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LIBRE
La Olla es un pedazo de mierda: un nido de metal y hormigón de trescientos metros de profundidad, húmedo y con peste a licor y agentes limpiadores. En el pasado me parecía cernirse sobre el área común de Lico como una especie de castillo noble. Pero cuando mi barco desciende, no es más que una ampolla de metal opaco en la taiga meridional de Marte, muy alejada de las grandes ciudades donde los hombres se congregan para el gran ataque contra Abby au Lune. Los grises que hay dentro no sirven para ganarse un sueldo haciendo cualquier otra cosa que no sea intimidar a los rojos. Y pensar que una vez pensé que los tipos como Dan el Feo eran tropas de élite… Es triste ver lo débiles e insignificantes que eran en realidad los demonios de mi juventud. Como si procediera de algún tipo de pasado fantasioso y hueco. No sabían que mi barco iba a venir. No saben por qué estoy aquí y tampoco debo explicárselo. Tan solo se dispersan como tábanos cuando bajo dando zancadas por la rampa de mi nave hasta la plataforma de aterrizaje ennegrecida por el aceite de los motores, precedido por una marabunta de guardaespaldas obsidianos. Ragnar me sigue mientras voy recorriendo los pasillos de rejas de metal. Cualquiera de estos grises sabría llegar adonde necesito ir, pero ahora estoy buscando una cara familiar.
—Dan —le pregunto a uno de los empleados de mantenimiento marrones—. ¿Dónde está?
Irrumpo en una de sus salas privadas, donde una docena de grises juega a las cartas y fuma puros. Una mujer se percata de mi presencia y desvía su atención de una HP donde varios comentaristas —un plateado, un violeta y dos verdes— debaten las ramificaciones políticas de la conquista de Marte sobre un montaje de mis hazañas. Se le cae el puro de la boca. El hombre que está sentado a su lado lo apaga a manotazos cuando le cae sobre la pernera del pantalón y prende la tela.
—Carly, eres un pedazo de carne inútil. —Aparta su silla de la mesa—. Maldita sea. Al demonio con tu…
Dan el Feo se da la vuelta para verme por primera vez desde hace cuatro años. Siento cómo se le eriza el vello de la piel cuando se activa el resorte de disciplina escondido en algún rincón de su perezoso cuerpo. No hay reconocimiento en su mirada, ni miedo, solo obediencia. Esto no me ofrece ninguna catarsis. Dan debería tener dibujada una sonrisa insolente en los labios, un asqueroso ademán de hiena. Pero no es así. Está amansado. Obediente. Con la cara llena de marcas del acné de su adolescencia. El pelo grasiento por el que Loran y yo siempre lo insultábamos a sus espaldas ha desaparecido. Un cráter de alopecia lo ha sustituido, rodeado por mechas de un gris apagado. Da tanto miedo como un perro con el pelo mojado. Este es el hombre que permití que matara a Costia.
¿Por qué fui incapaz de detenerlo? ¿Acaso alguna vez fui tan débil?
—El bosque de la bóveda —le digo a Dan, y mi voz llena la sala de metal—. Llévame allí.
Ya me he dado la vuelta. Ragnar se da unas palmaditas en el muslo.
—Ven, perro.
Han pasado cuatro años desde que estuve aquí por última vez. Las estrellas titilan en el gris que cubre nuestras cabezas cuando la noche empieza a ponerse la capucha. El bosque es más pequeño de lo que lo recordaba. Está menos lleno de color, de ruido. Supongo que era de esperar, habiendo estado donde he estado, visto lo que he visto. Hay más basura. Más indicios de que los grises lo utilizan para follar y beber. Le doy una patada a una lata de cerveza vacía con el zapato. Un envoltorio de caramelo marca el lugar donde Costia y yo yacimos juntos por última vez. Lo recuerdo como un lecho de césped suave. Pero ahora hay malas hierbas. Puede que ya las hubiera entonces y que simplemente no me fijara en ellas. Las flores son cosas marchitas, míseras. Rozo una con el dedo y empiezo a sentir una tristeza que me desgarra por dentro y que me lleva a levantar la mirada hacia la cúpula para ver las estrellas que tachonan el cielo. Suelto un bufido. Puede que una vez fueran estrellas. Eso creía cuando era más joven. Pero son los barcos de guerra que se preparan para el asalto a la Luna. No sé qué me esperaba. Aquí ya no queda nada de magia. Debería haber dejado este lugar en la perfección del recuerdo. Me pregunto si Costia también estará más segura ahí, a salvo de mis ojos. Si la viera ahora, si regresara, ¿estaría tan enamorada? ¿Me parecería tan perfecta?
Paseo por el bosque. La verdad es que apenas es más grande que mis aposentos del Lincoln. Yo soy más corpulenta que los árboles bajo los que camino. La hierba ralea en la base de los troncos, donde las raíces crecen bajo el suelo. Encuentro el lugar exacto que me ha traído hasta aquí. Las flores de hemanto viven sobre la tumba de Costia. Docenas de ellas. Parecería un milagro si no recordara el brote que deposité junto a ella bajo tierra. Ella ya no está aquí. Eso ya lo sé. Los grises la sacarían y la atarían en el área común para que se pudriera después de colgarme a mí. Hay una oscura ironía en la que acabo de reparar. He venido hasta aquí para pedirle su bendición, pero ella ya no está. Ha abandonado esta jaula en dirección al valle. Así que me siento con las piernas cruzadas esperando a que se ponga el sol en el mismo lugar en que una vez esperé a que se alzara. Cuando baja, la luz agonizante del día llena el bosque de la bóveda de un matiz sangriento. Y entonces el sol se rinde al horizonte y la noche extiende su sudario agujereado de estrellas sobre Marte.
Me río de mí misma.
Ragnar sale de su escondite junto a la puerta.
—Estoy bien —digo sin volverme hacia él—. Ella se reiría de mí por haber venido hasta aquí.
—La risa es un don.
—A veces.
Me pongo en pie y me sacudo los pantalones mientras le echo un último vistazo al lugar. El bosque no es tan perfecto como yo lo recordaba. Y ella tampoco. Era impaciente. Podía ser vengativa por pequeños detalles. Pero era una niña. Ni siquiera había cumplido los diecisiete. Y dio cuanto pudo, hizo cuanto pudo con lo poco que tenía. Por eso siempre la amaré, y por eso sé si me concedería o no su bendición para lo que voy a hacer. Mi corazón no puede permanecer aquí, en esta jaula de la que ella misma ha escapado. Debo pasar página.
