producciones dbml
en conjunto con
cultores del fanfic cítrico
presentan
un fanfic nan-da-fuck?

los problemas de ritsuko
parte II
basado en evangelion
escrito por DaR
traducción de miguel garcía

- o -

Clic. Furrr. Clic. Ssss. Discreto, el reproductor DAT se rebobinó,
preparándose para volver a empezar su viaje reiterativo. Shinji miró el
techo y suspiró. Le parecía que su vida entera podía medirse por medio
de los ciclos mudos de su walkman. Otra noche más de insomnio. Otra
hora más. Clic. Furrr. Clic. Ssss. Otra hora. Ocho veces por noche,
siete noches por semana, cuatro semanas al mes, doce meses al año.
¿Cuántas veces sonaría la cinta de su vida antes de agotarse como un
par de pilas gastadas?

Despacio, un solitario acorde de violín cantó matices sedosos en su
mente. Una viola entró tras aquel, haciendo trascender la ya
impresionante riqueza instrumental a una suerte de magia. Bajando en
un trino conmovedor, una flauta se unió al cónclave. Toda la sinfonía se
convirtió en el conjuro de un hechicero, un sortilegio de tono sutil e
intrincada armonía. Al menos, hasta que fue perturbado por el mundo
exterior.

Un movimiento del pulgar apagó el reproductor DAT, y el muchacho se
sentó en la cama, mirando el reloj. Alguien abría a tientas la puerta del
departamento. Eran las 4.30 de la madrugada. ¿Sería Misato? Hasta para
ella, era tardísimo. ¿Había estado bebiendo, de nuevo?

Escuchó atentamente. No; no borracha. Serían muchos más los tropezones
y puteadas. Misato blasfemaba como carretonero cuando estaba ebria,
sobre todo cuando se pegaba en los dedos de los pies o se daba con algo
en las espinillas, como inevitablemente sucedía. La curiosidad invadió a
Shinji. El ruido cesó. Consideró levantarse e ir a ver qué ocurría.

Al final, ya no pudo resistirse. Se puso en pie y fue hasta la puerta de su
habitación. Abrió el panel corredizo uno par de centímetros, luego atisbó
en dirección a la sala. En efecto, era Misato. Tenía la espalda apoyada
contra la puerta, la cabeza descansando contra la madera, y una mano
puesta sobre los ojos. No alcanzaba a oír, pero al parecer algo se
murmuraba ella sola.

El vivo retrato de la Víctima De Un Día Largo. Shinji podía compadecerla
por eso.

Volviendo a cerrar la puerta corrediza, notó que la puerta de Asuka se
hallaba también casi imperceptiblemente entreabierta.

- o -

El aire frío bañó los brazos de Ritsuko, situada como estaba, ante la
puerta del refrigerador. Le dio un vistazo al jugo de naranja. Era extraño
tenerlo en la casa. También había café. Ambos eran buenos. Lo malo era
que debía escoger.

El sonido de pies a rastras le hizo levantar la vista. Maya bostezaba, con
los brazos levantados por sobre la cabeza. Aquello produjo interesantes
efectos en el uniforme arrugado que la joven llevaba puesto. Ritsuko
quedó mirando un momento, luego volvió a mirar lo suyo.

—¿Qué haces ahí parada con la puerta abierta? —balbuceó la muchacha,
con la voz todavía espesa de sueño.

—Es que no puedo decidir si quiero café o jugo de naranja.

Maya le dirigió una mirada divertida:

—Bueno, toma de los dos y punto.

De los dos. Podía tomar de los dos. Sí. Por suspuesto. Los dos. Obvio.

—Claro.

Meneando la cabeza, la mujer menor se desplomó pesadamente en una
de las sillas de la cocina.

—¿Quieres café tú también?

Maya, tirada sobre la mesa de la cocina, no emitió más que una especie
de sonido afirmativo en el fondo de la garganta.

Canturreando, Ritsuko aprontó la jarra de café y sirvió jugo de naranja.

—¿Raro, cierto? —dijo—. Normalmente detesto despertar.

Con un bufido corto, la muchacha sentada volvió a apoyar la cabeza en
los brazos.

Ritsuko puso un segundo vaso de jugo en la mesa:

—Me dabas la impresión de ser de las que están en pie y cantando a
primera hora. Toda una madrugadora.

—Pfff —La respuesta se oyó ahogada a través de la tela del uniforme—.
Nunca.

Ritsuko se rió, le dio una palmadita en el hombro y procedió a traer el
café, que ahora burbujeaba alegremente en la jarra, y los tazones.

- o -

—Te estoy diciendo, Hikari, aquí pasa algo muy raro.

La presidenta de la clase no hizo sino alzar una ceja. Durante el camino al
colegio, Asuka había estado desacostumbradamente callada. O lo había
estado, hasta que empezó a despotricar acerca de su tutora y la demás
gente de Nerv.

—Digo, llegar a la casa de madrugada. ¡Y ni siquiera borracha!

—Ehh, ¿no sería más normal eso?

Asuka arqueó una ceja en respuesta:

—¿Para Misato?

—Ah, cierto.

Siguieron caminando unos minutos.

—¡Agh, me estoy chalando con todo esto!

—¿Por qué?

Hikari dejó de caminar, al detenerse Asuka de repente.

—¿Por qué? ¿Por qué? ¡Porque sí! —Agarrándose las sienes, la cara
comenzó a brillarle, enrojecida de exasperación.

Hikari, sabiamente, se abstuvo de interrumpir, pero no se amilanó,
esperando pacientemente.

—¡Agh! ¡Me revienta no saber qué pasa!

Tras considerar brevemente el preguntar la razón, Hikari lo descartó como
una pregunta infantil.

—Bueno, pregúntaselo a alguna de ellas —dijo

Asuka hizo un sonido de frustración:

Scheisse. No me dirían nada. Negarían que algo ande mal. No aguanto
que me traten como niñita.

—Pero eso somos. Al menos en comparación a ellas.

Empinando majestuosamente la nariz, Asuka miró con enojo a Hikari.

—Tal vez tú te consideres una niña, pero Asuka Sohryu-Langley es una
universitaria titulada, y más madura que casi todos ellos.

Adoptando una pose melodramática, su amiga suspiró:

—Supongo que tienes razón.

—Pero claro que la tengo —disparó la otra.

—Vamos, o la universitaria titulada va a llegar tarde al colegio.

—Bueno, bueno, vamos.

Al reanudar la marcha, Asuka no advirtió la sonrisa reservada de Hikari.

- o -

Gendo ni siquiera levantó la vista cuando la puerta de su oficina se abrió
suavemente. Continuó tecleando irregularmente en su terminal, con la
cara hecha una máscara pétrea. Por último, terminó su actividad, y se
dignó darle una mirada al intruso que invadía su tiempo y espacio.

Allí estaba Fuyutsuki, intentando mantener igual grado de inexpresividad.
Su mano derecha asía el mango de un bastón de roble, que parecía estar
usando para evitar apoyar peso en la pierna izquierda.

Y así empezó el juego que llevaban años jugando.

Ikari notó que el pie no estaba enyesado, pero sí parecía estar vendado
profusamente. A su vez, Kozo elevó imperceptiblemente un hombro,
explicando tácitamente su ausencia previa.

El otrora alumno examinó al hombre de pies a cabeza. Su maestro movió
milimétricamente la mano en el bastón.

Un albor de sonrisa tocó los labios de Gendo. Fuyutsuki miró al techo.

Gendo asintió infinitesimalmente. Fuyutsuki se examinó las uñas.

Encogida de hombros. Suspiro.

Por último Gendo se reclinó en su sillón, con una seca sonrisa de diversión:

—Siempre ganas, vejete.

—Así es, pequeño saltamontes. Que no se te olvide.

—¿Qué te pasó?

—Tropecé con un cable.

—Au.

—Algo así dije.

—Mentiroso. Maldijiste como colegial borracho.

—Me ofendes. Tal vez pensabas en tu persona.

—Cómo no, abuelo.

—Así es, pequeño saltamontes.

—A trabajar, entonces.

- o -

Desde la tina, Misato miraba el techo del baño. Había esperado
cautelosamente a que ambos niños se hubieran ido al colegio antes de
aventurarse a salir de su dormitorio. Hasta había prescindido de su
acostumbrada cerveza matutina. O tres.

Tenía que pensar, y un montón.

Por desgracia, la meditación intensa no era uno de sus puntos fuertes.
Ella era una criatura de instinto y reacciones, no de planes e introspección.
El agua casi hirviendo le convirtió el cuerpo en hule, relajándole
forzosamente los músculos. Su mente, no obstante, corría en círculos,
yendo con gran velocidad a ninguna parte.

Había despertado acostada con una mujer. Ninguna de las dos había
estado... desvestida. O siquiera en paños menores. Pero igual. Y Maya...
era...

—Lesbiana —dijo en voz alta, solo para probar que podía.

—¿Guaarg?

El frasco de champú voló y le dio en la cabeza a un muy sorprendido
pingüino de termas, que salió eyectado del baño.

- o -

Maya alejó de sí el plato, indicando que terminaba de desayunar. Reclinada
en la silla, manifestó un sonido de satisfacción. Ritsuko concluyó de barrer
el último resto de mermelada del plato, luego se metió el panqueque en
la boca.

—¿Rico?

—Mucho. No creí que supieras cocinar.

Ritsuko se limitó a sonreír:

—Cuando se vive sola tanto tiempo como yo, a la larga una aprende a
rebuscárselas.

Maya asintió, pareciendo, y sintiéndose, más humana con algo de comida
y café en el cuerpo.

—De todos modos los panqueques estaban de maravilla —dijo.

—Agradécele a Misato.

La quijada de la joven cayó, y consiguió tartamudear su pregunta:

—¿Misato te enseñó a hacerlos?

Echando la cabeza hacia atrás, Ritsuko se rió:

—¡Válgame, no! Misato a duras penas puede con el ramen instantáneo.

—Pero, tú dijiste...

—No. Yo no dije eso. —Su tono de voz era divertido. Golpeteándose la
sien con un dedo, preguntó—: ¿Qué dije?

—Dijiste que... —Maya lo pensó un poco, obviamente tratando de
recordar sus palabras exactas—. Ah. Bueno, ¿quién te enseñó?

—Saqué la receta de un libro.

Maya estaba ahora completamente confundida:

—¿Entonces qué tuvo que ver Misato ahí?

—Fácil. Con ella los conocí. En la universidad, había un localcito fantástico
donde hacían panqueques, al lado del campus. Ella siempre me hacía ir
para allá.

—Ah. —Otra expresión extraña cruzó el semblante de Maya mientras
pensaba. Ritsuko apenas alcanzó a entreverla, y se preguntó a qué
podría deberse, mientras llevaba los platos al fregadero.

- o -

—... y hoy en día muchas autoridades consideran que fue un meteorito o
un cometa pequeño...

Shinji emitió mentalmente un suspiro de exasperación. Por mucho que
el Segundo Impacto hubiera afectado la vida de toda persona viviente,
ni siquiera él tenía la paciencia para oír hablar de este tan seguido.
Takabataki-sensei, no obstante, parecía nunca cansarse de hablar de sus
efectos y ramificaciones en todas y cada una de las asignaturas. Podía
estar horas inacabables transmitiendo.

Arriesgó una mirada breve en torno al aula. Casi todos estaban igual de
aburridos. Los alumnos más aplicados se esforzaban de todos modos en
poner atención, pero la mayoría estaba en la luna o haciendo los deberes
de otras materias. Posó la vista en Ayanami por un par de momentos.
Como era normal, ella no hacía sino mirar por la ventana, olvidada del
aula.

Un destello en su computadora le hizo mirar el terminal. Se desplegó una
ventana de mensaje en la esquina superior izquierda de la pantalla. Era
de Kensuke.

QUE LE PASA A LANGLEY?

Miró en dirección a su compañera de residencia y colega nominal. La
alemana claramente no estaba poniendo atención alguna, algo no extraño
en sí, sino que garrapateaba furiosamente a la antigua, en un cuaderno de
papel. Eso era un tanto extraño. Tecleó una rápida respuesta.

NO SE

Pero se le ocurrían un par de cosas.

- o -

En silencio, Ritsuko lavaba la sartén, sumergiendo a ratos la esponja
en el agua jabonosa. Restregaba. Restregaba. Restregaba. No era que
estuviese absorta en la tarea; su mente simplemente divagaba mientras
las manos actuaban por sí solas. Ocupada en eso, no oyó a Maya
aproximársele desde atrás. Tampoco advirtió los brazos de la otra mujer
rodearle la cintura. Más aún, el primer indicio de algo fuera de lo común
fue la respiración de Maya, suave y tibia, en su cuello.

Se rigidizó levemente, al percatarse de que tenía a su colega apretada
contra la espalda.

—¿M... Maya? —tartamudeó.

Una voz baja, casi ronroneante en el oído:

—¿Sí?

—¿Qué estás...? Pero... —Ritsuko se interrumpió, sin ganas —o incapaz—
de terminar la idea.

Maya no se dignó responder, limitándose a un dulce tarareo, meciendo las
caderas adelante y atrás, siguiendo los sones de una melodía que solo ella
podía oír. El efecto era electrizante. Partes de todo el cuerpo les rozaban
una contra otra. Muslos. Brazos. Podía sentir los senos de Maya, levemente
aplastados por el contacto. Sentía su... Ritsuko desvió tajantemente
aquellos pensamientos.

—No me... No podemos... No deberíamos... —Una vez más fracasó en
terminar la protesta.

Una de las manos de Maya empezó a moverse, a trazar perezosas
figuras en el vientre de Ritsuko, a arrastrar por su piel la tela de la
camiseta. La otra mano descansaba en su cadera, un brazo pasado
delante de su abdomen, apretando con delicadeza. Un par de labios
suaves tocó su cuello un instante, solo lo suficiente para dejar una
sensación fugaz de tibieza y humedad.

—No... No nos... —Los intentos de Ritsuko se hacían más cortos, menos
organizados.

Aquellos labios hacían nuevo contacto, más largo esta vez, sintiéndose
casi fríos en comparación con el calor repentino que parecía difundir desde
el interior de Ritsuko. Se sentía acalorada. Más que acalorada. Poco a
poco advirtió que se estaba balanceando de pie en pie, moviéndose al
ritmo de Maya. Exiliada de la realidad, advirtió también que seguía
sosteniendo la sartén y la esponja. Casi inaudiblemente, estas naufragaron
en la espuma.

—¿No qué? —le sonó la voz de Maya en los oídos. Era apenas un suspiro,
labios que le rozaban el lóbulo de la oreja, pero fue el sonido más fuerte
que hubiera oído jamás.

El maxilar de Ritsuko se movió, sin emitir sonido alguno. Toda objeción
que tuviera quedó inexpresada cuando la otra mano de Maya entró por
fin en acción, para inmiscuirse despacio por debajo de la camiseta, dedos
entrando en contacto con piel. Sintió la cabeza abombada, como en un
vahído. Tenía en las piernas una curiosa sensación como de goma, como
si hubiese podido derrumbarse cual bulto flácido en cualquier momento.
Aferró el borde del fregadero.

De nuevo, los labios de Maya le tocaron el flanco del cuello, por más
tiempo esta vez. Se abrieron, y Ritsuko pudo sentir la lengua de Maya
resbalar hasta la juntura entre su cuello y hombro. El resultante jadeo de
sorpresa fue el primer sonido que había emitido en casi un minuto. Las
cosas se habían salido completamente de control. No tenía idea de qué
hacer, así que se quedó ahí, sumida en las sensaciones.

Podía sentirlo todo. Las minúsculas gotitas de sudor que le afloraban de
la frente. Los mínimos vellos del cuello que se ponían lentamente de
punta luego de ser aplastados por la boca de Maya. El olor de su champú,
perfumado de manzana y canela. El contraste de uña y yemas mientras
una mano tiraba de la camiseta y la otra bailaba en su piel. Oyó suspiros,
jadeos, resuellos rasposos y entrecortados. Todos de ella. Y seguían
meciéndose, adelante y atrás, siguiendo el ritmo de un reloj desconocido.

La camiseta estaba ahora remangada por encima de sus pechos, su
vientre a merced de cuanto viniese, los bordes del simple sostén de
algodón asomando por debajo. Le era obvio qué venía a continuación,
no cabía duda alguna. Las manos de Maya se desplazaron hacia arriba,
para seguir el borde mismo del busto de Ritsuko.

—¿Quieres? —El resto de la pregunta quedó en el aire.

Por fin Ritsuko se encontró la voz. Ronca, carraspeó su respuesta.

Las manos de Maya siguieron subiendo.

- o -

—¿... Maya?

—¿Ah? ¿Qué?

—¿Estás bien? Llevas casi veinte minutos con la mirada perdida.

—B... Bien. En la luna, nada más. —Podía sentirse sonrojada. Por dentro,
deseaba tener el valor de convertir la fantasía en realidad.

Ritsuko la miró un momento, con pensamientos y emociones indescifrables.

Ansiosa por desviar el tema, Maya preguntó:

—¿Vas al trabajo hoy?

—No creo. Tal vez después. No quiero ni pensar en todo el trabajo que
debe estarse acumulando.

—Bueno, el comandante Ikari los despachó a todos temprano a sus
casas, y todo ha estado bien tranquilo, así que no sé si haya mucho.

Ritsuko pareció extrañada. —¿El Comandante? ¿Estamos hablando del
mismo individuo, verdad? ¿De guantes, lentes, te atraviesa con la mirada?

La descripción hizo sonreír a Maya:

—No te olvides del reflejo en los lentes y de las patillas esas. Pero sí, eso
hizo. Tú no apareciste, y tampoco Misato, y el subcomandante Fuyutsuki
se torció un tobillo, así que se fue temprano. El comandante Ikari tenía
cara de muy molesto, y después mandó a todos los demás a sus casas.

—Ah.

Se quedaron en silencio un momento.

No quería decir lo siguiente, pero había poca elección. Un tanto
descorazonada, Maya anunció:

—Yo tengo que ir.

Resignada, Ritsuko suspiró. —Me lo esperaba.

—¿Cómo?

Le dirigió una mirada clínica a Maya, luego sonrió con ternura:

—Si yo llegara ocho horas después de que me mandan a llamar, con el
aspecto que tenías tú anoche, tendría que volver a terminar lo que sea
que haya faltado hacer.

Maya devolvió una sonrisa tenue y apretada.

—Sí —dijo—. No tengo ninguna gana de ir, pero hasta que termine, hay
partes del sistema que no se podrán respaldar.

—Ya lo sé, pero si hay que hacerlo, hay que hacerlo.

Permanecieron sentadas, sin hablar, unos momentos. Por último Ritsuko
se levantó del sofá y señaló la puerta con un brazo. Maya suspiró, y se
levantó de su asiento en el brazo del sillón. Caminaron juntas a la puerta.

—¿Vas a pasar por tu apartamento primero?

Confusión. —¿Eh?

Ritsuko sonrió de nuevo, esta vez con una luz de humor bailándole en los
ojos. Sin ninguna palabra, indicó el uniforme de Maya, todavía arrugado y
manchado, y más desaliñado aún por haber dormido con él.

Con un sobresalto, Maya advirtió la condición en que estaba su ropa:

—Eh, sí. Debería. Sí.

—Buena idea, creo yo.

Maya hizo un puchero, como insultada por el tono bromista. Con gran
cuidado, Ritsuko rodeó con los brazos a la mujer más pequeña; le dio un
abrazo firme.

—Gracias, Maya.

Con los brazos atrapados y todo, la muchacha pudo igualmente envolver
la cintura de su mentora.

—De nada, jefa.

Separándose. —Por todo.

Luego con una mirada severa, Ritsuko continuó:

—Bien, vamos moviéndonos. Quiero mis sistemas de información
respaldados, y rapidito por favor.

Con la voz espesa, las palabras casi se atoraron en la garganta de Maya:

—A la orden.

- o -

Asuka clavaba la vista en el cuaderno, mordiendo ausentemente la tapa
del bolígrafo. Avanzó unas páginas, luego volvió atrás. Varias tablas y
listas estaban intercaladas con apresurados diagramas, que conformaban
el esquema de la situación, hasta donde ella la conocía.

Había una sola conclusión posible de obtener a partir de los datos
disponibles.

Faltaban datos.

Con gesto enfurruñado y un bufido de tirria, dejó caer el cuaderno de
espiral sobre el escritorio y se reclinó en la silla.

Necesitaba más información. Montones más de información. Con lo que
tenía no podía ni empezar a crear la hipótesis. Cómo aplicar el método
científico, se preguntó.

Hasta ahora, los únicos indicios que poseía eran la gente que se estaba
portando rara. La doctora Akagi y Misato.

—Humm. Humm humm humm humm. ¿Qué hacer?

La puerta corrediza de su habitación se abrió.

—¿Decías algo?

—Quédate callado. No te hablaba a ti.

—Ah. —Una pausa breve—. Perdón. —La puerta volvió a cerrarse.

—Tarado —llamó tras el muchacho, aunque no lo bastante fuerte para
que fuese audible.

Caviló durante un rato. Tendría que ser algo sutil. Si daba a entrever lo
que estaba haciendo, todos se cerrarían. Cogiendo otra vez el lápiz,
garrapateó en una hoja desocupada del cuaderno. Lentamente, un plan
empezó a solidificar en su cabeza. Todo creíble. Ninguna susposición sin
fundamento.

Con una torcida sonrisa de satisfacción, metió el lápiz en el cuaderno y
se puso en pie.

Se detuvo en la puerta de su cuarto, la abrió con una mano y cogió su
bolso con la otra.

—Oye, ¿y Misato? —dijo.

Shinji levantó la vista de la mesa, donde leía alguna especie de revista
anodina. Los ojos se le pusieron grandes y sacó un poco el labio. Un
puchero. El zopenco estaba haciendo un puchero. Por suerte, Asuka era
bastante inmune a ese tipo de cosas.

Mentalmente, le subió los vatios a la mirada.

—¿Y? —exigió.

—Salió temprano. No sé adónde fue.

Bueno, sí iba a haber suposiciones sin fundamento después de todo.
Gruñó, luego sonrió con íntima sorna cuando Shinji puso cara de
asustado, incluso cuando el gruñido no había estado dirigido a él.

—Ya. Voy a salir. —Y con eso se encaminó a la puerta.

El muchacho llamó tras ella.

—¿Adónde vas?

Ella no se dignó contestar, y salió.

- o -

Ikari Gendo miró la taza de café en sus manos. Despacio, sacudió la
cabeza. A veces se cuestionaba su propia cordura. Las más de las veces
no necesitaba hacerlo. La cordura era algo a lo que había renunciado
hacía bastante tiempo.

O eso se decía a sí mismo. Aquello facilitaba el día a día, hacía a las
noches parecer más cortas. Y todo lo que lograra eso era bienvenido.

Volvió a poner la jarra en la cafetera, y se retiró hacia su oficina.

Había planes que requerían completarse. El torbellino de detalles en su
mente formaba un zumbido casi audible.

- o -

Ritsuko miraba el techo. Todavía no se veían allí instrucciones para
solucionar sus problemas. Cerró los ojos, con la esperanza de que, al
abrirlos un poco después, habría algo que leer allí. Lo dudaba bastante.

La vida se le había vuelto más compleja aún en los últimos dos días.
Complejidad bastante inoportuna. El Sueño. Misato y su aparente
necesidad de crisparle cada nervio disponible. Maya.

Allí había un tema que por sí solo merecía uno o dos tomos. Qué hacer
respecto a ella. Qué le hacía sentir a Ritsuko por dentro. Hacia dónde iba
la relación, si podía llamársele así.

Y para Ritsuko quedaba claro hacia dónde quería Maya que fuera. Ahora
debía decidir si ella estaba dispuesta también a ir allá. Sería un gran paso
para ella. Una relación. Con una mujer. La primera relación seria de
cualquier tipo que tendría desde... desde... No podía acordarse de ninguna
relación sincera después de salir del colegio. Y con otra mujer. El ánimo
se le hundió. Hacía casi media vida.

Lo más cerca que había llegado era estar estorbando entre Kaji y Misato.
Más depresivo todavía.

Muy en su interior, una parte de ella se alegraba mucho de que no hubiera
alcohol en la casa. El resto de ella exigía ir a comprarlo.

Sintió frío en las manos.

- o -

—Vaya, vaya. No exactamente la persona que buscaba, pero igual me
sirves, Niña Maravilla.

Rei volvió casi imperceptiblemente la cabeza, poniendo a Asuka en el
borde de su campo visual.

—¿Has visto a Misato?

Una leve negación con la cabeza.

—¿A la doctora Akagi?

Otra negación con la cabeza, sutilmente más enfática.

La voz de Asuka empezaba a adquirir un tono levemente desesperado.

—¿Al comandante Ikari?

Rei habló por fin:

—No.

Resistiendo la tentación de arrancarse el pelo, Asuka empezó a
despotricar.

—Aggh. Mejor le hablo a la pared. O a Shinji. Ni que hubiera mucha
diferencia. ¿Que nadie aquí tiene idea de nada?

—No sé.

Dicha respuesta detuvo a Asuka a media arenga. Fijó una mirada
incrédula en su pálida "colega". Respiró hondo.

—Rei...

—¿Sí?

—¿Sabes lo que es una pregunta retórica?

—Sí.

—¿Entiendes lo que significa?

—Creo.

—¿Entonces por qué contestaste esa pregunta?

Hubo una pausa identificable:

—Ah. Entiendo.

Asuka no hizo más que mirar a la impasible muchacha. Por último, una
sonrisa irónica tocó las comisuras de sus labios:

—¿Nunca aplaudiste con la canción cuando eras pequeña, cierto?

La sonrisa se le ensanchó más aún cuando una expresión de sincera
confusión ondeó por la cara de Rei. Resistiendo el impulso de reírse, se
alejó, canturreando alegremente "Si eres feliz tú tienes que aplaudir..."
por lo bajo.

La extrañada Primera Niña miró alejarse la espalda de la Segunda Niña,
luego se miró las manos. Experimentalmente, las juntó, y aplaudió.

- o -

El cerro que miraba a Tokio-3 se estaba convirtiendo rápidamente en uno
de los refugios habituales de Misato. Una vez más se encontró sentada
en el capó de su coche, con la vista perdida hacia el GeoFront. Cerca, un
pájaro cantó un llamado fúnebre. Ella se identificó con este.

Katsuragi Misato se sentía abatida. No en el sentido de "me corto las
venas", sino más porque no tenía idea de qué hacer. Estaba tristona.
Compungida. Con depre. Bajoneada.

—¡AGGH!

Varias piedras surcaron los aires, en una trayectoria que las reuniría con
sus hermanas al pie del cerro.

En la cima del cerro, Misato bailaba de lado a lado, agarrándose el pie y
maldiciendo con vehemencia a un pedazo de piedra que solo exponía la
punta de un todo mucho mayor. Luego de varios minutos se calmó,
primero rengueando incómodamente y luego cojeando en círculos.

—Qué mierda más productiva, Katsuragi —murmuró para sí.

Pero pese a sus palabras, se sentía mejor. Una experiencia catártica, de
haber podido ella recordar palabras así.

Conforme el dolor en su pie empezaba a latir y evanescer poco a poco,
cayó en la cuenta de qué debía hacer.

Aunque la idea no le era particularmente grata.

- o -

Era un día hermoso. El sol brillaba. Esponjosas nubes blancas moteaban
un cielo azul diáfano salvo por ellas. Kaji aspiró una bocanada inmensa,
luego la dejó salir despacio. Con todo, una ocasión maravillosa para
estar al abierto.

Ya había terminado de jardinear, de modo que se hallaba al pie de un
cerezo, leyendo una revista, o no leyéndola, según le viniese en gana. Un
vaso de limonada, lleno con hielo y cuidadosamente aderezado con
vodka y azúcar, dispuesto junto a él, gotas de sudor condensando en la
superficie. De cuando en cuando, un vientecillo suave le desordenaba el
pelo, haciéndole echarlo hacia atrás con una holgada pasada de la mano.

Una sombra cayó en su revista. Levantó la mirada, intentando sentirse
irritado por la invasión a su espacio, pero se sentía demasiado complacido
como para retener dicha emoción.

—Ah, hola, Asuka. ¿Qué te trae por aquí en un día tan bello?

—Mira que estás cómodo ahí, ¿eh? —La muchacha no sonaba
particularmente enojada, pero el tono de su voz era seco. Molestia,
decidió él. Eso, o su período estaba empezando.

Él se limitó a levantar una ceja y sonreírle, perfectamente conforme con
esperar sentado.

El improvisado campeonato de miradas se arrastró por varios segundos
largos, tras los cuales la volátil pelirroja bufó y se dejó caer hasta una
posición de piernas cruzadas junto al hombre. Sin una segunda mirada,
cogió el vaso y se lo llevó a los labios.

El pasmo tocó la cara del hombre.

—Asuka, no, es...

Demasiado tarde. Ella ya había tragado varios sorbos. Bajó el vaso y lo
miró con breve rabia, antes de dejar que una sonrisa ladina le cruzara el
rostro.

—Con malicia —dijo—. Me lo imaginaba.

El hombre tardó un segundo en decidir si debía reírse, reconvenirla, o
limitarse a menear la cabeza. Se conformó con una débil versión de la
Sonrisa Número Quince (la Ojalá Sepas Lo Que Haces, versión especial).

—Ah, cálmate —ordenó ella—, ni que no hubiera bebido nunca en mi vida.
Crecí en El Continente, ¿te acuerdas? —Él pudo oír las mayúsculas.

—Por lo visto, no quieres dejarme olvidarlo.

Langley siempre parecía incomodarlo. Era un tratado de contrastes,
infantil e inmadura, y sin embargo de un intelecto brillante y en ocasiones
sabia más allá de sus años. él no podía decidir si debía tratarla como a
una sobrina consentida, como mocosa malcriada, o como a una mujer
interesante.

Resoplando despectivamente, la muchacha contestó desafiante:

—Si no se lo recuerdo a cada rato a medio mundo, me tratan como
niñita. Es más, aunque lo haga, igual me tratan como niñita.

De algún modo, él sabía que señalar que la muchacha era, desde todo
punto de vista práctico, aún una niñita, sería poco afortunado. Volviendo
a reclinarse contra el tronco del árbol, preguntó:

—¿Y qué te trae por aquí? ¿De seguro no las ganas de decirme que sabes
beber?

Ella le propinó otra micromirada de irritación.

—No, eso no.

—¿Qué, entonces?

La muchacha mostró una encogida de hombros, con una sonrisa leve:

—Vine porque vine. Además, ¿necesito una razón para ver a mi novio?

Por el tono de su voz, él podía captar que no lo decía completamente en
serio. Lo cual era bueno. Ya tenía suficientes problemas sin tener a una
chiquilla de catorce años insinuándosele a quemarropa. Con una decisión
como la de ella, no estaba seguro de poder hacerle el quite para siempre,
fueran cuales fuesen sus propias convicciones. Externamente, no hizo
más que arquear una ceja.

Ella hizo caso omiso del gesto y se quedó mirando hacia un punto
cualquiera en la distancia.

Permanecieron sentados un buen rato, cada uno perdido en sus
cavilaciones.

A un tiempo, los dos decidieron hablar.

—Dime, Kaji...

—Oye, Asuka...

—... ¿sabes dónde encontrar buenas salchichas? —terminaron, al unísono.

Se miraron un rato más. Por último Asuka estalló en carcajadas, rodando
de un lado a otro, agarrándose el estómago. Kaji se limitó a reír
suavemente, dejando que una Sonrisa Número Once le doblara las
comisuras de los labios.

- o -

Ritsuko miraba el alto de papeles de su escritorio. Montón. Ruma. Las
pilas de papeles empezaban llegar al punto en que perdían individualidad
hasta convertirse en un único organismo viviente. Suspiró. La desventaja
de tomarse tiempo libre para poner la cabeza en orden estaba expuesta
ante ella en toda su gloria burocrática.

A veces deseaba poder adoptar la misma actitud que Ikari. Sería cosa de
barrer con todo el papeleo al basurero y declararlo terminado. Cualquier
cosa importante sería a la larga reenviada. Pero ella era meramente la
técnico en jefe y directora científica. No se podía salir con la suya en esto.

Instalándose en su silla, encendió un cigarrillo. Ni loca iba a enfrentar
tamaño desbarajuste sin nicotina en el organismo. Sacó el primer fajo de
papel de la pila y empezó a leer, sin molestarse en guardar el resto de los
cigarros. En unos pocos minutos, le haría falta otro, no le cabía duda.

- o -

—¿Y dónde has estado? —preguntó Aoba.

Maya se desparramó en su silla, tecleando fatigosamente.

—¿Cómo? —preguntó.

Makoto apoyó los codos en la consola, inclinándose hasta poder verle la
pantalla. Con una irritada agitación de la mano, ella le apartó la cabeza de
enmedio.

—¿Me dejas ver? —dijo.

—¿Dónde andabas?

—¿Cuándo? —La molestia ya se le colaba en la voz.

Aoba acercó una silla y se sentó por el revés, balanceándola en dos patas.

—Anoche —precisó—. Ayer. Todo el día. Te fuimos a buscar, para ver una
película o algo.

—Eso —entró Makoto—, hasta te dejamos mensajes en el correo de voz.

Maya se sonrojó un tanto. Había estado en su casa justo lo suficiente
para cambiarse de uniforme y darse una ducha rápida. Pero ni loca iba a
admitir su paradero a estos dos chismosos. Toda la base se enteraría en
cuestión de horas.

—He estado ocupada. Intentando terminar de limpiar las fallas del otro
día. —Tan pronto como las palabras abandonaron su boca, supo lo
endeble que sonaba la excusa.

Balanceándose de un par de patas al otro, Aoba no dijo más que:

—Ah, eso.

Makoto miró de reojo a su secuaz. —¿Crees tú?

—Yo apostaría plata.

—¿De qué están hablando? —La voz de la muchacha subió y luego cayó.

—Nada más tratando de ver cómo anda la cosa contigo y tu nuevo novio.
Bueno y, ¿quién es?

La cara de ella empezó casi a llamear.

—Yo no tengo novio —sostuvo.

—Yaaaaa, Maya, confía en nosotros.

—Sí, prometemos no decírselo a nadie.

Ella bufó, expresando su opinión de dicha promesa.

—En serio. No tengo novio.

Desde luego, sabía que negarlo no serviría de nada. Ya lo tenían entre
ceja y ceja. Pero era mejor que la alternativa.

En efecto, los otros dos se miraron, compartiendo una mirada de
incredulidad especulativa.

La cosa no iba a terminar ahí. Ni cerca de ahí.

- o -

Misato se apresuraba por el pasillo. Había una manera de resolver esto.
O al menos, una manera de acercarse a una solución. Necesitaba hablar
con Ritsuko. Para eso, necesitaba encontrar a Ritsuko. Lo que no necesitaba
era chocar de frente con el comandante Ikari.

Cosa que casi hace, al torcer por un recodo. Por suerte para su dignidad,
y sus posibilidades de una futura promoción, se detuvo a centímetros. Con
gesto de infortunio, esperó ser reprendida, o al menos que la miraran feo.

Lo que recibió fue nada. La mirada del hombre no se inmutó, su paso
nunca varió. Siguió de largo, sin una palabra. La había visto, había sabido
que ella estaba allí. A ella no le cabía duda.

Contuvo un suspiro de alivio y enfiló al laboratorio, esperando encontrar a
su propia presa. Debía de estar justo doblando la esquina...

Paró en seco, y miró a lo largo de otro de los interminables corredores de
la Central Nerv. Este no era el laboratorio. Más aún, tenía buenas razones
para creer que esta ni siquiera era la sección Ciencia.

Pasándose una mano por el pelo, dejó salir un quejido exasperado.

—Agh, detesto este lugar.

—¿Perdida otra vez, capitana?

Impelida por la adrenalina, giró en el lugar, con el corazón saltándole en la
garganta.

—¡Yaaggh!

Parado ante ella estaba el subcomandante Fuyutsuki. Pareció vagamente
abochornado, cubriéndolo con una tos.

—Perdón por asustarla.

Las orejas le ardían, puesta en vergüenza una vez por perderse, y
después de nuevo por asustarse. Al fin encontró las palabras:

—Pues, no. No tanto. Digo, claro que no.

Con una risilla paternal, Fuyutsuki le informó:

—El comandante Ikari quiere verla en su oficina, a la brevedad posible.

—¿El comandante Ikari?

Casi perdió el equilibrio al volver de golpe la cabeza, para mirar al pasillo
por el que acababa de venir. El hombre había pasado justo por su lado, y
no había dicho una sola palabra. Y había ido en la otra dirección. No
había modo de que hubiese dado esa orden entre que la viera a ella y que
Fuyutsuki la encontrara.

Al parecer satisfecho con haber entregado el mensaje, el subcomandante
dio media vuelta y se alejó cojeando. Ella lo vio irse, escuchando el
golpeteo del bastón contra los pisos de metal desnudo.

No fue hasta que se hubo perdido bien de vista, que cayó en la cuenta
de que debería haber preguntado el camino más rápido al puente de
Operaciones.

- o -

Con una inspiración honda, la capitana Katsuragi Misato se aprontó para
enfrentar a su comandante. Otra exhalación calmante. Abrió la puerta;
entró. Avanzó al frente, con la cabeza en alto, los hombros atrás,
intentando parecer más segura y controlada de lo que estaba. Se detuvo
delante del escritorio y ejecutó un breve saludo castrense. Nerv era
oficialmente militar, y Misato trataba de respetar eso, aunque ninguno de
los oficiales superiores lo hiciera.

El comandante Ikari Gendo procedió a no mover ni el más ínfimo músculo
para alzar la mirada y acusar la presencia de ella.

Misato llevaba trabajando con él tiempo suficiente para no quedar por
completo descolocada. Carraspeó, permaneciendo en algo aproximado a
una posición firme.

Él tomó el papel en que había estado trabajando, luego lo dejó en el alto
situado a su derecha. Con brutal eficiencia, sacó uno del alto a su izquierda,
y lo puso al centro del escritorio.

El estómago de ella se apretó en un nudo ciego. ¿Para qué la había hecho
llamar, si simplemente no la iba a tomar en cuenta? Él sabía que ella
estaba ahí. La puerta no era silenciosa, el piso no estaba alfombrado, las
paredes no se tragaban el sonido de su respiración.

El comandante movía el lápiz con vehemencia directa, garrapateando
cuales fueren los comentarios que estaba poniendo en el formulario. El
resto de su cuerpo estaba en total inmovilidad.

La hiel ascendió por la garganta de la capitana, un gusto amargo que se le
derramó por la lengua. Con profundo empeño, se obligó a permanecer
callada. Este juego se podía jugar de a dos.

Por no pocos minutos no hubo en la oficina más sonido que el del lápiz
sobre el papel, entrecortado por el ocasional roce de páginas en
movimiento.

Al final, no pudo aguantarlo más. Se le había ordenado reportarse a la
oficina del comandante Ikari. Eso había hecho. Si él optaba por no acusar
su presencia, allá él. Con una inequívoca tirantez de indignación en los
movimientos, se dio media vuelta y enfiló hacia la puerta. Su salida era
todo lo impecable que había tratado de fingir en su entrada.

La voz del comandante la descarriló con más efectividad que un riel
cortado a un tren bala.

—La situación se está atendiendo, capitana. No tome mayores acciones.

Ella quedó a medio paso. Le llevó varios segundos rastrear a qué se
refería él. Ritsuko. Los problemas de Ritsuko. Era lo único a que podía
estarse refiriendo. ¿Cómo se había enterado? ¿Por qué le ordenaba no
actuar?

Antes de poder abrir la boca para objetar, la voz de él volvió a sonar:

—Es todo. Retírese.

Misato salió a trompicones de la estancia, todavía tratando de controlarse.

- o -

—En serio, Shinji, ¿qué le pasará? Lleva dos días vuelta loca, pero no está
enojada con nosotros.

—No tengo idea, Kensuke.

—¿Ni la más mínima?

El muchacho meneó lentamente la cabeza, mirándose los zapatos:

—No.

Toji se limitó a mascullar algo soez y tiró otra piedra. Los tres muchachos
se hallaban sentados a la orilla de un canal, mirando las nubes.

Luego de unos minutos de rumiar, Shinji alzó por fin la vista. Algo
semejante a la picardía le iluminó los ojos, pero su voz era débil, apenas
más que un murmullo:

—¿Y por qué la pregunta? No sabía que te gustara.

Toji y Kensuke giraron la cabeza en redondo, mirándolo intensamente,
como si le hubiera crecido otra extremidad.

El muchacho se sonrojó instantáneamente de un rojo vivo y devolvió la
vista a los zapatos:

—Ehh, nada.

Pasaron otros diez minutos antes de que pudiese reunir el entusiasmo
para tirar otra piedra.

- o -

En silencio, Maya se introdujo en la oficina de Ritsuko, con los brazos
llenos de una descomunal colección de archivadores e informes. Se
detuvo en la puerta, y se aclaró suavemente la garganta para atraer la
atención. La lección acerca de sorprender a su superiora en la oficina
seguía bien fresca en su mente.

—¿Sí? —La mujer sentada ni siquiera alzó la mirada.

—Traigo los informes que pediste, sempai.

Aquello hizo a Ritsuko levantar por fin los ojos desde la mole de papeles
del escritorio. Los tenía rojos, soñolientos. El empalagoso hedor a humo
de tabaco pendía en el habitáculo.

—Ah, Maya. Qué bien. Ponlos por allá. Los reviso en unos minutos.

Maya no tardó ni un segundo en tomar su decisión:

—No.

—¿Cómo dices? —La pregunta tenía un filo acerado. No era una petición
de aclaración. Era una exigencia de explicación.

Ella se aferró los informes contra el pecho, como si pudiesen deflectar la
mirada penetrante que le llegó. Las palabras salieron torpemente antes
de que pudiese detenerlas:

—Tienes que irte a tu casa. Estás exhausta. Ya es tarde. Deberías dormir.

La mirada no aminoró en intensidad, y la joven se sintió buscando razones
a tientas, empezando a enojarse con la mujer mayor por ser tan tozuda.

—Digo, no deberías exigirte tanto tan pronto —dijo.

La mirada intensa continuó durante unos momentos antes de que Ritsuko
se reclinara en la silla. Con un ademán desganado tiró los anteojos de
lectura a una pila de papeles. Subió la otra mano, se pellizcó el tabique de
la nariz con los ojos cerrados. Respiró hondo varias veces.

Por último, Ritsuko volvió a abrir los ojos. Exhaló un suspiro profundo,
recogió los anteojos de encima de los papeles y los dobló cuidadosamente.

—Bien. Me voy a mi casa. —Los anteojos fueron dejados encima de la
consola, que seguía desplegando datos de las pruebas de sincronía.
Poniéndose en pie, miró a Maya—. ¿Contenta?

Maya asintió:

—Sí. Es mejor que no te agotes. —Quería sonreír o guiñar un ojo para
alivianar la situación, pero dudaba que algún gesto así fuese bienvenido.

Moviéndose bruscamente, Ritsuko reunió un reducido conjunto de
informes, luego se irguió enderezando los hombros y marchó hacia la
puerta. Maya se hizo a un lado y permitió a la científica salir rauda, sin
ninguna otra palabra.

- o -

Asuka probó un bocado, masticando pensativamente. Con gran cuidado,
probó otro bocado. Luego de tragar, volvió la cabeza.

—Sí, yo tampoco lo creo —le contestó Kaji antes de que preguntara—.
¿Ya sabes que por aquí no vamos a encontrar ningún lugar donde sean
buenas, cierto?

Ella le mostró una sonrisa débil. —No, tal vez no.

—No están tan malas.

—No están tan buenas. Si no encuentro una buena bratwurst pronto, se
me va a olvidar qué gusto tienen.

—Pero las tortillas de papa están buenas.

Asuka resopló, pero no discrepó.

El resto de la comida transcurrió en silencio, rumiando la posible ubicación
de algún lugar en Tokio-3 con salchichas bratwurst de buena calidad.

Cuando casi terminaban con la comida, Kaji interrumpió con un severo:

—Asuka Sohryu Langley, ¿se puede saber qué haces?

—Tomando un trago. ¿Algún problema?

—La verdad, sí. Esa es mi cerveza, no tu gaseosa —puntualizó, subiendo
la voz para dar énfasis a los posesivos.

—¿Y? ¿Quién fue el que no me dejó pedir una cerveza para mí?

Él suspiró. Esta no era una discusión que tuviera ganas de sostener. Esta
no era una situación con la que se sintiera cómodo.

—Asuka, tienes catorce años, y en este momento eres responsabilidad
mía. Ya sabes que no te puedo dejar beber cerveza.

Ella le dio una mirada hostil, tratando de calcinarlo en el asiento. Por
fortuna, él estaba hecho de material más resistente que el compañero de
vivienda de la muchacha.

—Tengo edad suficiente para pilotar una Eva y salvar a la humanidad de
los ángeles. Pero no para tomarme una cerveza. Ya entiendo.

Alzando las manos, él se rindió a lo inevitable:

—Bueno, haz lo que quieras, pero no esperes que te defienda cuando Ikari
se entere.

—Muy bonito, Kaji. Ahora pídeme una buena Weihenstephaner.

Que nunca se dijera que Kaji Ryoji era mal perdedor, sobre todo si quien
ganaba era una mujer.

—Sí, su merced.

- o -

—¿Todo procede según lo planeado?

—Desde luego. —Una pausa breve—. ¿Cabía alguna duda?

—No.

—Desde luego.

- o -

Se miraba los pies. Las susurrantes recriminaciones no cesaban. Con la
esperanza de ahogarlas, se echó otro trago de la botella. Había música
puesta, pero no la oía. Oía solo la voz de la duda.

Todo era un revoltijo. Fuera de control. Había parecido que las cosas
iban a estar bien, que al final se iban a arreglar, igual que en los cuentos
de hadas. ¿Cuándo había perdido el control?

—¿Dónde diablos quedó mi "vivió feliz para siempre"? —se quejó.

No era mucho pedir. Quería ser feliz, nada más. Más del líquido amargo
le bajó por la garganta, quemando y ardiendo al bajar. Soltó una
carcajada fuerte ante la idea. Igual que su vida. Amarga y quemante.

La vida se había extendido ante ella, para hacerla suya. Le había faltado
el valor.

- o -

—Te digo, toda la gente de Nerv está demente.

—¿Todos nosotros?

—Sobre todo tú.

—Me hieres. Pero ¿a qué te refieres?

—Todos andan tan raros últimamente.

—No todos podemos llenar tus exigencias, Asuka.

Ella le tiró una servilleta. —¿Ves lo que te digo?

—¿A qué te refieres con "raros"?

—Bueno, como Misato, que...

—Misato-san —corrigió él.

—Bueno, Misato-SAN, —La muchacha puso énfasis en el honorífico, a un
milímetro de hacerlo un insulto— llegó muy tarde la otra noche, y ni
siquiera borracha.

—No llegó borracha —dijo él secamente—. Qué ejemplo más horrible te
está dando.

Asuka hizo un mohín de exasperación. Con un bufido, miró de lleno a Kaji.

—No te veo muy preocupado —dijo—. ¿Tal vez estaba en tu casa?

Con un chispazo de perspicacia, él advirtió detrás de qué andaba la
muchacha. Torpe pero, por otro lado, tenía apenas catorce años.
Algunas cosas requerían experiencia, así de simple, por muy inteligente
que se fuese. En lugar de negarlo verbalmente, le contestó con una
sonrisa desabrida. Los ojos de ella se encendieron por un momento y
luego el fogonazo se apagó, reemplazado por un enfurruñamiento que
arrugó sus facciones normalmente bellas.

—Bueno. Entonces voy a tener que hablar con ella. No puedo permitir que
trate de quitarme a mi novio.

Él puso cara de infortunado, pero siguió en silencio. Protestar jamás
servía de nada.

—Y además esta Rit... la doctora Akagi. Primero anda más saltona que
gato con la cola en un ventilador, después la floja no viene a trabajar
durante días, y ahora es una súper bruja, con ganas de matar a todos los
ángeles en un solo día.

Él alzó una ceja, esperando que la muchacha continuara. Esas eran
noticias que no había recibido. Lo último que había sabido era que Maya y
Ritsuko seguían enclaustradas en el apartamento de esa última, tratando
de arreglar las cosas.

La pelirroja chistó al vaciar la última gota de su cerveza.

—Tan poco profesional —dijo—, traerse sus problemas personales al
trabajo.

—Ah, ¿y eso tú no lo harías nunca, verdad? Como insultar a tus
compañeros de trabajo porque no te gustan sus personalidades.

La pelirroja tuvo la delicadeza de parecer moderadamente avergonzada
por un momento, antes de dispararle una mirada desafiante. Con
estudiada soltura, se limpió la boca con una servilleta, luego la arrugó y la
tiró en el plato delante de ella:

—Bueno, gracias por la cena, de todos modos. De verdad tenemos que
encontrar un lugar con buenas bratwurst.

—¿Mm? ¿Para dónde vas ahora?

Ella resopló, como diciendo, "Qué te importa".

- o -

Asuka se rió contra una manga, alejándose del restaurante. El muy tonto.
Se había creído cada línea, tragado hasta el último pedazo de carnada.
Redondito. La expresión de su cara al acusarlo de acostarse con Misato
había sido invaluable, al igual que la conclusión sacada por el hombre
un momento después.

Principiante.

No le había sacado información alguna al hombre, pero por fin le había
puesto el último clavo al ataúd de una de sus teorías. Si Kaji estaba
involucrado en lo que sucedía, tenía tan poca idea de todo como ella.
Bien, entonces esto obviamente no era cosa de relaciones. Difícil era que
Ritsuko y Misato estuvieran peleándose por ese gusano del comandante,
¿o no?

Pasándose una mano por la cara, se borró una sonrisa. Con qué seguir
ahora, se preguntó.

- o -

—¿El objetivo sigue en la mira?

—Sí.

—Bien.

—¿Tienes la seguridad de que esto vaya a funcionar?

—Desde luego.

- o -

Maya iba haciendo la travesía por el corredor hacia su apartamento,
con una parte suya queriendo estar enrabiada. Por haber sido malentendida.
Por haber sido puesta en esa situación, para empezar. Por no ser capaz
de decir lo que pensaba. Por convertir una nimiedad en discusión. Patética.
Eso era. Enrabiada por ser tan patética. En cambio, solo se sentía patética
y nada más.

Pasó lánguidamente la tarjeta por la cerradura de la puerta. Con un
chasquido satisfactorio, esta se descorrió, permitiéndole a su hombro
abrir la puerta de un empellón. Tras un breve momento de tanteo, las
luces de la cocina se encendieron.

Algo andaba mal.

No podía precisar qué era, pero tenía erizados los pelos de la nuca. Con
cuidado, en silencio, se aproximó al teléfono, lista para llamar a un
destacamento de seguridad a la primera señal de problemas. Con oído
atento, escuchó, rezando por poder captar algún indicio de lo que la había
puesto en guardia. Pero todo sonido quedaba enmascarado por los
sonidos del edificio: el retumbar bajo del aire acondicionado, el zumbido
sordo de las luces fluorescentes, los suaves rumores de la estructura
asentándose.

Una voz llamó desde la otra habitación:

—Oye, ¿eres tú?

Había gente en el apartamento. La invadió el pánico. Cielosantoquéhago.
Tomó presa del teléfono y trató desesperadamente de puncetear dígitos.
Tenía el corazón hecho un bulto sólido en la garganta, el pulso vertiginoso.

—¿Maya?

Los dedos le titubearon. Alguien que sabía su nombre. Un maníaco
desquiciado de esos que siguen a las mujeres. Se había metido y la iba
a...

—Ah, eras tú. Oye, ¿estás bien?, tienes cara de haber visto un ánima.

... a hacer jugar póker. Makoto estaba de pie en el umbral, luciendo la
gorra ridícula que insistía en ponerse cuando jugaba a las cartas.

La respuesta de la mujer fue más bien ininteligible:

—¿Qu...? ¿Ah...? —Se sintió mareada, como si se hubiera separado del
cuerpo y se hubiese ido flotando.

Alguien más llamaba su nombre. Su mente obnubilada identificó la voz
como la de Aoba. Se aferró débilmente a la manilla del refrigerador.

Mirando por sobre un hombro, Makoto dijo:

—Sí, ya llegó. Te dije que todo iba a andar bien. —Volviéndose hacia ella,
le notó la mano en el refrigerador—. No te molestes, ya sacamos las
cervezas.

Ya habían sacado las cervezas. Qué bueno. Entró de un tropezón en la
sala y se sentó a la mesa. Solo un supremo esfuerzo de voluntad le
permitió mantener la cara impasible.

Con un rápido floreo, Aoba cortó el mazo:

—Muy bien, démosle, mano de cinco cartas, los sietes son comodines y
las apuestas parten en cinco.

Alguien le puso un vaso en la mano. Bebió un sorbo largo.

- o -

Los neumáticos no chirriaron de tormento, cuando Misato optó por no
doblar la esquina luchando con el volante. De hecho, su conducción se
hacía en calma y orden, casi en forma letárgica. Hasta las señales de
tráfico eran obedecidas de forma expedita. Si bien el espectador casual
hubiese podido quedar turulato y sin habla, la simple verdad era que
Misato tenía muchas cosas en la cabeza y no podía permitirse la atención
necesaria para gozar su medio de transporte como correspondía.

En vista de todo, hoy sencillamente no estaba teniendo un muy buen día.
Había despertado en cama con una mujer, se había pegado muy fuerte
en los dedos del pie y había sido luego desalentada por su comandante
por tratar de ayudar a una amiga. Con un suspiro hondo, hizo un abúlico
viraje a la izquierda, rumbo al centro comercial.

- o -

—Hasta aquí llegué, socio. Quedé limpio. De nuevo.

Las cartas patinaron por la mesa y derribaron varios altos de fichas de
póker cuidadosamente construidos.

Makoto ahogó una risita, sonriéndole a su secuaz, pero no dijo nada.

Con un disgustado bufido, Aoba se meció hacia atrás en su silla, tratando
lo mejor que pudo de parecer filosófico ante su pérdida.

Maya, muda, sacudió la cabeza. Había estado callada toda la noche,
distraída, incluso tras recuperarse de la sorpresa de tener visitas no
invitadas. Enmascarando su irritación ante cada idiotez dicha por los otros
dos.

—Mira, ella sí reconoce su derrota. Me vas a tener que pagar las cervezas
por una semana.

Fichas de póker empezaron a rebotar en la frente de Makoto.

—Oye, termínala, o te hago pagar la deuda lavándome la ropa.

—¿Lavarte la ropa? ¿Y por qué no te la lavas tú, en vez de pasártela
lavando la de Katsuragi?

Hubo un silencio repentino e incómodo en la mesa. Aoba se dio cuenta
de lo que había dicho en el instante mismo de abrir la boca. Maya no hizo
más que cerrar los ojos, desparramándose en la silla.

—Carajo. Perdona, socio. Hablé de más.

Makoto no hizo nada más que asentir con la cabeza, y empezó a reunir
y apilar las cartas. Todavía con cara de avergonzado, Aoba comenzó a
recolectar las fichas de póker. Luego de algunos minutos silenciosos, ya
habían terminado. Con un vistazo mutuo y una mirada significativa a su
involuntaria anfitriona, los dos hombres reunieron sus cosas y
emprendieron la marcha.

Casi diez minutos después, Maya advirtió que se habían ido.

- o -

Producto de alguna coincidencia cósmica, Asuka estaba esperando para
cruzar la calle cuando Misato se detuvo ante el semáforo. La intención de
la muchacha había sido tomar el próximo autobús hacia el apartamento,
pero si se atrevía a resistir los terrores de un vehículo bajo el control de
doña Katsuragi Misato, llegaría a la casa antes. Que nunca se dijera que
Asuka era tímida. Con un rápido brinco desde la acera, se inclinó y
golpeteó la ventanilla.

Misato se volvió, y pareció momentáneamente sorprendida de ver a la
Segunda Niña. Se estiró hacia el otro asiento, tiró de la manija para abrir
la puerta desde dentro, y le dio incidentalmente a Asuka un muy buen
vistazo de su escote. Una oleada de envidia leve atravesó a la
muchacha, seguida de cerca por la racionalización de que en unos años
estaría igual de bien aprovisionada. Esperar a crecer era una tortura.
Con un suspiro y un comentario entre dientes acerca de la flacidez, se
introdujo al asiento del pasajero y se abrochó cuidadosamente el cinturón
de seguridad. No sería temerosa, pero por cierto que tampoco era idiota.

—Hola, Asuka. —Misato tenía la voz apretada, tirante.

Ella contestó asintiendo. El semáforo cambió y el coche se puso en
marcha. Sin ninguna sacudida, sin chirriar de neumáticos. Algo andaba
mal.

—¿Estás bien, Misato?

Vio a la capitana desviar los ojos del camino por un momento y luego
devolverlos al frente. Inequívocamente, pensó, algo andaba mal.

—Sí.

Sí, cómo no. Asuka inhaló discretamente, examinando el aire en busca
de olor a cerveza o alcohol barato. Nada.

Así que preguntó: —¿Estás borracha?

—Ojalá. ¿Por qué?

Un gesto vago con la mano. —Vamos a velocidad legal.

Eso le ganó un bufido. Misato lo siguió con la aseveración de:

—También puedo conducir de manera normal sobria.

Asuka exhibió a su vez un gesto de mofa, mordiéndose un comentario
sarcástico. Tenía la oportunidad perfecta para obtener alguna información
de uno de sus misterios cúlmines, y no iba a arruinarla con su cinismo
acostumbrado.

—¿Y entonces qué pasa? —consultó.

—Nada —dijo Misato, en tono brusco—. Ando con muchas cosas en la
cabeza —continuó, tratando de quitarle ferocidad a su declaración.

—¿Sí? —Inquisitiva, sin ser demasiado fisgona.

Pero Misato no estaba dispuesta a ser interrogada en más profundidad:

—Cosas del trabajo, tú sabes.

Asuka no sabía. Y eso la volvía loca.

—¿Y qué andabas haciendo por aquí?

—Comprando algunas cosas, nada más. Y buscando bratwurst con Kaji.
—Le puso un poquito de malicia a la última declaración, convirtiéndola en
vaga insinuación, buscando alguna reacción.

Dándose por aludida, un breve mohín de irritación pasó por la cara de
Misato:

—¿No me digas?

Continuando las indirectas lascivas, la pelirroja añadió:

—Es que no hay caso, no encuentro una buena salchicha desde que
llegué de Alemania. Todas muy chicas y muy flacas. Más como
salchichitas, diría yo.

Misato iba casi atragantada, la cara enrojeciéndosele lentamente.

Hora de soltar al pez del anzuelo, se dio cuenta Asuka:

—Hoy tampoco encontré. Le faltaba aliño. Aunque sí tenían buenas
tortillas de papa. Y por lo menos la mostaza era decente.

La rabia se evaporó, reemplazada por bochorno. Al parecer la
conversación había sido inocente después de todo.

Asuka se reservó una sonrisa. Su tutora y niñera era tan fácil de leer, y
más todavía de hacer caer.

- o -

Ritsuko titubeó, luego golpeó a la puerta. Luego de un momento
horriblemente largo, Maya atendió.

—¿Sempai?

Se encogió internamente ante aquel título, preguntándose si lo merecía,
pero asintió en respuesta. Indecisas por igual respecto a qué decir o
hacer, se conformaron con mirarse, incómodas, una a la otra. Maya
retrocedió un paso, alejándose de la puerta, aunque sin ademán alguno
de invitar a Ritsuko a entrar. Ninguna accedía a romper la mirada que las
conectaba, ni a invadir el invisible, pero bien definido, espacio entre las
dos.

Ritsuko sintió los ojos empezar a arderle y pestañeó en un intento de
despejarlos. Con indiferencia deliberada, aunque falsa, avanzó un paso
minúsculo. Incierta, Maya retrocedió un paso igualmente reducido. Con
seguridad sutilmente mayor, Ritsuko avanzó otro pie. Maya volvió a
retroceder. Paso, paso. En un torpe vals, bailado al son de una melodía
inaudible y vacilante, se adentraron más en el apartamento, aún
separadas por un espacio inviolable.

Los ojos aún trabados, ninguna advirtió que Maya había ya retrocedido
hasta la mesa de centro. Con otro paso sincronizado, su pantorrilla
impactó la imitación de madera, afectando su equilibro. Con un breve
chillido de angustia y brazos aleteantes, empezó a tumbarse hacia atrás.
Justo cuando la gravedad ya se la llevaba, se echó hacia adelante,
siguiendo al brazo extendido que Ritsuko le había cogido. En lugar de irse
de espaldas, se fue de bruces, hasta chocar con su salvadora.

Por suerte para las dos, Ritsuko absorbió el impacto y mantuvo el
equilibrio. Mientras Maya pugnaba por recuperar el aliento, pudo sentirse
envuelta por los brazos de Ritsuko, que la sostenían firme. Maya misma
tenía las manos empuñadas, descansando en la cintura de Ritsuko,
aferrándole los costados de la blusa.

—Gracias —musitó.

Ritsuko hizo un suave sonido de aceptación. Maya lo sintió, más que
oírlo. Súbitamente adquirió consciencia de todos y cada uno de los
puntos de contacto entre las dos. Trató de retroceder, pero Ritsuko no
relajó su abrazo de soporte.

—Maya... —La mujer mayor titubeó, luego respiró hondo antes de
continuar—. Yo también lo lamento.

Moviendo despacio la cabeza hacia atrás, Maya encontró la mirada de
la mujer a quien consideraba una maestra. Reuniendo cada pizca de
valentía en ella, se irguió en puntillas. Cerró los ojos, quizá en defensa
propia. El beso iba apuntado a la mejilla, un beso de perdón y amistad.
Ritsuko, sobresaltada ante el movimiento, se echó hacia atrás, con lo cual
puso involuntariamente la boca en el camino de la de Maya.

Sus labios se tocaron y dos pares de ojos se engrandecieron de
conmoción. Maya intentó retraerse, aterrada de haber ido demasiado
lejos, de haber sido demasiado audaz. Pero al intentar retirarse, los
brazos de Ritsuko se apretaron más, atrapando el cuerpo de la joven
contra el suyo.

El momento se prolongó infinitamente. El beso no estaba inflamado de
ímpetu lascivo. Las manos no pasaron de descansar en caderas y
hombros. No ocurrió ninguna gran batalla de lenguas. Para un
observador habría parecido casi casto. Dos mujeres, en leve abrazo,
juntando los labios.

Al fin se apartaron, acezando, mareadas por la intensidad de la
experiencia. La mano de Maya se movió por sí sola, yemas de dedos
tocando labios, como incrédulas. Ritsuko se limitó a dejar caer los
brazos, con una expresión pensativa como único indicador de su tumulto
interior.

Con un nuevo paso al frente, Maya rodeó una vez más la cintura de
Ritsuko con los brazos, y volvió a descansar la cabeza en el hombro de la
mujer:

—¿Qué estamos haciendo?

—No sé.

Una pausa larga.

—¿Crees que debamos parar?

—¿Quieres parar?

—No. ¿Tú?

—Ehh... No.

Tras otra pausa larga, se soltaron, y fueron al sofá. Maya se acurrucó
junto a Ritsuko, con la cabeza en su regazo, como un gato de tamaño
desmesurado. Ritsuko apartó un mechón del pelo de Maya, luego
empezó a alisar el resto con los dedos. Rodando hasta ponerse de
espaldas, Maya miró hacia arriba desde la falda de Ritsuko, con temor y
curiosidad en el rostro.

—Tengo miedo —admitió.

Ritsuko asintió:

—Yo también.

Para puntuar su aseveración, se inclinó, para situar un beso suave justo
por sobre el tabique de la nariz de Maya.

—Mmmm... Me gustó eso.

Con una vaga sonrisa de diversión, Ritsuko le dio un beso rápido en la
punta de la nariz, cabello rubio rodeándolas como una cortina.

—Mmmm... Y eso también —ronroneó Maya.

—¿Sí? ¿Y esto? —Ritsuko plantó un beso duradero en su mejilla.

Alzando una mano, Maya sujetó la cerviz de Ritsuko.

—No me desesperes —ordenó, y guió los labios de Ritsuko hasta los suyos.

El segundo beso serio de las dos duró un poco más que el primero, pero
contuvo una incandescencia de la que el otro había carecido. Por último,
Maya soltó su presa.

—Caramba.

—Ehh... Eso.

Ritsuko se reclinó contra el respaldo del sofá, hundiendo los hombros.
Maya le dirigió una fugaz mirada inquisitiva, pero entendió la respuesta
antes de que fuera dicha. Bajó del sofá y lo rodeó, hasta situarse detrás
de este. Sus manos cayeron en la unión del cuello de Ritsuko y empezaron
a obrar su magia.

Al instante, Ritsuko se derritió, desparramándose en los cojines como
mantequilla caliente.

—Ay, no pares.

—¿Y qué tal esto? —le preguntó Maya, hundiendo los pulgares en los
músculos a lo largo de la columna de la rubia.

—Celestial. —Sujetándole una mano, se la llevó hacia adelante, para darle
una lluvia de besos en la palma.

—Déjate —dijo Maya entre risitas—, me haces cosquillas.

—¿Cosquillas, eh?

Con eso como única advertencia, cogió la otra mano de Maya y tiró de la
mujer por sobre el respaldo del sofá, nuevamente a su regazo. Acto
seguido, empezó un inmisericorde embate de cosquillas. Maya chillaba y
se retorcía, y breves carcajadas de risa forzada brotaban mientras
luchaba en vano por cubrir sus zonas cosquillosas.

—¡Para, ay por favor, para! —jadeó.

Ritsuko sonrió malévolamente, colando un par de dedos por debajo de un
brazo aleteante para atacar a su presa.

—¿Qué me das si te suelto? —exigió.

Maya arremetió contra ella, agarró la cabeza de Ritsuko con ambas
manos y le plantó un apasionado beso en la boca. Luego de resistirse un
instante breve, la científica se entregó al beso.

Cuando se separaron, murmuró:

—Tramposa.

Con una sonrisa coqueta, Maya preguntó:

—¿Precio justo?

—Mmmm... Precio justo —concordó Ritsuko.

Tras enderezarse, Maya se acomodó al lado de Ritsuko, y se quedaron
sentadas un rato en un silencio grato, en la simpleza de impregnarse con
la compañía de la otra.

Luego de un rato, Maya se levantó.

—Espérame. Vuelvo enseguida —dijo.

Ritsuko esbozó un flojo saludo militar con una mano:

—A la orden.

Con una sonrisa que le iluminó el rostro mejor que un reflector de
escenario, Maya desapareció en las entrañas del apartamento.

Ritsuko se hundió en los cojines, reclinando la cabeza y descansando los
ojos, tratando de no pensar tanto en lo que posiblemente vendría. Eso no
reportaría sino dudas y preocupaciones. Tiempo, por una vez al menos,
de no pensar, de dejarse llevar.

Habiendo caído en un leve sopor, la despertó un par de labios sumamente
tibios y húmedos, y un sabor a chocolate en la lengua. Abrió los ojos;
encontró el rostro de Maya a centímetros del suyo, con picardía bailándole
en los ojos y chocolate caliente en los labios. Ritsuko la gratificó con otro
beso breve.

—Qué maravilla —dijo.

—¿Verdad que sí?

—Me puedes despertar así cuando quieras.

Maya sonrió para cubrir su rubor y retrocedió un paso. Ya no estaban el
pantalón ni camiseta deportivos que había lucido, reemplazados por una
bata larga de algodón, atada holgadamente en la cintura. El ceño de
Ritsuko se arrugó ante la vista.

—¿Dormí mucho rato?

—No —contestó Maya, con una sonrisita leve.

—¿Y esa sonrisa por qué?

—Pensaba en el viejo dicho ese, nada más.

La expresión en la cara Ritsuko se transmutó de contrariedad a curiosidad.

—Ya sabes. Permíteme ir a ponerme...

—... algo más cómodo —terminó Ritsuko, ahora ella con la sonrisita. Con
una mirada penetrante, preguntó—: Parece que fuera Navidad. ¿Cuándo
me toca abrir mi regalo?

Maya sonrió y se ruborizó, atrapada entre la vergüenza y algo más
primigenio. Retrocedió, abriendo los brazos, con una sonrisa de timidez.

Con un ademán deliberado, Ritsuko se tocó el mentón con un dedo y
apretó los labios, pareciendo sostener algún debate consigo misma. Por
último, se preguntó en voz alta:

—¿Es una invitación, supongo?

Los ojos de Maya chispearon, y su labio inferior se proyectó hacia afuera
en una levísima insinuación de puchero. Con una sonrisa, Ritsuko se
levantó del sofá y cogió el cinturón de la bata de Maya, acercándose a la
mujer más pequeña.

—¿Puedo abrir el regalo?

No confiando en el habla, Maya asintió su venia. Su rubor se intensificó,
hasta teñirle las mejillas casi de carmesí. Avanzó con sus pies descalzos,
presentándose, haciendo el ofrecimiento.

Ritsuko asió el extremo del cinturón con una mano, sosteniéndolo como
si fuese viviente. Sonrió, viendo los ojos de Maya cerrarse en expectativa.
La sonrisa se crispó y se volvió juguetona, o quizá... traviesa. Y esperó.

Y esperó.

Al final, Maya abrió los ojos, duda e inquietud engarzadas en sus
facciones. Entonces captó la sonrisa, y sintió un tirón delicado en la bata.
El mullido cinturón fue soltado y la prenda entera pareció desintegrarse en
su caída al piso.

A continuación, más silencio. Ritsuko quedó aturdida. Total, completa y
absolutamente anonadada. A Maya se la definía como linda. Inocente.
Ingenua. No debía llevar puesto algo tan... tan... devastadoramente
sensual.

En algún momento, mientras dormía, la camiseta percudida y los raídos
pantalones de algodón habían sido reemplazados. En su lugar había algo
digno de un catálogo de lencería. Encajes, seda, negro y esmeralda, con
aberturas en un número excesivo de lugares. Una gargantilla, y
delgadísimos tirantes conduciendo a un muy exiguo negligé. Un
portaligas. Tanto cubierto, pero tan poco oculto. Ritsuko quedó reducida
a poco más que expresiones. No tenía la seguridad ni de estar respirando.

La mirada incierta de Maya se había ido hacía mucho. Adoptó una pose,
invitando a la inspección.

—¿Te gusta?

La respuesta fue suave, poco más que un murmullo inarticulado:

—Sí.

—Y tú que creíste que el regalo ya estaba desenvuelto. —La voz de Maya
era ahora confiada, casi desafiante.

El tono bastó para devolver a Ritsuko a sus cinco sentidos. Exhibió a su
vez una sonrisa débil, con los ojos entrecerrándosele, contemplativos:

—Voy a tener que poner más empeño, parece.

—Pero hay que guardar el papel.

—Ah, sí. No hay que desechar un diseño tan bonito.

—No es de colores muy navideños, pero, de todos modos, no es Navidad.

—Muy cierto.

—¿Lo dejamos como regalo de cumpleaños adelantado?

—Por mí no hay problema.

En medio del diálogo juguetón, Ritsuko se había levantado del sofá. En
un eco inconsciente de los sucesos previos, trazaron un baile lento por
la estancia. Maya se mantenía justo fuera del alcance de Ritsuko,
retrocediendo de la rubia acechante con pasos diminutos. Su sonrisa
crecía a cada retirada, y empezó a hacer movimientos sugerentes.
Como flamear una bandera roja delante de un toro.

La sonrisa de Ritsuko crecía en fiereza sostenida, el lobo cazando a su
presa. Al final, con una complicada coreografía de pies arrastrados en
cámara lenta, acorraló a la mujer más joven en un rincón.

—No hay adónde escaparse ahora.

—Auxilio. Socorro. —Los ojos de Maya centellearon, pero no de miedo.

Con intensidad animal, Ritsuko dio el zarpazo:

—¿Y ahora qué?

Con las muñecas apresadas contra la pared a cada lado, Maya no hizo
más que batir las pestañas.

—¿No hay un príncipe que me salve?

—¿Sirve una princesa?

Una sonrisa coqueta:

—Se me puede convencer, su alteza.

La proximidad de tanta piel desnuda y la promesa oculta detrás de tan
exigua tela hacía a Ritsuko sentir la cabeza abombada. Sentía el
estómago extraño, una sensación de alborozo no del todo enfermizo. Se
acercó, hasta que sus narices casi se tocaron. El aroma era embriagador,
sutiles talco y jabón y, tras ellos, algo más... Algo indescriptible. Maya la
miró largamente, con los ojos llenos de emoción. Sus cuerpos siguieron
apartados, de no ser por la firme presa de las manos de Ritsuko en las
muñecas de Maya.

En un movimiento precipitado, Ritsuko atravesó la distancia final, boca
tocando boca.

El gusto prolongado a chocolate. Una traza tenue de canela.

Muñecas frescas, en leve tensión. Labios tibios de terciopelo, húmedos y
temblorosos. Casi una cosquilla al mezclarse exhalaciones suaves.

Se separaron, y Ritsuko se retrajo. Soltó a Maya, retrocedió un paso
inestable. Maravilla y miedo batallaban en sus ojos. Una blasfemia queda
se le coló por entre los labios. Se miraron.

—¿Qué diablos me estás haciendo?

—¿Eh?

—Siento como si hubiese corrido una maratón.

Una sonrisa presumida:

—No es todo lo que vas a sentir.

—Puras promesas.

Un abrazo delicado, curvas amoldándose. Los brazos de Maya rodearon
la cintura de Ritsuko; los de ella envolvieron los hombros de la mujer más
pequeña, una mano entrelazada en el cabello corto.

—Te noto un exceso de ropa.

—Sí.

—¿Hago algo para remediarlo?

—No voy a objetar, mileidi.

Manos pequeñas tiraron la blusa sedosa de Ritsuko, hasta sacarla de la
falda.

—Yo creí que eras la princesa.

—Ya no me siento una.

Dedos diestros separaron botones de ojales.

—¿Cómo te sientes?

—Como colegiala.

—Ah, ¿y eso en que me convierte a mí? —El frente de la blusa yació
desabrochado, pero aún cerrado.

Ritsuko mostró una sonrisa apretada:

—¿Un viejo verde con complejo de Lolita?

La provocación fue ignorada. —Bueno, siempre me gustaron esas con
trajecito de marinero.

—Cochina. —Un beso suave le tocó el cuello, justo sobre el cuello de la
blusa.

El sonido distintivo de una cremallera.

—¿Y eso es malo?

—No sé, ¿qué crees tú? —La falda también se mantuvo en su lugar, sujeta
por la cercanía de las dos caderas.

—Nunca pensé que fuera a serlo.

Maya hizo el ademán de retroceder, pero Ritsuko tensó casi imperceptiblemente
los brazos.

—No se me ocurrió envolver mi regalo con algo tan bonito —dijo.

—Con bolsas de papel basta.

El alivio inundó el rostro de la rubia, y dejó caer los brazos hasta casi los
costados.

Maya retrocedió, bajando la blusa por los hombros de Ritsuko al mismo
tiempo. La seda azul resbaló hasta encharcarse en el piso, cayendo
vaporosa sobre el reducido círculo de arrugado cuero negro. En su lugar
quedaron los simples sostén y calzones. No del todo algodón desabrido y
utilitario, pero tampoco eran rivales para la turbadora seda esmeralda y
negra que Maya llevaba. Lo que produjo el jadeo en la muchacha no
fueron las prendas, sino el cuerpo bajo aquellas.

Las mejillas de Ritsuko enrojecieron y sus brazos se tensaron, pero no se
cubrió. Percibiendo su incomodidad, Maya se acercó, a envolverla de nuevo
con los brazos. Los ojos de las dos se encontraron y de pronto una palabra
colgó en el aire entre ellas.

—Bésame.

Un momento de impresión y silencio. Y luego otra vez, más exigente y
suplicante.

—Bésame.

Labios se volvieron a juntar, para luego separarse.

—Por favor.

- o -

Asuka se hallaba sentada en su cuarto, sus audífonos ahogando los
sonidos de construcción a un lado del complejo de apartamentos. El
cuaderno yacía en el piso ante ella. La página en blanco miraba
impasiblemente al techo.

Scheisse.

Necesitaba más información. Más datos. Ni sonsacarle cosas a Kaji le
había redituado nada nuevo, meramente cancelando varias opciones
poco probables. Volvió a tomar el lápiz, y cuidadosamente trazó varios
círculos, para luego conectarlos con más líneas, cada una precisamente
etiquetada, hasta convertir al pulcro diagrama en un descalabro. Pero
nada fue revelado.

Scheisse.

Con un negligente movimiento de muñeca, tiró el bolígrafo por el cuarto;
lo oyó traquetear por el piso. Punceteó salvajemente los botones de su
walkman, luego subió el volumen. Con la otra mano se tironeó la
camiseta, despegándosela del cuerpo. Con un suspiro cayó de espaldas,
dejando que el futon absorbiera su peso.

Scheisse.

¿Qué diablos pasaba? ¿Por qué nadie le decía nada? ¿Por qué andaba
todo el mundo tan raro? ¿Por qué carajo le molestaba tanto aquello?

Se quedó mirando el techo un rato más, contemplando la situación
completa. Con un suspiro explosivo, se incorporó, arrancándose los
audífonos. Gateó a la puerta corrediza y la abrió.

—¿Shinji?

Ninguna respuesta.

Más fuerte:

—¿Shinji?

Aún sin respuesta. Asuka se puso de pie, luego salió del dormitorio hasta
la puerta del cuarto de Shinji. Abrió la puerta. El muchacho estaba
tendido de espaldas, mirando el techo, el reproductor DAT siseando
calladamente.

—Shinji.

Por fin él la notó y paró la cinta con el pulgar. La miró, una pregunta ya
formándosele en los labios.

Ella lo cortó:

—¿Has visto a Misato ahora último?

—No. ¿Por qué?

—Por que sí.

—¿Por qué porque sí?

—Porque la ando buscando, dumkopf.

—Ah.

Asuka se agarró un mechón de pelo con cada mano, tirándoselo:

—¿Por qué son todos tan tarados aquí?

Shinji no tenía respuesta para aquello. Aunque ella no esperaba una.

—Pues, ya se está haciendo tarde, así que tal vez llegue pronto —ofreció
el muchacho.

—Sí, pero dónde está ahora.

—No sé.

—Inútil.

—Perdón.

Y con eso, el muchacho se dio vuelta, dándole la espalda a la puerta. Un
suave chasquido anunció su retiro ante las iras de la muchacha.

—Bah.

Ni vilipendiar al Sin Pantalones la había hecho sentir mejor. Cerró la puerta
corrediza más fuerte de lo necesario y salió a ponerse los zapatos.

- o -

Kaji hizo su entrada al El Mas Allá, con más aplomo que el dueño. Aunque
Kaji siempre caminaba como el dueño de todo establecimiento. Entonces
paró en seco. Le dio un mirada rápida a Pepe, que se limitó a alzar las
manos y mostrar una expresiva encogida de hombros.

Se instaló en la cara una Sonrisa Número 10 y avanzó hasta la mesa del
fondo, luego acercó una silla para él:

—Hola, ricura, ¿vienes seguido por acá?

Katsuragi Misato levantó la cabeza de la mesa y lo miró con ojos
soñolientos.

—Kaji, esa es la pior frase de donjuán que te he escuchao —declaró.
Envolvió el vaso ante ella con la mano derecha y se echó un trago, luego
se sirvió otro de la botella aferrada en su izquierda.

Él se rió, levantando las manos en ademán de defensa.

—No te trato de conquistar.

Ella no hizo más que mirarlo, tratando de mostrar buena hostilidad, pero
estaba un pelín demasiado achispada como para darle peso al gesto.

Él le sacó la botella de whisky y le dio un vistazo a la etiqueta.

—Un poquito temprano para andar tomando del fuerte, ¿no crees?

—Gállate. Y degüélveme eso.

Él depositó la botella en la mesa justo fuera del alcance de ella. Apoyó los
codos en la mesa, descansando el mentón en las manos.

—¿Qué penas andas ahogando esta noche? —inquirió.

—Niuna —La mujer se levantó de la silla, solo lo suficiente para asir el
whisky.

—Bien pues, entonces no tendrás ninguna objeción si te acompaño. —Sin
darle la oportunidad de objetar, arrimó su silla, llamando con una seña a
la mesera—. Otro vaso, por favor.

—Lárgate, Kaji. No quiero beber contigo —balbuceó Misato.

Él eligió no oír aquello, sirviendo y echándose un corto:

—¿Y qué se cuenta?

Ella emitió varios sonidos que podrían haberse interpretado como
negación.

Kaji resopló suavemente, luego se estiró un poco más hacia ella.

—Misato, estás tomando Jack, no Yebisu. Tú nunca bebes nada más que
cerveza a menos que estés triste o con problemas. ¿Qué pasa?

Misato lo agarró del cuello de la camisa, acercándoselo. él pudo sentir el
olor a trago en su aliento y, bajo este, el olor de ella.

—Kaji...

—¿Dime, Misato?

—Llévame a casa.

Le llevó un momento procesar la petición. Ya eran casi diez años desde la
última vez que ella le había dicho eso.

—¿A mi casa, dices?

Ella asintió.

- o -

Cual aparición, Rei rondaba por los corredores oscurecidos, un espectro
en las entrañas de la central Nerv. Esto en sí y por sí solo no era
inusitado. La Primera Niña solía deambular por el desparramo del
complejo, incluso a altas horas de la noche. Lo inusitado era lo que iba
haciendo con las manos. Cada cierto lapso se detenía, se las miraba, y
aplaudía con ellas.

Clap.

Cada vez, el sonido parecía sobresaltarla, y se quedaba viendo a sus
manos ahora empuñadas un momento, antes de continuar por otros cien
metros.

Clap.

El sonido repentino hacía eco en los largos pasillos oscuros. Para dar
variación, intentó aplaudir más fuerte, golpeando las palmas hasta que le
hormiguearon y dolieron. Luego intentó con suavidad, pero aquello no
produjo sonido alguno. Rápido y lento. Luego descubrió que podía variar
el sonido ahuecando las manos de manera distinta.

Clap.

Así y todo, no parecía de gran utilidad. ¿Por qué le había preguntado
Langley si aplaudía? ¿Qué significaba?

Un rato después recordó que Asuka había estado canturreando al
alejarse. Acaso eso fuese importante para la experiencia. Se aclaró la
garganta, luego se acomodó en un zumbido monótono.

Hummm. Clap.

Intrigante. Lo intentó un poco más, luego se quedó sin aliento. Varias
respiraciones hondas ahuyentaron la sensación de vahído. Se le ocurrió
que al aplaudir no podía oír el tarareo, de modo que ahí podía respirar.

Hummm. Clap.

Se perdió en lo profundo de la oscuridad, zumbando y aplaudiendo.

- o -

Ritsuko arqueó el cuerpo y jadeó en voz alta cuando los labios de Maya
tocaron piel sensible.

—Cielos, dónde aprendiste a hacer eso.

La mujer más joven sonrió:

—Ahí mismo donde aprendí los masajes de pies. Con mi compañera de
dormitorio en la universidad. —Puntuó cada aseveración con otro beso
breve.

—En algún momento me vas a tener que hablar de ella.

Maya pareció no oír, al acariciar la piel de las piernas de Ritsuko con una
mano, llevando la boca a la amplia planicie de su abdomen expuesto.
Ritsuko volvió a jadear, aferrando sábanas.

Levantó la cabeza, para quejarse:

—Provocadora.

Otra vez la sonrisa reservada.

—Ven acá.

Maya hizo un pequeño sonido de negación, moviendo la cabeza justo lo
suficiente para rozar la piel de Ritsuko con las puntas del cabello. La
sensación fue eléctrica.

—Ven acá —repitió Ritsuko.

Alzando la vista, la calmada mirada de Maya encontró a los ojos
hambrientos de Ritsuko. Tenía un brillo intenso en los ojos, uno que dijo
muchísimo. Negó de nuevo con la cabeza, casi imperceptiblemente,
luego plantó un beso tibio en las costillas de la otra mujer, justo bajo el
seno. Ritsuko dejó caer la cabeza en la almohada, suspirando pero
conforme por el momento.

- o -

Shinji se hallaba parado en la puerta, con la indecisión trastocándole las
facciones. El apartamento estaba oscuro y en silencio, a un grado casi
sobrenatural. Asuka había salido hecha una tromba hacía casi una hora,
todavía mascullando entre dientes. Misato no había llegado. Estaba
vagamente preocupado por las dos.

—¡Guaac!

Ausentemente, bajó una mano y palmoteó al pingüino.

—Sí, yo también, Pen-Pen.

Se armó de valor y se irguió, luego cruzó la puerta y salió en silencio.

- o -

Ritsuko flotaba lánguida en el suave mar de la cama. Se sentía contenta,
verdaderamente satisfecha por primera vez en más tiempo del que
deseaba admitir. Maya estaba acurrucada contra ella, una mano
descansando posesivamente en la parte interna de su muslo, la otra
acunándole la cabeza. Un momento de debilidad permitida, de desahogo.
Volvió la cabeza y sorprendió a los ojos de Maya, que la miraban.

—Gracias.

Maya volvió a hacer ese ruidito de negación, trazando con la mano desde
el muslo hasta la cadera y hasta el abdomen, luego rozando entre el valle
de los pechos de Ritsuko y como una pluma por su cuello. Con el dorso
de los nudillos acarició la mejilla de Ritsuko, luego le echó atrás varios
mechones de pelo suelto.

—No me vengas con "mm-mmm" —exigió Ritsuko, queda pero firmemente—.
Lo digo en serio.

Capturó la mano de Maya en la suya, sujetándosela contra la cara. Pudo
sentir su propio aroma en ella, y en la piel de Maya, al acercar la boca, para
agradecerle con acciones más que con palabras.

Rodó sobre un costado, poniendo delicadamente a Maya de espaldas;
con una mano duplicó el contacto de Maya en su mejilla. Apoyada en un
codo, se incorporó un tanto, y devoró con los ojos a la mujer más joven.

—Me toca —declaró, bajando la boca hacia un seno de Maya.

- o -

Shinji, sigiloso, circulaba por los pasillos de Nerv. No le preocupaba que
alguien fuera a verlo; tenía todo el derecho de estar donde estaba. Pero
el lugar daba una sensación como de museo o biblioteca, o hasta de
catacumba, pensó mórbidamente, y se descubrió reacio a perturbar el
silencio. Durante el día, el cuartel entero estaba vivo con gente que
llevaba a cabo los menesteres de Nerv, técnicos y mecánicos, médicos y
administradores, hasta guardias de seguridad. Por la noche no andaba
nadie, salvo algún mínimo, esquelético personal de monitoreo.

E Ikari Shinji.

No estaba seguro de su posición exacta. Al salir del departamento, había
pretendido ir en busca de Misato y tal vez hasta de Asuka. Para cuando
llegó a la estación del tren, se le ocurrió que no tenía idea de dónde
buscar a ninguna de las dos. A falta de alguna otra ocurrencia había
partido a Nerv, esperando quizá que Misato simplemente se hubiera
quedado trabajando tarde, por improbable que fuese. Pero por lo visto
no andaba nadie. No estaba seguro ni de dónde buscar.

Mientras caminaba, adquirió consciencia de un lento tap-tap.
Deteniéndose, ladeó la cabeza, intentando determinar de dónde venía.
Los ecos iban y venían por los corredores, parecían provenir de todas
partes. Dio varios pasos, esperando determinar al menos una dirección
general, pero a cada paso, los ecos fantasmales parecían venir de una
dirección del todo distinta.

Un nudo se le formó en la garganta. El sonido era tétrico de tan regular,
casi como pisadas, pero demasiado espaciadas. Se limpió en el pantalón
las palmas, repentinamente húmedas, y apretó el paso.

Tap. Tap. Tap.

Inequívocamente, se hacía más fuerte. Se dio prisa, escuchando con
pavor. Había un ascensor cerca de allí. Seguridad.

El sonido se hizo más fuerte, metal sobre metal. Parecía venir acercándose,
pero él seguía sin poder precisar desde cuál dirección. Se devanó los sesos
tratando de determinar qué era. Entre los golpeteos, reinaba el silencio de
ultratumba. Iba ahora casi corriendo, con la ferviente esperanza de que el
ascensor estuviese allí.

Tap. Tap. Tap.

Torció por un recodo, con el sonido reverberando en torno a él, cercándolo
sin misericordia. En estrepitosa carrera, salvó los últimos metros hasta las
puertas y hundió salvajemente el botón de llamada. El sonido se hizo más
fuerte. Giró, poniéndose de espaldas contra la puerta, enjugándose las
palmas de nuevo, con la cabeza llena de ideas horripilantes.

Tap. Tap. Tap. ¡Ding!

El sonido del ascensor al llegar casi le produjo un infarto. Las puertas
corredizas se abrieron tras él y entró, trastabillando sin equilibro.

El golpeteo se aceleró, acortando su cercanía. Shinji llevó la mano a los
botones, punceteando varios en su premura.

—¡Sujeten el ascensor! —llamó una voz.

Despavorido, Shinji buscó a tientas el botón para cerrar las puertas,
presionándolo desesperado. No bastó. Justo cuando las puertas
empezaban a cerrarse, una mano enguantada de blanco apareció entre
estas. Con una exhalación hidráulica, las puertas se abrieron. Shinji se
apretó contra un rincón, con las manos estrujando la baranda.

—Creí que no llegaba. Ah, Shinji. Hola.

En la luz derramada desde el interior del ascensor, se hallaba Fuyutsuki
Kozo, apoyado pesadamente en un bastón y acezando.

—H... Hola —tartamudeó Shinji, indeciso entre desmayarse de susto o de
alivio.

- o -

Maya yacía en el dormitorio oscuro, gratamente hundida en la cama por
el peso de Ritsuko. Se miraban a los ojos, las dos sintiéndose profundas
pero sin la necesidad de palabras. Por último, Ritsuko bajó la cabeza,
para depositar un beso suave entre las delicadas cejas de Maya. El sudor
salado perduró en sus labios al subir la cabeza. Luego de otro momento,
Maya estiró el cuello y levantó la cabeza, hasta situar un beso similar
justo bajo el maxilar de Ritsuko.

Una gota de sudor se liberó del cabello de Ritsuko, cayó en la mejilla de
Maya y precisó otro beso para quitarla.

—Deberíamos levantarnos. Creo que a las dos nos hace falta una ducha.

—Sí.

- o -

Asuka rezongaba y maldecía. Había malgastado toda la tarde buscando
información, con resultados absolutamente nulos. Hasta Hikari había
salido, de modo que no podía irle con el alegato a nadie.

De modo que ahora merodeaba por las profundidades del cuartel general
de Nerv, rumbo a la oficina de Ritsuko. Y es que por ningún motivo se iba
ir a la casa sin nada. Así tuviera que husmear en los escritorios de la
gente. Torció por un recodo y se encontró con una de las cosas más
extrañas que había visto desde su llegada al Japón.

La Niña Maravilla Ayanami Rei, sentada de piernas cruzadas en pleno
pasillo, aplaudiendo despacio y tarareando con bastante volumen.

—¿Rei? ¿Qué haces?

La niña del cutis pálido se quedó inmóvil y en silencio, mirando impasible a
Asuka. El momento colgó en el aire, cargado de suspenso.

—Te pregunté qué haces.

Ninguna respuesta.

—Carajo, contéstame.

—Estoy tarareando. Y aplaudiendo.

—Ya me di cuenta. ¿Por qué no me contestaste?

—¿No eran preguntas retóricas?

Muy despacio, Asuka se dio media vuelta, antes de pegarse un leve
palmazo en la frente. Tendría que ser adecuado sustituto para no darse
de cabezazos con las paredes hasta quedar inconsciente. Con igual
lentitud, se dio vuelta una vez más.

—No, niña maravilla, no era una pregunta retórica. Ahora, ¿por qué lo
hacías?

Hubo otra pausa, hasta que Asuka hizo una señal con la mano.

—Esa tampoco era una pregunta retórica —aseveró Rei.

—No.

—Ah. Porque nunca antes lo había hecho. Tú misma lo dijiste.

Los detalles del encuentro anterior de las dos brincaron alegremente por
la mente de Asuka. Resistir la alternativa de la inconsciencia se le hizo
muchísimo más cuesta arriba.

- o -

Ritsuko restregaba la espalda de Maya, tomándose mucho más tiempo
del necesario. Eso sí, nadie ponía reparos. Acercó el cuerpo de Maya al
suyo, abrazándola desde atrás, satisfecha de estar de pie en el agua
caliente sin nada entre las dos más que agua y jabón.

Maya hizo un suave sonido arrullante, luego murmuró:

—Si nos tardamos demasiado, se va a terminar el agua caliente.

Ritsuko no hizo más que acariciar el abdomen de Maya con sus manos
mojadas, meciéndose despacio al son de alguna música interior. Puso la
boca en la unión del cuello y el hombro, saboreando la piel y trazas
tenues de jabón. Siguió con la lengua el curso de los tendones,
levemente tensados al igual que el resto del cuerpo de la mujer más
pequeña.

—Si no te das prisa, me va a hacer falta la ducha fría.

Con una risita suave y gutural, Ritsuko posó las manos en los pechos de
Maya, desde atrás, los suyos apretados firmemente contra la espalda de
Maya. Con una sujeción rápida y vehemente, dio vuelta a Maya y la
empujó contra la pared de la ducha. Su boca pareció estar en todas
partes al mismo tiempo, y allí donde no estaba, estaban sus manos.

—De verdad que me va a hacer falta... —empezó Maya, antes de dejar la
frase en el aire, ante la acometida.

- o -

—¿Y qué te trae a la Central Nerv a esta hora de la noche? —preguntó
Fuyutsuki.

—Ah, pues... Buscaba a Misato.

Y a Asuka, pero ella también andaba buscando a Misato.

—Se fue hace bastante rato.

—Ah.

—No llegó a su casa, ¿verdad?

—No.

—Ah. Tal vez se fue a beber.

—Tal vez —concordó Shinji.

Habían estado caminando mientras hablaban, aunque Shinji no sabía con
gran certeza dónde se hallaban ni adónde iban. No era tan desorientado
como Misato pero, en la oscuridad, casi todos los corredores se le
antojaban parecidos. Por último torcieron por un recodo que reconoció,
por estar cercano a los laboratorios médicos y a la oficina de la doctora
Akagi. El subcomandante Ikari iba posiblemente a buscar algo para su
pie.

—Buenas noches, Asuka, ¿qué haces aquí tan tarde? Parece que hay toda
una fiesta aquí.

Shinji abrió los ojos de golpe. En efecto, llegando por el pasillo desde la
otra dirección venía su compañera de equipo, compañera de vivienda e
incesante torturadora. Reprimió un lamento, y en el proceso no vio la
breve expresión de sorpresa y culpa de la muchacha.

—Aburrida, nada más. Buscaba algo que hacer.

—Bueno, no sería problema asignarte algo de trabajo administrativo. No
me cabe duda de que al comandante Ikari le sería útil la ayuda.

Asuka pareció pensativa un momento. —Quizás.

- o -

Las palabras de Maya habían sido proféticas. Justo cuando subía a besos
por el interior del muslo de Ritsuko, el agua caliente, en efecto, se acabó.

Dos mujeres desnudas, mojadas y chillantes se apiñaron ducha afuera,
tiritando y hurgando frenéticas en busca de toallas. Por fortuna, varias
toallas de tamaño grande colgaban del estante. Pasó por encima del
hombro una para Maya y se envolvió rápidamente en la otra. Al darse
vuelta, oyó un sonido suave como de risita. Una sonrisa apretada
empezó a formársele en la cara.

Por varios minutos, dos mujeres húmedas y desnudas estuvieron así en
el baño, solo riendo.

—Te lo dije.

—Sí, así fue.

—Fue divertido. ¿Lo hacemos otra vez?

De pronto, una toalla estaba en el piso, y una sola toalla envolvía a dos
mujeres desnudas y algo húmedas.

—Creo que se nos podría ocurrir alguna otra cosa divertida.

- o -

Misato despertó con un sobresalto, lamentándolo de inmediato. Cerró de
golpe los párpados para mantener fuera a la infame luz brillante.

—Ten —ofreció una voz, y algo frío le fue puesto en las manos—. Tómate
esto. Y trágate estas.

Dos algos de reducido tamaño le fueron puestos en la mano. Tragó
obedientemente las pastillas, y las pasó con un saludable trago de agua.

Soltó un lamento, sabiendo que pasaría un rato antes de que las pastillas
le comieran las orillas a su resaca. Mientras esperaba, evaluó su situación.
Obviamente, no estaba en su casa. Por mucho que lo intentara, no
recordaba nada después del primer tercio de botella. Con cuidado,
abriendo un párpado nada más que una rayita, fue evidente dónde se e
ncontraba. La casa de Kaji.

Más o menos al mismo tiempo de aquello, llegó a otra conclusión. Estaba
desnuda. Y tirada en la cama. La sensación de náusea en su estómago
se intensificó. Misato se incorporó apoyándose en los codos. ¿Había
acaso...?

—No pasó nada. Pero vomitaste como tres veces cuando veníamos de
vuelta. Tenías la ropa hecha un desastre, así que la eché al lavado.

Ella se derrumbó de vuelta a la cama, tanto por el alivio como porque los
brazos ya no le resistían. Algo suave golpeó las mantas que la cubrían.

—Ten. No es de tu talla, pero es lo único que hay.

Se inundó de gratitud. Se arriesgó a la luz nuevamente y vio la camisa y
los jeans dejados en un cúmulo arrugado sobre su estómago.

Consiguió sacar un débil "gracias", pero él ya había salido del dormitorio.
Luego de quitarse las sábanas de encima, se puso rápidamente la camisa,
que era en efecto demasiado grande. Pudo olerlo a él en la prenda,
conocido y casi reconfortante. Los jeans eran demasiado grandes también,
al bajar los pies de la cama y meterlos en ellos.

—¿Quieres comer? —llamó él desde la cocina.

No quería, en realidad, aun sabiendo que debería.

—Estoy haciendo panqueques.

Golpe bajo. —Ya, bueno.

Con un lamento, se puso de pie, luego esperó que la habitación dejara de
dar vueltas antes de salir a la sala. Kaji estaba delante de la cocina,
vestido con holgados pantalones elasticados en la cintura y poco más que
eso, mientras daba los toques finales al desayuno. Ella tuvo que sonreír,
pese a todo.

—¿Bien familiar la escena, verdad?

—Sí.

Misato se sentó a la mesa, mirando la comida como si esta fuese a
atacarla. Quería odiarlo, pero no pudo.

—¿Te sientes mejor?

—Un poco.

—¿Quieres hablar de eso?

—No, francamente.

—Déjame decirlo de otro modo. Dime qué pasa.

Ella lo miró a la cara, leyendo la expresión seria existente allí. Con un
suspiro, volvió a bajar los ojos:

—En serio, no es nada. Un problema personal, nada más.

Él se detuvo a uno o dos pasos de la mesa, sosteniendo el plato de
panqueques en una mano.

—Misato.

La rabia estalló y cobró vida, caliente y hambrienta en sus tripas:

—¡Ya te dije que no es nada! No te he pedido ayuda a ti.

—En realidad, sí me la pediste. Dos veces. Tal vez tres. Costaba escuchar
bien entre tanto balbuceo.

Ella lo miró con hostilidad.

—Estaba ebria.

—Sí, cierto. Muy ebria.

Agarrando el vaso de jugo de naranja puesto ante ella, tomó un sorbo.
Con desgano, dijo:

—Estoy bien.

Kaji depositó el plato en la mesa y se sentó. Ensartando los primeros dos
panqueques del alto, preguntó:

—Es por Ritsuko, ¿cierto?

El silencio de ella fue ensordecedor. Se sirvió del plato, hincando
salvajemente el tenedor en la comida.

Kaji se reclinó en su asiento, sobándose con parsimonia la pelusa de la
quijada.

—Todo el asunto ese te tiene espantada, ¿verdad?

La botella de almíbar golpeó la mesa con fuerza suficiente para hacer
saltar el mantequillero.

—Cállate. Te dije que no quiero hablar de eso.

Comieron en silencio durante varios minutos.

—Esto no va a desaparecer así nada más, te aviso. No es cosa de pensar
que la próxima semana ella ya no será lesbiana.

Ella se echó el tenedor a la boca, masticando con furor.

Kaji se encogió y continuó comiendo, observando a Misato en todo
momento.

—Es que... —empezó ella, antes de titubear—. Yo...

Él la miraba, esperando.

—Digo, vivíamos juntas.

—¿Y?

—¿Y si ella me... tú sabes?

—¿Que si te echó el ojo? ¿Si le dio un vistazo a la mercadería?

Los ojos de ella llamearon:

—No seas vulgar.

—Perdona. —Su sonrisa indicaba que no quería perdón—. Pero, en serio,
como dije antes, ¿qué tiene?

—Vivíamos juntas —reiteró ella débilmente.

—Misato, tú eres una mujer muy bonita. —Ella se sonrojó, pero él
continuó—. No me cabe duda de que hay muchas mujeres que te han
"echado el ojo" antes.

Ella pareció distintivamente incómoda:

—Pero...

—Pero nada. ¿Alguna vez ella hizo algo que te incomodara en lo más
mínimo?

Titubeante, Misato admitió:

—Pues, no.

—Te pregunto de nuevo, entonces. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso no
puede seguir siendo amiga tuya? ¿O la gente homosexual está por debajo
de ti? —Su tono era duro, aunque no malicioso.

Como era de predecir, ella se encrespó:

—¡No es cierto!

—¿Qué pasa, entonces?

—Bueno, ¿y si lo hace?

El tono de él era liviano, casi provocador:

—¿Qué cosa, insinuársete? Dile que no gracias. A menos que quieras.

Ella lo quedó viendo un momento largo.

—Kaji Ryoji, no puedo creer que me hayas dicho una cosa así.

Apartando el plato, se puso en pie y se alejó a grandes zancadas de la
mesa.

Kaji comió plácidamente otro bocado y la miró alejarse.

- o -

Maya se apoyó sobre un codo, mirando a Ritsuko con rostro impasible.

—¿Qué?

—Nada.

Rodando, poniéndose de costado e incorporándose sobre un codo,
Ritsuko la miró a su vez:

—No, en serio... ¿Qué pasa?

Con un suspiro, la más joven quitó el brazo de debajo de ella,
recostándose sobre la cama, todavía mirando la cara de su interrogadora.

—No sé. Es que esto es...

—¿Demasiado bueno para ser cierto? —terminó Ritsuko.

—Algo así. Digo... —Se interrumpió de nuevo.

Con una sonrisa delicada, Ritsuko extendió un brazo, siguiendo el costado
del rostro de Maya con un dedo.

—¿No que la insegura soy yo, que nunca antes he tenido una relación así?

Maya enrojeció, luego musitó:

—La verdad, yo tampoco.

El dedo le titubeó un momento, y Ritsuko ofreció una mirada inquisitiva.
Avergonzada, Maya no hizo sino quedarse tendida de espaldas, contemplando
el cielo raso. No tan fácil de desalentar, Ritsuko se deslizó por el vacío que las
separaba, y tendió un brazo por el vientre de la otra mujer.

—¿Cuéntamelo? —La palabra fluctuó entre pregunta y orden.

Silencio.

—¿Te preocupa que me enoje?

—No.

—¿Entonces qué?

Silencio. Luego un suspiro hondo.

—Bueno, ¿te hablé de mi compañera de cuarto, de la universidad?

—La mencionaste.

—Sí. Bueno, en mi primer año, ella no era mi compañera de cuarto. Iba un
año más arriba que yo. Yo estaba teniendo problemas para adaptarme a
vivir lejos de mi casa, y ella se fue volviendo algo así como mi protectora.
Era muy buena conmigo, mejor de lo que nadie había sido antes, en
realidad. Poco después, me la pasaba casi siempre en el cuarto de ella,
pasando el rato, nada más.

"Le llevó como un mes hacer su maniobra para seducirme. Al principio,
yo creí estar enamorada o algo así. Tenía a esta chica bellísima y
glamorosa y distinguida, que había sido buena conmigo y que ahora me
trataba como yo creía que una trata a alguien que quiere. Me enseñó
mucho, y yo la mantenía entretenida.

"Pasaron varios meses antes de darme cuenta de que me estaba usando
y nada más. Pero a esas alturas yo también la usaba un poco. Ella obtenía
la relación física y la satisfacción del ego, yo obtenía una educación y la
seguridad que buscaba. Imagino que eso es lo otro que me enseñó, la
diferencia entre el amor y el sexo".

—¿Te enojaste con ella cuando te enteraste?

—Un poco, supongo. Me sentí traicionada, al menos. Pero no me costó
tanto superarlo. A decir verdad, ella nunca lo disfrazó de ninguna otra
cosa, yo fui la única que lo hizo. Ya después, me dijo que lo encontraba
una lindura mía.

—¿Siguieron juntas?

—Un tiempo, al menos. En mi segundo año compartimos cuarto. Con el
tiempo nos fuimos alejando, así de simple. El año después de eso
escogió a otra de primer año y volvió a hacer lo mismo otra vez.

Ritsuko apretó el brazo, acercando a Maya contra sí, pero no dijo nada.

- o -

—¿Qué sucede, Ikari? Se te ve cansado.

—Noche larga.

—¿Un café?

Una vacilación breve. —No.

—¿Como van los informes de presupuesto para la ONU?

—Casi listos.

—¿Cuánto irán a tratar de recortarlo?

—Demasiado.

—Como siempre.

—Es irrelevante.

—Imagino que sí.

—¿Cuánto tiempo crees que falte?

Eso produjo un bufido. —Bastante poco.

Fuyutsuki miró su taza de café, con una expresión curiosa en el rostro:

—Ojalá haya tiempo para que todo esté listo.

—Debe haberlo.

- o -

Kaji se cargó contra el marco de la puerta, de brazos cruzados.

—¿Y ahora, quieres hablar?

—¿Hablar de qué? —La desparramada sentada de Misato ocupaba dos
sillones y era artísticamete despreocupada.

El hombre suspiró:

—No te puedes esconder de esto para siempre.

—Kaji, cállate. Nada más... cállate.

—No.

Ella le apuntó una mirada de un millón de vatios:

—¿Cómo?

—Ya me oíste.

—Creo que voy a hacer como que no te oí —dijo ella.

—Entre más no tomes en cuenta esto, peor será.

Misato le clavó una mirada de incredulidad, incapaz de creer las palabras
que había dicho. Él al menos tuvo la decencia de parecer incómodo,
consciente de lo que había dicho y cómo había sonado viniendo de él.
Ella se levantó y salió a grandes trancos, pasando de largo junto a él,
rumbo al cuarto de atrás. Luego de un momento, él la siguió.

Empeñada en ignorarlo, ella cogió de la secadora su ropa aún algo
húmeda, y empezó a reemplazarla por la que tenía puesta.

—Ya sabes que tengo razón.

Sin palabra alguna, Misato le tiró los pantalones y camisa a la cara y se
fue.

- o -

—¿Asuka?

La muchacha alzó la vista. —¿Qué?

—¿Encontraste a Misato? —preguntó él—. Anoche.

—No.

—Ella tampoco llegó.

—Humm.

—¿Sabes qué está pasando?

Ella le dio una mirada cortante, preguntándose cuánto sabía el muchacho.

—No —dijo.

—Ah —dijo él, mirando hacia otro lado, cohibido.

—¿De qué habla Shinji?

Asuka se volvió hacia Hikari:

—Ehh. ¿Y cómo diablos voy a saber yo?

La presidenta de la clase le dio una mirada indescifrable, que luego se
transformó en una sonrisa diminuta cuando Asuka volvió su atención al
cuaderno y empezó a hacer dibujitos.

- o -

—Deberíamos levantarnos.

—Deberíamos.

—Hay que ir a trabajar.

—Así es.

—Noto que ninguna de las dos se ha movido.

—Correcto.

—No vamos a llegar al trabajo si no nos damos prisa.

—Muy cierto.

—Párala con eso, oye.

—Podría.

Sobrevino un breve combate de cosquillas.

—¡Me rindo, me rindo!

—Bueno, vamos.

- o -

Ritsuko miraba el escritorio, sobrecogida. No había manera de explicar
esto. Casi todo lo que ella hacía era automatizado. Era programadora,
técnica, científica e ingeniera. Los informes podían ser enviados por
email, ingresados a las Magi.

Pero así y todo, cada superficie concebible de su oficina estaba cubierta
con altos de papel, la mayoría pulcramente apilados, clasificados y en
espera de su atención. Miró como enajenada de un lado a otro, en busca
de una inexistente vía de escape. No había socorro. No había descanso
para el fatigado.

Sacó prestamente los cigarrillos, y extrajo uno de la cajetilla con los
labios. Iba a ser un día largo, aunque la faena no parecía tan ardua hoy.

- o -

—Lo volviste a hacer. —La voz de Aoba llevaba una pizca de mal humor.

—¿Eh?

Makoto no estaba ni cerca de parecer molesto, tan solo curioso:

—Te volviste a desaparecer. Y otra vez no llegaste al póker.

—Ah. —La joven se sonrojó.

—¿Dónde has andado metida?

La joven titubeó.

—Ehh, ocupada, nada más.

Ambos hombres se miraron.

—¿Qué? —La voz de Maya se alzó, defensiva.

—Está colorada.

—¿Quién es el individuo?

—¿Quién es quién?

—¿Cómo?

—¿Quién qué cosa?

—¿Eh?

Maya se tapó los oídos. —¡Aggh! Termínenla.

Makoto y Aoba se dieron una sonrisilla de diversión.

—¿Y, lo vas a traer acá? —dijeron a coro.

La joven hizo un gran aspavientos de exasperación y cedió:

—No, no lo voy a traer. Además, ya saben que no podría.

—¡Ja, lo admitió!

—Sí, me pillaron. Lo admito.

—¿Y quién es él? —preguntó uno.

—Pues, no se los puedo decir.

—¿Por qué no? —preguntó el otro.

—Porque no, no quiero.

Con eso el par quedó enganchado.

—Danos una pistita.

Antes de que ella pudiese responder, la puerta del puente de mando se
abrió con un susurro y tres cabezas se volvieron a mirarla. Y tres cuerpos
salieron catapultados a sus puestos. El comandante Gendo barrió la sala
con la mirada, con rostro impertérrito.

—Informe.

Makoto estudió intensamente su consola:

—Situación normal, señor.

—Continúen. —Prestamente dio media vuelta y se marchó.

Los técnicos retomaron la conversación.

—Danos una pista —exigió Aoba, como niño que pide una galleta.

Decidiendo divertirse un poco, ella sonrió con picardía:

—Pues... No sé.

—Ah, ¿por favor?

—No me animo.

Aoba preguntó: —Bueno, ¿cómo es, al menos?

—Es muy intenso.

—¿Intenso?

—Ya sabes. Como si a veces te atravesara con la mirada.

Los técnicos se volvieron a sus consolas cuando la puerta corrediza
volvió a abrirse, con una palabrota dicha entre dientes luego de aquel
sonido. Misato entró a grandes zancadas, blandiendo un puño todavía
apretado y echando chispas por los ojos.

—¡Informe! —dijo en recio tono.

—Sin novedad, mi capitana —llamó Makoto.

Maya advirtió lo rígidos y derechos que Shigeru y Makoto se hallaban
sentados, sin apartar los ojos de sus consolas ni un milímetro. Eso
superaba con mucho el desempeño de que hacían gala ante los oficiales.
Casi como si sintiesen miedo de Misato. La capitana parecía enojada,
pero eso no era muy inusitado en ella.

Misato se arrojó sobre el asiento de mando y procedió a ignorar a la sala
con férreo empeño. Maya se preguntó por qué estaría enojada, y le dio
una rápida mirada de contrabando. Sus ojos se encontraron con los de
Misato justo cuando la otra mujer levantó la vista. Misato rompió
primero la mirada, apartando los ojos. Parecía abochornada además de
enfadada.

¿Abochornada? ¿Por qué? ¿Estaba enojada con Aoba y Makoto? ¿Qué
sucedía aquí? Maya se sintió confundida y salió de la sala.

- o -

—"Doctora Akagi, repórtese a mi oficina". —Clic.

La doctora colgó el teléfono, y apartó la silla del escritorio. Poniéndose en
pie, se quitó los anteojos y se los guardó en el bolsillo de la bata de
laboratorio. Delicadamente, se pellizcó el tabique de la nariz, se sobó la
piel hendida. Cogió de su escritorio un portapapeles más un revoltijo de
hojas, y salió de la oficina.

Enfiló por los pasillos, por los desabridos blancos y grises que parecían
extenderse interminables. Mentalmente, hilvanó variados informes,
intentando conjeturar qué cosas exigiría el Comandante. Arsenales de
frases fueron prolijamente aprestadas para posible uso. Instintivamente,
torció por una esquina, sin prestar atención a los corredores por los que
tantas veces había circulado.

Al llegar a los ascensores, el subcomandante Fuyutsuki estaba parado allí,
esperando y tamborileando impacientemente con el pie.

—Saludos, doctora. ¿Ya se siente mejor?

—Sí —otorgó, evitándose explicaciones—, yo creo que sí.

El hombre asintió parcamente y ella se preguntó cuánto sabría el segundo
al mando. Muy posiblemente, todo cuanto sabía el Comandante.
Fuyutsuki era una de las pocas personas en que Gendo parecía depositar
alguna confianza. Pulsó el apagado botón de llamada.

—¿Supongo que no sabrá por qué el Comandante me mandó llamar a su
oficina, o sí?

El hombre se volvió levemente, mirándola de soslayo mientras observaba
las puertas del ascensor:

—No me atrevería a aventurar nada, aunque podría conjeturar que quizá
desea discutir las últimas pruebas de sincronía lineal.

Esa era la mejor respuesta que iba a recibir, de modo que contestó el
previo gesto del veterano, asintiendo a su vez. El ascensor llegó,
bajando, de modo que Fuyutsuki se despidió y desapareció en este.

Hojeando el portapapeles, Ritsuko estudió los resultados de la prueba
sincronía. También había imaginado que eso desearía discutir el
Comandante. Luego de un rato interminable, el ascensor volvió y ella
entró, luego punceteó los botones apropiados. El piso se hundió junto
con su estómago, y la mente de Ritsuko vagaba, considerando y
catalogando.

Ponderó los últimos días y los cambios y emociones que había
experimentado. Intentó etiquetar su estado emocional, pero no pudo
hallar las palabras para describirlo, ni siquiera en su fuero interno. No
estaba exactamente feliz, pero ya no se sentía asfixiada y deprimida.
Esperanzada, quizá, pero luego de alguna reflexión lo descartó. No: era
tanto la pérdida de algo como el haber ganado algo. Pero no la pérdida de
algo bueno. Quizá la eliminación de un peso cuya presencia nunca había
advertido. Pero había una melancolía, una sensación de pérdida también.

El ascensor tintineó su llegada, y ella salió, rumbo a la oficina de Gendo.
Se obligó a caminar con soltura, con la esperanza de contener la urgencia
nerviosa que sentía. Por un momento, se detuvo fuera de la puerta,
invocando fuerza.

—Entre.

Intentando una apariencia calma y confiada, entró. Bienvenida a mi
guarida. Estaba sentado detrás de su escritorio, un bloque de granito con
lentes. Sus codos descansaban sobre la superficie del escritorio, los
dedos entrelazados, ocultándole la boca. Era una pose calculada, diseñada
para intimidar. Como siempre, funcionaba, incluso reconociéndola como tal.

—¿Deseaba verme, comandante?

Los ojos de él se enfocaron en ella, luego más allá de ella, como mirando
hacia afuera de la puerta detrás de la mujer. El silencio se estiró por
varios momentos. La estaba inspeccionando, su mirada fría y evaluatoria.

—Informe de prueba de sincronía lineal.

La traspasó una fugaz oleada de alivio vertiginoso. Su pronóstico había
sido correcto. Invirtió el portapapeles que traía en la mano, avanzó y se
lo pasó. Los ojos de él lo escrutaron rápidamente, dedos enguantados
pasando páginas mientras ella le citaba los puntos más destacables.
Ninguna emoción cruzaba la cara del hombre en su lectura.

Por último, devolvió el portapapeles:

—Muy bien. Prepare la siguiente secuencia de pruebas.

Un "que debía tener lista la semana pasada" quedó tácito, pero muy
manifiesto. Una breve chispa de rebeldía se inflamó y murió bajo el peso
de la culpa.

—Entendido.

El comandante le pasó el portapapeles y luego hizo con la mano una
diminuta seña de despido. Asintiendo de forma igualmente breve, ella
abandonó la oficina, agradecida de que todo hubiese salido tan bien. Sabía
que él podía haber requerido vía computadora los documentos que
acababa de entregarle, y ella podía habérselos enviado del mismo modo.
Él había querido una evaluación que ninguna comunicación electrónica
podía plasmar. Amargamente, pensó, quería ver si Ritsuko seguía al
borde del colapso.

Lo mismo se preguntaba ella.

- o -

Makoto y Aoba pasaron su buena media hora lívidos y encogidos de
pavor bajo la aciaga custodia de la capitana Katsuragi, que se cocía en su
propio jugo de abulia. Maya hizo una fuga olímpica, aduciendo la
necesidad de terminar la restauración del sistema y reprogramar el
sistema de respaldo para evitar corrupción futura. Se hallaban los tres
sentados en un silencio denso, puntuado únicamente por el ocasional
golpeteo de un dedo en el teclado.

Misato se levantó y empezó a pasearse detrás de su silla.

Paso, paso, paso, paso, vuelta. Paso, paso, paso, paso, vuelta.

Makoto aventuró una fugaz mirada a su izquierda. Aoba seguía con la
vista pegada a su consola, pero echó un rápido vistazo hacia atrás, con
una expresión de pánico abyecto todavía en la cara. Ninguno se atrevía a
moverse o a llamar la atención sobre sí mismos. La última vez que eso
había sucedido, habían terminado sentados en una sala a oscuras durante
varias horas. Deseó tener también alguna excusa conveniente. Rayos,
hasta un ataque de ángel hubiera sido mejor que esto.

Por último, cual fuese el demonio que guiaba los pasos de Misato quedó
apaciguado y la mujer se derrumbó en su silla con una expresión
pensativa. Los técnicos de consola pasaron de discretos a de frentón
invisibles, apenas atreviéndose a respirar. Por fin, después de varios
minutos de martirio, la capitana se puso de pie y abandonó el puente.

Aoba por fin se aventuró a mirar a uno y otro lado, cerciorándose de que
la sala estuviese efectivamente vacía y sin la presencia de ningún oficial
superior enajenado o comandante al acecho.

—Hombre, estoy empapado.

—Me lo dices a mí, yo estoy en un charco de transpiración.

—Esto me está haciendo bolsa los nervios. Me está pareciendo que es
hora de buscarse un trabajo menos estresante. Tal vez me dedique a la
lucha cuerpo a cuerpo contra osos.

Makoto elevó los brazos, enarbolando las manos como predicador
televisivo:

—Amén, hermano. Yo creo que esta noche hace falta una borrachera de las
grandes.

—¿Otra más? Bueno... Está bien. No me vendría nada de mal.

—¿El Más Allá?

—Eso, y en una de esas nos jugamos un billar. Algo para relajarse
—murmuró Aoba.

—En una de esas —dijo Makoto, ladino—, ahora puedas jugar en vez de
desmayarte encima de la mesa.

Aoba empezó a contestar, luego le pareció más conveniente quedarse
callado.

- o -

Shinji se hallaba de pie junto al barandal, mirando a los alumnos del patio
de más abajo. Como siempre, los patrones que regían esos movimientos
eran indiscernibles. A veces pensaba que si tan solo pudiera mirar el
tiempo suficiente, sería capaz de decodificar algún significado más
profundo.

Perdido en su cavilar, transcurrieron varios minutos antes de que
advirtiera la presencia junto a él. Volvió la cabeza y se percató de que
era Ayanami Rei. Dándose un gusto, no hizo más que mirarla de perfil,
como aprendiéndosela de memoria. Trató de pensar en algo ocurrente o
sagaz que decir. Luego de un momento, devolvió la mirada a la escena
de abajo.

El silencio entre los dos lo sentía natural. Cómodo. Deseó poder estar
así con más gente. Por lo general no lograba sino sentirse cohibido e
inseguro. ¿Por qué no podía encontrar semejante aceptación en Asuka o
en Misato o alguna de las demás niñas de la clase?

Sin darse cuenta de que hablaba en voz alta, preguntó:

—¿Por qué no puedo ser normal?

—No sé —aseveró Rei.

Volvió a mirarla.

Ella se sonrojó tenuemente, aunque el color resaltó contra su piel pálida.
Los ojos de la muchacha volvieron abajo, al patio.

—Ah. Era un pregunta retórica.

Pestañeando y sintiéndose vagamente confundido, él concordó:

—Este, sí.

Cuando ella no contestó, él buscó a tientas algo más que decir. De nuevo,
se dio por vencido y volvió a sus observaciones.

Estuvieron en silencio más de la mitad del recreo.

Una voz conocida sonó detrás de ellos, teñida de cinismo:

—Vaya, qué cosa más linda.

Shinji se sintió bañado de una cierta tirria. ¿Por qué tenía que aparecer
siempre esta niña a molestarlo? Se dio vuelta y miró a la alemana con las
cejas un tanto arrugadas.

—¿Qué cosa quieres, Asuka?

Ella soltó un carraspeo desdeñoso, pero no dijo nada, y se sentó en
cambio junto a ellos, con la espalda contra el barandal. Por último, tras
unos minutos, preguntó:

—¿Ya has visto a Misato?

Él negó con la cabeza, silencioso.

Asuka suspiró y cerró los ojos.

Para sorpresa de él, Rei habló a continuación:

—¿Por qué la buscas?

Un perezoso ojo se abrió, y Asuka miró a su colega piloto:

—Porque sí.

Rei no dijo nada, pareciendo aceptar la respuesta.

Luego de un momento, el otro ojo se abrió:

—Estoy tratando de entender qué ha andado haciendo.

Ni Rei ni Shinji tuvieron comentario alguno, aunque Shinji la miró de reojo
con una expresión curiosa.

El tono de la pelirroja era ahora defensivo:

—Ha andado tan rara. Ella y Ritsuko.

Como impulsada por el continuo silencio de los demás, siguió:

—Quiero saber qué está pasando, eso es todo. —Una declaración con la
que Shinji podía solidarizar en muchos niveles.

—Tal vez pelearon —ofreció.

Asuka hizo "humm". —A lo mejor. Pero yo creo que es más que eso.

Shinji se encogió de hombros y se volvió hacia el patio una vez más.

Pasaron varios minutos más en contemplación.

—¿Shinji?

—¿Dime?

—¿Cómo encuentras a Misato?

El muchacho pensó en la variedad de formas en que podía contestar a
eso, luego optó por la relativamente más segura.

—¿En qué sentido?

—Qué se yo. ¿La encuentras buena persona?

—Yo creo que sí. A veces es un poquito irresponsable, pero es bien
intencionada.

Asuka emitió un sonido de vaga insatisfacción, cosa que puso tenso a
Shinji; su irritación volvió.

—¿Y a Ritsuko, cómo la encuentras?

—¿A la doctora Akagi? Emm. Me parece muy distante. Casi como mi
padre. La verdad, no la conozco mucho.

Ella dejó salir una especie de suspiro silbante. Tenía la voz queda, ya no
burlona o defensiva:

—Es que quiero saber qué pasa, eso es todo.

Él asintió.

Viendo que la conversación había menguado, Rei volvió a sus propias
observaciones del patio de más abajo.

- o -

Con gesto miope, Ritsuko miró por sobre el hombro de su protegida:

—¿Cómo va todo?

Maya le lanzó una sonrisa fugaz y volvió su atención a la pantalla.

—Bastante bien. Ya limpié la corrupción, tanto como pude. Les mandé un
mail a todos los que perdieron algo, pero no creo que haya habido nada
importante. Los programas de seguridad nuevos ya están reescritos
como corresponde y para esta noche ya deberían estar en línea. El
sistema de respaldo está arreglado, y a nuestro operador le llegó una
lección que no se le olvidará nunca.

La mujer mayor rió entre dientes ante aquella idea, luego preguntó:

—¿Estaremos listos para hacer más pruebas de sincro la próxima
semana?

—Deberíamos. No veo impedimento para hacerlas ahora, incluso.

Ritsuko se sonrojó. —Bueno, no estamos completamente listos. Yo no lo
estoy, digo. He estado medio ocupada, me entiendes.

Maya contestó sonrojándose al punto ella también, y de pronto encontró
su pantalla intensamente interesante.

Tras un momento, le preguntó a Ritsuko:

—¿Sabes por qué la capitana Katsuragi anda tan saltona hoy?

—¿Misato?

—Mmm-hmm. Por eso vine aquí abajo. Llegó al puente y andaba como
tensa.

—Interesante. Aunque no tanto. No la he visto desde... Ah.

—¿Ah? ¿Ah, qué?

—¿Te acuerdas de la otra noche, cuando fuiste a mi casa después de
arreglar la primera parte de este desastre?

Maya asintió.

—¿Notaste algo extraño esa noche?

—La verdad, no. Estaba tan agotada que me dormí más que rápido. Ni sé
si alcancé a llegar a la cama.

—Sí llegaste. Pero Misato también estaba en esa cama.

—¿Estaba ahí? —casi chilló Maya.

—Sip. Llegó allá temprano y se emborrachó, así que la acosté.

Maya tenía los ojos inmensos y daba la impresión de querer derretirse y
chorrear por debajo de la mesa.

—No me di ni cuenta. ¿Crees que tal vez...?

—Me parece muy posible.

—Ah. —Luego de un segundo—: Con razón.

—¿Con razón, qué?

—Bueno, cuando entró, me miró medio raro. Como con vergüenza.

Las dos se mostraron pensativas un rato, al encallar la conversación.

Por último, Ritsuko sacó en un tartamudeo:

—Bueno y, ehhm, ¿tienes algo que hacer a la noche?

La voz de Maya se esfumó, así que graznó un ruidito minúsculo y negó
con la cabeza.

- o -