqué el brillo del acero, y el espíritu gritó otra vez, pero ignoré el dolor. La malicia empezó a derretirse y a desaparecer, como había sucedido cuando Zelda se acercó con su luz.

La escuché olisquear el aire desde su rincón.

—¿Qué estás haciendo? Huele a humo. ¿Estás cocinando?

Me aseguré de que toda la malicia se hubiera ido y luego me enfrenté a Zelda otra vez. Ella me miró con los ojos entrecerrados. La ayudé a ponerse en pie sin mediar palabra y me la cargué al hombro. Soltó unas cuantas risitas y me rodeó los hombros con sus brazos.

—Vaya —rio ella—, eres fuerte, Linky. No creí que fueras tan fuerte, con esos brazos tan flacuchos.

Debería haberme sentido ofendido, pero lo que hice fue ruborizarme como un idiota. Me obligué a dejar de mirarla y usé la espada para guiarme hasta el exterior de la Bestia Divina.

—¿A dónde me llevas? —murmuró Zelda—. ¿A casa? Llevamos mucho tiempo fuera.

—No. A casa no. Todavía no. ¿Para qué quieres volver tan pronto?

—Para volver a verte sin esa estúpida túnica encima.

Me detuve en seco.

—¿Qué?

Se rio otra vez. Algo no iba bien. Se reía demasiado.

—No te hagas el tonto, Linky. Sabes de lo que te hablo.

Tenía una vaga sospecha, pero me negaba a creer que ella se estuviera refiriendo a eso. Sentí sus manos sobre mi túnica entonces, jugueteando con la tela.

—No estabas nada mal. Y eso que apenas te miré. Ahora me arrepiento.

Volví a enrojecer y recé una plegaria silenciosa a las Diosas. Les pedí valor y paciencia. Necesitaría ambas cosas para seguir adelante.

Zelda calló cuando advirtió que no le hacía caso. Tampoco era que estuviese ignorándola a propósito, pero sabía que estaba delirando. Nada de lo que decía iba en serio. Y ella se arrepentiría cuando se enterara de todo lo que había dicho.

Al llegar al exterior, me encontré con las aguas del embalse oriental. Escudriñé la otra orilla, esperando ver a los guardias que Sidon había enviado. Pero aquel lado del embalse estaba vacío. No había ni rastro de los soldados. ¿Cómo podían ser tan incompetentes? Cien años antes, el capitán de la guardia no habría dejado que se cometiera un error como aquel.

Y ya sonaba como un noble estirado también.

Tendría que cruzar nadando. Sería difícil con Zelda, que se había quedado quieta entre mis brazos. No dormía del todo, porque en ocasiones es entreabría los ojos y murmuraba algún delirio. Así que me ajusté su peso al hombro y me metí en el agua sin siquiera deshacerme de las botas o de la túnica. Había dejado la bolsa de viaje en la otra orilla, de modo que solo tendría que preocuparme por la Espada Maestra. El acero resistiría el roce del agua, pero aun así no quería correr ningún riesgo. El espíritu había vuelto a su silencio habitual tras haber quemado la malicia, y no daba señales de volver a gritar.

Saqué la vaina de los cinturones de cuero y nadé con cuidado, con la espada por encima del agua y sujetando a Zelda firmemente. Aquello era una locura, pero no me quedaba otra opción.

Cuando llegué a la otra orilla, estaba congelado e incluso me faltaba el aliento por el esfuerzo. Sentía los brazos doloridos y entumecidos. Zelda murmuró algo y me miró con los ojos entreabiertos.

—Tenías razón —dijo, y arrastraba las palabras—. Es de día.

Me aparté el pelo húmedo de los ojos para verla mejor. Comprobé su temperatura otra vez, pero parecía normal.

—¿Qué te pasa? —le pregunté, aunque sabía que no recibiría una respuesta coherente.

—¿Como que qué me pasa? Estoy normal.

—Ya —bufé.

—¿Me estás llamando mentirosa, ser Link de Hatelia?

—No osaría, princesa.

Suspiró.

—Te he dicho miles de veces que no me llames princesa —murmuró—. Mi padre no se enterará. Yo no se lo contaré. Y tú tampoco —añadió mientras cerraba los ojos otra vez.

Se quedó quieta después de eso. Suspiré y comprobé su temperatura una última vez. Todo seguía normal. ¿Eso era lo que le ocurría cuando utilizaba el poder sagrado? ¿Empezaba a delirar como si hubiera bebido?

Esperé a estar seco para volver a cargármela al hombro. Eché en falta a Viento; con él allí todo habría sido cien veces más cómodo. Y más rápido. Me aseguré de que la Espada Maestra no hubiera sufrido daños antes de ajustarla alrededor de mi cintura y echar a andar.

No tenía energías infinitas. Podía aguantar mucho, pero no eternamente. El entumecimiento en los brazos y piernas empezó a ser insoportable cuando ya atardecía. Así que me obligué a parar. Encontré una cueva que nos serviría de refugio durante la noche y dejé a Zelda allí. No era el sitio más adecuado para que se recuperara, pero tampoco podíamos volver a la ciudad. Quién sabía las barbaridades que diría entonces.

Encendí un fuego y la arropé con las mantas. Zelda abrió los ojos y sonrió.

—¿Sigues aquí? —susurró.

—Supongo.

Su sonrisa se hizo más amplia y me atrajo hacia sí con torpeza. Acercó mi rostro, y yo examiné sus ojos, intentando encontrar rastros del color dorado que habían adquirido antes. Pero solo había verde. Verde, como siempre había sido.

—Dame un beso —dijo entonces.

Me aparté despacio.

—No.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque no sería justo para ti.

—¿Que no sería justo? Te lo estoy pidiendo yo. No hay nada más justo que eso.

Sonreí un poco y negué con la cabeza.

—Pero no eres tú en realidad. No sé si quieres que te bese o no.

—Ya te he dicho que estoy bien —suspiró mientras los ojos se le cerraban de nuevo.

Le aparté el pelo del rostro con cuidado.

—Cuando estés bien, te daré todos los besos que quieras.

Su única respuesta fue un murmullo incomprensible. Decidí dejarla dormir. Probablemente lo necesitaba.

Saqué varias manzanas de la bolsa. Era todo lo que tenía. No había esperado tener aquellos inconvenientes, de modo que, antes de salir esa mañana, había creído que volveríamos a la ciudad antes del atardecer. No tenía planeado pasar la noche a la intemperie otra vez. Esperaba que el rey no se preocupara demasiado.

Cogí la Espada Maestra y la dejé sobre mi regazo. Toqué la empuñadura con cautela, pero nada ocurrió. Sentí el poder moviéndose como de costumbre, y eso fue todo. No había ni rastro de la agonía y el caos de antes. ¿Sería por la malicia? ¿O sería culpa del poder, que estaba alterándose, como Zelda había dicho?

Si el poder ya no era el mismo... Si algo le ocurría a la espada, ¿sería culpa mía? Decenas la habían empuñado antes de que yo lo hiciera, y aun así yo había sido el único capaz de romperla. Dos veces. La primera por fuera, y la segunda, por dentro.

Me cubrí con la capucha y salí al exterior. El aire frío fue lo primero que me recibió. Me arrebujé más en la capa, echando en falta el calor del fuego. Escudriñé lo que me rodeaba. No sabía qué estaba buscando. Zelda había hablado de una sombra, pero ese era un detalle demasiado vago. ¿Habría sido un monstruo? No conocía monstruos en forma de sombra. Lo peor era que, por la noche, había sombras en todas partes.

Y aquello no podía haber sido un simple producto de su imaginación. Cuando había llamado a la puerta de la posada, estaba tan asustada que ni siquiera podía respirar. Y, a menos que estuviese loca, no podía habérselo imaginado. Si me viera ahora mismo, me llamaría paranoico. E incluso era posible que tuviera razón. Tal vez había sido todo un accidente; un malentendido. Nadie tenía por qué estar intentando hacerle daño.

Pero tenía demasiada experiencia con aquel tipo de cosas para creerlo también, al menos hasta encontrar pruebas de lo contrario.

Escudriñé la oscuridad una vez más, sin ver a nadie. Al final, decidí regresar al interior de la cueva. De cualquier forma, si alguien quería atacarnos, tendría que encontrar la forma de internarse en nuestro refugio sin que yo lo viera. Y, sabiendo lo pequeña que era la cueva, lo tendría muy difícil.

Intenté montar guardia aquella noche, pero llevaba mucho tiempo sin hacerlo. Quizá demasiado. Había perdido la práctica. En un instante me permitía cerrar los ojos, y cuando volvía a abrirlos, el fuego estaba casi consumido. Volvía a cerrar los ojos, y el cielo estaba un poco más claro.

Cuando me desperté por última vez, el sol ya asomaba por la entrada de la cueva. De la hoguera de la noche anterior solo quedaban ascuas. Zelda seguía estando donde la había dejado. Todavía dormía. Decidí no despertarla todavía. No había ninguna prisa por volver a la ciudad.

Avivé el fuego. Clavé varias manzanas —las pocas que me quedaban— en un palo. Empezaron a tostarse gracias a las llamas. El olor me recordó lo poco que había comido el día anterior, pese a saber que las manzanas asadas no eran un gran banquete, precisamente.

Aun así, me traían recuerdos. Últimamente, todo me traía recuerdos, pero ese era especial. Cuando mi padre me llevaba de viaje, solía comer muchas manzanas. Quizá pasábamos tres días en el camino, sin pisar ninguna posta —porque para él las postas eran una pérdida de tiempo—, y solo nos alimentábamos de manzanas y, en la cena, manzanas asadas. Al principio las aborrecía, pero luego había acabado cogiéndoles cariño. Mi padre me había enseñado a elegir las mejores manzanas de los árboles.

Zelda se movió entre su montón de mantas. Vi que abría los ojos.

—¿Link?

—Aquí.

Alzó la vista y me miró.

—¿Dónde estamos?

—En una cueva.

Suspiró y miró a su alrededor por primera vez.

—¿Estamos en la ciudad?

—No —respondí. La examiné con cautela—. ¿Vuelves a ser... normal?

Frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Me encogí contra la pared de la cueva.

—No lo sé. Estabas... estabas rara.

—¿Rara?

—Sí.

Intentó incorporarse, y a duras penas lo consiguió. Miró de nuevo a su alrededor y abrió mucho los ojos.

—¿Y la Bestia Divina? ¿Qué pasó, Link? Es lo último que...

—¿No recuerdas nada?

—No lo sé. Estábamos en la Bestia Divina, y luego vimos algo... malicia. Eso es. No me acuerdo de nada más.

No parecía estar delirando. Supuse que había vuelto a la normalidad. Reprimí una sonrisa estúpida. No podía esperar a ver su cara cuando le contara todas las tonterías que había dicho.

—Empezaste a brillar —expliqué—. Y luego te acercaste y tocaste la malicia. Se quemó.

—¿Con... con el poder? —preguntó. Había palidecido.

—Sí.

Se miró las manos, que ya no brillaban.

—Sigue ahí.

No dije nada. Ella guardó silencio también. Después se dirigió a mí otra vez.

—¿Qué pasó después?

—Empezaste a comportarte de forma... extraña.

—¿Extraña?

—Como si tuvieras fiebre. O como si hubieras... bueno, bebido.

Enrojeció hasta la punta de las orejas, y empecé a reírme a carcajadas.

—Diosas, no te creerás las tonterías que dijiste. ¿Quieres verme sin la túnica?

Se cubrió el rostro con las manos.

—¿Yo he dicho eso?

—Bien alto.

Se le escapó un ruido extraño y agudo, y yo solté una risotada.

—Dijiste que querías volver a...

—No quiero saberlo.

—¿Estás segura?

—Como no lo he estado jamás.

Resoplé.

—Eres aburrida.

—Deja de reírte —dijo—. Que el poder me haga eso no es algo bueno.

Le hice caso y dejé de reírme, porque aquello me preocupó.

—No sé por qué —siguió diciendo—. Pero creo que lo mejor será que intente no volver a usarlo durante un tiempo. Al menos hasta que podamos volver a Kakariko y se lo cuente a Impa.

Asentí despacio, y ella suspiró.

—Me siento como si hubiera pasado otros cien años ahí encerrada —gimió.

—Tenemos que volver a la ciudad. Pero no habrá que caminar mucho —le aseguré.

—Podré soportarlo.

—Si no, te llevaré en brazos. Son sorprendentemente fuertes, según tú.

Me dirigió una mirada fulminante.

—Espero que vuelvas a emborracharte algún día —dijo—. Porque te juro que pasaré días riéndome de ti.

—No digas esas cosas —reí.

—¿Qué pasó con la malicia?

—Me deshice de lo que quedaba con la Espada Maestra.

—¿Y la espada...?

Suspiré.

—Dejé de oírla después de eso.

Zelda se frotó los ojos con frustración.

—Esto es muy complicado. No entiendo de magia. Mucho menos de espíritus.

Hice una mueca, pero no dije nada. Era cierto que estaban pasando cosas raras últimamente. Antes, cuando estábamos en Kakariko y en Hatelia, todo parecía muy simple. Tan simple que no entendía cómo había podido ser tan ingenuo. Solo había que lidiar con las pesadillas y los malos recuerdos. Eso era todo. Y ahora las cosas se habían complicado. Ni siquiera Zelda encontraba solución.

Zelda y yo emprendimos el camino de vuelta una hora más tarde. Íbamos muy despacio, porque a ella le dolía la cabeza y seguía sin encontrarse del todo bien. De nuevo, yo no tenía prisa. Nadie nos esperaba allí. Solo el rey, aunque únicamente teníamos que aparecer para que no se preocupara y mandara a todo un ejército en nuestra busca.

En la ciudad había un revuelo tremendo. No veía las calles tan atestadas desde hacía un siglo. Había zora arrodillados frente a la efigie de Mipha, lanzando sus plegarias. Había algunos que hablaban animadamente sobre temas que no alcancé a oír. Y los niños corrían y reían.

—¿Crees que el rey se lo ha contado ya? —me susurró Zelda mientras esquivaba a una niña que corría entre los charcos.

Me encogí de hombros.

—No lo sé. A lo mejor.

Mis sospechas solo se acrecentaron cuando nos internamos un poco más en la ciudad y las conversaciones empezaron a morir. Aun así, ella y yo seguimos avanzando hasta la entrada del palacio. Los guardias nos dejaron el paso libre, y accedimos al interior del edificio. Sidon alzó la vista desde su trono.

—¡Amigos míos! Pensé que algo os había sucedido. Estaba a punto de mandar un grupo de soldados en vuestra busca.

—Lo sentimos, majestad —dijo Zelda—. Fuimos a la Bestia Divina, pero surgieron algunos... inconvenientes. —Tuve que reprimir la risa. Si el rey se dio cuenta, no dio señales de haberle importado—. Pero ahora estamos aquí. Eso es lo importante, ¿no?

—Oh, por supuesto, por supuesto. Hyrule entero lloraría si tuviéramos que sufrir vuestras pérdidas. Pero decidme cuáles son esos inconvenientes de los que hablabais.

Zelda me miro y luego se lo pensó un momento.

—Había... restos de malicia en la Bestia Divina. No mucho —añadió al ver la alarma de Sidon—. Solo quedaba un poco. Es lo que queda del Cataclismo, supongo.

Tuve que reprimir un escalofrío. Hasta donde yo sabía, ella y yo éramos los únicos que podíamos deshacernos de la malicia.

—¿Y sigue estando ahí...?

—No. Hemos... limpiado. Por decirlo así.

Sidon asintió despacio, y parecía aliviado.

—Así que, ¿ya no queda más?

—No.

Volvió a sonreír.

—Debo agradecéroslo. No dejan de suceder cosas buenas desde que llegasteis a la ciudad. ¿Sabíais que les he contado a todos lo de la reconstrucción, alteza?

Zelda palideció. Empezó a retorcerse las manos, nerviosa.

—¿Y qué... qué han dicho?

—Creo que la respuesta ha sido positiva. No esperéis que toda la ciudad se una a vosotros, aunque sí tendréis un buen grupo. Me gustaría ayudar también, pero comprenderéis que no puedo dejar solo a mi pueblo.

—Por supuesto —asintió ella.

—Ya sabéis que os daré apoyo con...

—Lo sé —interrumpió bruscamente. Luego debió acordarse de que estaba hablando con un rey, porque abrió mucho los ojos y palideció todavía más—. Majestad.

Sidon hizo un gesto para restarle importancia. A ver es olvidaba que era un rey. Jamás lo había imaginado en ese puesto. Parecía demasiado importante para él. Un título que le quedaba demasiado grande. Incluso sabiendo que era un príncipe, no había esperado verlo en el trono durante mis días.

Muzun apareció entonces. Le hizo a Zelda la misma pregunta que Sidon, y ella explicó todo lo relacionado con la malicia. Luego empezaron a hablar de temas que yo no alcanzaba a comprender ni comprendería nunca, y me sentí fuera de lugar. Más que de costumbre.

Sidon debió aburrirse también, porque al cabo de un rato me dio un golpe en el hombro que me dejaría moretón.

—No hemos tenido ocasión de hablar de verdad, Link —dijo mientras me llevaba a un rincón alejado de donde Zelda y Muzun mantenían una animada conversación. Permití que me arrastrara. Mientras no saliéramos del palacio, todo estaría bajo control—. ¿Qué tal has estado, amigo mío?

—Bien —respondí. Mejor que nunca, de hecho.

Mi voz sonaba pequeña comparada con la suya, que retumbaba en las paredes del palacio cada vez que decía una sola palabra.

—Me alegra oírlo. ¿Dónde has estado? Seguro que has visitado lugares maravillosos.

—En muchos sitios —dije. Hubo un corto silencio, y decidí añadir—: Estuve en la Ciudad Goron después de salir de aquí. Y luego visité Hebra y el desierto.

—Yo no he estado allí. Dicen que está muy lejos de nuestra región. ¿Cómo son, Link?

—En uno hace mucho frío y en otro, mucho calor.

El rey soltó una carcajada ruidosa, como si aquel fuera el chiste más divertido del día. No entendía qué le hacía tanta gracia. A veces se reía por reírse.

—Ya veo. —Se acercó un poco más y dijo en voz baja—: He oído que las mujeres gerudo son muy hermosas. Este lugar está tan lejos del desierto que nunca lo visitan. Jamás he visto a ninguna. ¿Cómo son en realidad?

—Peligrosas.

Se rio otra vez. Esperé pacientemente a que se calmara.

—Cuando mi heredero tenga la edad suficiente, abdicaré y le dejaré a él en el trono. No voy a pasarme aquí el resto de mis días, como hizo mi padre. Viajaré por todo Hyrule. Hay muchas cosas que no he visto.

Fruncí el ceño mientras reflexionaba sobre sus palabras.

—¿Ya tenéis hijos?

—¿Qué? ¿Hijos? ¿Yo? ¡Claro que no! —Soltó una risotada que debió escucharse por toda la ciudad—. Todavía soy demasiado joven, amigo mío.

—¿Tampoco tenéis...?

—¿Esposa? No. Todavía no me ha dado por casarme. Ni siquiera le doy mucha importancia. Sé que tendré que hacerlo en algún momento. Soy el único que queda de mi familia, y necesito herederos y todo eso.

Ninguno dijo nada por un instante.

—Ser rey debe de ser una mierda.

Sidon me dio varios golpecitos en el hombro, esa vez con menos fuerza que antes.

—Lo sé. Aunque en realidad es bastante fácil. —Se encogió de hombros, y yo lo observé con el ceño más fruncido todavía—. Pero más vale que vayas acostumbrándote.

Miré a Zelda, al otro lado del palacio. Ella no pareció inmutarse, pero yo enrojecí hasta la punta de las orejas.

—No tiene por qué hacerlo —murmuré—. Aún es pronto. No ha elegido nada.

—Pero tendrá que hacerlo algún día. Y elegirá lo mejor para Hyrule. Es lo que se espera de ella.

Reprimí un escalofrío, pero decidí no responder. Sidon tenía derecho a opinar. Mi opinión era muy diferente a la suya, claro estaba, pero discutir no serviría de nada. Solo empeoraría las cosas, y no quería que Zelda perdiera la poca admiración que le profesaban los zora.

—Elegirá lo que ella quiera —dije al final—. Y yo la seguiré.

Sidon sonrió. Luego cambió de tema, y la conversación pasó a ser más informal. Me preguntó por la derrota del Cataclismo y quiso que le contara la batalla con todo lujo de detalles. Lo hice lo mejor que pude, y Sidon siguió haciendo preguntas incluso después de que hubiese terminado. Por fortuna, Zelda no tardó en acercarse para ayudarme.

—Link me estaba hablando de vuestra batalla contra ese bastardo —dijo el rey—. Ojalá hubiera estado ahí para verlo.

—No fue para tanto —murmuré.

Zelda me dirigió una mirada de advertencia, así que cerré la boca.

—Sí lo fue. Pero lo que importa es que todo terminara bien, ¿no creéis, majestad?

—Por supuesto. —Sidon sonrió. Me pregunté si le dolería la cara al final del día por tanto sonreír.

Salimos del palacio al cabo de un rato, con el permiso del rey. El puesto no le quedaba bien, definitivamente. Aunque yo no era el más indicado para hablar.

Aquella noche, Zelda se sentó de nuevo junto al fuego, pensativa. Me senté junto a ella también y me calenté las manos contra las llamas.

—Tiene mucho que aprender —dijo Zelda entonces.

—¿Quién?

—El rey.

Guardé silencio. Si ella lo decía, yo no podía estar tan equivocado.

—No sé sobre estas cosas, pero creo... creo que algo no va bien.

—Me alegra que Muzun esté a su lado —suspiró—. Le ayudará a centrarse. Ojalá yo tuviera a alguien así.

—Me tienes a mí.

Alzó la vista para mirarme al fin. Sonreía un poco.

—¿Tú? ¿Darme consejos para gobernar? No lo creo.

Sonreí también.

—Quién sabe. Puede que haya cosas de mí que no conoces todavía.

Ella rio.

—¿Qué tipo de cosas?

—Si te lo digo, ya no sería lo mismo.

Me dio un golpecito en el hombro.

—Está bien. Quédate con tus secretos.

Por un rato, solo se oyó el crepitar del fuego. Debía de ser muy tarde, porque en el exterior todo estaba en silencio.

—¿Cuántas cosas te quedan por hacer aquí? —le pregunté a Zelda.

Ella me miró con el ceño fruncido.

—¿Qué quieres decir?

—Yo... me refiero a... a cuándo crees que podremos irnos.

—Oh. Bueno... —Se lo pensó por unos instantes—. En realidad, ya está todo resuelto. Solo quedan unas pocas cosas. Ya sabes, cosas aburridas.

Suspiré.

—Me alegro de que todo haya ido bien.

—Y yo. ¿A dónde iremos ahora?

—¿A dónde quieres ir tú?

Se lo pensó un momento.

—Creo que quiero escalar una montaña.

La miré, incrédulo.

—¿Escalar una montaña?

—Sí. ¿Qué tiene de malo?

—Nada.

No esperaba que ella quisiera hacer eso. Nunca me la había imaginado escalando. Tras tirarnos con la paravela, había creído que le daban miedo las alturas o cosas por el estilo. Pero, al parecer, había estado equivocado.

—¿Qué montaña quieres escalar? ¿Una alta? ¿Una baja?

—Una normal. Es la primera vez que escalo.

Asentí despacio. Tendría que buscar alguna adecuada para ella. Y fuera de Lanayru. Las montañas siempre estaban resbaladizas por allí, aunque no lloviera.

—Está bien —dije—. ¿Y... luego?

—Luego, ¿qué?

—¿A dónde quieres ir?

—Creo que deberíamos visitar a Rotver. Se merece vernos. Y me parece que hemos tardado demasiado, ¿no crees?

Resoplé.

—Nunca está de mal hacerle esperar un poco más.

—¡Link! —exclamó ella—. No seas así.

Resoplé de nuevo, pero no dije nada. Zelda se acomodó contra mi hombro.

—Le visitaremos —murmuró—. Le preguntaremos por la tecnología ancestral. Es importante saber si está desapareciendo o no.

—¿Y luego?

—Luego... ya veremos.

Le di un beso en la frente.

—Está bien.

Podía aceptar eso. En realidad, me daba igual a dónde fuéramos. Viajar con ella era mil veces mejor que viajar solo. Con eso era suficiente. Podría pasar el resto de mis días a caballo, siguiendo cualquier camino y durmiendo bajo las estrellas, pero si estaba a su lado sería feliz.

—Así que, ¿cuándo? —susurré.

Ella guardó silencio por un instante.

—Dame lo que queda de semana. Solo eso.