Justicia
George se encoge un poco cuando la sábana deja al descubierto su espalda desnuda. Estira los brazos, buscando algo cálido inconscientemente. Y lo encuentra. Aún sin despertarse, atrae el otro cuerpo desnudo que yace en la cama hacia él, sonriendo en sueños.
Angelina abre la boca para protestar cuando nota que alguien la arrastra y la apresa entre sus brazos, pero vuelve a cerrarla al notar la calmada respiración de George en su cuello, y cierra los ojos de nuevo, tranquila. Sonriendo también, alza un brazo y le acaricia el pelo, sin temor a despertarlo. George tiene un sueño muy profundo.
Han pasado casi dos meses desde que despertase en San Mungo. Unas tres semanas desde que recibió el alta. Y han ocurrido muchas cosas. Angelina recuerda las caras de los sanadores cuando George metió bombas fétidas entre su comida ("Eso para que vuelvan a intentar meter gafe", dijo con mucha mala uva): la visita del resto de sus amigos, que se presentaron en cuanto George les mandó una lechuza (con el plus de la pequeña Julia Jordan); la sorpresa que preparó el clan Weasley al completo (Angelina jamás se ha sonrojado tanto como cuando Ginny les preguntó que a qué esperaban para tener niños, aunque lo suyo no fue nada comparado con la cara que se le quedó a George); la carta de dimisión que escribió en cuanto tuvo pluma y pergamino a mano; la juerga que se montó con sus amigos a los dos días de recibir el alta (y la posterior resaca, aunque George lo llevó mucho peor); la enorme caja de pasteles de la señora Weasley ("Mejor cómetelas si no quieres que se ofenda", le había recomendado George); lo cerca que su padre estuvo de un síncope cuando le presentó a un novio con la mentalidad de un crío de siete años y sin una oreja…
Angelina también sonríe al acordarse de cómo han acabado George y ella viviendo en una casa amarilla con un jardín enorme y un bosque de castaños a las afueras de Londres. Todo empezó porque ella se negaba (y se sigue negando en redondo) a volver a su piso gris, y el piso de George es demasiado pequeño para los dos mientras el pelirrojo siga negándose a que alguien ocupe la cama de Fred (es decir, mucho tiempo). De modo que compraron esa casa, pero George no ha sido capaz de deshacerse de su piso. Angelina supone que guarda demasiados recuerdos en él como para hacerlo, y sabe que pasa muchas tardes muertas en él, recordando a Fred. Y lo respeta.
Angie adivina que George está despierto cuando nota que le hace cosquillas en la espalda. Se ha convertido en costumbre. Respondiendo a la provocación, Angie pasea las yemas de los dedos suavemente por el cogote de él. George se encoge, apartándose, y la mira con reproche.
-Eso no vale-protesta.
-¿Ah, no? ¿Y por qué tú si puedes hacerlo?-replica Angelina, apoyándose en el codo para mirarlo desde más arriba. Desde doce centímetros más arriba, para ser más exactos, pero igualmente George se ofende y la imita. Medio minuto más tarde, ambos acaban sentados sobre la cama, mirándose desafiantemente por encima de la nariz.
-Qué infantil eres-comenta George tras unos instantes, sonriendo.
-¿Yo? Pero si hasta estás estirando el cuello para parecer más alto-replica Angelina-. Como si eso te diera… qué se yo, más poder o algo.
-Es que tengo más poder-puntualiza George, abalanzándose sobre ella para hacerle cosquillas en cada punto sensible que sabe que tiene. Riendo, Angelina logra concentrarse lo suficiente para hacerle cosquillas a él también.
Minutos más tarde, sin que ninguno sepa muy bien cómo ha sucedido entre cosquillas, sonrisas y besos, George tiene sujeta a Angelina por detrás, abrazándola por la cintura, para evitar que se le escape y se levante del suelo. Las almohadas están distribuidas por todo el dormitorio, y varios objetos reposan en el suelo hechos añicos. A Angie no le importa. Está demasiado ocupada intentando liberar su pierna de las sábanas, sin poder utilizar los brazos (que también han sido apresados entre los fuertes brazos del pelirrojo), acción que a George parece hacerle mucha gracia.
-Vamos, George, suéltame, que me estoy agobiando con esto-suplica Angelina. George niega con la cabeza y ríe cuando ella intenta mover su pierna libre en un ángulo imposible para darle una patada-. Por favor… no seas malo-añade, mirándolo y poniendo su mejor cara de cordero degollado.
-Vale, vale, te suelto-cede George, deshaciendo su abrazo y preguntándose cómo puede existir tanta hermosura condensada en una sola persona.
Angelina le planta un beso de agradecimiento y logra desenrollar la sábana de su rodilla. Sin embargo, en vez de levantarse, apoya la espalda en el cálido pecho de George y permite que él vuelva a apresarla. Adora que lo haga (aunque no lo admitirá ni en mil años).
Ambos se quedan en silencio, recordando de repente qué día es hoy y sabiendo que el otro está pensando exactamente lo mismo. Angelina se estremece un poco, y George lo nota y le da un beso en el hombro.
-Hoy es el juicio-musita. George la aferra con más fuerza, como temiendo que se vaya a evaporar, y asiente.
-¿Estás nerviosa?
-No… Un poco… Sí-admite ella finalmente-. ¿Crees que…? No… No va a…
-No pasará nada-le asegura George-. No te dejaré sola ni un minuto.
-Sé que no lo harás-replica ella, girando la cabeza para besarlo. Entonces baja la vista-. Pero… ¿y si…? ¿Y si encuentra la forma de…?
-Si intenta hacer algo, me lo dejas a mí-propone George, y una sonrisa malévola ilumina su rostro-. Casi sería un detalle de su parte, darme la oportunidad de…
-George, la idea es que él sea quien vaya a Azkaban, no tú-lo interrumpe Angelina, alarmada por el odio que desprende la voz de su novio. Aunque no puede evitar sentirse aún más segura junto a él.
-Vale, vale. Lo siento-se disculpa el pelirrojo-. ¿Qué hora es?
Angelina echa un vistazo al reloj de pared, sólo para comprobar que yace en el suelo con los engranajes rotos. Coge el brazo izquierdo de George y mira su muñeca:
-Las nueve menos diez. Tenemos que estar allí a las diez y media, ¿no?
-Exacto-responde George. Entonces, sin previo aviso, se levanta y tiende la mano a Angelina para ayudarla (ayuda que Angelina es demasiado orgullosa como para aceptar). La pareja se queda de pie, mirando fijamente la puerta del dormitorio durante unos instantes.
-Nada de empujones, zancadillas ni trampas por el estilo, o también tendrás que echar de menos tu otra oreja, ¿vale?-advierte Angelina.
-¿Cuándo he hecho yo eso?-pregunta George inocentemente.
-En cuanto te das cuenta de que corro más que tú-replica la mujer-. Venga, a la de tres. Una…
-… Dos…
-… ¡Tres!
Ambos echan a correr hacia la puerta. Recorren el pasillo a toda velocidad, sin que ninguno tenga una clara ventaja, adelantándose entre ellos frecuentemente. Al final, Angelina se las ingenia para colarse por la puerta del baño antes que George y la cierra en las narices del pelirrojo. Literalmente. Angelina oye el golpe de su novio contra la puerta. No puede evitar reírse.
-¡Ay! ¡Eh, eso se considera violencia de género!-lo escucha protestar.
-¡No, se considera que eres más lento que el caballo del malo!-replica Angelina, divertida. Tras unos segundos sin oír ninguna respuesta, añade preocupada-: ¿Estás bien?
-Sí, sólo me he quedado sin nariz y sin oreja, pero tú sigue, no te preocupes por mí-responde George con dramatismo.
Angelina ríe y se mete en la ducha. Canturrea una canción de un grupo muggle que escuchó yendo al cine con George el otro día (Bon Jovi, o algo por el estilo) mientras se empapa de la cabeza a los pies y se enjabona el pelo. Sin embargo, cuando abre el grifo para enjuagarse el pelo, nota los cálidos brazos de George alrededor de su cintura. Preparando su mejor cara seria para reñirle, se da la vuelta y se encuentra con sus traviesos ojos azules.
-¿Cómo has entrado? Creo que he echado el pestillo.
-Oh, claro, lo olvidaba, has echado el pestillo-replica George con sorna-. Porque como de toda la vida he sido muggle, no sé naaaada de magia, y cuando veo una puerta cerrada no puedo hacer nada. ¿A que sí?
Angelina sacude la cabeza y le da un puñetazo suave en el hombro, intentando sin éxito ocultar su risa. Observa cómo el pelo de George se oscurece conforme empieza a empaparse de agua. E intenta sin mucho éxito no pensar en el deseo que se está apoderando de ella.
-Imbécil-espeta, y se cruza de brazos. No va a ponérselo tan fácil-. Además, por si no te has dado cuenta, estoy desnuda-añade, intentando parecer ofendida.
George no puede evitar soltar una carcajada.
-Es una excusa, ¿verdad? ¿O en serio te preocupa eso a estas alturas?-replica riendo. Antes de que Angelina tenga tiempo a responder, añade-: Porque creo que el momento adecuado para planteártelo fue más bien anoche, o el sábado, o…
-Sí, ya lo pillo-lo corta Angelina, y sacude la cabeza para apartar una gota de agua que resbala por su nariz-. Ahora que has hecho la gracia, ¿me harías el favor de dejar que me duche en paz? Más que nada, es que tengo un juicio en hora y media, no sé si lo sabrás, y como comprenderás no puedo ir con el pelo lleno de jab…
Se ve interrumpida por el beso que le planta George y un empujón juguetón, que hace que acabe con la espalda pegada a los azulejos de la pared. Mira a George, que avanza hacia ella, mojado, sonriendo y relamiéndose, con una expresión que a Angelina le recuerda a la de un vampiro que ha encontrado alguien con la sangre extremadamente dulce. La mujer ya no se molesta en fingir que está molesta; está demasiado ocupada devolviéndole le beso a George y enredando los dedos en su pelo, que a estas alturas parece más castaño que pelirrojo.
Ninguno se acuerda del juicio, de Davis o del saberse desnudos. Lo único que en esos momentos podría preocupar a Angelina (y tampoco es que le importe mucho, honestamente) es la cuestión de cómo se las ingeniará para esconder las marcas que George está poniendo tanto esmero en dejarle en el cuello.
George puede notar el nerviosismo de Angelina. En realidad, el hombre opina que cualquiera que la mire durante más de cinco segundos seguidos se daría cuenta, porque ha empezado a temblar ligeramente cuando ha terminado de vestirse.
Angelina se pega a él cuando se materializan en el Atrio del ministerio. George la observa mirar alrededor, y comprende que la asalta el temor de ver una cabeza de lacio cabello castaño. Apretándole la mano para tranquilizarla, la guía hasta los ascensores, pero antes de que lleguen alguien los llama:
-¡George! ¡Angelina!-George reconoce a Percy, que se acerca a ellos a paso ligero.
-Hola, Perce. ¿Qué hay?
-Esto…-el mayor de los pelirrojos parece no saber por dónde empezar-. Um… Angelina, tú dimitiste, ¿cierto?
-Cierto-replica ella, y se pega aún más a George, que, al igual que ella, no tiene ni idea de adónde quiere llegar su hermano.
-Pues… el nuevo director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos está interesado en que vuelvas-suelta Percy de un tirón-. Te espera en su despacho ahora.
Angelina se niega categóricamente. Y la verdad es que George no puede decir que le pille de sorpresa precisamente. Ni tampoco que no la entienda.
-No. No quiero volver a poner un pie ahí-declara rotundamente.
-Oh, vamos-insiste Percy-. El propio ministro ha intervenido para compensarte de alguna forma por lo ocurrido.
-No quiero que me compensen, quiero largarme de aquí cuanto antes-aclara Angelina, y vuelve a lanzar una cautelosa mirada a su alrededor. Percy aprovecha ese breve momento de distracción para mirar a George en busca de ayuda.
Y, para su sorpresa, la encuentra.
-Vamos, Angie-dice-. Después de todo, nada puede ser peor que Davis, ¿no? Además, no pierdes nada por hablar con él antes, ¿o sí?
Angelina agacha la cabeza, meditando. En realidad, a George tampoco le hace mucha gracia la posibilidad de que el nuevo Director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos vuelva a hacerle la vida imposible a Angelina, pero sabe muy bien que, si el propio Kingsley ha intervenido, esa probabilidad es muy remota; por otro lado, está seguro de que tener una rutina a la que volver ayudará a Angelina a superar lo ocurrido y volver a la normalidad. Desde que despertó en San Mungo, no ha habido ni una sola noche en que George no haya tenido que despertarla de sus pesadillas (que Angelina insiste en no contarle, aunque George cree que deben de ser horribles porque la hacen llorar de terror y negarse a querer estar sola) y abrazarla durante horas para tranquilizarla, hasta que se queda dormida de nuevo de puro agotamiento, con las mejillas rojas por las lágrimas.
-Hablaré con él-decide finalmente-. Pero no quiero ir sola-añade, apretando la mano de George con tanta fuerza que le hace daño.
-Nadie ha dicho que tengas que hacerlo-replica Percy, lanzando una mirada de agradecimiento a su hermano-. Si queréis os acompaño, de todas formas tengo que hablar con él.
Los tres se meten en el ascensor. Angelina, según nota George, va palideciendo más y más conforme se acercan a su destino, y el hombre tiene que darle un suave tirón para obligarla a moverse cuando el ascensor se detiene en su planta.
Percy los precede por toda la planta hasta que llegan a la puerta del despacho del director de departamento. El mayor da tres golpes en ella, y a los pocos segundos se oye un "Adelante" procedente del interior.
Cuando entra en el despacho, a Angelina le resulta totalmente nuevo. No está tan oscuro y austero como recordaba, sino que las paredes están pintadas de un suave naranja, y los libros de las estanterías no están ordenados por orden alfabético, sino por colores, de forma que da la impresión de que los muebles están llenos de un retazo de arcoiris. George no puede evitar sonreír al verlo, y aplaude interiormente el gusto del decorador.
Es entonces cuando se fija en el hombre que hay sentado tras el escritorio y que se levanta en cuanto entran. Le parece que no podría ser más distinto de Davis: bajo, regordete y con el pelo casi blanco, tiene unos ojillos de un color indefinido que brillan excitados cuando los ve.
-Muy buenos días-saluda Percy pomposamente. George se contiene con dificultad para no poner los ojos en blanco. ¡Después de tantos años sigue siendo igual de perfecto!-. Me pidió que…
-¡Ah, sí, sí!-exclama el hombre, sonriendo, al clavar los ojos en Angelina. Rodea el escritorio y se acerca a ellos-. Usted debe de ser Angelina Johnson, ¿no?-Angie asiente, evaluando al hombre con una mirada de recelo, preguntándose qué pensar-. Kevin Allen-se presenta, tendiéndole la mano. Tras un instante de duda, Angelina se la estrecha-. Y usted es…-añade mirando a George.
-George Weasley-el pelirrojo le estrecha también la mano. Ese tipo cada vez le cae mejor. Y todavía lo mira a los ojos en lugar de a su no-oreja.
Vale, ya decía yo que eso era pedir demasiado, piensa George con sorna cuando el hombre se queda unas milésimas de segundo observando el lado izquierdo de su cabeza.
-Bien, ¿les importaría sentarse?-ofrece el hombre. Angelina, George y Percy se sientan en las sillas que hay junto al escritorio, y Kevin vuelve a su butaca tras él-. Bueno… Estoy al tanto de los lamentables sucesos ocurridos en relación a mi predecesor-la sonrisa del hombre se desvanece, y Angelina baja la vista. George entorna los ojos al percatarse, algo indignado. Angie no ha hecho nada malo; ¿por qué tiene que avergonzarse?-. El ministro Shacklebolt me propuso que se la readmitiera a usted, y he de admitir que me parece una magnífica idea. Investigando un poco, descubrí que tiene excelentes recomendaciones del Ministerio de Magia estadounidense-añade, y su voz vuelve a teñirse de entusiasmo-. Por tanto… ¿estaría usted interesada en volver?
Angelina se muerde el labio, dudando. Por un lado, Kevin Allen le parece una persona totalmente legal, por no hablar de su excelente gusto decorativo; no podría haber tenido una mejor impresión de ese hombre. Pero por otro, tiene miedo, mucho miedo de que la historia se repita… ¿y si Kevin Allen resulta ser como Davis? ¿Y si sólo trata de hacerse el simpático para tenerla cerca y luego hacer lo mismo que su predecesor?
Intercambia una mirada con George, que sabe perfectamente lo que está pensando. El pelirrojo sonríe un poco, animándola.
Tras unos instantes buceando en los ojos azules del hombre, y justo un segundo antes de quedarse demasiado embelesada con ellos como para seguir pensando, Angelina toma una decisión:
-Sí-Pero juro que a la más mínima tontería me iré, añade mentalmente.
-¡Excelente!-exclama Kevin, sonriendo-. Entonces, arreglaré los papeles para que pueda incorporarse el lunes, ¿le parece bien?-Angelina asiente, y no puede evitar contagiarse de su sonrisa. Junto a ella, Percy y George intercambian una mirada de triunfo.
La pareja sale del despacho (Percy tiene que hablar no sé qué con Kevin). Angelina se siente extrañamente ligera, como si se hubiese quitado un peso de encima, y apoya la cabeza en el hombro de George.
-¿Qué te parece?
-¿A mí? Genial.
Angelina se pone de puntillas para besarlo.
-Pensaba que te molestaría, o…
-Eh, eh, eh-la interrumpe George-. Aunque a mí no me gustase, lo respetaría. No tienes que dejar de hacer algo porque a alguien no le parezca bien, ¿está claro?
Angelina asiente, sonriendo de nuevo. Entonces mira el reloj.
-Son las diez y cuarto-comenta, y la sonrisa se desvanece de su rostro para ser reemplazada por la expresión de nerviosismo que la ha acompañado durante toda la mañana-. Deberíamos…
-… bajar-completa George. Contra todo pronóstico, consiguen un ascensor para ellos solos. Angelina suelta su mano y se pega a un rincón. Adivinando lo que le ocurre, el pelirrojo se acerca a ella y le alza la barbilla para obligarla a mirarlo-. Eh, ya te he dicho que no pasará nada. Ya nos lo explicó Hermione; tú sólo tienes que responder a lo que te pregunten. Ni siquiera lo mires, ¿vale? Sería prestarle más atención de la que merece.
Angelina asiente y lo abraza, enterrando la cara en su hombro. Se pregunta en qué estado estaría en ese momento si no fuese por George. Bueno, para ser honesta consigo misma, lo más probable es que ni siquiera hubiese sido capaz de estar a menos de un kilómetro del Ministerio.
George le da un beso en la frente. No se lo ha dicho, pero admira a Angelina muchísimo por todo lo que está haciendo. Ha pasado por una experiencia horrible y le aterroriza revivirla más de lo que está dispuesta a admitir; pero aun así, no ha propuesto ni una sola vez no acudir al juicio. Pocas personas pueden decir eso. En ese momento, George volvería al pasado sólo para pegarle a su yo de hace tres meses por atreverse a llamarla cobarde.
En cuanto llegan a la casa, Angelina sube corriendo las escaleras para encerrarse en su dormitorio. Por respeto a su estado de ánimo, George se queda en el piso inferior un rato, picoteando de lo que ve por la cocina.
La palabra que mejor define lo ocurrido en la sala es, a juicio de George, justicia (valga la redundancia). Es cierto que Davis ya tenía la cadena perpetua asegurada sólo el hecho de haber utilizado la maldición cruciatus; pero si había alguna posibilidad, por pequeña que fuese, de que le rebajaran la condena de alguna forma, el brutal ataque que dejó a Angelina en coma durante más de dos semanas la ha terminado de echar por tierra. Sin embargo, sí se las ha ingeniado para jurarle que se vengará de ella antes de que se lo llevaran. George sacude la cabeza. Está bastante tranquilo en ese sentido. Para cumplir su promesa, primero tiene que escapar de Azkaban. Objetivo altamente improbable de cumplir aun sin dementores patrullando la prisión mágica. Ron le ha asegurado que se encargará personalmente de ello Y en el caso de que lo consiga, George está dispuesto a proteger a Angie con su vida si es necesario.
Sin embargo, Angelina no se ha parado a plantearse eso. Ha intentado fingir más o menos bien tranquilidad mientras salían de la sala, y lo ha conseguido mientras volvían a la casa, pero nada más llegar se ha encerrado en el cuarto que comparten. George sabe que, si quiere ser escuchado y tenido en cuenta, debe esperar hasta que se tranquilice para hablar con ella.
Tras media hora, el pelirrojo considera que Angelina ha tenido tiempo suficiente para calmarse un poco (además de que la bolsa de cacahuetes ya está vacía, pero eso es un detalle menor). Sube las escaleras y llama a la puerta con cautela. Sin embargo, al no oír ninguna respuesta en cinco segundos, irrumpe en la habitación rápidamente, alarmado.
Angelina está tumbada de lado en la cama, de espaldas a él. George respira profundamente, aliviado, y se sienta a su lado. Comprueba que sólo está dormida. Quizá parezca una reacción algo exagerada, pero George no quiere tener que volver a pasar por lo de hace dos meses nunca más. Tras unos instantes de vacilación, se tumba a su lado y cierra los ojos, esperando a que despierte por sí sola.
Cuando vuelve a abrirlos, se encuentra a Angelina a su lado, apoyada en el codo, mirándolo con esa mezcla entre suficiencia y dulzura de la que sólo ella conoce la proporción. Venga ya. No me habré quedado yo dormido, ¿verdad?
-¿Qué haces durmiendo a estas horas?-le pregunta la mujer con cierta sorna. Oh,porras.
-No estaba durmiendo-miente George, estrujándose el cerebro para encontrar una excusa viable-. Sólo estaba… meditando.
Angelina ríe, pero George lee en sus ojos que sigue asustada. George se apoya en el codo, de forma que sus rostros quedan a la misma altura. Por una vez, Angelina no se pica y trata de mirarlo desde una posición de superioridad, sino que se limita a mirarlo a los ojos y bucear en ellos. Se ha convertido en uno de sus pasatiempos favoritos.
-¿Qué miras?-pregunta tras unos minutos, volviendo a la realidad.
-Es sólo… Angie, sabes que Davis no va a hacer nada de lo que ha dicho, ¿verdad?
Angelina aparta la vista.
-Sí… supongo.
-Está en Azkaban. Es imposible huir de allí-le recuerda George.
-Sirius Black lo hizo. Y todos esos mortífagos también, cuando estábamos en séptimo-rebate la mujer, recordando el pánico que sembraron en el colegio aquellas fugas.
-Sí…-admite George-, pero entonces tenían a Voldemort. Fred di… decía-George frunce el ceño; nunca logrará acostumbrarse a hablar en pasado de su hermano-que esos tipos no podrían hacer nada sin alguien que se lo ordenase.
Angelina sacude la cabeza, más convencida.
-Vale, tienes razón-admite-. ¿Vas a abrir la tienda esta tarde?-George ha cerrado Sortilegios Weasley por la mañana para acompañarla al juicio.
-Supongo. ¿Te apetece venir?
-No sé, había pensado en ir a casa de Ali-admite ella.
-Bueno, pues tráete a Alicia a la tienda. Y a la nena, que es preciosa-sugiere George, y sonríe al mencionar a Julia. Últimamente se le cae la baba de sólo verla. Angelina está empezando a sentirse celosa del bebé.
-Se lo diré-cede finalmente. Sonriendo, le da un beso a George-. Gracias.
-Pero si no he hecho nada-replica él, sorprendido.
-Sí lo has hecho. Ahora me siento mucho mejor.
Notas de la autora: Colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Bueno, vale, queda el epílogo, pero creo que puede leerse por separado, así que lo he puesto en una historia aparte. Se llama Una historia que contar y lo encontraréis entre el caos de mi perfil. Es que no sé por qué no puedo poner enlaces aquí, si no ya lo habría hecho.
Muchas gracias a tomoyo, Ale W, weasleylove, catnight, Luna, Andy, Daniela, Lilypotterfever, flo, Arabella Fawkes, Feorge, MDC, Atra Rosae, Laina.1993, Feorge-Gred y Anónimo por sus reviews, ánimo y consejos.
