Disciplina laboral

Son casi las una de la madrugada. Una de las salas de espera de San Mungo está abarrotada de gente, pelirrojos en su mayoría. La mayoría están sentados, hablando unos con otros o jugando con los niños que aún no se han quedado dormidos, o bien observando al único Weasley que no es capaz de quedarse quieto.

Ron ha hecho casi dos kilómetros en sus continuas idas y venidas en la habitación. Se ha mordido las uñas hasta el punto de sangrar, y ahora que no le quedan ha empezado a despellejarse el labio inferior. Su madre ha intentado sugerirle que se siente un poco, sin demasiado éxito, y nadie se ha animado a volver a hacerlo tras la mirada que Ron le ha dirigido.

Sentado entre Percy y Ginny, George sigue a su hermano con la mirada. Es prácticamente lo único que se mueve en la habitación, y es más fácil exasperarse observándolo que no hacerlo y dejar que la preocupación lo engulla.

George no se explica cómo alguien podría querer hacer daño a Hermione. Sí, es verdad que cuando se pone sabihonda dan ganas de lanzarle ese jarrón que se trajo de su luna de miel en la India o de meterle un cojín en la boca para que se calle, pero ¿mandarla a San Mungo? Eso es demasiado.

Todos los presentes oyen unos pasos que se acercan por el pasillo. Segundos más tarde, en la entrada aparece una sanadora alta y delgada, con el pelo castaño recogido en una cola alta. La mujer parpadea, sorprendida, al ver tanto pelirrojo junto.

-¿Son familiares de Hermione Weas…?

-Sí, soy su marido-responde Ron antes de que ella acabe la pregunta. George reprime una sonrisa al percibir el orgullo que desprende la última palabra.

-Soy la sanadora Lovejoy-replica la mujer, estrechando la mano de Ron cordialmente.

-¿Cómo está?-inquiere él, no muy deseoso de perder el tiempo con cordialidades.

-Se encuentra bien. Se ha envenenado, pero le hemos dado el antídoto bastante rápido, así que no hay ningún daño irreparable.

-¿Y el bebé?

-¿Bebé?-repiten Arthur, Molly, Bill, Fleur, Percy, George, Harry y Ginny al unísono. James se remueve en brazos de Ginny y balbucea algo incomprensible.

Ron enrojece hasta las orejas.

-Eh… sí-admite-. Pensábamos decíroslo pronto-pero rápidamente vuelve a centrar su atención en la sanadora, la cual, según George aprecia, está intentando no reírse con todas sus fuerzas.

-También sobrevivirá-responde.

-¿Podemos verla?

-Claro. Síganme.

La comitiva de Weasleys desfila por los pasillos de San Mungo, todos dirigiendo aún miradas curiosas a Ron. Finalmente, la sanadora se detiene ante la puerta y la señala.

Ron se abalanza sobre la cama más cercana, en la que, para sorpresa de todos, Hermione está incorporada y sonríe al ver a su marido tropezar. Ron la abraza con fuerza y le da un beso en la frente.

-¿Estás bien?

-Sí-responde ella-. Caray… ¿Qué hacéis todos aquí?-pregunta al ver a la tropa que sigue a Ron.

-Te estábamos buscando-explica Bill-. ¿Dónde estabas?-pregunta con curiosidad. Hermione niega con la cabeza y baja la vista.

-No lo sé. No recuerdo nada desde que esta mañana entré a mi despacho-admite.

-¿Nada?-inquiere Harry. Hermione vuelve a negar con la cabeza.

-Bueno, pues quien haya sido es un as desmemorizando-comenta George.

-A todo esto-interviene Ginny-, ¿es niño o niña?

Hermione observa alternativamente a Ginny y a Ron, sorprendida. Luego da un golpe en el brazo a su marido con cierto enfado.

-¡Quedamos en que se lo diríamos juntos!-exclama.

-No es mi culpa que escuchen conversaciones ajenas-se defiende Ron. Sin embargo, no puede añadir nada, porque, medio segundo después, tanto él como Hermione se encuentran en el abrazo de Molly, luchando por respirar. Los demás no tardan en darles la enhorabuena por su futuro hijo–o hija.

George sostiene a James mientras Harry da un golpe en el hombro a Ron y bromea con él. Ginny sale de la multitud pelirroja que se ha amontonado junto a la cama de Hermione y se acerca a él.

-No veo por qué tanto alboroto-confiesa George-. Después de todo… ¡Ya hay cinco! Seis, si contamos a Teddy.

-Y ninguno tuyo-replica su hermana, cogiendo a James-. ¿Para cuándo, eh, genio?

-Para ahora no, te lo aseguro-murmura George. De momento, bastante ocupado está lidiando con el sentimiento de culpa que casi no lo deja dormir.


El lunes, Angelina suelta la pluma en el escritorio con un aire de victoria similar al que debió de tener Damocles Belby cuando descubrió la poción de matalobos.

Relee su informe rápidamente, asegurándose de no haber introducido ninguna sugerencia u opinión personal, tenerlo presentado lo más formal posible y haberlo escrito con la caligrafía más pulcra que posee. Genial. Esta vez su jefe no podrá echarle la bronca por nada. ¡Y eso que se ha pasado todo el fin de semana en Liverpool con sus primos! Para haberlo empezado a las seis de la mañana y haber tardado dos horas y media, no está nada mal, piensa.

Canturreando, prácticamente danza hasta la ducha mientras va dejando prendas de ropa por el camino. Después de asegurarse de que no le queda champú en su largo pelo negro, se lo deja secar al aire mientras se viste y desayuna, sin poder borrar la sonrisa de su rostro.

Ahora sólo tengo un problema, piensa, y rápidamente un rostro pelirrojo de ojos azules acude a su mente. Se muerde el labio, preocupada. Pero no tiene motivos, se dice. Ya vio a George el viernes y comprobó que no recuerda el beso. Quizá incluso pueda mirarlo a la cara de nuevo algún día, piensa con ironía. Sonríe sin poder evitarlo.

Sacando a George, o, al menos, el beso que le dio, de su cabeza, se pone su capa, coge el bolso y se esfuma del salón del piso.

Aparece segundos después en el Atrio, y echa a andar resueltamente hacia los ascensores. Saluda por el camino a Hermione, que se incorporó el jueves pasado al trabajo. Angelina sonríe más ampliamente mientras el ascensor llega hasta el séptimo piso, pero su sonrisa se va desvaneciendo conforme se acerca a la mesa. Ahora viene lo difícil, piensa. Aguantar a Davis.

Adivina por la charla relajada que mantienen sus compañeros (sobre otro ataque de renegados, esta vez en Edimburgo, hace cinco días) que aún no ha llegado, y comienza a garabatear distraídamente en un pedazo de pergamino mientras olfatea el olor a vainilla de su cabello aún húmedo.

-¡Johnson!-Angelina da un respingo y el tintero se vuelca, tiñendo su mesa de azul marino. Conteniendo un bufido, la mujer arregla el estropicio con su varita y se levanta para encarar a Davis, que está detenido a pocos metros de ella.

-¿Qué?

-A mi despacho-indica él. Angelina guarda la varita en el bolsillo de su túnica y lo sigue. Un extraño escalofrío la recorre cuando su jefe cierra la puerta tras ella.

-¿Qué quería?-pregunta, tratando de mantener su voz lo más serena posible. Sin mucho éxito.

-¿Dónde está el informe que le pedí?-exige Davis. Medio segundo después, a Angelina se le viene el mundo encima.

Su perfecto, impersonal e inmaculado informe yace en su piso gris, en un escritorio en el que ahora mismo es realmente inútil.

-Se…-Angelina traga saliva-. Se me ha olvidado en casa-admite, bajando la vista. Sólo la levanta cuando se percata de que Davis está a menos de dos metros de ella.

-¿Y qué utilidad tiene ahí, si se puede saber?-exige saber él.

-Sólo me lo he dejado, en un momento puedo…-pero Angelina se interrumpe cuando Davis deja escapar un gruñido, recorre el espacio que los separa, derribando una silla a su paso, y la estampa en la pared, agarrándola del cuello.

-¿Será posible que algún día hagas ALGO sin que tenga que corregirte?-Angelina no responde; está demasiado ocupada intentando respirar, tarea que se complica a medida que la mano de Davis aprieta su garganta-. Como quieras.

Por un momento, Angelina cree que la está estrangulando del todo, pero entonces se percata de que el despacho ha desaparecido y una negrura asfixiante la rodea. Están viajando.


Dennis sale del ascensor con un fajo de pergaminos bajo el brazo. Atraviesa todo el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos hasta llegar a la puerta del despacho de Christian Davis y llama a la puerta, balanceándose sobre sus talones mientras espera.

Sin embargo, tras varios minutos nadie abre, así que Dennis abre con cautela la puerta. Mira alrededor antes de entrar, pues sabe por experiencia propia que Davis odia encontrar gente en su despacho. Tras unos segundos de indecisión, el joven se decide y entra.

Se sorprende al ver una silla derribada. Christian Davis es un maniático del orden, ¿por qué volcaría una silla? Se encoge de hombros, mientras piensa que eso no es de su incumbencia, y deja los documentos en el escritorio.

Pero cuando está a punto de girarse, un documento en especial llama su atención. Está al fondo del todo, pero una esquina sobresale. Dennis lo coge con cuidado y lo observa detenidamente.

Se trata de un mapa de Gran Bretaña e Irlanda. Varias ciudades están unidas mediante líneas, formando un símbolo que, pese a ser muy peculiar, a Dennis le suena de algo. Y, en los bordes, hay fechas y horas apuntadas, en una caligrafía que él juraría haber visto en algún lado. El diecinueve de julio, la última anotada, aparece subrayada y redondeada.

Dennis frunce el ceño. ¿Qué diablos pasó hace cinco días digno de mención?

Sin embargo, no tiene mucho tiempo para pensarlo, porque en ese momento, una mujer joven, de pelo castaño y ojos del color de la miel entra en el despacho. Dennis deja el mapa sobre la mesa rápidamente y lo tapa, intentando aparentar inocencia.

-Señor Davis, venía a…-la mujer se detiene y observa a Dennis, extrañada-. ¿Usted es…?

-No-responde él, riendo nerviosamente-. Sólo había venido para dejar unos documentos.

La mujer sonríe y deja un fajo de pergaminos sobre la mesa, y Dennis calcula que no tendrá más de veinte años.

-¿Cómo te llamas?-pregunta ella con curiosidad.

-Dennis Creevey-responde él-. Becario en el Departamento de Seguridad Mágica.

-Creevey…-repite la mujer, pensativa-. ¿Alguien de tu familia murió en la batalla de Hogwarts? Creo que en el monumento vi tu apellido.

-Mi hermano-explica Dennis, y por un momento sus ojos se inundan de tristeza-. Pero fue hace mucho tiempo-añade, tratando de aligerar el ambiente-. ¿Y tú?

-Isabelle McGregor, aspirante a inefable-responde la joven, sonriendo-. Siento haber…

-No pasa nada-asegura Dennis, y ambos salen del despacho-. Por cierto, ¿qué se hace en el Departamento de Misterios?

-Te conozco hace cinco minutos, no te lo voy a decir así por las buenas, ¿sabes?-replica Isabelle, riendo.

-Um… ¿Y esta noche tras tomarnos algo?-insiste Dennis.

Isabelle vuelve a reírse. Registra su mente en busca de tareas pendientes para esta tarde. Ninguna que no pueda aplazar.

-No estaría mal.


George observa cómo Bill sale al fin de la tienda. Casi agradece que se vaya. No es que no lo quiera, pero desde que naciera Louis, hace sólo doce días, su hermano mayor no habla de otra cosa. Empieza a parecerse a Percy cuando nació Molly.

Oh, Merlín, eso sí que no, ruega George mentalmente. Con un hermano pedante y pomposo tiene más que suficiente, muchas gracias.

Hace una seña a Verity para indicarle que va a salir, y se dirige a la heladería. Conversa un rato con Florean, y luego, cuando se termina su cucurucho de limón, se dispone a volver a la tienda.

Es entonces cuando, percibe algo que lo obliga a girar en redondo.


Angelina cae de rodillas al suelo. Durante unos instantes, se frota la garganta, intentando recuperar el resuello. Sólo cuando vuelve a respirar con normalidad mira alrededor.

Está en el callejón Knocturn, que está desierto. Incluso Borgin y Burkes está cerrado, y no hay ni un alma. Angelina clava entonces sus ojos oscuros en Christian Davis y descubre que la está apuntando con su varita.

-Creo que hay que hacer las cosas así-le dice, con una sonrisa torcida-. Deberías haber traído ese informe.

Sin saber por qué, Angelina se estremece al oír la frialdad de su voz. Mete la mano en el bolsillo de su túnica; pero, antes de que pueda siquiera tocarla, Davis exclama:

-¡Crucio!

Es cierto que las vio en sexto; es cierto que Moody-o el falso Moody-les explicó a todos su utilidad; pero nada, absolutamente nada, podría haber preparado a Angelina para eso. Es como si miles de cuchillos incandescentes se clavaran por todo su cuerpo, como si todos sus órganos se retorcieran y se quemasen. Angelina apenas es consciente de sus gritos.

Tras unos segundos-pese a que a ella le han parecido horas-, Davis baja la varita, pero el dolor sigue estando ahí. Temblando y tendida en el suelo, Angelina alza la cabeza y dirige a su jefe una mirada del más intenso odio de que es capaz.

-No, no, no…-Angelina contiene un escalofrío cuando Davis alza la varita de nuevo-. Eres muy insolente. Di "No debo ser insolente". Vamos-añade en tono autoritario, al ver que Angelina no ha abierto la boca-. Muy bien, si tiene que ser por las malas… ¡Crucio!

De nuevo ese dolor. Angelina se retuerce en el suelo, rogando para que acabe, pero teniendo al mismo tiempo muy caro que de ninguna forma le dará el gusto a ese cerdo. Esta vez, cuando termina, apenas si puede erguir la cabeza para encarar a Davis.

-Dilo-sisea él.

-En tus sueños-escupe Angelina.

-¡Crucio!

Davis repite la maldición más veces, pero Angelina apenas lo escucha. Empieza a preguntarse si realmente su terquedad en no decirle lo que quiere oír la puede conducir a algún lado más que a la locura que está segura que la llevará soportar tanto dolor.

Entonces para. Angelina intenta alzar la cabeza, pero el dolor es demasiado fuerte. Nota que le tiran del cabello, y al abrir los ojos descubre a Davis mirándola con tal maldad que echaría a correr ahora mismo si pudiera- Al mismo tiempo, oye unos pasos acercándose.

-Más te vale no decir nada-sisea, soltándole el pelo.

Angelina se golpea la cabeza contra el suelo y nota cómo unas cuerdas invisibles tiran de ella hacia la oscuridad. Ni siquiera se preocupa por estar sola en mitad del callejón Knocturn, ni por la identidad de la persona que cada vez se acerca más. Cierra los ojos, agradecida por la tranquilidad y la nada que le ofrece la inconsciencia.

No se resiste al sopor ni cuando nota que la zarandean, ni cuando nota unos brazos alrededor de su cuerpo. Sólo cuando oye una voz diciendo su nombre intenta abrir los ojos, pero justo entonces un titiritero invisible corta los últimos hilos que la ataban a la consciencia.


Notas de la autora: Bueno, al menos este capítulo es más largo. No pensaba publicar hasta el viernes o el sábado, pero mañana es fiesta, así que puedo entretenerme con tranquilidad. Espero poder subir el siguiente el fin de semana.