Normalmente no hubiese publicado hasta el viernes. Sin embargo, mi otra opción era ponerme a resolver sistemas de ecuaciones con tropecientas incógnitas, así que aquí estoy.

ADVERTENCIA: Este capítulo es algo violento (al menos a mi parecer). Luego no digáis que no os he avisado. Y no quiero demandas ni nada por el estilo. Pegarme por Internet, puedo tolerarlo.


"A George, no"

A la mañana siguiente, cuando George se despierta, tiene tal dolor en el cuello que le cuesta mantener la cabeza erguida.

Emitiendo un sonido a medio camino entre un bostezo y un quejido, el pelirrojo se incorpora, parpadeando sorprendido al comprobar que está en el sofá en lugar de en su cama. Segundos después, recuerda que su dormitorio está ocupado por Angelina.

Se frota los ojos, cansado. Pese a que debe de haber dormido las ocho horas reglamentarias, siente como si alguien hubiese estado dando golpecitos en el cráneo toda la noche. Sin embargo, no se arrepiente de su decisión de dormir en el sofá. Porque en su cama duerme Angelina, y en la de Fred…

Bueno, la cama de Fred es la cama de Fred y no hay más que hablar. George no se lo ha dicho a nadie; pero lo cierto es que aún espera, en el fondo de su corazón, que su hermano vuelva algún día diciendo: "¡Os lo habéis creído!", y pida perdón por la tardanza. Le arrearía un buen golpe, por el mal gusto de la broma.

Volviendo a la realidad, George se levanta del sofá y se acerca hasta la puerta de su dormitorio, sujetándose la cabeza con una mano por si su maltratado cuello no resiste. Da unos golpecitos con cautela.

-¿Sí?-escucha la voz de Angelina desde su dormitorio.

-Voy a desayunar, así que sal-responde él. Camina hasta la cocina y empieza a hacer café. No es su desayuno favorito, pero al menos lo despejará un poco. Se sienta a la mesa y empieza a bebérselo, comiéndose las galletitas que mamá le dio el domingo, durante la última reunión familiar.

Cuando Angelina aparece por la puerta, George casi se atraganta de la risa. Pero no es para menos: anoche le dejó un pijama suyo, y, aunque de largo le queda perfecto, es tan ancho que Angelina parece un saco de patatas con él puesto.

-Buenos días a ti también-replica ella, fingiendo enfado. Recuperando la compostura, George agita la varita y, segundos después, una humeante taza de café con leche se detiene en la mesa.

Con un suspiro, Angelina se sienta y comienza a beberse el café, sabiendo que no tiene opción de protestar o negarse a comer. A diferencia de George, ella ha dormido apropiadamente y ha aprovechado las horas de sueño. Pronto, sin embargo, la asalta la duda de qué hacer durante el día. George parece estar pensando algo parecido.

-Um… Angie, ¿piensas ir a trabajar?-pregunta sin muchos rodeos y, para qué negarlo, más bien poco tacto.

La mujer baja la vista, y gana algo de tiempo cogiendo una galleta y mordisqueándola.

-No lo sé-admite finalmente, tras darse cuenta de que George no va a apartar la vista de ella hasta obtener una respuesta-. ¿Crees que debería?

George se encoge de hombros.

-Mira, yo creo que sí-responde tras pensarlo un poco-. Es decir, lo están buscando para meterlo en Azkaban. El ministerio es el último lugar adonde iría, ¿no?

-Sí, quizá tengas razón-acepta Angelina. Se termina el café y lo deja en la mesa-. Bueno, pues entonces me voy-dice con más energía. Se levanta y echa a correr hacia el dormitorio, dando un sonoro portazo. Apenas dos minutos después vuelve a la cocina, completamente vestida-. Supongo que nos veremos esta tarde. Estaré en mi casa a partir de las siete-agrega, enrojeciendo un poco; entonces gira sobre sí misma y desaparece.

George se queda unos instantes observando el lugar de donde se acaba de esfumar Angelina. Por enésima vez, se pregunta si lo que está haciendo está bien, si en caso de estar ahí Fred le felicitaría por encontrar a alguien, o si le daría un puñetazo por atreverse a besar a su novia.

Con un suspiro, se levanta y camina hasta su dormitorio. Se deja caer en su cama, que aún conserva el calor de Angelina, y se queda unos instantes mirando la de Fred, deseando que su hermano se materialice de repente y le de algún consejo, o se enfade con él, o le grite… algo.

-Podrías ser de alguna utilidad, dondequiera que estés, ¿sabes?-le espeta a la cama vacía.

Entonces se fija en la foto de su mesita. En ese momento, Fred hace un gesto de aprobación con los pulgares y le guiña un ojo, pero no al George de la foto, sino al George que mira la foto. Se le ilumina la cara.

-¡Eres el mejor hermano del mundo! ¡Gracias!-le susurra con alegría.


-Está bien, chicos-dice Harry, levantando los brazos. Todos los aurores dejan de hablar y centran su atención en él-. Veamos, tenemos que conocer bien el terreno. Así que nos dividiremos en grupos de tres-explica-. En total, cinco grupos. Los miembros de cada grupo vigilarán una de las calles colindantes a San Mungo. Quiero que os fijéis en cualquier escondrijo, hueco en la pared, alcantarilla y ventana, por muy tonto que os parezca, ¿entendido?-los aurores asienten-. Muy bien. Veamos…-Harry consulta el pergamino que tiene en las manos-. Jones, Podmore y O'Connell vigilarán la parte norte de Princess Street; De la Rosa, Sempere y Domene, la parte sur; de San George's Street se encargarán Wright, Carax y Rowling; de Saint Helen's, Dawlish, Ferguson y Brooks; Weasley, Finnigan y yo nos encargaremos de Elm Street. ¿Alguna pregunta?-se escucha un murmullo de negación-. Bien, pues turnaos para vigilar y reconocer la zona asignada.

Mientras los aurores se dispersan, Ron y Seamus se acercan a Harry.

-Esto va a ser genial-comenta el pelirrojo, visiblemente emocionado.

-Sí, maravilloso-replica Seamus, que parece tener otras cosas en la cabeza-. Oye, Harry, se me ha olvidado comentarte algo. Recuerdas que ayer detectamos el uso de la maldición cruciatus en el callejón Knocturn, ¿verdad?-Harry asiente-. Pues bien; fue Christian Davis, del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, quien la ejecutó.

-¿En serio?-pregunta Ron, sorprendido. Seamus asiente-. ¡Será capullo!-se le escapa-. ¡Ya os dije que estaba amargado! ¿Y cómo lo sabes, por cierto?

-Tiene gracia que lo preguntes-replica Seamus, sonriendo-. Fue tu hermano George quien vino a denunciarlo.

El color desaparece de la cara de Ron tan de repente que sus amigos casi se asustan.

-¡¿Que ese asqueroso gusano se ha atrevido a usar la maldición cruciatus contra mi hermano?-exclama, elevando la voz a medida que su rabia aumenta-. Lo descuartizaré, lo destriparé y lo mataré, y luego tiraré sus restos a…

-No, no, con él no-lo corta Seamus antes de que el instinto homicida de Ron siga creciendo-. Fue él quien lo denunció, pero la utilizó con Angelina Johnson.

-¿Con Angelina?-se extraña Harry-. ¿Y eso?

Seamus se encoje de hombros.

-Sea como sea, lo he puesto en busca y captura. Te hubiese consultado, pero estabas en Cardiff. No te parece mal, ¿no?

-No, para nada-replica Harry, frunciendo el ceño-. ¿Cómo está ella, por cierto?

-Al parecer bien; George me dijo que la llevó a su casa.

-Oh, entonces no hay nada de lo que preocuparse. Si George está con ella, seguro que está bien atendida-interviene Ron con burla, su enfado esfumado tan repentinamente como había aparecido.

Los tres ríen. Tratando lo mejor posible de ponerse serio de nuevo, Harry agrega:

-No estaría de más tomar declaración a Angelina, por cierto.

-Descuida-responde Seamus, aún sonriendo.


Angelina sale de la ducha moviéndose con tal gracia que casi va bailando. Sin embargo, a diferencia de los últimos días, hoy no necesitaba la ducha para olvidarse de sus problemas, sino para asimilar que lo que ocurrió anoche es real y no es sólo un sueño. Hace apenas dos semanas ni se le hubiera pasado por la cabeza que podría sentirse tan dichosa en esos momentos.

Camina por su dormitorio, vistiéndose con lo primero que encuentra, recogiendo objetos al azar-en su mayoría inútiles, para ser francos-y metiéndolos en su bolso, que yace en la cama. Tropieza con la silla del escritorio y el pelo, aún mojado, se le pega en la cara, permitiéndole oler con mayor intensidad el aroma a vainilla que desprende.

Entonces sus ojos van a parar al montón de pergaminos que yace sobre el escritorio inocentemente, sin saber que por su culpa ayer Angelina pasó por una de las situaciones más terroríficas de su vida, que gracias a ellos hoy está deseando ir al trabajo, o que se muere de ganas por ver a George esa tarde y hablar con él de lo que ambos sienten (porque está segura de que, como mínimo, no es indiferente al pelirrojo).

Con una sonrisa casi sádica, saca la varita de su túnica, murmura "¡Incendio!" y observa cómo el fatídico informe se reduce a cenizas, sin lamentarlo lo más mínimo. Poco le importa el saber que probablemente tendrá que volver a hacerlo.

-Creo haberte dicho en una ocasión que quemar el de trabajo no es muy correcto.

Un escalofrío la recorre de arriba abajo, haciéndola estremecerse. Angelina sabe quién es el propietario de esa voz antes de darse la vuelta, pero se gira sólo para asegurarse de que su imaginación no le está jugando una muy mala pasada. Para su horror, un muy real Christian Davis está apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, su varita en la mano y una sonrisa torcida.

-Resulta que ya no eres mi jefe-replica Angelina, tratando de ocultar el temblor de su voz y levantando un poco su propia varita. ¿Qué hace aquí? ¿Cómo ha entrado? ¿Y qué hago yo ahora?

-Y que tampoco debes ser tan impertinente-agrega él, ignorando la interrupción. Angelina se queda congelada al ver que avanza unos pasos hacia ella.

-Te cogerán y te meterán en Azkaban-asegura, alzando un poco más la varita. No está segura de poder concentrarse siquiera lo suficiente para hacer un hechizo, pero lo que sí tiene claro es que no va a dejar que ese hijo de puta le haga daño de nuevo, no ahora que se siente tan feliz.

-¿Me cogerán? ¿Quién, tú?-y suelta una risa infantil que a Angelina le pone los pelos de punta-. Bueno, de todas formas, lo mejor será que te explique el motivo de mi visita-añade con un tono increíblemente educado, como si no la hubiese torturado hace menos de veinticuatro horas-. Verás… Creo que te aconsejé no comentar lo ocurrido con nadie.

-No te acerques-le advierte Angelina, al darse cuenta de que Davis da otro paso hacia ella.

-Oh, descuida, será rápido e indoloro si te portas bien-dice él, haciendo un gesto despreocupado con la mano-. El que debería estar preocupado es tu novio. Me encargaré de él cuando termine contigo.

Esas simples palabras avivan el odio de Angelina hasta límites insospechados. A George, no.

-Ni se te ocurra tocar a George-gruñe, y por primera vez su voz suena tan amenazante que el miedo pasa a un segundo plano.

-Oh, pero qué romántico-se burla Davis con voz de niño pequeño-. ¿Algún alarde más de amor todopoderoso, o podemos seguir?

Entonces una idea ilumina la mente de Angelina. Tócalo y desaparécete con él hacia el ministerio, le dice una voz en su cabeza. A Angelina el simple pensamiento le parece un suicidio. Sin embargo, es la única idea que tiene para salir de ahí entera. Alza la varita un poco más.

¡Expelliarmus!

Davis rechaza en el último momento el hechizo no verbal, que hace una oscura quemadura en la pared. En un abrir y cerrar de ojos, lanza un rayo de luz morado. Angelina se lanza a su izquierda para esquivarlo. Se yergue y lanza un hechizo obstaculizador, que va a parar a la mesita de noche, haciéndola saltar por los aires.

-¿No sabes hacer nada mejor?-pregunta Davis con sorna.

-¡Reducto!-grita Angelina, olvidándose por completo de los hechizos no verbales. El rayo de luz rebota en el escudo mágico del hombre y se dirige a toda velocidad hasta un enorme jarrón, reduciéndolo a polvo. Angelina lo observa unos instantes, sorprendida por la potencia de su hechizo.

-¡AH!

Quizá no debería haber perdido esos valiosos milisegundos en observar lo que queda del jarrón. El hechizo golpea a Angelina en el estómago, lanzándola hacia la pared. Angelina resbala hasta el suelo, aturdida por el golpe, y con el rabillo del ojo ve caer su varita junto a lo que queda de la mesita de noche.

Inmediatamente, nota que Davis le tira del pelo con rudeza y la lanza hacia el otro lado de la habitación. Con las rodillas doloridas, Angelina cae junto a los pies de su cama e intenta levantarse, pero antes siquiera de lograr alzar la cabeza nota un puñetazo en el estómago que la deja momentáneamente sin aliento. Gira la cabeza y descubre a Davis prácticamente encima de ella.

-¿De verdad creías que te podías salir con la tuya?-sisea Davis, asestándole otro puñetazo. Angelina suelta un quejido; nota la sangre bajando por un lado de su cabeza-. ¿De verdad creías que podías librarte de mí tan fácilmente, estúpida engreída?-otro puñetazo. Y otro, y otro más. Angelina intenta, sin éxito, que las lágrimas no salgan de sus ojos-. ¡De mí, cuando yo soy el motivo de que, para empezar, todo el Cuartel de Aurores esté preparando un ataque que no es!

Haciendo acopio de fuerzas, Angelina le araña en la cara y le asesta un puñetazo. Davis retrocede con un grito de dolor, y la mujer se apoya en la cama para levantarse, sin apartar la vista del hombre, que tiene la cara ensangrentada.

Está segura de que tiene al menos tres costillas rotas; las ha oído crujir, por no hablar de que le cuesta mucho respirar y nota un dolor agudo en el pecho al hacerlo; sus piernas apenas la sostienen. Gira la cabeza y descubre su varita a pocos metros de ella. Sin embargo, antes de dar siquiera un paso para recuperarla, Davis la agarra por el cuello y la estampa en la pared.

-Déjame…-logra decir ella, casi sintiendo cómo su piel se pone morada.

David niega con la cabeza. Tres largos y profundos cortes surcan su cara, y Angelina siente cierto orgullo al saberse la causante, al menos hasta que el miedo se apodera de nuevo de ella.

-No. No pensaba hacer esto tan largo, pero tú lo has querido-Angelina cierra los ojos, esperando el impacto de la maldición cruciatus-. No, bonita-dice Davis, como si le hubiese leído el pensamiento. La mujer abre los ojos-. Mejor como los muggles, que es como se te da tan bien-Angelina comprende que se refiere a los arañazos-, ¿eh?

Un segundo después, Angelina es lanzada al suelo con fuerza. Se golpea la parte baja de la espalda con una de las patas de la cama. Intenta levantarse, pero cuando logra incorporarse una patada en el esternón la envía unos metros más allá. Incapaz de moverse, Angelina percibe por el rabillo del ojo que Davis se acerca a ella. Entonces, le agarra del pelo y comienza a golpearle la cabeza contra el suelo una y otra vez.

-Así aprenderás… Impertinente… Intenté…-a Angelina la voz de Davis le llega como si estuviese muy, muy lejos, y sólo registra algunas de las palabras que dice. Al octavo golpe, deja de intentar moverse para liberarse. quizá al noveno. Ha perdido la cuenta. Se limita a seguir respirando y a intentar mantenerse consciente, tarea que se le complica por momentos, invadida por la angustia al verlo todo borroso a su alrededor. Percibe el olor de la sangre mezclado con su champú de vainilla, y siente ganas de vomitar. Medio segundo después, su inspiración se corta por un ataque de tos, y Angelina nota también el sabor metálico de la sangre. De susangre.

Es entonces cuando una vocecita impertinente, aunque sincera, le dice que es en vano, que va a morir, que por mucho que siga esforzándose por no perder el conocimiento ocurrirá de todos modos. Angelina sabe que tiene razón. Con los ojos cerrados e insuficiente fuerza para abrirlos, susurra una última palabra, una llamada de socorro; pese a que, en realidad, sabe que para cuando él llegue será demasiado tarde.

-George


Notas de la autora: Ay, Dios... Me siento súper cruel con lo que acabo de hacer.