Disclaimer: Nada, absolutamente nada de esto es mío… *se sienta en una esquina a llorar*

I. SANGRE TAN FRÍA COMO LA NIEVE

"Encontrarse es el comienzo de la separación"

(Proverbio Japonés)

Es un verdadero placer para el Institut Le Tulipey darle la bienvenida a nuestra distinguida institución. Queremos darle un saludo cálido y familiar, pues desde el momento en que usted depositó en nosotros la confianza de su formación académica, cultural y social le consideramos una parte de nuestra familia de Tulipeans.

Fundada en 1880, nuestra institución se ha caracterizado desde siempre por su excelencia, compromiso, calidad y distinción. En medio de un marco de calidez, compañerismo y calidad educativa nuestro alumnos aprenden a ser personas íntegras, proactivas, trascendentes y líderes de la realidad actual.

En nuestras instalaciones los estudiantes tendrán la oportunidad de desarrollar sus habilidades académicas, artísticas y deportivas, acompañados de profesores especializados, que les servirán de guía al igual que un alumno de un curso mayor. Todo guardado por nuestro comodísimo y amplio campus que le brinda al estudiantado todo un espectro de posibilidades para disfrutar su estancia en una escuela como ninguna otra y una comunidad internacional donde las diferencias y pluriculturalismos son aceptados.

Más que una escuela tradicional, Le Tupiley es una escuela para la vida.

Ese era el párrafo inicial del Manual de Estudiantes, centrado, con una letra cursiva y elegante y el bonito logo de Le Tulipey abajo. Kiku suspiró y pasó más rápido las siguientes páginas (donde se hablaba de la historia, el campus y tulipeans importantes). El papel era de excelente calidad y de hecho habían marcado la primera página con su nombre y abajo el de un tal Francis Bonnefoy. Supuso que sería el tutor del que hablaba el manual. Levantó la mirada unos segundos. Ludwig, su nuevo compañero, escribía un trabajo en la máquina de escribir. Cada cierto tiempo escuchaban el timbrazo, y luego, como el papel corría. El otro, Feliciano, leía un comic. O eso parecía. De hecho creía que estaba dormido. O muerto. Kiku tragó saliva y volvió a hundirse en su lectura, esta vez saltando hasta el Código de Disciplina.

considerando que para una sana convivencia de respeto por las individualidades se necesita un número de reglas, procedemos a informarles tanto las reglas como los castigos al incumplimiento de las susodichas.

SE CONSIDERAN CAUSAS DE EXPULSIÓN INMEDIATA:

-El uso y porte de alcohol, tabaco, hachís, opio o similares. Para dicho propósito se realizaran inspecciones aleatorias. La resistencia a una inspección se considera admisión de culpa.

-Salir de la habitación sin autorización durante el toque de queda. Se consideran excusados los alumnos que se dirijan a la enfermería durante alguna emergencia.

-Robar algún tipo de posesión perteneciente a algún compañero, empleado o a la institución misma.

SE CONSIDERA MOTIVO DE COMPARECENCIA ANTE EL CONSEJO DISCIPLINARIO:

-Cualquier tipo de ataque físico o verbal que pueda lesionar tanto física como psicológicamente.

-Entrar a un cuarto sin el permiso de sus/su ocupante/s.

-Salir de los límites del campus.

-El irrespeto a cualquier autoridad.

-Ser encontrado en medio de alguna situación que atente contra la moral y las buenas maneras.

Kiku hizo una pausa. ¿Exactamente que se consideraba "ir en contra de la moral y las buenas maneras"? En su colegio en Japón también había esa regla, pero su colegio era mixto. Aquí había sólo hombres. Un sonrojo empezó a crecer sobre sus mejillas, primero como sólo punticos rojos y luego como un furioso rubor. Se escondió de nuevo en el libro, decidiendo de manera casi irracional que "la moral y las buenas maneras" era un campo lo suficiente amplio y general como para que no hiciera referencia a eso y mucho menos entre ellos. ¡Además no especificaba que fuera con otro alumno!

-Fraude relacionado con la falsificación de firmas, robo de exámenes o excusas falsas para no asistir a la clase de deportes.

-La acumulación de varios castigos sin mostrar mejoría.

-Cualquier actividad considerada ilegal dentro de los márgenes de la constitución suiza.

-No seguir las reglas estipulada, causando un daño a la im…

―¡Veee! ¿Estás leyendo el manual? ―preguntó su nuevo compañero de cuarto, mientras se giraba hacía él. Por lo visto no había muerto.

―Sí. Considero importante que… ―su voz quedó cortada cuando su compañero prácticamente salto desde su cama a de él.

Primero se asustó por su compañero (era un salto de casi un metro, él una vez se había caído así y casi se había roto la pierna), luego con que le cayera encima (cosa que no hizo) y finalmente por él mismo. El muchacho no parecía tener empacho alguno en sentarse a su lado, pasarle el brazo por sobre los hombros y leer parte del manual. Se revolvió un poco. De hecho se sentía muy incómodo, más de lo que su movimientos demostraban, y si no fuese porque lo considerada muy grosero, le empujaría violentamente. En cambio, sólo se movió un poco tratando de deshacerse de su abrazo. No estaba acostumbrado al contacto íntimo y mucho menos que violaran su burbuja de espacio personal. Ni siquiera Inuma se había atrevido a hacer eso. ¡Y eran amigos desde la primaria! ¿Todos los occidentales eran así?

―¡Vaya! El Manual de los grandes es tan serio y refinado. ¡El que nos dieron a Ludwig y a mi tenía dibujos y cosas bonitas! Oye, ¿Qué es eso de "en contra de la moral"? ―continuó Feliciano, sin verdaderamente importarle que Kiku empezara a tomar un tono más que rojo, morado ― ¡Eh! ¡Luud! ¿Desde cuándo esta eso de la moral y esas cosas?

Kiku vio como la espalda de Ludwig se tensaba al súbitamente ser invitado (y prácticamente forzado) a ser parte de la conversación que hasta ese momento había ignorado campantemente. Hizo una pausa a los tecleos de su máquina y suspiró, dándose la vuelta. Y cuando le vio su mandíbula perdió fuerza y su piel se puso más blanca de lo que ya era. ¿Le iría a saltar encima el también? ¿Era costumbre en ese lugar?

Ludwig se paró de un salto de su silla y de cuatro zancadas cubrió la distancia que había entre ellos y su escritorio. Parecía sorprendentemente molesto.

―¡Quítatele de encima, Feliciano, por Dios! ¿Cómo puedes ser tan confianzudo? ―pasando encima de Kiku y sin tocarle (cosa que agradeció de sobremanera) se acercó a una oreja de Feliciano, que pellizco sin ningún tipo de piedad.

No lo hacía duro, pero fue lo suficiente para que Feliciano se empezara a quejar por lo bajito, tratando de que lo soltara, moviendo la mano como si tuviera un mosquito. Luego empezó a tironear. Kiku notó que no hacía verdadera fuerza. Sólo lo halaba un poco, para que se separara de él. Finalmente, y para alivio del muchacho, el brazo se despegó de sus hombros y Feliciano se arrastró los diez centímetros que Ludwig exigía. Ludwig volvió a erguirse mientras el sonrojo (y el shock) de Kiku iban desapareciendo. Clara señal de eso era que la presión que sus dedos habían empezado a hacer de manera inconsciente sobre el papel iba cediendo.

Ludwig seguía regañando a Feliciano que se había sentado en el borde de la cama y trataba de poner sus mejores ojos de cachorro para que el regaño de Ludwig parara de una buena vez. Mientras se calmaba escuchó retazos "¿Qué acaso no viste que casi lo matas?" "¡Tienes que aprender a respetar el espacio personal de las demás personas!". Kiku suspiró y se sentó un poco más cómodo. Sonrió un poco. La escena le recordaba a un dueño castigando a su perro desobediente. De hecho cuando Feliciano trataba de abrir la boca y Ludwig le cortaba bruscamente parecían más bien los ladridos de un perro que otra cosa.

―Está bien Ludwig-san… Estoy seguro que Feliciano-san no lo hizo con mala intención y que… ―de nuevo le interrumpía. Rodó los ojos.

―¿Ves? No está molesto ―le respondió a Ludwig un muy feliz Feliciano.

Vale. El muchacho se veía que no era una lumbrera pero al menos se notaba que tenía buen corazón. Kiku volvió a recostarse en su puesto dispuesto a leer el apartado dedicado al uso correcto del uniforme cuando el sonido de las teclas de la máquina volvió a sonar. Lo que le llamó la atención fue que esta vez que la voz de Ludwig sonaba también.

―No deberías perder tu tiempo leyendo esa estupidez. Sólo es adoctrinamiento para nuevos estudiantes. Te puedo asegurar que Le Tulipey es bastante alejado de lo que pinta ese librito. Genoulaz tomará como un irrespeto que no le hagas una reverencia cuando pasa y las enfermeras no te darán una excusa a menos que vomites el hígado frente a ellas. Las reglas son importantes, sí. El buen comportamiento es necesario, sí. Pero ese manual sólo sirve para que cuando caigas tengan en que soportar su decisión. ―hizo una pausa unos segundos, como pensando que iba a decir a continuación. Se giró un poco, mirándolo, y Kiku se sorprendió de verle una sonrisa amable dibujada en el rostro―. Te vez como un buen chico, Kiku. No le hagas caso a ese manual. Sólo sigue siendo un buen chico. Feliciano, explícale el horario del instituto y las tareas de pasado mañana. Tengo que terminar el informe de química de Gilbert.

Y volviendo a su trabajo, Ludwig se alejó de nuevo de todo tipo de charla.

-.-.-.-

―Hay un chico nuevo ―sentenció el muchacho que fumaba sobre el alfeizar de su ventana.

Le dio un golpecito a la punta del cigarrillo, algo mojada por la saliva y la ceniza cayó como si fuesen copos de nieve grisáceos, mecidos por el aire, hasta caer bajo el alfeizar de la ventana de su cuarto. Quizás el sitio con más nicotina por centímetro cuadrado de toda Suiza. Volvió a llevárselo a los labios y le dio otra calada. El humo cálido y rasposo le pasó por la boca hasta la garganta.

―¿Te lo dijo un pajarito? ―preguntó una voz aburrida a sus espaldas. Arrastraba las palabras cansada, más como si se sintiera en la necesidad de responderle en vez de verdaderamente querer.

Soltó el humo retenido unos segundos en sus pulmones por la nariz. Le picaba un poco y luego le daban ganas de estornudar pero le gustaba como se veía. Se sentía como todo un dragón medieval. Y sólo lo hacía cuando algo le interesaba verdaderamente. Como ese chico. Movió la nariz como un conejo, súbitamente molesto por la piquiña en la punta de la nariz. En cuando pudiera probaría esos famosos cigarrillos con filtro que tanto anunciaban ahora.

―Me hubiese sentido como Blancanieves y sería un hombre feliz, pero no. Le acabo de ver. Es el nuevo compañero de cuarto de Ludwig ―comentó, tranquilamente, mirando aún el tragaluz del baño de su hermano. Pero sabía que esa cabeza de renegrido cabello no volvería a salir.

Con un gesto perezoso miró su reloj que marcaba las 3:18 pm. Apagó el cigarrillo contra la pared y de un salto (aún con la colilla echando humo) se bajó de su alfeizar. Cerró la ventana de un golpe, corrió las cortinas de nuevo, dejándolas en la posición que siempre debían tener y pasó casi corriendo hacia el baño. Levantó la tapa del inodoro y echó por allí la colilla, soltando luego el agua. Volvió a mirar el reloj. 3:25 pm.

Caminó se nuevo hasta la ventana, esta vez acomodándose prácticamente detrás de la cortina, pero corriendo un poco el borde a la altura de la cara, de tal modo que pudiese ver un poco el pequeño patio frente a su cuarto. Sólo tuvo que esperar ocho minutos exactos hasta que Genoulaz apareciera como un pesado lagarto. Dudaba que sólo estuviese dando un paseo para bajar el almuerzo.

La mujer se quedó unos segundos allí para luego acercarse entre la nieve a la parte de debajo de su ventana. Movió un poco con la punta del zapato entre la nieve, quizás buscando una colilla. Pero él era mil veces más inteligente que esa zorra asquerosa. Sabía cuál era su rutina de movimientos y más importante que todo, tenía el deseo de demostrarle que la sabía y que estaba un paso más adelante que ella. Cuando finalmente se fue, él ahogó una carcajada perruna y se echó en la cama como un tronco colocando ambos antebrazos debajo de su nuca.

―Te lo dije. A las tres y media en punto, la muy cabrona ―dijo con una burla escondida detrás de cada sílaba.

―Lo haces sólo para molestarla, Gilbert ―le respondió su acompañante que esta vez tuvo la decencia de girarse cuando le habló.

Tenía el cabello castaño y corto. Los ojos eran violetas y llevaba unas gafas de media montura. Le miraba con expresión aburrida, como si de hecho no quisiera estar allí. Posiblemente no quería. Colocó su delgada mano de larguísimos dedos blancos debajo de su mentón como si esperara la respuesta. Gilbert miraba al techo. Casi parecía pensativo.

―Por supuesto. ¿Acaso hay otro motivo? ―contestó a su vez, ahogado una carcajada divertido de lo que él consideraba una broma.

El otro joven suspiró y negó un poco con la cabeza. Gilbert era la perfecta definición de "caso perdido". Ni siquiera sabía porque todavía se esforzaban el colegio, él o Ludwig. Así había nacido. Cabrón y con putada existencial, para más señas. Aunque no lo diría en voz alta, claro. No en esas palabras, por lo menos. En unas más elegantes quizás sí. Se volvió a dar la vuelta y con la punta de los dedos volvió a coger su lápiz. Frente a él había un pentagrama con un título en alemán "Nocturno Op. 9 no. 2. Fryderyk Chopin" volvió a marcar el redondel cuando se repetía. Hizo una pausa y dio tres golpecitos con la goma en su labio. No le gustaban demasiado los ejercicios teóricos de piano, pero sabía que no podía tener solamente la base práctica.

―¡Eh, Roderich! ―de nuevo la voz de Gilbert le interrumpía. Claramente ese hombre no podía pasar más de cinco minutos sin atención ¿Se podía ser más megalómano?― Ven acá, querido Rod, mis veinticinco centímetros de amor germano están impacientes por darte algo de cariño, mi lengua se muere por lamerte ese lunar tan bonito que tienes debajo de los labios y Arthur esta con su pupilo ―canturreó. Sí, sí se podía.

Hubo un momento de silencio. No le respondas, se dijo a sí mismo. Llevaba viviendo cuatro años con el pedante trasero de Gilbert como para no saber cómo manejarlo. No caigas en sus provocaciones, se repitió. Con la punta de los dedos acarició el famoso lunar. Nunca le había gustado del todo, especialmente luego de que con unos tragos de más el miserable de Vash le había dicho que su lunar se parecía al de Marilyn Monroe. Sólo le hace para molestarte, se recordó.

―¡Oh, vamos! ¿Vas a hacer que me pare y vaya hasta allá? ―preguntó Gilbert.

Y cuando Roderich escuchó el sonido de la cama rechinar como si alguien se estuviera levantando se dio la vuelta rápidamente, mirándolo casi con horror. Sabía los alcances de Gilbert. Los conocía por mano propia. Sonrió lo mejor que pudo tratando de fingir una imagen de tranquilidad.

―Tengo que terminar esto para mañana, Gilbert. ―volvió a dar la vuelta, poniéndole atención a su partitura―. Mañana. Mañana Arthur también tiene asesoría con su pupilo.

Y volvió a marcar otro redondel un poco más abajo. Sí. Gilbert era un caso perdido sin lugar a dudas. Pero a él le hacía bien hablar en alemán, al menos para variar.

-.-.-.-

¡Vaya, vaya! Que perezoso me has salido. Hoy tampoco fuiste a clase de Historia. Ese cabrón del macho patatas le contará a tu hermano, que posiblemente ni se ha dado cuenta, y en la que te vas a meter de nuevo. Pero estaba enfermo. Sí, sí, sí. Estaba enfermo. Suelo estarlo mucho especialmente cuando les toca clase de deporte a los del curso de arriba. Es que tengo la salud muy mala y tú lo sabes. Me enfermaba mucho cuando tenía ese cuarto de mierda, el que compartía con ese americano del que nunca me acuerdo el nombre. Es que no le entraba el sol e igual él casi nunca hablaba cómo pensaba que iba a recordarlo si nunca decía nada. Por eso pedí que me cambiaran de cuarto porque a mi cuarto no le entraba el sol y no tenía vista y no podía ver la cancha de tenis ni la pista de atletismo y mucho menos tenía ese ángulo extraño que si bajó la espalda puedo ver un poquito de la salida de los baños. ¡Ah, la puta tarea de Historia! La tenía que entregar hoy, me lleva el puto infierno. Mi fratello tampoco la habrá hecho o el macho patatas seguro que se la hizo. Yo, en cambio, sólo tengo al inútil de Yao que está más interesado en no cortar- ¡Oh ya salió! Te estaba esperando, bastardo. ¿Cuánto te demoras cambiándote? ¿Acaso el maldito francés de nuevo te acosaba en el baño? Si supieras, si supieras todo lo que yo sé de ti, de los que te rodean. ¿Te sorprenderías? No lo creo. No creo que seas tan despistado para no notar la forma en que te mira medio colegio.

¿Qué les ha planeado para hoy Van Vilsen? Ni siquiera sé porque les ha sacado siendo que hace un frío de par cojones. Tengo que meterme más entre las cobijas, que en nada llega la enferma y ya te voy diciendo yo si no consigo la excusa por no ir a Historia. ¿Estiramientos? ¿Qué ha hecho tu curso para que el jabalí ese les odie tanto, bastardo? No algo muy bueno, eso seguro. Hasta el chulo de Gilbert debe de habérsele burlado de su cuello de fuelle y de su barriga de alcohólico. Eso. Corran miserables, que el frío me cabrea porque no puedo verte sin la camisa cuando te acercas al baño y te la sacas y siempre estas empapado de sudor. Y ahora corren en círculos. Mas les vale que lo hagan rápido que ya la escuchó acercarse. El austriaco pisa un charco y se trata de limpiar… y… ¿Se te ha acercado ese francés de mierda? ¿Qué coños se cree? Sigue corriendo, maldito bastardo, que tú eres de los que más probabilidades tiene de reprobar esa materia. Y sería una putada porque yo también creo que me la voy a echar porque cuando corro lo único que pienso es en co-rrer-me-contigo-dentro-tuyo-fuera-tuyo-encima-tuyo-contigo-dentro-mio. Y si la recuperamos juntos, me cago hasta en el puto Papa porque te voy a mirar muy de cerca y no vas a ser tan divertido.

Dentro de mi cama está muy húmedo, muy cálido y no te digo dentro de mis pantalones allá muy abajo. Que cabrón eres, maldito bastardo. ¿Paras frente a mi ventana de pura casualidad o es que sabes que te miro?

Me duele la mano de tanto que la muevo, de lo que me estoy matando a pajas mirándote a ti correr, español de mierda. Eres un asqueroso cerdo, quizás tan pervertido como yo. ¿Qué eres tú? ¿Un exhibicionista y hacemos la pareja perfecta? Quiero mirarte, bastardo y perderme en la línea larga de tu espalda. Tomas aire y que bien te ves. Como me gustaría estar debajo de ti y verte resoplar encima mí. Eso, eso sigue corriendo que te ves más mono si te mueves y Van Vilsen os va a reventar el culo a hostias si no le corréis como los animales de carga que todos sois. Mgmh. Mierda más rápido que me quiero correr antes de que ella llegue que si no luego no hay santo que me aguante, ni yo mismo me aguanto del cabreo que me va a dar si no termino YA.

¡HOSTIA LA PUTÍSIMA MADRE! Me ha pillado. Coño. Coño. Coño. Ha mirado para acá, el muy maldito. Ha parado desde el otro lado justo cuando ese apestoso francés le ha pasado al lado y seguro que le ha dicho algo. Le mataré. Le mataré. Fueron unos segundos, puta madre estoy jodido. Ahora ha explicar que hacía masturbándome mientras veía a mis compañeros en su clase de educación física. Joder, rápido. A cerrar las putas cortinas.

Antonio sonrió cuando vio las cortinas del cuarto cinco cerrarse súbitamente cuando él había parado un poco y mirado. Esta vez no se había dado cuenta él, aunque sí lo había hecho veces anteriores. Esta vez había sido Francis quien con una sonrisa le había susurrado un escueto "Tu fan es más fiel que un perro". El pitido agudo le sacó de sus ensoñaciones.

―¡FERNANDEZ! ¡A correr que aún le faltan tres vueltas! ―berreó el cerdo de Van Vilsen.

Y él corrió lo más rápido que podía porque empezaba a sentir un palpitar allá debajo de la cintura, uno que se acostumbró a sentir luego de su clase de deportes cuando descubrió que ese niño le miraba.

Lovino, en su cuarto, terminó de cerrar las cortinas. Se quedó un momento quieto, tembloroso como perro abandonado. Y luego levantó su mano, empapada y viscosa de una explosión que había sucedido justo cuando el español ese le había mirado, como si hubiese soltado un seguro que le mantenía estático. Busco una camisa sucia y se limpió la mano con asco. Era un péndulo, él. Oscilaba entre el sentimiento de más profunda exaltación a pesar de ser descubierto y el orgasmo había sido fortísimo. Y por la otra punta, súbitamente se sentía sucio. Como si hubiera hecho algo muy malo. Pero él no había hecho nada malo, lo cual le generaba más dudas.

-.-.-.-

―¡Veee! ¡Lo olvidaba! ―sonrió Feliciano, saltando de su cama y corriendo a su mochila.

Estaba dejada sin mucha atención al pie de la cama, pues prácticamente la había tirado para ir a hacer amiguitos con Kiku en cuanto le había visto. Revolvía entre lo que parecían ser libros, hojas, cuadernos, lápices, unos cuantos pinceles. Kiku se levantó de su cama, parándose al lado de Feliciano. Levantó la cara un poco, tratando de mirar por entre el tragaluz. ¿Aún estaría allí? Poco probable. Se agachó un poco hacia Feliciano.

―¿Desea ayuda, Feliciano-san? ―preguntó, solícito.

―No, no. Está bien sólo tengo que… ―y súbitamente puso la maleta boca abajo, que parecía vomitar una cantidad sorprendente de cosas. Esa maleta era más bien un portal a otro mundo de todo lo que salía.

Entre todo el desorden que quedó a los pies de Feliciano (que aún rebuscaba por algo) distinguió una galleta a medio comer, un empaque de chocolates y varios exámenes arrugados con notas de iban desde el 2 hasta el 5, como máximo. Finalmente, dentro de un libro de gramática francesa, Feliciano lanzando un grito de victoria sacó un papelito bastante arrugado.

No era más que una simple hoja de cuaderno cuadriculada, aunque cuando Feliciano se la mostró bien, ya sentados en la cama, notó que tenía escrito el horario de Le Tulipey. Por la letra elegante y las rectísimas líneas que separaban cada día supuso que se lo había hecho Ludwig. Entendible. Por como lo veía, dudaba mucho que Feliciano pusiese verdadera atención a su horario. De hecho lo más probable es que solamente siguiese a Ludwig como un perrito. Aunque lo más probable es que él hiciese exactamente lo mismo. No tenía buen sentido del tiempo y mucho menos de la ubicación.

Feliciano estiró el papel con los dedos, tratando hacerlo un poco más legible para ambos. El horario era de lunes a domingo y estaban marcadas todas las horas del día, desde las siete de la mañana hasta las once y media de la noche. Aún así, sólo a partir de las ocho de la mañana tenían escrito algo. El resto eran huequitos.

―¡Es muy sencillo, Kiku! Verás, nos levantamos a las siete de la mañana. Por lo general nos tocan a la puerta a eso de las 6:55, pero Ludwig tiene un reloj que siempre pone a las 6:45. ¡Así puedo dormir quince minutos más! ―Kiku se abstuvo de comentarle que era de hecho, lo mismo. Pero le lanzó una mirada a Ludwig, que seguía haciendo el trabajo, ahora anotando a mano unos números ―. De siete de la mañana a ocho tenemos que poder vestirnos, bañarnos, tender la cama y desayunar. Afortunadamente ambos nos bañamos rápido así que dudo mucho que una persona más afecte. A las ocho ya comenzamos clase… ―Feliciano hizo una pausa, acercándose el horario un poco, como tratando de entender la primera palabra―. ¡Oh sí! Todos los días tenemos ocho clases de cuarenta y cinco minutos. Y un descanso a eso del medio día que es muy necesario. Y también uno a las diez de la mañana para tomar chocolate. Uhmm ―otra pausa, volviendo a mirar el horario de cerca― mañana tenemos Matemática, Filosofía, Física, Francés, Química, Historia, Biología, Literatura y ya. ¡Olvidaba mencionarte! No nos pueden dejar más de dos tareas por días, así que los profesores tienen un horario de días donde dejar deberes. Es lo mismo con los exámenes. ¡Y este de acá! ―señaló triunfal, el bloque entre las cuatro y las seis―. Es mi bloque favorito: el de artes o deportes. Tienes que ver dos días obligatorios de cada cosa, pero uno lo puedes dedicar a lo que más te guste. Yo por ejemplo lo puse en Bellas Artes, pero Ludwig lo puso en deportes. ¡Qué horrible! Yo odio esa clase, me cansó muchísimo y Van Vilsen es muy malo, no le importa que te ― se cortó cuando Ludwig llamó su atención con un chasquido de lengua.

Kiku agradeció el momento de silencio. La verborrea de Feliciano le mareaba un poco, especialmente porque hablaba muy rápido y tenía un muy marcado acento lo que le hacía más difícil seguirle la perorata. Repitió mentalmente las materias que vería. No se diferenciaba mucho del pensum que veía en su escuela en Japón con excepción de que no vería Gramática Japonesa. Lo único que le asustaba un poco era el francés. Si seguía lo que decía el Manual era cierto acerca de la educación bilingüe, sus compañeros en su mayoría ya deberían tener un francés casi natural, mientras que él a duras penas si se manejaba con los pasados y los verbos irregulares le sacaban arrugas.

―Explícale lo del tutor ―le dijo Ludwig, para luego borrar un número y seguir trabajando. Feliciano rió alegre.

―¡Sí, el tutor! Lo había olvidado. Todos tenemos un tutor de un curso mayor. Nos tenemos que reunir con él los lunes, de doce a doce y veinte. Uhmm… te aconseja y te ayuda. Esas cosas. ―se estiró al Manual de Kiku y lo abrió en la primera página. Para luego abrir la boca algo aterrado―. ¡Ludwig, Ludwig, Ludwig! ¡Mira! A Kiku le ha tocado Francis de tutor. ¿Eso no es… ―se calló cuando Ludwig le quitó el libro de las manos. Miró la hoja y puso la misma cara.

―¿Tiene algo de malo mi tutor? ―preguntó preocupado Kiku. Tanto silencio e inconformidad súbita sólo por el tal Francis le ponía nervioso. A lo mejor era una persona muy estricta, o no le gustaban los japoneses, o…

―Es idiota ―respondió Ludwig. Momento de silencio…―Me refiero: dudo que te ponga la atención que necesitas o te ayude en lo más mínimo. Tiene… cómo decirlo… otros intereses.

―¡Oh! Entiendo… Yo… yo no deseo ser una carga para nadie. Mañana hablaré con Francis-sempai y le explicaré que no seré un obstáculo para sus intereses ―dijo Kiku. Igual, no necesitaba tanta ayuda. A lo mucho lo tendría que ver una vez al mes. Ludwig suspiró y se acarició la cara con la palma de la mano. Feliciano ahogó un gemidito y bajó la mirada, súbitamente rojo.

―No entiendes. ¿Recuerdas eso de "situaciones en contra de la moral" y todo eso? ―Kiku asintió, empezando a sentir como su flujo sanguíneo se empezaba a concentrar en las mejillas―. Bien. Esos son los… intereses de Francis Bonnefoy. Le pediré a Roderich cuando vaya a entregarle esto a Gilbert que te de unas tutorías. Igual Lovino ya está muy grande como para necesitarlo todas las semanas.

Y volvió a su trabajo. El sonrojo de Kiku parecía haberse quedado estático mientras su cerebro trataba de procesar eso. O sea que sí se refería a las situaciones que él había pensado. Pero… ¡Eso no estaba bien! Además, ¿Cómo sabía Ludwig-san de eso? ¡Le había tocado un pervertido de tutor! Se acarició el tabique de la nariz, previendo una hemorragia nasal.

Le pasaba cuando se avergonzaba mucho. Le había parecido normal hasta que entró a la escuela secundaria y se dio cuenta que la gente no solía desangrarse por la nariz cada vez que le tocaba presentarse frente a un público o hablar de temas algo subidos de tono. Por lo general solo reía tontamente. Él, en cambio, se convertía en una fuente de sangre que no paraba hasta que se alejaba de la situación tensa. Muchos podrían considerarlo instinto de supervivencia, pero para él era peor. Especialmente con algo tan escandaloso como lo era la sangre. Una sola gota generaba un gigantesco revuelo a su alrededor.

―¡Roderich es genial! ―saltó Feliciano, tratando de llamar su atención luego del silencio que se había implantado―. Es el tutor de mi fratello y amigo del fratello de Ludwig. ¡Es excelente estudiante! Pero no sé si tenga tiempo. ¡Es el pianista principal de la orquesta! Yo traté de tocar piano una vez, pero las teclas son muy duras y me dolían los dedos. ―estiró la mano frente a él, moviendo los dedos como si tocara un piano imaginario―. Lo olvidaba. En artes puedes escoger Bellas Artes o Música. Pero escogerás Bellas Artes ¿verdad, Kiku? Música es divertida, pero la profesora es algo cruel. ¡Y nos divertiremos mucho en Bellas Artes! Hay muchísimas pinturas de todos los colores y oleos y pasteles. Pero también hay arcilla. Trabajar arcilla es divertidísimo aunque luego me ensucio todo el uniforme. ¡Mira lo que hice ayer en clase de Matemáticas! ―y le dio la vuelta al horario.

Kiku levantó las cejas sorprendido. No sólo porque a Feliciano no le daba vergüenza admitir que había dibujado toda la clase de Matemáticas en vez de poner atención como debería de hacer, sino, porque el dibujo tenía una técnica impresionante. Era un retrato de Ludwig, hecho a lápiz. Las sombras estaban perfectas, y había sombreado justo donde debía. El dibujo parecía tener texturas y profundidades y una cantidad de detalles impresionante. Por ejemplo, una pequeña cicatriz debajo de la ceja. Kiku supuso que lo había hecho mirando a Ludwig puesto que este tenía una expresión concentrada, la misma que debería poner en clase.

―¿Lo hizo usted, Feliciano-san? ―preguntó, aún incrédulo. Sí. Feliciano podría ser muy buena persona pero eso no le quitaba que fuera idiota.

El muchacho asintió, orgulloso de su obra. Definitivamente a quien Buda no le da inteligencia le da algo para compensar. En el caso de Feliciano era una genialidad para el arte. ¿Lo sabría? ¿Reconocería su talento? Quizás sólo consideraba que dibujaba bien, pero era muy inocente y quizás no le daba la importancia a eso. Basándose en lo que mostraba, Feliciano parecía más ocupado en otras cosas que en dibujar y sólo veía como un pasatiempo. Por un instante sintió una desesperación. Como si hubiese acariciado con la punta de los dedos una esmeralda tan pesada como su corazón y tan brillante como la nieve del Monte Fuji, pero se le hubiera caído de los dedos a un abismo profundo. Y no existían palabras para explicar la belleza de algo que no fue creado para ser explicado, sino, visto. Y Kiku se puso la meta número uno de su estancia en Le Tulipey: hacer que Feliciano se diera cuenta del gigantesco don que poseía.

Ludwig llamó la atención de ambos cuando se levantó de su asiento y grapó un trabajo bastante grueso acerca de los ácidos a nombre de un tal Gilbert Beilschmidt. ¿Su hermano? Posiblemente fuese de un curso más pequeño y Ludwig le estuviese haciendo un favor.

―No me demoro, pórtense bien.

―¡Saludos a Gilbert! ―se despidió Feliciano, a lo que Ludwig contestó con un gruñido y un gesto sin mucha fuerza de la mano, quitándole importancia.

Kiku suspiró y empezó a desempacar su ropa, para guardarla en el armario mientras que Feliciano volvió a leer su comic. Se sentía como un extraño en ese cuarto. Feliciano y Ludwig llevaban toda la vida allá y habían creado una especie de relación familiar en un ambiente donde no se esperaba eso. Estiró su uniforme del colegio y lo colgó pulcramente de un gancho. Estaba forrado en terciopelo y se veía fino y caro. Quitó una mota que se había pegado a la elegante chaqueta del uniforme. Su abuela le habría dicho que se veía muy guapo.

-.-.-.-

24 de Febrero de 1953

Siento no haber escrito últimamente pero he tenido una semana algo ocupada. La amenaza de los exámenes finales me tiene colapsado en general, física en particular. No soy tan bueno en esa materia a pesar de que me estoy esforzando a niveles sobrehumanos para mantenerla al menos en 6. Ya he hecho cálculos y no me baja tanto el promedio acumulado, especialmente por la nota adicional que me da ser parte de la orquesta.

Aún así es duro. El fin de semana no he salido con Vash al pueblo, en parte porque cuando mi padre se enteró del 4 en el último examen de Física tuvo la "decencia" de llamar a Genoulaz y revocarme el permiso para la salida. Así que pase todo el fin de semana estudiando. Lo cual no es que este mal, pero me hubiese gustado salir.

Ahora mismo estoy pensando seriamente en dejar la orquesta. Es decir, son muchas horas de práctica al día y Fraülein Schumann cada vez está más exigente. Entiendo que desea que tenga un nivel superior al de mis compañeros de otros colegios, incluso al de mi hermano que tuvo lecciones particulares, pero sencillamente no puedo hacerle comprender que no deseo seguir la música como una carrera de profesional.

Hablando de profesiones, recordé que tengo que mandar varias cartas de admisión a universidades, aunque aún no me decido que estudiar. Lo cual es un poco patético tomando en cuenta que tengo por seguro que voy a hacer. Posiblemente estudie Derecho, igual que papá, pero la opción de Ciencia Política también me interesa. Creo que enviaré cartas a la Universidad de París, a la de Berlín y a la de Ginebra. Pero verdaderamente deseo volver a Viena. Espero que me acepten, y por sobre todo, que Papá lo acepte. No parece muy contento de que luego de pagar tanto dinero acá termine de estudiar en casa. Fraülein Schumann me ha dicho que si deseo me mandará una carta de recomendación al conservatorio de Viena. Al parecer fue "amiga" del actual director. Pero no quiero.

Mamá me ha vuelto a mandar dinero. Supongo que lo hizo a escondidas de Papá porque era más un telegrama que otra cosa. Dice que su terapia va muy bien, pero por las cartas de Papá supongo que no ha avanzado mucho. Aunque si se nota más feliz en la carta. También me envió una foto de Hermano Mayor y su esposa. ¡Ya tiene el vientre gigantesco! Me sorprendió muchísimo. Al parecer han decidido colocarle si es niño Gilbert y si es niña Bernardette. Tendré que enviar una carta con nombres más propicios para el niño. No deseo recordar a ese fanático de los pollos en mi sobrino.

Hablando del susodicho; ciertamente me preocupa. Puede que no sea la persona más carismática en todo Le Tulipey pero al menos durante estos cuatro años de convivencia he aprendido a aguantarle y sobre todo, ha sido de gran ayuda. Puede ser algo molesto, pero hay que concederle el crédito de que es leal y buen amigo. Cada vez la relación entre él y Genoulaz está degenerando más. Parece una caza. Y lo que pasa es que le apoyaré mucho y todo, pero lo que menos quiero es hundirme con él. Le he preguntado que va hacer luego de que nos graduemos (tomando el poco probable hecho de que él se gradué) y luego de decirme que iba a ser stripper, luego ladrón de bancos y, finalmente, cosmonauta en la Unión Soviética decidí que no tiene nada pensado como plan futuro. Lo cual verdaderamente no me extraña. Según las notas que le he mirado podría aplicar a alguna carrera como filosofía o incluso hacer carrera en el ejer- Ups. Lo siento, acabo de olvidar que Alemania ya no tiene ejército. En fin. Hablaré con él en estos días. Ahora tengo que terminar, tocan la puerta. Posiblemente sea Arthur.

-.-.-.-

Ludwig dio dos golpes ligeramente fuertes sobre la puerta del cuarto de su hermano. Por la hora lo más probable es estuviese o bien Gilbert o bien Roderich. Dio un pasito hacia atrás, esperando que le abriera la puerta. Pasaron unos minutos y volvió a tocar de nuevo, esta vez tratando de imprimir un tono más urgente a su llamado.

El trabajo de Química de Gilbert le temblaba en los dedos. Sabía que no tenía que hacerlo. No ganaba nada, pero no perdía nada tampoco. Gilbert jamás se lo había pedido. Pero él era bueno en química, e igual no tenía mucho que hacer y Gilbert estaba a punto de reprobar Química. Y con el promedio de Gilbert, bien le podrían expulsar del colegio o reprobar el año. De nuevo. Tragó saliva. Recordaba ya hacía cuatro años cuando Gilbert había reprobado el año. La pelea en su casa había sido monumental. Su padre había amenazado con echarlo (a pesar de que Gilbert no tendría más de catorce años en ese momento) y Gilbert le había provocado a hacerlo, recordándole que no sería capaz de lanzar a uno de sus propios vástagos a la calle.

La pelea había terminado con una cachetada en la mejilla de Gilbert, un jarrón roto, una cerradura violada y silencio durante los dos meses de vacaciones. Aunque él no había participado en la pelea (a no ser de un leve "mira a tu hermano" que le había ocasionado una mirada asesina de Gilbert) en parte se sentía culpable de no haber ayudado a Gilbert. Y por eso lo hacía. Sí. Sabía que la forma de ayudar a Gilbert no era precisamente haciéndole los trabajos pero no se le ocurría otra. No era bueno expresando sus sentimientos. A diferencia de Gilbert.

Finalmente, y luego de un click, la puerta se abrió. Y una nube de humo grisáceo y pesado le golpeó directamente. ¿Estaban fumando? Había abierto la puerta Roderich. Que de hecho tenía un cigarrillo en la comisura de los labios. Más atrás, en la cama de Roderich, pudo distinguir a Gilbert sentado, también con un cigarrillo. Entre los dos había un cenicero de vidrio grueso y varias cartas. Y por lo que había entre las cartas (unos cuantos marcos alemanes, una foto de Greta Garbo y ¿unas bragas?) Ludwig supuso que se encontraban apostando. No le resultaba extraño en Gilbert, pero sí en Roderich. Igual habían pasado cuatro años juntos, no le sorprendía que se le hubiera pegado algo al menos.

―Ludwig… que sorpresa verte. ¿Has venido a buscar a Gilbert? ―le preguntó, en alemán, dando un paso hacia atrás, para liberarle el camino.

El rubio masculló una disculpa por la molestia y entró al cuarto, cerrando la puerta tras de sí. Lo dudó unos segundos, pero finalmente con el pulgar colocó seguro de nuevo. Roderich volvió a sentarse frente a Gilbert, cogiendo una mano de cartas.

―¿No las habrás mirado, no? ―seseó, colocándoselas de nuevo frente a la nariz, levantándose las gafas con la mano con que tenía el cigarrillo. Ludwig contó unos seis cigarrillos en el cenicero

―Te he traído esto… ―y le extendió el trabajo a Gilbert que le miró unos segundos. Dejó la mano de cartas sobre la colcha y se giró totalmente, recibiéndoselo―. Supuse que no lo habrías hecho.

Por el rabillo del ojo vio como Roderich estiraba la mano y levantaba un poco las cartas de su hermano, comparándolas con las suyas. El ladrón juzga a todos de su condición, definitivamente. Volvió a prestarle atención a su hermano que hojeaba, dando una larga calada de su tabaco, el trabajo. Se sacó el pitillo de entre la boca y dejó escapar un humo espeso por entre los dientes.

―Suponías bien. ―se giró hacia Roderich, que ya hacía mucho había buscado entre el mazo de cartas un As de Picas―. ¡Mira lo que me ha traído mi muy amable hermanito menor! ― le sonrió, mostrándole el trabajo. Roderich levantó las cejas y la lanzó una mirada a Ludwig, algo desconcertada.

―Vaya Ludwig, que amable.

Hubo un momento de silencio. Se habían quedado callados súbitamente, como si todas las palabras que pudieran hilar se les hubieran ido de la lengua volando a otro mundo. Roderich bajó los ojos a la alfombra. Siempre pasaba eso cuando entraba Ludwig a su cuarto. Antes él y Gilbert solían ser muy buenos amigos, pero las cosas habían empezado a desmejorar a un ritmo acelerado. Ahora prácticamente cada que venía pasaba eso. Ludwig parecía no querer irse, Gilbert parecía no ser capaz de echarlo y Roderich se quedaba en el medio tratando de dilucidar cuando su compañero de cuarto había hecho esas manchas en la alfombra (porque seguro que había sido él). Ludwig se movió incómodo.

―¿Roderich? ―él levantó la mirada curioso, y luego buscó a Gilbert que fumaba al parecer sin prestarles atención―. Verás… no sé si sabes pero… Hay un nuevo estudiante en mi clase. ― súbitamente vio como Gilbert se agazapaba como un gato, y empezaba a prestar atención. Él asintió con la cabeza―. Técnicamente su tutor es Francis pero entenderás que tengo motivos de no dejar que Francis se le acerque. Tú… ¿Tú tendrías problema de darle algunas tutorías y eso? Dudo que a Lovino le moleste ―terminó Ludwig, acomodándose un poco la corbata de su traje.

A su lado sintió como Gilbert se movía súbitamente demasiado interesado, como un gato que acaba de notar a su presa y empieza trazar rutas hacia ella.

―No, no hay problema.

Iba a continuar cuando súbitamente Gilbert largó una carcajada cruda y que daba la impresión de ser madera rompiéndose en mil pedazos. Ludwig le miró rápidamente, analizando a su hermano con la mirada.

―¿Cuándo me lo vas a presentar, Ludwig? Me pareció un muchacho encantador cuando le vi espiándome por el tragaluz de tu ventana… ―dijo, con un tono que parecía estar oscilando peligrosamente entre la burla y la provocación. Vio como los ojos de Ludwig se entornaban con desconfianza mirando a Gilbert.

―¿A ti? Nunca.

―¡Oh, vamos! ¿Por qué no? Tú ya tienes suficiente con el italiano.

Nudillos apretados, venas corriendo como furiosos ríos bajo la piel de Ludwig. Va a saltar y le va a poner un puño en la quijada, que bien merecido lo lleva. Los ojos grises del hermano menor se clavaron en la figura de Gilbert. No podrían ser más diferentes. Roderich suponía que tenía que ver con el hecho de que no compartían la misma madre, pero de cualquier manera era impresionante ver como de la misma casa podría salir un hombre tan recto y elegante como Ludwig y una rata traicionera como Gilbert. Roderich se movió unos centímetros tratando de alejarse de lo que empezaba a parecer un gigantesco caldo de cultivo, donde el mismo aire parecía empezar a bullir, amenazando con quemarle la piel hasta los huesos.

―Porque no dejaré que degrades a una persona normal a tu nivel…

―No digas estas cosas tan horribles, hermanito. Preséntamelo y él decidirá si se "degrada" como tú lo llamas.

Seseos largos, vocales apretadas. Parecían dos serpientes gritándose insultos esperando que alguna eventualmente se rompiera y se lanzara sobre el cuello de la otra dispuesta a matarse. Estaba dispuesto a exigir paz entre ambos, si se necesitaba, pero ahora le daba un poco de miedo que alguno saltara y le rompiera la mandíbula de un golpazo por puro reflejo. O lo que sea que inventara Gilbert. Le temía mil veces más a una venganza fríamente planeada por Gilbert que ser apaleado con un tubo por Iván. Tanto así conocía los alcances de su compañero.

―Prefiero no arriesgarme.

―¿Celos de que le preste más atención a él que a ti?

En ese momento Roderich estuvo seguro que Ludwig le iba a golpear. Incluso alcanzó a distinguir un rayo de temor pasar por los ojos de Gilbert que no esperaba ninguna reacción de su educado hermano menor. El rubio se había erguido de un salto con toda su altura, amenazante como una mamba negra, y apretaba los puños con rabia, casi temblando. Tenía las aletas de la nariz abiertas como las de un pescado. Gilbert había recogido los dedos y se había echado un poco para atrás estirando las piernas. Y el cerrojo de la puerta se abrió. Arthur, con una mirada de cansancio pesada y oscura, había abierto la puerta con la copia de la llave. Saludo con un gruñido y prácticamente se arrastró a su cama para caer de un golpe seco. Y todo pareció calmarse con la misma velocidad con la que empezó. Roderich notó que su pulso se había acelerado perceptiblemente.

―Permiso ―se disculpó Ludwig, hablando en inglés y luego de hacer una pequeña reverencia caminó hasta la puerta―. Que pasen una buena noche. Roderich, Gilbert y Arthur.

Apoyó la punta de los dedos sobre la perilla y le lanzó una mirada dudosa a Gilbert. Parecía indeciso, ya no el seguro joven que se había parado frente a su hermano dispuesto a volarle al menos dos dientes. Abrió la boca, tratando de pensar en cómo decirlo.

Kiku Honda. Sein Name ist Kiku, ist Japanisch ― dijo. Y salió, golpeando la puerta.

Gilbert sonrió como una víbora y Roderich suspiró. Lo había dicho en alemán. En aquel idioma donde los tres se desenvolvían como peces, pero que cuando Arthur entraba en la sala se convertía en algo extraño y lejano, como recuerdos de tiempos pasados que no tenían el derecho de llamar de nuevo a sus cabezas. Se volvían de nuevo lo que eran: extranjeros en un país que no era el suyo, desterrados de sus propias casas en busca de un lugar mejor.

―Qué asco: el cuarto huele a burdel y ya vosotros estáis hablando de nuevo en ese idioma de bárbaros…. ―comentó Arthur, empezando a desabotonarse la chaqueta azul oscura del uniforme.

Gilbert resopló y negó con la cabeza. A pesar de todo sonreía. Con un movimiento lánguido empezó a recoger todo lo de la cama, contando las cartas y recogiendo lo que le había correspondido de su botín. Cuando por fin terminó, Roderich ya se había colocado la piyama y estaba dejando las gafas sobre la mesa.

―Eh, Scottish, ¿Qué tal está tu pupilo? ―le preguntó a Arthur, calculando cada palabra, mientras se empezaba a soltar el cinturón. El inglés soltó un gemido de desesperación.

―Igual de idiota que ayer. Al menos no empeora.

Las carcajadas estallaron por parte de los tres. Y no fue sino hasta casi dos horas después cuando los profundos ronquidos de Arthur aseguraban que estaba dormido que Roderich se atrevió a hablar de nuevo en su alemán, en aquel idioma íntimo y oscuro, de bosque nevado y pactos con Mefistófeles malvados y sorprendentemente humanos.

―¿Qué tanto te importa el tal Kiku? ―preguntó por lo bajo.

―¿A mí? Nada. Lo que me interesa es cabrear a Ludwig ―le respondió, con lo que Roderich adivinó, sería una sonrisa danzarina.

-.-.-.-

Kiku organizó cuidadosamente su maleta, una exactamente igual a la de Feliciano y Ludwig. Primero metió su cuaderno de hojas nuevas y limpias. Luego, metió su bolígrafo de brillante tinta negra dentro de un bolsillo hecho para eso y abrochó el cierre dorado. Todavía no se acostumbraba al bolígrafo y mucho menos escribiendo en letras romanas. Ya le quedaba difícil con los hiraganas a los que supuestamente estaba acostumbrado mucho más con letras que no manejaba naturalmente. Miró el reloj de Ludwig, que marcaba las 7:20 am. Ya tanto el alemán como él se encontraban listos, e Italia terminaba de tender su cama. Ya había entendido porque Ludwig le ponía la alarma quince minutos antes. No era para que durmiera más. Entre los diez minutos que él se había tardado en bañarse y lavarse los dientes, Ludwig estuvo peleándole a Feliciano para que se levantara. Él, por supuesto, ya se había bañado.

―¡Listo! ―sonrió Feliciano, colocándose su maleta en el hombro.

Kiku las comparó. En la suya apenas si habían tres o cuatro cosas además del cuaderno pero la maleta de Feliciano daba la impresión de cargar la mitad de lo que había en el cuarto y suficientes provisiones para sobrevivir unos cuatro días en la montaña. Eso suponiendo que la comida (o restos de ella) aún fuera apta para el consumo humano. Ludwig asintió y abrió la puerta. Cuando todos salieron con la misma llave volvió a cerrarla, colocándole seguro.

Y se encaminaron al comedor. De nuevo Kiku trató de aprenderse el camino hacia el comedor, pero apenas bajaron la escalera se empezó a perder. De nuevo los pasillos se convertían en pasadizos de una cueva, con cuadros parecidos y vistas idénticas. Por un momento se preguntó si no estaban caminando en círculos. Hasta que un bullicio que se escuchaba relativamente cerca empezó a llamar su atención. Y finalmente giraron a la derecha. Una gran puerta de madera se encontraba abierta de par en par.

Kiku ahogó un gemido de sorpresa. El comedor era gigantesco. Más de lo que se imaginaba. Tenía unos ventanales gigantescos, casi de piso a techo, lo cual era mucho decir ya que las paredes eran altísimas. Desde allí se alcanzaba a ver parte de los escarpados Alpes, de piedra negra y nieve blanquísima, que resplandecía con la tenue luz del sol que se filtraba por entre las nubes pesadas y grisáceas. Afuera debería hacer frío, pero el comedor se encontraba cómodamente cálido. Las paredes eran paneles de madera oscura y repujada, brillando como si fuese de mármol. El piso también era de madera, muy pulida, posiblemente más higiénica para mantener en un comedor que la alfombra. Supuso que si caminara descalzo se resbalaría o algo así. Las mesas eran circulares y tenían un hermoso mantel blanco de seda. En cada mesa cabrían unas ocho personas. En cada plato había doblada una servilleta en forma de rosa, blanca como el mantel, y con el logo del colegio ribeteado en dorado. Al otro lado del salón había una mesa larguísima, también con un mantel. Varias fuentes plateadas con todo tipo de alimentos estaban dispuestas allí. Ludwig le señaló una mesa donde podía dejar la maleta y fueron a servirse el desayuno.

La mesa donde dejaron todo estaba vacía, pero Kiku supuso que en nada se llenaría de gente, que ya empezaba a llenar el gigantesco comedor. Agarró un limpísimo plato (también con el escudo, como para que no se les olvidara donde estaban) de blanca cerámica y empezó a servirse. No estaba acostumbrado a esa comida. Hubiese querido un poco de sopa miso, pero en cambio se sirvió una sencilla tostada con mantequilla y jugo de frutas. No era realmente el desayuno más dionisiaco, pero no deseaba comer más. Ludwig había pedido algo parecido, quizás un poco más de pan y en cambio había pedido mermelada. Y llevaba un humeante café negro en la mano. Cuando se sentaron, Kiku notó la ausencia de Feliciano, lo que le pareció raro. Por como actuaba, suponía que en ningún momento se separaría de Ludwig…

―¿Y Feliciano-san?

Ludwig se tardó un momento en contestar mientras se pasaba un mordisco de su pan con mermelada.

―Se demorará ―contestó, volviendo a darle un mordisco a su bollo.

Y por lo visto tenía razón. Casi diez minutos después Feliciano volvió a sentarse con ellos. En la mesa había varios chicos más, de varios cursos pero ninguno parecía del de ellos. A Kiku le dolió el estómago sólo de ver toda la cantidad de comida que traía Feliciano. Parecía que había parado en cada fuente y había cogido dos o tres cosas. Le dio un mordisco a su tostada, y contempló a partes horrorizado a partes sorprendido como Feliciano prácticamente devoraba su desayuno. Sólo le quedaban unos quince minutos antes de entrar a clase y si bien hacía unos minutos había pensado que no se podría comer ni siquiera una tercera parte ahora mismo empezaba a dudar. Tomó un poco de jugo, quizás con muy poco dulce para su gusto. Su abuela siempre le había dicho que comía muy rápido y solía bromear siempre con un "¡Alejen manos y dedos que Kiku ha empezado a comer!" pero… pero… Feliciano se acaba de terminar unos tres bollos del tamaño de los que había pedido Ludwig en menos de cuatro minutos. Luego siguió con los huevos fritos, el tocino y en general las cosas húmedas, antes que comer más del pan. Tomaba del café y del jugo de naranja a sorbos iguales.

Ludwig miró su reloj de pulsera y le dio dos golpecitos al reloj, mostrándoselo a Feliciano. Faltaban ya diez minutos para entrar a clase y tenían que ir al salón. Y fue ahí cuando Kiku comprendió la cantidad de comida medio aplastada de la maleta de Feliciano, que rápidamente empezó a meter los croissants, los panes de queso, los de girasoles en la maleta. Prácticamente de un sorbo se zampó todo el jugo para luego pararse como si nada.

Él levantó las cejas en un arco, y empezó de nuevo a seguir a Ludwig. Feliciano a su lado, le explicaba muy por encima (y posiblemente algo desubicado) lo que supuestamente deberían estar viendo. Algo de trigonometría. Pero no le entendió muy bien. Ludwig no parecía prestarles demasiada atención. Y para ser honestos Kiku tampoco. Se encontraba más bien pensando en cómo serían sus compañeros de clase.

Ludwig y Feliciano hasta ese momento se habían mostrado muy amables, especialmente Ludwig de una manera casi paternal. Así que no se podría preguntar menos como serían sus compañeros de clase. Esperaba que fueran más como Ludwig y menos como Feliciano. Le caía bien pero no sabría si podría aguantar otro como Feliciano.

Finalmente llegaron al salón. Se encontraba en el primer piso, más hacia la entrada que hacia el comedor. Era más bien pequeño, lo cual era entendible si se tenía en cuenta que serían apenas unos doce en total. Un cambio radical para él, acostumbrado a que en su salón en Japón eran cincuenta entra chicas y chicos. Se preguntó cuántos de los de que estaban allí en algún momento había compartido un salón de clases con una chica que no fuese su hermana. Se sintió súbitamente orgulloso de eso como si fuese un logro o algo así.

Los puestos eran sencillos, de madera tan pulida como todo en ese sitio. Un gran tablero negro de tiza, muchos mapas y reglas para dibujar en el tablero colgaban de las paredes. Habían varías personas ya, quizás la mitad del salón. Sentadas, hablando, leyendo.

Ludwig le señaló a Kiku un puesto en la parte del centro y le sonrió mientras él se sentó en el suyo, un poco más atrás. Un muchacho de cabello rubio y lentes, casi de la misma altura de Ludwig (lo cual ya era mucho) relataba a ritmo acelerado una historia en un inglés con marcado acento. Podría ser que él no tuviera demasiado conocimiento pero le sonaba que era de Massachussets o algo así. Un corrillo de muchacho estaba a su alrededor. Casi todos eran rubios, así que supuso que el grueso de la población estudiantil era europeo. Un muchacho frente a él de largo cabello negro recogido en una coleta leía algo. Pudo reconocer caracteres chinos. Lentamente venía llegando más gente. Feliciano hablaba animadamente con Ludwig.

Una silla se cayó al suelo, llamando la atención de todos, que callaron unos momentos para luego continuar hablando. Kiku levantó las cejas y por pura inercia miró donde estaba Feliciano. Estaba aún ahí. Luego volvió a donde el sujeto que luego de haber tumbado la silla por erros había lanzado una palabrota (bien fuerte) y la levantaba. El hermano de Feliciano, sin lugar a dudas. Palideció un poco. No debía haber tentado al destino de esa manera. Si con esfuerzo soportaba a un Feliciano, ¿Cómo sería a dos? Se giró un poco hacía el italiano y trató de llamar su atención con un chasquido de lengua. Justo cuando Feliciano se giró, escuchó a alguien toser. Kiku suspiró y levantó la cabeza.

Y había una morsa frente al tablero. Bueno. No era propiamente una morsa pero si se le asemejaba. Tenía una prominente barriga (casi más circular que la del Director), los pies abiertos casi en un ángulo de 180°, un bigote tupido y blanquísimo de pelos ásperos y enredados como los de un cepillo y dos pequeñísimos ojillos de cerdo, casi tan pequeños que apenas si podía distinguir su color. La clase se levantó a la vez y entonó en encantador "Buenos Días, Profesor Laurent" el hombre saludo con un leve gruñido y dejo un pesado libro sobre la mesa. De entre un folder sacó una lista y empezó a llamar a sus alumnos. Los apellidos pasaban rápidos, sin que él les prestara verdadera atención. Cuando mencionaba un nombre, el alumno en cuestión se levantaba y decía un firme "Presente". Muy parecido a lo que hacían en su escuela, sólo que allá no usaban ese tono tan firme, tan militar. Como si estuviesen metidos en una armadura o si el profesor fuera una autoridad. Hubo una pausa en la lista de nombres.

―¿Honda, Kiku? ―el hombre miró un pequeño papel con una larga firma y movió su bigote―. ¿Nuevo estudiante?

Feliciano le hizo un gesto con la mano indicando que se levantase. Kiku dudó un poco pero aún así lo hizo. El hombre le miró expectante.

―Soy… soy yo, maestro.

―Entiendo… es poco normal recibir alumnos a estas alturas del año escolar. ¿Le molestaría hacer una pequeña presentación a sus compañeros acerca de quién es usted?

Le hubiese gustado decir que no. Que sí le molestaría hacerlo, porque no estaba acostumbrado. Que se sentía incómodo presentándose frente a un grupo de desconocidos que súbitamente habían girado la cabeza hacia él. Miradas curiosas, azules, ansiosas, doradas, lúgubres, castañas. Se sentía como un pequeño cervatillo. Hubo un momento de silencio. Tomó aire. Feliciano le sonrió como apoyo.

―No es ninguna molestia, maestro. Mi… mi nombre es Honda Kiku. Soy de Tokio, Japón y estudie en el Instituto Peers. Me… me gusta la pintura clásica, leer… y espero poder ser amigo de ustedes y disfrutar y aprender mucho esta experiencia ―entonó, con voz rápida posiblemente con el acento más marcado de la historia y se volvió a sentar.

Además del tono bermellón del que se habían puesto sus mejillas, su voz temblorosa y su mirada al piso no había pasado nada más de lo que preocuparse. Lo cual era una fortuna si tenía en cuenta que se podía desmayar en una situación de ese estilo. Aún así a nadie parecía haberle importado demasiado. El profesor asintió y siguió llamando lista. No se demoró mucho más. La clase empezó y el hombre inicio su explicación. No pasó nada remarcable, con excepción de que el muchacho de al frente (que por el apellido supuso sería chino) cada cierto tiempo le miraba. La clase se desenvolvía a un ritmo lento, pero no era aburrida. No se convertiría en su clase favorita pero se podría soportarlo. Al menos más que un muchacho que dormitaba al lado de la ventana.

La siguiente clase fue la de Filosofía. El profesor era un inglés estirado, flaquísimo que usaba camisas de tartán y tirantes. Se veía que era impresionantemente culto, y de hecho le gusto bastante la clase. Si bien le costaba seguirle con el acento inglés al que no estaba del todo acostumbrado, le había gustado mucho. Se encontraban casi al mismo nivel de lo que él se encontraba en su escuela: modernidad. Aún así, le preocupaban las lecturas. Si se le dificultaba un poco la lectura de la filosofía en su lengua natal, no imaginaba como sería en inglés. El profesor parecía gustarle mucho que sus estudiantes participaran, pero casi obligaba a participar al muchacho rubio (el americano) que no parecía ser muy brillante en eso… y en nada en general.

Física estuvo bien. Nada fuera de lo normal. Ya viendo las clases no se sentía tan incómodo. Si bien el lenguaje se podía convertir en un problema a veces, supuso que sólo sería que le cogiera práctica al lenguaje técnico y científico que se usaba en las clases. La ventaja de un grupo tan pequeño era que los profesores parecían conocer al dedillo a cada estudiante, y sabían sus dificultades y fortalezas. Ciertamente era una educación mucho más personalizada a diferencia de la que estaba acostumbrado a recibir.

Una campana sonó afuera. La clase de Física terminaba oficialmente, ya que el reloj marcada el pequeño receso para tomar café. Feliciano le explicó que al final del pasillo repartían chocolate caliente y un panecillo. Lo explicó con la boca llena de los restos de su desayuno. En su cuaderno notó un perfil, posiblemente dibujado en Matemáticas (ya que en Física se había dormido). No pudo notar de quien era, desgraciadamente.

Se levantaron y salieron casi de primeros. Y en cuanto abrieron la puerta, dos jóvenes de apariencia mayor estaban frente a ella. Uno parado elegantemente, con porte de caballero. El otro se recostaba displicente en la pared. El que estaba parado era un poco más alto que él, quizás unos diez o quince centímetros (de hecho, junto con el chico de China, eran de los más bajitos de la clase) y tenía gafas. En sus manos habían varias hojas y una partitura. El otro, en cambio, era notoriamente más alto. Casi de la altura de Ludwig, con la diferencia de que Ludwig tenía más… músculo por decirlo de una manera cualquiera. Ludwig aparentaba más fuerza, mientras este muchacho parecía increíblemente delgado. El de gafas miró a Ludwig y luego a él.

―¿De él fue de quien me comentaste? ―preguntó.

―Sí

Kiku lo entendió. Él sería su tutor. Ya lo entendía todo. Súbitamente se sintió más relajado, y por consiguiente notó que se había puesto tenso. Sin ningún motivo aparente al parecer.

―Entiendo. Tengo que hablar con Lovino de cualquier manera para avisarle que no tendremos tutoría el próximo lunes. Y explicarle a Francis que técnicamente si tiene pupilo pero que yo me encargaré. Dudo mucho que le moleste.

―Opino igual.

Hubo un momento de silencio, como si no supiera exactamente cómo reaccionar. A su alrededor la gente salía, relajada, charlando. Ludwig se movió y empezó a caminar hacia el fondo, con Feliciano.

―Está bien, entonces nos vemos Roderich ―se despidió. El otro hizo lo mismo con la cabeza. Y fue cuando el que siempre había estado apoyado en la pared, se movió.

Hasta ese momento no les había prestado mayor atención, mirando hacia otro lado aburrido. Ni siquiera Kiku se había percatado de quién era. Sólo parecía un muchacho que acompañaba a su amigo. Pero se había erguido como una cobra hindú y de dos pasos se había puesto frente a él. Efectivamente era más alto que él, pero un poco más bajo que Ludwig. Por la posición, se le hizo increíblemente amenazante. Y vinieron las dos imágenes, como dos resplandores que le inundaron la mente. Es el de la fotografía del Director. Es el que estaba fumando. Dio un paso hacia atrás, casi en una maniobra defensiva. El muchacho se agachó un poco para mirarle fijamente.

Tenía el iris rojísimo. Nunca había visto un color parecido, quizás unas cuantas tonalidades que se le asemejaban pero jamás tan rojos. Parecían dos gigantescos carbones calentados al rojo vivo, mantenidos así por un fuego interior que les alimentaba pero no les consumía y eran imposibles de apagar y mucho menos de resistir el deseo casi morboso de ser quemado. Su mirada verdaderamente quemaba. Se sintió como un conejo. Como un conejo de huesos frágiles, sangre muy caliente y carne blanda. A mí no me presentes animales de sangre fría. Se sentía esperando que una bestia saltase y le abriera el cuello de un zarpazo. Sonrió, mostrando una hilera de dientes blanquísimos y brillantes como la luna. Sonrisa de lunático que persigue a un conejo en media noche. A mí no me presentes animales de sangre fría. Tenía la piel blanquísima, y daba la impresión de no ser de carne sino tallado en mármol. Aún así cada uno de sus movimientos expresaba muchísima efusividad. Era la vida pura.

―Así que tú eres la nueva adquisición de Le Tulipey. ―la voz era gruesa, increíblemente rasposa pero seseante y calculadora―. Interesante. Soy Gilbert Beilschmidt. El hermano mayor de Ludwig. Honda Kiku…

―Déjale en paz, Gilbert ―la voz imperativa y fuerte de Ludwig hizo que Gilbert frunciera el ceño. Se volvió a levantar y encaró a su hermano. Kiku sentía que el corazón se le iba a salir por entre las costillas de forma totalmente indolora e iba a saltar como un pez en el piso. La cabeza le dolía.

―No le estoy haciendo nada, West.

Las miradas de ambos se enfrentaron como si fuesen dos gigantescas bestias dispuestas a matarse a mordiscos. Veía los músculos tensos del cuello de Ludwig. En cambio, el tal Gilbert se veía relajado y calmado, sorprendentemente tranquilo. Incluso le sonreía, como si se creyese dueño de la situación. Ludwig se mantuvo firme y finalmente lanzó una carcajada. Se giró y le acarició la cabeza a Kiku en un gesto paternal. Sus dedos largos se enredaron entre su cabello corto y negro. Cualquiera que les viera pensaría que era un muchacho encantador.

―Hasta luego, Kiku. Nos veremos por ahí… ―y le sonrió caminando para su salón de nuevo.

Honda parpadeó, como si se hubiese despertado de un sueño. Entre su cabeza aún resonaba la voz, el tono del "ahí", tan sin complicaciones y a la vez tan sugestivo. ¿Dónde era "ahí"? Hubo un instante de silencio y Ludwig sonrió algo apenado.

―Lo siento Kiku. Mi hermano puede ser un poco molesto a veces….

―Le entiendo. No se preocupe por favor, no me ha causado ninguna molestia ―fingió, tratando de relajarse. Parecía como si hubiese corrido una triatlón, con todos los músculos engarrotados, recogidos y duros.

Feliciano volvió a aparecer, con dos tazas de chocolate y varios pastelitos. Ludwig cogió la suya primero, y empezó a hablar con un muchacho que le preguntó algo de una tarea. Kiku iba a aceptar uno cuando la súbitamente mirada turbia y encrespada de Feliciano le asustó. ¿Habría hecho algo? Alejó los dedos de la taza y empezó a tratar de pensar en una disculpa o algo así. Feliciano palideció un poco.

―¿Te encuentras bien, Kiku? ―preguntó, dudoso. Parecía que fuese una respuesta que no estaba clara, cuando a Kiku le parecía que saltaba a la vista que se encontraba perfectamente.

―Sí… ¿Por qué lo pregunta? ―le respondió con amabilidad.

―…Tu nariz… tu nariz está sangrando ―y acompañó eso con un gesto que hizo con la mano izquierda, acariciándose su propia nariz un poco.

Y entonces Kiku sí palideció. Se llevó el blanco puño de la camisa a la nariz y apretó un poco. Cuando lo quitó, tres gotas de sangre rojísima y húmeda se habían adherido a las fibras. Tres pequeñas gotas, pero empezaba a sentir como un torrente mucho más caudaloso trataba de empezar a bajar por su tabique. Se llevó la mano apuradamente a la nariz, tapándola. Como si al hacerlo cubriera la vergüenza que de golpe sentía.

―Lo siento, es el clima ―masculló apresuradamente y salió corriendo a los baños, al otro lado.

Abrió la puerta con violencia y se paró frente al lavabo de blanquísima cerámica. Pequeñísimas gotas de sangre empezaron a caer, salpicando. Caían como gotas de lluvia sobre el asfalto dejando un rastro de su posición. Apretó los puños contra la cerámica. Se sentía asqueado de sí mismo. Hasta ahora todo había ido también… pero su tonta debilidad, su miedo lo arruinaban todo. NI siquiera había pasado algo grave. Siempre había odiado que la sangre empezara a caer de su nariz. Desde que era pequeño. Más que darle miedo la sangre o las heridas lo que sentía era que estaba desnudo. Que se había descubierto frente a alguien que no conocía. Violado. Así se sentía. Suspiró y echó la cabeza para atrás, mirando su reflejo en el espejo. No era feo. Un pequeño hilillo de sangre le escurría desde la nariz hasta el mentón. Y sus ojos se encontraron con los de alguien más.

Y el reflejo de un boquiabierto Gilbert que acaba de salir de uno de los cubículos del baño le miraba francamente sorprendido. No asustado como Feliciano al ver la sangre. Sólo sorprendido. Y una gota gigantesca escurrió, más roja, más pesada, más pegajosa y golpeó contra la cerámica y empezó a resbalar hacía el desagüe dejando un caminito carmesí, igual al que le bajaba por la nariz y caminaba por sus labios para finalmente perderse en el mentón. El corazón le palpitó con fuerza, como un tambor. Y era lo único que escuchaba aunque creía que los labios en movimiento de Gilbert creaban palabras y preguntas que desaparecían en el aire. Él sólo atinó a taparse de nuevo la nariz.

-.-.-.-

Notas Aclaratorias:

El Manual, el horario y las materias están tomando a partes de Le Rosey, a partes de mi colegio (que también era un colegio de niños pijos…) Más info, en la página de Le Rosey: rosey . ch (ya saben, pegan los espacios).

Las calificación son de la 0 a 7 y cada número equivale a lo siguiente: 7 = Excelente, 6 = Muy Bueno, 5 = Bueno, 4 = Aceptable, 3 = Insuficiente, 2 = Mediocre, 1 = Muy Mediocre, 0 = Trabajo no entregado.

Notas de Babel:

Cosas que aprendió Babel: escribir historias de más de diez páginas es divertido. Corregirlas, no. Bien, el primer capítulo del fic. Muchas gracias a todos por leer. Me salió bastante largo. Incluso yo misma me sorprendí. El flujo de conciencia de Lovino me drenó el 30% de mi energía vital. En serio. Termine y caí rendida en la cama. Pero eso sí, disfrute mucho haciéndolo. ¡Espero que ustedes lo disfruten tanto como yo! :D Voy a tratar de subir un capítulo cada viernes, puesto ya tengo un poco más estructurada la historia. Aún así, no prometo nada. No por inspiración, puesto que trató de escribir dos horas todas las noches, sino, porque la corrección de la cosa siempre es cuesta arriba…

Muchísimas gracias a todos los que me dejaron review, me agregaron a favoritos, alertas, etc. ¡Me sorprende el número! Ok, no son TAAANTOS pero pensé que una historia que es UA y además no dice las parejas no iba a llamar tanto la atención.

Cualquier error, comentario, pregunta estaría genial de leer. Leo todos los reviews y la mayoría los contesto (si son cuentas de ff-net donde tengo como responder…). Así que me interesaría muchísimo escuchar sus opiniones acerca del fic así como esta, de la caracterización de los personajes, de las parejas que quieren, de que quieren ver, que les gusta, que no ¡Todo! ¡Me encantaría leer sus review con eso! *Acaba de notar que eso sonó mega patético, pero es la verdad me gusta interactuar con mis lectores -.-*

Babel Bárbara