Una venganza pendiente

Angelina oye el saludo perfectamente. Su voz le llega sin ningún tipo de problema, a pesar de las excitadas voces de los niños y adolescentes que llenan la tienda. Por un momento, el que tarda en abrir los ojos, logra creer que es Fred quien la acaba de saludar. Pero cuando mira al hombre que está frente a ella no puede evitar sentir una oleada de tristeza y dolor al observar el lugar donde debería estar su oreja izquierda.

George apenas ha cambiado, al menos físicamente. Su cabello pelirrojo sigue tan pelirrojo como siempre, su piel pálida-quizá algo más de lo que Angelina recordaba-salpicada con millones de pecas. Lo único distinto en él son sus ojos. Siguen exactamente del mismo tono azul cielo que antes, pero ahora ese brillo travieso tan familiar está algo desgastado por algo que Angelina cree reconocer como una tristeza infinita, no en el sentido de que lo domine, sino en el de que seguirá con él hasta el fin de sus días.

Angelina hace un esfuerzo sobrehumano por contener las lágrimas. Eres una estúpida, se dice. ¿Cómo ha podido ser tan idiota para ir precisamente a ese sitio que rezuma su esencia en cada objeto? ¿Cómo ha podido creer, por un maldito instante, que volvería a verlo? ¿Y cómo, en nombre de Merlín, va a lograr salir de la tienda sin antes ahogarse en sus propias lágrimas?

Sin embargo, finalmente logra sobreponerse y sonreír a George.

-Hola.

Se quedan callados. Ginny, que está de pie junto a su hermano, decide aligerar un poco la tensión:

-Bueno, me voy-y deja al pequeño James en brazos de su tío-. No tardaré mucho-añade, poniéndose de puntillas para darle un beso en la mejilla.

-¿Dónde has estado?-pregunta entonces el pelirrojo, a quien el peso de su sobrino parece haber devuelto a la realidad.

-En Estados Unidos-responde Angelina, contenta de encontrar un tema de conversación. James saca un diminuto puño de la toga y lo agita, lo que le da una excusa perfecta para escapar de la mirada azul de George-. ¿Y tú? ¿Qué tal te ha ido?

Se arrepiente de esa pregunta en cuanto la formula. ¿Que cómo le ha ido? ¿Qué pregunta es esa? ¡Su hermano gemelo ha muerto! ¡Eso debería darte una idea! Sin embargo, el mal ya está hecho. Angelina levanta los ojos del bebé justo cuando George los posa en él.

-Bien, he vuelto a abrir esto y va bien…-la voz de George va apagándose hasta hacerse un murmullo, y luego vuelve a mirar a Angelina-. ¿Por qué has vuelto?

Eso es lo último que Angelina hubiese esperado. Incluso hubiera considerado correcto recibir una maldición por ser tan bocazas, pero no eso.

-¿Que por qué he vuelto?-repite. ¿Por qué he vuelto? Ni idea. Por la misma razón por la que le pregunto cosas estúpidas, porque soy idiota.

-Sí-confirma George-. Sé, o creo saber, por qué te fuiste, pero no entiendo qué haces de vuelta.

Angelina abre la boca, sorprendida, y sin saber por qué nota un enfado creciente en su interior. ¿Cómo que "Sé por qué te fuiste"? ¿Qué es George, el sucesor de Trelawney? ¿Y qué más le da por qué esté aquí? Ah, sí, recuerda. Porque era novia de Fred. Eso no aminora su enfado, que sigue expandiéndose como una burbuja.

-¿Sabes por qué me fui? ¿Y cómo es eso?-pregunta, más mordaz de lo que pretendía.

George alza una ceja pelirroja.

-No es exactamente un secreto que te fuiste porque no querías verme-responde-. Porque soy igual que Fred.

Los ojos oscuros de Angelina se oscurecen todavía más. Ya no de enfado, por el hecho de que George se las dé de listo, ni de sorpresa, porque hasta ahora ha acertado-de pleno-con todo lo que ha dicho, sino de envidia. Ella no ha sido capaz de pronunciar el nombre de Fred desde la batalla de Hogwarts, incluso lo evita en sus pensamientos, y George es capaz de mencionar a su gemelo muerto con toda tranquilidad, tanta, que si Angelina no lo estuviese mirando a los ojos pensaría que le es indiferente.

Finalmente, logra recuperar el control de sus cuerdas vocales.

-¿Y qué si lo hice?

George entorna los ojos.

-Pues que no entiendo por qué el Sombrero te mandó a Gryffindor.

Dicho esto, el pelirrojo se da la vuelta y echa a andar entre los niños hasta alcanzar una puerta situada al fondo de la tienda. Temblando de pura rabia, Angelina lo sigue, sin saber muy bien si para gritarle, para darle un buen bofetón o para darle la razón.

En cuanto entra a la habitación, descubre que debe de ser el laboratorio, donde George crea, inventa y experimenta para crear cosas nuevas. Las paredes están cubiertas de estanterías llenas de diversos ingredientes, pociones y recipientes, mientras que en un rincón reposan cuatro calderos. En la esquina más lejana a ella, sin embargo, descubre una cuna de madera. Se pregunta qué diablos hace eso allí y si George tiene hijos. Alicia me lo habría dicho. Debe de ser para sus sobrinos. El pelirrojo está dejando en ese momento a James en el interior de la cuna. En cuanto el bebé se queda tumbado, se vuelve a enfrentar a Angelina, cuyos ojos están tan oscuros que parecen haber descubierto un nuevo color más allá del negro.

-¿Qué quieres?-le pregunta con tranquilidad, como si no acabara de decirle cobarde en su cara.

-Eres un completo imbécil.

-En eso estamos de acuerdo. ¿Algo más?

-No tienes el más mínimo derecho a juzgarme, George. No tienes ni idea de…

-¿Ah, no?-la interrumpe George, por primera vez en tono amenazante-. Tú sólo te quedaste sin novio aquella noche. Yo me quedé sin hermano, sin amigo y sin la mitad de mi ser. No, no tengo ni idea-concluye con tono neutro.

Angelina se muerde el labio.

-George, no quería decir eso. Es sólo que cada uno supera las cosas como puede.

-Sí, huir a otro continente es lo mejor, sin duda-replica George con sarcasmo.

-Al menos yo no he intentado suicidarme-escupe ella, su voz cargada de veneno.

Angelina hubiera deseado con todas sus fuerzas no haber dicho eso o, en su defecto, que George no la oyera. Sin embargo, ni se ha callado ni George es sordo, a pesar de tener una sola oreja. Pero es la verdad. Fue Angelina la que encontró, apenas unas horas después del funeral de Fred, a George tendido en el suelo, inconsciente, cubierto de sangre y con varios largos y profundos cortes que llegaban desde la muñeca hasta el pliegue del codo.

Por un momento, George se queda sin habla. Sólo por un momento.

-Puede, pero yo tardé algo menos de siete años en dar la cara.

Eso sienta a Angelina como una bofetada. Ahí sí que no puedes replicar. Tiene toda la razón. Pero hay un sentimiento llamado orgullo que que ahoga sus deseos de disculparse.

-Piérdete, George-replica. Con una última mirada de odio hacia el pelirrojo, abre la puerta por la que ha entrado y sale dando un sonoro portazo. Medio segundo después, el potente llanto de James inunda la tienda.


George necesita unos quince segundos para que sus neuronas vuelvan a conectarse. Es entonces cuando coge a James y lo mece para que deje de llorar, y cuando él mismo siente ganas de hacerlo al darse cuenta de lo que acaba de hacer. Si Fred estuviera aquí, me mataría.

-Soy imbécil-murmura para sí mismo. Un gorjeante sonido le llega de sus brazos. Pasados unos instantes, se da cuenta de que James se está riendo. De él. No le molesta mucho. Sonriendo, le hace cosquillas al bebé debajo de la barbilla, provocando que siga riendo.

En ese momento se vuelve a abrir la puerta. George entrecierra los ojos, esperando ver a Angelina, pero un momento después descubre que es Ginny la que se acerca a él a paso rápido.

-Ya he vuelto. ¿Cómo se ha portado el bebé más guapo del mundo?-pregunta, cogiendo a su hijo y haciéndole carantoñas. Luego vuelve a mirar a su hermano-. ¿Y Angelina? ¿Ya se ha ido?

-Sí-responde George, evitando los ojos castaños de su hermana. Sabe que, si los mira, le recordarán demasiado a los de su madre como para seguir mintiendo. Aunque técnicamente aún no ha dicho alguna mentira

-Qué pronto, ¿no?-comenta Ginny, y George sabe que lo ha pillado.

-Bueno, igual me he pasado un poco con ella.

-¿Un poco?-resignado, George alza la vista y mira a Ginny a los ojos. Su hermana pequeña lo mira sonriendo con suficiencia.

-Vale, me he pasado mucho. ¡Pero ella también!-se defiende-. Además, ¿por qué la has traído?

Ginny se encoge de hombros.

-Pensé que te alegrarías. Sois amigos, ¿no?

-Ginny, si tiene algún interés en acercarse a mí es porque me parezco a Fred-replica George.

-¿Por qué no puedes aceptar que alguien te quiera por ser tú?-se enfada Ginny-. ¡Te pasa lo mismo con todos! Con mamá, con Percy… ¡Con todos!

-¡No es que me pase, es que es verdad, Ginny!-se rebela George, enfadado también-. Estoy harto de que todo el mundo me mire y lo vea a él-añade en un susurro.

Ginny suspira y se acerca a él.

-Ey, no sé el resto del mundo, pero por mí puedes estar tranquilo-dice en voz baja, poniéndole una mano en el hombro. George sonríe un poco y la abraza con fuerza, aunque con cuidado para no hacer daño a James, que reposa en los brazos de su madre

-Ginny…

-¿Qué?

-Gracias.


Angelina se desaparece en cuanto sale de la tienda para llegar a su piso. Aún tiene las bolsas de la compra en las manos. Menos mal, piensa. Hubiera sido demasiado patético volver a la tienda a por ellas.

Coloca la comida furiosamente en los muebles y en el frigorífico, tratando con todas sus fuerzas de no llorar. Que vale que George ya no la está viendo, pero aun así Angelina se niega a rendirse al llanto tan pronto. Como si alguien estuviese ahí, observando el enorme esfuerzo que le supone no derramar las lágrimas que asoman por las esquinas de sus ojos oscuros, para después darle unas palmaditas en la espalda y la enhorabuena.

¿En qué diablos estoy pensando? ¡Aquí no hay nadie que me vea llorar o no hacerlo!

Y en cuanto esas palabras llegan a su mente se rinde, se deja caer en el suelo y deja de luchar contra las lágrimas, y llora, llora. Llora por Fred, por ella, llora por George, porque sabe que tiene razón y que ella no tiene derecho a sentirse así, que debería haberlo superado hace mucho tiempo. O seguir el ejemplo del que una vez vio como futuro cuñado y terminar con todo. Cualquier cosa, lo que sea, menos seguir en este sin vivir. Porque es una cobarde, porque huyó y olvidó (o eso quiso hacerse creer), mientras los demás intentaban devolver algo de alegría al mundo y lloraban a sus seres queridos.


George todavía no sabe en qué momento de la tarde Ginny se las ha apañado para convencerlo de ir con el resto de la familia de picnic, y lo más importante, cómo su hermana ha logrado convencer incluso a Percy de que se tome la tarde libre y organizar en apenas dos horas el evento.

El caso es que ahora está sentado en una enorme manta de cuadros con su familia al completo: desde Molly, que enseña a una embarazadísima Fleur y a Audrey lo que parece ser un secreto de su abuela, hasta la interminable discusión que mantienen Harry y Ron sobre quidditch, este último sosteniendo en sus brazos a su ahijado, James; pasando por la demostración del funcionamiento de un teléfono que Arthur está haciendo a Teddy y Victoire, y la tesis acerca de la existencia de los torposoplos que Luna está exponiendo a Hermione y que la hacen poner una expresión realmente divertida.

Pese a estar contento de tener a sus padres, hermanos, cuñadas, cuñado, sobrinos y sobrinos adoptivos con él, George no está del todo alegre. Por dos motivos. El primero, al que ya está acostumbrado, pero que no por eso duele menos, es el sentimiento de que falta alguien en esa entrañable estampa familiar. El segundo, que no duele demasiado pero sí lleva rondándole unas horas por la cabeza, es Angelina. Lo cierto es que se siente culpable por haberla hecho llorar-sabe que ha llorado, aunque no haya sido delante de él, pero sí por su causa-, pero por otra parte no cree que nada de lo que le haya dicho sea falso. De todas formas, se ha pasado, admite para sí. Pero Angelina debería haber tenido un poco más de vista y no haberle echado en cara su intento de suicidio, que en esos momentos le parece lo más ridículo que ha hecho en su vida (lo cual, considerando seriamente la cuestión, es decir mucho).

Se arrasca distraídamente las tres pálidas cicatrices que surcan su antebrazo y suspira. La próxima vez que vea a Angelina, se disculpará, se dice. Y quizá puedan volver a ser tan amigos como antes…

-Tito Goch.

George se gira dando un respingo y descubre a la pequeña Molly acercándose a él con las manos extendidas. La niña es toda una réplica en miniatura de Percy, y con tres años ya se las apaña para mirar a todo el que considere que hace algo incorrecto con la misma pomposa desaprobación que su padre. George agradece que Percy se casara con Audrey; al menos, Molly tiene un ejemplo cercano de alguien divertido al que emular.

-¿Qué quieres, Molly?

La pequeña se sienta justo en frente de él, se alisa su falda de flores y lo mira con una exasperante suficiencia antes de preguntarle:

-¿Tú tienes novia?

George alza las cejas ante la pregunta y sonríe.

-No, Molly.

-¿Po qué?

George frunce el ceño. La costumbre de los niños de querer saber el porqué de todo le parecía graciosa hasta hace dos segundos.

-Porque no me gusta ninguna chica.

-¿Po qué?-repite la niña.

-Pregúntaselo a tu papá-cargarle el muerto a Percy siempre es la opción más fácil. Molly se levanta y camina hacia su padre, muy recta.

-Papá, ¿po qué el tito Goch no tiene novia?

George sonríe y hace un gesto de disculpa a Percy, que lo mira con extrañeza. Entonces ve a un niño moreno y regordete que camina como si temiera que se hundiese el suelo hacia la pequeña Dominique, que está sentada en el regazo de Bill. George observa al pequeño Frankie mostrarle a Minnie una pequeña flor que ha arrancado del prado. Enternecido, desvía la vista hacia Neville, el padre del niño, que junto a Hannah, acaba de convertirse en víctima accidental de las divagaciones de Luna.

Es entonces cuando una flecha plateada atraviesa el cielo y aterriza entre Harry y Ron, que olvidan su conversación al ver el patronus con forma de lince que les habla con la voz de Kingsley:

-Ataque en Mosley Street, Birmigham.

Los siguientes instantes son de un silencio y una lentitud extraños. Harry se levanta de un salto y saca su varita. Ron deja a James en brazos de Hermione antes de darle un beso, acción que Harry imita con Ginny, y ambos amigos se empiezan a alejar de la manta. Por seguridad, los Weasley ponen hechizos protectores donde quiera que vayan, por lo que no pueden desaparecerse ahí. La guerra los ha marcado hasta para hacer picnics.

Rápidamente empiezan los cuchicheos. George se acerca a Percy y su padre, que además de ser los que tiene más cerca trabajan en el Ministerio, así que algo sabrán.

-¿De qué va esto?-pregunta.

-Verás…-Percy adopta un tono confidencial-. Si has leído El Profeta últimamente…

-Sabes que no, Perce-lo corta George. Hace tiempo ha descubierto que es más feliz sin saber lo que pasa en el mundo-. Así que explícate.

-Bueno, supongo que sabréis que no todos los mortífagos están en Azkaban-toma la palabra Arthur, al ver que Percy va a replicar. Los dos hermanos asienten, y George siente el odio bullir en su interior. No descansará tranquilo hasta que Rookwood dé con sus asquerosos huesos en una celda de la prisión mágica-. Bien, pues han pasado a la acción. Hace apenas una semana provocaron uno en Edimburgo.

-¿Para qué?-se interesa Percy. George también siente curiosidad. Los renegados, como han acabado llamando a los mortífagos que no han sido atrapados, no suelen llamar la atención para que los capturen. La mayoría huye al extranjero, se cambia el nombre y la apariencia. El que un renegado se deje ver es un hecho extraordinario. Una estupidez, que, para su desgracia, a menudo contribuye a su captura y su ingreso en Azkaban.

-No lo sabemos-responde Arthur-. Al menos, yo no lo sé… Pero quizá quieran llamar la atención: Edimburgo, Manchester, Birmingham, Manchester de nuevo, Chester … y ahora Birmingham de nuevo. No parece tener ninguna lógica, pues atacan en zonas muggles. Y los aurores no han atrapado a ningún renegado que participase en esos altercados.

George frunce el ceño, pensativo. Así que atacan en zonas muggles de grandes ciudades, ¿eh? Quizá quieran demostrar que siguen ahí y todavía son unos cuantos, como su padre dijo una vez. Una idea cruza por su mente… Una completa locura… Rookwood es un renegado… Podría estar detrás de esos ataques, y si se llegara a tiempo… George daría su otra oreja por volver a encontrárselo y vengar la muerte de su hermano.

-No-oye la voz de su padre.

-¿Eh?

-No, George. Sé lo que estás pensando y no es buena idea-dice Arthur con gravedad. George se vuelve para mirarlo.

-Ya lo sé-admite-. Sería una locura.

Satisfecho, Arthur le da unos comprensivos golpes en el hombro.

-Todos nos morimos de ganas por verlo entre rejas, hijo-le asegura-. Pero ése es el trabajo de tu hermano y Harry, no el nuestro.

George asiente mansamente. Es mucho más fácil que discutir con su padre.

Después de eso, no ocurre nada interesante. Apenas media hora después la reunión se da por finalizada y cada uno acude a su casa (Hermione va a la de Ginny porque no quiere quedarse sola). George se desaparece con un fuerte estampido para materializarse en el piso que hay sobre la tienda.

Se ducha, intentando con todas sus fuerzas alejar la idea que se le ha ocurrido de su mente, diciéndose que es una insensatez y que no traerá nada bueno. Algo insólito, pues apenas unos años antes ese argumento lo hubiese convencido de todo lo contrario. Pero al final casi lo consigue. Calienta una pizza en el microondas y se la come rápidamente. Si su madre lo viera… Pero bueno, ella no está, y de todas formas, George acostumbra comer correctamente. Sólo que hoy está muy cansado.

Se pone el pijama (sí, ha cenado desnudo, es una de las mejores sensaciones que se puedan experimentar, probadlo) y se deja caer en su cama, no sin antes echar un vistazo a la cama de al lado, que lleva años vacía pero sigue siendo la cama de Fred.

Observa la foto que reposa en su mesita de noche. Fue tomada en la boda de Bill, y en ella él, Fred, Angelina, Alicia, Katie, Lee y Oliver saludan a la cámara, felices e indiferentes a la guerra.

De nuevo nota el odio invadir cada fibra sensible de su cuerpo. Si Rookwood no hubiese lanzado ese hechizo, la cama de al lado no estaría vacía. Si Rookwood no hubiese lanzado ese hechizo él no tendría esas cicatrices en el brazo. Si Rookwood no hubiese lanzado ese hechizo, hubiese habido al menos una persona más disfrutando el picnic esa tarde. Si Rookwood no hubiese lanzado ese hechizo, Fred seguiría vivo…

Lo mataré, se jura George. Me aseguraré de que sufra al menos la mitad de lo que he sufrido yo.


Nota de la autora: No me he inventado a ningún sobrinito, excepto a Frankie, porque creo que Neville nombró a algún hijo suyo en honor a sus padres, como Harry y Percy. Ah, y aunque no haya escrito, Hannah está embarazada de su segunda hija, pero esto no tiene mayor importancia. Tampoco es seguro que fuera Rookwood quien lanzó el hechizo que mató a Fred, pero como Percy fue a por él tras ello, supongo que sí.