Espera

Me materialicé en el salón de su piso. Habíamos quedado a las siete (bueno, más bien ella me había ordenado estar allí a esa hora), pero no podía esperar hasta entonces, quería verla,necesitaba verla en ese momento, decirle que esos besos habían sido especiales para mí, preguntarle si para ella también, si también quería intentarlo. El pañuelo que se había dejado en mi dormitorio era sólo una excusa para presentarme en su casa. Y menos mal que se me ocurrió.

En cuanto mis oídos se acostumbraron a la nueva atmósfera, unos continuos golpes llegaron hasta ellos. No hubiese sido extraño pensar que se había tropezado con algo, siempre fue muy torpe; pero se me heló la sangre al oír una voz que no era la suya; una voz que, pese a que sólo la había escuchado una vez antes, reconocí al instante.

Tardé aproximadamente cuatro segundos en llegar hasta el lugar de donde provenía el ruido, que resultó ser su habitación. Para cuando atravesé la puerta tenía mi varita en la mano, preparado para cualquier cosa. Para cualquier cosa excepto para aquello. Aún no estoy seguro de cómo me las ingenié para no desmayarme ante lo que vi.

Angelina estaba en el suelo, y un charco de sangre se había formado a su alrededor. Ese… ese… ese hijo de puta (no encontré otra forma de llamarlo entonces, ni ahora tampoco) estaba arrodillado junto a ella.

No supe exactamente lo que estaba haciendo, ni tampoco lo que grité (porque estoy seguro de que grité; luego me dolía la garganta), y honestamente no me importaba, pero medio segundo después lo había apartado de ella y lo tenía en el suelo debajo de mí, y estaba tratando de hacerle el mayor daño posible. La había herido, le había hecho daño otra vez, toda esa sangre era por su culpa, tenía que pagar por ello. Era lo único que tenía sentido para en esos momentos.

Sólo dejé de machacarlo cuando recordé que Angelina seguía ahí, herida, cubierta de sangre. Cogí mi varita, que había soltado en el suelo unos minutos antes al lanzarme sobre él, y lo inmovilicé con un hechizo anti-aparición. Mi varita echó chispas; parecía comprender mi ira.

Entonces me acerqué a Angelina, sin levantarme del suelo, casi gateando; dudaba que mis piernas fuesen capaces de sostenerme. Había mucha sangre, demasiada, manando de la parte de atrás de su cabeza, de su boca, de sus brazos, empapando su ropa y tiñendo su pelo negroMerlín, era demasiada sangre.

Por un momento pensé-y pocas veces había tenido tanto miedo de tener razón-que había ido a reunirse con mi hermano. Y lo peor era no saber qué hacer; parpadeé para aclararme la vista, y noté las lágrimas bajar por mis mejillas.

Pero entonces ella se movió. No mucho, sólo cerró una mano en un puño, abrió un poco la boca y una especie de murmullo salió de sus labios.

Me pareció que sonaba como mi nombre.

Ridículo, ¿verdad? Con la cantidad de palabras que hay en nuestro idioma, y a Angie sólo se le iba a ocurrir llamarme a mí. Quizá sea un poco egocéntrico. Quizá realmente dijo mi nombre y lo que soy es idiota. Bueno, en realidad, soy idiota de todas formas. Me daba igual.

Fuere lo que fuese, logró que mi cerebro se pusiese en marcha de nuevo. Que comprendiese que aún no la había perdido, pero que lo haría si no reaccionaba, y pronto. La rodeé con los brazos y la estreché contra mi pecho con cuidado para no hacerle (aún) más daño, sin importarme mancharme de sangre, y desaparecimos de ahí.

En todo ese tiempo no había dejado de hablarle, de susurrarle cosas sin sentido, con la esperanza, seguramente vana, de que estuviese oyéndome.


George abre los ojos de par en par. Sobresaltado, mira alrededor para descubrir la misma horrible habitación blanca e impersonal, el mismo reloj de pared y la misma persona inconsciente sobre la misma cama de sábanas blancas. Y el mismo molesto aparato que pita marcando los latidos de su corazón. Suspira. Debe de haberse quedado dormido. Ora vez.

Se frota los ojos con los nudillos, intentando despejarse. Con cuidado, toma la mano de Angelina y la besa con mucho cuidado, como si se pudiese romper, preguntándose por enésima vez por qué aún no ha despertado en cuatro malditos días.

La mira fijamente, como si quisiera memorizar sus rasgos de nuevo, y con la creencia un tanto infantil de que así despertará antes.

Cinco costillas rotas, un pulmón perforado, pelvis fracturada, varios órganos dañados, politraumatismo craneal y contusiones y heridas varias. Así llegó hace cuatro días a San Mungo en brazos de George, más muerta que viva. El pelirrojo es dolorosamente consciente de la sorpresa que se llevaron los sanadores cuando, a la mañana siguiente, el molesto aparato mostraba que su corazón seguía latiendo.

Al menos, piensa George, ahora sus huesos están soldados de nuevo, las heridas superficiales sanan rápidamente gracias a su condición de bruja y la mayoría de los órganos dañados están casi reparados. Sin embargo, como ese sanador le explicó con infinita calma cuando, siete horas después de llevar a Angelina al hospital, le permitieron verla, el problema es que su cerebro también está dañado y, como no hay poción ni hechizo que pueda interferir en ese órgano, lo único que les queda es esperar a que despierte del coma… si lo hace. Porque, si Katie está en lo cierto (y no hay muchas esperanzas de que mienta, cuando sólo lo ha hecho en tres ocasiones en todos los años que se conocen), hay un treinta y cinco por ciento de probabilidades de que se quede así para siempre.

George deja la mano de Angelina y entierra la cara en las suyas. Si no lo hace, si Angelina no despierta jamás… no, no puede ser; Angelina es fuerte, y logrará salir del coma sí o sí. La sola idea de que eso no pase es demasiado injusta como para considerarla siquiera.

El pelirrojo gira la cabeza cuando oye la puerta abrirse, y descubre a Ron entrando por ella. El menor cierra la puerta tras de sí y se sienta en la silla que hay junto a George. Por unos instantes, no dice nada. Cuando George vuelve a coger la mano de Angelina, sin embargo, pregunta con timidez:

-¿Cómo está?

-Igual-responde George en tono neutro, huyendo de la mirada de su hermano.

Ron suspira y lo observa fijamente. Está realmente preocupado por él, al igual que el resto de su familia; como siga así, dentro de poco será George el que tendrá que ser ingresado en San Mungo; además, la última vez que su hermano mayor tuvo una expresión tan sombría fue hace siete años, cuando… no le gusta recordarlo.

Ron también se percata de las oscuras ojeras que adornan los ojos de su hermano. Hasta ha cerrado la tienda (¡la tienda!), y le parece que ha adelgazado. No seas idiota, nadie adelgaza en cuatro días, se dice. Empieza a parecerse a su madre.

-¿Por qué no descansas un poco?-sugiere, sin mucho convencimiento.

George niega con la cabeza. Mientras cuenta los círculos que su hermano dibuja en el dorso de la mano de Angelina, Ron se prepara para insistir, pero entonces George habla:

-¿Y si despierta y no estoy aquí?

-Pues que tú llevas cuatro puñeteros días encerrado entre estas cuatro paredes, no creo que se enfade por esperar diez minutos a que te manden un mensaje-replica Ron. George no da señales de haberlo oído-. Vamos, George. Que pareces un muerto viviente.

Las dos últimas palabras activan un mecanismo en el cerebro de George, que da un respingo y mira a su hermano con tal aire de superioridad que por un momento Ron tiene la impresión de que se ha transformado en Hermione.

-Zombie.

-¿Eh?

-Que no se llaman muertos vivientes, sino zombies-explica George, y una sonrisa ilumina su cara.

-¿Y qué es un zombie, si se puede saber?-inquiere Ron, preguntándose si debería haber estado más atento en Cuidado de Criaturas Mágicas durante sus años en Hogwarts.

-Son personas muertas que se alimentan de cerebros, que van muy lento, pero que al final te atrapan por algún motivo desconocido. Los proyectan en las películas de los cines muggles. Con proyector-responde George.

Ron lo mira unos instantes, temiendo por la salud mental de su hermano.

-Ah-dice finalmente-. ¿Y eso lo sabes por…?

-Porque el lunes fui a uno de esos cines para ver una película de ésas. Con Angelina-Merlín, sólo hace cinco días de eso, pero a George esa noche le parece muy lejana.

Ron asiente con la cabeza, no muy convencido. Nota mental: Preguntar a Charlie sobre esos zombies. Escudriña el rostro de George, que ha vuelto a centrar su atención en Angelina, durante unos minutos, preguntándose si le está tomando el pelo. Considerando que la expresión sombría ha vuelto a su cara, decide que no. Debe de quererla mucho. Ojalá despertase; George ya ha sufrido bastante.

-Por cierto, Ron-dice George, mirándolo una vez más.

-¿Qué?

-¿Y Davis?

Ron cierra los ojos para ganar algo de tiempo, pero vuelve a abrirlos para apartar de su mente la grotesca escena que encontró hace cuatro días, cuando detuvo al ex director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos.

-En Azkaban.

-¿Cuándo será el juicio?

-Esperarán un mes; si Angelina está en condiciones de declarar para entonces fijarán una fecha; si… si no, se celebrará un juicio rápido-explica Ron-. De todas formas, se pasará el resto de su vida en Azkaban-añade con amargura.

-¿Y el beso del dementor?-sugiere George, entornando los ojos.

-Sabes que ya han quitado esa pena-responde Ron-. Aunque no me importaría que la restablecieran-admite, mirando a Angelina. George suspira-. Bueno, me tengo que ir. Tengo que ver a mamá y a saludar a Charlie.

-Salúdalo de mi parte-replica George antes de que su hermano salga. Ron se detiene en la puerta y se gira hacia él.

-¿Vendrás el lunes al cumpleaños de Harry?

-No sé. Quizá.

Ron sacude la cabeza y sale de la habitación. George se queda unos instantes mirando la puerta sin verla, preguntándose si ir o no al cumpleaños de su cuñado. Lo cierto es que, al paso que va, se consumirá en esa habitación. Además, tiene ganas de volver a ver a Charlie. Pero vuelve a mirar a Angelina y piensa que es muy injusto que él esté una tarde entera en una fiesta mientras ella está en esa horrible habitación, sola, luchando por su vida.

Tras varios minutos, admite que igual sí debería dormir un par de horas. George se levanta de la silla, le acaricia una mejilla a Angelina con suavidad y sale de la habitación sin hacer ruido. Como si eso fuese a despertarla, piensa con amargura. Ya lo ha intentado, y no, no funciona.

Tan sumido está en sus pensamientos que casi choca con Katie.

-¡Ahí va, George!-exclama ella, dando un brinco hacia atrás.

-Perdona, no estaba mirando por dónde iba.

-Ya lo veo-Katie se fija en sus ojos cansados-. Tienes un aspecto horrible-comenta, preocupada-. Deberías…

-… dormir, iba a ello, pero como alguien me lo vuelva a decir juro que me quedaré en esa habitación hasta morir de agotamiento-replica George con cansancio.

-Lo siento-George se dispone a seguir andado cuando Katie vuelve a hablar-: La quieres mucho, ¿eh?

George enrojece hasta las orejas, aunque no puede evitar que se le escape una pequeña sonrisa. ¿Tan evidente es?

-¿Cómo lo sabes?

Katie sonríe también.

-Merlín, George. No soy ciega. Ni sorda, tampoco. Y la mitad de los sanadores aún están tomando pociones contra el dolor de cabeza por cómo llegaste aquí-George baja la vista, estremeciéndose al recordar las pesadillas que lo han atormentado desde entonces-. Eh, anímate. Seguro que quiere verte guapo cuando despierte.

El rostro de George se ilumina de pronto.

-¿Cuando despierte?-repite, con la expresión de un niño al que prometen una bolsa llena de golosinas-. ¿Eso quiere decir que ya es seguro?

Katie enrojece levemente y baja la mirada.

-Desde el punto de vista médico no, pero… conozco a Angelina y sé que es demasiado cabezota como para quedarse así.


Llevaba casi cuatro horas sentado en esa silla, mirando al vacío. No me preocupaba no haber almorzado, no haber abierto la tienda, ni estar cubierto de sangre que no era mía. Bueno, lo cierto es que lo último sí me importaba, pero había guardado mi varita en el bolsillo de los pantalones y no me sentía con fuerzas para cogerla.

Oí voces en la entrada de la sala de espera. No me molesté en girarme; seguía observando el Sol, que empezaba a descender de su punto álgido. Mi padre y Ron taparon la visión y me abrazaron. Si esperaban que devolviese el abrazo, debieron de decepcionarse. Ni siquiera me moví. No podía.

-¿Qué ha pasado?-preguntó Ron. Me limité a mirarlo unos instantes y bajé la vista; ¿qué más daba? No quería recordarlo; dolía mucho. Lo único que quería en esos momentos era que viniese algún sanador y dijese que Angelina iba a ponerse bien.

-George-probó mi padre con cautela. No presté mucha atención; no quería abrir la boca-.Necesitamos que nos lo digas. ¿Quién le ha hecho eso a Angelina?

Si mi padre quería provocarme, lo consiguió. Pese a que había decidido no hablar, apreté los puños y dos palabras cargadas de odio salieron de mis labios.

-Christian Davis.

-¿Cómo?-exclamaron ambos a la vez. Papá extrañado, pero Ron no parecía sorprendido por el dato.

Entonces recordé de repente; lo había dejado atado en el dormitorio de Angelina.

-Sigue allí… creo-y expliqué que lo había dejado inmovilizado con magia en el piso de Angelina. Ron me miró entre preocupado y triste, me dio unas palmadas en el hombro y se desapareció en seguida. En cambio, mi padre sacó su varita y la utilizó para limpiar mi ropa, algo que me alivió lo indecible. La sangre me estaba poniendo enfermo. Se sentó a mi lado, sin decir nada, acompañándome en la interminable espera. Debería haberle dicho lo que le agradecía el simple hecho de estar ahí, pero tenía la boca seca.

Varias horas más tarde, un sanador entró en la sala. Después de los formalismos (a cargo de mi padre; yo seguía temporalmente sin habla), se dedicó a enumerar las lesiones de Angelina. Me pareció que su voz sonaba como si viniese de muy lejos, pero, al mismo tiempo, lo escuchaba con dolorosa claridad. Aunque lo único que me hizo reaccionar, dejando escapar un gemido, fue su última frase antes de llevarnos hasta su habitación:

-Si he de ser sincero, es poco probable que pase de esta noche.


-¡No!

George se enreda con las sábanas, da una vuelta en la cama y finalmente cae al suelo, temblando. Necesita varios minutos para darse cuenta de que no está en el hospital, su padre no está con él, y de que más que soñar lo único que hace es rememorar todos los sucesos ocurridos desde el martes.

Tras varios minutos peleando con las sábanas, logra liberarse. Sin embargo, se queda unos segundos sentado en el suelo, vagamente consciente de que no es sólo sudor lo que cubre su cara. No tarda en darse cuenta de que no podrá volver a dormir, mucho menos descansar.

Con un suspiro, se levanta y se dirige a la ducha. Recuerda que Angelina le comentó, precisamente la noche que durmió en la cama de la que él acaba de caerse, que una ducha logra relajar en cualquier momento. Se quita la ropa y entra, intentando alejar el recuerdo de su mente sin mucho éxito. Cuando sale tiene más que claro que va a pasar toda la tarde y la noche velando a Angelina.

George se desaparece y se materializa en una de las calles adjuntas al edificio de San Mungo.

-¡Alto ahí!

El pelirrojo da un respingo y se da la vuelta, descubriendo a Harry Potter apuntándolo con la varita.

-Ah, hola, Harry-lo saluda. El hombre más joven baja la varita, aliviado-. ¿A qué venía eso?

-Oh, nada en especial-responde Harry despreocupadamente-. Simplemente, que mañana a las siete estaremos enfrentándonos a renegados y tenemos que prepararnos.

George parpadea, sorprendido. Ha estado tan preocupado por Angelina que ni se ha acordado de la promesa que se hizo hace más de un mes. Archiva el dato en su mente. Quizá sea útil.

-Bueno, pues divertíos-replica, sin muchas ganas de hablar-. Hasta luego-y desaparece por el escaparate de Purge y Dowse, S.A.


No es hasta que George desaparece de la vista cuando Harry se da cuenta de lo que acaba de hacer.

Oh, oh. Ron me va a matar.

Efectivamente, el pelirrojo monta en cólera cuando vuelve de comprarse un bocadillo de lomo y Harry le confiesa lo ocurrido.

-¿Me quieres explicar para qué te pido yo las cosas? ¡Eres la persona más bocazas que…!

-Bueno, no me comas-se defiende Harry-. Oye, George es mayorcito. Estoy seguro de que si hablamos con él…

-… Harry, George no atenderá a razones-replica Ron. Enfadado, da un buen bocado a su bocadillo. Y luego otro, y otro. Harry reiría si la situación fuese distinta. Buscando el modo de disipar el mal humor de su amigo, pregunta:

-¿Dónde estabas, por cierto? Esta mañana, digo.

-En mi casa. Bueno, antes he estado en San Mungo-explica Ron, señalando con la cabeza el hospital camuflado.

-Oh. ¿Cómo está Angelina?

-Igual-responde Ron-. Al menos sigue viva-añade, dando otro bocado al bocadillo.

-Adivino que George estaba ahí.

Ron asiente y su mirada se vuelve triste.

-Sí. Creo que teníamos razón en lo de los mimitos-admite.

-Bueno, vamos al Cuartel, tengo varias cosas que deciros-replica Harry, dándose cuenta de que ha disipado el enfado de Ron sólo para deprimirlo. Se desaparece con él, y ambos se materializan en la entrada de la Oficina. Hary carraspea, e inmediatamente, los aurores dejan de hablar entre ellos y se vuelven para mirarlo

-A ver, chicos. Y chicas-agrega, al ver que una joven auror de trenzas castañas va a protestar-. Como sabemos de sobra, mañana será el ataque. Confío en que conozcáis la calle asignada como la palma de vuestra mano-los aurores asienten-. Y en que hayáis leído el informe sobre explosivos muggles para saber reconocerlos-otro asentimiento general-. Muy bien, pues mañana os quiero a todos a las seis en vuestros respectivos puestos. La mañana la tenéis libre para dormir, descansar, o lo que os apetezca hacer. Pero si vais a comer-y aquí Harry se vuelve a Ron, que le dirige una mirada de disculpa con la boca llena-, que sea antes de las cinco de la tarde.

Los aurores asienten y vuelven a sus quehaceres. Ron, sin embargo, se acerca a Harry.

-¿Por qué no puedo comer después de las cinco?-pregunta, haciendo un puchero.

-Porque se tardan aproximadamente dos horas en hacer la digestión, y mientras la haces el cerebro está adormilado. Y, como te pase algo, Hermione y tu madre me matan.


Nota de la autora: Quisiera disculparme con la gente a la que le afectó/disgustó/molestó el capítulo anterior. Ningún otro más de este fic es así. Lo siento si el capítulo anterior hirió la sensibilidad de alguien. No obstante, sabed que, como sabiamente dijeron Arabella Fawkes y Daniela en sus reviews, la vida no es siempre de color rosa. Ni justa.

Por cierto, me acabo de dar cuenta de que este Harry me ha salido un tanto bocazas…

Si os ha gustado, nada más tenéis que dejar un review. Y, si no, también. :)