Lo había planeado como un único capítulo, pero hubiese quedado larguísimo, os hubieseis aburrido. Así que lo he dividido en tres partes. Ésta es la primera. Espero que os guste =)
El Día (I)
Azkaban.
Una enorme fortaleza con forma triangular situada en algún lugar del mar del Norte. Una prisión de la que es prácticamente imposible escapar. Un lugar en el que nadie desea estar más tiempo del estrictamente necesario para hacer aquello a lo que se había venido. Y eso que no hay dementores guardándola desde que Kingsley Shaklebolt los retirara de ahí cuando comenzó a ostentar el cargo de ministro.
Sin embargo, pese a que abandonaron la prisión mágica hace más de siete años, la esencia de los dementores aún sigue ahí. Es un lugar que absorbe toda la alegría y los pensamientos positivos de cuantos ponen un pie en él. Ya no digamos de los que, ya sea justa o injustamente, tienen que quedarse durante algún tiempo, o durante el resto de su existencia.
Christian Davis lo lleva más o menos bien.
El hombre está sentado en un rincón de su celda, observando el cielo a través de los barrotes. Aún tiene la ropa manchada de sangre, y la mayoría de su cuerpo está cubierto por las heridas y cardenales provocados por ese pelirrojo. Christian no se ha molestado en averiguar su nombre. Sólo sabe que lo odia, con todas sus fuerzas, porque también odia dejar cosas a medias y por su culpa no sabe si esa impertinente maleducada que es Angelina Johnson está a seis metros bajo tierra o medio muerta en San Mungo.
Al menos, está seguro de que no está dando brincos por ahí. Eso lo anima un poco.
Christian Davis detesta a esa mujer desde el primer día que la vio. Al principio, creyó que simplemente le había dado una mala impresión; sin embargo, a los pocos días descubrió el motivo de su (hasta aquel momento) inexplicable rechazo a esa mujer. Todos los empleados se sienten intimidados ante un superior (incluso, a veces, atemorizados), acatan las órdenes y callan. Como debe ser. En cambio, Angelina Johnson era demasiado impertinente para eso, y prefirió entrar caminando con la cabeza bien alta y exponiendo sus propias ideas. Christian intentó por todos los medios mostrarle cómo debía comportarse, pero hubo un momento en que no le quedó más remedio que hacer lo que hizo. Tampoco es como si pudiera negar que aquel informe que se olvidó fue la excusa que llevaba más de un mes esperando.
Lo saca de sus pensamientos uno de los guardias de la prisión que va vestido de negro, corpulento y con la varita en la mano que aparece en la puerta de su celda, mirándolo con indiferencia. No sabe quién es Christian ni por qué está ahí; eso no es de su incumbencia. Su trabajo consiste únicamente en que no escape de Azkaban.
-Sal-le indica, y abre la puerta con un conjuro.
Christian se levanta lentamente, sin prisa. Sabe que probablemente no va a salir de ahí jamás, por lo que sale de su celda y desfila con parsimonia delante del guardia por los lúgubres, oscuros y húmedos pasillos de la hostil prisión hasta llegar a una puerta negra de metal. El guarda la abre, permitiendo al reo admirar sus casi diez centímetros de grosor, y le hace un gesto para que entre en la habitación. Christian observa con indiferencia una mesa situada en el centro de la habitación débilmente iluminada, con una silla a cada lado, y otra puerta justo en frente de la que él acaba de atravesar para entrar en la pequeña estancia. El hombre se sienta en la silla más cercana y se distrae fijando la vista en el infinito, practicando oclumancia. Por si acaso.
La puerta que hay frente a él se abre, y por ella entra un hombre delgado, con el pelo color arena y unos pequeños ojillos brillantes, que se sienta en la silla libre, saca pluma y pergaminos de un pliegue de su túnica, los deja en la mesa y mira a Christian con el rostro más inexpresivo de que es capaz.
-Buenos días. Soy el auror Finnigan; estoy aquí para interrogarlo sobre los sucesos ocurridos el lunes veinticuatro de julio y el martes veinticinco, en relación a Angelina Claire Johnson, y otros… acontecimientos que ya venían sucediéndose desde que la citada persona comenzó a trabajar en el departamento del que usted era jefe-Christian asiente. Justo lo que esperaba-. Usted es Christian Henry Davis, residente en el número cincuenta y dos de Tib Street, ¿correcto?
-Correcto.
El auror anota algo en uno de los pergaminos.
-Usted acosó a Angelina Johnson en horario laboral prácticamente desde que ella comenzó a trabajar en su departamento, ¿cierto?
Christian siente ganas de reír ante esa cuestión; el auror sabe la respuesta tan bien como él.
-Sí, lo hice.
-¿Tenía algún motivo para ello?-inquiere el auror. Christian sabe que explicárselo será una pérdida de tiempo, que probablemente sus argumentos, tan lógicos para él, no lo serán para el auror, así que niega con la cabeza. Finnigan vuelve a escribir algo-. Usted se encontraba en el callejón Knocturn el veinticuatro de julio alrededor de las nueve de la mañana acompañado de la víctima. ¿Admite que eso sea cierto?
Davis sabe que mentir no le servirá de nada, porque esa impertinente de Angelina Johnson se encargó de confesárselo al pelirrojo (en cuanto tenga ocasión se encargará de él). Así que ni siquiera se molesta en intentarlo:
-Sí.
-Utilizó la maldición cruciatus, que está catalogada por el Ministerio de Magia como una de las tres maldiciones imperdonables, contra Angelina Johnson, ¿cierto?-Christian asiente de nuevo; esta vez, el auror tarda un poco más en tomar nota. Varios segundos después vuelve a mirarlo-. ¿Dónde estuvo durante ese día, desde que se dio la orden de busca y captura contra usted?
Christian alza las cejas; esa pregunta no se la esperaba.
-La seguí. A Angelina Johnson-aclara, imprimiendo a su voz el mayor desprecio posible-. Averigüé dónde vivía; llevó a su casa a ese pelirrojo. Después, entraron en un centro comercial muggle, y los perdí de vista, así que estuve… dando un paseo-por primera vez, Christian ruega interiormente que el auror no le pregunte por su compañía.
Para su alivio, Finnigan está muy ocupado tomando nota; tras unos minutos, vuelve a mirarlo.
-Y usted fue el veinticinco de julio, entre las ocho y las nueve de la mañana, a la residencia de Angelina Johnson, número trece de Oldham Street, piso sexto D-esta vez, no es una pregunta; es una afirmación, y Christian lo sabe:
-Sí, lo hice.
-¿Admite haber…?-pero antes de que Finnigan pueda terminar de formular la pregunta, Christian la responde, algo cansado de tanto formalismo:
-Sí, yo agredí a Angelina Johnson-entonces recuerda la duda que le ronda por la cabeza desde hace cinco días y que aún no ha podido resolver-. ¿Me permite hacerle una pregunta a usted?-antes de que el auror tenga tiempo de responder, Christian la formula-: ¿Está viva?
Se relame los labios al comprobar, con satisfacción, que ha enfurecido al auror con sus palabras y que éste lucha por mantener su fachada tranquila e indiferente, y se pregunta si conoce personalmente a la (por lo que parece) desdichada Angelina Johnson.
-Sí, está viva-responde Finnigan finalmente. Apunta varias cosas más en su pergamino, mientras Christian confirma, por su tono, que la mujer no está precisamente como una rosa, y sonríe-. Y, si no le importa, las preguntas las hago yo-agrega con furia contenida.
-¿Me permite comentarle una última cosa? Quizá les sea de utilidad, a usted y al resto de aurores, con respecto al ataque de esta tarde.
El auror se queda helado al oír las últimas palabras. Todos los aurores tienen estrictamente prohibido comentar con nadie el ataque de esta tarde; la única forma de que Davis sepa algo es que esté directamente implicado en él.
-Hable-y hechiza su pluma disimuladamente para que anote todo lo que se dice.
-Es un señuelo-aclara Christian, y casi pone los ojos en blanco al ver la sorpresa del auror. ¡Ineptos!-. Simplemente, es una táctica de distracción para tener a los aurores entretenidos mientras otro renegado tiene vía libre para robar la varita de Saúco.
El auror se queda boquiabierto.
-¿Cómo sabe usted eso?
-Porque yo fui uno de los que planearon los ataques. Y me encargué de que nadie lo descubriera; incluso desmemoricé a la directora del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica.
Finnigan está a cuadros.
-¿Y por qué, entonces, me lo está contando?
Christian podría hablarle de la promesa de sacarlo de Azkaban que le hicieron. Podría hablarle de Isabelle McGregor, esa hermosa mujer de ojos grises con la que diseñó el plan y que como agradecimiento se dedicó a flirtear con Dennis Creevey y a comentar que estaba harta de los ataques y de su prepotencia y que lo dejaba. Pero, una vez más, sería una pérdida de tiempo.
-Creo que lo único de su incumbencia, señor Finnigan, son los datos, no los motivos que me llevan a exponérselos-antes de que el auror pueda hablar, añade-: Por cierto, felicite a Hermione Weasley por su inteligencia. No me cabe la menor duda de que fue ella la que lo descubrió por segunda vez.
En cuanto Seamus se encuentra lo suficientemente lejos de Azkaban para desaparecerse, gira sobre sí mismo y se materializa en el Cuartel de Aurores, que está vacío. Lo cual no es ninguna sorpresa, pues todos deben de estar en sus casas descansando y preparándose. Pero Harry debe de estar ultimando los detalles para esta tarde.
Deja el pergamino sobre su mesa y se abraza a sí mismo. Lleva toda la mañana sintiéndose fatal, y su breve visita a Azkaban no ha hecho sino empeorar su estado. Igual incluso tiene fiebre. Ponerse una mano sobre la frente se lo confirma; está ardiendo.
Sin embargo, en esos momentos sigue preguntándose el motivo de que Davis le haya contado todo lo que le ha contado. La opción más fácil sería pensar que está loco; pero, a Seamus, Christian Davis le parece una persona sumamente inteligente. ¡Si incluso ha admitido que Hermione es brillante!
-Hola, Seamus.
Seamus se gira y descubre a su amiga sonriendo y acercándose a él con un montón de pergaminos en la mano.
-Hola, Hermione-responde, y se frota los brazos para alejar la sensación de frío-. Oye, no sabrás dónde...
-¿…Está Harry? En Elm Street, supongo-responde la mujer.
-Genial. Tengo que hablar con él.
-¿Por?-inquiere ella con curiosidad-. ¿No vienes de interrogar a Davis?-añade, frunciendo el ceño. La noticia de lo ocurrido a Angelina se ha difundido por el ministerio como un virus, conmocionando de tal forma a los funcionarios que el Ministro se ha comprometido a investigar las condiciones de todos y cada uno de sus trabajadores. Kingsley no quiere que se repita.
Seamus duda, pero, tras unos instantes, decide contárselo. Hermione tiene derecho a saber quién la desmemorizó, después de todo.
-Sí, de ahí vengo. Por cierto, él fue quien hizo que te olvidases de que habías descubierto la clave de los ataques.
Hermione palidece un poco.
-Maravilloso-replica, intentando aparentar que no le importa mucho-. ¿Algo más que deba saber?
-Oh, supongo que el hecho de que el ataque en San Mungo es un señuelo; alguien intentará robar la varita de Saúco de Hogwarts-responde Seamus, estremeciéndose a causa de la fiebre e intentando que el mundo deje de dar vueltas ante sus ojos.
-¡Vaya!-exclama Hermione, sorprendida.
-Sí. Bueno, tengo que decírselo a Harry, así que hasta luego-pero antes de dar dos pasos, el mareo de Seamus empeora hasta límites insospechados. El hombre cae al suelo, y lo último que oye, antes de desmayarse, es la alarmada voz de Hermione llamándolo.
Justo cuando está a punto de quedarse dormido, la cara de George resbala de su mano. El pelirrojo sacude la cabeza, reprendiéndose mentalmente, y mira a su alrededor, ligeramente desorientado. El único cambio producido en la habitación de Angelina es el de las sábanas.
Con un suspiro, coge la mano de Angelina y se entretiene moviendo sus dedos con suavidad. Entonces se le ocurre una idea, más bien tonta, en su opinión. Sin saber muy bien si lo que está haciendo está bien o mal, ni si servirá de algo o empeorará más las cosas, empieza a hablar:
-Eh, Angie. ¿Qué tal estás? Vaya pregunta estúpida… Ni siquiera sé si me estás escuchando. Una vez oí a Hermione decir que la gente en coma se da cuenta de cuándo le hablan… Me gustaría pensar que tiene razón.
Hace cinco días, nueve horas y cincuenta y seis minutos, más o menos, que estás aquí-informa, casi esperando su risa ante el hecho de que tenga el tiempo calculado con tanta meticulosidad. Lo cual, obviamente, no ocurre. George casi puede oír cómo se le rompe el corazón un poquito más-. Tenías un montón de huesos rotos y heridas, pero ya se te han curado y las heridas casi ni se notan. No te va a quedar ninguna cicatriz ni nada, vas a seguir tan guapa como siempre. Aunque te quedasen no me importaría. Eres preciosa de cualquier forma-le asegura, y una extraña felicidad se apodera de él al descubrir que es cierto-.
Cuando te encontré...-George medita la mejor forma de decírselo, vagamente consciente de que, en realidad, la posibilidad de que Angelina lo oiga es realmente baja; y la de que le responda, prácticamente nula-, en teoría era para devolverte tu pañuelo, ¿sabes? Aunque en realidad sólo quería hablar contigo. Sobre lo que ocurrió el lunes por la noche. Y lo del otro día, aunque creo que no te acuerdas. Quería decirte que… que me gustaría intentarlo, y sé que a ti también, que como mínimo no te soy indiferente… No creo que ninguna otra persona me hubiese aguantado toda la tarde preguntando sobre cosas de muggles.
Los sanadores dicen que puede que no te despiertes. Cuando lo hagas me encargaré de que veas sus caras después de comerse una caja de marcas tenebrosas de pega. Por ser tan negativos-aquí George se permite sonreír un poco-.
Y… oye, cuando despiertes también te pediré perdón, ¿vale? Él te hizo mucho, mucho daño, y yo ni siquiera fui capaz de impedirlo. Y no hacía ni un día que te había prometido que no dejaría que te volviese a tocar. Merlín, lo único que pude hacer fue traerte aquí. Y no me importa lo que diga Katie de que te salvé la vida al apartar a ese tipo de ti; sé que fue todo por mi culpa, no debí haberte convencido para ir a trabajar. Lo siento mucho.
George le acaricia la mejilla con suavidad. Es entonces cuando se percata de las lágrimas han escapado de sus ojos y corren, rebeldes, por su cara. Se las enjuga con el dorso de la mano y respira hondo para tranquilizarse. Tras unos minutos, decide subir a por un té para tratar de despejarse y pensar en otra cosa, aunque sea por un rato.
Sin embargo, cuando está atravesando el pasillo principal de la tercera planta, algo lo distrae. Observa una habitación separada del pasillo por un enorme cristal, y a Hermione dentro de ella, gritando y golpeando el vidrio para llamar su atención. Su voz le llega amortiguada, pero George se acerca a ella con curiosidad.
-¿Qué haces ahí?
-¡Estoy en cuarentena!-le informa Hermione.
-¿Cuarentena?
-Seamus tiene la viruela de dragón-explica su cuñada-. Él está en otra sala, pero como yo he estado en contacto con él me tienen aislada hasta que decidan si estoy o no infectada.
George se muerde el labio inferior para contener una sonrisa. ¿Cómo, en nombre de los calzones más andrajosos de Merlín, se las ha ingeniado Hermione para terminar en esa situación tan surrealista?
-¿Te encuentras bien?-pregunta, repentinamente preocupado al recordar que Hermione está embarazada-. Es decir…
-Estoy perfectamente bien-replica Hermione exasperada, captando sus intenciones-. Pero necesito que me hagas un favor.
-Tú dirás.
-Necesito que digas a Harry y a Ron que el ataque que habrá aquí es sólo un señuelo para distraerlos mientras alguien roba la varita de Saúco de la tumba de Dumbledore-explica Hermione.
George se queda boquiabierto.
-¿Que el ataque es…?
-¡George! ¿Se lo vas a decir, o vas a quedarte ahí toda la tarde?-lo reprende Hermione.
George asiente con la cabeza y vuelve a bajar hacia el piso inferior. Parece que su té tendrá que esperar hasta que avise a Ron. Se sorprende a sí mismo deseando terminar pronto para poder volver a la habitación de Angelina; apenas cinco días antes hubiese estado eufórico al saber dónde y cuándo podría encontrar a Rookwood. Pero le parece más urgente cuidar lo que tiene que vengar lo que le arrebataron.
Sin embargo, cuando George está pasando por la recepción, a punto de salir del hospital, el edificio entero tiembla y las luces parpadean varias veces antes de apagarse. Los niños empiezan a gritar y a llorar, asustados, mientras los adultos miran alrededor buscando el origen del apagón.
George, en cambio, mira su reloj de muñeca. Las siete.
Notas de la autora: Admito que acabé llorando cuando escribí la confesión de George.
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