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III. LAS ENREDADERAS QUE SUBEN POR SUS MUSLOS
"La necesidad de sociedad, nacida del vacío y la monotonía del propio interior, empuja a los hombres los unos hacia los otros"
(Arthur Schopenhauer)
Cuando el despertador sonó, a las ocho de la mañana, Kiku experimentó la sensación más extraña de vacío. Como si en medio de su sueño alguien le hubiera robado el estómago y sólo hubiese dejado el hueco allí. Incluso, entre sueños, se tocó el abdomen buscando alguna herida. No había nada, por supuesto. Giró la cabeza pesadamente, mirando por la ventana. El sol brillaba más que el día anterior, y la nieve ya había empezado a desaparecer. Es sábado, pensó. En Tokio ese día hubiese significado millones de cosas. Salir al teatro. Alquilar un rickshaw y recorrer el parque. Si era primavera podía salir con su familia y caminar por los jardines de su mansión viendo el rosa delicado de botones de cereza. Pero no.
Ahora realmente no sabía que diferenciaba los antes tan esperados fines de semana de un día normal de escuela. Los días pasaban como cualquier cosa, sin importarle verdaderamente nada. Sólo se manejaba por noches y amaneceres, lo demás era vacuo. Nunca pensó que de hecho pudiera importarle tan poco el paso del tiempo. Se estiró como un gato dentro de sus sábanas y miró el techo, aburrido. ¿Qué haría hoy? Lo mismo que los últimos días sólo que no tendría que entrar a clase. Salió de entre las sábanas y apagó el despertador. Se acarició los ojos y estiró los brazos hacia arriba, y su espalda traqueó un poco.
Se levantó sorprendido de no ver a Feliciano en la cama. Es decir, ese chico los fines de semana dormía como un animal y a Ludwig prácticamente le tocaba llevarle el desayuno a la cama porque antes de las diez sencillamente no se levantaba. El hecho de que se hubiese levantado antes que él era algo rarísimo y que rayaba en lo preocupante. Kiku frunció el ceño y lo primero que hizo fue comprobar que en el baño no había nadie. Ludwig dormía pesadamente en su cama, y el sonido de su respiración de animal gigantesco era prueba de eso. Los sábados parecía que se daba un poco de flexibilidad y se levantaba un poco más tarde. Kiku suspiró y se acercó a la cama de Ludwig. Podría que lo considerara un irrespeto, pero seguro que él se preocuparía si Feliciano no aparecía.
Tomó aire con fuerza, llenándose de valor y le tocó un hombro. La cabella rubia y desordenada se asomaba por entre el edredón blanco. Tocó un poco el hombro de Ludwig, haciendo algo de presión moviéndolo. El hombre lanzó un resoplido seco y se dio la vuelta entre sueños tapándose la cara con el antebrazo (o eso supuso él). Kiku volvió a hacerlo cuando se dio cuenta de algo que le horrorizó y lo sorprendió a partes iguales. Había otro bulto en la cama, más pequeño y notoriamente más recogido. Dejó la mano apoyada en el hombro de Ludwig que finalmente sacó la cabeza de entre los edredones, extendiendo los dedos como si estuviese emergiendo desde las profundidades mismas de la tierra.
Tenía el cabello rubio despelucado sobre la frente y los ojos entrecerrados y dormilones, todavía pasando libremente entre las fronteras del sueño y la vigilia. A su lado, Feliciano dormía pesadamente abrazado a su torso. Un sonrojo empezó a crecerle en las mejillas, como si fuese una olla a presión, aumentándole gradualmente. Feliciano estaba durmiendo con Ludwig. Feliciano estaba durmiendo con Ludwig. Feliciano estaba ¡Por Buda, qué horror! Los ojos se le abrieron horrorizados mientras Ludwig bostezaba tapándose, la boca. Balbuceó unas palabras que apenas si sonaron como el graznido seco de un cuervo. No le salían. La situación era tan horriblemente bizarra que sencillamente no tenía alguna idea de cómo reaccionar. ¿Debería sentirse ofendido? ¿Avergonzado por haberlos ofendido a ellos? Dio un pasito hacia atrás y volvió a tratar de decir algo. Ludwig abrió los ojos, más despierto, bajó la mirada inmediatamente y frunció el ceño.
―Lo siento ―se disculpó, sintiendo el por qué de la incomodidad de Kiku―. Siempre lo hace. Traté de quitarle la costumbre pero si lo empujo de la cama se pone a llorar y es peor. Al final ya me acostumbre ―explicó, acariciándose la nuca con la palma de la mano.
Feliciano roncó un poco entre las cobijas y se cubrió totalmente con ellas. Por un espacio pequeño entre el edredón pudo ver cómo le volvía a pasar los brazos por el torso, más hacia la cintura, hundiendo la nariz entre el pecho de Ludwig. ¿Eso hacían los amigos? No sabía por qué pero lo ponía incómodo a pesar de que de hecho no estaban haciendo nada. Y que Feliciano era demasiado inocente como para hacer algo. Lo que fuera que fuese ese algo, por él honestamente no quería ponerse a pensar demasiado en ese amplio abanico de situaciones, posibilidades, probabilidades e hipótesis.
Se sentía como un extraño. Como si fuese una persona lejana, alguien que súbitamente había entrado a una dimensión ajena que funcionaba con leyes físicas diferentes donde lo extraño no era lo demás sino, él mismo. Ludwig y Feliciano habían creado un mundo de relaciones, hilos y tejidos invisibles, frágiles como todas las relaciones e invisibles, inasibles para sus dedos. ¿Cómo esperar que no se sintiera fuera de lugar?
Ludwig se dejó caer como un costal, y los resortes de la cama sonaron, chirriando bajó su peso. Se cubrió la cara con las manos, agotado y se volvió a tapar con las cobijas. Se vía sorprendentemente relajado y tranquilo. Un Ludwig que no estaba acostumbrado a ver, tan alejado de lo que conocía.
―Creo que dormiré una hora más… ―suspiró, dándose de nuevo la vuelta―. Últimamente no he dormido bien ―explicó.
Kiku apenas asintió con la cabeza, y se entró a bañar, aún ligeramente en shock. Se baño con rapidez y se sorprendió a sí mismo cuando se descubrió parado de puntillas, mirando por el tragaluz ligeramente abierto al cuarto del hermano de Ludwig. Que ahora tenía nombre y cuerpo. Gilbert. Acarició el frío cristal con la punta de los dedos, como si fuera una pieza frágil y delicada. Un velo trasparente que le separaba de algo que no estaba dispuesto a sentir en la propia piel.
La cortina del otro cuarto estaba abierta de par en par y podía ver al chico inglés tender su cama. Roderich acaba de levantarse y parecía un muerto resucitado. Gilbert no se veía por ninguna parte así que supuso que estaría en la ducha. Se soltó y suspiró con aburrimiento secándose el cabello con vigor. Cuando salió del baño, sólo con la toalla, sintió la refrescante sensación de soledad. Como si el hecho de que estuviera desnudo buscando que iba a ponerse cambiara algo importante. Por supuesto que no lo hacía, pero en su concepción del mundo de Le Tulipey era más que suficiente ese resquicio de intimidad y libertad.
Casi toda su ropa era nueva, que su padre había comprado en cuanto le había aceptado después de largo y burocrático proceso que había durado casi seis meses. De igual manera no se sentía del todo cómodo con la ropa occidental. Es decir, la usaba sí, pero se había criado usando yukatas en la casa de su abuela que se había negado por pura convicción a aceptar americanos en su casa, mucho menos a dejar que su nietecito se vistiera con ropas de bárbaras. Siempre que había estado en Japón, todo implicaba un mundo de relajación, placeres y contemplación. Se apuntó los botones de su camisa blanca, se colocó el sweeter negro más caliente que tenía. Si esperaba leer afuera con un mínimo de comodidad, tendría que ponerse calientico. Sabía que lo más lógico era ir a la biblioteca pero en los fines de semana se volvía un hervidero de gente, y los único que escuchaba eran murmullos, risas, conversaciones. Todo menos el tan ansiado silencio. También se colocó una gruesa bufanda que su hermana había tejido para él. Le molestaba un poco que fuera de ella, pero tenía que darle el crédito de que era muy caliente y le mantenía el cuello y la nariz a una temperatura comodísima. Cogió de su mesa de noche el libro que estaba leyendo y salió del cuarto, cerrando la puerta en silencio absoluto.
Ya empezaba a salir gente de sus cuartos pero él estaba pensando seriamente en saltarse el desayuno. Por algún motivo no quería ver a nadie. Se sentía con una extraña sensación de misantropía en el día de hoy, y sus pasos eran movidos por el irracional deseo de no ver a nadie. Ni siquiera a sí mismo.
Así que ni siquiera salió por la robusta puerta principal a pesar de que se encontraba abierta de par en par los fines de semana, y en cambio, prácticamente hizo el doble de camino para salir por la puerta trasera. Esa puerta era más pequeña, menos robusta y, según lo que le había explicado Feliciano, antes se usaba como puerta de la servidumbre cuando el castillo estaba habitado por la familia que lo construyó. Ahora, permanecía abierta como salida y entrada de soporte, lo que evitaba a Genoulaz (la única que tenía esa llave) ir a abrir la gran puerta de madera cada vez que alguien necesitara salir a tomar aire. La puerta daba a la parte de atrás, de frente a los Alpes. Era una zona poco visitada del colegio ya que cerca no había realmente nada interesante. Pero él, desde un pasillo, había visto un árbol de gigantesco tronco y ramas largas y tupidas, como si fuese la cúpula de una catedral. A pesar de que sólo se veía la madera negra, sin ninguna hoja, supuso que sería un gran sitio para leer. Y no parecía haber nada interesante que llamase la atención de otras personas como para que alguien tuviera que ir hacía allí, además de una persona, como él, movido por el sentimiento de no ser uno, estar alejado de su cuerpo y de toda existencia. Y si era una persona así, no le molestaría compartir un poco de su espacio.
Se movía silencioso como un gato, hundiendo los pies en la alfombra pero caminando rápido. Apenas si alcanza a ver su reflejo en las brillantes ventanas de los pasillos, cuando súbitamente giraba y dejaba de verse. ¿Siempre había tenido aquella mirada de ausencia en los ojos sin vida? Bajó las escaleras a punta de salticos y giró a la derecha. Un chico de cabello rubio le saludó un movimiento de cabeza que él respondió respetuosamente antes de apurar el paso. ¿De qué escapaba? De mi mismo. ¿A qué le tenía tanto miedo? A mí mismo.
Lo más horrible de Le Tulipey era el sabor de la libertad tocándole la punta de los labios como si fueran las manzanas de Tántalo, lamiéndole la lengua con su olor sofocante y sexual. Podía escapar cuando quisiera. Podía ir a cualquier sitio. Podía correr como un caballo desbocado, sin dirección ni antojo por nada, hundiendo los pies en la capa de nieve. Pero a la vez no podía. Ese mundo de fingida libertad y autonomía era sólo una bombilla de cristal donde corría como una mosca para golpearse con fuerza al cristal, quedándose eternamente atrapado. Era la suficiente libertad como para no sentirse tan preso. Y la palabra clave era "tan". Como si su peor carcelero no fuese otro que él mismo.
Abrió la puerta de servicio y una ráfaga de aire helado como el hielo y fuerte como una ola le golpeó. Dio un brinquito de nuevo dentro de Le Tulipey y tomó aire con fuerza. Ahora se daba cuenta que hubiese sido más inteligente traer una chaqueta gruesa, pues si bien ya era oficialmente primavera, estaba venteando con mucha fuerza. Pero no quería volver a su cuarto. No ahora, por lo menos. No quería volver a ver a Ludwig o a Feliciano. Se acarició la frente y volvió a salir. El frío le picó las orejas como si fueran miles de agujas hundiéndosele en la carne. Otra ráfaga de viento le caló hasta los huesos, entrándole por la camisa y quemándole la piel. Su cabello se movió frente a sus ojos y él se calentó las manos con el aliento, para luego frotarlas vigorosamente. Apretó el libro entre sus ojos y empezó a caminar.
La tierra se sentía húmeda y desarmada bajó sus pies, como si entre él y la verdadera tierra hubiese un espacio de algodones cubiertos de hojas. A veces, el barro salía como si fuera una esponja, escupiendo un agua pesada y negruzca que le ensuciaba los zapatos y el ruedo del pantalón. Estuvo varias veces a punto de irse, pero sencillamente siguió caminando, tragándose el frío, inundándose los pies y abrazando fuerte el libro.
El árbol se dibujó a lo lejos y sintió una calidez extraña en el corazón. Los paisajes naturales le relajaban mucho, la sensación de la respiración de lo natural sobre sus hombros y las caricias en las mejillas eran suficientes como para sentirse acunado. Sí, había valido la pena. Así que esperaba que el pasto no estuviera mojado. Afortunadamente, quizás por la misma cercanía al árbol, si bien el suelo estaba húmedo, no se sentía incómodo. Sólo una frialdad casi refrescante en el culo, y el tacto punzante de las hojas de pasto contra sus palmas. Estaba bien. Era mejor que cualquier biblioteca.
En Japón leía mucho. Pasaba horas de la tarde, con el sol amarillo como huevos acariciándole la piel, medio adormeciéndolo, arrullado por brazos de letras que le tarareaban música de sitios lejanos, mil veces más calientes, con arena suave que se metía entre sus dedos y olas blancas y espumosas. Prefería mil veces llegar con el uniforme sucio y escuchar en los rezongos de su madre antes que ir a una biblioteca a leer. Allá no podía hacerlo a su ritmo. Pasó una página con la punta del dedo mojado de saliva y se dejó escurrir por el tronco hasta quedar acostado. Los ojos se entrecerraron unos segundos y él apretó los puños, hundiendo las uñas entre la tierra empapada, dejando surcos de rabia y dolor. Se quería ir. En serio que se quería ir. Lo único que deseaba hacer era desaparecer entre el viento, esconderse de todo, enterrarse en una montaña y dormir para siempre viviendo entre sus recuerdos. Arriba, el cielo se mostraba sorprendentemente límpido sin una nueva, de un azul opalino. El sol se filtraba entre las ramas semidesnudas del árbol, inundándole la cara, pero sin acalorarlo. Cerró los ojos con evidente gesto de placer y relajó los músculos. Iba a quedarse allí para siempre, eso seguro. Quería quedarse allí para siempre.
Y escuchó un ruido. Se levantó como un gato, brincando, sentando de golpe. El hechizo se había roto miserablemente, como una tela de araña. De nuevo todo se volvía real, horriblemente real y perecedero. El pasto picaba, la tierra era muy fría. Tragó saliva y marcó la página donde iba, cerrando el libro. Otro ruido. Sonaba como a metal y a madera. Como si alguien estuviera levantando algo, construyendo algo. Nunca había visto a alguien construir algo en Tulipey. Además de los típicos arreglos que tenía el colegio no había nada verdaderamente importante. Quizás fue por eso que se levantó de su sitio, en vez de escapar como debió de haberlo hecho.
Se dio dos golpecitos secos en la parte de atrás del pantalón y pedacitos de hierba pegada volaron. Levantó su libro y empezó a encaminarse hacia donde creía haber escuchado el sonido, pues ya se había acallado de nuevo. A lo mejor sólo lo había escuchado. A lo mejor sólo era una pasada de su mente febril y desesperada por sentir el calor ajeno y el palpitar de un corazón forastero. Y se encontró, casi sin notarlo, deseando encontrarse a alguien, ver a alguien. Se vio, deseando con la misma pasión febril (esta vez, ubicada en su corazón) el encontrar a alguien aunque ello significase descubrir su presencia y mostrarse ante alguien como si él fuese una exótica bestia que se protegía en su mutismo y en su soledad como la única coraza capaz de protegerlo de un mundo demasiado agresivo y que le podía romper en mis pedazos. Como una tela de araña.
Caminó derecho, y cuando ya estaba punto de pasar una de las paredes del castillo, lo vio. Sí había alguien allí. Y sí, estaba construyendo algo. El corazón se le quedo frío como una piedra muerta en el pecho y la lengua se descolgó como tela sin vida. Gilbert tenía puestos apenas unos jeans bastante rotos (de hecho, creía que alcanzaba a distinguir algo de ropa interior) y una camisa blanca. Frente a él, se encontraba el exoesqueleto de lo que parecía ser una casita, o un gallinero. Más bien pequeño y bajito. Había madera vieja a su alrededor y lo único nuevo parecía ser la malla de metal, la típica que usaban en gallineros. A su lado, había una cajita con pequeños agujeros. Aguzó un poco el oído, y escuchó un piar ahogado. ¿Pollos? Tosió un poco, tratando de avisar su presencia. Gilbert levantó las cejas con pereza.
―Vaya, pensé que nunca ibas a avisar de que estabas acá. No eres un gato, ¿sabes? ―le respondió mientras miraba críticamente su gallinero en miniatura. Sacó una puntilla de un cubo y la clavó en una esquina de un martillazo seco.
Kiku se llevó la mano a la nariz en un movimiento puramente impulsivo. Todavía recordaba cuando se le había venido la sangre. Había terminado en el baño, con un Gilbert prácticamente encima de él, taponándole la nariz con papel higiénico sin entender que sólo estaba haciendo que la hemorragia se acrecentara más. Al final la sangre había parado de fluir, con el resultado de una montaña de papel ensangrentado, los puños llenos de manchas, un Kiku al borde de la anemia y Gilbert cayendo en el ataque de nervios porque sus técnicas no funcionaban. Al final, según él, había funcionado. Le había dado unas palmaditas en el hombro a Kiku, en un gesto más bien brusco, como si ambos hubiesen logrado todo un desafío a su masculinidad, como si parar la hemorragia de alguien fuese un logro que pocos lograban. Eso, para darse cuenta que Kiku tenía una mancha en el labio. Así que, tan pancho, se había humedecido la punta del pulgar con saliva y le había restregado sus babas contra sus labios, para limpiar la mancha de sangre difusa que al final acabó por desaparecer. Igual que él, luego de revolverle el cabello en un gesto amistoso y despedirse con un escueto "Nos vemos, chiquitín". Bajó la mano y soltó el aire contenido cuando la vio limpia sin ninguna comprometedora mancha de sangre.
―Lo siento. Si le molesto me retiraré… ―le contestó empezando a darse la vuelta. Escuchó un estruendo de madera, seguido de un insulto en alemán. Sabía que era un insulto porque no se necesita conocer otra lengua para sentir el desprecio en las palabras de otro. Se giró y encontró a Gilbert lamiendo un dedo y una parte del armazón en el piso.
―No, no te tienes que ir. De hecho me iría putamente bien un poco de ayuda. ―le dijo, gruñendo un poco todavía, lamiéndose el dedo suavemente.
Kiku tragó saliva algo incómodo. Lamía sus dedos como si fueran comida, succionando y produciendo un sonido de humedad y calor que verdaderamente le daba mareo. Levantó los hombros y dejó el libro al lado de la caja, donde parecía más seco. Se sorprendió al ver una caja llena de pollitos, muy pequeños. Estaba cubierta a partes por una pesada chaqueta y tenía papel periódico cortado en tiritas en el fondo. La típica caja que incluso él había hecho para dársela de refugio a una animal, aunque en su caso había sido un gato que ahora era más grande que un cojín y dormía prácticamente veinte horas al día. Movió un poco la pesada chaqueta y contó unos seis pollitos, todos medio dormidos. Se levantó, y se acercó a Gilbert algo incómodo pero aún así dispuesto a ofrecerle su ayuda. El muchacho dio un paso hacia atrás mirando con ojo crítico lo que sea que estaba haciendo. Frunció el ceño y se fue hacia atrás apoyando la espalda contra la rasposa pared de piedra y dejándose caer. Dio dos palmaditas a su lado que Kiku interpretó como una invitación.
Se sentó y comprobó que el suelo estaba mucho más frío y húmedo allí, quizás por la cercanía de la piedra. Los árboles del bosque que rodeaba la montaña se veían mucho más cerca, como si hubiesen salido de una burbuja. La nieve se veía cada vez más arriba, como si estuviese teniendo una pelea y cada vez perdiera más territorio. Recogió sus piernas y apoyó el mentón entras rodillas, aburrido. Le gustaría leer. Pero se sentía en una especie de deuda con Gilbert, como si a pesar del hecho de que no hubiese sido él el que verdaderamente le hubiera parado la hemorragia, sus intentos por hacerlo deberían de tener un agradecimiento. Estúpidos buenos modales. A veces le gustaría botarlos en la basura.
―¿Podría saber que está construyendo exactamente? ―preguntó, tratando de no parecer burlesco. Porque de hecho no lo era.
―Una casita para los pollitos ―contestó. Y se quedó así tan pancho. Kiku parpadeó, miró la caja y luego a Gilbert que empezaba a rebuscar entre sus pantalones por algo (y sí, lo que veía por entre los rotos había sido su ropa interior)…
―¿Para los pollitos? ¿Son… son suyos? ―volvió a preguntar, encontrando la situación cada vez más bizarra. El otro levantó las caderas un poco del suelo (mostrando, de paso, parte de su estómago) y de entre un bolsillo sacó una cajetilla de cigarrillos blanca y con un círculo rojo en el centro.
―Sí, sí son míos. Bueno… no son míos, realmente. ―Kiku suspiró, más calmado seguro que era una tarea o algo a-― Sólo estuve justo cuando rompieron el cascarón así que ahora piensan que soy su madre y me siento responsable por ellos. ―abrió los ojos como platos.
Gilbert sólo abrió la cajetilla y sacó un cigarrillo. Del otro bolsillo sacó un zippo negro y reluciente. Se llevó el cigarrillo a los labios y los prendió de una calada fuerte. La punta brillo de rojo ardiente y el humo azuloso hizo bailar la llama del encendedor, antes de que él lo cerrara de nuevo y lo guardara en un bolsillo de un movimiento rápido.
―Lo siento, ¿Deseas? ―preguntó mostrándole el cigarrillo encendido.
―No-no… fumó. Gracias ―respondió, negando con la mano. Nunca había sentido verdadero interés en fumar.― Pero… ¿Me podría explicar lo de los pollitos? ―dijo, volviendo de nuevo al tema.
Gilbert rió con risa seca y de perro, nacida del centro del pecho como el rumor de hojas secas arrastrándose por entre la madera. El humo se le escapó por entre la nariz y por entre los dientes, desapareciendo en el aire unos segundos después. Se giró un poco, clavándole los ojos rojísimos en la cara, como si fueran dos tizones, clavándosele profundo en la piel y rasgando de a pocos su camino hacia el centro mismo de su ser.
―Sí. Piensan que soy su madre entonces les voy a construir una casita ―explicó sin entrar en mayores detalles.
Kiku echó la cabeza para atrás apoyando la cabeza contra la fría e irregular piedra. Siempre le había molestado el olor a cigarrillo. Quizás porque le recordaba un ambiente profundamente familiar, profundamente paternal. Irremediablemente el olor de cigarrillos venía acompañado de reuniones con hermosas geishas, hombres de negocios y su madre llorando de rabia pura en el cuarto. Pero en este caso no le molestaba. Se giró suavemente y miró a Gilbert. Fumaba como si se le fuera la vida en ello, cerrando los ojos con placer, y deformando un poco las mejillas que se hundían tratando de aspirar más humo. Luego, abría los ojos tan rojos, tan vivos, tan presentes que daban miedo y botaba el humo por entre los labios, oscureciéndole la cara. Y a él no le molestaba.
―Gracias por lo de la sangre… ―musitó en voz baja.
Gilbert se removió girándose un poco y abriendo los ojos, mirándole. Kiku tenía la piel blanca como la nieve. No sabía si alguna vez lo había notado o se lo habían dicho. Se notaba suave, pero no la tocaría. Noch nicht. A él nunca le había gustado el blanco. Le parecía un color sin dignidad, demasiado influenciable, demasiado frágil. Un color donde las manchas de veían por mil, como la sangre, y que cuando se corrompía era imposible recuperarlo porque no hay forma alguna de conseguir blanco. Je reinerderZweckgibtmehrFreudeverderben. Los ojos eran extraños, tan diferentes a los suyos. Sonrió y le echó el humo en la cara, a lo que el joven respondió frunciendo la nariz.
―No hay problema.
Kiku volvió a mirar al frente, tomando aire con fuerza, tratando de liberarse de ese olor que inevitablemente empezaba a hacerse el poder de su mente. Esa mezcla a miel (espesa y dulce) con tabaco y nieve, mientras los pollitos piaban, como si fuese un virus que empezaba a romperle cada celula del cuerpo, a obnuvilarle los musculos y a cegarle las pupilas. Lentamente, rompiendo barreras, comiendose pensamientos. Cerró los ojos, y apretó las manos. No confiaba en Gilbert. No confiaba en él para nada. Era casi como si estuviese peinandole los cabellos a un león, y tenía la idea de que en cualquier momento le desgarraría cada parte de su cuerpo, dejando sólo recuerdos y pedazos de carne retorcidos. Pero... ¿cómo podía negarse a su presencia si se sentía tan vivo y tan libre sólo con pensar en su olor?
-.-.-.-
Es el despertador, es el techo lleno de manchas, es la cama vacía de Gilbert, es la pereza, es el gruñido de Arthur, es el levantarse, es el ir al baño, es el lavarse la cara, es el ducharse, es el cepillarse los dientes, es el afeitarse la cara, es el vestirse, es la ropa que huele a limpio, es el sol refulgiendo, es el chocolate caliente, es la mirada agresiva de Vash, es el saludo sin emoción, es la mirada desconfiada de Genoulaz, es el portazo del auto, es el ronroneo del motor, es el cabello de Vash, son los lentes de sol, son las puertas que se abren, es el olor a gasolina quemada, es el cielo moviéndose sobre sus cabeza, es el viento en la cara, es la expresión más relajada de Vash, es el sol quemándoles la cara, es el cigarrillo en una mano, es el encendedor en la otra, prende la radio, arregla tú la emisora, que diablos es eso, algo nuevo quizás, suena bien, por supuesto que sí, ¿Acelero más?, es tu auto, hundo el pedal, son las guitarras electicas, es la música en el vientre, es el humo en la garganta, es su tacto en las manos, es el recuerdo de su piel, es su olor pegado a la nariz, es el pasto tan verde, es la nieve tan blanca, es el olor a limpio, son las cabras paciendo, es la puerta oscura de Saint Eulalie, es la mirada oscura, es el grito de libertad, es el corazón desbocado, es el pueblo a lo lejos, es la música a toda, es la vida misma, es la sangre corriendo, es la vida latiendo, es todo, es nada, es el auto frenando, es el olor a pan, es el aire helado, es el bullicio del pueblo, son las compras, es la sonrisa cómplice, ¿son mayores de edad?, por supuesto, es el listón de puntos, es la sonrisa cómplice, es la vendedora, debes pensar que eres un travestido, es el auto de nuevo, es la cerveza fría en la mano, es el viento en la cara, es la montaña lejana, es el humo del auto, es el mierda esto no sube, pero si es un auto nuevo, pues bájate y empuja, es la vista portentosa, es la tierra húmeda, es el auto caliente, es la cerveza espumeante, son las burbujas en la garganta, es el cosquilleo en los labios, es el roce en los labios, es el humo en la nariz, es el sol en la cara, es el viento, vámonos ya, ¿ya?, es tarde, me gustaría quedarme para siempre, vamos no seas vago, da igual, es el auto de nuevo, es el frío de la tarde, es el silencio de muerte, es el no querer volver, es el me quiero morir, es el cigarrillo en los labios, me vas a quemar la tapicería, claro que no, es la rabia contenida, es el chirrido de la puerta, es el aire helado, es el corazón encogido, es el no quiero entrar de nuevo, es el auto entrando, es Le Tulipey dibujándose frente a ellos, es Gilbert mirándolos aburrido desde la ventana, es la rabia de una fiera enjaulada, es el bajarse del auto, es el listón más preciado, es Genoulaz en la puerta, son los cigarrillos en los bolsillos, es la mirada sarcástica, ¿se divirtieron?, son los pasos de Gilbert sobre sus cabezas, es el separarse, es la promesa silenciosa, es la sonrisa.
Es lo de siempre.
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El reloj tocó las tres de la tarde con una seca campanada. Los pocos estudiantes que estaban en la biblioteca movieron sus cabezas cansados como vacas. Y es que si alguien se encontraba un sábado a las tres de las tardes en la biblioteca, y no afuera, era porque seguro tenía algo demasiado importante que hacer. Arthur miró su reloj de muñeca, que marcaba, igual que el de la biblioteca las tres de la tarde en punto. Arthur era, por supuesto, uno de aquellos estudiantes. Pero no era su culpa, por supuesto. Si por él fuera estaría afuera jugando un partido con la gente de su grado (realmente era burlándose del pésimo estado físico de Francis) y no en la biblioteca. Tenía un promedio lo suficientemente alto como para poder pasar sus fines de semana tranquilamente, sin preocuparse por sus deberes. Pero no. Él no estaba allí por él mismo, ni siquiera por algo que hubiera sido. Su problema tenía nombre propio y limites bien definidos.
El reverendo idiota de Alfred F. Jones. Sí. Con el epíteto obligado, puesto que no había otra forma de describir a ese sujeto que no fuese con esas palabras. El reverendo idiota Alfred Jones resultaba que era su pupilo, para su mucha desgracia. Lo había sido desde que había llegado al colegio, sí, pero no era sino hasta unos dos años que verdaderamente se había convertido en su pupilo. Y es que el muchacho era tonto de capirote. Sencillamente no le entraba absolutamente nada de lo que le explicaran, y para peor, tenía la mala suerte de ser pésimo en Filosofía. Era como su némesis. Y por supuesto, Genoulaz misma le había pedido que le diese tutorías especiales, porque cómo iban a hacer reprobar al pequeño vástago del General Jones.
Así que todos los santos sábados, sin importar que afuera estuviese haciendo el mejor clima del mundo, él y el idiota de Jones se tenían que reunir de tres a cinco para que le ayudara en sus trabajos. Según su padre, el profesor de Filosofía, las tutorías habían servido bastante pero Arthur tenía la idea de que detrás de eso estaban las manos de Matthew porque él no veía ningún tipo de avance en ese idiota. Dio unos golpecitos aburridos con la punta del lápiz en el escritorio, donde descansaban algunos papeles y unos cuantos libros arrumados. Miró de nuevo su reloj que marcaba ya las tres y veinte. Si no aparecía en diez minutos cogería sus cosas y se largaría. Él no estaba para perder el tiempo ni mucho menos para ser el chaperón de un niño chiquito. Los pensamientos de irse de allí empezaron a anidar cómodamente en su pecho que ya consideraba como un hecho el que Alfred no iba a llegar. Por eso gimió de desesperación porque faltando dos minutos para que el plazo se venciera, Alfred se sentó pesadamente a su lado, sin ni siquiera saludar.
―Llegas tarde… ―empezó Arthur, acomodando los papeles.
―Lo sé ―le respondió tranquilamente. Como si no pasara nada. Como si lo hubiera planeado.
Lanzó un resoplido seco, y le pasó su último trabajo, dejándoselo al frente. Tenía una excelente nota para ser de Alfred. Por eso se lo mostraba. Y por eso, una rabia helada le empezó a crecer cuando alcanzó a distinguir una sonrisita de suficiencia y ese asqueroso brillito de confianza detrás de sus gafas, iluminando sus ojos. Como si de hecho si tuviese algo de lo que sentirse orgulloso, además de que tenía un primo que sí hacía lo que tenía que hacer.
―¿Impresionante, no? ―le contestó con sorna Alfred, a su pregunta silenciosa.
―¿Qué cosa? ¿El que tú primo sepa de filosofía? Para nada ―le gruño, quitándole el trabajo de en frente y prácticamente tirándolo al otro lado de la mesa, como si estuviese cubierto de algún tipo de babaza.
Alfred sólo levantó los hombros aburrido, en un gesto des obligante. Lo peor era que no se defendía. Lo peor era que sencillamente lo aceptaba y no le importaba. Porque sabía que Arthur no lo delataría ya que si lo hacía, no sólo el afectado sería él, sino que, indirectamente sobre la cabeza de Arthur pesaría el no haber sido capaz de controlar a su pupilo. Y él prefería mil veces tragarse su odio hacia Alfred que poner en tela de juicio su madurez y su orgullo. Como si eso fuese necesariamente bueno.
Se mordió la boca por dentro clavando los dientes blancos en la carne suave y húmeda, como si al hacerlo pudiese comerse las palabras de odio tan frío que quemaba que pugnaban por salir de la boca como dardos, como cuchillos para clavarse en el idiota que tenía al frente. Alfred apoyó la mejilla en su mano, y bostezó mirándolo aún.
Era más alto que él. De hecho era incluso más alto que varios de su curso. Tenía los ojos muy azules y siempre tenía un brillo de travesura en ellos, como si cualquier acción que realizase no estuviese exenta de ser ella misma una travesura. Era, ante todo, un niño. Y eso le molestaba especialmente ya que en el fondo, muy en el fondo, casi le daba ternura su comportamiento terriblemente infantil. Por supuesto, suficientemente en el fondo como para que realmente no lo tomase en serio.
Dio dos golpecitos secos al reporte que le había enviado Genoulaz, como todos los meses, con las recomendaciones de los profesores. Y decía, por supuesto, lo mismo de todos los meses. Que Alfred era un muchacho encantador, sí, pero que era descuidado y a veces no parecía "mostrar interés" en sus estudios. ¿A veces? Arthur bufaba y echaba chispas de todos los colores cada vez que tenía que dedicarse a leer esos odiosos informes, llenos de estupideces.
Porque para él no eran más que estupideces que nadie se hubiese dado cuenta a estas alturas de la vida que si a Alfred no parecía importarle su estudio, era porque de hecho no le importaba, y que si era descuidado es porque estaba más interesado en volver a su horroroso rancho en Tennesse y casarse con alguna prima, porque eso era en lo único que deberían de pensar esos odiosos hillbilly además de tocar el banjo. Y le parecía el colmo que al parecer sólo él lo notara.
―¡Vaya! ―sopló Alfred, leyendo el informe por encima― ¡Miss Kirkland dice que soy encantador!― una mirada asesina le ganó ese comentario, que seguro que no lo había dicho de manera aleatoria.
―Sí. A mamá siempre le han gustado los animales― le respondió con tranquilidad Arthur aunque ya empezaba a presagiar un deseo de romperle el cuello contra el suelo. Ese era el problema que tenía para trabajar con Alfred. No pasaban más de veinte minutos y ya quería matarlo. Pero es que en serio era insoportable, el mocoso ese.
Cuando le había conocido pensó que sólo era un alma sin rumbo, pero ahora, varios meses después empezaba a acumularle un odio que no pensó que él fuese capaz de llegar a sentir. Le odiaba. Verdaderamente le odiaba. Y lo odiaba con un odio seco y sin segundas intenciones, no como el supuesto odio que decir sentir Roderich por Gilbert, sino un odio de verdad que no era otra cosa si no el más abyecto deseo por verlo quemarse entre llamaradas mientras sus miembros eran desgarrados. Y lo peor de todo, lo que era una verdadera cachetada a su orgullo es que a pesar de todo a Alfred no parecía importarle un reverendo rábano nada y salía bien librado de su ira. Porque detrás de esos ojos azules él sabía, él sabía que Alfred notaba su odio pero fingía no hacerlo, y esa era la más grande cachetada.
Por eso cuando se paró de un salto, y le masculló algo de que la próxima semana continuarían, no le importó que Alfred le recordara que aún faltaban veinte minutos pues su mente necesitaba un descanso y por sobre todo, enfriarse para poder rumiar en lo oscuro, planear en silencio su más grande anhelo desde hacía unos meses: humillar, con todas las letras, a Alfred F. Jones.
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Puidoux, 12 de Febrero de 1958.
Querido Hermano:
Recibo con profunda emoción tu carta y me complace saber que tanto tú como nuestros padres y hermanos se encuentran bien tanto de salud como de ánimo. Mándale saludos especiales a Mamá, pues la extraño de sobremanera todos los días.
Te cuento que el clima sigue igual que siempre: frío y húmedo. Si bien ya nos acercamos a primavera sigo sintiendo en los huesos y en la piel el aliento invernal que sentía hasta hace unos meses. Seguro que ese frío se pasaría si pudiese enrollarme en una manta bien cálida frente a la chimenea y tomarme un té de jazmín humeante con todos ustedes. Pero eso no se puede, por supuesto.
No sé realmente por qué tengo que quedarme forzosamente aquí, como un preso. No saben lo terrible que me siento despertándome todos los días, rodeado de los otros, sin su presencia, sin poder hablar mi lengua, sin nada que me identifique como lo que soy. Hermano, entiendo que Madre desea que yo tenga una educación de calidad pero yo no sé si sus deseos (siempre anhelantes de mi bienestar) me estén haciendo verdadero bien.
Todos los días, todas las horas, miró por mi ventana hacía Ginebra y me muero de la tristeza de saber que ustedes no están a mi lado y cuento con desesperación los segundos que me faltan para reunirme con ustedes. Mi Familia.
Pero, no quiero preocuparos con esos temas. Me acuerdo de que en tu carta mencionas que nos han llegado más artesanías del palacio. ¿Es cierto eso? Y de serlo, ¿qué artesanías son? Entiendo las dificultades que entraña el sacarlas de nuestro país por lo cual espero que sean artesanías que no sólo brillen por su valor estético sino, porque son la única forma de acceder a nuestros recuerdos. Hermano, muero por ir a casa y ver qué cosas hermosas trajeron. Porque cada de esas cosas significa para mí mucho más de lo que quizás ustedes se imaginen.
En tu carta me preguntabas como va mi situación en el colegio, en general. Si bien ya te comenté que sigo sin sentirme del todo a gusto supongo que te interesara saber sobre mis compañeros y mi desempeño. Sobre lo segundo, si bien se que podría hacerlo notoriamente mejor sencillamente no me siento con ganas de nada por lo que mis notas han decaído mucho desde la última vez que te escribí. Si bien no es lo suficiente como para que resulte preocupante para nadie, a mí me llena de desconsuelo saber que no estoy haciendo todo el esfuerzo que podría hacer para enorgullecerles verdaderamente. Aún así me divierten Historia y Geografía.
De mis compañeros ninguno me cae verdaderamente. Llegó un japonés a nuestra clase pero no habla mucho y verdaderamente no deseo entablar conversación con él. De resto lo mismo de siempre. Este tedio donde mi vida se desenvuelve cada vez es peor. Pero el problema no son ellos. No los de mi curso. El problema es mi tutor. Supongo que en cartas anteriores te comente que tenía un tutor. Pues bien, en ese sistema tan inoficioso me ha tocado en suerte al peor tutor que pude haber tenido.
Iván Bragrinsky es su nombre y yo maldigo cada letra que lo forma. Lo que más me molesta es que no puede ser todo lo borde que quiero con él por el sencillo hecho de que además de existir no ha hecho nada. Pero su existencia mera para mí ya es de por sí una ofensa. Si no, acaso, ¿cómo explico el hecho de esos sueños? Ha vuelto a mí lo que pasaba apenas nos fuimos de nuestra patria y estoy seguro que él es el detonante pero no sé porque. Cada vez duermo menos, estoy más cansado. Trató de dormir pero no logró conciliar el sueño sino a las casi dos o tres horas, duermo de a pocos, tengo horrible pesadillas (de flores, siempre hay flores) y es horrible. Tengo ataques de vómito pero eso no es lo peor.
Lo peor es que de nuevo las escucho. Cuando él se me acerca escuchó miles de ella, todas hablando a la vez y eso me vuelve loco hasta extremos donde la simple imaginación ya no abarca. No sé cómo es su culpa pero de alguna manera debe serlo. Porque cuando lo veo todo suena, todo empieza a sonar más fuerte, los olores me marean y los colores se convierten en remolinos que me ciegan. Veo ojos, ojos grandes y sin párpados mirándome desde todas partes y escuchó cómo me vuelven a susurrar que alguien sabe mi secreto aunque yo todavía no se qué secreto podría ser pero me avergüenza. Escuchó cuando se rasca la gente el pelo, como rasga la pluma en el papel, como chasquea la lengua contra los dientes. Y por algún motivo, mi cuerpo se calienta y mis manos tiemblan de manera increíble. Es como si me fuera a morir pero sé que no es eso. Yo ya no soy un niño, hermano, y yo sé que es lo que siento. Es un pensamiento impuro que es lo que no me deja dormir. Es la incesante ansía de meterme con él un una cama y de acaríciale el pelo y de quitarle la bufanda y de lamerle los pezones. Hermano, estoy llorando porque quiero ser uno con él pero sé que eso terminaría de romper lo poco que soy y no se cómo explicarle que escuchó la voz misma de mi pueblo, y que soy yo la confluencia de todas las Chinas. Hermano, en secreto se que lo único que quiero hacer es verlo debajo de su abrigo pero sé que si hago eso estaré lanzándome a un pozo sin fondo y me romperé. Pero sencillamente estoy oscilando entre caerme y matarlo.
Eternamente tuyo,
Wang Yao.
Levantó la vista de la carta, contemplando horrorizado con el cambio tan brusco. En una parte los ideogramas se veían perfectos, trazados con delicadeza, mientras que luego todo empezaba a decaer, pegándose uno con movimientos rápidos y brutales. Su corazón palpitaba y él estaba seguro que podía escuchar la cama de Gilbert en el cuarto de arriba. Abrió la cajita bellamente tallada que tenía al lado de su escritorio con manos temblorosas como si fuesen palomas y no le sorprendió que no hubiera ni una sola bolita. Tendría que agregar eso a la carta de su hermano cuando la volviera a hacer. Puede que no aprobara sus hábitos pero era innegable que de todo lo que había tratado, hundirse en los brazos arrulladores y soporíferos del opio era lo que más lo calmaba a él y a sus delirios. Se acarició la frente, masajeándose y finalmente se levantó de la silla. Cogió el trozo de papel en la mano y lo hizo una bolita compacta y arrugada. Tocó por encima el bolsillo de su pantalón y caminó hacia el baño.
Cerró la puerta tras de sí, asegurándose de dejarla perfectamente asegurada y de colocar el seguro. Dejó la bolita en el piso y empezó a desnudarse. Primero se desanudó el cabello, que se soltó por su espalda pulcramente. Lo acarició con sus dedos, sintiendo como las hebras se escurrían como agua. Luego se desabotonó la camisa blanca. Su piel se resintió ante el frío. Luego, fueron los zapatos y los pantalones. Se apoyó en la pared y contempló su cuerpo desnudo frente al espejo.
Se mordió los labios. Le gustaba su cuerpo. Él se gustaba. Se consideraba puro y perfecto, como un ángel. Le gustaba su piel límpida y blanca, su cabello negro, el adivinar sus huesos bajo su piel y la aparente fragilidad de sus movimientos. Se agachó y abrió la pequeña rejilla del registro del agua. Sacó un pequeño maletín negro. Se arrodilló sobre el suelo y sacó del bolsillo de su pantalón un encendedor. Lo dejó alineado en el piso. Luego, abrió el maletincito. Fue sacando las cosas en silencio. El desinfectante, el algodón, la lija y, finalmente, el pequeño cuchillo. Era hermoso. Una hoja delicada y plateada, con el mango suave y que se acomodaba a su mano. Miró sus muslos. Delicadas líneas rosadas, más suaves que el resto de la piel los recorrían, perfectamente rectas.
Abrió el frasco de desinfectante y mojó un poco el algodón. Luego, lo paso por su pierna, justo encima de la piel cicatrizándose. Suspiró y miró la carta. Cogió el encendedor y apretó un poco la rueda. La llama ascendió de inmediato. La acercó a la carta que empezó a consumirse con velocidad. Dejó el encendedor de nuevo en el suelo y cogió el cuchillo. Miró la carta arder, y con una sangre fría que nadie esperaría del frágil Yao, apretó en su muslo y fue deslizando. El calor inicial que sentía le devolvió la vida unos instantes. De nuevo estaba vivo. Miró su muslo con la piel abierta obscenamente, viendo la delicada carne debajo. ¿Era suficiente?
En su mente relampagueó la imagen de Iván, a su lado con el cuchillo. Volvió a pasarse el desinfectante más abajo. Hoy no era suficiente. Se dejó acostar en el suelo helado del baño y, con movimientos aprendidos por la fuerza de la práctica, fue desinfectándose y luego cortándose, sintiendo un placer morboso cada vez que sentía el gotear de la sangre por sus muslos. En los ojos cerrados de placer, veía su imagen pura, manchada de sangre. Y veía el abrigo de Iván, manchado de sangre. Una pradera a su alrededor donde las manchas se mantenían quietas. Yo no soy puro. Se repetía. No, no lo era.
El cuarto olía a papel quemado. Extendió los brazos y abrió las palmas. Contó los cortes mentalmente. Cuatro en cada pierna. Había superado su marca. Abrió los ojos de nuevo, y el techo blanco le hirió las pupilas. Los volvió a cerrar. Ya no era puro. El recuerdo de Iván le había manchado la mente y el sabor de los labios. Y peor aún, lo hacía sentir más vivo, más capaz incluso que las ocho cortadas que escurrían sangre en sus piernas.
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―¡Lily! Acá estoy Que bonita esta hoy
―¡Vash! Siento haberme demorado, la misa se demoró más de lo planeado hoy. Tiene ojeras
―¿Y eso? La cinta de hoy es roja, ¿le gustará la de corazones?
―Nada importante, es sólo que unas chicas se han comportado mal la semana pasada y les han hecho una reflexión frente a todas las demás Huele a cigarrillo.
―¿No eras tú una de ellas, o sí? Claro que no, mi Lily no hace esas basuras
―¡Claro que no hermano! Ojeras y cigarrillos. En mi hermano eso tiene nombre propio.
―¡Eso espero! ¡Y no te juntes con ellas! Tienes que aprender a diferenciar las malas compañías de las buenas No lo digo por asustarte, porque sé que nunca harás nada malo.
―No son de mi curso de cualquier manera, hermano ¿Está vez tampoco me contarás?
―No pienses que no confió en ti, no confió es en ellas Es que no quiero que te pase nada, mi Lily.
―Lo sé, hermano ¿De nuevo no pudiste dormir por el rechinar de la cama?
―¡Oh, sí! Mira lo que te he traído Creo que esta no la tenías
―Muchas gracias hermano, es bellísima Estúpido Roderich. La de corazones ya la tenía.
―¿Y bien? ¿Has recibido la carta de Mamá? Yo sé que sí Lily, es sólo que quiero estar un rato más.
―Sí, hermano, me llegó ayer. Te extraño tanto.
―Me alegro. ¿Y tus notas? No te comas las uñas, Lily
―Bien hermano. ¿Bajaste al pueblo ayer? Dime que no.
―Sí, claro. Me ha acompañado Roderich No ha pasado nada para variar, pero Roderich me deja el auto oliendo a él.
―¿Se han divertido? Por supuesto que se han divertido.
―Lo normal Me he muerto un poquito por dentro.
―¡Lo olvidaba! Dos cosas hermano: he encontrado un hueco en la reja de tu colegio. ¡Es grandísimo! Una persona cabría allí. ¿Podrías decirle a alguien que lo arregle? Si le digo a las monjas se enojarán ya que queda muy alejado. Es por allá. Lo otro es… lo siento, no me mires así, no me rió más la enfermera me ha dicho de un chica en el pueblo que ya sabes… Lo siento, me he reído y tú te has puesto rojo.
―¿La enfermera? A mí no debe ser, a Roderich será.
―Sí, sí. Ella vive en el pueblo. Me lo ha comentado hoy que he acompañado a una amiga De hecho no. Nadie te ha mirado pero necesito que me lo digas.
―No lo he notado. ¿Y qué amiga es? ¿Qué le ha pasado? A cambiar el tema rápido, no quiero hablar de eso.
―Una estudiante mayor. No fue nada, se sentía algo mareada. ¿Y bien? ¿Te interesaría? Dime que sí. Por favor.
―No. Nada de pueblerinas, ni enfermeras, ni mujeres, ni cuerpos.
―Oh… ¿Tienes ya novia acaso? ¿Te gusta alguien? Dime que sí.
―Ya basta Lily, no tengo tiempo para esas tonterías. Y punto. No hablaré contigo de eso.
―Lo siento hermano. ¡Mira! Ya se me ha hecho tarde. Te quiero. Acuérdate de lo la reja ¿En serio me crees tan ingenua?
―No te preocupes Lily. Cuídate Su mejilla está fría.
…
…
…
―¡Hermano! Una última cosa
―¿Dime? ¿Me quieres otra vez?
―¡Mándale saludos a Roderich! ¡Espero verlo pronto! Y darle una cachetada como mínimo.
―¡Está bien! Hasta mi hermana le quiere
―¡Acuérdate de lo la reja!
Por algún motivo, Vash, siempre tan recto, tan formal y apegado a las reglas y al orden no le dijo a nadie de la reja. A pesar de que lo recordó no tuvo ganas, no le importó que hubiera un hueco por el cual alguien podría deslizarse tranquilamente por su colegio, y en unos cuantos días, sencillamente lo había olvidado.
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La hora de la cena era la costumbre más pura de todo Tulipey. Todos los estudiantes, de todos los cursos, se reunían a esa hora, donde ya la oscuridad más profunda rodeaba el castillo y allá, lejos, en la punta de los nevados Alpes se podía ver el tenue resplandor de la luna contra la nieve blanca. Tanta pureza, tanta elegancia, tanta delicadeza. A Gilbert le daba el asco más puro la hora de la cena, incluso cuando sus ojos rojos se reflejaban en el cristal de la copa de cristal bohemia llena de vino tinto, tan rojo y brillante como sus ojos. Como era domingo, sagradamente se bebía vino. Tulipey, criadero de elitistas y pretenciosos, tenía que enseñarles a catar un buen vino, para sentirse interesantes. Como si saber si un vino era un cavernet sauvignon o un merlot verdaderamente fuera una diferencia frente a quien no lo sabía. Le dio un sorbo corto y miró por la ventana. Afuera, ya los botones empezaban a clarear. La nieve se iría ya quizás para el próximo domingo y sólo quedaría la tierra húmeda y negra debajo. Un suave rumor de voces flotaba en el aire que olía a salsa de carnes y a un poco de café esspreso de los que ya había terminado. Dejó la copa en la mesa, asegurándose de no dejarla en el portavasos y manchar con una media luna roja el mantel blanco.
Compartía mesa con Antonia, Francias y Roderich. Comían los tres en el silencio más puro. A veces hablaban pero él no se sentía con ganas en ese momento. ¿Qué podía decir? Sentía en los huesos la angustiosa necesidad de respirar aire frío y de meter las manos en la nieve hasta que sintiera que se le iban clavando cuchillos en la carne. Cogió el cuchillo y empezó a cortar lentamente la carne, pero rápidamente perdió el impulso. No se sentía con apetito.
―¿Qué mirás? ―preguntó a Antonio, que no había despegado la vista de la mesa de su hermano― . Espero que no a mi hermano― completó, jocoso. Él otro le giró, con su sonrisa cálida.
―Claro que no. Miro al hermano del italiano de tu hermano. Su gemelo. ¿No te parece mono? ―le respondió Antonio. Con la misma sonrisa. Gilbert se acarició las sienes. Y lo peor es que lo decía así tan pancho.
En la mesa de Ludwig, por el contrario, Feliciano hablaba en un tono de voz lo suficientemente alto como para que dos mesas a la redonda lo escucharan, con mucha contrariedad de parte de sus comensales. A pesar de que le hablaba a Kiku, este miró a su hermano unos segundos. Indudablemente eran gemelos. Habría que ser ciego para negar algo que saltaba a la vista de manera tan obvia. Pero no era difícil identificarlos. Todo se fundaba en el rictus. Era impensable como cambiaba una persona cuando tenía la cara tranquila y alegre de Feliciano, con sus gestos vaporosos y despistados a cuando se tenían los nudillos apretados alrededor del mango del cuchillo de su hermano, que le miraba con odio. Un odio que nadie de aquella mesa, ni siquiera de aquel colegio podría entender.
La madre de los Vargas era escultora. Concretamente de Sicilia, aunque ahora residía en Milán. Su padre era director de cine. También de Milán. Eso era lo que constaba en el reporte del colegio en la carpeta de ambos. Lo que no constaba es que ellos nos eran hijos de su padre, que de hecho era su padrastro, ni las cuantiosas sumas de dinero que cada mes se depositaban desde una cuenta anónima y pagaban la educación de ambos.
Esas cosas no las podría contar un simple papel. El despertarse un día en medio de una balacera con un hermano idiota llorando al lado, el nunca haber intercambiado una palabra con su padre. Todos reunidos en una mesa, su madre llorando, su padre recién llegado de unos de sus viajes de "negocios" a Las Vegas, con sus matones detrás, esos que les limpiaban los mocos de la nariz a ambos y que en sus cintos se podía ver la culata brillante de una semi-automática. Glielo dico io! Su hermano era idiota y lo despreciaba por eso, es decir. Pero en el fondo lo que pasaba era que su hermano sí lo había entendido, sí lo había superado. Sí había logrado librarse de los lazos más profundos de la sangre.
Él no. Para él, aún flotaba sobre ellos dos una aurora de negra muerte, que les iba pudriendo a cada paso. Eran ángeles, eran ángeles muertos. Le resultaba lógico que su vida estuviese condenada a una espiral de dolor pues su misma sangre se lo marcaba y el destino teje sus hilos con sangre e hijos. Miró a Antonio fijamente. Antonio. Pronunciaba su nombre con cada punta de su lengua, recorriéndolo vulgarmente. Cada consonante y abriendo los labios en un círculo perfecto en la O. a-n-t-O-n-i-O. Le gustaba verlo. Sólo era eso. A él siempre le había gustado ver las cosas. Desde que su madre había empezado a salir con el director de cine ese había adquirido el gusto por ver las cosas. Verlas verdaderamente. Essere ciechi. Era el encanto de la inacción. El poder verlo sin hacer nada más, y olvidarse de todo. Pero no le gustaba que lo mirara. Por algún motivo no se gustaba nada.
Tomó un sorbo largo de vino y miró a su hermano. Le dijo que hablara más bajo, en italiano. Siempre le hablaba en italiano a él. Aunque hubiera mil personas a su alrededor. Para recordarle quienes eran y de donde venían. La boca le sabía a alcohol pero ni eso podía borrar aquella brizna a muerte que le llenaba la lengua, como si su existencia misma estuviese atada a un destino mortuorio, como el de los átridas.
¿Qué pesaba más que la sangre? Le piacere e il pecatto Volvió a tomar la copa de vino, mientras Feliciano parloteaba algo y el japonés ese fingía prestarle atención. Apoyó la mejilla contra su mano de dedos helado y miró a Antonio de nuevo. Pero esta vez le miraba él también. Que vulgar era. Mirándole tan de frente. Pero ésta vez se sentía extrañamente valeroso. Lleno de vida aunque la boca le supiera a muerte y el mundo se viera de toda la gama de amarillos posibles. Jugueteó con el vino entre la mano y Antonio le sonrió desde el otro lado.
Antonio del lado de allá, él en el lado de acá y los demás en otros lados. En dimensiones paralelas que no podían molestarles de cualquier manera. No podía negar que físicamente le gustaba Antonio. Pero eso no significaba nada, especialmente con él. Prácticamente todos los hombres que veía le parecían bellos en algún sentido. Incluso su propio hermano, más por ser un reflejo de él que por otra cosa. Podía ver belleza en cualquier sitio. Pero no a Belleza, sino, a la belleza. Eso es ser vidente, ¿no? Hacerse vidente.
En los ojos de fuego de Gilbert, en las manos afectadas de Yao, en los músculos de Alfred, en la boca de piñón del tal Kiku, en el cabello suave de Vash, en la sonrisa misteriosa de Iván. Allá estaba la belleza. En la piel bronceada de Antonio y en sus ojos de constante deleite. ¿Entonces, que le llamaba la atención? Quizás que en Antonio no veía algo que en los demás sí. No le veía con el alma de muerte a su lado. Antonio estaba vivo por cada uno de sus poros y no podía negar que era eso lo que le atraía lo que le forzaba a mirarlo. El francés le dijo algo y el hechizo, finalmente, se deshizo. Sólo era una leve sombra ya entre ellos.
Gilbert casi se ahoga con un trozo de papa cuando escuchó a Francis. Y debió ser grave porque incluso Roderich le lanzó una mirada consternada, súbitamente preocupado. Cuando estuvo ya seguro que no iba a morir atorado por un pedazo de comida, le lanzó una mirada asesina al francés que le sonreía socarronamente. Los labios se movieron con rapidez, mascullando algo en alemán. Nadie vio la patada que le pegó Roderich por debajo de la mesa.
Kiku miró por la ventana aburrido hasta que escuchó un estallido contra la madera. El silencio reinó en el salón de manera inmediata. Cuando se giró con rapidez a la fuente del sonido, casi se cae hacía atrás cuando vio que lo que tenía al frente era una de las chaquetillas de botones de LE Tulipey. Alejó la cara y levantó la mirada encontrándose con Francis, que miraba sobre su espalda. Su sonrisa la inquietó. Era una sonrisa de predador, de animal helado. Se ladeó un poco, y lo vio.
Gilbert había golpeado con fuerza la mesa, usando las palmas. Estaba levantando y miraba a Francis fijamente. Roderich le tenía puesta la mano en el antebrazo pero parecía que sólo era formalidad. No creía que el austríaco fuera a detener nada. Antonio (sabiamente) se había escurrido de su sitio y trataba de no darse por aludido. La mirada de Gilbert era terrible. Nunca había visto eso en nadie. Era la rabia más pura, condensada en dos ojos. Se preguntó como Francis le sostenía la mirada, casi burlonamente y se enroscó un poco en la silla. Un animal. Pero ya no era de sangre fría. Sentía en sus mejillas el calor que irradiaba Gilbert que le miró apenas unos segundos. Sus labios musitaron algo, en alemán de nuevo. Roderich apretó más su agarre. Fueron apenas segundos, extendidos como dulce en el tiempo que le duraron horas en su cabeza. Genoulaz se levantó, pero antes de que se pudiera acercar mucho, Gilbert ya caminaba hacia la salida, lanzando miradas de amenaza y advertencia. Todo el mundo volvió a hablar, buscando olvidar cualquier cosa que hubiesen visto. Francis se giró de nuevo.
―¿Eres Kiku, no? Soy tu tutor, Francis Bonnefoy
Gilbert pateó la puerta y le prendió un cigarrillo con rabia. Se sentó en la cama y se guardó la llave en un bolsillo. Sentado en la que suponía, era la cama de Ludwig, miró lánguido la de Kiku. Se levantó y se quedó mirándola, fijamente, fumando a caladas largas. Acaricio la almohada y removió en cabello negro y corto. Dejó un papel arrugado debajo. Salió con sigilo y cerró la puerta, asegurándose de volver a cerrarla con seguro.
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Nota de Autor: No sé como disculparme por todo lo que me demoré haciendo este capítulo. Sé que ya es difícil que se acuerden de que había pasado en el anterior, y realmente lo siento mucho pero me pegue un varonazo en la parte de Alfred y Arthur que casi me pongo a llorar de lo mediocre que resulto siendo. Sé que este capítulo no es lo mejor, de hecho es bastante malo en mi opinión pero era necesario. Esperemos. Realmente lo siento mucho y espero retomarle de nuevo la línea a la historia.
Por otro lado: ¿No han notado que entre más fan-service se va volviendo la serie, más mierdosos los fics? Es que cada que entro a ff-net Hetalia me encuentro con cada aberración…
En fin. ¡Que tengan una linda semana y leo todos sus reviews y me alegra mucho que sigan el fic!
