Zombies

Angelina no abre los ojos en cuanto despierta, sino que se da la vuelta y entierra la cara en la almohada, sonriendo sin saber por qué. No, no es una metáfora. Realmente no tiene ni idea de por qué sonríe, cuando aún le duelen prácticamente todos los músculos de su cuerpo.

Abre los ojos lentamente y gira la cabeza, para ver una cama vacía al otro lado de la habitación. Entonces recuerda de repente. El informe. Davis. El callejón Knocturn. George.

¡George!

¿Dónde está George?, se pregunta, incorporándose rápidamente y mirando alrededor. Descubre una foto en la mesita de noche y cierra los ojos, esperando el familiar nudo en la garganta y las lágrimas pugnando por salir, como le ocurre cada vez que algo le recuerda a Fred. Sin embargo, no aparecen. Lo único que siente es una profunda tristeza y cierta nostalgia.

Extrañada, intenta pensar en otra cosa, porque por alguna razón no quiere meditar el motivo de su aparente y repentina superación de la muerte de su novio. Descubre un pedazo de pergamino junto a la fotografía.

Angelina:

Salgo un momento, no tardaré nada. Te prometo que no voy a matar a nadie, aunque ganas no me faltan. Siéntete como en tu casa.

George

La mujer ríe al leer la nota, y de repente se da cuenta de lo hambrienta que está. Así que se levanta y sale de la habitación. Descubre un pasillo con dos puertas a la derecha y dos a la izquierda. Sin pensarlo mucho, abre la primera puerta de la derecha, que para alegría de su estómago resulta ser la cocina.

Se acerca hasta el frigorífico y curiosea en su interior. Tras un intenso debate interno, coge una manzana y un cartón de zumo de manzana. Se echa zumo en un vaso y empieza a devorar la manzana, pensando en lo ridículo de su… merienda, supone cuando mira el reloj. Son casi las siete de la tarde.

Da un sorbo al zumo y suspira. ¿En qué momento dejó de desgarrársele el corazón cada vez que pensaba en Fred? ¿En qué momento dejó de doler mirar a George? La respuesta es tan obvia y a la vez tan complicada que Angelina se atraganta.

¡Me he enamorado de George! Oh, Merlín…

-Que alguien me mate-murmura, enterrando la cara en las manos.

-Bueno, si tanto lo deseas…

Angelina levanta la cabeza y observa a George, que la mira con una sonrisa de suficiencia, apoyado en el marco de la puerta.

-Era un decir, no hace falta-refunfuña. George ríe y se sienta junto a ella-. ¿Dónde has ido?

-Eh…-George medita la forma más adecuada de decírselo. Decide que es mejor ir al grano-. Bueno, digamos que ahora ese Davis está en busca y captura.

La manzana mordisqueada resbala de la mano de Angelina a la mesa, pero a la mujer no le importa.

-¡Eres un…!-exclama, temblando-. ¡Me prometiste que…!

-…Que no iría a echarle los dientes abajo a ese tipo-la interrumpe George-. No que me fuera a quedar quieto.

-¡Lo has puesto peor! Ahora…-Angelina sacude la cabeza, asustada.

-No te va a volver a hacer daño-le asegura George-. Te lo prometo.

Angelina apoya la cabeza en su hombro y se deja abrazar. Curiosamente, sentir miedo es mucho más difícil rodeada por los brazos de George. Tras unos minutos en silencio, Angelina se decide a hablar.

-¿Y si hacemos algo?

-¿Algo como qué?

-Como salir por ahí. Necesito distraerme.

George asiente. Angelina se levanta de un salto y coge la mano de él.

-Eh, ¿adónde vamos?-pregunta George, sorprendido, al ver que la mujer se dispone a desaparecerse.

-A mi piso. No pienso salir así-responde Angelina, y gira sobre sí misma, llevando al hombre consigo.

Aparecen segundos después en el piso de ella. George se queda mirando el salón, curioseando los artefactos muggles, mientras Angelina se ducha y se viste. Finalmente, la mujer sale de su dormitorio con unos vaqueros ajustados, una blusa verde, una cazadora vaquera y un pañuelo de cuadros alrededor del cuello.

-Bueno, ¿qué tal estoy?-pregunta, dando una vuelta sobre sí misma. Coge su bolso y empieza a meter en él lo que George considera objetos aleatorios sin ninguna utilidad definida.

-Preciosa-responde con un hilo de voz, sintiendo enrojecer sus mejillas-. No está mal-dice en voz más alta, preguntándose si Angelina ha oído su respuesta quizá demasiado sincera y deseando que no sea así.

-Gracias-replica ella. Para alivio de George, no parece haber oído su primera respuesta. Se cuelga el bolso del hombro, y ambos salen de la casa. Bajan por las escaleras en lugar de aparecerse porque, al paso que va, la señora Parker pensará que Angelina nunca sale de su piso. Vivir con vecinos muggles es un engorro.

Cuando salen a la calle, Angelina gira a la derecha automáticamente, pero George gira a la izquierda. Se miran cuando están a tres metros de distancia y se echan a reír.

-¿Dónde vamos, por cierto?-pregunta George, acercándose a ella.

-Pues no sé. Um… ¿Te apetece ir al cine?-sugiere Angelina.

-¿El qué?

-El cine. Es un lugar donde se proyectan películas.

-¿Y qué son peli–como se llamen?-pregunta George con curiosidad.

-Películas. Son… como imágenes en movimiento-intenta explicar Angelina.

-¿Fotografías?

-No, tienen sonido.

-Cuadros, entonces.

Angelina ladea la cabeza y entorna los ojos con sospecha.

-Te estás riendo de mí. Sabes de sobra lo que es una película.

-No, no lo sé-responde George. Angelina clava la mirada en sus ojos unos instantes para asegurarse de que no miente.

-Bueno, pues entonces, vamos al cine y te lo enseño-decide.

Si antes dudaba del conocimiento de George acerca de los cines, Angelina termina de convencerse de que el pelirrojo no tiene la más remota idea de lo que es una película apenas entran en uno. George va mirando alrededor todo el rato, como un niño en un parque de atracciones, y da respingos ante cosas normales y corrientes (después de todo, los genes de Arthur Weasley tenían que manifestarse en algún momento en alguno de sus hijos).

-¡Mira! ¡Las escaleras suben solas! Ya podrían hacer eso las de Hogwarts en vez de cambiar de destino-comenta George cuando suben al piso superior.

-Te repito, George, que eso no es magia, sino ciencia-dice Angelina por decimoquinta vez en menos de cinco minutos. Sin embargo, cuando mira a su lado, George no está ahí. Descubre al pelirrojo observando una televisión boquiabierto. De repente, saca su varita-. ¿Qué haces?-pregunta Angelina, alarmada, mientras una niña que pasa por ahí señala la varita de George y se ríe murmurando algo que suena como "hada madrina".

-¡Hay personas encerradas ahí!-explica George muy convencido-. ¡Les han echado un hechizo empequeñecedor y las han metido en esa caja!

Angelina se acerca a él, preguntándose en qué demonios estaba pensando cuando decidió llevar a George al cine.

-George-eso-es-una televisión-guarda-la-varita-estás-llamando-la-atención-suelta de un tirón. George se guarda la varita en los vaqueros y mira alternativamente a Angelina y a la televisión.

-¿Televisión? ¿Entonces no hay gente encerrada ahí?-pregunta, ligeramente avergonzado.

Angelina sonríe a su pesar.

-No, George. Es como… como… Otro día te lo explicaré-promete, cogiéndolo de la muñeca y tirando de él. Llegan hasta el muro donde se expone la cartelera-. ¿Qué quieres ver? ¿Una de vaqueros, de zombies…?

-¿Chonis? ¿Qué es eso?-repite George, desorientado.

-Zombies, George. Son muertos vivientes.

-¿Como fantasmas, entonces?

-No exactamente. Se arrastran y te atrapan.

-¿Inferi?

-Algo así.

-Pues ésa-decide George. Observa a Angelina pagar y curiosea una moneda de veinte peniques-. Vaya, qué curioso. Pensaba que las monedas eran redondas.

-No todas, aunque nunca he visto monedas parecidas en ningún otro lugar-replica Angelina-. Bueno, una vez vi una que tenía un agujero en el centro-añade pensativa. Luego, echa a andar con energía-. Vamos.

Llegar hasta la sala donde se proyecta la película es aún más complicado, ya que George no deja de llamar la atención aunque no quiera: a la curiosidad y el pavor que el agujero en su cabeza suelen generar a quienes lo ven por primera vez hay que añadir que no deja de señalar cosas tan simples como las puertas automáticas (¡Esto sí que es magia, Angie, no puedes negarlo!) o el expendedor de palomitas (¿No se supone que es imposible generar comida de la nada?). Al fin, con Angelina al límite de su paciencia, llegan a su destino. Se sientan en la duodécima fila, más o menos en el centro de la sala. Angelina se acomoda en el asiento mientras George no deja de mirar a su alrededor, buscando más objetos sobre los que interrogarla.

-¿Qué es esa cosa de atrás?

Angelina gira la cabeza para ver lo que señala el pelirrojo.

-Es el proyector.

-¿Y qué hace?

-Proyectar la película.

-No me digas que vamos a tener que partirnos el cuello para ver la cosa ésa-replica George.

-No, la película sale ahí-explica Angelina, señalando la enorme pantalla que hay ante ellos-. Y pásame las palomitas.

-¡Pero si están en el centro!

-¡Sí, claro, las estás acaparando tú sólo!

-Tome usted, doña marimandona.

-¡Yo no soy marimandona!

-Sí lo eres.

-No lo soy.

-Sí.

-No.

-Sí.

-No.

-Merlín, George, cállate-Angelina coge un puñado de palomitas y se lo mete en la boca. George intenta tragárselas mientras se ríe, tarea altamente complicada. Cuando logra despejarse la boca, coge otro puñado y se lo echa a Angelina por encima-. ¡Eh!

-Has empezado tú.

-Eres tú el que no se calla ni debajo de agua.

-Y tú quieres tener siempre la última palabra.

-Porque tengo razón. Y lo sabes.

-Eh, ¿por qué se han apagado las luces?

-Shhh, va a empezar la película.

-¿Y cómo diablos vamos a verla a oscuras?

-Así se ve mejor.

-Eso no tiene lógica.

-George, mete la lengua en paladar, ¿quieres?

-¡Anda, ahí hay letras!

-Eso es el título. Y cállate si no quieres que nos echen de la sala.

George se queda embelesado observando las imágenes que se mueven y hablan. Definitivamente, eso es mejor que los cuadros, piensa mientras devora las palomitas y ve la película.

Angelina, en cambio, no está especialmente interesada. Sólo mira la pantalla en las escenas de diálogo. Las de zombies devorando cerebros las tiene muy vistas. En la primera que sale, George da un respingo, sobresaltado, y aparta la vista con expresión de asco.

-Argh. Eso no lo hacen los inferis.

-Te he dicho que eran parecidos, no iguales-replica Angelina con calma.

Echa un vistazo a la pantalla y observa al típico grupo de zombies perseguir a la típica chica guapa con los típicos tacones de doce centímetros (¿Quién se pone tacones para ir a unas supuestas "vacaciones en el campo"?), que tropieza con el típico tronco atravesado en el suelo, el típico zombie que la agarra del tobillo y tira de él, el típico grito dramático a sus amigos de que sigan sin ella, el típico novio de turno que saca otro típico palo de no se sabe donde y arrea un mamporro al zombie, mandándolo lejos de la chica.

Aburrida, mete la mano en el cubo de las palomitas. Sin embargo, antes de cogerlas se topa con la mano de George, que atrapa sus dedos con suavidad. Angelina gira la cabeza y se encuentra con la mirada azul de él, y de repente le viene a la cabeza un poeta muggle que tenía una poesía acerca de unos ojos azules y piensa que no tenía ni idea de lo que escribía.

Se quedan mirándose un rato, hasta que la chica de la película chilla para que la rescaten de nuevo. Entonces vuelven a fijar la vista en la pantalla, aunque siguen teniendo sus manos cómodamente entrelazadas en el cubo de las palomitas.

Angelina suspira al ver a la pareja jurándose amor eterno en la última escena de la película. Entonces, las luces se encienden y el murmullo de los espectadores comienza a llenar la sala.

Angelina y George salen de la sala en silencio. Angelina adivina, por su expresión, que George está tratando de digerir la idea de muertos vivientes que se alimentan de cerebros, y sonríe divertida.

-Bueno, ¿qué?

George la mira. Sin darse cuenta, están dirigiéndose hacia el Caldero Chorreante, aunque ninguno lo ha propuesto.

-¿Qué de qué?

-¿Te ha gustado la experiencia?

-La verdad es que ha estado genial-admite George.

-Sí, bueno, como todas-replica Angelina, sonriendo.

-¿Es que ya la habías visto?

-No, pero todas las pelis de zombies son más o menos así-explica la mujer tranquilamente.

-Ah-entonces George, por primera vez desde que Angelina volviese del servicio al terminar la película, suelta su mano, retrocede unos pasos y escudriña un callejón sin salida poco iluminado.

-George, ¿qué haces?

-Ver si hay zombies-explica él, muy serio.

Angelina suelta una carcajada.

-Pues siento desilusionarte, pero no existen. Lo más parecido que hay son los inferi.

-Ah-George parece algo desilusionado, pero toma de nuevo la mano de Angelina y echan a andar-. Por cierto, hay algo que no entiendo.

-Dime.

-Los zombies están muertos.

-Sí.

-Y caminan muy lentamente.

-En efecto.

-Y el grupo de amigos estaba corriendo.

-Exactamente.

-Entonces, ¿cómo han alcanzado a la chica?

La carcajada de Angelina resuena en la silenciosa calle, no porque tenga la respuesta a la pregunta, sino porque le extrañaba que George tardase tanto en formular una de las mayores dudas existenciales del ser humano.

-No lo sé.

-¿Cómo es eso?-se sorprende George.

-Que es algo que en la vida real no ocurriría, pero como es una película…-Angelina se encoge de hombros.

George asiente, pensativo. Sin darse cuenta, llegan hasta la puerta del Caldero Chorreante. El alboroto del interior les llega por las lúgubres ventanas del local. Se detienen a varios metros de la puerta, aún con las manos entrelazadas.

-Nunca pensé que viviría para verte admitir que no sabes algo-comenta George finalmente.

Angelina enrojece y baja la vista.

-Yo no lo sé todo.

-Menos mal. Si lo supieras todo, serías algo parecido a una diosa-replica George, fingiendo alivio.

-¿Ah, sí? ¿Una diosa? ¿Y entonces qué soy, eh?-pregunta Angelina, tratando sin mucho éxito de aparentar enfado.

-Eres preciosa-responde George. Angelina lo mira a los ojos, tratando de encontrar algún asomo de broma en ellos, pero el azul travieso de la mirada de George ha cambiado por otro azul, que Angelina nunca había visto, al menos no en él.

Y de repente están abrazados en mitad de la calle, besándose como si el mundo se acabase en pocos minutos. Si les preguntan, ambos dirán que el otro fue quien se acercó. Angelina deja de preguntarse por el significado de la mirada de George y se entrega completamente al beso, que esta vez no está enturbiado por culpabilidad y dudas, al menos de su parte.

Tras lo que les parecen unas tres eternidades y media, se separan y se quedan mirándose a los ojos, tratando de comunicarse sin palabras. Sin embargo, parece que tendrán que practicar, porque Angelina malinterpreta el silencio de George. Baja la vista y balbucea:

-Lo siento… Yo… No tendría que… Lo siento.

La mano de George bajo su barbilla la obliga a levantar la cara.

-Oh, vamos. No lo hubieses hecho de no haber querido-replica, recuperando el tono juguetón y bromista-. ¿Me equivoco?

-Supongo que no-admite la mujer, sonrojándose ligeramente.

-Bien. Anda, vamos-George toma su mano de nuevo y comienza a andar hacia el pub. Angelina suelta su mano, repentinamente enfadada.

-¡Eh! ¿Tú de qué vas? ¿Te crees que sólo por haberme besado tienes derecho a…?

-No-la interrumpe George-. Pero dudo que te apetezca volver a tu piso.

El recuerdo de Davis, en quien no ha pensado en toda la tarde, hace que Angelina se estremezca de miedo.

-Está bien-acepta, cogiendo la mano de George-. Pero no quiero cosas raras, ¿eh?

-Descuida.


Nota de la autora: He disfrutado muchísimo escribiendo este capítulo. Personalmente, es el que más me gusta de los que llevo hasta ahora. Además, (tenía que decirlo) he utilizado muchas expresiones que oigo a mis padres y abuelos todos los días.

Oh, y prometo que mezclar chonis con zombies ha sido un hecho absolutamente fortuito. O puede que no.