AMADO INMORTAL

Escrito por Purin-chan
Traducido por Mistwalker KilyK


Amado Inmortal – Capítulo Cuarto
Es en ese momento cuando me encontrarás...

Inhalo algo de frío aire. Mi visión se arremolina al tiempo que mi rostro se sonroja con una tonalidad rosada en respuesta a la intensa sensación de nostalgia que llena mi cuerpo, y exhalo un prolongado suspiro de aire cálido y húmedo. Cuántas cosas han cambiado, y aun así, algunas permanecen igual. Las calles son las mismas por las que caminé hace tanto –los mismos edificios por los que alguna vez pasé; la misma gente que alguna vez conocí. Y así y todo, a pesar de los cálidos rostros que me saludan, mis dedos continúan fríos. Mi corazón hace mucho que dejó de latir, congelado en un manto de hielo junto con mi tiempo.

«Ciudad Atlas...»

La ironía de la situación continúa haciéndome reír. Recuerdo que hace mucho, mucho tiempo me separé de un buen compañero en las escaleras a la entrada de la ciudad. En ese momento nos hicimos un gesto con la mano para despedirnos, pero ahora nuestros caminos volverán a cruzarse en este lugar.

No me tardo mucho en encontrarlo. Hay sólo un lugar al que acudir para encontrar mercenarios en esta gran ciudad: el Dragón Negro, una taberna oculta en los callejones más oscuros. Al ingresar por la puerta trasera puedo percibir la oscura atmósfera que calza casi a la perfección con su personalidad. Entre los numerosos rufianes andrajosos y matones que habitan en la taberna, sólo un hombre hace el intento por camuflarse con el escenario, pasando inadvertido.

Mientras me abro camino hacia su aislada esquina, observo como una mesera lleva un vaso de un oscuro vino tinto hacia su mesa para luego dirigirse apresurada hacia el siguiente cliente. Él coge el vaso y lo agita lentamente; el líquido carmesí brilla con hermosura a través de la pared de velas a su espalda, resplandeciendo de escarlata contra su oscura silueta. Eleva el rostro para tomar un sorbo y, por primera vez, esos conocidos ojos de azul cristalino se encuentran con los míos.

Me cuesta trabajo respirar; y asumo que a él también, pues es incapaz de separar su mirada de la mía. Presiono una mano contra el pecho para atenuar el dolor que se manifiesta ahí; hace tanto que no lo veía que sólo posar los ojos sobre él es suficiente para abrumarme.

Trago saliva y de pronto mi garganta se siente completamente seca. Al mismo tiempo que mis pies me llevan valientemente hacia delante, mis labios forman las primeras letras de su nombre:

—Zel-

Un alma anónima pasa en frente de mí y desaparece en un enceguecedor resplandor. La renovada vida en mis pasos desaparece abruptamente. Es como si hubiera contemplado la aparición de la persona a quien quería ver; el espectro del alma que recuerdo. Trago saliva nuevamente y hablo:

—Zelgadiss.

Una mano firme me ciñe de la cintura y mi corazón palpita con fuerza ante el sonido de su profunda voz:

—¿Lina?

Me giro con rapidez, tan sorprendida de encontrármelo ahí como él está de verme. Me observa como si hubiera visto a un fantasma y yo le regreso una mirada casi igual de horrorizada. Entonces, él abre la boca para hablar, la cierra de improviso al no hallar qué decir y se voltea, guiándome a través de la masa de almas sin soltar su agarre sobre mí, como si con ello quisiera evitar que esa vasta cantidad de almas que deambulaban a nuestro alrededor me devoraran.

Ingresamos a una habitación, una especie de ático, donde él me dice que me siente. Obedezco, levantando inquisitivamente la cabeza hacia él al tiempo que reposo la parte inferior de mi cuerpo sobre el sofá.

Él libera su agarre de mi cintura con lentitud y toma mi mano entre las suyas. Mi rostro se sonroja, pero el color no tarda en desaparecer. Sus manos son cálidas, pero no importa por cuánto tiempo cubran la mía, el calor no la alcanzan, como si fuera el trozo de un cadáver sin vida.

—¿Qué ocurrió? —pregunta, saltando de inmediato al problema.

«El buen y viejo Zel», pienso mientras me muero el labio inferior. Él siempre ha sido el más perspicaz; el único con el que siempre pude contar para tenerlo a mi lado, sin importar cuánto corriera yo. Pero ahora mis engranajes se han detenido y los suyos continúan la carrera; él está vivo, pero yo ya he abandonado este mundo.

Saco mi mano de entre las suyas y doy golpecitos en el puesto junto a mí. Él se sienta obedientemente y guarda silencio mientras yo le explico todo lo que ha ocurrido, digiriendo cada doloroso bocado uno por vez. Cuando acabo mi historia lo observo, esperando en añoranza por palabras que podrían darme aunque fuera la más mínima esperanza.

Pero él sólo aprieta las manos con fuerza y sus labios se fruncen mientras contempla la situación que repentinamente le he lanzado encima. Puedo darme cuenta de que se enfrenta a un profundo conflicto interno; es probable que él ya supongo qué he venido a pedirle.

Me dirijo a él y comienzo a decir:

—Zel-

Él se pone de pie sin aviso.

—No puedo hacerlo, Lina. Por mucho que quisiera, si lo hago significaría que... —se voltea para observarme con una expresión tan apesadumbrada en sus ojos que mi corazón se hace mil pedazos en un instante. Sacude la cabeza mientras me aleja su mirada—... pensé que estabas muerta.

Lo tomo de un brazo. Puedo percibir las lágrimas y la desesperación manando de mi interior, mientras siento que si lo suelto podría simplemente desvanecerse. Él me observa sobre su hombro; esos fríos ojos azules de pronto se suavizan al bajar la mirada hacia mí. Éste es el Zelgadiss que conozco; no el insensible espadachín hechicero, sino que el amigo gentil en el que siempre pude confiar. Una visión resplandece ante mis ojos y logro recordar cuando posó en mí esa mirada triste y gentil, hace tanto tiempo; un par de ojos color aguamarina que sentían lástima por la chiquilla a la que había tenido que tomar de rehén por órdenes de Rezo. Pero, tal como en ese entonces, él no tiene otras opciones que ofrecerme en este momento.

Dejo caer mi cabeza. Fue un error pedírselo; en lo profundo de mi persona sabía del tormento que le provocaría, pero tampoco sé dónde más acudir. Escucho a sus pies moverse y siento un ligero peso sobre mi cabeza que sacude mi cabello con un extraño tipo de amabilidad. Este gesto, solitario y sutil, es suficiente para provocar que mis lágrimas se derramen; pequeñas gotas que demuestran que, ciertamente, aún sigo con vida.

Y debo decir, con total seguridad, que aún maldigo cada momento de ésta.


Slayers © Hajime Kanzaka & Rui Araizumi, Kadokawa Shoten, Fujimi Shobo, E.G. Films, J.C. Staff