El Día (III)

Mientras George se bate en duelo con Rookwood, aunque él no lo sepa, en Londres las cosas no pintan nada bien para los aurores. Al menos, de momento.

Es cierto que han conseguido reducir a todos los mortífagos que han llegado en primer lugar; pero el problema es que están empezando a llegar más, y los aurores comienzan a fallar en sus hechizos, mientras que los renegados están frescos como una rosa.

Ronald Weasley, en concreto, acaba de aturdir a uno de los dos mortífagos con los que está luchando, y ahora tiene una posición ligeramente ventajosa con el que queda, al que ataca con toda su rabia. Cuando se le cae la capa, Ron descubre a Travers bajo ella. El renegado intenta volver a ponérsela, y Ron aprovecha para lanzarle un hechizo paralizador. Travers cae al suelo, y su varita va a parar unos metros más allá.

Ron exhala aire, algo aliviado al no estar luchando contra nadie. Es entonces cuando descubre a un renegado que lleva a un Harry inmóvil sobre sus hombros.

Sólo está inconsciente, mantén la calma, mantén la calma, mantén la calma, mantén la Una fracción de segundo más tarde, el mortífago cae al suelo inconsciente bajo un hechizo aturdidor.Genial, Ronald. Eso es calma y lo demás tonterías, le dice una vocecilla al oído, bastante parecida a la de Hermione. Ron corre hacia donde está Harry y se arrodilla junto a él.

-¡Harry! ¡Eh, Harry! ¡Enervate!

El moreno abre los ojos y parpadea, confundido.

-¿Qué…?

-¡Ese tipo se te quería llevar!-aún sin comprender del todo lo que acaba de ocurrir ni la preocupación de Ron, Harry se incorpora y mira en la dirección que señala su amigo. Ambos caen en la cuenta entonces de que se trata de Dolohov. Harry saca la varita, y gruesas cuerdas plateadas lo inmovilizan.

-Genial-dice Harry, levantándose. Ron lo imita, y ambos miran alrededor. Para su alivio y alegría, sólo quedan siete mortífagos en pie contra los doce aurores, por lo que no tardan en ser reducidos.

-Dilo ya, somos geniales-comenta Ron, sonriente, diez minutos más tarde, cuando todos los renegados inconscientes o inmovilizados son apilados en un rincón: los segundos fulminan con la mirada a los magos y brujas que les echan ojeadas de indiferencia y, en el caso de los más viejos, desprecio y odio.

-A ver, chicos y chicas-dice Harry-. Habéis estado geniales-admite con sinceridad-. No hay nadie herido de gravedad, ¿no?-los aurores niegan con la cabeza, pero Harry los mira uno por uno para asegurarse. Lo más grave son varios cortes en el hombro de Dawlish, pero no parecen muy profundos-. Muy bien-añade, aliviado-. Llevad a los renegados a Azkaban y pasaos por San Mungo para que os curen cuanto antes.

-¿Dónde se habrá metido Seamus?-murmura Ron de repente, cayendo en la cuenta.

-No lo sé, pero lo voy a matar en cuanto lo vea-replica Harry, enfadado-. Más le vale tener una buena excusa.

En ese momento, una joven auror, con el pelo castaño recogido en dos trenzas, a la que Harry y Ron reconocen como Rebecca Brooks, se acerca a los dos hombres.

-Hay información del ministerio, señor Potter.

-Dime, Rebecca.

-El auror Finnigan no ha podido venir porque se ha contagiado de la viruela de dragón.

-Ahí tienes tu excusa-la interrumpe Ron-. ¿Es grave?-pregunta a la joven con preocupación.

-No mucho, sólo estará un par de días con fiebre-replica Rebecca encogiéndose de hombros-. Oh, y hay otro renegado en Hogwarts. Augustus Rookwood.

-¿Rookwood?-repite Ron, sus ojos oscureciéndose de odio-. ¿Qué hace ahí?

-Al parecer, intentaba robar la varita de Saúco, pero… eh… éste hombre… ay, cómo se llamaba…-Rebecca frunce el ceño, tratando de concentrarse para recordar el nombre-. ¡Ah, sí! George Weasley, creo, lo ha reducido, y la directora McGonagall ha mandado un patronus solicitando su arresto inmediato.

-¿Que George ha hecho QUÉ?-exclama Ron.

-Gracias, Rebecca, nosotros iremos a Hogwarts-responde Harry, consciente de que su amigo está demasiado enfadado como para hacerse cargo de la situación-. Vamos, Ron-trata de tranquilizarlo, al ver que tiene las orejas coloradas-. Tampoco es para tanto.

-¿Que no es para tanto?-repite el pelirrojo, incrédulo-. ¿Y si a George le ha pasado algo? ¿Y cómo diantres sabía él que intentarían robar la varita…?

Las últimas palabras de su amigo encienden una lucecita en el cerebro de Harry.

-¡Claro!-exclama, dándose una palmada en la frente-. ¡Tiene lógica! Por eso Dolohov me aturdió; para llevarme con ellos e intentar que utilizase la varita bajo sus órdenes. Rookwood se encargaba de conseguir la varita, pero saben bien que no funciona correctamente si no la usa su verdadero amo.

Ron interrumpe su soliloquio sobre la imprudencia de su hermano y medita el razonamiento de Harry durante unos segundos.

-Sí, tienes razón-admite-. ¿Te hace una visita a Hogwarts?-pregunta, y al escuchar su tono Harry siente repentina compasión por George y lo que se le viene encima.


George se levanta de la cama. Todo rastro de mareo ha desaparecido con sólo descansar unos minutos. La profesora McGonagall ha ido a comprobar que Rookwood esté bajo control, aunque Neville se ha quedado charlando con él un rato.

Sin embargo, cuando está a punto de abrir la puerta de la enfermería para irse, alguien la empuja desde fuera, literalmente dándole en las narices.

-¡¿Dónde está George?-trona una voz iracunda.

-Con la nariz partida, imbécil-responde él, frotándosela y saliendo de detrás de la puerta para acercarse a su hermano-. ¿Se puede saber por qué montas este escándalo?

-¿Y a ti quién te manda venir y creer que puedes reducir tú solito a Rookwood?-replica Ron, echando chispas.

-De hecho, por si no lo has notado, he reducido yo solito a Rookwood-puntualiza George con calma. Neville murmura algo de abonar las mandrágoras y huye rápidamente de la línea de fuego.

-¿Qué te ha pasado?-pregunta entonces el menor, reparando en la ropa manchada de sangre de su hermano.

-Oh, esto no es nada-replica George-. ¡Tergeo! ¿Ves? No pasa nada, Ronnie-añade, en una espectacular imitación de su madre.

Pero Ron no está para explicaciones tranquilizadoras, mucho menos para apelativos en tono de broma:

-¿Por qué diablos has venido tú solo en vez de decírnoslo?

-Porque si me hubiera esperado a que pudieras hablar conmigo, a ese tipo le hubiese dado tiempo a robar la varia, dar volteretas y bañarse con el calamar gigante-explica George-. Estabais peleando con todos esos mortífagos y no parecía que necesitarais distraeros-añade a modo de disculpa, dándose cuenta de que Ron ha estado realmente preocupado.

Ron sacude la cabeza. Le es difícil seguir enfadado con su hermano mucho tiempo.

-¿Qué te ha pasado en el brazo?-pregunta, señalando su recién limpia camisa.

-Bah, un cortecito-responde George, haciendo un gesto para quitarle importancia-. ¿Vamos?-propone, señalando el exterior con la cabeza.

Ambos hermanos salen de la enfermería y se dirigen al exterior del castillo, sin comentar nada. Hay una pregunta que lleva varios minutos rondando por la mente de Ron, pero teme pecar de insensible, así que se la traga y se limita a lanzar miradas furtivas a George.

Pasan por los jardines sin mirar a los lados, pero en el Cementerio de los Caídos, George se detiene y observa una lápida que tanto él como Ron conocen muy bien. Tras ella sembraron un nogal, que con siete años y gracias a los cuidados de Hagrid es más alto ya que Ron. Sin decir una palabra, George saca la varita y hace un floreo en el aire. Una corona de flores, a cada cual más chillona y estrambótica, aparece de la nada. George lo deja sobre la tumba, y él y Ron la observan durante unos minutos en silencio. Finalmente, echan a andar de nuevo sin volver la vista atrás.

-George-Ron reúne el valor suficiente para preguntarle lo que lleva ya cerca de media hora rondándole por la cabeza-. ¿Por qué no lo mataste?

George baja la vista durante unos instantes y medita la pregunta.

-Porque yo no soy un asesino-dice simplemente. Ron se contenta con su respuesta, y no le dice que lo admira profundamente por el simple hecho de haber dejado vivir a Rookwood-. Por cierto, ¿al final Hermione tiene la viruela de dragón?-pregunta con curiosidad.

-¿Qué?

-¿No lo sabes?-Ron niega con la cabeza-. Hace un rato me la he encontrado en San Mungo. La tienen aislada en una sala hasta que descubran si Seamus la contagió o no-explica George-. Ella fue quien me dijo que alguien intentaría robar la varita.

-¿Y está bien?-pregunta Ron con preocupación.

-Sí, supongo que sí-responde George-. Al menos, se encontraba bien cuando me lo ha dicho. ¿Vas a ir a San Mungo?

-Pues claro-responde Ron-. ¿Tú?

-Obviamente-George imita tan bien el tono de Snape que Ron no puede evitar reírse.


-Wood, ¿le importaría ir a decir a la paciente que ya puede irse?

-En absoluto-responde Katie. Coge los resultados del análisis de sangre y se dirige a la sala de aislamiento. No es hasta que está a dos metros de la estancia que se le ocurre mirar el nombre. Sonríe y se acerca a la puerta. A través del cristal ve a Hermione, sentada de espaldas a la puerta, mirando por la ventana. En cuanto abre la puerta, la mujer salta de la silla y se acerca a ella.

-¿Y bien?-exige saber.

-Puedes irte, estás sana como una rosa-responde Katie. Hermione le da un abrazo, presa de la alegría y el alivio.

-Katie, ¿sabes dónde están los aurores?

-Sí, están en la cuarta planta, curándose.

Hermione sale corriendo de la sala, y ni siquiera se detiene cuando se le revuele el estómago tras subir las escaleras corriendo. Se pone la mano sobre el vientre y reduce la velocidad, preguntándose por qué su hija se habrá empecinado en molestarla tanto.

Al fin llega al pasillo, y divisa a Dawlish hablando con un auror menudo. Se acerca a ellos rápidamente.

-Dawlish, ¿está aquí mi marido?-pregunta.

-No, ha ido a Hogwarts-responde el hombre. Hermione se muerde las uñas, nerviosa al no saber si George le ha dado el mensaje a tiempo a Harry y Ron.

Entonces nota que alguien le tapa los ojos. Sonríe al reconocer las manos ligeramente ásperas de Ron, y apartándolas de su cara se gira y se encierra entre los brazos del pelirrojo. Ron la levanta del suelo unos centímetros para plantarle un beso.

-Eh, Ron-dice ella, separándose de él-. ¿Y si tuviera la viruela de dragón?

-No me importa-replica el hombre, sonriendo-. No la tienes, ¿no?-pregunta, ligeramente preocupado.

-Qué va, me han tenido todo el día encerrada para nada-responde Hermione, sonriendo-. ¿George te lo dijo?

-No, prefirió ir y encargarse él-replica Ron, irritado. Hermione se pone de puntillas y lo besa con dulzura-. Pero de todas formas, Rookwood está en Azkaban, así que…-se encoge de hombros.

-¿Rookwood? ¿Él ha sido quien ha ido a robar la varita?-inquiere Hermione, sorprendida. Ron asiente-. Bueno, al menos todos estamos bien.

Ron sonríe y posa su mano en el vientre de Hermione.

-¿Cómo se va a llamar la nena?-pregunta.

-No lo he pensado-reconoce Hermione. Entre preocuparse por la identidad de quien la secuestró durante un día y desmemorizó, averiguar la lógica de los ataques y haber estado en cuarentena, no ha tenido tiempo. De repente, se siente mala madre-. ¿A ti se te ha ocurrido algo?

-Um… No sé… ¿Qué te parece Muriel?-sugiere Ron con una sonrisa burlona.

El quejido del pelirrojo tras la colleja que le propina Hermione se escucha por toda la planta.


Mi padre había optado por irse cuando se dio cuenta de que no respondía a nada de lo que me decía. Me sentía mal, pero no era capaz de hacerlo. Tenía todos los sentidos puestos en ella.

Realmente tenía mal aspecto. Estaba más pálida de lo que la había visto nunca; bueno, tanto como le permitía su piel, por lo que había adoptado un nada saludable tono amarillento. Bajo las sábanas era fácil adivinar los gruesos vendajes que tenía en las piernas y el abdomen. Cortes y cardenales cubrían sus brazos y su cara. Y tenía una especie de turbante hecho con vendas en la cabeza.

Parecía tan pequeña, tan frágil, que me dio miedo tocarla por si se quebraba. Finalmente, muy lentamente, me atreví a acariciar la mano que no tenía vendada. Para mi alivio (es decir, en realidad, estaba muy lejos de sentirlo; pero me sentía un mejor ahora que la veía), no la rompí. Cogí su mano, recordando cómo hacía menos de un día lo había hecho en aquel cine muggle, y preguntándome cómo todo había podido cambiar tanto en tan pocas horas.

Entonces, me vino a la mente una de las preguntas que me había hecho mi padre y que se había quedado sin respuesta. Ya la tenía. Me daba igual la tienda; estaría con Angelina pasara lo que pasase, hasta que despertara. Porque, aunque pocas, seguía habiendo más posibilidades de que ocurriera eso que de que se quedase así para siempre; incluso el sanador lo había dicho.

Angelina iba a despertar, y yo estaría ahí para verlo.


Según el reloj de la pared, faltan dos minutos para la media noche.

George abre los ojos y lucha con todas sus fuerzas para no quedarse dormido de nuevo, tarea altamente complicada.

Han pasado catorce días desde el ataque de renegados en Londres, el intento fallido de robar la varita de Saúco y la encarcelación de Augustus Rookwood. Y diecisiete días desde que Davis intentó matar a Angie.

Y George ya no puede más.

Lleva casi tres semanas prácticamente viviendo en el hospital, desoyendo los consejos y las advertencias preocupadas de su madre, sus hermanos y sus amigos. No ha dormido más de tres horas seguidas en todo ese tiempo, y oscuras ojeras hacen que sus habitualmente alegres ojos azules parezcan demasiado hundidos y apagados, iluminados de vez en cuando ve algo que normalmente le haría desternillarse de la risa y que ahora sólo provoca en él una mueca tan forzada que todos están dejando de intentar hacerlo sonreír.

Sumando el tiempo que ha estado fuera de la habitación de Angelina, calcula que en total han sido unas catorce horas. Se siente como en una especie de trance. Nada de lo que ve u oye le parece más real que las pesadillas que lo atormentan cada vez que cierra los ojos.

A veces tiene la impresión de que es una sensación parecida a cuando murió Fred. Sólo que, en vez del dolor que sentía cuando era consciente de que no volvería a verlo, lo invade frecuentemente una continua angustia al no saber si Angelina abrirá los ojos algún día. Porque incluso Katie, con su inquebrantable fe en la fuerza interior de Angie, empieza a dudar de que se recupere. Aunque lo niegue categóricamente cuando George se lo pregunta. Simplemente, se ve en sus ojos con tal facilidad que George ya ni se molesta en pedirle que le diga la verdad.

George está totalmente agotado, tanto física como psicológicamente. Se pregunta si realmente servirán de algo todas las horas en vela que está pasando, si verá a Angelina despertar o… no, la sola idea es demasiado insoportable para pensarla siquiera. Pero… el caso es que Angie ya debería haber despertado.

Frunce el ceño cuando le empieza a doler la cabeza (en realidad, sólo se agrava el dolor que ya tiene desde hace varios días) por ese molesto aparato que pita con cada latido del corazón de Angelina (en el fondo, le gusta ese cacharro por el mero hecho de demostrar a todo el mundo que Angie sigue viva, pero no lo va a decir).

Con un suspiro de cansancio, tristeza y desesperación, le aprieta la mano con suavidad a la mujer.

Entonces, tan leve que por un momento no está seguro de si se lo ha imaginado o ha sido real, Angelina le devuelve el apretón. Sorprendido, George la mira fijamente, y su corazón se acelera cuando comprende que su agotado cerebro no le está jugando una mala pasada.

Nota que Angelina mueve los dedos lentamente, como si estuviese probándolos. Sus párpados, cerrados durante diecisiete días, catorce horas y cuarenta y cinco minutos, se abren lentamente.

El reloj marca las doce en punto.


Notas de la autora: ¡Tachán! ¡Angelina ha despertado!

Me gustan demasiado los finales felices como para dejar a Angelina en coma para toda la vida; además, sería algo muy, muy cruel, y tengo demasiada conciencia para hacerlo.

Si os ha gustado, dejar un review sólo os costará unos pocos minutitos y haréis feliz a una estresada estudiante de Bachillerato =D