Disclaimer: Nada de esto es mío… *se va a una esquina a llorar*
Advertencia: El fic subió de categoría a M. En el cap anterior dije que la acción sucedía en 1953 pero haciendo unas cuentas, he notado que de hecho pasaba un 1958. Yeah, a price for Miss Babel...
II. LA PEONÍA ENTRE LOS ALPES
"Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía."
(Lenin)
El cielo era rojo. Rojo de sangre de menstruos de sus hermanas, rojo de rosas flotando entre sangre, rojo de banderas rodeadas de flores de flotan en sangre, rojo de uniforme militares que cuidan la bandera rodeada de flores que flotan en sangre. Rojo. Rojo como el Partido Comunista, rojo como la sangre de los zares brillando en el mango del martillo y en la hoja de la hoz.
Él estaba parado en medio de la pradera. Montañas tan grandes que penetraban la atmósfera y estiraban sus cabezas cubiertas de nieve, y sus pechos llenos de arañazos, y sus antebrazos llenos de hematomas y sus vientre inflados como pústulas llenos de crías más pequeñas de montañitas nevadas. Las montañas gemían dolorosas cada vez que una de las crías rasgaba la pétrea piel y caía para crecer. Se aruñaban los ojos entre ellas con uñas de ramas, cortándose las corneas, arrancándose los párpados, rayándose los iris.
Un cielo rojo que se le iba a caer encima, y él sólo estaba sentado en medio de una pradera de peonías del tamaño de girasoles con sus pétalos abiertos sexualmente como labios, abiertos y húmedos como una invitación, con el centro escupiendo néctar sudoroso que olía pesadamente a dulce. Una pradera cuyas hojas de peonías le acariciaban el dorso de las manos y buscaban desnudarle, tan larga que pasaba por debajo de las montañas y continuaba hasta el infinito. El mundo se conmovió, vomitando raíces para detener la sangre que escapaba como una fuente borboteando de la herida abierta y supurante del vientre de Yekaterina, que Natalia tapaba con las manos.
Levantó los ojos cansados. Sus dos hermanas desnudas frente a él lloraban, abrazabas con brazos lo suficientemente largos como para enrollarlas como si fuesen anacondas. Una mano de largos dedos le quitó la bufanda que en el suelo se sacudió como una serpiente y empezó a perderse entre los tallos, dejando un rastro de pequeños gusanitos rosados que empezaron a recitar fragmentos de La Revolución Traicionada de Trotsky.
―¡Casémonos, hermano! ―gritó Natalia, levantando la cabeza llena de lágrimas.
Yekaterina abrió los ojos horrorizada y de su vientre un gigantesco chorro de sangre brotó elevándose entre ellos, como si fuese una fuente. La sangre cayó convertida en lluvia sobre los cuerpos juveniles y empezó a quemar la piel de Natalia, cuyos cabellos se abrieron como el halo de un santo alrededor de su cabeza, mientras de sus labios exhalaron un gemido de dolor mientras su piel podrida empezaba a pegarse a las llagas de estigmatizada de Yekaterina cuyos ojos en blanco indicaban un matrimonio divino.
Finalmente los dos ombligos se convirtieron en uno solo del que cayó una cuerda de carne joven y cercada de una red de miles de venas que se conectó con la tierra. Los cuatros brazos sin huesos, sólo carne flácida y en movimientos fluidos se alzaron como ramas de Dafne. Yekaterina lloraba y Natalia miraba al piso fijamente. De la punta de sus dedos empezaron a florecer a borbotones de líquido amarillo girasoles con pétalos de terciopelo y centros llenos de espinas brillantes. Miles de moscas empezaron a volar alrededor del tronco-hermanas, y los girasoles se las comían. Escuchaba los gritos de los insectos mientras cada espina les iba desmembrando, arrancándoles las alitas y pinchándole los ojos como si fueran globos para que los niños jugaran.
De repente, creando una preciosa floritura el listón negro de Natalia cayó frente a sus ojos. ¿Era el negro? ¿Cómo lo tenía Natalia si se lo había regalado a él la Navidad pasada? La cinta cayó de a poquitos, deslizándose entre el aire acuoso, cortándolo de a pocos. Finalmente tocó suelo y cayó con fuerza, creando un estruendo gigantesco como si súbitamente hubiese dejado de ser tela y se hubiera transformado en hierro. Él se agachó y acarició el hermoso raso negro brillante con la punta de los dedos. Era gruesísimo, casi del tamaño de su mano, pero si era el listón de Natalia. El mismo que había usado cuando se había bajado del avión militar que les había traído desde Moscú a Ginebra, en un viaje largo, lleno de fríos en el alma y silencios dolorosos como la vida misma.
―¡Casémonos! ―gritó la cabeza de su hermana de nuevo.
La cabeza de Yekaterina giró casi sobre sí misma para mirar los ojos anegados de lágrimas de Natalia que estiraba sus dedos cubiertos de girasoles caníbales que trataban de morderle las mejillas. Sentía las espinas tratando de comérsele la piel.
―¡Déjalo en paz! ¿No ves que aún está herido? ―le ordenó con voz firme Yekaterina, aunque lagrimones de savia oscura y pesada le escurrían por la cara―. Lo siento hermanito, debí notarlo. Fue mi culpa y ahora estás tan herido…
Él dio un paso hacia atrás. Natalia le reprochaba a Yekaterina todo, mientras la mujer de cabellos cortos lloraba e imploraba perdón. Él se miró las manos empapadas en sangre y sesos. Casi volvía a sentir el peso de la varilla en las manos cuando lo había oscilado en el aire con fuerza. Una lágrima cayó, mezclándose con la sangre que se le metía dentro de la piel para que nunca la olvidara. ¿Su hermana aún sentía la culpa? Parpadeó, y se miró las manos ahora infantiles. Una gigantesca flor se paró frente a su cara, su centro mostrando un túnel de dientes afilados y encorvados que olía a cadáver y supuraba un líquido entre negruzco y café, pesado como petróleo.
Empezó a escuchar como algo reptaba dentro túnel, emitiendo un sonido de cacareos ahogados. Finalmente una cabeza no más grande que un puño salió. Parecía pegada al túnel y trataba de liberarse. Los ojos se le llenaron de lágrimas, cuando miró aquella piel cetrina y los ojos helados, castaños como la tierra misma. Y la boca se abrió en una sonrisa sin dientes que susurró un suave "Tiempo sin verte, Iván". Sus hermanas, que hasta ese momento se estaban peleando entre ellas, echándose culpas la una a la otra se callaron y bajaron los ojos mirando aterradas lo que acaba de salir de uno de sus brazos. Fue Natalia la que gritó de horror primero y Yekaterina la que cerró la flor, cortando la pequeña cabeza que cayó al suelo. Del muñón sangrante empezaron a salir bracitos y piernas, como un bebé creciendo a un ritmo repulsivamente acelerado. Las lágrimas empezaron a escurrirle con más velocidad, y las largas cicatrices de sus hombros empezaron a arderle como si estuviesen en carne viva de nuevo.
―¡Corre! ¡Sigue a la revolución! ―gritaron ambas hermanas a la vez y él apretó el listón, y empezó a seguir el rastro que pequeños gusanitos que aún recitaban La Revolución Traicionada.
El rastro rosado de su bufanda se extendía lejos, perdiéndose entre los grandes tallos verdes cubiertos de una pelusita blanca. Corría rápido, dando giros violentos, siguiendo lo que decía el libro. Detrás de él, escuchaba a la cabeza repetir en una suerte de rima espantosa "Hace mucho no te veo, Iván, hace mucho que te espero"
Las peonías empezaron a pudrirse y una lluvia de pétalos rosados empezó a caer sobre su cabeza. Cada pétalo que caía al suelo, apenas tocaba la grama con una suavidad de caricia materna, hacía que todo temblara. El cielo se le iba a caer encima. Una gigantesca fisura en la tierra apareció frente a él. Era larguísima, y honda como un pozo sin fin. Pero no era ancha. Sabía que podía saltarla de un paso sin ningún problema. Del otro lado las peonías eran pequeñas, los girasoles gigantes, el cielo era azul y las montañas impasibles. En el centro, una muchacha de cabellos negros hasta casi media espalda, lloraba con la espalda convulsa.
Iván miró sobre su espalda la cabeza que venía caminando por entre la lluvia de pétalos, aún repitiendo su retahíla. Tomo aire. Nunca más. De un salto cruzó la fisura y un estruendo se escuchó lejano a sus espaldas. Cuando giró, todos los pétalos habían caído. Lo único que quedaba eran los tallos verdes extendidos al cielo como dedos descarnados y acusadores. La cabeza que le perseguía había quedado explotada como un huevo y aquella sustancia pútrida que debía ser su sangre empezaba a crear líneas rectas y negros sobre el suelo. Pero eso ya estaba lejos. Él ya estaba muy lejos.
Se volvió a girar y caminó en dirección a la chica. Estaba sentada, con un hermoso qipao de seda rosada, con imágenes de pájaros y crisantemos en azul. Entre sus largos dedos se enredada su bufanda. Un momento de silencio. Él se acercó a la chica, rodeándola. Tenía la cabeza gacha, y en su bufanda se apreciaban unas cuantas manchas de sangre. En cuanto pasó a su lado la muchacha levantó la cara en un gesto violento, como buscando algo.
Iván abrió los ojos aterrorizado cuando le vio la cara y casi se cae de espaldas. Primero porque no era una chica. Era Yao. Tenía el pelo suelto, pero tenía la misma cara de mejillas redondas y el pecho planísimo. Lo siguiente era que no tenía ojos. O eso creía él. Tenía los parpados firmemente cerrados pero dos chorros de sangre mezclada con lágrimas escurrían por sus mejillas. A su alrededor flotaban semillas de girasol. Iván se arrodilló frente a él con la garganta seca. Yao hablaba por lo bajo en mandarín, enredando la lengua, musitando palabras extrañas, ruegos misteriosos, balbuceante y lejano, creando palabras extrañas, nombres nuevos. Iván le quitó su bufanda de entre los dedos que se apretaron en el aire buscando recuperarla.
Sintió frió en los hombros. Se miró y notó que ya no tenía su abrigo. La piel de sus hombros estaba abierta como frutas gigantescas, como si dos gigantescas zarpas le hubieran acariciado. Veía la carne rojiza y palpitante debajo de la piel. Un sonrojo se posesionó de sus mejillas. "Él no me puede ver". Aún así apretó la bufanda entre los dedos y levantándose un poco vendó los ojos de Yao con eso. Sólo le movió incómodo y sintió los dedos helados tocándole el pecho. Volvió a sentarse frente a él. Hubo un momento de silencio. Al otro lado el mundo se caía a trozos y sus hermanas gritaban de dolor.
Iván apoyó los dedos en el suelo acolchado y se acercó a Yao, buscándole los labios. Él otro dio un saltó cuando sus bocas se juntaron en un beso sin palabras e inesperado con sabor a sangre. Debajo suyo Yao movía por brazos y sus dedos le acariciaban las heridas haciéndole arder. Con una de sus manos, se metió debajo del qipao, acariciándole el pecho blanco, suave y lampiño como el centro de una ostra. Su lengua entraba y Yao se quedaba quieto. Su Yao. Su Yao que no le veía las heridas, pero metía los dedos y le aruñaba la carne pura, buscando comérsele el corazón.
Ivan Braginsky abrió los ojos entre sueños aún. Afuera ya había empezado a brillar el sol. El pitido del despertador de Francis le había despertado primero a él. Se revolvió incómodo entre las sábanas, metiendo la cabeza debajo de las sábanas. Y Francis aún no se despertaba. En la cama de al lado escuchaba que Vash empezaba a maldecir por lo bajo en francés. Sacó de nuevo la cabeza, tratando de recordar su sueño. Recordaba flores, pero nada más. Se sentó en la cama y como mejor pudo apagó el despertado. Francis entreabrió los ojos un poco y trató de levantarse.
―Me bañare yo primero ―dijo él, mientras salía de su cama.
A pesar de que estaban en los últimos días del invierno él dormía apenas con una camiseta blanca y unos bóxers bastante amplios. No le daba frío. Aún sentía en la piel el helado invierno de Moscú y por eso no podía dormir más cubierto. Arrastrando los pies llegó hasta el baño. Cerró la puerta y colocó seguro. Se sentía algo atontado aún, como si hubiese dejado la mitad de su ser aún entre las cobijas. Lo cual no sonaba tan mal. Se agachó un poco y empezó a beber agua helada directamente del grifo. Le sabía mal la boca, como a sangre. Seguro que se había mordido entre sueños y algo así. Volvió a levantar y un súbito sonrojo le cubrió las mejillas.
Ivan Braginsky contempló, horrorizado, que lo que sea que había soñado le había causado una rígida erección como no las tenía desde hacía mucho tiempo.
-.-.-.-
Una mano blanca y de dedos largos salió de entre el pesado edredón tanteando la mesa de noche como si fuese una araña gigantesca. La mesa era amplia, sí, pero estaba cubierta de una cantidad impresionante de cosas lo que hacía que los dedos recorrieran con cautela buscándole la pausa al reloj. Había una gigantesco mug de chocolate ya terminado, una barra de chocolate, varios exámenes arrugados, unos cuantos francos suizos. Además de la lámpara y un libro gordo de pasta dura que rezaba "El bien y el mal en la Psicología Analítica" de Carl Jung que había pedido Matthew por correo desde Ginebra y le había prestado a Alfred.
Alfred se giró molesto entre sus cobijas mientras la perezosa mano de Yao trataba de encontrarle el botón de pausa de diez minutos al reloj. Estiró su mano y se colocó las gafas para luego darle una palmadita al dorso de la mano de Yao que se abrió como un animal asesinado dejándose caer. Él le puso una pausa de quince minutos al reloj, lo que se demoraba en bañarse. Lovino no se había inmutado siquiera. Se estiró afuera de la cama mientras Yao volvía a meter la mano como si fuese una anguila dentro de las cobijas y se enrollaba sobre sí mismo como un animal. Caminó con pasó calmado hasta la ventana y la abrió de golpe. La brillante luz del sol ilumino de lleno la cara de Lovino que le lanzó una larga serie de insultos en italiano que sonrojarían a un marino. Afortunadamente Alfred no entendía italiano. Con esfuerzo hablaba inglés (aunque su tutor se empeñara en decir que ese "dialecto de pueblerinos" no debería ser considerado inglés), trastabillaba con el francés y a lo mucho sabía decir dos o tres insultos en italiano, cortesía de Lovino.
Se sentía excepcionalmente cargado de energía. Lo cual no era extraño en él, pero hoy especialmente se sentía como un tornado. Afortunadamente tenían deportes. Haría un poco de frío pero nada mejor para calentarse que ejercicio en la tarde. Fue hacía el baño prácticamente dando saltos mientras un Lovino cegado por el sol trataba de cerrar la ventana mientras Yao se quejaba por lo bajito del escándalo. Entró al reluciente baño y cerró la puerta, pasándole el seguro.
Se quitó los lentes y los dejó en la estantería que había sobre el lavabo. Todo se volvió borroso de un momento a otro. Las formas de los objetos de diluyeron, y los límites se disolvieron. El mundo se volvió manchones borrosos de color. Usaba lentes desde que tenía trece años cuando en una clase de Historia notó que no veía las fechas en el tablero. Cuando su madre le llevo al oftalmólogo para que le recetara la fórmula de las gafas el hombre quedó sorprendido al verle un aumento tan alto. No sé explicaba como a estas alturas un chico no había notado que no veía letras a más de un metro de distancia. Pero es que igual Alfred no leía demasiado, prefería mil veces ir afuera a jugar que quedarse dentro leyendo.
Eso era campo de Matthew, que se quedaba todo el día metido en la casa a pesar de sus múltiples intentos porque saliera. Matthew usaba gafas desde los ocho, cuando aún vivía en Quebec y sólo era su primo raro que hablaba un inglés más raro aún. Al final había desistido que saliera a jugar con él. Se cansaba tremendamente rápido y era un peligro tanto para él como para los que lo rodeaban. Una vez se había partido un pie deslizándose por el pasamano de las escaleras y otra vez había roto una ventana lanzando una pelota.
Abrió la canilla del agua, y desde arriba empezó a brotar el agua helada. Se demoraba unos segundos en calentarse. En su casa de Cape Cod el agua se calentaba desde el mismo momento en que la abrías, y llenaba el baño de vapor de agua en unos segundos. No como acá que el agua salía apenas lo suficientemente caliente como para que no hubiera un riesgo demasiado alto de morir de hipotermia. Se bajó los bóxers y apartó toda su ropa en una pequeña montañita al lado de la puerta. Se metió en la ducha y echó la cabeza hacia atrás lavándose el cabello.
Aunque tenía que aceptar que hacía casi dos años no iba a Cape Cod y que de hecho no era su casa sino la casa de su abuela. De hecho tenía recuerdos vagos de América. Ella era un recuerdo lejano y emborronado por momento infantiles, si bien había vivido casi toda su vida en Europa.
Había llegado primero a Londres cuando tenía siete años y de ahí en adelante había pasado por Roma, Berlín, Madrid y finalmente Ginebra. Aún así, sólo hablaba inglés. Su padre se había encargado que siempre estudiase en colegios bilingües donde practicara constante inglés y poco o nada de otra lengua. Su estadía en Europa sólo se cortaba cuando tenía diez años y habían vivido unos cuatro meses en Québec. Fue ahí cuando llego Matthew, el primo raro que daba la casualidad que hablaba más francés que inglés. Luego de eso se instalaron un tiempo en Londres y finalmente cuando tenía doce, se asentaron en Ginebra. Y ahí había entrado a estudiar a Le Tulipey escogido por su madre únicamente porque Matthew hablaba francés y le parecía un desperdicio hacerles estudiar en un colegio donde no lo pudiese practicar. Claro, y que Alfred que a lo mucho si sabía pedir un café la llevara para atrás. Aunque claro, tampoco podía quejarse. Matthew siempre había hecho sus deberes de francés y cada que podía trataba de ayudarle.
Tanteó por la barra de jabón y empezó a enjabonarse con rapidez. Había cerrado el agua mientras lo hacía y ahora se estaba congelando el culo de una manera inhumana. Daba brinquitos en un pie mientras los brazos y el pecho se le empezaban a cubrir de una capa de espuma que olía a apio según él. En el cuarto de al lado Bonnefoy empezaba a cantar otra vez. Lo hacía todas las mañanas.
Cantaba en francés y a todo pulmón. Los días pares eran Edith Piaf y los impares, Charles Aznavour. Al principio Alfred pensaba que lo hacía porque le gustaba cantar simple y llanamente pero con el tiempo empezó a comprender que sólo lo hacía para molestar al suizo. Hoy era Edith Piaf, concretamente Padam, Padam. Se la había escuchado tararear a su madre y a Matthew alguna vez pero honestamente nunca la había entendido del todo. Salió de la ducha justamente cuando escuchaba del otro lado de su pared un grito horrorizado (y sumamente femenino) de Francis, algunos insultos de Vash mezcla de alemán, inglés y francés. Luego una puerta que se azotaba. Suspiró y cerró su llave. Salió de la ducha escurriendo agua, algo por lo que seguro Romano le reñiría. Tanteó por la toalla y se envolvió las caderas con ella.
Volvió a colocarse las gafas que se mojaron un poco, dejando tres gotitas en el lente. No le dio verdadera importancia, ya luego se secarían. Se paró frente al espejo algo empañado y con la punta de los dedos dibujo un pequeño corazón encima del reflejo de su pectoral derecho. Sí. Él sabía que el corazón se encontraba más hacía el lado izquierdo del pecho, pero para él su corazón estaba a la derecha. Lo escuchaba más hacía ese lado. Era una costumbre infantil, y algo tonta pero no podría reprimirse: en cuanto veía un vidrio empapado se sentía en la necesidad de dibujar corazones. De hecho en sus cuadernos había bastantes corazones dibujados. Apoyó la punta del dedo en el centro del corazón, dudoso. Había visto en las películas de acción que tenía que dibujar la inicial de la persona que le gustara pero…
Dio dos toquecitos curiosos. ¿Frieda? Frieda era una chica blanca como el papel, de pelo casi tan blanco como su piel, pestañas casi invisibles y ojos muy grises, muy grandes. Como de lechuza. Era sueca o algo así. Tenía el pelo larguísimo, muy brillante y liso, como si fuese una cascada. Arrugaba un poco la nariz cuando se reía con risa nasal y encantadora. Hablaba con un acento muy fuerte. Cuando se había besado ella le llevaba dos centímetros de altura y usaba tacones así que él había tenido que pararse en la punta de los pies. Frieda era bonita. No le gustaba realmente, pero no podía negar que no había disfrutado el beso. Aún así, ya habían pasado casi dos años desde eso y él ya debería ser más alto que Frieda y ella habría besado a más muchachos. Había más, antes y después de Frieda, claro. Vecinas, compañeras de juego, hijas de amigas de su madre. A ninguna la había besado. De toda recordaba el nombre y todas le parecían guapas pero… no quería escribir la inicial de ninguna en su corazón. Suspiró y terminó por escribir USA. Para salir del paso.
Limpió con la palma de la mano el espejo a la altura de su cara y empezó a mezclar la espuma para afeitarse. Aún no tenía que afeitarse todos los días, pero ayer no lo había hecho y ya empezaba a sentir el halo de pequeños pelillos rubios en el mentón. Agarró su cuchilla de afeitar (la única del cuarto de baño) y empezó a pasársela con suavidad.
No se le podría considerar feo de ninguna manera. Incluso él mismo lo sabía. Era un poco más alto que la media, no tenía cara fea, era cuidado con su presentación personal y, si bien estaba ganando un poco de peso, hacía el suficiente ejercicio como para empezar a notar como se le marcaban la línea de los músculos. ¡Incluso era simpático! Sí, puede que no fuera un Einstein o algo así, pero algo menos hacía reír a las chicas que lo consideraban "mono". Además le gustaba ayudar a la gente, prácticamente sin pedir nada a cambio. ¡Él era todo un héroe!
Pero además de Frieda no había tenido ningún… "encuentro" con ninguna chica y lo de Frieda había sido algo de lo más inesperado movido por un tonto deseo de demostrarse que él también podía besar chicas y que lo de las películas pasaba en realidad. Sabía que eventualmente llegaría su Sally pero le molestaba pensar que a lo mejor se demoraría mucho.
Se terminó de lavar la cara, quitándolo los últimos restos de crema de afeitar, sintiendo su piel suave y perfumada. Abrió la puerta y lo primero que vio fue la muy cabreada cara de Lovino.
―¿Pensabas quedarte a vivir en la ducha o que coños? ―le espetó, empujándolo casi con violencia para meterse en el baño y empezar a desnudarse casi frente a él.
Alfred enrojeció pero le gritó un "Calma, guido" antes de dar un salto fuera y cerrar la puerta. Lovino siempre había tenido la mala costumbre de no respetar la privacidad de otro y empezar a desnudarse frente a él, como si fuesen hermanos o algo así. Yao aún se encontraba enroscado como un caracol en la cama bostezando pesadamente. Así que no le importó quitarse la toalla y empezar a vestirse. Yao no se despertaría hasta que saliera Lovino del baño. Lo cual implicaría que no iba a tender la cama porque se la iba a hacer tarde.
Se acomodó el elástico de los bóxers un poco debajo de las caderas y suspiró. Le faltaba ya un año para graduarse. Su madre quería que estudiara en Europa, quizás en París pero si las clases de francés básico lo hacían entrar en shock nervioso no se imaginaba el desmayo que tendría si resultaba en la Universidad. La única opción era Londres pero él no se aguantaba el acento de los británicos. Y les había cogido un poco de fastidio a los ingleses luego de tener que ver cada día de por medio a Arthur.
De hecho, para fines prácticos no soportaba a los europeos. Eran raros. Lovino se le desnudaba al frente, Francis (estaba seguro) le miraba el culo cuando subía por las escaleras, el tal Braginsky era un comunista, Gilbert un pandillero, Feliciano tonto de capirote, Ludwig demasiado callado y Vash le daba un poco de miedo. Por eso quería volver a América. No sabía que estudiar pero había pensado en algo como Escuela de Leyes en Yale o quizás hacer una carrera de marine, como su padre.
De igual manera ahora no era tan importante. Lo importante era graduarse, irse a Cape Cod de nuevo y no volver a ver Arthur en su vida. Quizás no en ese orden de ideas…
-.-.-.-
COSAS QUE HACER EL FIN DE SEMANA
-Un listón rojo con puntos negros.
Uno bonito. Largo. Grueso. Lily antes tenía el pelo larguísimo y muy rubio. Pero se lo cortó y cuando una monja un tanto ciega la saludo con un "Que guapo estas hoy, Vash" se puso a llorar. Lily tiene miles de listones que él le ha ido comprado en cada bajada al pueblo. Negros, rojos, rosados, morados, blancos. Cada domingo después de la misa, Lily le espera al lado de la reja que divide Le Tulipey con Sainte Eulalie, con la jardinera gris de cuadros, la camisa blanca almidonada de mangas cortas que deja ver los brazos blanquísimos y el listoncito negro en el cuello. Y él siempre se le acerca por detrás y le pellizca la cintura, metiendo los dedos por entre los rombos de alambre. Y ella se gira algo asustada al principio y luego hablan un rato acerca de todo. Al final Lily cogía su nuevo listón (entre sonrojos y agradecimientos) se cambiaba el que tuviera puesto por el nuevo y luego se iba a almorzar. Luego cuando ella se iba él anotaba en su libreta de qué color era para nunca regarle dos listones iguales.
-Cigarrillos. Camel, Lucky Strike, Pall Mall. Una cajetilla de cada uno. Excepto de Lucky Strike, que son dos.
Él primero fue Gilbert. ¿Cómo no? Pero Gilbert ya tenía quince y ya era grande. Gilbert ya contaba anécdotas de besos húmedos y como se sentía la piel de los muslos en la punta de los dedos. Roderich fingía no escuchar, Arthur hacía gestos de asco, Francis apenas se reía y él se mordía los labios tratando de averiguar si lo que diría era verdad y las mujeres gemían así cuando uno les metía la mano entre las bragas. Había empezado a fumar hacía poco, en ese verano. Todos lo consideraban asqueroso, aunque Francis no se cortaba en decir en que era bastante genial como se veía botando el humo por la nariz. Súbitamente sus tarde se ensombrecieron de humos azulosos y nubes grisáceas de tabaco en la cara. El primero fue Francis. Y no sólo en fumar. Al principio se había atorado (para mucha gracia de Gilbert) y luego había estado enfermo tres días (para mucha gracia de Arthur). Pero lo había manejado. Según él ya no fumaba, pero por el olor que a veces tenía en su cuarto Vash estaba seguro que aún lo hacía. Después de follar, claro. El siguiente fue Arthur, al que Francis le enseño además de muchas otras cosas. Roderich fue el último en caer cuando Gilbert prácticamente lo obligó a hacerlo. Camel para Roderich, Lucky Strike para Gilbert y Pall Mall para Arthur.
Vash fumaba cuando conducía, así que nunca tuvo que comprar. Por lo general Roderich dejaba que le diera una o dos caladas al que él iba fumando, tomándose incluso la molestia de ponérselo en los labios para que no despegara la vista del frente. Roderich dejaba húmedo de saliva el filtro del cigarrillo.
-Una cajita de depósitos recargables de tinta.
Gilbert escribe con lápiz. Roderich a veces usa tinta, pero no se atreve a poner una gota a sus partituras. Él tiene memoria fotográfica. Francis aprendió a recargarlos con jeringa. Arthur, en cambio, nunca aprendió y tomando en cuenta que antes escribía con estilógrafo ahora es un avance que haya decidido usar bolígrafo como todos los demás. Pero Arthur llena hojas y hojas de reportes de Historia, y hace a mano unos trabajos larguísimos y parece que no tomara agua sino que succionara tinta. Vash ha tratado de que use los mismos bolígrafos que todos los demás pero es más terco un inglés que una cabra de montaña. Arthur siempre le encarga botecitos de tinta de secado al aire, pero siempre tiene en el dorso de las manos un rastro lejano de tinta. Vash siempre se ha preguntado a que se deberán las manchas de tinta en las manos de Arthur si él siempre es tan cuidadoso.
-Una caja de chocolates para Matthew.
Matthew le provoca una extraña sensación de ternura, mezclada con lástima. Tardó casi unos dos años en aprenderse bien su nombre pero el muchacho en vez de cabrearse con él (como probablemente él mismo hubiera hecho) sencillamente se sonrojaba y bajaba la vista para luego corregirle con paciencia de santo. Al final se lo había aprendido casi a fuerza de amenazas contra sí mismo. El chico no era molesto, tenía un buen promedio de notas y no parecía dar demasiados problemas.
Arthur le había dicho sin problemas que le tenía envidia. El chico de Arthur resultaba ser el primo de Matthew. Vash estaba seguro que si no lo habían expulsado aún era porque Matthew le debería de ayudar para que sus notas no fueran tan malas como Arthur esperaba que fueran. Aún así, le caía mejor el tal Alfred que Matthew. No es como sí Matthew le cayera mal, pero le hubiera gustado que fuese un poco más… vivo. Había olvidado su última reunión, y sólo se acordó cuando Francis le comentó que Genoulaz le había dicho que tendría un nuevo pupilo quizás. Y ahora tenía un cargo de conciencia de los mil cojones que remediaría con chocolates. Igual dudaba que a Matthew le importara.
-Absenta, vodka, una botella de vino, dos cervezas.
Había sido hacía casi dos años. Habían empezado como si fuese un juego de sábado en la noche. Por supuesto, todos arrugaban la nariz y tenían arcadas desde el centro del estómago hasta la garganta, con la sensación de estar tragando vidrio molido. Incluso Gilbert, que habían pensado sería el que más resistiría. De hecho prácticamente a la hora de su jueguito ya estaba dormitando como un gato, apoyando la cabeza en el muslo de Roderich. Él único que no presentaba mayores signos de nada era Braginsky que se pasa cada golpe los sorbos de una botella que whisky que vaya a saber uno cómo, terminó en las manos de Francis. Arthur mostró que su resistencia al alcohol era casi tan baja como la de Gilbert cuando vomitó hasta el desayuno y (según lo que contaron Roderich y Gilbert) estuvo toda la noche vomitando hasta el agua que bebía. Braginsky al final se había parado y se había largado diciéndoles que ellos no sabían beber. Y él se le había acercado a Roderich casi de rodillas y le había lamido el lunar que tenía debajo de los labios. No recordaba como lo había sentido, pero si recordaba las marcas de las uñas de Roderich en sus hombros. Absenta para Gilbert que prefiere emborracharse al seco. Vodka para Braginsky que no tiene esófago y lo bebe como si fuera agua. Vino para Francis que es más delicado y prefiere los olores hermosos, los colores hipnóticos al mareo del alcohol. Dos cervezas para él y Roderich, porque sentir el viento en la cara mientras conduce a toda mierda por la desolada autopista que se aleja de Le Tulipey merece una cerveza.
Francis miró por encima la lista de cosas de Vash. Siempre hacía una aunque casi siempre eran las mismas cosas. Envidiaba la suerte de Vash. Sus padres le habían regalado un auto y no había fin de semana donde no saliera. Y Roderich le acompañaba. No tenía idea de lo que hacían, pero suponía que jugarían billar un rato, unas cervezas, unas compras y al colegio. Aún así no pudo resistirse.
―¿Vash? ¿Te molestaría que bajara con ustedes al pueblo? Te prometo dejarte a solas con Roderich en cuanto lleguemos… ―le preguntó en tono cantarín mientras se arreglaba el nudo de la corbata azul oscura.
Y Francis Bonnefoy pudo describir exactamente que se sentía que le clavaran una rodilla justo entre las costillas, arriba del diafragma y que velocidad podía alcanzar una patada de Vash Zwingli.
-.-.-.-
La biblioteca de Le Tulipey era impresionantemente grande, con pasillos amplios y con pesados libreros de madera oscura llenos de libros. Algunos nuevos, pero casi todos de hojas amarillentas. La mayoría estaba en francés o en inglés, pero Iván había encontrado un pequeño rincón donde tenían algunas obras en ruso. Nada demasiado fuera de lo normal, claro: Anna Karenina, Los Hermanos Karamazov, Dubrovsky, Almas Muertas… Un mínimo de literatura rusa, pero suficiente como para que él se sintiese cómodo. Además, se encontraba relativamente apartado y no mucha gente llegaba hasta allí, así que las mesas de estudio siempre se encontraban solas.
Estaba sentado mirando distraídamente por la ventana. No tenía la mejor vista de todo el colegio, pero al menos alcanzaba a ver al fondo los árboles salvajes y sin hojas que empezaban al pie de la montaña. Le gustaba ver el bosque. Le gustaba tener la sensación de que más allá de los altos muros de Le Tulipey y de sus ventanas brillantes como espejos había otro mundo que era el suyo. No un mundo de nieve y frío como era su Rusia del alma, pero uno parecido donde habían flores y grama verde y acolchada. Un mundo que no era de su alma sino de su cuerpo. Supuestamente estaba leyendo, pero de hecho estaba esperando que llegara Yao. Él había llegado ya hacía veinte minutos, y Yao nada que aparecía.
A veces pensaba que Yao le odiaba. Le huía el resto de la semana, apenas si le dirigía la palabra y se refería a él por un escueto "Braginsky" aunque él se había esforzado en que le podía llamar Vania. No lo hacía por supuesto. Suspiró y golpeó con la punta del bolígrafo la mesa. Yao le era extraño. Le caía bien, eso era innegable, pero sencillamente no sabía por qué o cómo demostrárselo. Le caía bien como le caían bien Yekaterina y Natalia, pero no podía comportarse con él como con ellas. Le caía bien por otra cosa que no sabía que era. Y trataba de ser amable pero creía que eso de hecho lo asustaba mal. Yao era un muchacho en esencia extraño. Hablaba poco, se mordía los labios mucho, resoplaba bastante y no le gustaba que lo tocaran. Ni siquiera sabía por qué le gustaba si nunca habían intercambiado palabras fuera del ámbito escolar. A su lado vio una sombra parada entre dudosa e incómoda. Cuando rodó los ojos sonrió al encontrarse con Yao.
Estaba parado a su lado, con una par de libros en la mano y algo molesto. Para variar. Iván corrió sus libros y le hizo un espacio a su lado. Yao retiró la silla un poco y se sentó. La primera vez que él le había visto había pensado que era una chica. Sonaba idiota, sí, pero había estado de eso seguro por unos dos o tres minutos hasta que notó que esa chica tenía el pecho demasiado plano. Luego notó que no tenía cintura. Le avergonzaba un poco aceptar que le había parecido una chica bastante guapa. Pero estaba bien. Le sonrió un poco y Yao hizo una mueca que podría pasar por una sonrisa o algo similar.
No sabía mucho de él. Ni Yao de él. Así estaba bien en su opinión. No quería que nadie se enterase de su pasado. Y por eso mismo respetaba la decisión de Yao no decirle nada sobre eso. Sabía, por supuesto, que era chino. Eso saltaba a la vista. También que había escapado de China justo cuando había comenzado la revolución. Era de las pocas cosas que le había dicho antes de que él le explicara que sus padres eran de hecho diplomáticos de la URSS. Algo que no le había caído muy bien a Yao, que sencillamente había cerrado sus cosas y se había ido sin dirigirle la palabra. Se preguntaba por qué motivo Yao había tenido que salir de China. En el fondo no sabía si deseaba saberlo.
―¿Y bien? ¿Algo especial que pueda ayudar? ―preguntó girándose un poco. Yao le señalo fríamente con el dedo una hojita que había dejado frente a él.
Era un trabajo de Historia. Concretamente, el reinado de Catalina la Grande. Hubo silencio. Que… adecuado. Iván le lanzó una mirada desconfiada a Yao, temiendo que él fuese el que terminara haciendo el trabajo. Yao sólo bajó la mirada, mientras él empezaba a leer lo que deseaba la maestra.
Sus ojos se perdieron en la ventana, tratando de alejarse de la situación. Iván… le parecía raro. No le parecía una mala persona, pero le generaba una sensación de aprensión inexplicable en el pecho, como si tuviera un hielo en el corazón. No sabía si a alguien más le pasaba eso pero lo dudaba mucho. Posiblemente fuesen cosas de él, y sabía que estaba mal pero no le gustaba pensar que era culpa de Iván. Mal que bien, siempre había tratado de que él se sintiera a gusto y en familia. Incluso se había dicho que podía llamarle por el nombre y esas cosas, pero él seguía sin poder sentirse a gusto.
Aunque quizás no era cosa de Iván. Hace mucho no se sentía a gusto con nada. De hecho, desde que había llegado a Ginebra no se sentía a gusto en ningún sitio. Su casa era muy pequeña, la ciudad muy fría, su colegio muy aburrido. Él mismo se sentía poco a gusto con su propio cuerpo, como si no fuese él el que estuviera adentro, sino, otra persona que lo manejaba. Todas las sensaciones las sentía lejanas y extrañas. Cuando alguien lo tocaba le parecía que lo hacía por encima de miles de capas de cuero, los sonidos se escuchaban al otro lado del planeta. Sentía como si en el momento que había abordado el avión junto con sus padres y un pasaporte falso algo se le había quedado escondido entre las tablas del piso de su cuarto. Algo que ahora mismo le era demasiado vital.
No había día que no pensará en China. Todo en Suiza era tan diferente. Su casa era mil veces más pequeña. La forma en que la gente se comportaba. ¿Sabrían ellos que él era primo en segundo grado del Emperador? Posiblemente ninguno de ellos tendría una sangre de cuatro mil años corriéndole por las venas, ni ninguno de ellos habría corrido por entre las calles sin gente de la Ciudad Prohibida, ni había probado el sabor de las peonías hervidas en agua. Ninguno de los que estaban allá jamás entendería el horror de que les quitaran la infancia, los recuerdos y el ser mismo por un modelo político. Nadie podría jamás entender ese horror.
Por un momento pensó que Iván había llegado así a Ginebra: con una amenaza de enviarle al gulag y de exterminarle a toda su familia. Por supuesto no había sido así. Iván y su familia habían salido para mostrar una cara de la URSS. Él era en su esencia todo lo que él debería odiar, esos hombres con armas que se atrevieron a tocarle una mano a su noble madre. Esos hombres que les habían amenazado con enviar a sus padres a un centro y a ellos a un orfanato porque ya no era aristocráticas, sino, hijos de la revolución. Y él sólo era hijo de su noble madre, no de una causa política perdida.
Y habían escapado con un pasaporte falso, nombres falsos y (por fortuna) varias artesanías de contrabando. Nadie nunca podría volver a repetir los gritos desgarradores que lanzaba el pequeño Yao cuando bajo sus pies su hermosa tierra se iba yendo, alejándose de él como si fuera un ave que volaba hacía un sitio más cálido. Cuando habían aterrizado en Ginebra prácticamente tomaron un taxi directo al Ministerio de Relaciones Exteriores para pedir asilo político. No fue muy difícil sacarlo.
De cualquier manera, su familia era noble, había vivido toda la vida en la ciudad Prohibida, aquél bastión alejado del tiempo, donde los minutos de convierten en miel y los meses en azúcar. Yao nunca había puesto un pie afuera y se había educado desde la más estricta formalidad que le exigía su noble sangre. De hecho no fue sino hasta que había llegado a Ginebra que había tenido la sensación de que era libre. Pero no le gustaba. Era libre, pero los demás eran cómo él. Dentro de su pequeña jaulita en Pekín, él era todo. Acá no era nada.
Volvió a mirar a Iván. A su madre no le caían muy bien los rusos. Ni los japoneses. Ni los coreanos. Sabía que su madre había nacido en Manchurria y que de hecho su padre tenía sangre coreana por algún lado. Incluso él mismo consideraba un poco irracional odiar tanto a alguien sólo por tierra. Pero muy en el fondo. Como una semilla metida profunda entre la tierra, pero palpitante como un pequeñísimo corazón, pero demasiado diminuto e incapaz de bombear y desplazar esa otra sangre.
Esa otra sangre que no era la suya propia, sino una que le habían heredado. No era la sangre de Yao Wang la que corría por sus venas era la sangre de una dinastía que ya no existía, de piedras que ya estaban cerradas a los ojos mortales, de plantas medicinales, de ríos caudalosos y bravos, de arena que vuela en el viento y pule la piel como si fuera vidrio, de recuerdos pasados y construcciones milenarias, de hombres grandes y pesados trajes de seda.
Era una sangre ajena, lejana a sí mismo, pero a la vez pegada entre sus huesos y sus músculos como si fuera algún tipo de veneno. Iván suspiró a su lado. Y dejo los papeles sobre la mesa. Era un trabajo normal. Es decir, una investigación y ya. Pero había descubierto que Yao era algo perezoso para escribir (y que además, a veces cometía errores gramaticales gigantescos) y lo más probable es que deseara que él le hiciera el trabajo. No se demoraría mucho, claro, mal que bien había aprendido eso de pequeño en la escuela pero sencillamente no consideraba que estuviera bien hacerle el trabajo a Yao.
―Podría explicarte si deseas… aunque me parece algo injusto con tus compañeros ―le explicó, tratando de parecer encantador aunque de hecho, parecía más bien un psicópata. Yao le miró sin emoción y luego levantó las cejas en un arco perfecto.
―¿Mis compañeros? Yo soy el único que tiene a Catalina la Grande. Era de libre elección. Matthew escogió a Isabel I, Ludwig a Carlos V… no había ningún lado el Emperado Huizong de Song, así que… escogí a Catalina La Grande ¿Qué tiene eso de injusto? ―preguntó francamente sorprendido, apoyando la mejilla en la mano derecha.
Iván bajó un poco la vista mirando de nuevo el papel. Anotó rápidamente dos cosas en el borde. "Polaca" "Destronó a Pedro II". Hizo una pequeña pausa y dio dos golpecitos en el borde del papel, pensativo. Emperatriz y Autócrata de todas las Rusias. Siempre le había llamado la atención ese plural. Siempre se había considerado que un país era sólo uno. Pero Catalina había sido Emperatriz de todas las Rusias, de múltiples pueblos, de miles de caras, de miles de Rusias. En un país tan inmenso y tan amplio como Rusia… ¿cómo no hablar de miles de ellas? Como él. Como Yao. Miles de Rusias, miles de Chinas, miles de Ivanes, miles de Yaos. Escribió el título oficial de Catalina primero en cirílico y más abajo en inglés.
―Ya se hace tarde… ¿Te parece si mañana en la noche nos encontramos acá y te explicó todo? ―preguntó levantándose de su asiento.
Yao miró el papel y asintió levemente. Iván dejó las manos apoyadas en la mesa en momento y luego algo dudoso, palmeó el hombro de Yao en un gesto que pretendía ser cariñoso. La reacción fue inmediata. Los nudillos de Yao se cerraron con fuerza y prácticamente en un segundo. Su cuerpo se movió como si súbitamente le hubiera pasado corriente, y todos los músculos dieron un salto tenso. Iván levantó la mano de golpe, como si hubiese tocado metal caliente. Siempre pasaba eso cuando lo tocaba. Otro motivo para creer que lo odiaba. Suspiró y masculló un "buenas noches" y se fue a su cuarto.
Yao se quedó un rato más. Y cuando notó que Iván ya estaba suficientemente lejos soltó los músculos, que se relajaron como si acabara de morir. Con cautela metió la mano desde de su camisa y tocó el sitio donde Iván había apoyado la mano. Lo sentía caliente. Sabía que las manos de Iván no era demasiado calientes, es más, prácticamente rayaban en lo frío. Pero era raro. Cada vez que Iván le tocaba, sentía el tacto más humano. Como cuando todo era perfecto. Sentía verdaderamente la presión, el calor. El tacto de la piel. Se sentía sorprendentemente vivo. Y era una sensación tan extraña, tan bizarra que no sabía cómo reaccionar. ¿Cómo podría explicar una experiencia tan extraña y tan lejana? Sentía que se quemaba esa parte, que sus huesos se volvían polvo. Cuando Iván tocaba sentía su sangre correr como un caballo desbocado.
Y le daba pánico. Porque no era algo que debía pasar. Porque no era normal.
-.-.-.-
Libros. Libros por todas partes. Libros cafés, rojos, negros. Con hojas amarillentas y algo endurecidas por el paso del tiempo. Encuadernados con maestría, y con sus nombres grabados en dorado. De piso a techo, en libreros de madera oscura y pesada, que cubrían todas las paredes.
El despacho era amplio. Tenía una ventana más bien pequeña, eso sí, que daba a la entrada del colegio. Los árboles sin hojas, apenas esqueletos de madera y con ramas extendidas como dedos acusadores al cielo marcaban la vista, rodeando el caminito de tierra que conducía desde la reja hasta la entrada. Unos quinientos metros, con varias curvas. Estaba entapetado con una mullida alfombra verde, algo gastada y posiblemente llena de polvo ya que en el lugar flotaba un olor de tiempos antiguos y recuerdos que le anestesiaba el cerebro. Era como un pequeñísimo útero, un lugar cómodo, oscuro y cálido.
La profesora le había dado la llave hacía ya casi un mes. Mal que bien era el mejor promedio de Historia de su curso y en el despacho había libros que no había en la biblioteca. Suspiró y se echó un poco para atrás. Estaba sentado en el piso, buscando un libro sobre Isabel I. Hacía una semana la profesora había entrado y casi le lleva donde Genoulaz porque pensaba que le había robado la llave o algo así. La mujer no parecía haber recordado que le había dado una copia y tenía su autorización. Pasó la punta del dedo índice por varios lomos, buscando uno que tratara de la Reina Isabel I. El reporte era sencillo, pero le gustaba Historia y quería hacer un gran trabajo. Como todos los suyos.
Matthew sabía que no destacaba mucho. No era buen deportista, ni muy carismático, ni nada. Su madre siempre le había dicho que era muy guapo, pero desde que había empezado a vivir con Alfred todo había cambiado. Recordaba que cuando era pequeño tenía muchos amigos en la escuela. Pero por algún motivo desde que andaba con Alfred prácticamente habían desaparecido. Él lo achacaba al hecho de que Alfred era demasiado. En todos los sentidos posibles. Alfred era demasiado todo. Y además de demasiado necesitado de atención. Había llegado a pensar que no se alimentaba de comida, como un ser humano normal, sino de la vista de los demás. A Matthew no le preocupa eso, para ser honestos. Realmente nunca le había preocupado sobresalir o algo así. Su deseo era vivir una vida tranquila, alejada de preocupaciones y sin ser el foco de atención. De hecho, la atención era algo que siempre había tratado de evitar. Le ponía nervioso sentirse observado por todas y todos. Sacó un libro más bien gordo que se titulaba "Reinas y Princesas del Renacimiento a la Ilustración: El lecho, el poder y la muerte". Parpadeó curioso. Seguro sacaría bastante información de allí. Puso el libro en la maleta y se levantó. Busco una hojita en el escritorio y escribió el nombre del libro que había tomado y su nombre. La dejo sobre unos exámenes de unos chicos de cursos inferiores y metió el libro en la maleta. Sabía que ella no notaría la falta del libro, pero si consideraba importante que supiera que había estado allí.
Aunque su presencia no hubiese cambiado el despacho en lo más mínimo. Suspiró y cuando dio la vuelta escuchó la puerta abrirse. Sintió un terror irracional. Mal que bien él no era más que un extraño allí, un virus que entraba al útero. Sintió como el corazón se recogía como un puño, cerrándose sobre sí mismo como un caracolito. Y bajo la vista en cuanto Arthur abrió la puerta. Se imaginaba que iba a ser Miss Kirkland, pero justo cuando Arthur entró recordó que ella era su madre. Al final sí se parecían. Ambos tenían el cabello rubio y las cejas muy gruesas. Aunque Arthur se notaba que era más alerta que Miss Kirkland que siempre andaba olvidando donde había dejado los reportes. Eso lo había sacado del padre, seguro.
Las gruesas cejas de Arthur primero de fruncieron un poco y luego se elevaron en un sorprendido arco. Él se pegó contra el borde del escritorio, dando un paso dudoso hacia atrás. Apretó un poco las manos frente a él. Quizás debería decir algo. Explicar su presencia. Lo que fuera. Conocía a Arthur. Bueno. No lo conocía, realmente. Era el tutor de Alfred. Y Alfred no le quería ni cinco. De hecho la imagen que tenía de él era que era un cerdo orgulloso, petulante y que además se creía gran cosa por su "maldito" acento. Si Arthur ponía problema con el acento de Alfred no se imaginaba que diría del de él, que parecía inglés leído como francés. Y eso que los constantes reniegos de Alfred se lo habían "americanizado" bastante. Pero, ¿Qué podría hacer si en su casa su madre siempre le habló en francés y muy pocas veces en inglés?
―Ehmm… ―empezó, dudoso.
―Lo siento… ¿Cómo es que te llamas? ―preguntó Arthur, cerrando la puerta tras de él.
Matthiew se relajó. Era la pregunta que más escuchaba al día. Estaba pensando seriamente en ponerse un cartel en el pecho que dijera bien grande "Matthew Williams". Cómo si alguien lo fuera a leer… Aunque no le molestaba. De casi todo el mundo le generaba una ligera urticaria que no recordara su nombre pero por algún motivo no le molestaba tanto de Arthur. Quizás porque a pesar de que no le conocía le parecía que debería ser una buena persona. Alguien que estaba arriba del bien y del mal. Aunque si Alfred escuchara eso se sintiese decepcionado.
―Etoo… Matthew Williams… tu ma- Miss Kirkland me dio la llave del despacho… Vine por un libro. Puedes verlo si quieres ―explicó atropelladamente, empezando a abrir la maleta.
Escuchó la risa seca de Arthur frente a él, acercándose y parándose a su lado mirando que iba a sacar. Empezó a rebuscar el libro.
―¿Eres el primo de Alfred, verdad? ―preguntó con curiosidad. Él asintió, un poco dudoso―. ¡Vaya! No se parecen en nada…
Matthew sólo asintió un poco. No iba a contarle que no se parecían en nada porque nunca se vieron sino hasta que tenían ocho años y que el conocerse sólo les acrecentó las diferencias, que él no era americano, sino, canadiense. Que el hecho de que fuera familiar de Alfred no le hacía necesariamente una pequeña parte despegada de él. Finalmente, debajo de su cuaderno, encontró el libro. Se lo pasó a Arthur, sin despegar la vista del suelo. El otro lo cogió y leyó el título tranquilo.
―¿Isabel I? ¿Es para un trabajo de mamá? ―dijo, dejando el libro sobre el escritorio y empezando a caminar hacía un gran librero.
―Sí…
―Ese no es tan bueno… Ven, te daré otros con más contenidos ―ofreció, acercando una silla al la biblioteca. Matthew se acercó, curioso.
Arthur se paró sobre la silla dejando su morral de cuero en el piso. Se veía sumamente pesado, como si cargara piedras y no libros. El canadiense se sintió sobrecogido. Una persona tan inteligente como Arthur debería de tener muchísimos libros y leer más de lo que él podría esperar. Por primera vez levantó la vista del suelo, para ver a un Arthur concentrado en los títulos. Las letras pasaban por debajo de sus ojos como si fuera agua, chispeante y moviéndose como serpientes. Era grandioso. No sabía porque exactamente. Pero le daban ganar de mirarlo hasta que el cielo se les cayera a partes encima. Alfred le había dicho que no se le acercará, que era una mala influencia y un cabrón, para más cuentas. Pero él no lo consideraba así. Arthur saco un libro bastante más grueso y se lo puso al frente. "El Periodo Isabelino". Matthew lo atrapó y lo dejó en el escritorio. Y terminó con tres libros cada uno del tamaño de un ladrillo. No sólo de Isabel I, sino, también del reinado de María Tudor y la separación de la Iglesia Católica. Sí, Arthur se había sentido tocado por el tema y al parecer se había sentido en la obligación de darle bastante bibliografía cosa que él agradecía.
Se bajó de un salto grácil de la silla y dejo una nota en el escritorio "Mamá, tome unos libros. Arthur". Matthew suspiró mientras acomodaba todo en la maleta, tratando de hacer espacio y que los libros no se maltrataran. Ciertamente la carta de un hijo iba a tener mucho más valor que la del tal Matthew Williams que era como un fantasma caminando por los pasillos de la escuela. Arthur empezó a caminar frente a las bibliotecas, buscando algo.
―¿Sabes que quien lo va hacer tu primo? ―preguntó sin emoción ni interés en la voz.
―Francisco I de Francia… ―contesto Matthiew. De hecho él había querido a Francisco I pero Alfred había sido más rápido. Posiblemente porque era el único que estaba anotado en el tablero.
Arthur puso otro libro al lado de la maleta de Matthew. Parecía súbitamente molesto. Era un libro de Francisco I, aunque bastante más delgado que los que él tenía en su maleta. No sabía cómo lograban aguantarse Arthur y Alfred. Es decir, saltaba a la vista que ambos se odiaban fríamente, y peor, eran totalmente consientes del odio que se tenían. Pero aún así asistían con religiosidad a cada tutoría los lunes, y Alfred era capaz de invertir una tarde de domingo en las tutorías de Filosofía a las que estaba obligado asistir luego de que la escuela se dio cuenta lo pésimo que su promedio en esa materia. Tutorías que le daba Arthur claro… No sería divertido si no fuese de esa manera.
―Muchas gracias…. ―susurró, súbitamente tímido ante el recuerdo de su primo―. Supongo que al final le terminaré haciendo yo el trabajo de cualquier manera ―comentó tratando de fingirse relajado. El libro se deslizó sin ningún problema por entre sus cuadernos. Un chasquido bastante molesto de Arthur le hizo dar un salto. Cuando se dio la vuelta tenía el ceño profundamente fruncido y le miraba con una expresión de furia que le hizo dar un pasito hacía atrás. Tenía los brazos en jarra y levantó el derecho, apuntándolo acusador.
―No, no lo harás. ―ordenó, levantando la voz―. Perderás tu preciado tiempo que podrías invertir haciendo un gran trabajo de Historia.―chasqueó la lengua y relajó un poco la expresión―. Alfred es un parásito al que no ayudas si le haces los trabajos, ¿entiendes, Marcus?―
Matthew asintió aunque se contuvo de corregirle que de hecho no se llamaba Marcus. Lo más probable es que lo pusiera en una situación bastante incómoda y no es como si quisiera hacerlo. Tampoco era tan grave de cualquier manera. Arthur relajó los hombros y le palmeó la cabeza. Sus manos se sentían sorprendentemente cálidas para lo que esperaba, aunque lejanas. Como si se moviesen en diferentes realidades que únicamente se juntaban en el pequeño espacio que era el despacho de Historia. Y Matthew sabía y temía que en el momento en que pusiera un pie afuera, volvería a ser sólo el primo de Alfred. No Matthew, ni Marcus ni como se le ocurriera llamarle. Prefería mil veces que le llamara con todos los nombres que se le ocurrieran pero que al menos le diera un nombre, que lo nombrara y lo hiciera existir.
Hubo un momento de tenso silencio y Arthur se despidió con un gesto. El seguro de la puerta craqueó cuando se abrió. Hubo un momento de tenso silencio. Matthew se mordió los labios un poco y apretó las uñas contra la carne suave de las palmas.
―¿Arthur? ―él otro paró y se giró hacía él―. ¿No te molesta mi acento? ―preguntó, enrojeciéndose violentamente.
Arthur levantó las cejas, sorprendido. Abrió los labios un poco, dispuesto a lanzar la primera respuesta que se le venía a la boca. Paró un poco, y un gruñido disconforme como si no encontrase del todo las palabras que debería decir. Frunció los labios un poco y suspiró.
―No, no realmente. Me molesta Alfred, en general. No tiene que ver con su acento de campesino ―respondió con frialdad. Hizo una pausa y le sonrió, en lo que Matthew interpretó como una sonrisa amistosa― Me gusta tu acento…
Y salió, dejando a Matthew sólo en ese pequeño útero cómodo y caliente que era el despacho de Historia. EL muchacho suspiró, sorprendentemente feliz, y se apoyó en el borde del escritorio. Arthur no le parecía una mala persona. Sabía todo lo que decía Alfred de él, y él también lo veía. Sí. Se notaba que era psicorígido, maniaco por el orden, elitista, orgulloso y sarcástico hasta por cada poro. Pero no le molestaba. De hecho casi podía decir que le gustaba. Un sonrojo delicado empezó a posesionarse de sus mejillas. Alfred era su primo. Y lo odiaba. Pero él daría toda su vida por ver a Arthur tantos días como lo veía Alfred. Jugueteó con un mechón rubio pensativo.
Sí, le gustaba. Y haría que se aprendiera su nombre.
-.-.-.-
―¡Rasúrese, Bonnefoy! ―advertía Genoulaz levantando su acusador dedo y apuntándole al pecho como si fuera una saeta, mientras movía sus delgaduchas piernas entre los estudiantes comprobando que todos presentaran un aspecto digno. Él la ignoró campantemente, perdiéndose entre la marea de estudiantes con una sonrisa triunfadora.
Ya llevaba una semana sin rasurarse y Genoulaz cada vez se ponía más molesta con ese tema. ¿Qué acaso no podía ver que él se veía muchísimo mejor cuando había una sombra de barba descuidada sobre su rostro? Se desajustó el nudo de la corbata con algo de pereza y abrió la puerta del salón de Artes. Era un salón más bien pequeño, con muchos atriles arrumados en las paredes y lienzos a medio pintar que formaban gigantescas columnas. Gilbert ya había llegado y estaba dibujando un pollo. La profesora no sabía cómo decirle que su dibujo estaría muy bien si él tuviera siete años. Abrió uno de los gigantescos armarios de materiales y una nube de pesado polvo acumulado por meses de desinterés y dejadez.
Apoyado en el fondo estaba un block de papel pergamino de casi setenta centímetros por cincuenta. Lo suficientemente grande como para tenerlo ocupado el suficiente tiempo que durara la clase. ¿Qué sería hoy? Flores, por supuesto. No es como si él fuera a ponerse a pensar en un dibujo, aunque cuando dibujo a Arthur vestido de cabaretera no sólo había sacado una excelente nota sino, además se había complacido de ver su aterrorizada cara cuando Gilbert hizo el favor de dejarle el maravilloso dibujo en su cama. Por supuesto, la patada en la pantorrilla y el consiguiente moretón fueron un precio justo por la gloriosa expresión.
Sacó de entre su maleta uno de sus carboncillos y empezó a dibujar el diseño, muy por encima, apenas creando trazos invisibles que sólo formaban significado cuando se volvían un todo. Hasta ahora sólo eran una línea un poco curva por allá, un recuerdo difuso más allá. Remiendos, recuerdos, resuellos.
Francis sabía muy bien que se esperaba de él en sociedad. Desde antes de decir su nombre ya sabía con cual cubierto se comía el pescado, con cual la carne y que vaso correspondía a qué tipo de vino. Sabía, y eso era lo peor, que todo era una puesta en escena gigantesca donde él era el único que sabía que de hecho estaban actuando. Como si él fuese el máximo receptor de algún tipo de mensaje superior a su naturaleza. Eso, por supuesto le atormentaba. No por el hecho de vivir en ese mundo de apariencias falsas, sino, por tener conciencia de ello.
La primera vez que lo tuvo fue a los quince y vino de la mano de Arthur que en un ataque de ira le preguntó que se sentía ser una moneda de cambio de sus padres. No le había ofendido si había que ser honestos. Por supuesto, había fingido dolor y se había revolcado en las rodillas de Arthur quejándose de lo cruel que era, y lo desgraciado que se sentía. Al fin Arthur había terminado echándolo de su propio cuarto, pero Francis se había divertido de ver su cara desesperada mientras le lloraba en las rodillas. Fue luego, casi dos meses después que empezó a pensar sobre eso. ¿Hasta qué punto el que verdaderamente importaba era Francis, y no su apellido?
Siempre había tenido que muy en claro que él era un niño mimado. Un niño mimado y segundón, además, lo que lo hacía mejor. Mientras su hermano se preocupaba porque en algún momento de su existencia tendría que tomar las riendas de la empresa familiar, él se dedicaba a pasar su bachillerato de la forma más tranquila posible, sin verdaderamente importarle un futuro. No. Él no tenía ningún problema en decir que esperaba ser el mantenido de su hermano. Eso por supuesto causaba risas entre las chiquillas de las fiestas. Y él se reía más cuando se daba cuenta de que realmente era eso lo que quería.
Buscó entre sus pasteles rosa pálido y empezó a pasarlo por la parte de arriba, girando un poco y dejando que empezara a crear un color delicado y sublime. Le habían aceptado en Le Tulipey más que por sus talentos, por el hecho de que su hermano y prácticamente toda su familia había estudiado allí. Y sabía que tenía su graduación asegurada sólo por eso. Aún así, se esforzaba lo suficiente como para hacer creer a los demás que se ganaba las notas justamente. Nunca le había realmente importado el éxito. Le gustaba llamar la atención, sí, y tener un público a su alrededor dispuesto a escuchar y de una manera que rayaba prácticamente en la melomanía, pero no quería verdadera atención. Él sólo quería eso, un público.
¿Y qué mejor forma que tener cientos de historias para contar? Si algo le había otorgado Dios era un impresionante don para relatar historias y mantener a un público atento. Cualquier otra persona lo vería como un gran don para la política, pero para él sólo era una pequeña ventajita. Se ayudaba además, con saber mucho. O eso decía él. Si decías que habías ido a la Luna, Francis Bonnefoy te diría que él tenía un amigo que también había ido y te contaba por tres la experiencia de dicho amigo. Y él que quedaba como el mentiroso eras tú, por supuesto. Aunque por supuesto, no eran precisamente viajes de lo que le gustaba hablar. Y afortunadamente tenía suficiente experiencia para mantener al sexo como el tema número de uno de su conversación.
Si algo saltaba a la mente cuando se mencionaba la palabra Bonnefoy eran sus múltiples parejas sexuales. Múltiples. Muchas. Numerosas. Cuantiosas. Joder, que él ni siquiera se acordaba de cuantas eran. A veces olvidaba una persona y cuando la veía, súbitamente recordaba gemidos, sábanas húmedas y miradas incómodas a la mañana siguiente. Así que no podría dar una cifra. Porque además era de todo. No gustaba de ponerse una etiqueta. Para él, no podía ser homosexual porque podría encamarse en la cama de una chica bonita sin problemas. Pero tampoco era propiamente heterosexual y varios de sus compañeros podrían dar viva fe de ellos. Había decidido por su propia salud mental que lo mejor era no colocarse etiquetas y sencillamente llegar a la conclusión que sencillamente las personas bellas le gustaban. El género no era por supuesto una barrera para eso.
Cambió de pastel, y sus dedos, ya un poco manchados, cogieron uno rojo. Ya los pétalos de la flor habían empezado a tomar forma, sí, aunque muy plana. Le tenía que agregar algo de color en las puntas y en el centro, para darle un poco más de volumen. Además, no quería que su flor quedara plana, sino, que tuviera voluptuosidad. Como las flores de verdad. Se limpió los dedos en el pantalón que quedó manchado con una estela de polvillo rosado. Volvió a coger el pastel y empezó a pasarlo con suavidad.
Arthur fue el primero, ahora que lo pensaba. Y ahora que lo pensaba por algún motivo terminaba volviendo a él como si fuese un círculo vicioso del que no podía salir. Tenía recuerdos vagos aún así, y no lo habrían hecho más de tres veces antes de que Arthur llegara a la conclusión de que no se lo aguantaba cuando terminaban. Francis siempre supuso que sencillamente no le había cabido en la mente el hecho de tener una relación sólo por sexo. Arthur era demasiado romántico, demasiado soñador debajo de esa cubierta de mal cocinero y chico maduro. Le resultaba obvio a él, pero dudaba que alguien más se lo creyera.
Había sido bizarro, la primera vez. Arthur siempre le dijo que se había aprovechado de que esta borracho pero él tenía la sensación de que ambos estaban apenas lo suficientemente mal como para poder echarle la culpa al vino, pero lo suficientemente bien como para saber que hacían. En su caso era la primera vez que se acostaba con un chico, y suponía que la de Arthur también. Así que habían sido besos suaves y tímidos, con caricias extrañas reconociendo un cuerpo que no resultaba del todo extraño. Arthur había resultado ser sorprendentemente preocupado por el otro. Se deshacía en caricias, en besos, aunque varías veces sí le insultó. Vamos, era Arthur de cualquier manera. No podía olvidar que le caía mal Francis aunque lo tuviera debajo sin ropa. Por supuesto, luego se había empezado a vestir y se había largado sin una palabra. Arthur no era precisamente un amante de miradas dulces y momentos delicados. Pero había estado bien para ser la primera vez.
Dejó el pastel de nuevo en la caja y sopló un poco el dibujo. Polvillo de color se levantó y flotó a su alrededor para luego perderse. Ya empezaba a tomar forma. Gilbert, más allá, parecía haber ganado la batalla con la maestra y ahora pintaba un gatito. Espantoso, por supuesto. Francis estaba seguro que si veía un gato como el que estaba pintando Gilbert lo más probable es que lo matará de una patada. Por pura humanidad, claro. Suspiró y sacó otro pastel esta vez color naranja. Empezó a pasarlo con suavidad aunque realmente apenas si estaba dibujando. Su mirada estaba más interesada en mirar lo que pasaba afuera. Ya algunas hojillas de un delicado verde habían empezado a asomar y la nieve cada vez más se recogía hacía la punta de la montaña.
Con Vash si habían estado como putas cubas. Eso sí lo aceptaba. De hecho, no tenía recuerdos como tal. Recordaba que Vash había llegado especialmente cabreado (vaya a saber uno porque…) y que había asaltado las provisiones de vodka de Iván sin importarle que cuando llegará le iba a partir el culo de una patada. Francis le había advertido que se iba a morir. Al primer sorbo su cuerpo se agitó en un espasmo brutal y las mejillas se le inflaron como un globo. Se puso sorprendentemente rojo y casi vomita. De hecho, tuvo que ir corriendo al baño y quedarse unos diez minutos agarrado del lavabo tratando de pasar el chorro. Francis había estado seguro que iba a sangrar por la nariz o a desmayarse. No paso nada, para su profunda tristeza. Pensó que Vash iba a parar ahí, pero se había equivocado. Los siguientes sorbos fueron más cortos y cautelosos y aún las mejillas se le ponían rojas e inflaba un poco la nariz, pero al menos no parecía que se iba a morir.
Cuando Iván había vuelto, por el ligero temblor de la ceja, Francis estuvo seguro que iba a cortar a Vash en dos partes. El gigantesco joven se le había acercado y había zarandeado el suizo, al que le corrían por lo menos botella y media de vodka por las venas, y se había quedado dormido (o desmayado…) en su cama. El muchacho había abierto los ojos con algo de pereza y cuando ya Francis había sobrentendido que estaba bien, súbitamente empujó a Iván. El gesto les sorprendió a ambos. Vash se levantó como mejor pudo y prácticamente tumbando la puerta de una patada, entró al baño. La espantosa arcada y el sonido de humedad le explicó todo a ambos. Por supuesto, tanto alcohol debía salir por algún lado y no iba a ser realmente a punta de sudor. Francis se levantó de un salto cuando Iván le lanzó una mirada amenazante. Vash volvió a vomitar en el baño.
―Voy a asegurarme que no se ahogue… ―explicó, parándose de un salto y corriendo al baño.
Cerró la puerta tras de sí, y puso el seguro. No podía explicar por qué lo había hecho. Quizás fue puro miedo de que Iván entrara y les matara. No sonaba demasiado alejado de la realidad, especialmente si se tenía en cuenta que era Iván. Vash tenía la cabeza metida de lleno en el inodoro. Pensó que se había dormido hasta que volvió a agitarse y un chorro de vomito cayó. Él otro lanzó un gemido de desesperación que le encogió el corazón a Francis. Se acercó a él y le colocó la mano en la frente sosteniéndole la cabeza. Vash murmuró algo antes de volver a vomitar. Tenía la cara cubierta de una película de sudor frío.
Al final, después de vomitar por lo menos quince minutos, Vash se sentó de culos. Estaba pálido, sudoroso y tembloroso. Parecía que hubiese vuelto desde el otro lado. Francis empujó la palanquita del inodoro y el agua fluyó. Aún así, abrió un poco el tragaluz para que entrara aire fresco. Cogió una toalla y la empapó de agua helada. Al otro lado de la puerta escuchaba a Iván caminar como un gigantesco mastodonte, esperándoles. Tembló un poco. Se arrodillo frente a Vash que ahora murmuraba algo, pero lo hacía demasiado rápido. Su lengua seseaba en italiano, pero lograba sentir palabras francesas y por la construcción gramatical parecía más bien alemán. Además, estaba seguro que lo que no entendía eran espacios que rellenaba con romanche. Movía la cabeza pesadamente, como entre dormido. Francis suspiró y le agarró del mentón dejándolo quieto.
Empezó a pasarle la toalla por la cara, tratando de limpiarlo como mejor podía. Vash pareció espabilarse un poco por el frío. O al menos eso pensó cuando abrió los ojos con sueño, y pareció enfocarle por un momento. Trató de sonreír amistosamente. Y su sonrisa se congeló cuando los dedos trémulos de Vash se enroscaron en su cabelló y de un gesto violento le acercó. Y ahí sí le entendió. "Ich liebe dich, Roderich…" le musitó con aliento a vodka frente a la boca y pegando las letras. Podría ser que él no supiera hablar alemán, pero sí sabía decir te amo en quince idiomas. Era un amante poliglota, por supuesto. Así que era eso.
El calladísimo Vash estaba enamorado de Roderich. No le parecía tan raro. Ahora que lo sabía todo cobraba sentido. Lo que no entendía era en que se parecían Roderich y él para que Vash le estuviera besando de esa manera. Vaya, si él fuera Roderich mandaría al sociópata de Gilbert a la porra y se quedaba con Vash. Si ese chico besaba de esa misma manera cuando estaba sobrio debía ser genial. Al final se había parado con los pantalones a medio abrir y un molesto Vash que volvió a hablarle en alemán. No entendió esta vez, pero por el tono supuso que sería algo que sonrojaría hasta a Gilbert. Entreabrió la puerta y vio a Iván sentado en el borde de la cama, con el ceño ligeramente fruncido. En cuanto le vio los pantalones a medio abrir levantó una ceja sorprendido y ladeó la cabeza un poco.
―Me voy a demorar un poco, ¿sabes? ―le dijo, tratando de sonreír. El otro levantó las cejas.
―Trata de no hacer ruido… y no dejes a Vash en el baño ―contestó Iván finalmente luego de una larga pausa. Y él había cerrado la puerta exultante.
Sobra decir que Vash no se acordaba de nada más que de la espantosa resaca que tuvo al día siguiente, y tuvo que reponer el vodka de Iván para guardar su silencio. Porque estaba seguro que si Vash (o Roderich…) se enteraba de algo lo más probable es que le apuñalaría, le ahogada con una almohada o comprara una pistola, y le matara. Y luego se comiera su cadáver.
Gilbert lanzó una maldición por lo bajó cuando, al parecer, había puesto mal el color en una de las rayas del gato. Él se abstuvo de comentar que no era lo único que había hecho mal en ese dibujo. Volvió poner atención en su trabajo, esta vez empezando a dibujar el tallo que se agarraba con fuerza a la flor. Gilbert, Gilbert.
No sabía que le veía Roderich, o que le había visto él mismo. Porque no deberían creerlo a él, Francis Bonnefoy, idiota. Roderich podía gritar a todos los cuatro vientos que Gilbert era vulgar, maleducado y una mala influencia, pero él podía ver la manera en que lo miraba, la forma en que le hablaba auguraban algo muy diferente a ese supuesto desagrado. Mon Dieu, como si él mismo no hubiera hecho exactamente lo mismo miles de veces.
A Gilbert si le había seducido. Primero porque la primera vez que trató de tocarle el culo cuando estaba algo achispado Gilbert le dejo la nariz sangrando. Así que había llegado a la conclusión que Gilbert no gustaba de esos picarescos acercamientos de los que él estaba tan orgulloso. Por lo tanto había tenido que seducirlo como Dios mandaba. Incluso había elogiado una de sus espantosas pinturas. Gilbert sólo le miraba desconfiado cada vez que se le acercaba y por lo general le respondía con monosílabos.
Al final había ido al cuarto de él (justo cuando sabía que no estaban ni Roderich ni Arthur) con alguna excusa barata. Un cuaderno perdido o una porquería así. Gilbert le había abierto la puerta con un cigarrillo en los labios. La ceniza se balanceaba peligrosamente en la punta y el humillo azul ascendía sobre sus cabezas. Tenía los pantalones abiertos y podía ver la tela de la ropa interior negra. Gilbert levantó una ceja, curioso. Él explicó su pésima excusa al porque se encontraba allí. Gilbert se sacó el cigarrillo de los labios y dejó escapar una bocanada de humo. Antes, era más callado. Apenas si hablaba y siempre tenía esa mirada de rabia contenida, como si detrás de sus ojos se escondiera una manada de animales dispuesta a desgarrar lo que sea que se le pusiese al frente.
―¿Me quieres follar, verdad? ―le había preguntó.
Cualquier otra persona habría tenido el mínimo de dignidad de decir que no, enrojecerse, irse, algo. Él sólo levantó los hombros quitándole importancia. Si ya se había dado cuenta, ya que se le iba a hacer. Gilbert le había dado espacio para pasar a su cuarto. Cuando entró, notó que la cama de Gilbert estaba hecha una mierda. Posiblemente no se había levantado hoy. Que incómodo había sido ahora que lo recordaba. Era la primera vez que no se hallaba realmente. Afortunadamente Gilbert sí estaba seguro de que iba a hacer. Así que fue bastante placentero cuando con fuerza brutal el alemán lo empujó a la cama.
Fue sólo una vez, sí, pero fue sorprendente. Gilbert era un jodido animal. En todos los sentidos. El muchacho manejaba unos niveles de agresividad que rozaban en lo enfermizo. Pero sólo rozaban, entonces terminaba siendo más bien tremendamente sucio. Se preguntó si sería también así con Roderich. Había sido un polvo rápido, no más de una hora. Cuando terminaron (y Gilbert le desató las muñecas que le había atado en la espalda) sencillamente se había vestido y se había largado. Hubiera podido seguir, si quería, pero le daba la impresión de Gilbert era quizás demasiado inestable, demasiado desbocado como para que ambos la pasaran realmente bien. Para eso tenía al muy estable de Roderich.
Suspiró y miró a Antonio al frente suyo. Luego, por la ventana. Levantó las cejas sorprendido. Ya habían salido los del curso de abajo a hacer deporte. Llamó a Antonio con los dedos que de inmediato se paró y se acomodó contra la ventana. El gigantesco hermano de Gilbert llevaba cargado el gigantesco costal donde estaban los balones. Al parecer hoy practicarían futbol. Joder, siempre les iba mejor que a ellos. Pero claro, los otros no tenían al chulito de Gilbert para decirle a Van Vilsen que debería hacer él los abdominales a ver si bajaba esa tripa de embarazada. Ni a un Antonio que se había partido el culo de la risa.
Antonio aguzó un poco la mirada y le señaló con el mentón a los dos gemelos italianos. Nunca había reconocido cual era él que espiaba a Antonio y cuál era el que no se despegaba de las faldas de Ludwig. Antonio sí, pero es que Antonio tenía mejor memoria para los rostros. Más allá un chico de cabello rubio venía corriendo. El tonto de capirote del que Arthur no dejaba de quejarse. Van Vilsen empezó a pitar su silbato sin ningún orden. Todos los chicos se formaron y empezaron a hacer sentadillas. Antonio sonrió de manera paternal y le señaló al chico en cuestión. Francis no podía negar que era guapo, pero por algún motivo su constante expresión de cabreo le bajaba los ánimos. El muchacho levantó la vista un momento y Antonio le saludó con la mano. El chico enrojeció de un manera violenta y súbitamente se dio la vuelta. Francis reconoció a un chico nuevo. Eso o Yao se había cortado el pelo después de la hora de la merienda. Y recordó una reunión con Genoulaz. Algo de su pupilo y una cosa así. No es como si hubiera puesto mucha atención.
Levantó la cara cuando sitió el peso fuerte de unos brazos en su espalda. Gilbert miraba por la ventana. Al parecer había terminado su gato. Eso, o se había aburrido. Posiblemente lo segundo. Los tres miraban divertidos a sus compañeros. Suponían que ellos mismo se verían así, por lo tanto, no era tan malo burlarse las miserias de los demás. Van Vilsen volvió a dar tres pitidos y Ludwig sacó las pelotas del costal. Ejercicio en parejas. Básicamente uno tenía que patear la pelota y elevarla y el otro cogerla en el aire. Antonio se acarició la mandíbula cuando recordó ese ejercicio.
―Yo apuesto que Ludwig le va a dejar sangrando la nariz al italiano ―comentó Gilbert con una sonrisa cruel.
―Que cabrón… yo digo que Lovino le va a dar un balonazo en los cojones a Yao que lo deja sentado ―le contestó Antonio, tamborileando los dedos en el borde de la ventana.
Pero por supuesto lo que ninguno de ellos se esperaba es que uno de los balones les vino directamente hacía ellos. La pelota golpeó con fuerza el vidrio que no se rompió de suertes. Aún así, la ventana quedo vibrando y el estruendo y la sorpresa fueron suficientes para que Antonio casi se cayera de culos, Francis lanzará un chillido agudo y Gilbert se escondiera detrás de Francis (no lo iba a defender, por supuesto). Cuando levantaron la cabeza vieron como un muchacho de cabello corto y negro levantaba la cabeza mirándolos y recogiendo la pelota. Tenía las mejillas rojísimas.
―¡Honda Kiku! ―saltó Francis, recordando el nombre del muchacho, súbitamente emocionado. Kiku recogió la pelota y se fue. Estaba haciendo pareja con el americano, que era el que de hecho había lanzado la pelota.
―¿Le conoces? ―preguntó Gilbert curioso.
―Sí, sí. Es mi nuevo pupilo. Mañana hablare con él, supongo. Se ve guapo… ―iba a continuar cuando sintió las afiladitas uñas de Gilbert clavarse en su cuello como si fuesen cuchillos miniatura. Sintió súbitamente la respiración pesada en su oído, y una sensación de amenaza rondándole el cuello.
―No te le acerques, Bonnefoy ―seseó Gilbert pegado a su oído. Su aliento olía a tabaco y a miel. Francis le lanzó una mirada desconcertada a Antonio que sólo pudo levantar las cejas igual de confundido.
―¿Me estas retando, Beilschmidt? ―susurró Francis, tratando de mantenerse calmado y mirando como el chico esquivaba por poco una pelota que posiblemente hubiese dejado una marca inflamada. El americano tiraba a matar, Dios.
―No. Te lo estoy ordenando.
La presión en su cuello bajó y él por pura inercia se tocó el cuello. Sentía las marquillas de sus uñas grabadas en la piel. Gilbert le dio una palmadita en el hombro.
―Eres un chico inteligente, Francis. ¡No hagas algo tonto! ―sonrió con un tono afable que sonaba terriblemente a amenaza. Se fue de nuevo a su puesto y empezó a rebuscar entre su maleta algo.
Francis miró a Antonio confundido. ¿Desde cuándo Gilbert se ponía así? Ni siquiera cuando le daba una palmadita en el trasero a Roderich se ponía de esa manera. ¿En serio a Gilbert le gustaba ese chico? Pero si no había llegado hacía más que una semana. Gesticuló algo con los labios, en tono de duda. Antonio sólo negó con la cabeza.
―A mi no me mires, que yo sólo quiero ver a Lovino en paz… ―le contestó, lavándose las manos.
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N/a: Joder, sí yo sé. Debía de haber subido esto hace casi una semana pero dos factores me lo hicieron imposible. Primero sería por supuesto que tuve dos semanas de mierda. Parciales de Siglo de Oro, Japonés y Puig. De hecho ahora debería estar leyendo de Nueva Crítica, pero ya veís… Segundo, en este capítulo no pasa nada he parido las de piñas para sacarlo. Hubo momentos donde me quede treinta min frente al teclado pensando que escribir T-T. El tercer capítulo ya lo estoy diagramando pero no puedo asegurar que lo tendré en una semana. Trataré pero prefiero lavarme las manos diciendo que lo tendré de dos.
¡Muchas gracias a todos lo que enviaron review en el capítulo pasado y les prometo que el próximo si va a ser bueno! Oh, y… ¡Gracias a los que dejen review en este cap xD!
Babel Barbara
