46
HERMANDAD
Abrazo a Marcus con tanta fuerza que le cruje la espalda. Aterrorizado, me da palmadas en la espalda para que lo suelte. Me disculpo y me aparto, sintiéndome tan gigantesco a su lado como un Telemanus. Fuera del garaje convertido en despacho provisional, en el almacén de los Hijos de Ares resuenan los ruidos de la fábrica. Me han hecho entrar por la puerta lateral y esperar a Marcus entre motores viejos y alerones oxidados. Marcus se aparta de mí y levanta la mirada, con los ojos herrumbrosos llenos de lágrimas. Me sorprende pensar que una vez lo consideré un hombre atractivo. Tiene más de cuarenta años, mayor para ser rojo. El pelo, veteado de gris. La cara, surcada por la edad y las adversidades. Su brazo derecho continúa inerte. Todavía cojea. Y su sonrisa sigue siendo lo bastante abierta para mostrar unos dientes desiguales, imperfectos.
—Mi niña —dice, y me agarra el hombro con la mano izquierda. Tiene más fuerza en ella que en el resto del cuerpo junto. Huele a tabaco. Tiene las uñas amarillas—. Mi maldita niña cabronceta y hermosa. Joder, ¡estás tan elegante! —Se ríe y vuelve a reír sin dejar de negar con la cabeza—. No hay palabras. Siento no haber podido ponerme en contacto contigo. Siento haber dejado que Ontari te utilizara de ese modo. Han pasado tantas cosas, Lexa…
—Basta. —Le pongo la mano en la nuca—. Somos hermanos. Las disculpas no son necesarias. Estamos unidos por la sangre y el pasado. Pero, por favor, no dejes que vuelva a ocurrir. —Asiente—. ¿Cómo está mi familia, lo sabes?
—Viva —contesta—. Aún en las minas. Lo sé. Lo sé. Pero es el lugar más seguro para ellos con esta guerra pululando. Nadie quiere hacer estallar la industria de Marte. ¿Lo entiendes? —Me hace un gesto para que me siente—. No conozco a muchos dorados, pero esa Raven es una mierdecilla desagradable. Cuando le hice llegar las instrucciones de su padre en el Confín, pensé que me iba a rajar de arriba abajo. —Enciende un cisco y me guiña un ojo—. Nunca había conocido a nadie como ella.
—Es tremendamente leal —digo—. Como tú.
—¡No! Me refiero a que es capaz de decir más palabrotas que cualquier maldito rojo.
—¿Raven dice palabrotas? —Sonrío—. Supongo que una se acostumbra. Aunque ahora le gusta mucho decir «maldito».
—Es una palabra bonita. Te llena la boca. He investigado un poco. —Coge aire y se le hincha el pecho—. Ha estado con nosotros desde los primeros ancestros, ¿sabes? Los primeros dorados, los que tenían los ojos normales y uniformes dorados, sacaron a la mayor parte de los reclutas tempranos de entre los pobres bastardos de las islas irlandesas después de que la radiación de Londres convirtiera esas tierras en un desierto. Los dorados cogieron a los trabajadores altamente cualificados que emigraban y los reclutaron para que fueran los primeros pioneros. Su jerga se extendió, se mezcló un poco. La historia es fascinante, ¿verdad?
—Ontari se ha inventado su propia historia —digo.
—Es verdad. ¡Estoy muerto! —Niega con la cabeza y se enciende otro cisco tras lanzar el anterior al suelo. Lo recojo y lo tiro a la papelera—. Cogió su propio camino más o menos un año después de que tú te marcharas. Descubrimos que varios senadores iban a ir de vacaciones al mar Gorgona. Así que nos presentamos allí para poner micrófonos en la villa y ver si podíamos averiguar algún secreto. No lo conseguimos. Solo escuchamos… muchas mierdas depravadas. Y aquello era todo, pensamos. Pero Ontari no. La última noche, entró y mató a los senadores y sus invitados. Después nos dejó.
—Entonces ¿nunca hubo un escuadrón de lurchers que atacó vuestro cuartel general?
Hace un gesto de negación.
—Vinieron por ella. Mataron a unos cuarenta Hijos. Pero ella ya se había marchado a la Luna. Ares nos salvó. Irrumpió a lo bruto con un grupo mixto de obsidianos y grises. Aniquiló a los lurchers y se desvaneció antes de que llegaran los refuerzos. Fue una suerte que los matara a todos. No habría habido forma de que no supieran que es dorado después de aquello. Tuvimos nuestro primer cara a cara aquel día. Ese tío da un miedo que te cagas.
—Yo no habría elegido esas palabras. —Aunque tal vez sean adecuadas teniendo en cuenta cómo me ha engañado—. ¿No te molesta que sea dorado?
—A él no le molesta que nosotros seamos rojos. Ares moriría por la causa, Lexa. Mierda. La empezó él. ¿Sabes por qué lo hizo?
Niego con la cabeza.
—Es su historia. —Marcus se pasa los dedos por las mordeduras de víbora que tiene en el cuello—. Un hombre tiene derecho a contar su propia historia. Pero la suya no es alegre. Tan triste como la tuya. Tan triste como la mía. Arrebátale a un hombre lo que ama y ¿qué le queda? Solo el odio. Solo la rabia. Pero él fue el primero en saber que podría haber algo más. Me encontró a mí. Te encontró a ti. ¿Quién mierda somos nosotros para cuestionarlo?
La puerta se abre de repente. Ambos nos volvemos y Becca entra cojeando. Parece estar medio muerta, delgada como una espátula, más pálida que antes. Sin decir una sola palabra, se acerca a mí renqueando y me da un largo beso en la boca con un cariño desesperado y sincero. Luego comienza a llorar como una niña. Marcus y yo no sabemos qué hacer, así que me limito a rodearla con los brazos y dejarla sollozar. Me susurra «Gracias» una docena de veces.
¿Qué le han hecho? Da igual. Sé en qué tipo de cosas entrenan a los grises para obtener información. Dice que no les contó nada. Aun así, debo descubrir qué ha sacado el Chacal de todo esto. Qué deducciones ha hecho tras encontrar el laboratorio de Becca.
Miro por encima de la cabeza de Becca y veo a Titus ahí de pie, sonriendo con tristeza. Al cabo de un largo instante, la tallista me suelta.
—Intenté avisarte, cuando te vimos en la Luna —dice con tono de disculpa—. Quería decirte que huyeras. Pero me habría matado si hubiera dicho algo más. Tenía miedo de que la creyeras a ella y no a mí.
—Te habría creído, Becca.
—¿Sí? —Se sorbe la nariz—. Sabía que vendrías a por mí. Le dije que mi querida niña era demasiado buena para olvidarse de Becca, pero ella me escupió. Me dijo que era un esclavista. —Agacha la cabeza, llorosa y vulnerable, exhausta y casi loca por lo que deben de haberle hecho en las cámaras de tortura del Chacal—. Tenía razón. Lo soy. Soy malvada. Hacía daño a aquellos chicos y chicas. Los vendía incluso cuando los quería. Claro que Ontari tenía razón. ¿Por qué ibas a venir? ¿Por qué ibas a hacer nada por la pequeña y maligna Becca?
—Porque eres mi amiga. —Me llevo sus manos a la boca y se las beso con delicadeza. Ella me mira con ojos esperanzados—. Aunque seas extraña, aunque fueses malvada. Sé que quieres ser mejor. Quieres vivir para algo más. Como todos nosotros. Y no hay lugar al que puedan llevar a uno de mis amigos para que yo lo abandone.
Sienta bien decir la verdad.
—Gracias, princesa —dice en voz baja.
Después de eso, recupera la compostura y reúne la fuerza suficiente para darse la vuelta y salir del despacho. Titus cierra la puerta.
—Vaya, qué sentimental.
Asiento. Esta es la mujer que me gustaría ser. Sin estar constantemente en guardia. Sin mentir con descaro. Supongo que ni siquiera sabía cuánto cariño sentía por Becca hasta ahora. No es porque ayudara a crearme. Es porque siempre me ha querido mucho. Aunque fuera un tipo de amor extraño, era verdadero. Y estoy convencida de que quiere ser una mujer a quien cree que yo respetaría. Al igual que yo quiero ser una mujer a quien Costia y Mustang respetarían. Y ese es el buen tipo de amor.
—Tenemos que hablar, Titus —digo.
Aún no hemos tenido oportunidad. Raven vino a contarme el plan de Marcus: convocar una reunión, fijar los Hijos a mi barco, dejar que se infiltraran en el edificio. Lo único que hice yo fue sugerir a Sun-hwa como chivo expiatorio y dejarles claro que Octavia no debía salir herida.
—Os dejaré para que podáis hacerlo —dice Marcus, y empuja hacia atrás su silla de metal.
—No, quiero que te quedes —le pido—. Ya le oculto demasiados secretos a demasiada gente. No esconderé ninguno más entre nosotros tres.
—Aprende a contar, caraculo —dice Raven, que sale de detrás de un motor oxidado. La puerta de metal barata que da al exterior se cierra con brusquedad a sus espaldas. Huele a otoño incluso en el distrito manufacturero de Agea, impregnado de aceite. Se sube de un salto al herrumbroso chasis de un viejo caza y se sienta con las piernas colgando.
Riéndome, me vuelvo hacia Titus.
—Así que tú eres Ares.
—¡Esta tía sale del coma y resulta que es una genio! —ladra Titus. Se pone a aplaudir, pero su mirada continúa siendo mortalmente seria—. La mayor parte de la gente me llama bronce. Los alumnos me llaman próctor. Otros me llaman Caballero de la Furia. La soberana me llama traidor. Mi hija me llama caraculo…
—Eres un caraculo —lo interrumpe Raven.
—… Mi esposa me llamaba Titus. Pero los dorados me convirtieron en Ares.
Hasta ahora no sabía qué significaba eso. Es dorado. ¿Cómo podrían hacerle algo los propios dorados? Pero ahora he atisbado algo entre bambalinas.
—¿Por qué no me dijiste quién eras desde el principio?
—¿Y poner mi vida en manos de las destrezas interpretativas de una adolescente? —pregunta entre risas—. Creo que no. Si te hubieran descubierto y torturado…, malas noticias. Tenía planes alternativos, otros hierros en el fuego. Casualmente, tú eras mi favorita. Pero no debemos ser tendenciosos.
—¿Quién era tu esposa? —pregunto, aunque ya sospecho la respuesta.
—¿Historia larga o corta? —pregunta él a su vez.
—Larga.
—Yo era el enlace de una empresa de terraformación de Tritón —comienza abruptamente—. No tenía un trabajo glamuroso como el tuyo. Ni filos, ni armaduras. Solo gestión de construcción. Un plateado arrendaba el contrato. Yo dirigía una de las últimas fábricas Motores Lovelock en su polo norte cuando la erupción de uno de los malditos géiseres de esa luna provocó un terremoto. Agrietó la corteza de hielo. Sumergió toda la fábrica en el mar subterráneo. Tres mil almas murieron ahogadas.
»Me sacaron del mar y pasé los meses siguientes recuperándome en el hospital ártico. Estaba en el ala de los colores superiores. Teníamos buena comida. Mejores duchas. Camas más nuevas. Pero los colores inferiores tenían la ventana que daba a la aurora boreal. Y ella tenía la cama junto a esa ventana.
Levanta la mirada hacia Raven.
—Era la mujer más bella que haya conocido. Y también su aspecto era agradable. Había perdido una pierna en el accidente. Y no iban a ponerle una nueva. Podían hacerlo. Es simple biónica. Pero no era rentable, decían los cobres. El color más mierda que existe, juro que…
Raven se aclara la garganta.
—Ya lo sabemos.
Titus le tira algo de la basura a Raven y continúa:
—Cuando me marché, me la llevé conmigo. Había ahorrado suficiente dinero para largarme de Tritón. No podía vivir en el Núcleo. Era demasiado caro. Así que elegí Marte. Vivimos a las afueras de Nueva Tebas durante un año. Nuestro mayor deseo era tener un hijo. Pero nuestro ADN no era compatible. Así que fuimos a un tallista para ver si podíamos hacer algo de magia. Y lo conseguimos. Me costó casi todo lo que tenía, pero nueve meses después esta pequeña Trasgo reptó hacia la luz.
Raven saluda desde su atalaya mientras examina la basura para ver si es comestible.
—Dos años después, el Consejo de Control de Calidad arrestó al tallista por un trabajo que le había hecho a algún gladiador obsidiano y nos delató sin perder un instante a cambio de que le redujeran la condena. Fueron a nuestra casa cuando yo había salido con Raven. Encontraron a mi esposa, se la llevaron para interrogarla. Sus médicos vieron que le habían modificado las trompas de Falopio para que fueran compatibles para engendrar una niña dorada. Luego la desecharon. Lo dicen así en los registros: «desechada». La gasearon con achlys-9, la metieron en un horno y lanzaron sus cenizas al mar. Ni siquiera le pusieron nombre, solo un número. No porque fuera una ladrona, o una asesina, o hubiera violado los derechos de un hombre o una mujer, solo porque era una roja que osó amar a un dorado. Mi amor egoísta la mató.
»No fue como lo de tu esposa, Lexa. Yo no vi morir a la mía. Yo no vi a los dorados entrar en mi mundo y destrozarlo. Más bien sentí que la frialdad del sistema se tragaba a la única razón de mi vida. Un bronce que apretaba teclas, que rellenaba una hoja de cálculo. Un marrón que giraba un interruptor para soltar gas. Mataron a mi esposa. Pero ni siquiera pensarán en ello. No es un recuerdo en su mente. Es una estadística. Es como si nunca hubiera existido. Como si fuera un fantasma al que yo amaba pero al que nadie más vio. Eso es lo que hace la Sociedad, dividir la culpa para que no haya un villano, para que sea inútil incluso ponerse a buscar al villano, buscar justicia. No es más que maquinaria. Procesos. Y nunca se detiene, inexorable hasta que crezca toda una generación que se lance contra los engranajes.
—¿Cómo se llamaba?
—¿Su nombre? ¿Qué importancia tiene? —pregunta receloso.
—Me importa porque quiero recordarla.
—Bryn —dice Raven desde arriba—. Mi madre se llamaba Bryn. Tenía veintidós años cuando la mataron.
Solo un año más de los que yo tengo ahora.
—Bryn.
Repito la palabra y veo que Titus se balancea ligeramente sobre los pies. Que le falta la respiración.
—O sea que tú eres medio roja —le digo a Raven.
Asiente.
—Lo descubrí hace un par de días. Es raro de pelotas, ¿no?
—Raro de pelotas. Serás una buena roñosa.
—Me gusta pensar que soy una especie en extinción.
Marcus juguetea con una cerilla entre los dedos.
—Todos lo somos.
—Sabías lo de Wells —le digo a Titus.
—Pero Marcus no. No lo culpes por eso. Creía que os haríais hermanos en el Instituto. Un afecto natural por vuestra propia raza. Pero se volvió oscuro, y no hubo forma de volver a encaminarlo. Me reuní con él, con un inhibidor y una espectrocapa, como hice contigo. Pero la presión hizo que se desmoronara. No quería que a ti te pasara lo mismo.
—Me desmoroné. —Miro a Raven, a Marcus—. Pero tenía amigos que me ayudaron a recomponerme. ¿Por qué no nos hablaste a Wells y a mí de lo del otro?
—Porque entonces sus errores habrían sido los tuyos y los tuyos los de él. En una tormenta, no ates dos barcos juntos. Se hundirán el uno al otro. —Se aclara la garganta—. Siempre supe que un dorado no podía liderar esta revolución. Tiene que ir de abajo arriba, chaval. Ser rojo es ser familia. Más que ningún otro color, es el amor en medio de todos los horrores de nuestro mundo. Si los rojos se alzan, tienen una oportunidad de unir todos los mundos. Los colores medios no lo harán. Los rosas, los marrones, no pueden hacerlo. Los obsidianos ya han fracasado antes. Y si lo consiguieran solos, destrozarían los mundos en lugar de liberarlos.
—Entonces ¿cuál es el plan? —pregunto—. Me he cargado tu posición junto a la soberana.
—Eres difícil de manipular, Lexa, así que iré directo al grano. Augusto va a adoptarte. No te sorprende…
—Tendría sentido. Quiere ligar mi destino al de su familia. Probablemente me obligue a casarme con Mustang. Sin embargo, convertirme en su heredera fracturará mi alianza con el Chacal.
—¿Tú crees que al Chacal le importa eso? —pregunta Raven—. Tengo la sensación de que ha abandonado toda esperanza de ganarse la aprobación de su padre en algún momento. Ese maldito cabrón se está construyendo su propio imperio.
—Habrá que verlo —digo.
Titus continúa:
—Deshazte del Chacal o haz que forme parte del plan, no importa. Augusto te adoptará como heredera. Y te utilizará como pretor en su ejército. Y si derrotas a la soberana, no se conformará con ser rey de Marte. Querrá convertirse en soberano. Ayúdalo a conseguirlo. Y un año después del comienzo de su reinado, Raven lo matará e inculpará a algún rival, tal vez al Chacal…
Ahora soy yo quien se balancea con nerviosismo.
—Quieres que herede el imperio —aventuro—. La Sociedad entera.
Lo miro boquiabierta. También a Marcus.
¿Cómo pueden continuar tan serios?
—Sí —confirma Titus—. Cuando muera, todos volverán la vista hacia la más fuerte. Sé la más fuerte. Gana el juego de la sucesión y podrás ser soberana igual que fuiste primus. Igual que eres pretor. Todo es un juego. Solo que esta vez te estamos ayudando a hacer trampas. Te proporcionaremos información, te protegeremos de los intentos de asesinato. Conmigo a tu lado, tendrás una red de espías que ni siquiera el Chacal o la soberana pueden igualar. Sobornaremos a quien haya que sobornar y mataremos a quien haya que matar.
Me quedo pensativa, mirándome las manos.
—Creía que las mentiras estaban a punto de acabar. Quiero contar lo que soy. Quiero declarar la guerra.
—Todavía no podemos. Ya lo sabes.
Lo sé, pero no quiero separarme de estas personas.
—No volveré a quedarme en tinieblas. Nos mantendremos en contacto. Haremos planes. Nada de áreas grises otra vez. ¿Lo entendéis? No puedo estar sola como antes.
—Di que sí, Titus —interviene Raven—, o yo tampoco voy.
—Nos comunicaremos todos los días si así lo necesitas. No puedo ir contigo. Se está disputando una guerra fantasma que tengo que gestionar. Pero en mi lugar enviaré a algunos de mis mejores agentes. Tendrás una camarilla de confianza. Espías. Asesinos. Cortesanos. Piratas informáticos. Todos con coartadas perfectas. Todos dispuestos a morir por romper las cadenas. Ya no estás sola.
Sus palabras me llenan de alivio. Pero hay algo que sé que no seré capaz de hacer.
—Tengo que volver.
—Sí. Deben de estar preguntándose dónde estás —concede Titus.
—No —replico—. Tengo que ir a casa.
—¿A casa? —pregunta Marcus—. ¿A Lico?
—¿Por qué? —exige saber Titus—. ¿Qué te queda allí?
—Mi familia. Han pasado cuatro años. Necesito verlos antes de que esto empiece. —Miro a los dos hombres a los ojos, los dos llenos de cicatrices y heridos a su manera—. Tenéis que entenderlo. Las cosas están a punto de saltar por los aires de formas que no podemos predecir. Fingimos saber lo que estamos haciendo al empujar a esos dorados a la guerra. Trazando la estrategia de la nuestra. Como si pudiéramos controlarla, pero no podemos. No somos más que unos mortales que van a abrir la caja de Pandora. Y antes de que todo se ponga del revés, necesito recordar por qué estoy luchando. Necesito saber que merece la pena.
—Quieres su bendición —dice Marcus—. La de ella.
Él conoce mi corazón mejor que Titus. Si voy a permitir que Augusto me adopte, tengo que ir a casa antes.
—No puedes explicarles lo que eres. No lo entenderán. —Titus da un paso al frente, de repente receloso de mi carácter—. Ya lo sabes.
—¿Hasta qué punto habría sido todo esto más fácil si tú y yo hubiéramos colaborado desde el principio? —digo—. Las mentiras engendran mentiras. Tenemos que confiar. —Miro a Raven—. Voy a llevarla a Lico.
—¿A quién? —pregunta Marcus.
—A Mustang —murmura Raven.
—No —casi grita Titus—. Imposible. No. Es un riesgo que no merece la pena correr. Ahora estás en una buena posición. ¡Está enamorada de ti! No pierdas esa influencia porque te sientas culpable.
—¿Y si yo también la amo?
—Mierda —salta Titus—. Mierda. Mierda. Mierda. ¿Lo dices en serio? Creía que era parte de tu condenado juego. Mierda. Chavala, lo estropearás todo. Maldita idiota. Mierda.
—Esto lo es todo —digo—. Ella me quiere. No seguiré utilizándola. No la emplearé como influencia. Si no podemos confiar en ella, entonces es que los dorados no son capaces de cambiar y Wells y Ontari tenían razón. Demonios, la Sociedad tendría razón. Tú y yo sabemos que no se trata de nuestros colores, se trata de nuestros corazones. Pues pongámoslos a prueba.
—¿Y si te equivocas? ¿Y si te rechaza por ellos?
No tengo respuesta.
Raven baja de un salto de su atalaya.
—Entonces le meto una bala en la cabeza.
