Bueno, pues aquí está el cuarto capítulo. Antes de nada quisiera agradecer los favoritos y los reviews, en especial el de Alela, animan mucho, la verdad.
¿Como amigos?
Apenas dos días después del nacimiento de Louis, Ron está sentado en su escritorio, leyendo el informe de los últimos ataques. Está muy molesto. No tiene ni idea de la lógica que siguen. Ha intentado todo: cambiar de orden las letras de las ciudades, probar leyendo sólo las iniciales… Y no encuentra ninguna lógica. Mucho menos a que ataquen por segunda vez en Manchester y Birmingham. Merlín santo, ¿puede eso tener alguna lógica? Frustrado, se levanta y se acerca al mini bar a por dos cruasanes.
-¿Cómo va tu segundo desayuno?
Ron gruñe y se vuelve hacia Harry, que se acerca a él sonriendo con burla.
-Es el cuarto-puntualiza.
-Vaya, sí que tienes que estar disgustado-comenta su amigo-. ¿Has discutido con Hermione?
-No… Bueno, un poco. No sé qué le pasa, pero lleva unos días que no hay quien la aguante.
-Creía que eso era normal-replica Harry, divertido-. ¿Tienes alguna idea de si los ataques de renegados siguen alguna lógica?-pregunta, poniéndose serio de repente.
-No-replica Ron con un suspiro-. Y lo he intentado todo-asegura-: cambiar las letras de lugar, leer sólo la primera sílaba, la última, la de en medio… Y no hay manera.
-Edimburgo, Manchester, Birmingham, Manchester de nuevo, Chester, otra vez Birmingham, Sheffield y Edimburgo para rematar-recita Harry de un tirón-. Sí, no tiene lógica.
En ese momento, observan uno de los ascensores abrirse a lo lejos y alcanzan a oír a Christian Davis, jefe del departamento de Deportes y Juegos Mágicos, quejarse a voz en grito de sus subordinados.
-Creo que está un poco amargado-comenta Ron.
-Qué va. Eso son imaginaciones tuyas. Si es un cielo de hombre-ironiza Harry.
-Hablando de hombres-dice Ron, dando un respingo, acordándose de algo de repente-. ¿Has hablado con George últimamente?
-Um… Pues sí, el otro día vino a jugar con James un rato, ¿por?
-¿Y no te ha dicho barra comentado barra preguntado barra pedido nada?-inquiere el pelirrojo.
-No, ¿por?
Ron suspira.
-Estoy preocupado por él-confiesa.
-¿Y eso?-Harry también quiere a George como a un hermano, pero dejó de preocuparse excesivamente por él cuando, a los tres meses de su intento de suicidio, volvió a abrir la tienda y a sonreír de nuevo.
-Bueno, a mí no me ha dicho nada-confiesa Ron-. En realidad, ha sido mi padre. Me ha comentado que a George le tienta la idea de atrapar él solo a Rookwood.
Harry entorna los ojos. A él también le tienta, y mucho, la idea de atrapar al asesino de Fred. Pero George… por muy brillante que sea (que lo es), no es auror. Pero sabe que no debe preocupar a Ron más de lo necesario. Además, aún no ha pasado nada, ¿no?
-¿Y qué? Tú y yo también lo estamos deseando, ¿o no?
-Sí, Harry, pero sabes de sobra que si George encuentra a Rookwood antes que nosotros será él el que acabe en Azkaban-replica Ron-. Eso en el supuesto de que sea más fuerte que él, claro-Harry se queda callado-. Por eso necesito que me prometas que no le contarás absolutamente nada de lo que avancemos en la investigación.
-Ron, sinceramente, no creo que tengas que preocuparte por eso. Te recuerdo que no sabemos nada.
Por primera vez desde el comienzo de los altercados, Ron se alegra de no haber avanzado en la investigación.
-Bueno, en eso tienes razón-suspira-. Podríamos intentar otro interrogatorio con Yaxley.
-Sí-admite Harry-, pero dudo que consiguiéramos sacarle algo además de "Acabaréis mal, sangres sucia y traidores a la sangre"-añade, poniendo una mueca de asco ante los dos últimos términos.
En ese momento, unos pasos se acercan hacia ellos. Ron no necesita girarse para saber que es su reciente y flamante esposa. Hermione le planta un beso en la mejilla.
-Buenos días, chicos-los saluda. Se dirige a Harry-: Toma, es ese informe sobre la regulación de condenas en caso de secuestro que me pediste-añade, tendiéndole un montón de papeles.
-Oh, eso lo lleva Seamus-replica Harry. Hermione se dirige al escritorio del susodicho y deja los papeles sobre la mesa.
-¿Cómo va la investigación?-se interesa la mujer, sentándose en una mesa. Siempre es así cuando están los tres, ahí Ron y ella no son pareja, sino amigos. No lo hacen sólo para no dejar de lado a Harry, sino porque ellos también necesitan espacio.
-Para atrás como los cangrejos-responde Ron. Frustrado, le muestra a Hermione la lista de los ataques-. ¿Le ves alguna lógica? Porque yo, no.
Hermione se queda un rato observando los nombres, concentrada. Adora cualquier cosa que suponga un desafío a su inteligencia, y la posibilidad de que los ataques tengan alguna lógica y puedan ser evitados la emociona.
-Si queréis, puedo estudiarlo. Últimamente no tengo mucho que hacer, sigo esperando que me digan si mi quinta propuesta de mejora de la situación de los elfos domésticos es aceptada o no.
-Si no te importa, te lo agradeceríamos-responde Harry, tratando de contener la risa, mientras Ron pone los ojos en blanco a espaldas de su esposa.
Hermione y la mitad del Cuartel de Aurores no son los únicos que están tratando de averiguar el patrón de los altercados. George también ha intentado averiguar algo, probando exactamente los mismos métodos que Ron (después de todo, siguen siendo hermanos), sin mayor éxito que él. Empieza a sentirse frustrado. Ha probado incluso a leer los nombres de las ciudades del revés, poniéndolas en columnas, en diagonal, pero nada de eso le hace leer mensajes claros que puedan decir dónde será el siguiente ataque.
Enfadado consigo mismo, decide dejarlo por un momento. Entonces recuerda que hace dos días que hizo las paces con Angelina, y se siente culpable. Debería haberla llamado… Ah, no, que no sabe dónde vive. Y aun así, ¿qué le diría? ¿Vamos a tomar algo a ver si dejas de ver a Fred y me quieres a mí? Bueno, como amigos, obviamente, se corrige mentalmente. Que nadie piense mal.
Finalmente, el pelirrojo sale de su piso. Hoy ha cerrado la tienda por "Motivos personales", que no son otros que querer descansar un poco. Sin embargo, a media mañana se aburre. Se pregunta qué hacer, y una idea le ilumina la cara.
Seamus. ¡Claro! Seamus no se negará a comentarle nada de lo que hacen en el Cuartel de Aurores; después de todo, el hombre con el pelo color arena siempre lo ha admirado por su habilidad con los fuegos artificiales. Y, a decir verdad, a George también le cae muy bien.
Sonriendo, se materializa en el Atrio del Ministerio de Magia y se dirige sin vacilaciones al ascensor. Sin embargo, no tiene siquiera que llegar ahí para localizar a la persona que busca:
-¡Finnigan!-lo llama. Seamus se gira hasta que lo localiza, y desvía su trayectoria para acercarse a George.
-Buenas, George. Nunca me imaginé encontrarte en el ministerio-admite.
-Ya, yo tampoco-admite el pelirrojo-. Oye, últimamente ha habido ataques de renegados, ¿verdad?
Seamus sacude la cabeza.
-No se lo digas a nadie, pero no tenemos ni idea de la lógica que siguen-susurra en tono confidencial-. Eso de que estamos a punto de descubrirlos se lo inventó Rita Skeeter, pero no creo que te sorprenda.
George se siente un poco mejor de pronto. Al menos no es el único que está frustrado al no saber qué pretenden los renegados.
-Pues vaya seguridad tenemos aquí-comenta con cierta sorna. Seamus lo mira ofendido-. Ey, es broma.
-Eso espero-replica él-. Bueno, me tengo que ir, mi tiempo para el almuerzo ha terminado y Harry me echará la bronca. ¡Hasta otra!
George se despide con la mano el muchacho. Está a punto de irse cuando algo lo detiene.
Lo primero que ve es un tipo alto, moreno, con el pelo lacio y unos fríos ojos grises que le recuerdan a Lucius Malfoy. Frente a él hay una mujer casi tan alta como él, negra, que tiene la vista clavada en el suelo.
-¡Te he dicho que no tenías que presentarlo así!
-Pero, ¡hubiese sido un lío poniéndolo de otra…!
-¡Me da igual! ¡Te pagan para que obedezcas, no para que pienses!
George entorna los ojos, enfadado. Nadie le grita así a Angelina y sale impune. Un pensamiento que sólo viene determinado porque Angelina es su amiga, obviamente. Le sorprende que la mujer no le de un bofetón, aunque eso no impide que avance hasta ellos lentamente. El hombre mira con auténtico odio a Angelina y se aleja. George duda entre seguir a ese tipo para darle un puñetazo en la cara o quedarse para hablar con Angelina. Finalmente, se decide por lo segundo y le pone una mano en el hombro a la mujer. Angelina da un respingo y se vuelve hacia él.
-George. ¿Qué haces aquí?-pregunta, intentando disimular que está al borde de las lágrimas.
-¿Quién es ése?-pregunta él a su vez, señalando con la cabeza al hombre, que ya está subiéndose en un ascensor.
-Christian Davis, mi jefe-replica la mujer con amargura-. Lo odio.
-Davis…-repite George. El nombre le suena de algo-. ¿Ése no es el que despidió a Alicia cuando se quedó embarazada?-pregunta en voz alta, más para sí mismo que para Angelina.
-Sí-confirma ella-. Me lo contó Ali-aclara-. Es un cabrón.
-¿Por qué te trata así?
-No tengo ni idea-confiesa ella. Suspira y baja la vista. Incapaz de quedarse impasible, George la abraza con fuerza. Angelina le inspira una profunda ternura-. Gracias-dice ella cuando se separan.
-Pero si no he hecho nada-replica George, sorprendido.
-Sí que lo has hecho-lo contradice ella-. Ahora me siento mejor-añade, sonriendo débilmente. Sus ojos ya no están llorosos, y George sonríe también-. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en la tienda?
-Hoy está cerrada-explica él-. ¿Te gustaría venir esta noche conmigo? Bueno, en realidad, vienen también Katie, Ollie, Lee y Alicia… es decir, como amigos. Además, no me apetece ser el único aguantavelas. ¿Te apetece?
Angelina piensa en la montaña de trabajo que le espera. Al diablo, ¡es viernes! Tiene derecho a salir con él, como amigos.
-Me encantaría.
Angelina se deja caer en su cama. Está agotada, pero curiosamente contenta. Quizá, porque hoy, al ver a George, no ha sentido tanto dolor como antes. Es cierto que le ha dolido, pero en el momento que la ha abrazado ha logrado olvidarse hasta de eso. Sonríe, preguntándose qué le está pasando. Descubre que la respuesta que se ha dado antes, como amigos, no le vale, y que prefiere no saberlo. Con un suspiro, se quita los zapatos, va dejando la ropa tirada de cualquier forma mientras se acerca al baño, hasta que, desnuda, llega a la ducha.
El agua caliente la ayuda a relajarse y olvidarse de todo, desde George hasta el bebé de Alicia, pasando por Christian Davis y su incesante acoso. Tras unos minutos sintiendo el agua deslizarse por su piel, se enjabona el pelo y el cuerpo. Finalmente, se aclara el jabón y sale de la ducha, sintiéndose tan ligera que podría volar.
Por primera vez desde que volvió a Londres, pone real cuidado en la ropa que escoge, y tarda un buen rato en decidirse. Tras veinte minutos de indecisión, decide ponerse unos vaqueros, una blusa violeta, una rebeca de lana negra y unos zapatos de tacón también negros. Tras mucho pelear con su pelo, admite la derrota y lo deja que se seque a su aire, quedando curiosamente despuntado.
No le apetece aparecerse. Además, si no se deja ver de vez en cuando por las escaleras su casera va a empezar a pensar que se ha encerrado en su piso para no salir jamás. De modo que baja los seis pisos y echa a andar por la calle hasta llegar al Caldero Chorreante. Descubre que Alicia y Lee ya están ahí, y los saluda con cariño. También a Lee parece sentarle bien la paternidad; está más guapo que nunca. Lástima que Angelina nunca se haya fijado en él. O, mejor dicho, buena suerte para él y para Alicia, y para el bebé.
Luego llegan Katie y Ollie. Sus voces discutiendo los preceden, y por un momento Angelina se siente de vuelta en Hogwarts. Katie se lanza a sus brazos; sólo la ha visto dos veces desde que volviera a Inglaterra. Oliver la abraza con cariño, alegrándose de ver de nuevo a su cazadora estrella de Hogwarts.
-¿Ya estamos todos?-pregunta Katie.
-No, falta George.
-Genial, me voy a quedar con las ganas de que un día llegue a tiempo-murmura Alicia, enfurruñada, cruzando los brazos sobre su enorme barriga.
-Vaya, nunca pensé que siguiera con la costumbre de hacerse esperar-comenta Angelina.
-Oh, sí, la tiene, y desde que Fred… Bueno, últimamente le gusta tardar el doble de lo normal-explica Lee.
Tras cinco minutos, George llega al fin, ignorando las quejas de sus amigos.
-Vamos, sabéis que no me querríais tanto si llegara a tiempo.
-No, probablemente te querríamos más-replica Alicia, aún molesta por la tardanza-. A este paso, mi hijo madurará antes que tú.
-Vaya, nunca me lo había planteado-reconoce George-. Sería un poco… Bueno, no estaría mal-Angelina y Alicia ponen los ojos en blanco. ¡Hombres!
Los seis echan a andar. Como van por parejas, resulta casi inevitable que George y Angelina estén también más juntos que los demás, cosa que a ella le molesta. ¿No pueden ignorar a sus amorcitos por un momento?
-Bueno, ¿dónde vamos?
-Podemos ir a Excalibur-sugiere Alicia-. Ya sabéis, el pub.
-Ali, Ali, que en tu estado no es bueno el alcohol-comenta Katie con burla.
-No pensaba beber, idiota. Lo que pasa es que tiene un ambiente muy agradable-replica Alicia.
-En eso tiene razón-admite Ollie. Katie lo mira de mala manera.
-¿Por qué siempre le das la razón a los demás?
-Pues porque la tiene, Kat.
-Y aunque no la tuviera se la darías, ¿no?
-Oh, Merlín, ya empezamos-dice Lee. Se vuelve a Angelina-. Ya podemos olvidarnos de ellos durante los próximos diez minutos.
-O más, parece que hoy les ha dado fuerte-agrega George. Angelina suspira.
Amparados por la discusión de Oliver y Katie de fondo, rápidamente entablan una conversación acerca de las diferencias que hay entre Inglaterra y los Estados Unidos. Una conversación que, aunque en un principio era de los cuatro, ha acabado siendo co-propiedad de George y Angelina. En realidad, Angelina prefiere mil veces Inglaterra por el simple hecho de ser su lugar de nacimiento, pero disfruta lo indecible llevándole la contraria a George. Como su amigo que es, claro. La discusión acaba cuando Lee les insinúa que empiezan a parecerse a Katie y Oliver.
-Ni de coña-gruñe Angelina.
George ríe, pero no dice nada. Curiosamente, Angelina no siente nada de timidez esa noche, pese a estar con amigos a los que prácticamente está re-conociendo después de siete años. Y después de cinco whiskys de fuego, dos copas de vino y una de ginebra, su lengua suelta acaba convirtiéndose en puro descaro. Lo cierto es que están borrachos todos excepto Alicia, que disfruta de lo lindo el espectáculo.
Finalmente, cerca de las cinco de la mañana prácticamente los echan del pub porque ya es hora de cerrar. Ollie y Katie, que llevan una media hora metiéndose mano no-muy-disimuladamente, se desaparecen juntos, abrazados porque sin apoyarse en el otro no mantienen el equilibrio. Alicia se lleva prácticamente a rastras a Lee, que ha pasado los últimos quince minutos enumerando las razones por las que se casó con ella. Angelina y George ríen al oír las tonterías que dice su amigo, que aún se oyen perfectamente pese a que ya deben de estar a varias calles de distancia.
Angelina, que apenas se tiene en pie, tropieza y tiene que apoyarse en George para no caerse.
En el momento en que él la ayuda a aguantarse sobre sus pies, Angelina alza la vista y se encuentra con la mirada azul de él. Es un momento extraño, de alguna manera incómodo, pero ninguno se atreve a romperlo. Tras lo que son horas para ellos y segundos para el resto del mundo, Angelina se pone de puntillas, George inclina la cabeza y sus labios se encuentran a medio camino.
Angelina cierra los ojos mientras disfruta el sabor a menta, a alcohol y a prohibido.
Y sonríe.
