Los personajes Twilight le pertenecen a la señora Meyer, yo sólo estoy jugando un poco con ellos.


Se quedó un largo rato viendo hacía el vacío balcón, y entonces lentamente reconoció cómo lo habían atrapado y engañado.

Todo apuntaba hacía Lord James Smith, con quién había compartido su estadía en el Eton*.

Hijo de un noble que no tenía el suficiente dinero para llevar la vida que la gran sociedad aristocratica exigía.

James, él mismo que embaucaba a mujeres viudas, solteras ó viejas, que tenían en común una inmensa fotuna, para casarse con alguna.

Pero cuando vió que debido a su atractivo combinado con sus excelentes modales, las mujeres lo seguían. Ahí había un negocio sin precedentes que lo proveía de todo lo que necesitaba, de tal manera que se hizo amante de muchas mujeres de la sociedad que lo compraban con regalos ostentosos ó prestamos sin fecha de devolución.

Haciendo que finalmente James desistierá de la idea de casarse.

No se limitaría a una sola mujer, cuando podía tener a muchas.

¡Maldición!

Ahora todo encajaba perfectamente.

El porqué James se había mostrado tan interesado en cambiar su lugar en la casa de veraneo de los reyes y qué él no había tomado mucho en cuenta, cuando vió la belleza deslumbrante de Victoria, que se iba a sentar a un lado.

Probablemente había sido James el que instruyó a Victoria en la atrayente forma de atrapar al duque.

Si, él lo hizó. Con él platicó varias veces la manera en qué las mujeres favorecian las relaciones románticas.

Y también juntos llegaban a la conclusión de qué al facilitar ellas todas las vías para el cortejo, éste se volvía monótono, ya que eliminaban la emoción de conquista.

Y por supuesto, la excitación que dejaba el ser ganador de una ardua aventura.

James sabía cómo tentarlo.

Recordó cuando Victoria no mostraba interés en verlo, las veces que se sintió rechazado por su constante pudor, su evasiva para estar a solas con él, sus negativas para bailar con él... todo había sido un reto que encontró placenteramente irresistible de conquistar.

Apretó fuertemente los dientes al saber su orgullo herido y su ego desestimado.

¡Había sido un completo imbécil!

¡Un auténtico títere!

Que se había doblegado a la voluntad de Victoria, creyéndole sus ardides virginales.

Él mismo había habilitado a los otros para que se rieran a su antojo, para que él cayera en sus redes de pureza.

Y lo peor que cayó.

Y ¡vaya! de qué manera lo hizó.

En ese momento se sintió humillado y con unos tremendos deseos de subir hacía el balcón y enfrentarse con James y desenmascarar a Victoria.

Pero al mismo tiempo desistió de la idea, pensando que esa era una forma demasiado vulgar y fácil para enfrentar a la pareja de amantes.

Además, propiciaría un escándalo de magnitudes estratosfericas con él cual no querría lidiar.

Principalmente no deseaba que el mundo se enterará de la burla de la cuál había sido objeto.

Pensó en tal vez continuar con los planes de la boda y convertir a Victoria en su esposa.

Tan pronto cómo se formó ese pensamiento, lo contradijó con una mueca de despreció y continúo con su lucha interna y sus resentimientos saliendo a flote.

No. No se casaría con una mujer cómo Victoria.

El sólo hecho de pensarlo lo hizo sentir una furia tal, que le pareció ver todo a su alrededor, rojo, especialmente el balcón, teñido de sangre.

Todavía no tenía un plan, pero si decidió que debía lastimar a Victoria y a James de una manera más sutil y tal vez más elegante.

Con lentitud se levantó del lugar dónde estaba escondido, brincó la valla y volvió sus pasos hacía el bosque obscuro para salir hacía la calle en dónde ya lo esperaba su cochero Cheney.

El muchacho ápenas lo vió e hizó ademán para bajarse del coche para abrirle la puerta, gesto que Edward impidió diciéndole.

- No es necesario, Cheney.- con un tono de voz seco y amargo.

- ¿Lo llevó a la Mansión? - preguntó el jovén Cheney con voz trémula debido a que él tono de su amo, daba una idea que no estaba de humor para conversaciones.

- Si - contestó de manera cortante para abrir la portezuela y subir rapidamente a su carroza.

En cuánto se sento en el mullido asiento, reposo la cabeza en el respaldo del sillón y cerró los ojos.

Lo único que veía al cerrarlos era la imagén de James y Victoria dándose un apasionado beso.

Apretó los puños y los dientes.

Ésto lo iban a pagar.

No sabía cómo pero se iba a vengar.

No pasaron muchos minutos, cuando la carroza cesó su movimiento.

Edward ni siquiera se había percatado de qué habían llegado a su casa, se acomodó su capa y sintió una superficie rara escondida en ella.

Apretó nuevamente los dientes, maldiciendo internamente.

Era el estuche del collar de diamantes con záfiros que le iba a dar a Victoria.

Eso le dió una idea de lo que al menos lo mantendría con pensamientos menos criminales.

Abrió la puerta de la carroza y sacó medio cuerpo apoyándose en la puerta y el techo del carruaje para decir:

- Chenney, me acabó de percatar que necesito hacer otra diligencia.

Chenney volteó a verlo, parpadeo y se dió cuenta inmediatamente de lo que le iba a pedir a esa hora de la noche.

No habría que ser muy inteligente para saber que cualquier tipo de negocio por lo regular se efectuaba antes de las horas del crepúsculo a menos que tuviera que ver con mujeres.

- ¿Si, su señoria?

- Ya sabes el camino.- cerró la puerta de la carroza y se acomodó nuevamente en el sillón.

Necesitaba afirmar su orgullo y ya sabía quién le iba a ayudar.

Además de qué ese collar del demonio iba a ser un buen regalo para una mujer, y qué mejor que la que lo ayudaba a sus menesteres más placenteros.

.

.

.

La luz de la chimenea del dormitorio de Lady Tanya Denalí, ofrecía sombras titilantes que se enrollaban y se movían de formas poco normales.

Edward rodó a su lado con el rostro y el cuerpo perlado de sudor, producto del frenético orgasmo que acababa de experimentar, tapándose el rostro con el brazo en lo que lograba serenar su respiración.

Tanya Denali se recostó a su lado, manteniendo una distancia prudente.

Ella cerró los ojos, imaginándose que Edward realmente la amará y por eso estaba a su lado, que fuera ella la que se casará con él, pero desgraciadamente en la vida real, no había oportunidad para ello.

Había sido la esposa de un comerciante rico, que había muerto dejándola sin hijos y con una muy buena fortuna, que se acrecentaba continuamente por los diversos negocios que administraba.

Pero de cualquier manera estaba sola.

Y no por que ella ó él no quisieran tener descendencia, sino por que su vientre no estaba acondicionado para alojarlos durante los nueve meses.

Ese pensamiento más la sensación de soledad y perdida le hizó enjuagarse una solitaria lagrima que rodó por su sonrosada mejilla, la cuál limpió rápidamente.

Ella amaba a Edward Cullen duque de Masen de manera silenciosa, moriría con ese secreto, pero ella era feliz aunque él sólo la buscará como desahogo de la carne.

Además era consciente que Edward jamás se permitia derramar su semilla dentro de ella, se retiraba antes cómo medio de prevensión.

Y eso era muy desolador, a menos le hubiera gustado disfrutar de la sensación de ser llenada por él, que tuvierá su esencia por unos momentos muy dentro de ella.

Incluso, nunca se habría quedado a dormir con ella.

Lo cual, entendía. Estaba comprometido.

Además no podía quejarse, aceptaría todo lo que él quisiera brindarle, sin comprometerse a aceptar su dinero por que eso la haría sentirse una cortesana y ella le entregaba su amor aunque él no lo supiera.

Edward en ese momento pensaba en la hermosa mujer que estaba a su lado. De un cabello color rojizo dorado, unos ojos enormemente azules, con un cuerpo tentadoramente voluptuoso en las partes necesarias, era un manjar visual muy atrayente.

Lady Tanya Denalí, tenía más edad que él y era una amante muy activa y complaciente que siempre le ofrecía un consuelo cálido y armonioso.

No pedía nada a cambio y rechazaba tajantemente la pensión que él afanosamente le proponía.

Nunca se mostraba celosa ó posesiva ó con arranques de enojo ó enfado, era una buena mujer.

Él fácilmente la podía considerar su única amiga del sexo femenino, que no tuvierá una clara intención de atraparlo.

El pensar en eso lo hizó sonreir, pero desgraciadamente sólo era una risa amarga y ácida, ya que le hubiera gustado alguna vez hacerle el amor y no tener únicamente el placer de la carne bajó de él.

Sin embargo, no podía hacerlo, cuando él no conocía tampoco el amor, sino la pura manifestación de dominar, la experimentación de seducir, de someter a alguna femina a sus encantos y el disfrutar celebrar la victoria con el mayor placer que otorgaba el deleite de piel con piel.

Eso era un halago a su ego, un elogio a su vanidad y una alabanza a su energía viril.

Afortunadamente para él, todo grupo de mujeres experimentadas que fueron sus compañeras carnales en algún momento, solían jactarse orgullosamente de disfrutar del hombre y sus expertos dominios del tema erótico.

Inmediatamente eso le hizó recordar el sabor de la traición y su orgullo herido.

No iba a sentirse mal por ello, no frente a Tanya.

Cuando se hubó tranquilizado, se levantó lentamente de la cama para vestirse, dándole la espalda a Tanya.

Tanya lo observaba disimuladamente, siempre era así. Y gustosamente aprovechaba la vista que le daba inconscientemente Edward de su bien formado trasero y sus firmes y torneadas piernas.

Después de una sesión tan acalorada, todo se volvía... ¿cordial?

Si. Esa era la palabra.

No había nada que reclamar, era un acuerdo mutuo.

Edward era un caballero, un caballero muy dispuesto.

Justo cuando Edward tomaba su capa y palpaba la dureza del estuche del collar, se volteó hacía ella, que ya se había colocado un albornoz de seda rosa.

- Tanya, creó que no tengo palabras para agradecer el tremendo placer me causa su compañía.

Tanya sintió un calor en todo el cuerpo, recordándo lo que habían compartido.

- Su señoria, el placer ha sido todo mío.

- Aquí sólo Edward, Tanya. Nos conocemos demasiado cómo para andarnos con formulismos. Eso lo dejamos cuando se tenga que dar constancia de nuestra buena educación.

Tanya sólo asintió.

- Bueno, dejemonos de cosas incomodas, y bien. - sacó el estuche de su capa y lo sujetó en una mano mirándolo.- Cómo le iba diciendo, no he encontrado las palabras para agradecer, por lo tanto, le ruego que acepte este presente cómo muestra de mi gratitud.

Y extendió la mano con el obsequio mientras Tanya parpadeaba y miraba con cierto desconcierto lo que Edward le ofrecía.

Era un estuche, y por la grabación de la famosa marca de dónde provenía; era un estuche que contenía joyeria.

Por un momento se emocionó y pensó que tal vez habría una oportunidad para ella.

Pero inmediatamente, ella misma se corrigió y se dijó que eso no podría ser.

Él se casaba el domingo.

.- Edward, no sabría si aceptarle ese presente.

- Aceptelo, por favor. - dijó con su voz aterciopelada y viendola con esos ojos de un verde tan intenso como raro.

Ella al oir la petición y ver esa mirada tan persuasiva, no pudo más que asentir y tomar el collar.

- Agradezco el detalle que ha tenido conmigo, realmente no tenía que hacerlo.

- Pero lo he hecho, así que ya no me queda más que despedirme.- le tomó la mano y le dió un suave beso en los nudillos.- Hasta pronto, Lady Tanya. No hace falta que encamine a la puerta, conozcó el camino.- diciéndo ésto se dió la vuelta, para abrir y cerrar la puerta trás de sí.

Ella se quedó perpleja. Muda.

Él se había despedido.

Tal vez no la volvería a buscar, al fin y al cabo ya iba a tener a su esposa para calentar su cama y satisfacer sus necesidades.

Sintió arder los ojos, y bajó la vista hacía sus manos que sostenían el estuche y lo tomó con ambas manos apretándolo en su pecho, como si de esa manera pudiera conservar más cerca a el duque.

En ese momento se dijo que, si no la buscaba nuevamente, ella al menos iba a tener algo que le recordará a Edward.

Inmediatamente lo abrió, tratándo de contener su ansiedad por ver que contenía.

Lo primero que vió fué los destellos que desplegaban todos los pequeños diamantes que la hizó soltar un jadeo.

Era una pieza exquisita, y muy costosa.

Que tenía záfiros incrustados, como el color de sus ojos.

Eso la hizó sonreir. Al menos Edward había tenido el detalle de combinar el collar con sus ojos.

.

.

La eficacia de los empleados de Edward fue puesta a prueba cuando, al volver a la Mansión Masen después de la medianoche, envió a buscar al señor Jerks.

El sirviente que estaba de servicio durante la noche se apresuró a subir a avisarle y, en menos de quince minutos, un nervioso señor Jerks se reunió con el duque en la biblioteca.

Las órdenes que dió de forma breve y tajante ocasionaron que se despertara a la mayoría de sirvientes, que pasarón casi toda la noche tratando de poner la Mansión nuevamente a la normalidad.

Debido a tanto ruido generado por los cambios que se daban en la gran casona, toda persona que la habitaba, interrumpió su sueño.

Toda persona incluyendo a los Condes Cullen, que se habían quedado en la residencia de su hijo para ayudarle con los preparativos de su boda.

Después de dar tantas órdenes a diestra y siniestra, Edward subió la escalera con rumbo a sus habitaciones, de manera tan presurosa y pensativa que ni siquiera se percató de la presencia de su padre en el pasillo.

Tropezó con él.

- ¿Edward? Edward ¿Qué pasa?. - la voz alarmada de su padre lo despertó prontamente de su letargo.

- Nada, padre. Sólo estoy haciendo algunas modificaciones a lo planeado.

- ¿Y para eso despiertas a todo el servicio? - preguntó su padre con tono enojado.

- Padre, estoy cansado.

- Yo también Edward, yo estoy exhausto. Mental y físicamente acabado.- le reprochó Carlslie.

- Bueno, entonces no veó por que no estas en tus habitaciones.

- ¿Será tal vez por que un hijo mío es tan desconsiderado como para que no le importe el descanso de la demás gente?

- Esta bien, lo entiendó, ya no quitaré tus horas de descanso y te imitaré.

- No, Edward.¿Qué ocurre allá abajo?

- Padre, yo...

Le iba a contestar, cuando una voz femenina interrumpio su diálogo, ¡Diantres!

Era su madre.

- ¿Edward? ¿Hijo? ¿Por qué tanto alboroto?

- No pensaba decirlo hasta mañana, cuando hubiese recuperado un poco de cordura y sensatez. Pero ya que estan aquí los dos, lo voy a decir. - Se apretó el puente de la nariz.

- Hijo, me estas preocupando.

El tono apesumbrado de su madre para dirigirse a él lo ponía ansioso.

- No, madre. No es para que te preocupes, tal vez debería de darte gusto la noticia que te voy a dar.

-¿Y bien? -contestó su padre, cruzando los brazos en el pecho, esperando la respuesta de su hijo.

- He postergado indefinidamente la boda.

- ¿QUÉ? - dijerón en tono agudo los progenitores al unísono, que bien se pudo haber confundido con un grito..

- Ya lo dijé. El motivó no lo voy a decir por que todavía me cuesta trabajo asimilarlo. - respiró profundamente para continuar hablando.- Realmente necesito analizar cuál sería el siguiente paso.

- Pero ¿Y Victoria? ¿Cómo lo ha tomado? - dijó atropelladamente Esme.

- Madre, Victoria no merece que le dedique un pensamiento, lo único que deben saber es que he mandado publicar la noticia en el períodico, para que salga mañana a primera hora...- y volteó a ver su réloj de bolsillo - bueno, saldrá en unas horas. De tal manera que tal vez, me vaya de viaje, todavía no sé como voy a actuar.

- ¿Vas a huir? ¿Qué hiciste Edward? - su padre preguntó con tono autoritario.

- No estoy huyendo, estoy tratando de darme tiempo para pensar. Por primera vez en mi vida he quedado como un ratón frente a un león.

- ¿Te estas burlando de ella? - de nuevo su padre le preguntó pero con un tono que ya rayaba en lo neurotíco.

- No, Padre, Ella se burló de mí. Y no quiero decirte frente a mi madre todos lo adjetivos que se merece.

- Oh, eso cambía las cosas. - contestó Carlslie con un tono compresivo y más tranquilo, imaginando que clase de afrenta le hizó a su hijo.

-¿Qué si las cambia? - dijó Edward con un tono irónico.

- Lo siento, hijo. - comprensivamente dijó Esme.

- Te aseguró que no más que yo. - murmuró Edward con tono apesumbrado.

-¿Qué necesitas que hagamos? - preguntó Carslie con más empatía hacía lo que su hijo estaba viviendo.

- Sólo contar con su apoyo,

- Habrá miles de cotilleos. - masculló su madre.

- Eso es lo que quiero. No voy a explicar nada a nadie fuera de mi familia. Que la gente hable y haga sus propias conjeturas. No me importa la integridad de Victoria.

- ¿Y su padre?

- Padre, si llega hasta aquí el Conde Laurent retandome a duelo. Necesito que le digas que yo no estoy dispuesto a pelearme por una mujer, cuya virtud esta en duda, y que si no quiere que hable de la situación de su "hija virginal", que no haga nada estupido.

- Eso no es caballeroso, Edward.

- No quiero ser caballeroso, Madre.

- Pero es una mujer, no puedes decirle eso a su padre.- Le dijó Carslie de manera lógica.

- Bueno entonces digánle que no esta a mi altura y no quiero casarme con ella.

- Edward ya todo esta listo.

- Si, pero me dí cuenta antes y no voy a tolerar ser el de los cuernos.

- Edward, éstas hablando con ira, hijo y no es sensato lo que estas pensando.

- Entonces ¿ Quiéres tener una nuera que cada que se de vuelta tú hijo, se meta por el balcón otro hombre?

- Edward, por supuesto que no, pero debes ser más prudente e inteligente.

- El problema es que mi prudencia e inteligencia a estas horas no salen a flote. ¿Si me permiten? - y señaló el pasillo para que sus padres se dierán cuenta que deseaba terminar con la conversación y continuar su camino hacía sus habitaciones.

Bajó a desayunar vestido con su acostumbrada elegancia, pero con una expresión tan sombría que generaba incertidumbre a todos sus sirvientes.

Eran las seis de la mañana, había dejado instrucciones de qué el comedor estuviera listo desde las cinco treinta.

Se sorprendió que sus padres y abuela estuvieran desayunando.

- Buenos Días.

- Buenos Dias - contestarón los tres de manera autómatica.

Fué precisamente en ese momento cuando la voz del señor Jerks lo interrumpió.

- Su señoria, disculpe mi atrevimiento de interrumpir su alimento, pero como usted me dijó que hiciera cuánto antes lo de los avisos del períodico.

- Jerks por favor no se preocupe, yo sólo quiero saber si ya esta todo listo.

- Si, su señoria. Hoy salió publicado en el "London Herald", el "Time Notice" y el "Morning London", la postergación de su matrimonio con Lady Victoria.

- Me parece bien.- cortó tajantemente.

- Si me lo permite, su señoria. - dijó de manera vacilante el nervioso señor Jerks.- ¿Me permitiría hacerle una pregunta?

- No, Jerks. Ahora no. Pero lo veo en veinte minutos en mi despacho y ahí contestaré lo prudente.

El señor Jerks asintió, se dió la vuelta y salió del comedor de manera nerviosa.

En cuánto estuvo lejos de la vista del duque, sacó su pañuelo y se limpió el sudor de la frente, estaba temblando; no sabía que había pasado pero era lo bastante grave como para dejar a el duque en ese estado tan furico y sombrío.

Al mismo tiempo, Edward no estaba comiendo, sólo jugaba con el desayuno.

Sus padres al igual que su abuela, lo observaban desde sus lugares, su padre con un gesto de desaprobación, mientras su madre y su abuela con gestos abatidos.

Se levantó de su asiento del comedor, dejando la comida casi intacta, para salir apresuradamente de ahí.

La dos mozas encargadas del comedor ni siquiera tuvieron tiempo de hacerle una venía. Se vieron entre sí, y procedieron a recoger su plato del comedor.

Edward se sentó en la silla del escritorio, y pasó la vista por él.

¡Maldita sea!

Su vista se posó en la pila de cartas de agradecimiento.

Las tomó todas y las aventó al bote de basura.

Para volverse a sentar, recargar la nuca en el respaldo de su asiento y cerrar los ojos.

Había sido un estupido egocentrísta, al pensar en tener lo mejor.

Irónico.

El había sido un incorregible seductor de muchas mujeres, pero la única que le había interesado; había sucumbido a los encantos de otro hombre, aunque se prometiera a él.

Patético.

Unos nerviosos golpecitos interrumpieron sus pensamientos.

- Adelante.

- Su, señoria

Asintió.

El señor Jerks se aclaró la garganta.

- Lamentó los inconvenientes que le causen mis preguntas, pero son necesarias para continuar con todos los requierimientos que usted solicitó.

- Muy bien.

- ¿Qué hago con toda las flores y las enormes cantidades de comida que no se puede almacenar?

- Las flores repartelas entre la gente de bajos recursos, tal vez puedan venderlas.- gruño al acordarse, de todo lo que hizó para el gusto de Victoria.- Y la comida, encarguese de enviarla a todos los hospicios y lugares dónde sea necesaria.

- ¿Y los regalos? - preguntó el señor Jerks con un tono de voz más temeroso.

- Regresélos - dijó tajánte y enseguida le preguntó - ¿Ya están las valijas listas?

- Si, su señoria, sólo falta que usted diga que carruaje se va a llevar y hacía dónde va a partir.

En eso se escucharón unos elegantes toquecitos a la puerta y como enseguida giraban el pomo para abrirla, no habría que ser adivino para saber que los únicos que tenían ese atrevimiento, eran ni más ni menos que los padres del duque.

Así que era de esperar que alguno de ellos ó si no es que los dos entraran al despacho sin pedir aprobación.

Y no se había equívocado, eran los dos y su abuela Elizabeth.

- Hijo, venimos a hablar contigo. - la voz autoritaría de su padre, no dió paso a ninguna otra alternativa.

- Adelante, padre. - dijó Edward con tono indescifrable.

Su padre se volvió hacía el señor Jerks, para decirle con tono educado - Señor Jerks, ¿Sería tan amable de permitirnos unos minutos con mi hijo?

A el señor Jerks siempre lo ponían nervioso estar cerca de varios nobles. Sentía que todos los ojos estaban puestos en alguna falla, sabía incluso que eran gente muy sencilla y amable, pero destilaban poder hasta por los poros.

Lo intimidaban bastante.

- En efecto. Con su permiso. - hizó algunas venías y salió apresuradamente del despachó cerrando la puerta tras de si.

En cuanto a los que se quedaron en la privacidad que ofrecía el despacho, su abuela habló.

- Hijo, yo no sé que te ha llevado a tomar esas decisiones, no te voy a cuestionar, si estoy aquí es por que te quiero y apoyo en lo que tú dispongas.- a la abuela se le quebró la voz.

Inmediatamente Edward, acudió con un pañuelo a tomarla de las manos.

- Abuela, no te pongas así, era ésta intranquilidad que quería evitarles.- con su mano limpió las pequeñas lágrimas que corrieron por las mejillas de la abuela para después tomarle del brazo y depositarla en un pequeño sillón.

¡Maldita Victoria!, pensó al ver a su entrañable abuelita angustiada por él.

. Edward, tú madre y yo estamos sumamente inquietos por todo lo que ha acaecido en las últimas horas.

Edward iba a interrumpir, pero la voz de su padre se lo impidió.

. No, hijo. Permitenos hablar, hemos estado pensando en qué es lo que le vas a decir a Lord Laurent.

En cuánto Edward escuchó el nombre, tuvó que intervenir.

- No pienso darle ninguna explicación por el momento, y tampoco los voy a exponer a ustedes a que esten enfrentando este tipo de situaciones, por lo tanto - tomó una respiración honda - he decididó que ustedes deben marcharse al campo, sólo unos días, así no estaran lideando con todas estas noticias, pueden irse a casa de la abuela.

- No, Edward, me niego a huir y esconderme como una lagartija bajó las piedras. - la voz de su madre se oía decidida.

- Madre, yo no pienso rebajarme a discutir con él. No voy a contraer matrimonio y eso es todo. - dijó Edward con un tono más agresivo a su madre.

- Edward, no te permitó que le hables así a tú madre, esta lo bastante preocupada por ti.

- Lo siento. - dijó Edward pasándose las manos por su cabello.

- Hijo, entiendó tu enojó y tú ansiedad, pero debes pensar las cosas.

- Madre, por ello estoy postergando la boda, para salir de viaje con el pretexto de qué debo atender unos asuntos de extrema urgencia en el extranjero, necesitó pensar. Por fortuna, no habíamos hecho ningún documento matrimonial y seguramente no tarda en llegar Lord Laurent para aclarar algunas cosas y tengo toda la intención que no encuentre a nadie de la familia aquí.

- ¿Y después? - preguntó su padre.

- Pues ya que haya pensado, lo resolveré.

No pensaba decirles a sus padres que esa era una forma de comenzar la venganza, aprovechándose de su título nobiliario, podría postergar indefinidamente el matrimonio y después hacerse el desentendido y finiquitar el compromiso.

- Muy bien, creó que no es la mejor manera, pero si lo que quieres es alargar tiempo para pensar, siempre se puede conseguir.- dijó Carlslie con un tono de voz más sereno.

- Pero, Carlsle, no estas analizando todo lo que se le va a venir encima.- le debatió Esme.

- Esme, tú hijo es un hombre, y esta tratando de solucionarlo, sabe Dios que tantas cosas tenga en la cabeza y nosotros no debemos presionarlo más de lo que ya esta.- inhaló aire profundamente para continuar con el diálogo.- Elizabeth tiene razón, sólo debemos apoyarle y dejarlo tomar sus propias resoluciones.

Esme asintió con una cara llena de incertidumbre.

- Padre, por otra parte me gustaría asumir nuevamente los negocios que dejé totalmente en tus manos.

- Hijo, favor que me hace el que retomes tus cuentas, los libros están ahí, - señalo el área de cajoneras del escritorio.- en el cajón derecho, el Señor Jerks ha sido parte fundamental en las finanzas del ducado.

Edward se acercó nuevamente al escritorio para abrir el cajón que le señalaba su padre.

- Padre, muchas gracias. No debí haber dejado mi responsabilidad.

- A veces uno hace muchas cosas por amor. - diciéndo ésto Carlslie volteó a ver a Esme con una mirada tan profunda, que Edward prefirió ver hacía otro lado y pensar en el amor.

Amor. Él no se había dejado llevar por Victoria por ese sentimiento, a él le había movido el deseo, el sabor de lo que nunca había tenido, una virgén.

Unos fuertes toquidos interrumpieron el hilo de sus pensamientos.

- ¿Esperas a alguien? - dijó su madre a Edward con tono preocupado.

- No.- le contestó a su madre e inmediatamente dijó hacía la puerta - ¡Adelante!

La puerta se abrió, rebelando a un sonriente Lord Emmett, que en cuanto pasó hacía el despacho y cerró.

- Lord Carlslie .- le hizó una venia con la cabeza.- Pero mi querida Lady Esme, usted esta cada día más hermosa de lo que mi memoria le hace honor.- diciéndo ésto le tomó la mano y en ella depositó un beso, soltándosela con delicadeza para saludar a la abuela que se encontraba junto a ella.- Pero que tenemos aquí, a la Matriarca de la dinastía Masen.- le hizó una venía sonriéndole coquetamente y la tomó de la mano cortésmente para depositarle un beso.- Ésto me recuerda que si no estuviera comprometido, trataría de cortejarla .- le hizó un asentimiento con la cabeza a su amigo y él le respondió de la misma manera.

- Eres un adulador Emmett y si no te hubiera visto siendo un crío, probablemente me hubierá creído tus halagos, pero te conozcó.- dijó sonriente la duquesa Elizabeth apuntándolo con el dedo para después darle un pellizco en el cachete.

Emmett era considerado uno más de la familia de Edward, además de Jasper. Había mucha confianza entre ellos por qué se conocían desde niños casi bebés.

- Me ofende mis tiernos sentimientos.- dijó Emmett tocándose de manera drámatica el corazón, haciendo que todos dejaran escapar unas risitas.

- Emmett a qué debemos el honor de tú visita, además de hacerle de bufón.- dijó Edward en tono divertido.

- Mi queridisimo amigo, lamentó informarte que he estado desde la madrugada en uno de mis barcos, que creó que también pertenece a tú flotilla. Ya sabes, para arreglar lo de mi próximo viaje a España.- dijó esto último con un movimiento de manos como para no darle importancia.

España. En cuánto Edward escuchó ese país sus oidos se pusieron más alerta.

- De manera, ¿qué hay un desperfecto en el barco? ó acaso...

- No, Edward. He estado en los muelles, pero lo que me trajó para aca ha sido esto. - dijó en tono más serio.

Y le tendió la hoja del "Times London" en el escritorio, dónde aparecía el postergamiento del matrimonio.

Carlslie y Esme se acercaron a verlo mientras ésta última emitía un pequeño jadeó y Edward tensó la mandíbula, gestó que Emmett tomó en cuenta.

- ¿Es verídico lo que dicen? - preguntó Emmett.

- Si - contestó Edward.

- ¡Perfecto! .- dijó Emmett para continuar hablando con un tono alegre.- En vista de qué eres hombre libre, te vas conmigo a España.


Eton: Es un colegio inglés fundado en 1440, que sólo da clases a varones, cuyas edades oscilan entre los 13 a 18 años.

Jajaja, me encanta Emmett y la forma tan "delicada" que tiene para expresarse.

Por otra parte, la verdad no quisé poner un lemon de Tanya con Edward, ¿podría escribir que mi ética no me lo permite?, jajaja, no es eso, sólo que no creí que lo justificará el fic.

Ahora bien, ya falta poco para que salga Bella que se encuentra en la Madre Patria Española, recuerden que en el fic son finales de agosto y ya viene el cumple de ella en septiembre. Y ha tardado en aparecer por qué creo que era necesario darle a cada uno de los personajes un espacio de tiempo para describirlos.

Edward tiene 26 años, y aunque él no lo sabe y mi marido tampoco, es mio. jijiji

Creó que ya resolví la mayoría de dudas.

Muchisimas gracias por todos los reviews que recibí, las alertas y los favoritos, son todo un amor:

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Ya vierón que actualicé en sólo cuatro días, nadamás para que vean lo feliz que me hacen y me encanta compartir esta historia con ustedes.

Les envió un beso y un abrazo de oso.

Noelle xD