Verdad
-Bueno, vale, pues entonces nos vemos mañana.
George se despide de Verity y Albert, que, según aprecia, salen de la tienda cogidos de la mano. Con un suspiro, hace un floreo con la varita y cierra la puerta y apaga las luces.
Sí, George Weasley ha cerrado al mediodía su tienda de artículos de broma. ¿El motivo? Duerme plácidamente en su cama desde hace unas cuatro horas.
George camina hasta llegar a su dormitorio. Aún no está seguro de que llevarla a su casa haya sido lo más adecuado, pero fue lo primero que se le ocurrió, y además Angelina no parece herida de gravedad. Se sienta en el borde de la cama y la observa dormir. Se pregunta por enésima vez qué diablos le ha podido pasar para que gritase de esa forma; él mismo casi podía sentir el dolor impregnado en su voz.
Tras unos minutos, se da cuenta de que el sueño de su… ¿amiga?, ¿novia?... amiga-con-derecho-a-roce queda mejor. Bueno, el caso es que Angelina está llorando en sueños. George alarga una mano hasta su hombro y lo sacude con suavidad.
-Angelina. ¡Eh, Angelina!-susurra. Tampoco quiere alarmarla.
La mujer abre los ojos. Mira alrededor, confundida, y al segundo siguiente, sin previo aviso, se abalanza sobre George y hunde la cara en su hombro, sollozando. Sorprendido, George la abraza y le da unas palmaditas en la espalda, sin saber muy bien si está haciendo lo correcto.
-Eh… Shhh… Eh, venga…-después de varios minutos y unas cuantas interjecciones sin mucho sentido, Angelina se tranquiliza un poco. Se separa de George y se limpia las lágrimas, evitando su mirada e hipando ligeramente-. ¿Qué te ha pasado?
-Nada.
George alza una ceja pelirroja, incrédulo.
-¿Nada?
-Nada-repite Angelina. El temblor de su voz la delata.
-Ya, y yo soy un gusarajo-replica George-. Vamos, Angie…-Angelina niega con la cabeza, aún sin mirarlo a la cara-. A todo esto, ¿no deberías estar trabajando?
El que Angelina se encoja y se abrace las rodillas ante la mera mención de su trabajo hace que las piezas encajen para George con un clic.
-¡Es ése Davis!-exclama, su voz llena de repentina furia contenida-. ¡Te ha hecho daño!
-No, no…-niega Angelina, y las lágrimas vuelven a sus ojos.
-Genial-replica George, más enfadado de lo que ha estado en mucho tiempo, y se levanta de un salto.
-¿Dónde vas?-pregunta Angelina.
-A partirle la cara a ése malnacido-responde George. ¿Acaso no es obvio?
-No-suplica Angelina, cogiendo su brazo y tirando de él para obligarlo a sentarse de nuevo.
-Sólo si me lo dices.
Angelina mira a George a los ojos durante unos segundos.
-No puedo…
-Muy bien-George se levanta de nuevo de la cama, más decidido que antes a moler a puñetazos a Christian Davis.
-George, ¡NO!-grita Angelina, y esta vez salta de la cama y se abalanza sobre George, haciendo que éste tropiece con su propio pie y pierda el equilibrio.
Ambos caen al suelo, ella sobre él. Se miran un momento, sorprendidos, antes de estallar en una carcajada que disipa el miedo de ella y la rabia de él. George se incorpora y sienta a Angelina en su regazo, como si fuese una niña pequeña. Tras unos minutos, dejan de reírse y vuelven a mirarse a los ojos.
-¿Qué te ha hecho?-pregunta George de nuevo con suavidad.
Angelina baja la vista.
-¿Qué harás si te lo digo?
-Depende de lo que me digas-responde George.
-Prométeme que no irás a buscarlo-dice Angelina.
-Te prometo que no iré a buscarlo.
Angelina escudriña sus ojos para asegurarse de que cumplirá su promesa. Luego, suspira y comienza a hablar.
-Pues… Pues… Cuando empecé a trabajar, a los pocos días empezó a poner pegas a todo lo que hacía. Al principio pensé… no sé, supongo que era normal que me corrigiera y eso… Pero luego… luego empezó a amenazarme… y… y a decirme que no de–debía ser demasiado impertinente… Y no lo era, te juro que no… Pero él estaba todo el día pendiente sólo de mí, me gritaba… Y hoy… hoy…
Angelina entierra la cabeza en el pecho de George y se echa a llorar, temblando. George la deja desahogarse unos minutos hasta que nota que se calma un poco. Entonces pregunta con suavidad:
-¿Qué ha pasado hoy?
-Tenía que hacer un informe este fin de semana-explica Angelina, aún con la cara pegada a su pecho, por lo que George tiene que esforzarse para entenderla-. Lo… lo he hecho, pe–pero me lo he de–dejado en casa…-George le acaricia el pelo para tratar de calmarla de nuevo, pero no dice nada-. Y se… se ha aparecido co–conmigo en el callejón Knocturn y… y…-sin saber por qué, George estrecha a Angelina con más fuerza, y de repente decide que no quiere saber cómo sigue la historia. Pero Angelina continúa-: Ha usado la… la maldición cru–cruciatus. Mucho.
George se estremece con un escalofrío. Después de su confesión, Angelina no es capaz de formular ninguna frase coherente, así que George se limita a balancearse hacia atrás y hacia delante mientras su ira, antes casi indetectable, crece por momentos, alcanzando cotas insospechadas. De hecho, si Angelina no estuviese apresándolo con tanta fuerza, ya habría salido en busca de Davis para dejarle claras un par de cosas.
Tras un buen rato sumido en sus oscuros pensamientos, George se da cuenta de que los sollozos de Angelina han cesado. Preocupado, la separa un poco de él para mirarla, y descubre que se ha quedado dormida, aunque las lágrimas aún recorren su cara.
Con cuidado, la coge en brazos y la deja en la cama. Angelina murmura algo en sueños y cierra la mano varias veces, como queriendo asir algo. George le toma la mano y la estrecha con suavidad, y se estremece al pensar en lo que podría haber pasado si no la hubiese oído.
Tras un rato, mira su reloj: son las seis y cuarto. Se sorprende. Sabe que lleva bastante rato en esa habitación, pero… ¿de verdad ha pasado ya tres horas sólo observando dormir a Angelina?
Con un suspiro propio de quien va a hacer algo desagradable pero necesario, George suelta la mano de Angelina, busca una pluma y un pedazo de pergamino y escribe una nota apresuradamente, con la lengua entre los dientes. Luego sale de la habitación y se dirige al punto más alejado de ella, para no despertarla, y se desaparece.
Ron se estremece al ver la expresión horrorizada de una niña de apenas siete años, la misma con la que debió mirar a su asesino apenas media hora antes. Con la mano temblorosa, le cierra los ojos.
Han vuelto a llegar tarde. Esos renegados se les han adelantado de nuevo. Y, de momento, ya son siete los muggles fallecidos en Cardiff, en su mayoría niños. Dawlish ha descubierto, interrogando a los testigos, que poco antes del ataque los pequeños estaban viendo un teatro de marionetas de "La Cenicienta".
Ron contiene las ganas de vomitar mientras se levanta y camina sobre los escombros de lo que antes era un parque. Incluso los árboles han sido arrancados de cuajo, cayendo sobre los edificios cercanos.
-¡Ron!
El pelirrojo gira la cabeza en dirección al sonido y descubre a Hermione caminando a paso resuelto hacia él. Se aleja un poco más del cadáver de la niña; no quiere que Hermione lo vea.
-¿Qué ocurre?
-Lo tengo-explica Hermione, sacudiendo un fajo de pergaminos ante la cara de su marido-. Llama a Harry.
-Estoy aquí-informa una voz ligeramente irritada, y la pareja se vuelve para descubrirlo a pocos metros de Ron-. ¿Qué es eso que tienes?-pregunta con curiosidad. Ron percibe en sus ojos la rabia que él mismo siente hacia los mortífagos.
-La lógica de los ataques y la ubicación del siguiente-explica Hermione, entusiasmada. Se agacha y pone uno de los pergaminos sobre una roca plana. Muestra un mapa político de Gran Bretaña e Irlanda-. A ver… Los tres primeros ataques fueron en mayo, ¿verdad?-los dos hombres asienten con ala cabeza-. En Edimburgo-saca una pluma y la pone sobre el puntito que representa la ciudad-, Manchester-traza una línea uniendo las dos ciudades-y Birmingham-Harry y Ron observan que las tres ciudades están alineadas-. Los siguientes cuatro, en Manchester, Chester, Birmingham y Sheffield-Hermione une las cuatro ciudades, y luego Sheffield con Manchester, formando un rombo sobre la línea anterior.
-¡Ah, claro!-Harry le arrebata la pluma a Hermione, captando la idea, y sigue con el razonamiento-. Este mes, julio, ha habido dos ataques: uno en Edimburgo y éste, en Cardiff-y une las dos ciudades-. Entonces…
-¡Harry!-exclama Ron, comprendiendo de repente-. ¿No lo ves?
-¿Ver, qué?
-¡Es el símbolo de las Reliquias de la Muerte!-entusiasmado, Ron arranca la pluma de las manos de su amigo y completa el triángulo que representa la capa-. Así que el próximo ataque es…
-En Londres-dicen los tres al unísono.
-Es tan obvio que me siento imbécil-admite Ron.
-Pero falta saber cuándo es el siguiente. Y en qué parte de Londres, es una ciudad bastante grande-puntualiza Harry.
-El domingo que viene, día treinta de julio, a las siete de la tarde, cerca de San Mungo-responde Hermione rápidamente. Harry y Ron la miran sorprendidos-. ¿Qué?-exclama, al ver sus expresiones perplejas-. No es tan difícil. Veréis, a partir del cuarto ataque, pasó un día hasta el siguiente; desde ese al próximo, dos… y así sucesivamente. Así que desde éste al de Londres pasarán siete días. Y las horas… El primer ataque fue a las doce de la mañana, el segundo a las una, el tercero a las dos… lo mismo que con los días, éste ha sido a las seis, así que el de Londres será a las siete.
-¿Y cómo sabes lo de San Mungo?-cuestiona Ron.
-Porque en todas las ciudades los ataques han sido cerca de los hospitales mágicos-explica Hermione-. ¿Veis ése edificio?-añade, señalando una viejísima construcción en la esquina-. Es el Hospital Mágico de Cardiff. Podéis comprobarlo con las demás ciudades; siempre es lo mismo.
Harry y Ron se miran, y luego se abalanzan sobre Hermione para atraparla en un abrazo.
-¡Hermione, eres la bruja más brillante que conozco!-exclama el pelirrojo, besándola en la mejilla.
Qué raro, piensa Hermione mientras Ron la aparta de los brazos de Harry y se dedica a dar vueltas con ella sobre los escombros. Juraría que esto lo sabía antes.
George se materializa a la entrada del Departamento de Seguridad Mágica y se dirige sin vacilar al Cuartel de Aurores. Que haya prometido a Angelina no partirle la cara a Davis no quiere decir que vaya a quedarse de brazos cruzados.
Sin embargo, el Cuartel de Aurores está completamente vacío, a excepción de Seamus Finnigan, que observa fijamente un curioso objeto metálico que gira y salta y echa humo, y cuyo uso George desconoce y, sinceramente, le es indiferente. El joven levanta la vista y sonríe al verlo.
-Hola, George. ¿Qué haces aquí?
-Um…-George medita la mejor forma de exponer lo que ha venido a decir-. Seamus, ¿no teníais los aurores un modo de detectar las maldiciones imperdonables?
-¿Te refieres a esto?-Seamus señala el curioso artefacto que George consideraba inútil hasta ese momento-. Sí-entonces lo mira con sospecha-. Y tú no sabrás nada, ¿verdad?
-Pues la verdad es que sí-admite George-. Esta mañana, en el callejón Knocturn…
-Cuando hemos llegado no había nadie, y no hay forma de detectar al autor de la maldición-explica Seamus. Entonces una idea ilumina su mente y su rostro, ya serio, se ensombrece aún más-. ¿Te han atacado a ti?
-No, qué va-replica George, haciendo un gesto con la mano.
-¿Entonces?
-A Angelina Johnson.
-Es coña, ¿verdad?-repone Seamus, extrañado-. ¿Quién querría…?
-Christian Davis.
Se produce un largo silencio entre los dos hombres.
-George, entre tú y yo, yo tampoco lo trago, pero ésa es una acusación muy grave.
-No es una acusación. Es la verdad-replica George. Seamus lo mira largamente.
-¿Y tú cómo lo sabes?
-Porque Angelina me lo acaba de contar. ¿Me crees, o tengo que decírtelo tras beber veritaserum?-exclama George, exasperado.
-Te creo-replica Seamus, levantándose-. Vamos a hablar con él.
Los dos hombres se encaminan hacia el ascensor, y bajan hasta el séptimo piso. Atraviesan toda la planta, hasta llegar a una puerta con una placa que reza "Christian Davis, Director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos). Seamus alza un puño y da tres golpes a la puerta. George lo mira como si acabara de ponerse una insignia de la PEDDO.
-¿Qué haces?
-La educación ante todo-replica Seamus, y el pelirrojo contiene la risa.
Tras unos segundos prudenciales, Seamus abre la puerta y entra en el despacho, con George pisándole los talones.
Es obvio que Davis ha huido. Y que sabía que iban a por él, porque en el despacho no queda ni un solo documento, como George y Seamus no tardan en advertir.
-A lo mejor está en su casa-sugiere Seamus.
-Pues vamos allí-replica George.
-Tú no puedes-replica el más joven de los dos hombres. George lo mira molesto.
-Pero…-protesta.
-Si lo hicieras, tendría que detenerte a ti por allanamiento de morada-explica Seamus pacientemente.
-Como quieras-bufa George, resignado, y observa al hombre del pelo color arena salir del despacho.
Notas de la autora: Ahí está la lógica de los ataques. Si tenéis curiosidad y tiempo, o sois escépticos, coged un mapa de Reino Unido y seguid las instrucciones de Hermione: realmente forman el símbolo de las Reliquias de la muerte.
Cambiando de tercio, dios, cómo adoro escribir a George y Angelina juntos. Estoy pensando en dedicar el próximo capítulo exclusivamente a ellos, creo que se lo merecen, ¿no? ¿Qué opináis?
