Aquí

-George…

Estaba convencida de que no vendría, y no lo culpaba por ello. No podía hacerlo, no tenía motivos para acusarlo o enfadarme con él. Ya me había salvado la vida una vez, no podía usarlo de superhéroe particularPero quería que viniera, aunque sabía que era imposible.

Ya no notaba el dolor, ni las heridas, ni la sangre que dificultaba mi respiración. Simplemente me sentía flotar en una nada que me mecía como si estuviese en el mar… Sabía que iba a morir, pero no tenía miedo. Al menos, no por morir en sí. El miedo no cambiaría el hecho de que fuese mi hora, o de que Davis hubiese adelantado el reloj… Lo que temía era que no había nadie conmigo, al menos nadie a quien le importase…

-¡Hijo de puta! ¿Qué le has hecho? ¡Te voy a…!

Reconocí la voz al instante, y de repente dejé de sentirme tan sola… Pero ¿qué hacía George ahí? ¿Y a quién le gritaba? ¿Y por qué? No lograba recordarlo… pero sí me llegaba el ruido de golpes de algún lugar no muy lejano. Intenté hablar, moverme; quería que George dejase lo que estuviese haciendo y viniese, que me cogiese la mano como en el cine. Esa idea me reconfortó más de lo que hubiese creído posible apenas unos segundos antes.

Tras mucho rato, o quizá muy poco (había perdido la noción del tiempo), me pareció oír algo que se arrastraba hacia mí. No sabía qué era, pero me dio miedo.

-George-intenté llamarlo; quería que alejase lo que se estuviese acercando. Ni yo entendí el débil sonido que salió de mis labios.

-Angie… Eh, vamos, Angie, no puedes… no… no puedes hacer esto. Justo ahora no.

Intenté responderle, pero no encontraba mis cuerdas vocales.

-Angelina, te voy a llevar a San Mungo y te pondrás bien, ya verás… seguro…

Apenas podía mantener la atención suficiente para procesar lo que me decía, y el dolor había vuelto con más fuerza. Noté que me abrazaba y una lágrima escapó de mis ojos cerrados. Sentía mucho ser la causante de su tono casi suplicante, de verdad, pero me estaba muriendo, y no podía hacer nada para evitarlo.

-Ay, Merlín… no te preocupes, ya verás como no pasará nada, no pasará nada…-ahora lo oía muy cerca, como si estuviese susurrándome al oído-. Los sanadores te curarán, ya lo verás…

Entonces noté algo que me oprimía mucho, que hizo que el poco aire que a duras penas estaba logrando introducir en mis pulmones los abandonara, y el dolor llegó en su máximo apogeo. Creo que sólo el oír los latidos de George junto a mi cabeza hizo que no me retorciera de agonía en sus brazos cuando volví a respirar, pero no pude evitar que un grito escapase de mis labios, desgarrándome la garganta. Aunque supe, de alguna manera, que dolía menos de lo que lo hubiese hecho si hubiese estado sola, la cabeza me ardía; era mil veces peor que el golpe de una bludger, que la maldición cruciatus.

-¡Ayuda! ¡Está herida! ¡AYUDA!-gritar a George por encima de mis propios alaridos; me rompió el corazón lo asustada que sonaba su voz, y logré dejar de gritar, e intenté en vano abrir los ojos, decirle que todo estaría bien mientras él estuviese conmigo-. Perdóname-susurró en voz muy, muy baja, tanto que no estuve segura de haberlo oído realmente.

Quise decirle que no tenía nada por lo que disculparse, que gracias a él el dolor no me importaba y que yo debería disculparme por ser tan propensa a meterme en líos; pero justo entonces, de repente, dos pares de manos me agarraron y me separaron de él para dejarme en algo duro y horriblemente frío. Intenté resistirme; ¿acaso no lo entendían? Necesitaba a George, el resto del mundo me daba igual, sabía que iba a morir y estaba resignada a ello; sólo quería que fuese con él.

Varias manos más me sujetaron con firmeza para evitar que me moviese, y solté un sollozo. Ahora estaba realmente asustada. Noté que alguien me acariciaba el pelo, pero supe que no era George, e intenté apartarme. Un repentino frío me invadió, tratando de disuadirme de la idea de moverme. Oía palabras cuyo significado ni lograba comprender ni me importaba. Fue en ese momento cuando logré abrir los ojos un poco.

Veía sobre mí lámparas de potente luz blanca que se deslizaban de arriba abajo. Vagamente me di cuenta de que era yo quien se movía, que estaba sobre algo con ruedas (una voz en mi cabeza me dijo que eso se llamaba camilla), y que lo que veía era el techo, aunque tan borroso como lo había visto todo cuando había tenido los ojos abiertos por última vez (suponía que eso había pasado hacía poco tiempo, pero no podía estar segura). Las caras borrosas de varias personas tapaban a veces las luces, pero ninguno era pelirrojo, así que no me importaban. Intenté hablar, suplicarles que me llevasen con él, pero cuando logré emitir un débil balbuceo noté una caricia en la mejilla. Sin saber de dónde había salido ese conocimiento, logré identificar a Katie, que estaba más seria de lo que la había visto nunca. Incluso parecía asustada. Pero sonrió cuando se dio cuenta de que la estaba mirando. No me gustó esa sonrisa.

-Tranquila, Angie. No pasa nada. Todo va a salir bien-me prometió. Me dejé convencer y cerré los ojos, sin prestar atención a lo temblorosa que sonaba su voz. Katie nunca me había mentido, ¿por qué iba a hacerlo ahora?

Seguro que el dolor se iría, y la oscuridad y el frío me dejarían en paz. No sabía cuándo, pero en algún momento el sufrimiento se acabaría.

Todo saldría bien.


Lo primero de lo que Angelina es consciente, cuando el profundo sopor que le ha impedido moverse, hablar y oír nada durante quién sabe cuánto tiempo parece darle una tregua, es de que tiene absolutamente todo el cuerpo dolorido. Sin embargo, es un dolor soportable; tiene la impresión de que ha dolido más en otra ocasión, aunque no sabría decir cuándo. La memoria es una capacidad demasiado avanzada para su cerebro recién despierto. Se obliga a sobreponerse al dolor y trata de percibir algo más: un olor, o quizá un sonido.

Muy lentamente, y con mucho, mucho esfuerzo, luchando para que el sueño no la domine de nuevo, Angelina empieza a tomar conciencia de su cuerpo de nuevo. ¿Desde cuándo no lo era? No lo recuerda, y algo le dice que es mejor no hacerlo. Sus sentidos se despejan poco a poco.

Primero, el olfato. Si pudiese localizar su nariz, la arrugaría con desagrado ante el horrible olor a alcohol A hospital. No le gusta en absoluto. ¿Y por qué está ella en un hospital? ¿Cuándo se puso enferma? De nuevo, siente que no quiere saberlo e intenta pensar en otra cosa.

Después, el gusto. Tiene la boca más seca de lo que, y puede decirlo con absoluta certeza aunque no logre recordar nada reciente, la ha tenido en toda su vida. Angelina descubre dónde tiene la lengua (en la boca, en el espacio que hay entre los dientes; tampoco era tan difícil) y explora cada recoveco de su cavidad bucal con curiosidad, y no tarda en llegar a la conclusión de que un estropajo haría un efecto parecido, si no el mismo.

Luego viene el oído. Unos pitidos cortos pero repetitivos, que provienen de algún lugar situado a su derecha. Realmente molestos, francamente. Ésa es la señal que indica a Angelina que, definitivamente, no puede estar muerta. O al menos, espera no estarlo. Si la muerte es tan o más molesta que la vida, vaya porquería. Angelina trata de ignorar los irritantes pitidos, pero antes de lograrlo una nueva sensación capta su atención.

El tacto. Está en tumbada boca arriba sobre algo cálido y blandito, pero eso no es lo que le produce más curiosidad. Su mano izquierda es apretada con delicadeza, como si quien lo hiciese tuviese miedo de romperla. Instintivamente, Angelina reacciona apretando la otra mano, cálida, suave y con algo en la piel que le transmite una tranquilidad y seguridad indescriptibles. No sabe con exactitud a quién pertenece, pero de alguna forma sabe que nada puede hacerle daño mientras el contacto persista. Con cuidado, prueba a mover los dedos. Para su alegría, lo consigue, aunque recordaba esos movimientos más… más sencillos, más fáciles. Con cuidado, mueve primero el corazón, luego el índice, y después los otros tres dedos.

Angelina se obliga a recuperar el sentido de la vista abriendo los ojos.

Lo primero que ve es la oscura celosía del techo. Frente a ella, colgado en la pared, un reloj marca las doce de la noche. Angelina sabe que es de noche porque la pálida y azulada luz de la luna se cuela por una ventana que hay a su derecha. El molesto pitido viene de un aparato enorme y cuadrado (que, como había supuesto, se encuentra a su derecha) que tiene una pantalla negra en la que salen unas rayas verdes con cada pitido.

-¿Angie?

Angelina gira la cabeza tan bruscamente que se hace daño en el cuello. Pese a que deja escapar un quejido por instinto, no le importa mucho. Al menos, no tanto como la visión que le ofrecen sus ojos, que se le antoja como una de las mejores que un ser humano puede tener al despertar.

Porque junto a ella, aún sujetando su mano y mirándola con ojos muy cansados y preocupados, aunque con un brillo de alegría y algo de incredulidad, está George Weasley. Angelina le aprieta la mano de nuevo y sonríe, contagiándolo.

No puede saber que es la pirmera sonrisa sincera que el pelirrojo esboza en semanas.

-¿George?-el pelirrojo asiente, y Angelina advierte que parece sorprendido de que ella lo reconozca-. ¿Qué…? ¿Dónde…?

-Estás en San Mungo-explica el pelirrojo, y su sonrisa se apaga un poco-. ¿Cómo te encuentras?

-Duele-responde Angelina con sinceridad; ni se le pasa por la cabeza mentir. Sin embargo, cuando George clava la vista en lo que, si la visión periférica de Angelina no falla, es una mesita de noche, comprende que ha hecho algo mal-. ¿Por qué…? ¿Qué ha…pasado?

George se muerde el labio inferior. Parece no saber qué responder ni dónde meterse. Haciendo acopio de fuerzas, Angelina alza un poco la cabeza. Sólo logra mantenerla erguida unos cinco segundos, pero George vuelve a mirarla cuando se deja caer sobre la almohada con un suave "¡puff!", ligeramente preocupado.

-¿Estás bien?-Angelina asiente y le dirige una mirada inquisitiva, recordándole que le debe una respuesta-. Ah, eso…-George vuelve a apartar la mirada, pero esta vez sigue hablando-. Pues… Te… Te atacó Christian Davis.

La mera mención del nombre hace que Angelina palidezca. Aunque por unos instantes su mente se queda totalmente en blanco, de repente todo lo ocurrido llega a su cabeza de forma confusa y desordenada: la oscuridad, la sonrisa de Katie, el jarrón, el abrazo de George, el horrible olor a vainilla y sangre, el frío, los gritos… Angelina siente que es demasiado, y de repente es difícil respirar a un ritmo normal, mantener el ritmo de su corazón constante; tiene la impresión de que los recuerdos la ahogan. Todo es horriblemente vívido.

Alarmado al oír acelerarse los pitidos, George le acaricia torpemente la mejilla y susurra palabras tranquilizadoras, tratando de calmarla. Curiosamente, y para su alivio, funciona. El corazón de Angelina vuelve poco a poco a un ritmo que, si bien algo más rápido que al principio, no es tan desbocado. Sin embargo, Angelina sigue temblando como una hoja y lo mira con los ojos llenos de lágrimas de terror.

-No… él va…-intenta decir ella.

-Shhh-susurra George, colocándole un mechón de pelo detrás de la oreja. No piensa dejarla terminar esa frase, ni ninguna que se le parezca-. No pasa nada. Estás aquí, y te pondrás bien-asegura-. No volverá a tocarte.

Angelina cierra los ojos y se deja tranquilizar. La sola presencia de George ayuda a expulsar a Davis de su mente. Tras unos minutos en silencio, cuando ya apenas tiembla, abre los ojos de nuevo.

-George… Acabo… de acordarme.

-¿De qué?

-Le había dicho… a Ali… que le devolvería… un libro esta tarde-logra explicar Angelina, preocupada-. Estará… enfadada-añade. Sabe que su amiga tiene una casi enfermiza afición por los libros.

George la mira un momento sin comprender, pero cuando lo hace no puede evitar echarse a reír. Angelina lo mira entre ofendida y confusa. ¿Se puede saber qué le hace tanta gracia? ¿Y por qué tiene que ser tan bipolar?

Cuando el pelirrojo logra ahogar sus carcajadas (lo cual le lleva unos minutos), dice:

-Angie… Ay, Merlín, tendría que haberlo supuesto… Esto… Bueno, el caso es… Llevas… tiempo aquí.

-¿Cuánto?

George se muerde el labio, y su buen humor parece esfumarse de repente.

-Algo-intenta salirse por la tangente.

-Eso no… es una respuesta.

-Unos diecisiete días-admite finalmente en voz baja, como temiendo su reacción.

-¿Diecisiete?-repite ella, convencida de que le está tomando el pelo. O de que aún tiene los oídos anquilosados por el desuso.

-Diecisiete-confirma el pelirrojo. Estamos a vi… a sábado, doce de agosto-se corrige George al mirar el reloj de pared-. Oh, entonces ya mismo serán dieciocho.

Angelina no dice nada. Está demasiado ocupada asimilando que lleva diecisiete días sin enterarse de lo que ocurre a su alrededor. Sólo recuerda, si se esfuerza mucho por buscar alguna evidencia del paso del tiempo, sueños extraños en los que está encerrada en una habitación y oye voces de gente conocida sin entender exactamente lo que dicen, pero no tiene ninguna referencia real a la que aferrarse, y le cuesta hacerse a la idea. ¿Ha perdido diecisiete preciosos días de su vida por culpa de ese capullo de Davis? ¿En serio?

-George-lo llama con suavidad. El pelirrojo clava los ojos en ella, y Angelina olvida la pregunta que había preparado en cuanto se da cuenta, por primera vez, de los círculos oscuros que adornan sus ojos-. ¿Has dormido?-inquiere en su lugar.

George se sonroja y baja la vista.

-Eh… un poco.

-¿Un…poco?-repite Angelina, alzando una ceja-. Tienes un aspecto… horrible.

George vuelve a mirarla, y una pequeña sonrisa ilumina su rostro cansado.

-Si esperas que te pida perdón o algo así, mejor que desistas-sugiere.

Angelina suspira. Sabe que, por mucho que quiera, no va a conseguir una disculpa de él, menos si es por algo que no lamenta, aunque se dice que lo reñirá en cuanto tenga fuerzas suficientes para mantener una discusión en igualdad de condiciones. Oh, Merlín. Míralo. Está hecho una pena. Y todo por culpa de Davis.

Pensar en ese hombre hace que le surja otra duda más acuciante. George deja de sonreír al ver que palidece de nuevo y entorna los ojos, preocupado.

-George…

-Dime.

-¿Y…? ¿Dónde está…él?

George se entretiene unos segundos jugando con sus dedos antes de responder:

-En Azkaban-y por su tono, parece que no se le ocurre ningún lugar mejor para Davis.

-George…-Angelina acaba de descubrir que le encanta decir su nombre. Es una palabra corta, pero si se pronuncia de la forma correcta tiene una musicalidad curiosa y especial. El pelirrojo la mira con una ceja alzada, esperando la pregunta-. Pensaba que…-aparta la vista unos segundos, buscando las palabras adecuadas, y no vuelve a mirar a George hasta que las encuentra-: que no lo contaba. ¿Cómo…? ¿Cómo salí de allí?

El hombre baja la vista y se estremece con un escalofrío. Angelina intuye que no le gusta recordarlo y se promete no preguntarlo nunca más. Pero sus recuerdos son muy confusos y tiene curiosidad.

-Te encontré-responde sencillamente-. Te habías dejado un pañuelo en mi casa y fui a devolvértelo, pero cuando llegué… él… tú… tú no estabas… estabas… no estabas bien-logra explicar.

-Gracias-replica Angelina con sinceridad. Lo lleva sospechando desde que ha abierto los ojos, pero, para ella, es un verdadero alivio confirmar que sin George no llevaría más de diecisiete días en coma, no le dolería todo el cuerpo y, lo más importante, no estaría viva.

George la mira de nuevo, y por primera vez parece enfadado. No con ella, en cualquier caso. Ni siquiera con Davis. Más bien consigo mismo.

-¿Gracias?-repite, incrédulo-. ¿Por qué deberías estar agradecida? No hacía ni doce horas te había prometido que no dejaría que te volviera a pasar nada, y ni siquiera fui capaz de impedir que te volviera a hacer daño. Si hubiese tardado unos minutos más, él… él…-George se queda sin palabras, sin ser capaz de completar la frase.

-George Weasley-lo llama Angelina. A regañadientes, el hombre vuelve a mirarla y se permite perderse en sus ojos oscuros que lo miran, por primera vez, casi enfadados-. que no estaría aquí sin ti. Digas lo que digas.

George sacude la cabeza; no parece muy convencido. Angelina, sacando fuerzas que no era consciente de conservar, alza la mano que tiene libre hasta su mejilla y la acaricia con suavidad. El pelirrojo cierra los ojos, disfrutando del contacto, y vuelve a abrirlos cuando Angelina aparta la mano.

-Puede que tengas razón-admite finalmente. La mujer sonríe ampliamente.

Entonces, Angelina recuerda lo que tenía planeado hacer cuando volvió aquel día a su casa, antes de… de aquello. Le resulta demasiado horrible como para plantearse siquiera llamarlo de alguna forma.

Mira a George, preguntándose la mejor forma de abordar el tema.

-George… Antes de… de lo que pasó… Estuve pensando-comienza.

-¿Has llegado a alguna conclusión interesante?-replica George, sonriendo ligeramente. Angelina frunce el ceño, contrariada por haber sido interrumpida-. Lo siento. Sigue.

-He estado pensando, y… y creo… ¿Recuerdas…? ¿Recuerdas cuando fuimos al cine?-George asiente, sin saber muy bien por dónde van los tiros. Angelina se permite unos segundos de embelesamiento recordando aquella tarde y componiendo una sonrisa tonta antes de continuar-. ¿Y te acuerdas de…de…de lo que ocurrió después?

-Nos besamos-admite él. Es la primera vez que reconoce que ambos participaron activamente en el gesto, tanto a otra persona como a sí mismo. Y tiene que reconocer que no suena mal del todo. De hecho, suena genial.

-Me dijiste que no lo habría hecho de no haber querido-susurra Angelina, notando cómo se ruboriza, pero no por ello dejando de hablar-. Pues… tenías razón. Quería hacerlo. ¿Y tú?

Incluso en la oscuridad, Angelina puede apreciar que el rostro de George se ilumina al oír sus palabras. Lo que no llega a ver es el color de su única oreja, tan colorada que apenas se distingue de su cabello pelirrojo. George agradece profundamente esta circunstancia.

-Claro que quería hacerlo-replica, como si fuese algo que podría deducir hasta un niño de dos años-. Y quiero, es decir, si tú aún…

Angelina pone los ojos en blanco, algo exasperada. ¿Cómo, en nombre de Merlín, puede ser George tan endiabladamente difícil? Si lo quería hace diecisiete días-o dieciocho, qué más da-, es obvio que después de haber pasado varios días en un limbo de oscuridad y aislamiento también. Con un bufido, tira de la mano que George tiene entre las suyas con quizá más fuerza de la que pretendía (y de la que creía conservar), haciendo que el pelirrojo pierda por unos instantes el equilibrio y caiga sobre ella.

Y por primera vez, George la besa sin ningún tipo de culpa o remordimiento estropeando el momento. Y decide que definitivamente es una de las mejores sensaciones que se puedan experimentar, el hacer algo sin sentir que estás traicionando a otra persona.

No es un beso muy apasionado, para ser francos (después de todo, Angelina aún está muy débil), sino más bien una forma de sellar un pacto secreto y especial que sólo ellos conocen y comprenden.

Y sonríen.


Notas de la autora: En un principio, no pensaba poner los recuerdos de Angelina, pero alguien me preguntó en un review si realmente había llamado o no a George. Así que lo hice. Espero que esté bien.

Por cierto... no es que no me guste, pero después de haber hecho sufrir tanto a George y Angie se me hace raro escribir que les van las cosas bien...

En fin, ¿qué os ha parecido?