Está historia es mía, no así los personajes, esos son de las chicas de Clamp. Disfruten la lectura :).
Cruda realidad
Giré y giré tratando de hallar, entre dormida y despierta, ese pequeño y molesto objeto que seguía sin dar tregua a mis ganas de quedarme entre las cobijas, calientita, soñando con un mundo lleno de chocolates y dulces, donde las matemáticas eran relegadas a segundo plano y por lo tanto totalmente prohibidas. Prohibido mi palabra favorita de este día.
Definitivamente todos tenemos algo estrictamente prohibido en este mundo. A los diabéticos se les prohíbe el azúcar, a los alérgicos el fruto de sus estornudos y a mí… llegar tarde a la escuela.
-¿QUÉ?- grité al darme cuenta que frente a mi estaba un 7 rojo, se veía tan enorme y amenazador que preferí dejar de mirarlo y acto seguido salir corriendo al baño. Al parecer ni la estela de mi huida alcanzó a ser divisada.
-¿Por qué siempre me pasa esto?- me lamentaba mientras abría la llave de la regadera de la que brotó un hilillo de agua totalmente fría. Cinco minutos después y mi color de piel cambió de blanco rosado a un morado bastante feo que me asemejaba a una uva pasada.
-¡Monstruo!- se llenó toda mi habitación con la gruesa y burlona voz de mi hermano mayor -Apúrate si no quieres llegar tarde- y después de una corta pausa, muy incómoda, terminó de hablar - ¡Otra vez!
-Ya voy, ya voy- rodé los ojos y salí lo más rápido que pude. Apenas y había alcanzado a enjuagarme el cabello y pasar el resbaloso jabón por mi cuerpo, por eso al estarme secando con la toalla note que aún quedaba encima de mi cabeza un poco de espuma.
Como siempre atravesé mi cuarto como un rayo cogiendo la ropa y las zapatillas, todo había sido lo que se encontraba al más próximo alcance.
Después de vestirme en lo que habrán sido los 2 minutos más rápidos de toda mi existencia, tuve el descaro de ponerme a jadear y cómo no, si hasta sentía la adrenalina saliéndose de mis poros.
Baje las escaleras, de una en una, de dos en dos, tres en tres y al final y sin contar cuantas me faltaban para llegar a la puerta di un salto.
-¡Hermano!, ya me voy- no esperé su respuesta pues sabía que no dejaría que me fuera sin desayunar .Y es que con la cena del día anterior, preparada por Yukito, había quedado tan satisfecha que podría pasarme los siguientes días sin probar absolutamente nada.
Mientras me dirigía a la escuela me di tiempo para recordar la mesa, llena de distintos alimentos, con muchos colores, olores y si te aventurabas un poco más, miles de sabores que llevarían hasta los confines del cielo a tus papilas gustativas.
Podía sentir los aromas atravesarse en los vientos, luchando por llegar a mi alcance, dejarme ese delicioso olor impregnado en la mente. Y fue ahí cuando me di cuenta que mi estómago estaba rugiendo. Cosa no desapercibida por los transeúntes que paseaban por las calles del tranquilo Tomoeda, los cuales me miraban como si estuviera desquiciada o simplemente desahuciada. Y fue ahí cuando recordé otra cosa, muy insignificante para mí y mis días en la preparatoria.
-No me peiné- susurré mientras trataba de acomodar un poco mi húmedo cabello tras mis orejas. Tenía la suerte de no haberlo dejado crecer demasiado por lo que no era muy necesario eso de estarme pasando un cepillo cada dos horas, aunque pensándolo bien nadie lo hacía así.
Apresuré el paso cuando vi las puertas del instituto aún abiertas. Al menos esta vez no había llegado tan tarde.
En la caseta de entrada estaba el guardia que ya tantas veces me había hecho el favor de dejar que me escabullera y llegara aunque fuera a segunda hora. No era muy alto, algo regordete y con evidentes canas rodeándole la nuca. Su bigote ocultaba muchas veces su sonrisa, aunque aun así podía notar que era sincera y amable.
Cuando me vio pude ver en su rostro una especie de sorpresa e incredulidad.
-Señorita Sakura- se dirigió a mí, aún con la incredulidad rodeándole por todo el semblante.
¿Tan mal me veía? O sería que me había pasado de tarde. ¿Por qué me miraba así? No es que tuviera hongos en la cabeza, ¿o sí?
Me cercioré pasando una tímida y lenta mano por la base de mi cabello. No había ninguna extraña protuberancia. No había hongos ni nada por el estilo que me hicieran parecer un extraterrestre.
-¿Llegué muy tarde, otra vez?- titubé ante la casi evidente afirmación, la cual no llegó.
-Todo lo contrario- sonrió- ha sido la primera en llegar.
-L-la p-p-primera –oh si, si tuviera un espejo frente a mí no vería mi cara, sino un enorme foco rojo brillando, con un lema tatuado en el: Niña idiota no recuerda que adelantó el reloj para llegar a tiempo. Touya, me las pagarás.
-No se preocupe señorita- volvió a sonreír tan amablemente que ya no podía dejar de sonrojarme -las instalaciones ya casi están abiertas. Debería ir a desayunar algo, pues parece que tuvo una carrera muy larga-.
-Muchas gracias Kazuo-.
Y emprendí carrera de nuevo hacia el baño. Por suerte, gracias a mi querida amiga Tomoyo, siempre cargaba con una pequeña cosmetiquera en la mochila. Todo esto en contra de mi voluntad.
No tarde en plantarme frente al enorme y deslumbrante espejo, ¿No había dicho que los odiaba?, bueno lo diré de todas formas: Odio los espejos. Por qué, simple no me gusta reflejarme en ellos.
Saqué un peine improvisado y comencé a cepillarme el cabello. No estaba tan enredado ni esponjado por lo que opte en dejarlo suelto, sin ninguna pinza o pasador.
Suspiré recordando mi repentino vacío estomacal. Procedí a medio maquillar las recientes ojeras que oscurecían un poco el borde de mis ojos. Puse un poco de rímel sobre las pestañas y pasé un lipstick transparente sobre mis labios.
La chica más natural del instituto me habían dicho. ¿Me importaba? En lo más mínimo. Maquillaje y yo era como mencionar agua y aceite unidos en una mezcla heterogénea. Imposible, ¿no?
Dejé de lado los materiales de tortura y di un último vistazo al inmóvil y frío espejo. Ahí estaba la chica natural, que no pasaba mate y la regaba cada que podía. Sonreí con gracia ante lo último, me autocriticaba tan rotundamente que ya hasta parecía de esas personas que se la pasan hablando de los famosos en algún programa barato y corriente.
Caminé hacia afuera del baño y me topé con algo. Vaya que era torpe. Levanté la vista y frente a mi estaba una pizarra, ciertamente olvidada por alguien.
-Espero no deje moretón- dije mientras me sobaba el lugar de tan duro golpe - ¿qué es eso?-.
Un cartel color celeste pálido pregonaba en letra mecanografiada lo siguiente: Último aviso para los que no tienen muchas probabilidades de pasar el semestre con las siguiente materias -mi corazón dio un vuelco - Ciencias Sociales, Física II, Química III, Matemáticas VI. Favor de presentarse al salón de tutorías. ¡Es tu oportunidad de conseguir el pase!
No sé porque esas palabras en lugar de entusiasmarme me daban escalofríos.
Me habían contado que los estudiantes que te asignan como tutores son los que están en último grado de carrera estudiando dichas materias en específico y como tienen muchos deberes de la Universidad son demasiado estrictos.
Ya me imaginaba a mi tutor escupiendo fuego y pegándole a mi escritorio con un látigo, tratando de explicarme como despejar la incógnita x. Todo a base de golpes y torturas mentales.
Podía irme despidiendo de mis sábados tranquilos, o de mis entrenamientos con las porristas. O las prácticas de voleibol, las salidas con Tomoyo al centro comercial y todo lo demás. Hice un puchero mientras trataba de despejar mi mente pensando en ese enorme oso de felpa que mi padre me había prometido, todo con tal de pasar el semestre.
-¡Lo voy a conseguir!, así tenga que enfrentarme a un dragón gruñón escupe fuego-.
Con paso firme fui a la cafetería que para mi suerte estaba abierta. Me introduje sin problemas pidiendo disculpas a la señora que se encontraba lustrando el suelo.
Llegué hasta la caja registradora y pedí un jugo junto a unas bolas de arroz. Lo pagué y dispuse a salir. Justo cuando abandonaba del lugar volví a topar con algo, derramando mi jugo sobre dicha cosa.
-Fíjate por donde vas Kinomoto, no puede ser que sigas siendo tan torpe- sus cejas oscuras y gruesas se unieron en una sola, dejando ver que se encontraba realmente molesto. El cabello color chocolate caía esparcido por todos lados, mechones por aquí mechones por allá, haciéndolo ver como lo que era, el despreocupado Li.
-L-lo siento- no pude evitar sonrojarme y pedir veinte disculpas por segundo, aunque fuera al ser de piedra que todo el mundo conocía.
-Déjate de tonterías y hazte a un lado- ni siquiera volteo a mirarme, cosa que no me preocupó demasiado. Así era el con todo el mundo, frío, cortante y según yo hasta arrogante y presumido. Pero era una persona al fin y al cabo.
No seguí desperdiciando el tiempo de almuerzo que tenía y dejé de pensar en el famoso Li Shaoran. Llegué hasta lo que era una banca de cemento colocada en el jardín principal, desde donde podía divisarse la entrada y mi salón.
Le di unas cuantas mordidas a la bola de arroz hasta que esta por fin desapareció de entre mis manos, al igual que el delicioso jugo de manzana. De pura casualidad voltee hacia el portón de entrada y vi una enorme melena negra meciéndose en el viento. La dueña de dicho cabello suavemente ondulado en las puntas, blanca como la nieve, batía su mano frenéticamente en una dirección aproximada hacia…
-¡Sakurita!- claro, a donde más iba a estar saludando Tomoyo si yo era la única que hasta el momento estaba por ahí, bueno aparte del "cubo de hielo" alías Li.
Corrió hacia mí y alzó los brazos. Esa era mi mejor amiga, la que al no vernos durante dos días me saludaba como si hubieran pasado años. Era algo incómodo algunas veces, pero nunca le negaría un abrazo.
-Tomoyo- respondí mientras sentía sus delgados brazos rodearme por el cuello, en un intenso saludo matutino. Se separó justo como había llegado, rápidamente y sin darme tiempo de reaccionar. Puso su cara de no entender y me miró con cierta curiosidad, que le navegaba por sus lindos ojos violetas.
-¿Qué haces aquí tan temprano?- posó su mano derecha sobre su mentón haciendo amague de pensar en la posible respuesta.
-Verás Tomoyo… -sería vergonzoso contarle, pero no sabía mentir y por otro lado siempre he pensado que es preferible decir la verdad- anoche adelanté el reloj para así cuando me levantará en la mañana hacer mi rutina tranquilamente, pero por alguna razón al despertarme me alarmé y olvidé que había hecho eso, por lo que aquí estoy, una hora antes de la entrada- sonreí con pena, sonrojándome ligeramente.
-Hay Sakura, tu siempre tan despistada- sonrió ampliamente mientras tomaba asiento a mi lado.
Le conté a Tomoyo lo de las tutorías y mi enorme temor por toparme con un tutor descolocado y rabioso, a lo que ella solo reía y afirmaba con la és me dio a entender que no todo lo que me habían informado sobre las tutorías era realmente cierto.
-¿Entonces me acompañas en la salida a tutorías, para pedir cuanto antes a alguien que me asesore para no dejar matemáticas?- dije todo en un tono tan lastimero que hasta a mí se me achicó el corazón de solo pensar que me diría que no.
-¡Por supuesto!-.
Y así pasaron los minutos. La preparatoria comenzó a llenarse de estudiantes y parloteos. Idas de aquí para allá, buscando amigos o simplemente queriendo encontrar lugar para irse a copiar la tarea.
La hora de entrada llegó y mi primera clase al igual estaba a punto de comenzar. Tuve la suerte de no cambiar de salón en todo mi recorrido académico, los mismos compañeros, asientos, hasta uno que otro maestro seguía impartiéndonos clase.
Me adentré en la boca de lobo, sintiéndome diferente, había algo mal ahí, cosa que no tarde en notar. El salón estaba completamente vacío. Comenzaba a preocuparme.
-Tomoyo, ¿qué nadie vendrá a clases hoy?- ella solo levantó una ceja y luego se echó a reír.
-Se nota que no estás acostumbrada a llegar a tiempo- voltee al notar que esa voz no era la dulce y tierna de mi amiga.
-Vamos Li, no seas tan malo con Sakurita- sonrió la amatista -no tuvo un buen despertar-.
-Ajá- y el don metiche dispuso a tomar asiento, justo detrás de mí banca, como siempre. Seguía sin entender porque si tanto me odiaba seguía sentado ahí tras de mí. Tal vez tenía complejo de masoquista o algún otro padecimiento extraño.
No había dejado de mirarlo ni un segundo, cosa que pareció incomodarlo de sobremanera. Era demasiado maleducado para ser tan lindo, apuesto que si sonriera se vería mejor.
Le sonreí tratando de que imitara mi acto, como si de un reflejo se tratase. A esto el solo me miro raro.
-¿Podrías voltearte Kinomoto?, tu mirada me… molesta- oí la tenue risa de Tomoyo que seguía de pie junto a mí. Li medio se sonrojo, la risa debió avergonzarlo.
-Está bien- sonreí de nuevo y me senté.
El resto del día transcurrió normal. Ecuaciones químicas que medio entendí, guerras sin sentido que se abalanzaron sobre todo el mundo, distancias entre puntos determinados, gramática, y mi pesadilla: ecuaciones lineales.
Sude frío esa última hora. Veía como uno a uno mis compañeros pasaban al pizarrón a resolver problemas sin sentido. Despejar incógnitas que no tenía ni idea para que servían y un montón de cosas que me venían atormentando desde hacía unos meses.
Y por fin llegó el tan esperado sonido de la chicharra. Bendito ruido que destrozaba tímpanos y demás, dando la oportunidad de salir corriendo de ahí, y dejar por un rato las odiosas matemáticas.
Tomé mi mochila y salí tan aprisa que no di tiempo a Tomoyo para que me siguiera él paso. Había cambiado de opinión, no quería un tutor, no quería que alguien me dijera tonta por no entender cosas tan "simples", para los demás, claro.
-Sakurita, espera -escuché como mi amiga corría desesperadamente tras de mí, intentando alcanzarme y tal vez cuando me hubiera capturado, arrastrarme hasta el aula de tutorías. Pero eso no sucedería, no por nada era la chica más veloz del instituto.
Todo se fue desvaneciendo poco a poco. Vi a mi madre parada junto a mí, sonriendo. ¿Acaso volvería a decepcionarla? Paré en seco y caminé sobre mis propios pasos. Desde ahora todo iba a cambiar, aunque tuviera que sacrificar mis sábados, entrenamientos y salidas. Debía hacer que si mi madre estuviera aquí, sonriera por mí.
Divisé a Tomoyo unos metros más adelante, sosteniéndose el pecho, como si su corazón fuera a salírsele por la boca de un momento a otro. Sonrió aún agitada, esperando que me acercara más.
-Qué carrera me has hecho dar- seguía jadeando.
-Lo siento Tomoyo- me disculpé más apenada de lo necesario -me comporté como una cría.
-Vamos, no es necesaria tu disculpa- movió la mano en el aire restándole importancia a mi niñería. Se enderezó, recuperando su semblante aristocrático y calmado.
-Bueno Tomoyo- dije intentando no sonar alarmada -vamos a buscarme un tutor-.
Mi amiga no hizo más que dedicarme una de sus preciosas y deslumbrantes sonrisas, brindándome todo el apoyo que necesitaba en ese momento.
Caminamos hasta el salón en el cual estaban pintadas unas enormes letras negras donde se leía perfectamente: TUTORÍAS.
Tragué pesado y pasé sigilosamente. El aula se veía más acogedora de lo que hubiera imaginado. Había varias mesas rectangulares, rodeadas de sillas acolchonadas en color crema. Tras las mesas estaba un enorme librero, lleno de títulos tanto escolares como de otros que iban desde la fantasía hasta el misterio.
No advertí una presencia hasta que después de escuchar un carraspeo me giré y pude divisar detrás del escritorio a una chica de largo cabello negro, recogido en una coleta. Traía unos lentes finos que le resbalaron hasta la punta de la nariz.
-Puedo ayudarlas en algo- Tomoyo no se movió ni un ápice al igual que yo. La chica levantó una ceja y luego sonrió -no tengan miedo, no muerdo-.
Me reí ante el comentario y me acerqué un poco más, intentando pensar como decir lo que ella a medias intuía.
-Vengo por lo de las tutorías- me sonrojé -de matemáticas-.
-Claro, un momento- sacó un papel de una carpeta forrada en color azul, buscó algo y continuó -¿Prefieres clases compartidas o privadas?-.
-Pues…- ¿sería bueno que otros vieran mi estupidez?, no -privadas- dije frenéticamente mientras tomaba asiento.
La chica sonrió y dijo- Muy bien, apunta tu nombre y tus datos aquí –me tendió la hoja que había estado observando junto con una pluma.
Procedí a contestar todo lo referente a mi persona. Materia que solicitaba, nombre, grupo, turno, -¿Alergias?- arqué una ceja- ¿Para qué?-.
-Podría ser útil- sonrió.
Me encogí de hombros y terminé de anotar todos mis datos. Le devolví la hoja y suspiré.
-Gracias- tomó el documento y me miró fijamente- ¿No has escuchado buenas cosas sobre los tutores, verdad?-.
-En realidad no- me reí nerviosamente.
-No te preocupes, te he asignado a la mejor persona que puede darte clases- me entregó un papelito con una dirección y un teléfono- tienes suerte de haber llegado temprano, es el tutor más solicitado y créeme que da buenos resultados- sonrió amablemente.
-Muchas gracias- me levanté del asiento y salí por la puerta aún con el corazón latiéndome a mil por hora.
Hey guys!, una disculpa por el retraso... procedo a cometar el review del capítulo anterior :D
JenLi-Chiba92: Gracias por estar leyendo, y sí yo tampoco tenía muy claro de que iría la historia, pero ya me he formado una idea de lo que pueda tratarse. Espero y sigas leyendo para haber si ahora si va agarrando sentido la situación, ójala y te guste. Nos estamos leyendo :D.
Espero actualizar pronto.
