Una disculpa y un jefe odioso

George hace una floritura con la varita para subir la persiana de la tienda. Entra en ella y enciende las luces distraídamente, leyendo con atención El Profeta. En la primera plana hay un artículo sobre la cadena perpetua a la que ha sido condenado Yaxley, a quien Harry y Ron arrestaron tras el altercado de Birmingham. El pelirrojo no puede evitar sonreír con cierta crueldad. Se lo merece, piensa. Como también Rookwood se merece eso y más. Pero no pudo cogerlo en el último altercado sucedido hace unas semanas en Sheffield, en el que murieron nueve muggles. Básicamente, porque no se enteró hasta que hubo terminado.

Frunce el ceño. Tiene que averiguar qué lógica siguen esos ataques, porque está claro que no son al azar. Y lo hará, aunque le cueste la vida.

Deja el periódico sobre el mostrador y empieza a reponer el género en las estanterías, aunque hay algo que no lo deja concentrarse.

No ha visto a Angelina desde la discusión que mantuvo con ella, hace justamente un mes. Sabe que no ha vuelto a América, porque Lee se queja de vez en cuando de que Alicia pasa últimamente más tiempo con Angelina que con él.

-… y vamos, como si fuese Angie el padre del niño, a mí que me zurzan-había comentado, profundamente indignado.

Sin embargo, George no sabe dónde vive la joven, y no ha preguntado a sus amigos, principalmente porque tendrían la impresión de que están juntos. Lee fue el segundo en enterarse, después de Fred, que George había estado enamorado de Angelina desde segundo, pero había preferido dejarle el camino libre a su gemelo, porque siempre supo que era a él a quien ella quería. Sospecharían que quiere aprovecharse de la situación o paparruchas por el estilo.

Nada más lejos de la realidad.

¿Él? ¿Interesarse por Angelina? ¡Ja!

Además, George ya superó su enamoramiento hace mucho, mucho, muchísimo tiempo.

¿No?

El pelirrojo sacude la cabeza mientras echa pienso a los micropuffs, que se apelotonan junto a las rejillas al verlo acercarse con comida y chillan del hambre y la alegría. George cree que podría quedarse uno. Bueno, mejor que no. Probablemente se le moriría a los dos días. Además, seguro que el animalito prefiere estar con algún niño que juegue con él y lo lleve en el hombro.

Mira su reloj. Son las diez y dos minutos. Observa a un grupito de cinco niños rubios acompañados por la que parece su madre, que rápidamente se separan para curiosear las estanterías.

George compone una amplia sonrisa. Genial. Distracción.


Angelina se lava los dientes con tanto ímpetu que acaba por provocarse una herida en la encía. En ese momento no le importa. Llega tarde al trabajo, y una encía sangrante es la menor de sus preocupaciones.

Empezó a trabajar hace tres semanas en el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, recomendada por el Ministerio de Magia estadounidense. Es una trabajadora realmente eficiente, pero le gusta demasiado dormir. Mira el reloj. Cinco minutos.

Finalmente, cuando quedan tres minutos, coge el bolso, el informe sobre la regulación de las quaffles que terminó anoche y se desaparece hacia el Ministerio.

Coge el ascensor y lo maldice tres veces por ser tan lento; finalmente, se baja en la séptima planta y llega a su mesa cuando queda un minuto para la hora límite. Observa a Christian Davis, el director de su departamento, acercarse a ella.

-Ah, hola, Johnson, veo que llega a tiempo-comenta con sorna-. ¿Tiene el informe que le pedí, o eso es demasiado?

-No, aquí está-responde Angelina, tendiéndole las treinta y siete páginas del documento.

Davis lee por encima el informe. Cuando sus ojos ven una palabra en mitad de la decimosexta página sonríe con una satisfacción rayana en la crueldad.

-¿Cubrir la quaffle de tela?-alza sus fríos ojos grises y los clava en Angelina-. ¿De dónde saca eso?

-Es una propuesta personal-explica ella-; hace la quaffle más ligera y fácil de llevar; además, si le da a alguien no hace tanto daño.

-Es una estupidez-dictamina Davis, y rompe todas las hojas en cuatro trozos, dejándolos caer sobre su escritorio-. Repita el informe, pero sin divagaciones suyas, por favor-dicho esto, el hombre se da la vuelta y regresa a su despacho, dejando a Angelina temblando de rabia y humillación, observando lo que queda de sus siete horas de trabajo fuera del horario de oficina.

Así ha sido su trabajo desde el primer día. Angelina hace algo, lo presenta, pero siempre hay algo que no le gusta a Davis, y el hombre siempre acaba rompiendo en trocitos su trabajo. La mujer recoge los pedazos de pergamino y los tira a la papelera. Bien, ya ha aprendido algo hoy. Nada de ideas propias.

Cuando vuelve a su mesa, sin embargo, choca con alguien, y decenas de papeles caen al suelo.

-Lo siento-se disculpa, agachándose para recogerlo. La otra persona también se agacha, y Angelina descubre a un muchacho bajo y delgado, con el pelo castaño y los ojos marrones que le suena de algo-. ¿Dennis?-prueba.

-¡Angelina! ¡Vaya, cuánto tiempo!-Dennis Creevey deja los papeles en la mesa de la mujer y la abraza-. ¿Cómo estás?

-No me puedo quejar-responde ella-. ¿Y tú? ¿Trabajas aquí?

-Sí, pero no aquí, sino en el departamento de Seguridad Mágica-explica el muchacho entusiasmado.

-Debes estar genial allí-comenta Angelina con cierta amargura, mirando de reojo la puerta del despacho de Christian Davis.

-Bueno, no está mal-replica Dennis-. Aunque de momento sólo soy becario, están contentos conmigo.

-Me alegro-responde Angelina, sonriendo, alegrándose sinceramente por el muchacho. Aunque sólo lo recuerda de las reuniones del ED, sí sabe que perdió a su hermano en la batalla. Le alegra saber que está bien.

-Bueno, me voy-dice él-. Ah, por cierto, ¿puedes darle esto-le tiende unos papeles-a Christian? Es que tengo que dar papeles a todo el Ministerio-explica el muchacho, componiendo un puchero.

-Sin problema-responde Angelina. Ordena las páginas del documento (no quiere ninguna bronca innecesaria) y llama a la puerta del despacho de Davis.

-Adelante-responde la apática voz de su jefe. Angelina entra en el despacho-. Ah, usted-añade él. Angelina tiene que utilizar todo su autocontrol para no lanzarle los papeles a su cara de idiota.

-Me han dado estos papeles para usted-logra decir, con la voz más monocorde posible, tendiéndole el documento.

-¿Quién?-pregunta él.

-Eh… Es del Departamento de Seguridad Mágica, creo-responde Angelina.

-¿Cree? ¿Y qué le hace creer eso, si se puede saber?

-El hecho de que me lo ha entregado el becario de ese departamento-replica ella, apretando los puños mientras Davis coge el documento. Detalle que no pasa desapercibido al jefe de su departamento. El hombre entorna sus ojos grises, deja los papeles sobre la mesa y se levanta para rodear el escritorio. Angelina es alta; pues bien, Christian Davis lo es más.

-Deberías controlar tu carácter-le recomienda. Angelina no se mueve. No sabe por qué, pero ese hombre no le da buena espina. Ni siquiera logra encontrar sus cuerdas vocales para recordarle que no la trate de tú-. Y hablar con respeto a tus superiores-la mujer no se inmuta. Sigue mirándolo fijamente con las mandíbulas apretadas, generando ondas de odio masivo-. Si sigues el consejo, llegarás lejos. Si no… Bueno, ya lo verás-Angelina continúa inmóvil, mientras un terror inexplicable se apodera de ella-. Y ahora, vete y termina ese informe sobre quaffles. ¡Ya!

Angelina se las ingenia para salir del despacho con toda la dignidad posible. Ya no puede fingir que no está asustada. No sabe por qué, pero está segura de que Christian Davis es un hombre que cumple lo que promete.

Y esa certeza la aterroriza.


Mediodía.

En Sortilegios Weasley disminuye ligeramente el volumen de clientes, mayormente porque los niños van a comer, aunque sigue habiendo gente. Entre George, Verity y Albert, se las ingenian para despacharlos a todos, e inexplicablemente la tienda se vacía. George se estira y se sienta en su silla tras el mostrador mientras Verity charla con Albert animadamente. George se pregunta si ya estarán juntos. Porque ganas no les faltan, y poco disimulo, tampoco.

Un aleteo le distrae de sus cavilaciones. Descubre una lechuza gris posarse en el mostrador y extender la pata hacia él. George coge el sobre, lo abre y lee la apresurada nota:

Querido George:

¡Ha nacido, ha nacido! Me refiero a mi hijo. Sí, es un niño. Y es el niño más guapo que te puedas imaginar. Si te apetece venir, ya sabes dónde estamos.

Bill

A George se le ilumina la cara con la noticia de su nuevo sobrino.

-Verity, Albert, quedaos cuidando de la tienda, luego vuelvo-ambos asienten y George se desaparece para reaparecer en el vestíbulo de San Mungo. Se acerca a la ventanilla de información, pero Katie lo detiene:

-Ven, es por aquí-dice, entusiasmada, tirándole del brazo.

-¿Y tú cómo sabes a qué he venido?-replica George, fingiendo estar ofendido por la confianza de su amiga.

-Hombre, yo no te veo herido, así que supongo que vendrás a ver al bebé, ¿no?-resignado, George asiente-. Es precioso.

-Eso dicen-murmura él, aún con la carta de Bill en la mano.

Katie lo guía por los pasillos hasta el ala de maternidad de San Mungo. Una vez ahí, gira a la derecha, luego a la izquierda y finalmente se detiene ante una puerta blanca, detrás de la cual se oyen varias voces emocionadas. George abre la puerta.

Como había supuesto, ahí están Fleur, en la cama y con aspecto de estar agotada, pero aun así increíblemente hermosa; Bill, sentado en el borde de la cama; Victoire, paseando de un lado a otro con Dominique en brazos, tratando de imitar a su madre; Arthur y Molly, ambos radiantes de alegría, elogiando el bulto envuelto en sábanas azules que Percy sostiene en sus brazos, mientras que Molly (la pequeña) fulmina con la mirada al bebé que está acaparando la atención de su padre.

-¡Ah, hola, George!-Bill se levanta y llega hasta él en dos zancadas, abrazándole como si quisiera partirle los huesos-. Me alegro de que estés aquí.

-Yo también-replica George-. ¡Enhorabuena! ¿Puedo verlo?-agrega. Percy frunce el ceño, pero se resigna y el tiende al bebé.

Es el sobrino más pesado que George ha cogido. Y sólo tiene unas horas de vida. El bebé tiene abundante pelo rubio en la cabeza y de vez en cuando saca un puño regordete y lo agita en el aire. George sonríe y se lo tiende a Bill.

-¿Qué te parece?-pregunta su hermano mayor.

-Psé. Los he visto más guapos-replica George, y contiene la risa al ver a Bill fulminarle con la mirada mientras estrecha al bebé con más fuerza hacia él-. No, en serio. Es muy guapo. Se parece a ti. Por cierto, ¿cómo se llama?

Bill deja al bebé en los brazos de Fleur antes de contestar:

-Louis William Weasley-dice, con el pecho inflado de orgullo. George hace un gesto de aprobación con la cabeza.

Poco a poco van llegando el resto de los Weasley, maravillados ante el encanto natural que ya desprende Louis, herencia sin duda de Fleur y su ascendencia veela. Bill y Ginny se pasan una media hora discutiendo quién es más guapo, si Louis o James. La discusión acaba cuando el mayor de los bebés se echa a llorar, contagiando a su recién nacido primo.

-¡Ya le has hecho llorar! ¡Y ni siquiera tienes razón!-le reprocha Ginny, meciendo al bebé.

-No te lo crees ni tú, hermanita-replica Bill, mientras Fleur mece al pequeño Louis para calmarlo.


Angelina deja sus cosas en la cama. No, no las deja. Más bien las lanza con furia, para desahogarse. No aguanta a su jefe. No, es más que eso.

Odia a Christian Davis.

Odia que la trate con esa sorna, odia que siempre encuentre defectos a lo que hace, odia que los informes que le cuestan horas de documentación acaben rotos, odia que sea tan cruel. Odia toda su persona, desde su lacio pelo castaño hasta sus enormes pies enfundados en brillantes zapatos.

Ahora tiene que repetir el informe que le costó toda la tarde anterior. Furiosa, Angelina come lo primero que encuentra en el frigorífico y se acerca al escritorio. Saca un montón de pergamino en blanco, las notas que utilizó anoche y prácticamente repite lo que hizo la última vez, con la precaución de omitir toda sugerencia o acto de creatividad. Cuando termina, mira su reloj. Vaya. Sólo son las ocho. El estar repitiendo lo mismo es más rápido. Angelina recoge los pergaminos, ordena el informe y lo guarda en una carpeta.

Sonriendo, se ducha, se viste y coge su bolso. Saca su varita y revive la alegría que sintió cuando Fred la invitó al baile de Navidad.

-¡Expecto patronum!

De su varita sale un guepardo, que se sienta obedientemente ante ella, esperando instrucciones. Angelina le ordena ir a buscar a Alicia. Observa el guepardo salir por la ventana dando un grácil salto y perderse en el atardecer.

Sí, va a quedar con Alicia. Pero antes tiene otra cosa que hacer. Concentrándose en su destino, gira sobre sí misma y se desaparece.

Aparece junto a la puerta de Gringotts y echa a andar con resolución hacia el número noventa y tres. Suspira y se arma de valor. Hace ya un mes desde que discutió con George, y aún no se ha dignado a pedirle perdón. Bueno, no sólo porque ella no quiera, sino porque ha estado ocupada haciendo y rehaciendo los dichosos informes que le ordena Christian Davis.

Respira hondo y entra en la tienda. Al igual que la última vez que entró, está abarrotada. Localiza a Verity cobrando en el mostrador y se acerca a ella.

-Um… Verity, ¿puedes decirle a George que quiero hablar con él?

Verity la mira un momento.

-George no está-aclara-. Ha salido al mediodía y aún no ha vuelto. Y no, no sé cuánto tardará.

Angelina suspira.

-Vale, gracias. ¿Te importaría decirle que he estado aquí?

Verity termina de cobrar al último niño de la cola y se vuelve hacia ella.

-En absoluto. ¿Cómo te llamas?

-Angelina, ¿qué haces aquí?

Angelina da un respingo y gira en redondo. George está en la puerta, observándola tan sorprendido como ella está de su tono casi amable. Verity murmura algo de ir a colocar más turrón sangranarices y desaparece de la vista.

-Hola-saluda, y para su sorpresa la punzada de dolor en el pecho es más soportable esta vez.

-Hola-responde George. Da unos pasos vacilantes hacia ella-. Esto… Eh…

Angelina puede darse por satisfecha. Oír balbucear a un gemelo Weasley es algo que pocas veces se da en la vida.

-George, venía a… Bueno… Siento lo del otro día.

George asiente.

-Bueno, yo también lo siento. No debí haberte hablado así.

-No dijiste nada que fuera mentira-murmura Angelina, más para sí que para el pelirrojo.

George no sabe qué decir. Ve a Angelina con la cabeza gacha, avergonzada, y simplemente cualquier frase le parece demasiado vacía y sin sentido para ella. Le gustaría abrazarla.

Y precisamente eso es lo que hace. Tras unas décimas de vacilación, en una zancada elimina el espacio que queda entre ellos y la estrecha entre sus fuertes brazos. Angelina se estremece toda. George desprende un calor parecido al de Fred, y un cariño…

Angelina parpadea, confusa. ¿En qué está pensando? No, no, no. Eso no está bien. Nada bien. Con cierta brusquedad, empuja el pecho de George para separarse de él y compone una tímida sonrisa. Vuelven a quedarse mirándose unos momentos.

-Voy a cerrar ya la tienda-dice él, más por romper el silencio que por otra cosa-. ¿Te…? ¿Te apetece que vayamos a tomarnos algo ahora después?

-No-responde ella, tan rápidamente que George se siente herido-. Es decir, hoy no. He quedado con Alicia.

-Deberíais quedar menos-comenta él con sorna-. Lee está empezando a ponerse celoso.

Angelina suelta una carcajada.

-Ése es su problema. Además, aún tiene que terminar de ponerme al día.

El pelirrojo sacude la cabeza mientras apaga la mayoría de las luces.

-Sois unas cotorras-comenta-. Así que después de siete años por ahí, lo más interesante que se te ocurre hacer es ponerte al día de los cotilleos, ¿no?

Angelina se sonroja ligeramente, para nada avergonzada.

-Pues claro. ¿Qué harías tú?

-Pues…-George frunce el ceño, pensativo-. Vale, haría lo mismo-acepta a regañadientes.

Angelina ríe de nuevo.

-Bueno, pues hasta otra-se despide.

-A ser posible, antes de un mes.

-Lo intentaré.

-Más te vale.

Angelina sacude la cabeza y sale de la tienda, sonriendo.

Sin embargo, la alegría le dura poco. Se muerde el labio, alarmada por el pensamiento que la ha asaltado cuando George la abrazaba. No, se dice firmemente. No voy a hacer eso. Sería caer muy bajo. Además, bastante bien se está portando conmigo, no se lo merece.

Llega a Excalibur, el pub donde ha quedado con Alicia. Como su amiga aún no ha llegado, pide una cerveza de mantequilla mientras espera. Nunca ha sido muy amiga del alcohol. Lo cual no quiere decir que nunca beba

Divisa a Alicia en cuanto entra. Su amiga ya no lleva túnica, sino un jersey que permite ver sus siete meses de embarazo en todo su esplendor. Está enorme. Y preciosa. Y feliz. Y Angelina se contagia de la alegría de su amiga cuando ésta se deja caer a su lado.

-Hola, Ali-la saluda.

-Hola. Siento haber tardado tanto, pero sabes que no puedo aparecerme ni usar la red flu con esto-explica, señalando su abultada barriga-. Creo que me quitaré un peso de encima cuando nazca-comenta.

Angelina ríe.

-Se te ve muy contenta-comenta.

-A diferencia de ti-replica Alicia, observándola con ojo crítico-. ¿Qué te pasa?

-Nada.

-Ya, y yo soy un gusarapo. Angie, que nos conocemos.

Angelina suspira.

-Estoy un poco estresada-admite-. Ya sabes, con el trabajo y eso. Además de que no aguanto a mi jefe.

La conversación rápidamente se convierte en una sarta de críticas a Christian Davis, al que Alicia también conoce. Angelina se entera de que despidió a su amiga cuando se quedó embarazada, y eso le hace sentir aún más rencor hacia él. ¿Cómo se puede ser tan…? ¿Tan…? Angelina ni siquiera encuentra adjetivoss lo suficientemente hirientes con que describir a su jefe.

Finalmente, cerca de las una de la madrugada, las dos amigas se despiden. Angelina se desaparece hacia su piso; no le apetece andar. Se tambalea un poco cuando se materializa en el salón; al final ha acabado bebiendo, y aunque no está borracha, sí que se siente achispada. Sin embargo, apenas se pone el pijama y se deja caer en la cama se queda dormida.


Notas de la autora: Bueno, pues aquí está el tercer capítulo. Albert está ahí para echar una mano en la tienda y porque me daba palo que Verity estuviese sola, la verdad... Y Louis me parece taaaaan mono.

Por cierto, los ataques, que antes no los he puesto muy claros, hasta este momento, son: Edimburgo, Manchester, Birmingham, Manchester, Chester, Brimingham y Sheffield. Prometo que tienen lógica, quizá una muy tonta, pero mi cerebro no daba para más.

Bueno... ¿reviews?