El Día (II)

Ron mira su reloj, nervioso; faltan dos minutos para la hora del ataque y el pelirrojo sigue con la mirada a todas las personas que se pasean por la calle, fijándose especialmente cuando alguien se detiene o mira algo en un escaparate.

-Ron, ¿me explicas qué diantres haces?-pregunta Harry con irritación. Está realmente estresado; Seamus debería haber llegado hace casi una hora y sigue sin dar señales de vida. Más le vale tener una buena excusa, porque la bronca será épica.

-Estoy vigilando a la gente-explica su mejor amigo, entrecerrando los ojos y fijándolos en una mujer que camina maquillándose, con sospecha, antes de que se fije en un hombre que se detiene a pocos metros de la entrada de San Mungo-. Podrían ser mortífagos.

-Ron, esas personas no son reales. He estado desalojando toda la zona hace tres horas para evitar víctimas innecesarias. Sólo son ilusiones. ¿No te lo había dicho?

La expresión enfadada con que lo mira Ron es suficiente para que toda la tensión de Harry se esfume; el moreno se echa a reír con ganas.

-¿Me estás diciendo que llevo quince minutos vigilando cosas que no existen?-exclama, ofendido.

-Pues… Sí, básicamente.

-Pues el rubio ése me da mala espina-replica Ron, señalando a un hombre corpulento (que, en efecto, es rubio, aunque tiene más pelo blanco que de esa tonalidad) que se ha detenido ante un cubo de basura.

Harry palidece.

-Ése no lo he creado yo.

Sin pensarlo, Ron saca su varita y, en dos zancadas, se planta junto al hombre. Parece ser bastante mayor que él, aunque se da la vuelta con una mirada desafiante. Ron no puede evitar quedarse boquiabierto al reconocer a Thorfinn Rowle.

-Está detenido por…-pero antes de que pueda continuar, se fija en el cubo de basura, y reconoce lo que, sin lugar a dudas, es uno de esos explosivos muggles que Harry tenía tanto interés en que aprendiesen a identificar. Puede darse por satisfecho-. ¡TODOS A CUBIERTO!

Ron y Rowle echan a correr alejándose del cubo de basura. Cuando Ron está a punto de llegar adonde Harry lo espera sin comprender, el artefacto estalla a sus espaldas.

Ron se lanza al suelo al oír la explosión, cubriéndose la cabeza con las manos. Alcanza a ver pedazos de edificios cayendo y cristales rompiéndose por la onda expansiva, y nota cómo el suelo se estremece por los escombros que caen con gran estruendo.

Al cabo de varios segundos, todo se queda silencioso. Ron levanta la cabeza y mira alrededor, confundido. Un instante más tarde, Harry corre hacia él y lo ayuda a levantarse, preocupado por si está herido.

-Por las calzas de…-murmura Ron, palideciendo, sin prestar atención a su mejor amigo. Harry también mira alrededor, y su rostro adopta el mismo tono que el de Ron.

Montones de mortífagos encapuchados y enmascarados salen de las distintas calles, claramente superando en número a los aurores y haciéndolos retroceder. Los dos amigos se quedan paralizados observando, hasta que una maldición asesina pasa tan cerca de Ron que le despeina el cabello. Enfadado, Harry lanza un certero hechizo aturdidor al renegado que ha estado a medio centímetro de matar a su amigo.

Minutos después, renegados y aurores están sumidos en una intensa batalla.


George sale del hospital en cuanto el suelo deja de moverse. No es una visión demasiado agradable la que lo recibe.

Sin posibilidad de equivocarse, puede decir que los aurores juegan con desventaja, al menos en cuestión de número. Preocupado, contiene el impulso de unirse a ellos para que, al menos, su hermano pequeño (poco le importa que Ron tenga ya sus buenos veinticinco años, sigue siendo menor que él) no tenga que pelear con dos renegados a la vez.

¿Y ahora cómo diablos se lo digo?, piensa. Para su alivio, Ron aturde a uno de los mortífagos, pudiendo batirse en duelo con el otro en condiciones de igualdad. Mira a Harry, pero su cuñado no lo tiene mucho mejor defendiéndose como puede de tres renegados.

Con un suspiro, George toma una decisión. Fulmina con la mirada a todos los renegados, sólo por si Rookwood está entre ellos, gira sobre sí mismo y se desaparece.

Se materializa en la entrada de Hogsmeade. Sin embargo, en vez de entrar en el pueblo echa a correr en dirección a Hogwarts; sabe que no podría haberse aparecido más cerca. Diez minutos después, llega jadeando a la familiar entrada franqueada por dos cerdos alados. No logra abrirla, ni con magia ni sin ella. Tampoco es que le extrañe. Entonces divisa a alguien enorme en el interior del recinto.

-¡Hagrid! ¡Eh, Hagrid!

El guardabosques se gira al oírlo y echa a andar hacia él, sonriendo al reconocerlo. George advierte que lleva una bolsa llena de hurones, y se pregunta si va a dar de comer a Buckbeak.

-¡George! ¡Cuánto tiempo, chico! ¿Qué haces tú aquí?

-Necesito que me dejes entrar-explica el pelirrojo rápidamente, aunque un tanto molesto por el hecho de que lo llame "chico". Tiene veintisiete años, se supone que ha crecido y eso, ¿no?

-¿Entrar? ¿Para qué?

-¡Porque quieren robar la varita de Saúco! ¡Vamos, Hagrid, déjame entrar!

El semigigante lo mira extrañado.

-Tonterías. ¿Para qué querría alguien eso? ¿Y cómo iba a entrar, en primer lugar?

George pone los ojos en blanco. Podría enumerarle sin dificultad alguna absolutamente todos los pasadizos que conducen al interior del colegio, pero no tiene tiempo para ello.

-¡Sólo déjame entrar! ¿O quieres que profanen la tumba de Dumbledore?

Ese argumento da justo donde George quería. Hagrid palidece ante la sola idea, pero finalmente saca su paraguas rosado y da unos toques en la cancela, que se abre con un chirrido.

El pelirrojo ni siquiera se da las gracias. Echa a correr por los jardines sin detenerse, y no dedica siquiera una mirada al Cementerio de los Caídos. Finalmente, llega hasta la tumba del anciano director, junto al lago. Para su alivio está intacta. Al menos de momento.

Se dobla sobre sí mismo, intentando normalizar su respiración y que se le vaya el flato. Tras varios minutos respirando hondo, lo consigue. Es entonces cuando un rayo de luz pasa rozándole y va a parar al suelo, haciendo que la hierba se queme a su alrededor.

George alza la vista al tiempo que saca la varita, pero palidece al descubrir a su atacante.

Augustus Rookwood.


Katie se deja caer en una silla de la sala de espera. Está agotada. Y lo más gracioso es que ni siquiera debería haber ido hoy al hospital. Que para eso es domingo, y bastante pasión pone ya en su trabajo como para estar yendo días extra.

Sin embargo, no se arrepiente de haber ido. Oliver se ha enfadado un poco con ella, lógico. Pero Katie está demasiado preocupada por Angelina como para que le importe mucho. Además, sabe por experiencia que acabarán haciendo las paces más pronto que tarde. Y en el caso de que se produzcan cambios en el estado de su amiga, quiere ser de las primeras en saberlo.

Lo cierto es que a todos les está afectando lo ocurrido más de lo que están dispuestos a admitir. Salvo por el pequeño enfrentamiento de esa mañana, Katie y Oliver no han discutido desde la tarde en que ella volvió a casa y le contó, entre lágrimas, lo ocurrido. Y ninguno tiene ánimos para iniciar una discusión. Ver cómo está Angelina parece haberles metido en la cabeza que podría pasarles algo a uno de los dos y no quieren pensar en el caso de que lo último que se dijeran fuese un insulto o alguna tontería por el estilo.

Alicia y Lee también lo están pasando muy mal. Katie conoció a Angie en Hogwarts; en cambio, Alicia la conoce desde que tenían siete años, y se siente, de alguna extraña y ridícula forma, responsable de lo que le ha pasado (por no hablar de las tres horas que pasó llorando cuando se enteró de la noticia; Katie podría pensar que debido a su embarazo, pero lo cierto es que sabe que Alicia lo está pasando fatal). Además, el otro día le comentó a Katie que ha pensado en poner Angelina a su hija como segundo nombre. Y que Lee tenga el valor de oponerse.

Hablando de Lee, Katie sabe que también está muy, muy alicaído, aunque se esfuerza mucho para disimularlo. Pero, según algunos conocidos suyos, sus comentarios del partido que comentó anoche fueron tan rematadamente sosos que fue difícil, tanto para los espectadores como para los jugadores de los Chudley Cannons y los Appleby Arrows, mantenerse despiertos hasta que se capturó la snitch.

Sin embargo, por quien Katie está más preocupada de todos sus amigos, es, sin lugar a dudas, por George.

Lo más alarmante ya no es que no duerma, no coma y apenas hable; es que ni siquiera se esfuerza por fingir que no le afecta como hace Lee. Katie conoce a George y sabe que, sobre todo desde la batalla de Hogwarts, no le gusta mucho mostrar sus sentimientos; y el que ni siquiera intente componer una sonrisa, aunque sea forzada, cuando alguien hace una broma o menciona algo gracioso es, cuanto menos, preocupante.


-¡Tú!-escupe George, y se sorprende de su propia voz. Nunca pensó que podría estar impregnada de tanto odio.

-¿A ti no te he visto en otro lado?-pregunta Rookwood. George deja escapar un gruñido amenazante-. ¡Ah, es cierto! Al que maté fue a tu her...

Antes de que termine de hablar, un hechizo brota de la varita de George, fallando por muy poco. Rookwood no tarda en responder con un maleficio que George rechaza sin dificultad. Olvidándose de la varita de Saúco y de la tumba de Dumbledore, los dos hombres se baten en duelo, lanzándose maldiciones, esquivándolas y devolviéndolas.

Tras varios minutos saltando, corriendo y lanzando maleficios, sin embargo, es inevitable ambos empiecen a cansarse de correr, saltar y agacharse. Rookwood, en quien los siete años transcurridos han hecho mella, tropieza al evitar un nuevo maleficio, y George no desaprovecha la oportunidad.

-¡Expelliarmus!-exclama triunfante. La varita de Rookwood salta de su mano y cae unos metros por detrás de él. Antes de que el renegado logre siquiera girar la cabeza para localizarla, la punta de la varita de George reposa en su garganta.

Lo he hecho, se dice, sin terminar de creérselo. Después de siete años, ha logrado tener al asesino de su hermano ante él, indefenso y a su merced. Ahora sólo tengo que matarlo.

Pensarlo es más fácil que hacerlo.

Rookwood alza la vista hacia él sin un ápice de temor.

-Venga, mátame. Lo estás deseando.

-Te voy a matar-le asegura George, tratando de reunir el coraje necesario para hacerlo. Está seguro de que lo tiene, en algún lugar. Es un Gryffindor, maldita sea. Se supone que tiene que ser valiente.

-¿Y a qué esperas?

-¡Cállate!-exclama el pelirrojo, presionando su varita en el cuello del mortífago. Varias chispas salen de la punta, provocando pequeñas quemaduras en la piel de Rookwood.

Lo voy a hacer. No puede ser tan difícil. Además, él mató a Fred. Él tiene la culpa de que no esté aquí, él me lo quitó. Se lo merece. No voy a hacer nada injusto, en realidad.

-¡Avada…!

¡No!

Rookwood, que ha cerrado los ojos para recibir la maldición asesina, los abre de par en par, buscando el motivo de su inesperada absolución.

George se queda a mitad del hechizo, sorprendido por esa voz. No porque no la reconozca; la reconocería siempre, aunque pasasen cien años, sino porque la última vez que la escuchó, tan parecida a la suya que casi da miedo, fue hace siete años. El pelirrojo mira a su alrededor, buscando el origen de la voz. Tras unos segundos se da cuenta de que suena en su propia cabeza.

¿Fred?, prueba dudoso.

George, no lo hagas.

¡Fred, eres tú! ¡Te estoy oyendo!

No te rebajes a su nivel.

¿Por qué no debería hacerlo? ¡Te mató, por si no lo sabes!

Lo sé, pero tú no eres como él, George. Tú no eres un asesino.

¡Rookwood estaría muerto en estos momentos si tú…!

George, no. Pasarías el resto de tu vida en Azkaban, y lo sabes.

¿Y si no me importara?

¿Crees que podrías ver a Angelina desde allí?

George inspira varias veces. De todas las cosas que se le han pasado por la cabeza en los últimos minutos, ésa no se le había ocurrido. Admite que Fred tiene razón. No puede dejar sola a Angelina. Menos ahora, cuando le debe una explicación y una disculpa.

¿Ves como no era tan difícil?

Fred… Se me ha ido la olla, ¿verdad? Es imposible que me estés hablando, estás…

¿Muerto? Ya, ¿y? Eso no quiere decir que te haya abandonado. Pero te acabarás volviendo loco si le das muchas vueltas, así que mejor no lo hagas.

¿Y por qué no me habías hablado antes?

No creí que fuese necesario.

¿Ni siquiera cuando intenté suicidarme?, George conoce a Fred lo suficiente para saber que está tentando mucho a la suerte.

Sin que se dé cuenta, Rookwood empieza a moverse lentamente hacia su varita.

Desde aquí no puedo pegarte, ¿sabes?

George casi sonríe al notar el enfado en la voz de su hermano.

¿Puedo preguntarte algo?

Rookwood continúa moviéndose.

Adelante.

¿No te molesta…que yo y Angelina…eh…eso?

Oh, Merlín. ¿De verdad sigues sin pillarlo? Claro que no, Desorejado. El vivo eres tú, después de todo. En fin… supongo que adiós.

¡Fred, espera! ¿No puede…? ¿No puede ser hasta luego?

George escucha la risa de su hermano en su cabeza.

Está bien. Hasta luego, entonces.

George parpadea y vuelve a la realidad. Sin embargo, Rookwood ya no está junto a él, en el suelo, sino que está a pocos centímetros de su varita. Al darse cuenta de que el pelirrojo parece haber salido de su trance, el renegado se abalanza sobre ella. Ambos hombres se miran y lanzan sus conjuros al mismo tiempo:

-¡Desmaius!

-¡Sectumsempra!

El hechizo de George hace caer a Rookwood al suelo, inconciente. Sin embargo, el de Rookwood también hace diana en su brazo. George grita de dolor y cae de rodillas, observando la sangre manar abundantemente del profundo corte.

Intenta levantarse, pero las piernas le fallan y cae de lado al suelo. Es entonces cuando el césped tiembla bajo él con unos pasos que se acercan.

-¡George! ¿Qué ha pasado?

El pelirrojo alza un poco la cabeza y descubre a Neville, que se arrodilla junto a él y lo ayuda a incorporarse, examinando la herida de su brazo.

-Rookwood… la varita… y Fred… no quería que lo matase… y no le molesta…-las frases salen de su boca desordenadas e inconexas. De todas formas, Neville está prestando más atención a su brazo herido. Sin dudarlo, se pasa el brazo ileso de George por los hombros y lo lleva casi a rastras hacia el castillo.

George tiene la impresión de que cada vez que cierran los ojos se aparecen. Están junto a los invernaderos, y un parpadeo más tarde entran por la puerta principal. Otro parpadeo, y están en una escalera que se mueve. Cierra los ojos, y cuando vuelve a abrirlos Neville lo está dejando en una cama de la enfermería.

George cierra los ojos con fuerza y vuelve a abrirlos para aclarar su visión. La señora Pomfrey, sentada en el borde de la cama, murmura hechizos apuntando a su brazo con una mano, mientras que con la otra lo obliga a beber una poción que, francamente, está asquerosa. Sin embargo, a los pocos segundos de tragarla a regañadientes George nota que su visión mejora considerablemente.

-Estos niños… completamente irresponsable…-George suelta un bufido. ¿Por qué todo el mundo lo considera un crío? A lo mejor porque te comportas como tal, sugiere una vocecilla en su mente. George tiene que admitir que probablemente tiene razón.

Finalmente, la señora Pomfrey se levanta de la cama y va a su despacho, sacudiendo la cabeza con desaprobación y despotricando entre dientes.

-¿Cómo estás?-pregunta Neville con vacilación.

-Mucho mejor-responde George sinceramente-. ¿Qué era…?

-Poción de reabastecimiento de sangre-informa la enfermera asomando la cabeza por la puerta de su despacho. Vuelve a desaparecer de la vista con un portazo.

-¿Podría explicarnos, en nombre de Godric, qué ha pasado?-exige una voz severa. George da un respingo al descubrir a Minerva McGonagall, que está junto a Neville observándolo con esa expresión que temen todos sus alumnos. Y ex alumnos. El pelirrojo se encoge un poco ante la mirada severa de la profesora.

George necesita unos segundos para poner en orden sus ideas.

-Eh… Pues… el ataque de Londres sólo era para distraer a los aurores mientras Rookwood robaba la varita de Saúco de la tumba de Dumbledore-sintetiza-. ¿Dónde está Rookwood?-inquiere, reparando de repente en que lo han dejado solo cuando Neville lo ha llevado a la enfermería.

-Hagrid y Ernie están vigilándolo-explica el profesor de Herbología-. Minerva ha mandado un patronus al ministerio para que vengan a por él cuanto antes.

George asiente y cierra los ojos unos segundos. Prueba a llamar a Fred mentalmente, pero su hermano no responde, y el hombre se pregunta si realmente está loco. Bueno, tampoco es que no lo sospechase, piensa. Puede vivir con ello.


Notas de la autora: Al final George ha acabado encontrando a Rookwood sin querer. Y no, no lo ha matado porque, sinceramente, no soy capaz de imaginármelo haciéndolo, por mucho que lo odie por la muerte de Fred. A George se le da bien hacer reír, no asesinar.

Oh, y no sé si realmente a quien oye George es a Fred o a su conciencia, ni si está loco del todo (porque un poquito ya lo estaba).

Y con esto y un bizcocho… ¿reviews? (lo sé, no rima, ¿y qué?)