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EL MAGISTRADO

El magistrado de minas Timony au Podginus me espera flanqueado por una camarilla de guardias grises que ahora lucen sus mejores y más brillantes uniformes. Uno lleva una bandeja de queso, dátiles y el mejor, y tal vez único, caviar de Podginus.

Dan el Feo ha desaparecido.

—Lady Andrómeda, ¿no es así? —canturrea Podginus con esa entonación altanera que tanto les gusta a los arrogantes cobres. Está más gordo. Tiene menos pelo. Y suda como un cerdo en el horno cuando abre en abanico sus dedos cargados de anillos para obsequiarme con una extraña reverencia habitual en los dramas políticos de la HP—. Estaba examinando las instalaciones de compresión de mena —probablemente un prostíbulo de la cercana ciudad de Yorton, donde termina la taiga— cuando me llegó la noticia de su visita. He regresado lo más rápido que he podido, pero aun así le suplico que me perdone. Me pregunto, no obstante, si podría atreverme a preguntarle el propósito de su visita. —Para poder venderle esa información a hombres como Plinio. Los bronces rara vez son sinceros en todo lo que dicen—. No hay programada una inspección hasta…

—En la sociedad educada, se considera grosero no presentarse, bronce. —Hablo como una Única, no como los florecillas a los que él emula con tanto entusiasmo.

—¡Mis disculpas! —tartamudea alarmado, y me dedica una reverencia tan profunda que creo que podría tocar el suelo con la nariz si no fuera por el cojín de su considerable panza—. Soy el magistrado de minas Timony au Podginus, su humilde servidor. Y me gustaría decirle, si no es demasiado osado —continúa agachado—, que su aspecto es aún más magnífico de lo que me había imaginado. No me refiero a que no esperara que fuera fornida y alta, puesto que el archigobernador solo se vale de los mejores, pero la HP a duras penas le hace justicia.

—Puedes alzarte.

Se incorpora avergonzado y atisba el bosque que se extiende a mis espaldas, buscando maliciosamente la razón por la que alguien como yo ha venido a su mina sin previo aviso.

—Como estoy seguro de que sin duda habrá oído en boca de otros, los magistrados de minas nos regocijamos sobremanera al saber que el planeta había sido liberado del control de los Belona. Puede que esos hombres conozcan la guerra, pero ¿la minería? Bah, principiantes.

—Al parecer tampoco conocen la guerra.

Traga saliva y vuelve a mirar hacia mi filo y después al bosque.

—Un espacio bonito, ¿verdad? —pregunta—. Me recuerda a mi época en el río Pirro. Allí florece el tulipán… ¡Oh, qué color! No hay nada igual, como estoy seguro que sabe. Y los árboles, ¿no son casi idénticos a los abedules que se extienden por las estepas del monte Olimpo? Allí me alojé en el Château le Breu. —Hace un extraño movimiento expansivo con las manos—. Lo sé, lo sé, pero hay que darse un capricho de vez en cuando. De hecho, fue donde descubrí el exclusivísimo queso sottocenere. —Sonríe con orgullo—. Mis amigos me llaman Marco Polo, porque me deleito viajando. Es cultura lo que busco. La compañía refinada, como sin duda habrá podido adivinar, es lo más difícil de encontrar por aquí…

No sé durante cuánto tiempo más habría continuado intentando impresionarme si no hubiera mirado los brillantes uniformes de sus hombres, y luego sus brillantes anillos, con el ceño fruncido.

—¿Ocurre algo? —pregunta.

—Tienes razón.

Su mirada de ojos minúsculos y redondos repasa a toda prisa a sus mejores grises en busca de la iniquidad que he detectado. Me asquea lo desesperado que está por complacerme. Este hombre robó a mi familia. Hizo que me azotaran. Contempló el asesinato de Costia. Colgó a mi padre. No es malo. Solo patético en su avaricia.

—¿Tengo razón sobre qué? —pregunta mirándome atónito.

—En que es imposible encontrar compañía refinada en lugares como este.

Lo miro con tanta dureza que temo que vaya a estallar en sollozos. Verlo a él, ver a Dan, no hace más que llenarme de una extrañeza distante. Quería que fueran monstruos terribles, odiosos. Pero no lo son. Son hombres mezquinos que destrozan vidas y ni siquiera se dan cuenta. ¿Cuántos más hay como ellos?

Poseído por el pánico, Podginus hace oscilar la bandeja de queso.

Sottocenere, mi señora. De importación italiana, con notas de regaliz, guiños de nuez moscada, una pizca de cilantro, un poquito de clavo y un pellizco juguetón pero misterioso de canela e hinojo empapado en la corteza. Estoy seguro de que lo encontrará a su…

—No he venido a por queso.

—No. No. Claro que no. —Mira a su alrededor con nerviosismo—. Si acepta mi súplica de una pregunta, ¿para qué ha venido, mi señora?

Echo a andar. Podginus se apresura para no quedarse rezagado.

—Ragnar.

Le hago un gesto al gigante, que se saca una pequeña terminal de datos del bolsillo. Guijarro tardó menos de una hora en enseñarle a usarlo.

Tu producción de helio-3 ha disminuido un catorce por ciento a lo largo del último trimestre. Tus proyecciones muestran un déficit previsto de 13500 kilos para el trimestre fiscal en curso. La pretor Andrómeda desea que se lo expliques.

Podginus no sabe qué hacer. Nos mira a mí, al obsidiano y al terminal de datos. Tartamudea una respuesta:

—Yo… yo… Hemos tenido problemas con la plebe. Grafitis, panfletos ilegales. —Se dirige a mí—. Ya sabe que fuimos el núcleo del movimiento Perséfone…

Ragnar le da una palmada fuerte en el hombro.

La pretor Andrómeda está ocupada.

—Yo… yo… —Podginus se da la vuelta, sumido en una pesadilla que no comprende y de la que no puede escapar—. Me he olvidado de lo que estaba…

Estabas poniendo excusas.

—¿Poniendo excusas? ¡Poniendo excusas! ¿Cómo te atreves? —Se cuadra de hombros—. Actualmente, una rebelión sacude todos los rincones de Marte. Ni una mina ha escapado al disentimiento. La mía no es la excepción. Ha habido asesinatos. Sabotaje. Y no solo por parte de los Hijos de Ares. ¡También por la de los propios mineros!

Podginus se vuelve hacia mí de nuevo, desesperadamente consciente de que su muerte se acerca muy rápido. Está haciendo grandes esfuerzos para mantener el ritmo de nuestras largas zancadas.

—Mi señora, he hecho cuanto estaba en mi mano y más para seguir el método apropiado para sofocar la rebelión como dispone la sección tres, subsección A de la Guía de Gestión de Minas del Ministerio de Energía. Les he reducido las raciones, me he puesto duro con la ejecución de violaciones legales y he desacreditado a los cabezas pensantes haciéndolos caer en relaciones homosexuales. Incluso he introducido los escenarios recomendados en De apaciguar la rebelión. A lo largo de los seis últimos años, he empleado plaga y cura, rebelión y represión, desastre natural, migración de víboras y ¡hasta he considerado el paquete de revuelta gubernamental extraplanetaria! —Jadeando, me hace gestos implorantes para que me detenga—. Ningún hombre lo habría hecho mejor que yo.

—Tu puesto no está en peligro —digo.

Se estremece de alivio. De pronto, algo encaja en su mente.

—No irá a… —Se acerca a mí—. ¡Está pensando en la cuarentena! ¿Verdad?

—¿Por qué no debería poner esta mina en cuarentena? —continúo avanzando por el pasillo hasta que llegamos a la plataforma en la que espera mi barco. Allí me detengo—. Como has dicho, su población no ha reaccionado favorablemente a las estrategias respaldadas por el Ministerio de Energía y el Consejo de Control de Calidad. ¿Por qué no llenarla de aire cargado de achlys-9 y sustituir a los rojos rebeldes por clanes de minas dóciles más cercanas al ecuador?

—¡No!

Se atreve a agarrarme. Ragnar ni siquiera se molesta en amenazar al hombre rollizo.

—Elige bien tus palabras —digo.

—Mi señora, no lo haga. —Las lágrimas destellan en sus ojos avariciosos, aterrorizados—. Puede que los beneficios de mi mina hayan disminuido, pero aún es viable, funcional. Un modelo de cómo capear un temporal.

—Tú eres su salvador —digo burlándome de él.

—Aquí los rojos son buenos mineros. Los mejores del mundo. Por eso son salvajes. Pero ahora se han calmado. He aumentado sus raciones de alcohol y la circulación de feromonas en las unidades de aire. Están procreando como conejos. También he hecho que mis plantas Gamma alteren la maquinaria y los mapas. Creen que las minas se están agotando. Irán con mucho cuidado por miedo a no alcanzar la cuota. Entonces arreglaremos las máquinas y recuperarán la motivación. Incluso puedo decirles que la terraformación está completa y que la migración comenzará dentro de diez años, y que la Tierra ha empezado a mandar inmigrantes. Todavía hay muchas opciones antes de que debamos acceder a la cuarentena.

Observo al hombre cuando deja de hablar espurriando y se desploma, inerte como una camisa mojada en una percha. ¿Todo esto se debe a su propia vanidad o es que de verdad le importan los rojos? Era una prueba para averiguarlo. Pero no soy capaz de distinguir la verdad. Puede que en realidad le importen de alguna manera extraña. Otro monstruo de mi pasado convertido en humano por el látigo de la Sociedad.

—Tu mina está a salvo, de momento. Mantén a tu mano de obra. Aumenta las raciones, empezando esta noche. Quiero trabajadores felices y arcas llenas. En mi nave encontrarás provisiones. Comida y libaciones. Ofréceles un banquete a los rojos.

—Mi señora…, ¿un banquete? ¿Por qué?

—Porque lo digo yo.

Me siento sola en la sala de inspección observando cómo se desarrolla la celebración a través del suelo de cristal. Miles de rojos beben y comen mientras los jóvenes bailan alrededor del patíbulo al ritmo de «La balada del viejo Hickory». Las mesas están llenas de alimentos que estos rojos nunca han probado, de bebidas que nunca han saboreado. Y aunque ríen, aunque bailan, soy incapaz de encontrar la alegría. Viven rodeados por el horror, pero es un horror que conocen. Un horror del que pueden refugiarse.

¿Quedará algún refugio cuando los Hijos de Ares revelen la gran mentira? Destrozará su forma de vida. Estarán perdidos en la grandeza de los mundos. Y ellos los contaminarán. Como han hecho conmigo.

Los reconozco prácticamente a todos. Niños con los que jugué, ahora adultos. Chicas a las que besé una vez, ahora con hijos. Sobrinas. Sobrinos. Incluso mi hermano, Nyko. Me enjugo las lágrimas de los ojos, no sea que alguien las vea. Un niño arrastra a una niña hacia el baile después de besarle la mejilla. Yo ya no volveré a ser esa niña. He perdido la inocencia. Y los rojos jamás me aceptarán como uno de los suyos, con independencia del futuro que les traiga. No soy una heroína conquistadora. Soy un mal necesario. Aquí no queda sitio para mí, pero no puedo marcharme. Hay cosas que deben ser dichas. Secretos que deben revelarse.

—¿Aún intentando crear un culto? —me pregunta desde la puerta.

Me doy la vuelta para ver a Mustang apoyada contra el marco de metal, con el pelo recogido en una coleta y el uniforme de político, de cuello alto, abierto informalmente a la altura de la garganta.

—Supongo que lo siguiente que debería hacer es encargar estatuas, ¿no? —pregunto.

—Ragnar está asustando a los grises pueblerinos.

—Bien.

—Eres muy cruel con los grises —dice entre risas—. ¿Qué es lo que no te gusta de ellos?

Me pasa una mano por el pelo cuando viene a sentarse en el brazo de mi silla.

—Son demasiado obedientes.

—Ah, entonces por eso te gusto yo. —Me clava ligeramente las uñas en la cabeza, bromeando—. Las estatuas no son una buena idea. Desfigurarlas es demasiado sencillo. Los vándalos podrían pintarte bigote o polla en su tiempo libre. Una proposición arriesgada, la de la polla.

—Podría ser peor.

—Bueno, no hay nada peor que un bigote. Daxo intenta dejárselo crecer. Creo que pretende ser irónico Pero no estoy segura. —Suelta una ligera carcajada y se acomoda en la silla metálica que hay al lado de la mía—. Sus hermanas se encargarán de solucionarlo.

Mira en torno a la mina y la Olla.

—Este sitio es repugnante. He redactado una legislación que los reformistas piensan aprobar después de todo esto. Se cargará el Ministerio de Energía, reestructurará el Consejo de Control de Calidad… —Vuelve a fijarse en la Olla—. Cambiará la forma en que se gestiona esta carnicería. ¿Has visto las reservas de suministros de este sitio? Hay comida suficiente para siete años, y sin embargo continúan exprimiendo sus órdenes de requerimiento. He echado un vistazo a sus archivos. El magistrado de mina comete fraude. Es probable que revenda los suministros en el mercado negro. Ese cobre mentiroso pensó que no nos daríamos cuenta. Seguro que porque algún dorado o algún plateado le dijo que untarían a las personas adecuadas para que nadie pusiera pegas jamás. Y, entre tanto, tiene una población malnutrida. Corrupción por todas partes.

Arruga la nariz y arranca un trozo de pintura desconchada de su silla.

—¿Por qué estamos aquí? —pregunta—. ¿Ha pasado algo con mi hermano?

—Esta es la mina donde la chica cantó la canción prohibida —contesto al cabo de unos segundos.

Abre los ojos de par en par mientras estudia la multitud que baila bajo nuestros pies.

—Pobre gente.

Me mira, esperando expectante lo que tenga que decirle. Pero no me quedan palabras. Solo algo que mostrarle. La cojo de la mano y me pongo en pie.

—Ven conmigo.